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El imán de la escritura ©Mariana Schmidt Quintero

Corrección de estilo Lilia Carvajal Ahumada Diseño y diagramación Marta Ayerbe Posada Impresión xpress estudio gráfico y digital s.a. impreso en bogotá, colombia septiembre de 2013

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“Venir aquí me da moral. ¿Recuerda seño la foto que usted nos regaló? Yo la mandé ampliar y la puse enfrente de mi cama, así todos los días cuando me despierto la miro y me digo: ‘Si ve Misael que usted sí se puede sonreír’, y entonces me levanto”. La anterior fue la respuesta que recibí de Misael, un ex combatiente de las Autodefensas Unidas de Colombia –auc1–, cuando en Caucasia, Bajo Cauca antioqueño, antes de dar inicio al tercer taller de producción escrita, les pregunté a los escasos asistentes las razones que los llevaban a estar allí. Estaba auténticamente sorprendida de que todavía unos cuantos siguieran asistiendo a estas sesiones en las que producirían relatos de su vida en la guerra como ex miembros de grupos armados al margen de la ley, cuan-

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1  Las Autodefensas Unidas de Colombia fueron un grupo paramilitar que sembró el terror en buena parte del país durante más de dos décadas y con quienes el gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010) firmó un pacto de paz.

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do el municipio vivía en zozobra permanente por el asesinato, prácticamente diario, de uno o dos muchachos que como ellos estaban en proceso de reintegración social. Yo había sido contratada por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe –Cerlalc– para impulsar y acompañar, a partir de cuatro encuentros de dos días de duración cada uno, el proceso de escritura de un grupo de participantes del Programa para la Reintegración Social y Económica de Personas y Grupos Armados Alzados en Armas de la Presidencia de la República. Aunque era plenamente consciente del porqué estaba embalada en eso, del papel de la escritura en la vida de los seres humanos, de la importancia de mostrar el conf licto armado que se vive en nuestro país con otro lente, no dejaba de llamarme la atención la acogida que había tenido el taller en estos seres humanos que se regalaban a sí mismos, y de paso a mí, dos días enteros de trabajo, cada mes y medio durante seis meses, para elaborar sus escritos. Me sobrecogía que unos hombres y mujeres jóvenes, urgidos de reintegrarse a la vida civil, necesitados de trabajar para obtener sus ingresos, cuyos niveles de escolaridad eran en general muy bajos, que de niños habían ocupado sus manos más en labores del campo que en tareas escolares, que habían empuñado armas, asistieran de manera tan

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m comprometida a unos encuentros los cuales en términos prácticos no les significaban mayor cosa. Tampoco se trataba de un caso aislado, no, la situación se repetía cuando iba a Apartadó, Valledupar, Montería o Sincelejo. No era un grupo en particular, no era gratuito, el taller parecía un imán que los hacía llegar allí y no les admitía desviar la mirada ni un instante de lo que iba pasando durante los dos días de trabajo con la escritura. Cuando oí la respuesta de Misael, quedé atónita. Toda la miseria humana estaba condensada allí, pero a su vez, parecía darme una pista sobre la composición de ese imán. ¡Cómo así que un ser humano requería de una foto de sí mismo sonriendo para tener moral y levantarse! Fue gratificante, por supuesto, saber que había aportado en algo –con una mera foto– a que él reconociera su rostro y viera que podía sonreír. Confieso que no había sido fácil sacarle a él y a los demás una sonrisa cuando en el primer encuentro les pedí el permiso de fotografiarlos con un único propósito: tener un registro gráfico de cada uno, que encabezaría la carpeta donde reposarían sus producciones a lo largo del proceso. Mi intención inicial era tener en Bogotá su imagen para acompañar la lectura de sus primeros escritos, de esta forma lograría vincularme más fácilmente a ellos. Por supuesto me había esforzado para

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que salieran sonrientes, quería tener conmigo sus mejores caras. Por pura cortesía y respeto, al segundo encuentro les había llevado copias de sus fotos. El alcance que Misael le había dado al hecho, obviamente rebasaba mis intenciones. Pero más allá de la fotografía, creo que lo que Misael me decía era que asistir al taller le daba moral porque le permitía verse a sí mismo y ver de él una parte amable. ¡Qué paradójico! Si lo que salía en los encuentros y en los escritos era todo dolor, culpa, angustia. Durante seis meses hablamos de las situaciones más crueles que puede experimentar un ser humano, y sin embargo eso nos llenaba el alma y nos daba moral para levantarnos. Sí, también yo me levantaba feliz cuando iba a trabajar con ellos. Parecía ser cierto aquello que Pedro Salinas escribiera en su célebre ensayo en defensa del lenguaje: “La palabra es espíritu, no materia, y el lenguaje, en su función más trascendental, no es técnica de comunicación, hablar de lonja: es liberación del hombre, es reconocimiento y posesión de su alma, de su ser” 2 . La historia elegida por Misael para narrar es quizás de las más desgarradoras que se es2  Pedro Salinas (2007). “Pasajero en las Américas”. En: Defensa del lenguaje. México, Fondo de Cultura Económica, pp. 360.

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m cribieron. En cada encuentro nos abría un nuevo pedazo de su vida y por un instante los allí presentes no hallábamos cómo recoger todos esos pedazos de humanidad que quedaban regados en el salón. Pero por suerte teníamos la escritura, entonces volvíamos sobre su texto y le invitábamos a plasmar en el papel la nueva narración, a buscar la palabra exacta para nombrar ese terror que nos había transmitido. Y Misael lo hacía. Su lenguaje era directo, no daba rodeos. Salía con fuerza, como un grito de libertad. Ahí estaba la moral para levantarse, ahí estaba la razón por la cual, pese a las dificultades, a los miedos, estaba presente esa mañana de octubre de 2008 en el lugar de encuentro, dispuesto a participar en el taller: la escritura le permitía reconocerse. ¡Cuántos años, si no toda la vida, han permanecido hombres y mujeres de mi país ocultos de sí mismos! ¡Cuántos años, si no toda la vida, han permanecido hombres y mujeres de mi país ocultos frente a la sociedad completa! Ahí estaba la clave de la escritura, su fuerza: la escritura nos permite a los seres humanos decirnos a nosotros mismos y a los demás: ¡existo! Pero ¿cualquier escritura? ¿Impulsada de cualquier manera? En lo que sigue me propongo caracterizar en líneas generales el proceso de producción escrita que vivimos los muchachos y yo, ese proceso que nos llevó a

