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Julio de 2013 © Guillermo Cardona, 2013 © Ilustraciones: Alejandra Estrada © Alcaldía de Medellín, Secretaría de Cultura Ciudadana

distribución gratuita


LA INSÓLITA RESURRECCIÓN DE JULIO VERNE

No viene al caso explicar cómo terminé trabajando en un proyecto que desarrolló una universidad japonesa para un multimillonario nipón, cuyo objetivo era encontrar la manera de presenciar acontecimientos del pasado en cuerpo presente.


La inversión era altísima y el proyecto en sí mismo era una completa locura, pero el señor K tenía tanto dinero que nadie osaba contradecirlo. Luego de muchos experimentos fallidos, las directivas de la universidad se armaron de valor y le comunicaron al señor K la conclusión a la que había llegado el equipo científico: regresar al pasado era imposible y la única opción para complacer semejante capricho consistía en revivir mediante un proceso de


reconversión de ingeniería genética a personajes notables de la historia. Se compraron cientos de muestras de piel y de pelo de héroes de la antigüedad: militares, artistas, científicos, gobernantes, en busca de alguna célula con un ADN que fuera todavía viable, siempre en vano. Fue una casualidad que entre los científicos del proyecto estuviese Dominic Dupont, descendiente directo de Julio Verne por línea


materna, quien conservaba un estuche donde yacía un crespón de pelo amarillento, cortado unos días antes de la muerte de uno de los pioneros de la literatura fantástica y de aventuras, el genial exponente de la literatura de anticipación y de la ciencia ficción, cuando tales géneros todavía no tenían esos nombres. Muchos vanos intentos y millardos de dólares después, Monsieur Verne volvió a la vida con los 77 años que tenía cuando se tomó la muestra,


gozando de cabal salud, en una noche de invierno a finales de los años noventa. El frío de Tokio le dio muy duro al viejo, así que por sugerencia del señor K, que moría de ansiedad por acompañarnos, me lo traje para Medellín a que agarrara color. Si bien Monsieur Verne se mostró bastante confundido al principio, pronto se adaptó a su nueva vida y observó los grandes avances de


la ciencia en este siglo XXI sin sorpresas ni sobresaltos, más bien creyendo que se trataba de una equivocación. Nada le sorprendía y todos los inventos le parecían


poquita cosa comparado con lo que ĂŠl se habĂ­a imaginado. Apreciaba la rapidez para enterarse de acontecimientos ocurridos al


otro lado del mundo, pero abrigaba serias dudas, pues unas noticias eran más importantes que otras sólo porque ocupaban los titulares de los grandes periódicos o porque les paraban bolas en la televisión. —Quiero ir a la luna —nos dijo un día, como si la cosa fuera así de sencilla. —No es tan fácil, Monsieur Verne. Es muy costoso, complicado y de alguna manera inútil. Allá ya fueron y no hay nada qué hacer; la


luna no tiene el menor atractivo para quedarse. En busca de aventuras, nos tiramos en parapente desde el Alto de Ventanas, estuvimos en las cavernas del Nus y en el desierto de la Tatacoa, pero nos dijo que tales travesías a sus años resultaban más cómodas de leer que de vivir. Repudiaba además las muchas herramientas concebidas para matar, lo ponía nervioso la sola mención


de la bomba atómica y por poco le da un infarto cuando leyó sobre la existencia de un continente de basura que flota en el Pacífico Norte, algo que, nos dijo, jamás creí posible ni en mis peores pesadillas. También nos habló de su primera novela París en el siglo XX, en la que se imaginó una ciudad de edificios de cristal y a sus habitantes montados en vehículos que corrían a gran velocidad, preocupados tan sólo por el dinero y por comuni-


carse vía fax. Y no le gustaba tener la razón. Finalmente Monsieur Verne se cansó del ruido de los carros y de los timbres de los celulares y se vino con el señor K y conmigo a pasar unos días en una finca en San Cristóbal, donde todavía vive hoy, de espaldas a las grandes maravillas tecnológicas, pues antes que andar navegando en internet le gusta remar en el lago de los patos; y en vez de pasarse la vida montando en


avión y dando conferencias, prefiere quedarse a disfrutar la primavera eterna de Medellín (tan buena para el corazón y para el reuma), cuidando un rosedal, cultivando un huerto y leyendo muchos libros de aventuras que, según nos dijo, es la manera más fácil, económica y segura de viajar por el tiempo y la distancia.


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