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A veces me pongo a pensar acerca de las ideas curiosas que rondan en nuestras cabezas sobre los temas del bienestar, la salud y sus contrapartes: el malestar y la enfermedad. Ideas que forman parte de la forma común de pensar en nuestra cultura y que, por lo general, nunca nos atrevemos a cuestionar…, como si diéramos por sentado que son verdades absolutas y científicamente comprobadas. Por un lado, a un nivel muy superficial, hoy por hoy todo el mundo está de acuerdo en que una “buena” alimentación, el ejercicio y otros hábitos en nuestra vida cotidiana (como la higiene, el descanso y los estados emocionales equilibrados) son determinantes en la experiencia de bienestar y de salud. Pero por otro lado, cuando las cosas se vienen en picada y aparecen el malestar y la enfermedad a nadie le gusta vincularlos con la manera en que vivimos, es decir, como resultado de nuestros propios hábitos de vida. Siempre la culpa es de “alguien” o “algo” externo a nosotros: inmediatamente creemos que somos víctimas indefensas que tuvimos la “mala suerte” de haber sido “atacados” por fuerzas ajenas a nosotros… Que el azaroso destino nos escogió a nosotros, como si fuera una rifa en la que las probabilidades de “ganar” el premio son las mismas para todos. Y no es que esta idea sea absolutamente falsa: el problema es que solamente toma en consideración un lado de la ecuación, olvidando que el nivel de vitalidad del individuo es fundamental para la aparición y desarrollo de una enfermedad. Así pues, esta línea de pensamiento es utilizada como pretexto por todos aquellos que no quieren tomar el control de su estilo de vida para mejorar la calidad de la misma: “de todos modos…” –piensan– “…de qué sirve que coma sano, si al comer lechuga puedo pescar una infección intestinal que me acabe matando. Mejor le sigo entrando a la comida chatarra que tanto me gusta y me hace tan feliz”. Mi pregunta es: ¿será cierto que tiene las mismas probabilidades de enfermarse, digamos de diabetes, alguien que come saludablemente, hace ejercicio y, en general, tiene un estilo de vida saludable, que una persona que come basura, es sedentaria y tiene un estilo de vida insalubre y poco “eficiente”? A mí me parece que no. En la actualidad existen numerosos estudios serios en los que se vinculan los malos hábitos de vida con el incremento en la frecuencia y gravedad de los estados de malestar y enfermedad que experimenta la gente. Es decir, los individuos con estilos de vida “eficientes” verdaderamente se enferman menos y sus estados de enfermedad son menos prolongados, dolorosos y peligrosos. Esto no quiere decir que, por ejemplo, si comienzo a hacer ejercicio mañana nunca más me voy a enfermar. Aún la persona más sana sobre el planeta puede enfermarse si enfrenta condiciones hostiles en su relación con el medio ambiente. No obstante, el tener un mayor nivel de salud significa que cuenta con mayores recursos para enfrentar el estado crítico y, por lo tanto, cuenta con mayores probabilidades para salir de un estado de enfermedad…, y con menos sufrimiento. L a idea detrás de todo esto es que con nuestro estilo de vida construimos (o destruimos) nuestro nivel de vitalidad, que se refleja en nuestro bienestar y en nuestra salud. Me parece importante que nos preguntemos: ¿estoy dispuesto a invertir en la creación y sostenimiento de un nivel de vitalidad alto? Si la respuesta es positiva, lo que necesitamos hacer es trabajar en nuestro estilo de vida para hacer las mejoras necesarias para lograrlo.


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