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entregarle en diciembre de 2008 a la gente de sus regiones, unos libros artesanales que contienen sus relatos y cuya compilación fue publicada por el Cerlalc y la Alta Consejería para la Reintegración Social y Económica de Personas y Grupos Alzados en Armas –acr– en abril de 2009 con el título de Retomo la Palabra. Lo haré acompañada de los recuerdos, de las marcas que dejaron en mí esos 44 hombres y mujeres que en 2008 desnudaron frente a mí su alma. En ocasiones haré diálogos con otras experiencias previas de escritura llevadas a cabo con otros sectores de la población. Desafortunadamente el escrito de Misael no pudo ser publicado, pues para el cuarto y último encuentro él ya no estaba en Caucasia y hasta ahora no hemos podido ubicarlo. Un día nos llamó, dijo que había tenido que salir intempestivamente y que estaba escondido en el monte, otra vez escondido y otra vez en el monte. Prometió volver a contactarse con nosotros, pero no lo ha hecho. Sin su autorización no es posible sacar a la luz pública el escrito. Al igual que a Misael, a tres compañeros suyos también les perdimos el rastro. Quién sabe dónde estarán ahora esos gritos de libertad…

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Qué decir, a quién decírselo: el primer acto de seducción Hablo de seducción y del primer acto, porque debo reconocer que cuando se trata de impulsar y acompañar un proceso de producción escrita con personas cuyo oficio no es la escritura es necesario hacer un despliegue de seducción muy fuerte a lo largo del proceso, aunque con mayor ímpetu al inicio. ¿Por qué? Por una parte, como sociedad nos hemos encargado de endiosar la escritura y a quienes la ejercen; tendemos a creer que solamente unos pocos privilegiados están dotados de ese don. Los admiramos, les quitamos su condición de humanos y olvidamos que justamente porque son humanos, como nosotros, pudieron escribir. Así las cosas, quien es invitado a participar en un proceso de estos, aunque se siente halagado, suele experimentar un temor muy grande que tiende a bloquearlo mentalmente. Es inevitable que se diga “ jamás podré ser como García Márquez”, “pero si a duras penas logro cumplir con mis tareas”, “si no me salen las palabras cuando tengo que escribir una carta”, “si perdí muchas veces español”, “si estudié apenas

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hasta tercer grado”, “si tengo una pésima ortografía”, “si mi letra es terrible, nadie me entiende”, etcétera. No se están mintiendo, es verdad que se les dificulta escribir hasta una carta, que tienen pésima ortografía, que la letra es endiablaba… Pero lo que no saben es que la escritura nos pertenece a todos los seres humanos y que todos podemos acudir a ella y hacerla nuestra si le devolvemos su sentido primerísimo, si la consideramos como lenguaje en su expresión humana más profunda, como herramienta para nombrar, para comunicar, para dejar marca. Sin duda la educación escolar nos ha hecho mucho daño: la escuela se ha encargado de desnaturalizar la escritura; de arrebatarle su papel para comunicarnos y dar significado a lo que nos rodea, para entrar en interacción con otros, para decir, “existimos”. Por tanto, es de esperarse que cuando se invite a alguien a escribir aparezca con todo su rigor el fantasma de la tarea escolar, esa escritura ajena a la vida, el lápiz rojo de la maestra que señaló los errores de ortografía, la exigencia de las planas, las notas en los boletines, la reprobación de uno o varios años porque “el niño no sabe leer ni escribir”. Ese panorama nos impone un reto muy grande si queremos que gente del común, personas cuya ocupación no es la escritura, se animen a hacerlo. Pese a lo anterior

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m puedo decir que ese acto de seducción es muy, muy sencillo: basta mostrarles a las personas que ellas tienen algo que decir y alguien a quién decírselo. Y esta es una tarea de la que nos ocupamos en el primer encuentro. Es más, quienes invitamos a un grupo a escribir debemos llegar a ese encuentro con meridiana claridad sobre el qué van a escribir, así en el taller ese qué vaya adquiriendo matices y sea habitado por cada quien. Conviene aquí precisar que ese qué decir ha de ser significativo para quienes escriben. Tanto escritores de oficio como investigadores del proceso de escritura y de la didáctica de la lengua escrita, han sido enfáticos al respecto. Pero como se ha dicho, la escuela se ha encargado de quitarnos de un tajo ese principio elemental de la escritura como asignación de significado, de que es escritura cierta cuando se refiere a un asunto que nos hace vibrar, que nos trasnocha, que nos genera desasosiego, que aún no hemos comprendido del todo. En el caso que aquí nos ocupa, y aunque es inconmensurable lo que unos muchachos excombatientes tienen para decir, había un asunto que nos congregaba y que no podíamos pasar por alto: todos habían estado en la guerra y hacían parte de un programa de reintegración social. A su vez yo estaba allí a nombre de un proyecto de promo-

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ción de lectura y escritura cuyo propósito era aportar a la reincorporación a la vida civil. No obstante esta claridad respecto al contexto, recuerdo cuando apenas estaba planeando el taller, el temor y las dudas que me generaba decir: “estos hombres y mujeres con quienes trabajaré estuvieron en la guerra, he ahí el asunto sobre el cual versarán sus escritos”. Debo reconocer que la tentación para desviarme hacia otros temas fue grande… Sí, el conf licto armado era un tabú para mí, como lo es para la mayoría de los colombianos. Así lo hemos vivido en el país; de eso es mejor no hablar duro, incluso hay dirigentes que han afirmado, como si nada, que en Colombia no hay guerra. Pero por más vueltas que yo le daba al asunto buscando qué era lo significativo para quienes iba a invitar a escribir, siempre llegaba al mismo lugar: su vida en la guerra. Además debía identificar un asunto relevante tanto para ellos como para un grupo de lectores, cualquiera que este fuera, pues se escribe para alguien. Debía también establecer si ese qué decir resultaba de interés para otros y, de nuevo, si era pertinente en el marco de un programa de reintegración social que le daría el aval a lo que íbamos a publicar. También allí, después de darle muchas vueltas al asunto, llegaba a lo mismo: la vida de estos muchachos en

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m la guerra. Si se trataba de un proceso de reintegración social, era el momento de darles la palabra, una palabra sincera, franca, completa, que no mintiera, fuerte, dispuesta a conversar con la sociedad. No buscaba una palabra débil, una palabra mansa, una palabra dúctil. Porque para hacer parte de nuevo de la sociedad que alguna vez abandonaron, era necesario que al volver pusieran la cara; que dijeran, aquí estamos; que reconocieran lo vivido y hablaran de ello. Mantener el silencio de la guerra no nos sirve porque callar no garantiza ni que se acabe ni que la quitemos de nuestra memoria, de nuestra piel. Por ello la apuesta fue por unos hombres y mujeres que, apoyados en la palabra escrita, miraran de frente y con sus historias tejieran un puente para interactuar con la sociedad. De hecho titulé el proyecto: “La construcción de puentes con la sociedad”, y así se lo presenté a nuestros invitados. A su vez me acompañaba la convicción de que este país necesita oír sus historias, mirar el conf licto armado desde la óptica de unos combatientes de base que la protagonizaron, cuyas voces no hemos oído. De manera más genérica diría entonces que las preguntas clave que me hago para establecer con precisión cuál es la invitación que le haré a un grupo de personas cuando voy a iniciar un acompañamiento a su proceso

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de escritura es: ¿Dónde está la fuerza de la vida en estas personas? ¿Qué puede ser lo más significativo que han experimentado en su historia de vida? ¿Qué tienen para decirnos que otros deseamos oír? ¿Qué pueden contarnos ellos y solamente ellos? Así como estos hombres y mujeres podrían escribir un relato a propósito de un acontecimiento significativo en sus vidas referido a su vinculación a un grupo armado al margen de la ley para que la sociedad conozca esas historias, en otras ocasiones han sido maestros quienes narran sus experiencias pedagógicas para compartirlas con colegas, o trabajadores de cultivos de f lores que les cuentan a sus clientes en el extranjero cómo han crecido al lado de esas planticas que cuidan con esmero, o personas en situación de desplazamiento que les narran a los pobladores de las regiones que los acogen las razones que los llevaron a estar allí, o madres comunitarias que se escriben entre sí para compartir las estrategias que les funcionan y las que no en el cuidado de los pequeños. Qué decir y a quién decírselo son entonces dos asuntos que deben estar muy claros antes de invitar a personas, cuyo oficio no es la escritura, a participar de un proceso de producción escrita. Volviendo a la experiencia que da

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m sentido a este escrito, la decisión estaba tomada: invitaríamos a un grupo de excombatientes a narrar una anécdota de su vida en la guerra, que haría parte de una antología en un libro impreso. El hecho de invitarlos a escribir relatos de sus vidas tampoco fue arbitrario. La narración es una acción profundamente humana que nos permite volver sobre lo vivido para asignarle a ello un significado e integrarlo dentro de la trama de la vida. La narración, orientada metodológicamente hacia ello puede constituir en un acto restaurador de identidades desquebrajas por situaciones extremas, haciéndolas comprensibles y, así, base de nuevos desarrollos. Entonces la apuesta era también ofrecerles a los muchachos una herramienta que les permitiera tejer sus vidas, darles sentido a algunos hechos, nombrarlos, mirarlos desde la distancia, tomar consciencia y gracias a ello, crecer como personas. Recordemos a Bachelard cuando afirma en La poética de la ensoñación que “… existe en toda toma de conciencia un crecimiento del ser”. ¿No pretendemos acaso que quienes estuvieron alguna vez en la guerra y ahora se reintegran a la vida social tomen consciencia de sus actos y gracias a ese acto crezcan humanamente?

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n mariana schmidt m La convocatoria estuvo a cargo de los promotores3 de Retomo la Palabra 4 ; el objetivo era identificar personas que hubieran expresado su interés en hablar de su vida, así no supieran leer ni escribir, y desearan participar en un proceso que implicaría dedicarle dos días presenciales cada mes y medio, más tiempo individual para elaborar el escrito. Y bueno, varios dijeron que deseaban hacerlo, así no supieran muy bien a qué iban, como nos lo confesarían meses después cuando habíamos entrado en confianza. El día llegó, el primerísimo, aquel que uno recuerda como cuando guarda celosamente en su memoria el instante en que conoció al ser amado. Ellos finalmente indagarían en qué consistía la invitación que se les ha-

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3 Durante algo más de dos años, el proyecto Retomo la Palabra estuvo a cargo de promotores de lectura que se reunían periódicamente (casi siempre una vez por semana) con participantes del programa de la Alta Consejería para la Reintegración Social de Grupos y Personas Alzados en Armas en Proceso de Reintegración Social y desarrollaban con ellos actividades de aproximación a los libros; a su vez, adelantaban acciones donde propiciaban con ellos procesos de producción escrita. 4 Retomo la Palabra fue un proyecto de lectura y escritura conjunto de la ACR y el Cerlalc, orientado a personas desmovilizadas de grupos ilegales, en el marco del acuerdo de paz que firmó el Gobierno colombiano con las autodefensas.

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m bía hecho y yo me comprometería a permanecer a su lado hasta alcanzar un texto escrito del cual nos sintiéramos orgullosos porque hablaba con honestidad y con fuerza de sus vidas en la guerra. Confieso que jamás dimensioné lo que significaría este trabajo en mi propia vida, lo que descubriría de mí haciéndolo, los dolores que me pondría al descubierto, las incertidumbres que me sembró sobre un futuro esperanzador para Colombia, lo que me develaría de la escritura, los paisajes que recorrería de mi país, los afectos que construiría, la fuerza para vivir que me daría. El caso es que el día llegó y nos encontramos, bien en Apartadó, bien en Valledupar, Caucasia, Montería o Sincelejo. Terminado un acto protocolario que conjugó la solemnidad con la calidez y habiéndose retirado del recinto las autoridades locales, dimos paso a una actividad cuyo simbolismo resultó muy potente: construimos colectivamente, con la ayuda de una madeja de hilo, una red que representaba el puente con la sociedad que deseábamos construir con los textos. Meses más tarde, cuando habíamos entrado en confianza, muchos reconocieron que aunque en su momento no habían entendido de todo el sentido de la actividad, la imagen de ese puente había quedado incrustado en su ser y los había comprometido indefectiblemente con la escritura del libro.

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n mariana schmidt m Así arrancamos a escribir. La imagen ya estaba. Ahora debíamos empezar a unir palabras para tejer textos.

Qué decir: viaje al interior de sí mismo

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Era claro que se escribirían historias de la guerra, pero… ¿Qué elegir? Como muchos de ellos lo dijeran a lo largo de proceso, eran tantas las historias que tenían para contar que podrían llenar muchos cuadernos. Con el propósito de ayudarles a identificar en su historia personal qué contar, conduje un ejercicio de relajación y luego los invité a elegir un fragmento de sus vidas que desearan compartir con un ser querido, con una persona que estaba al otro lado del puente. De esta manera buscaba de una vez que asumieran el rol de quien escribe: sería cada uno de ellos quien elegiría algo que le hubiera acontecido en el contexto de la guerra y se lo contaría a alguien que no estuvo allá, a una persona cercana que hiciera parte de la sociedad a la que intentaba reintegrarse. Con el propósito de acercar a los lectores, los insté a que pensaran en alguien cercano, ya después haríamos el traspaso a la sociedad. Además,

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m identificar qué quisiera cada uno contarle a su elegido nos llevaba a que ese qué contar fuera muy íntimo, es decir significativo para quien lo iba a escribir. Me cuidé de no orientar la atención hacia uno u otro evento, dije que debía ser un hecho que hubiera marcado sus vidas, que le hubiera dado un giro al acontecer rutinario y que desearan comunicarlo a esa persona. Era de esperarse que en el ejercicio con personas que estuvieron en la guerra y en el contexto de una producción escrita en el marco de un programa de reintegración social, la mayoría identificara episodios muy duros y difíciles. No obstante quise dejar la puerta abierta para que hablaran de eventos en donde lo mejor de su ser salió a f lote, asuntos de los cuales se sentían orgullosos. Y en efecto eso ocurrió. Aunque pocos, hubo quienes optaron por escribir sobre el momento de la desmovilización y una mujer sobre una acción en la que le salvó la vida a dos compañeros. Una vez supuse que cada quien estaba conectado internamente con un episodio clave de su vida, los invité a imaginarse escribiéndole a su ser querido una carta. Poco a poco fui llevándoles por la carta, por el saludo, el primer párrafo, los siguientes, el último y la despedida. Era ya el momento de volver al salón, de oír los ruidos que nos llegaban de la calle, el sonido de los ventiladores. Despacito,

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muy despacito, fueron regresando a la realidad. Apenas abrieron los ojos tras la relajación, tenían en sus pupitres un papel rayado, un sobre y un bolígrafo, tal como se lo había anunciado en el acto de conexión interna. No hubo espera. La escritura f luyó. Rápida, segura, enfática. Todos escribieron. Todos tenían algo para contar y sabían a quién contárselo. Atrás quedaron los temores por no saber escribir, la preocupación por la ortografía y la caligrafía. Ahora todos confiaban en su propia capacidad para hacerlo. ¿Se atrevería alguno a leer en público su carta? Esa era la pregunta que me hacía mientras pasaba uno a uno preguntándoles cómo se sentían. Había sido un ejercicio fuerte y quería estar segura de que la situación no se le había salido de control a ninguno. Si alguien se aventuraba a leer, sabía que a ese le vendrían otros. Si no, no era grave, igual mi intención fundamental era que cada uno se conectara íntimamente con el qué decir. Pero no fue así, el caudal de sus vidas salió a raudales. Una sensación de pudor se apoderó de mí. Eran cartas muy íntimas cargadas de sentido. En su mayoría eran gritos desgarradores que nombraban dolores viejos, guardados por años. Jaime le narraba a su amigo más próximo cómo transcurrieron los hechos el día que mataron a su mamá; Ferley le escribía a su papá contándole cómo se

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m había quemado la casa en la que vivían ellos de niños; Elmer le escribía al presidente Uribe describiéndole cómo lo había perdido todo en el Chocó a causa de la violencia; Liu le escribía a su hija adolescente confesándole su vinculación a las auc, le decía que quien no conoce su historia está condenada a repetirla y que por eso le contaba qué había sido de ella, con la ilusión de que no fuese a tomar caminos similares; José le escribía a su hermana con quien fue secuestrado por las Farc cuando era apenas un niño, y le confesaba su imperiosa necesidad de verla, pese a saber que ella hacía parte de ese grupo armado. Al ser la lectura de las cartas una actividad voluntaria, los participantes se sintieron seguros y respetados, no había intromisión en sus mundos privados. Además, previamente habíamos llegado a acuerdos sobre la manera como debíamos comportarnos frente a la lectura de las cartas, así que el respeto fue total. Mientras alguno leía, lo único que importaba era ese escrito y su autor. El silencio reinaba. Una vez se terminaba la lectura de una carta yo hacía un brevísimo comentario que no buscaba otra cosa que validar su contenido y que en muchos casos daba pie para iniciar conversaciones en donde se ponían en común las historias de los allí presentes, referidas mayoritariamente a su vinculación a la guerra.

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No había afán, cada quien podía hablar. Todavía era el primer día y yo deseaba que el pacto quedara sellado antes de irse a sus casas. Estábamos ya construyendo colectivamente el contenido y el sentido del libro, aparte de que cada uno generaba ideas sobre el qué escribir. Hablaban sin tapujos. Por supuesto que esa libertad de hablar de sus vidas y la libre expresión de sus opiniones iba orientándola en función de lo que allí nos convocaba: escribir juntos un libro que recogiera sus vivencias. Realmente era sorprendente la confianza que en pocas horas se había ganado. Quise que se fueran para sus casas con la convicción de que sí era posible que gente del común, como ellos, escribiera textos de calidad. Así entonces, los últimos minutos del encuentro los dediqué a la lectura en voz alta del escrito, “La llamada que nunca llegó”, elaborado por Amparo Aguirre, una mujer en situación de desplazamiento que hace varios años asistió a un taller similar a este en Soledad, Atlántico y quien cuenta cómo transcurrió un día muy importante para ella, su grado de bachiller, y cómo esperó todo el día la llamada de los suyos pues para ese entonces trabajaba como empleada doméstica en casa de una familia en Barranquilla.

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m El texto es verdaderamente muy bueno, está centrado, logra captar la atención del lector desde el inicio, tiene mucha fuerza expresiva y está escrito en un lenguaje llano y honesto. A todos les gustó y muchos de ellos se sintieron identificados con la historia de Amparo. Creo que la lectura cumplió su cometido: por una parte, comprendieron que para escribir no hay que ser un escritor consagrado, estudiado, etc.; por otra parte les mostró cómo un evento importante en la vida de una persona puede ser objeto de una narración que despierta interés y atrapa a sus lectores; asimismo me permitió ilustrar cómo se puede escribir sobre lo que acontece en un solo día, ref lejando en ello muchas facetas de la vida de una persona, y además fue muy potente para transmitir la idea de que cada quien escribiría un texto corto a propósito de un fragmento de sus vidas. Cuando me despedí tenía casi la certeza de que todos llegarían al día siguiente. En lo que a mí respecta, me retiré a mi hotel abrumada con tanta realidad de nuestro país encima. Por lo general me informo de lo que ocurre en el país, intento ver todos los días noticieros en la noche y oír en la mañana un programa radial de entrevistas con personajes de la rea-

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lidad nacional. Los domingos leo las páginas editoriales de los dos principales periódicos que circulan en Bogotá y de cuando en vez, no todas las semanas, es cierto, compro revistas de actualidad. Pero lo que oí ese día en boca de los excombatientes no estaba escrito. Estos muchachos me estaban quitando el velo de una realidad desconocida para mí. La ventana me la habían abierto de par en par para conocer sus vidas y con ella la de mi país. Frente a mí vi pasar a las personas encargadas de reclutar muchachos jóvenes, los entrenamientos, las armas listas para matar, los combates, las masacres, la muerte de los amigos, las noches en vela, las humillaciones, el pánico de morir. Sentí un dolor profundo. Me dolían los seres humanos que habían estado en la guerra –este puñado y los cuarenta mil desmovilizados que representaban–; me dolían los que todavía estaban en el campo de batalla; me dolían sus seres queridos, sus madres, sus mujeres e hijos; me dolían las víctimas de sus atrocidades; me dolía mi país indolente, ciego, ignorante. Esa noche mi cuerpo era Colombia, mi cuerpo era dolor.

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Otros nos leerán, ¿quiénes?, ¿qué nos proponemos al contar nuestra historia? Primeros acuerdos colectivos Un nuevo día comenzó. La meta era clara. No podía regresar a Bogotá sin que quedara dibujada en nuestra mente el libro que haríamos, las características básicas de los textos que se escribirían y que cada uno tuviese certeza de qué episodio de su vida iba a escribir. Así debía ser, pues el compromiso de los muchachos, una vez yo me fuera, era elaborar una primera versión de su escrito y mandármela en tres semanas. Para empezar este nuevo trayecto, la vida de cada quien sería puesta entre paréntesis un ratico. Todos nos centraríamos en las características del libro que íbamos a elaborar. ¿Quiénes serían los lectores de los textos? ¿Cuál el propósito del libro? ¿Cuál su contenido? ¿Qué posibles títulos tendría? La mecánica utilizada para responder colectivamente estas preguntas varió entre uno y otro grupo. En algunas regiones conformé al azar grupos pequeños y les entregué una guía con las preguntas y luego se pusieron en común las respuestas; en otras regiones la ref lexión fue de una

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vez colectiva. La primera manera de proceder es imperiosa cuando se trata de grupos grandes (de 20 a 30 muchachos, como fue el caso de Caucasia), pero es compleja con esta población, pues pude constatar que tienen bastantes limitaciones para trabajar en grupo, resolver sus diferencias y plasmar ideas que recojan los aportes de todos, así que lo usual es que terminen uniéndolos aun cuando algunas ideas se contradigan entre sí. Al momento de la puesta en común yo iba plasmando en un tablero o papelógrafo las ideas de los participantes, cuidando de consignar allí de la manera más fiel, lo que habían expresado y como lo habían dicho. A partir de mi trabajo con diversos sectores de la población me he dado cuenta de que esta es una herramienta muy poderosa de reconocimiento de sus conceptos, a la vez que ayuda a poner afuera un pensamiento y liberar la mente para nuevas producciones (estrategia propia de la escritura). A su vez, en la medida de lo posible, procuraba transcribir los aportes de de forma que quedaran cerca de otros similares, para así ir organizándolos. Cuando lo consideraba necesario, intervenía para señalar aspectos que en mi opinión merecían mayor debate o lograr claridad. Cabe anotar que esta era una nueva oportunidad para conversar a propósito

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m del tema que nos ocupaba: su vida en los grupos al margen de la ley. No había ningún afán, entendí que tenían mucho de qué hablar y dejé que hablaran todo lo que necesitaran, solamente cuando se volvía repetitivo el contenido de la conversación hacía un llamado para volver al asunto que nos ocupaba: el libro que escribiríamos juntos. Acuerdos respecto a los potenciales lectores Aunque hubo diferencias entre una y otra región, llegábamos a asuntos similares. Por ejemplo, respecto a los lectores para quienes escribirían, coincidieron que deseaban dirigirse a la sociedad en su conjunto y cuando yo solicitaba que lo especificaran mencionaban con mucho énfasis a los jóvenes (“para que no se dejen engañar y tomen el camino equivocado que nosotros cogimos”), también se referían a los profesores (por su capacidad de incidencia en las nuevas generaciones y la posibilidad de que en sus clases leyeran los relatos de ellos) y a la gente del común (la vendedora, el mototaxista, el tendero). Me llamó mucho la atención que nombraron igualmente a sus familias (“pues así podrán enterarse de lo que vivimos”) y a sus compañeros que aún no se han desmovilizado (“para que vean que sí es posible y mejor esta vida”).

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n mariana schmidt m Acuerdos respecto al propósito del libro En el Recuadro 1 están transcritos los acuerdos a los que llegaron en cada región en cuanto a los propósitos que perseguían con el libro. Aunque hay repeticiones, puede resultar de valor para los lectores aproximarse a las intenciones profundas de estos muchachos al escribir sus textos. De manera sintética puede decirse que sus propósitos al escribir el libro fueron: • Revelar una faceta de la guerra, desconocida por la mayoría de los colombianos. • Mostrar la dimensión humana de la guerra. • Evitar que los jóvenes se vinculen a grupos ilegales. • Pedir perdón. • Ayudar a que no se les estigmatice.

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• Lograr que les abran las puertas y les den nuevas oportunidades.

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recuadro 1

Propósitos que perseguían los participantes con la producción del libro Propósitos del grupo del Bajo Cauca • Abrir caminos de acercamiento con la sociedad. • Pedir perdón. • Servir de ejemplo para que los jóvenes, personas que están riesgo de vincularse a grupos al margen de la ley y las futuras generaciones sepan que hay otras maneras de hacer las cosas distinto a vincularse a un grupo al margen de la ley y que no cometan los mismos errores que nosotros. • Estrechar lazos con la familia. • Aportar a la paz, vivir en armonía, aportar a la construcción de un nuevo futuro. Propósitos del grupo del Cesar

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• Mostrar una realidad desconocida por los lectores. • Que nos vean como seres humanos y no como máquinas de guerra.

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• Que vean que estamos trabajando para lograr un cambio en nuestras vidas y en las de nuestras familias. • Que nos abran las puertas, nos den oportunidades. • Que se tomen correctivos para que las nuevas generaciones no perpetúen situaciones que nosotros vivimos. Propósitos del grupo de Córdoba • Cambiar la imagen estigmatizada que se tiene de nosotros, que nos vean de otra forma, no por encima de los hombros, que nos vean como se ven las personas de la sociedad, comunes y corrientes. • Compartir con la sociedad vivencias, experiencias, anécdotas, confesiones, etc. 32

• Mostrar la versión del combatiente. • Cambiar la mentalidad de los jóvenes que desean vincularse a grupos al margen de la ley.

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Propósitos del grupo de Sucre • Mostrar que somos personas del común. • Mostrar otra imagen distinta a la de victimarios para que no nos sigan discriminando y rechazando. • Ayudar a la reconciliación con la población desmovilizada • Mostrar que nos desmovilizamos porque necesitábamos un cambio en nuestras vidas. • Mostrar que estamos cambiando. • Mostrar lo que estamos viviendo. • Quitarle la venda de los ojos a las personas. • Mostrar la realidad de la guerra. • Que nuestra historia sea conocida en todo el país. • Que entiendan por qué nació la guerra. • Dejar una huella que hace parte de la historia de Colombia.

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• Servir de ejemplo a los que están en la selva y se animen a desmovilizarse.

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• Que los jóvenes no caigan en lo mismo. • Que otros desmovilizados se sientan orgullosos de nosotros. • Que nuestras familias conozcan de dónde salimos y cómo nos levantamos. Propósitos del grupo de Urabá • Mostrarle a los lectores una realidad desconocida para ellos. • Que nos vean como seres humanos de carne y hueso, que sentimos, que lloramos, que reímos, que tenemos familia. • Que se sepa qué nos llevó allá. 34

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• Que nos abran las puertas, que les den oportunidades. • Que los jóvenes se den cuenta que no paga entrar a los grupos.

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m Acuerdos respecto a los contenidos posibles Como lo mencioné, el otro asunto sobre el cual se debatió fue el referente al qué iban a escribir. Para mí era muy importante que quedara claro el contenido sobre el cual versarían sus escritos y que además fuese algo así como una consigna grupal. Se haría mención a eventos referidos a la guerra, eso estaba claro, pero siempre teniendo en cuenta que la idea era mostrar una faceta humana, lo vivido por hombres y mujeres de carne y hueso. Entonces salieron a relucir eventos, unos amargos, muy amargos y otros livianos, casi incluso gozosos, como por ejemplo la salida de permiso a ver la familia, la visita de sus parejas al campamento, las celebraciones especiales. Se debatió también si habría lugar para hablar del antes y del después de la guerra. Mi intención era que contaran con un abanico muy amplio de ideas, así que cuanta idea era pronunciada, yo la consignaba en el papelógrafo y posterior al taller se las hice llegar en limpio. Las maneras de proceder, por supuesto, variaban de un grupo a otro. Recuerdo por ejemplo que en Apartadó se hizo un ejercicio cuyos resultados fueron muy interesantes: les propuse que cada quien sugiriera como mínimo tres títulos posibles de los escritos y que podrían hacer mención bien al antes de la guerra, al durante o después.

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n mariana schmidt m Como puede apreciarse en el Recuadro 2 la producción fue enorme. Liu en particular fue una participante muy prolífera y corresponden a ella los mejores títulos. recuadro 2 Listado de posibles títulos de los textos individuales sugeridos en Apartadó

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Antes de la guerra • Un comienzo lejos de la guerra • Sueños de infancia • Sueños truncados • Una familia feliz • Un joven en medio de la subversión • Sueños y realidad • Hermosos amaneceres • Cuando sale el sol • Sin saber lo que me esperaba • Soñando despierto • Viviendo en armonía • Una tarde • El anochecer de aquel día • Resignada a la vida • No era feliz

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m • • • • • •

Un día normal De f lores se vistió el jardín Anduve un paraíso Los atardeceres inolvidables Una joven sin adolescencia El dolor de perder lo que más quieres

Durante • • • • • • • • • • • • • • • •

Una Navidad inolvidable Una noche en mi hamaca También teníamos ética Mi primer enfrentamiento Comprobé que no era solo yo El hueco en la caja Teniendo y no poder hacer Los fantasma de la noche Cuando el río es mi guía, mi esperanza Sin opciones Decepción de un amanecer Lo que no soñé Por defender mi pueblo Ellos son la causa Murió Sin contar sus sueños

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Nunca lo vio crecer Terror en la oscuridad Experiencia de una guerra Callar para vivir Un capítulo inolvidable Lo que nunca pensé hacer La noche cruel Sed de venganza El engaño de la salvación La Virgen me salvó Sudor de fuego Decisiones desesperadas

Después

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Lo que queremos después de la guerra Desmovilización y sociedad Excombatientes sin futuros Palabras enmarcadas en sueños que no despiertan El gran privilegio de darnos otra oportunidad La incertidumbre De cara a la sociedad En busca de un reconocimiento. El camino hacia mis metas

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m En algunos grupos este listado de posibles títulos de los textos individuales se elaboró tras entregarle a pequeños grupos una maqueta rudimentaria del libro elaborada con dos cartulinas, algunas hojas interiores en blanco y unidos con un lazo: la consigna era que plasmaran allí el sueño del libro (título y carátula) y establecieran su contenido tentativo, la manera como estaría estructurado interiormente y la extensión de cada texto. Resulta particularmente interesante ver cómo surgen diversos títulos de relatos que pueden ayudar a los demás a explorar sus propias posibilidades de escribir. Una vez más, aquí vuelven a darse conversaciones sobre su vinculación a los grupos ilegales, la salida de ellos y la vida actual. De nuevo permitía que se dieran estas conversaciones, pero las iba orientado a favor de la construcción colectiva del libro. Posibles títulos del libro En cuanto a los títulos de los libros, debo aclarar que no se trataba de llegar a un acuerdo único sobre aquel que tendría, lo que sí se hacía era analizar cada uno de los títulos sugeridos para establecer cuál era la óptica y el énfasis que se quería dar al contenido.

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n mariana schmidt m En la mayoría de los casos los acuerdos respecto a los lectores, el propósito y el contenido, así como los posibles títulos fueron transcritos y entregados a los participantes prácticamente ese mismo día (en la tarde) o enviados a la semana de haber finalizado el taller. Para ello me cuidaba mucho de recoger lo más fiel que me fuera posible sus ideas; mi intención era que vieran que en efecto yo tenía en cuenta sus ideas, que eran activos en la construcción del libro.

Cómo decir ese qué que tengo para compartir: las pistas que nos dan otros que han escrito

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Teniendo ya el gran marco o situación comunicativa en la cual se insertarían los escritos, era menester volver sobre los relatos individuales con el propósito de que cada quien tuviera mayor claridad sobre aquello que escribirían. ¿Cuándo iniciaría la historia? ¿Cuándo finalizaría? ¿Cuáles serían las principales acciones? ¿Quiénes los protagonistas? ¿Cuáles los escenarios? Esto era una suerte de boceto del relato que harían el cual aspiraba a que les sir-

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m viera como bastón para elaborar una primera versión de su escrito, que debían enviarme en tres semanas. Aparte de la lectura del texto de Amparo Aguirre, otra también nos daría luces sobre aquello que caracteriza una historia bien contada y ayudaría a poner un listón alto para superar: me refiero a la crónica de Ernesto McCausland titulada “El día que llovieron plátanos” donde se narra una historia maravillosa acontecida en un pueblo de La Guajira que se desencadena cuando un camión muy grande y cargado hasta el tope queda abandonado por foráneos y los pobladores hacen toda suerte de conjeturas sobre su contenido. Como todas las crónicas de este extraordinario periodista colombiano, yo sabía que la historia atraparía al auditorio y además era muy apropiada para mostrar cómo es posible contar bien lo que acontece en un lapso corto de tiempo. Mi intención era que la lectura sirviera como ejemplo de un escrito bien hilado, con una temporalidad clara, unos protagonistas nítidamente retratados, que acontecía en un lugar específico y que era completa en sí misma; iniciaba y terminaba con acontecimientos concretos. Pero lo que jamás imaginé fue que los muchachos con quienes estaba adelantando el taller tuvieran sus propias versiones de los hechos, muchos habían oído la historia,

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conocían la población e incluso a algunos de los protagonistas. Conversamos mucho en torno a esa historia que empezaba ya a ser una leyenda en la costa Caribe colombiana, hablamos de sus gentes, de sus expresiones, de los paisajes, de las carreteras, de la vegetación. Todo ello, por supuesto, jugó a favor del análisis del relato y se convirtió en un vívido ejemplo para que ellos estructuraran un plan de escritura. Para esto elaboré una guía donde se les pedía que precisaran: título tentativo, mención al evento que narrarían, periodo al que correspondía, protagonistas que tendrían que aparecer, escenarios por describir, principales acciones y propósito. Mientras cada uno se enfrentaba a su guía, yo iba pasando puesto por puesto explorando si eran o no claros los campos que debían desarrollar de la guía, lo que a la postre se convirtió en una excelente oportunidad para conocer aquellos muchachos más callados y cuyas historias estaban más veladas para mí. Recuerdo por ejemplo que fue en ese momento cuando vislumbré lo importante que sería para Eduardo escribir, y cómo más adelante en el proceso de escritura la historia que ese día me narró a grandes rasgos empezó a ser desmenuzada y a cobrar vida. Casi sin darnos cuenta llegó el final de la jornada y con ella el primer taller. Nos despedimos con una última

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m recomendación: ni la ortografía ni la caligrafía eran relevantes en este momento. Sus historias eran las que importaban. La despedida fue muy emotiva. Parecía que nos conocíamos de toda la vida. En lo que a mí respecta, puedo decir que el trayecto hacia mi casa se asemejaba al dolor de dejar a un ser amado. Cuando el avión despegaba sentía que allá abajo quedaba mi país, ese que recién estaba conociendo, aquel que un puñado de muchachos me había mostrado, me había develado. En Bogotá, bueno, en la Bogotá que yo vivo, ese país es inexistente. A mi casa llegué cargada de Colombia y mi hija, mis amigos, mis colegas fueron muy generosos en oírme una y mil veces las historias. A medida que pasaban los días y yo lograba ir decantando la experiencia, empezaron a surgir algunas certezas y muchas incertidumbres. Entre las primeras estaba mi firme convicción de que este sería un proceso de escritura pausado que f luiría en cuanto los encuentros favorecieran una conversación exenta de juicios y al calor de una evidente libertad de expresión. También comprendí que se había empezado a gestar un vínculo muy fuerte que aspiraba a que nos diera el soporte necesario para no desfallecer en los momentos más difíciles.

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n mariana schmidt m Me embargaba sí la incertidumbre de los textos que elaborarían, de su contenido y de su calidad. ¿Lograríamos la producción de relatos suficientemente buenos para ser publicados? Me preguntaba también cuántos de ellos escribirían y cuántos abandonarían la experiencia. No obstante una férrea convicción me acompañaba: cada momento vivido en este taller era en sí mismo válido. Si bien la expectativa de elaborar el libro era un componente importante que le daba sentido a la propuesta, lo que viviríamos juntos sería nuestro más preciado tesoro. Misael, con cuya historia empecé este escrito, me lo corroboraría meses más tarde.

La soledad tan necesaria para escribir 44

Después del primer encuentro los muchachos quedaban con el compromiso de hacer una primera versión y apoyarse en los promotores de Retomo la Palabra para pasarla en limpio y mandarla a Bogotá por correo electrónico. Cada uno exploró sus propios rituales. Jalil, por ejemplo, cargaba una pequeña grabadora prestada por su hermana y cada

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m vez que podía registraba en ella su historia para luego, en el patio de su casa, transcribirla rodeado de varios niños que oían y luego lo interpelaban para que les aclarara los hechos… Así Jalil se iba dando cuenta de lo que debía explicar mejor. Y cómo no nombrar a Edilberto, quien se iba al amanecer en Valledupar, a orillas del río Guatapurí, a dictarle a su mujer el texto, pues él estaba apenas aprendiendo el código alfabético. Cada cual se inventó su propia manera de domesticar las palabras y con ellas su historia. Honestamente no encuentro otra manera distinta de escribir si no es enfrentándonos a nosotros mismos y cuando menos en lo que a mí concierne solo sé hacerlo en soledad. De allí que en los talleres de producción escrita que he orientado, siempre, siempre, reservo un tiempo prudente entre uno y otro encuentro para que cada autor explore a su manera las palabras escritas. Lo que sí hago es reservar las primeras horas de los encuentros a compartir la experiencia de escritura: los dolores que han salido a f lote, los temores revividos, los bloqueos con la escritura, las triquiñuelas utilizadas. Conocer ese proceso me ayuda mucho a terminar de comprender el escrito que de manera previa a cada taller aspiro a que me sea enviado para poder leerlo cuidadosamente y preparar la nueva sesión de trabajo.

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Retomando la experiencia con los muchachos ex combatientes, debo decir que momentos de soledad para ablandar las palabras escritas eran felizmente interrumpidos o quizás sea mejor decir eran impulsados por los promotores de Retomo la Palabra que no los dejaron desfallecer. Gracias a ello, a las tres semanas de habernos despedido del primer encuentro, un buen día mi buzón electrónico estaba a reventar con sus escritos. Primero los leí atragantándome de ellos, me los quería beber de una. Suele pasarme. Siempre que animo a otros a escribir quedo intrigadísima con lo que saldrá de adentro de esos seres que empiezo a conocer. Así entonces, la primera lectura que hago tiene sin falta el afán de tocar el alma de quien escribió esas primeras letras, de sentirlos, de conmoverme con lo que cuentan, de enorgullecerme de que hayan escrito. Era increíble, allí estaban sus voces, ninguna era impostada, me parecía estar oyéndolos en el taller. Era sorprendente su capacidad para nombrar hechos tan dolorosos. Toda la crudeza del conf licto armado estaba allí y escrito en primera persona. Pude imaginar que la tarea no había sido fácil. Luego vino una segunda lectura más pausada destinada a establecer por dónde debía seguir encauzando el proceso en el siguiente encuentro.

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La revisión de los textos y los elementos que ayudan a elaborar nuevas versiones La revisión es quizás uno de los puntos de quiebre más fuertes en los novatos cuando escriben una experiencia como la que nos ocupa, pues en general no se nos ha enseñado a escribir desde una perspectiva de proceso. Elaborar diversas versiones de un escrito, hacer grandes transformaciones entre una y otra versión, mirar cada quien su texto a la luz de criterios definidos, tener lectores pares que miran lo escrito por uno también a partir de unas pautas claras y compartidas, es algo nuevo que debe transitarse con cuidado para no ir a abortar el proceso. La Pregunta con mayúscula que orienta siempre la revisión es la misma y a ella los muchachos le pusieron la cara con franqueza: ¿están listos los textos para llegar a sus lectores? Así entonces en los encuentros que prosiguieron al primero, después de que cada uno compartía las circunstancias en las que había elaborado la versión que llevaba a poner a consideración del grupo, cada autor se enfrentaba de nuevo a su texto a la luz de una serie de criterios que provenían de lo trabajado en el encuentro

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anterior y luego se lo pasaban a sus compañeros quienes los leían y respondían los mismos interrogantes, para confrontar las posiciones en un tercer momento, junto con mis observaciones. Este proceso, fue bastante similar en el segundo, tercer y cuarto taller. A grandes rasgos puedo decir que de la primera versión de los textos coincidimos en valorar los esfuerzos de todos por plasmar en papel un pedazo de sus historias como miembros de un grupo armado al margen de la ley y haber traslucido en ellas una faceta humana de la guerra. No obstante estuvimos de acuerdo en que la mayor parte de los relatos tenían falencias en la narración de los hechos, había muchos saltos, imprecisiones en el manejo temporal, precarias descripciones de los personajes y de los escenarios. Para subsanarlo, nos dimos a la tarea de leer y analizar detalladamente “A la deriva” de Horacio Quiroga que es impecable en la descripción de los hechos. Armamos entre todos la línea del tiempo de ese cuento y luego cada quien armó la de su propia historia y la revisamos conjuntamente. Este fue un ejercicio que ayudó mucho a cada uno a volver sobre su vida, a narrarnos a los demás nuevas escenas de lo vivido y a establecer qué asuntos merecían fueran detallados y cuáles no.

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m Los resultados se dejaron ver en la segunda versión. La mayor parte de los textos estaban bastante bien estructurados y más allá del escrito mismo, la sensación que tuve cuando los recibí era como si la historia hubiese ya quedado integrada dentro de la trama de sus vidas. Debo precisar también que en el segundo encuentro algunos de los muchachos constataron que la historia que creían era la más importante para narrar no lo era y que había otra mucho más poderosa que había surgido en la medida en que habían escrito unas primeras líneas, o escuchado a un compañeros o ampliado verbalmente un fragmento a solicitud de los otros. Un ejercicio que ayudó también a que cada uno se centrara en su relato fue preguntarles cuál era el momento vivido que en opinión de ellos concentraba con fuerza todo el sentir de lo que deseaban relatar, algo así como cuál sería la fotografía que mejor evidenciaría la narración. No obstante los avances en el segundo borrador de sus escritos, frente a la pregunta de si el texto estaba listo para llegar a sus lectores convinimos en que los sentimientos y las ref lexiones seguían escaseando. Para avanzar en esta dirección hicimos dos ejercicios. El primero fue ayudarle a cada autor a identificar las emociones presentes en

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torno al acontecimiento narrado, así como a ref lexionar sobre su experiencia. Cada quien tenía copia del escrito de sus compañeros de tal suerte que uno a uno lo leímos en voz alta y todos marcábamos en el texto una nubecita, como aquellas que aparecen en las historietas cuando alquien está pensando algo, en aquellos apartes donde considerábamos venía bien una ref lexión, y un corazón donde estimábamos que faltaba meterle sentimiento al relato. Fue muy emocionante ver cómo todos se ayudaban entre sí para terminar de comprender lo vivido. Las historias se ampliaban a medida que las íbamos leyendo, la presencia de todos era plena, absoluta. La lectura de “Talpa”, de Juan Rulfo constituyó un segundo ejercicio que se hizo en el tercer encuentro con el propósito de ayudar a los excombatientes a compartir con los lectores sus ref lexiones sobre los hechos vividos y a teñir de sentimientos sus relatos. De manera pausada leí en voz alta este cuento que como lo sabe hacer magistralmente Rulfo, se adentra en el mundo íntimo de personajes sencillos y elementales y pone de relieve ese maremágnum de emociones que habitan el cuerpo de todo ser humano. Tras la lectura, entre todos terminamos de entenderlo, porque la comprensión de uno sobre determinada parte de la narración ayudaba a los demás a armarse en su mente la

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m historia completa. Entonces la referencia a lo que habían vivido volvía a emerger. Recordaron sus largos caminos heridos, sus creencias religiosas, las culpas por los actos en los que habían participado y los análisis que hacían ahora que ya no pertenecían a un grupo armado al margen de la ley. No había afán. Parecía como si el tiempo no existiera. Ni el espacio. Vivíamos otra realidad construida por nosotros. Así eran nuestros talleres, eran una pausa en nuestra existencia. Al mes de haber finalizado el tercer encuentro mi buzón electrónico recibió todos los escritos, esta vez con historias casi listas para poner en manos de los lectores. Los muchachos habían trabajado muy duro en sus nuevas versiones y los promotores de Retomo la Palabra no los habían dejado desfallecer frente a los múltiples pedidos de “que vuelva a pasarlo en limpio”, “que qué dice ahí”, “que qué tal si le pones esto aquí”, “que ya queda poco tiempo”, “que esta vez sí está listo”. La meta del cuarto encuentro era clara: teníamos una última oportunidad para aprobar las correcciones de estilo hechas por la especialista en Bogotá y hacerle ajustes a los textos, pues al día siguiente haríamos un lanzamiento del capítulo de esa región. En una versión artesanal, entregaríamos a sus familiares y a la sociedad en su conjunto el

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n mariana schmidt m libro que habíamos empezado a soñar siete meses atrás. ¡Qué madurez! ¡Qué capacidad de trabajo! Aquí le cedo la palabra a Nelson, de Urabá, pues mejor que él, no podría yo expresar lo que fue esa sesión final: Recuerdo los rostros de todos los del equipo de trabajo y de esa entrega total por ayudarnos; nunca había estado en algo así. En mi memoria tengo la sonrisa de satisfacción de los muchachos cuando después de leído uno de sus párrafos lo aprobábamos.

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Esa noche fue larga. Con los promotores nos dedicamos a compaginar los textos en un solo archivo, sacar las copias respectivas y hacer la encuadernación de doscientos ejemplares en cada región. Finalmente, en ceremonias muy sentidas y rodeados de seres queridos, entregamos en Valledupar, Apartadó, Montería y Sincelejo los textos a los lectores. Meses más tarde, en mayo de 2009, la Alta Consejería y el Cerlalc lanzaban en Bogotá el libro que lleva por nombre Retomo la palabra, con la participación de cinco muchachos, uno de cada región. De manera simultánea el libro fue lanzado en las regiones y hoy reposa en las bibliotecas públicas del país.

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n e l i m á n de l a e s c r i t u r a m n n n

Qué barbaridad. Ya han pasado casi cinco años y mi alma vuelve a alborotarse cuando los recuerdo y repaso cada una de las páginas escritas por ellos, allí están uno a uno y me pregunto qué será de sus vidas. ¿Será cierto que ese libro ha fungido como puente entre ellos y la sociedad como lo soñamos? ¿Acaso alguien que lo haya tomado en sus manos habrá tenido diálogos internos o externos con esos hombres y mujeres que se atrevieron a mostrar sus almas desnudas? ¿Alguno si acaso se habrá animado a contar también su historia? ¿Otro habrá rebatido la versión que allí aparece? ¿Y la guerra de hoy? ¿La que estamos viviendo en este 5 de septiembre de 2013 quién la está narrando? ¿Qué sabemos de lo que ocurre? ¿Qué de lo que viven quienes están en los frentes de batalla? ¿Qué de sus familias? ¿Qué de las víctimas? ¿Quién y cómo escribirá esta historia presente y continua de conf licto armado en nuestro país?

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septiembre 5 de 2013

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Sobre la autora

Mariana Schmidt Quintero, psicóloga egresada de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá (Colombia) en 1985. En su quehacer profesional se ha desempeñado fundamentalmente como asesora de procesos pedagógicos con adultos y editora de publicaciones educativas y sociales. Autora de una propuesta metodológica de sistematización de experiencias destinada a personas cuyo oficio no es la escritura o la investigación pero que cuentan con saberes que merecen ser recogidos y dados a conocer: docentes, madres comunitarias, educadores populares, funcionarios públicos, operarios de fábricas, campesinos, líderes comunitarios, ancianos sabios, tejedoras, padres y madres de familia o población en situación de transición, como por ejemplo personas en desplazamiento o ex combatientes de grupos ilegales. Igualmente ha diseñado y conducido proyectos sociales cuyo propósito es afianzar la identidad cultural de grupos y colectividades, a la par que avanzar en el fortalecimiento de relaciones democráticas y pluralistas.

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