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Vitrales Revista de creaci贸n literaria

I


Director: Álvaro Jáudenes Baillo vitralesdelavida@gmail.com Depósito Legal: VG 257-2012

II


Index

Presentación

IV

Homenaje: La llanura azul - Manuel Altolaguirre

Confesiones marinas - Alejandro Badilla Coto Indicios de un horizonte - Gabriel Quesada Mora África - Paco Ocaña

V VI VII IX

Peregrino - Álvaro Jáudenes Baillo

X

Vuelvo a caer - Matias Zemljic

XI

III


PresentaciĂłn

Las ideas que iluminan la mente atraviesan los colores de los vidrios, las palabras castellanas. El resultado de la luz colorida es lo que pretende ser esta revista. Vitrales serĂĄ una revista de vida corta. Potenciadora de la lengua castellana. Dirigida principalmente a poetas - escritores y lectores -, poseedores de un espĂ­ritu universal. El director

IV


Homenaje No bajo montes de tierra sino que escalo simas de aire lo más hondo de este barranco es cumbre de estos cristales. ¡Cuánto me pesa la oscura firme tierra impenetrable! Rozando duras tinieblas voy pisando claridades. No veo las ramas hundidas, enterradas, de los arboles, sino las verdes raíces airosas, primaverales. Ángeles y nubes juegan en la azul llanura grande. Desde estas hondas alturas miro los azules valles. No bajo montes de tierra sino que escalo simas de aire La llanura azul. POESÍA (1930- 1931). Manuel Altolaguirre.

V


Confesiones marinas No sé tu nombre y no importa. Desde lejos ya lucías la etiqueta, lo mío es la vida en el puerto. No sé nadar… Chapoteando en el charco cómo anhelé las algarrobas Le he visto atracar. Le he visto, me ha visto. Qué atrevimiento. Hay mejores barcas que la mía. Tu voz acalla a las sirenas, no tengo arrastre… Ya no veo gente, veo almas: son ciento cincuenta y tres La vida en el mar, en la popa, pero primero en el amor. Nunca terminaré de aprender a nadar… Alejandro Badilla Coto

VI


Indicios de un horizonte Te busco en cada rostro, en cada esquina, con angustia temblorosa de no hallarte. Cuando creo encontrarte, de súbito la realidad me desgarra, desnudo me deja de ilusiones. ¿Cómo hallarte?, ¿escapas de mí?, o ¿acaso soy yo el que te he inventado para buscarte? Cuando Apolo oculta sus rayos mi memoria teje aventuras ya sin tiempo, de aquellos que en periplo interminable te buscaron, ¡triste su fortuna!, en ningún rincón o mar lejano te hallaron. ¿Eres un tesoro escondido que sólo espera ser hallado?, ¿una abstracción sin sentido?, ¿lúdica promesa de dioses sin tiempo que juegan a la vida, a la muerte y al terrible olvido?

VII


Apenas de oídas te conozco, por pequeños indicios, de instantes que no cambio por nada. A pesar de todo no renunciaré a buscarte, que la idea de alcanzarte es más poderosa que la angustia de no hallarte. Poco importa si eres infecunda abstracción, o el mal sueño de jugadores cósmicos. Si tu idea me hace avanzar y me permite dejar tras de mí un mundo mejor, más humano, un mundo que no deje de mirar el horizonte utópico de tu verdad. Gabriel Quesada Mora

VIII


África África, sé que tú me hablas. Aquí, bajo el fuego que extiende su mano a las estrellas habitan tus palabras. Pero yo no sé leerlas. Escurridiza, te resbalas entre mis dedos, sin una frase concreta. Aún te oigo, África. Ágiles letras de viento susurra la noche negra. En su idioma los astros cantan. Yo sigo aún despierto, buscando a oscuras las estrellas, buscando, sin fruto, tus palabras. Pero todavía no te entiendo. En ti la noche se acerca y frente a mí danzan las llamas. Bajo tu manto duermo esperando que llegue el alba. Y mientras tanto tú, África, entre susurros me hablas... Paco Ocaña IX


Peregrino Un paseo de hayas y alcornoques. Otro tiempo añoras. Castaños deformes y viejos robles. A lo lejos atisvo las cabernas entre las ramas del olvido. La lluvia. Los recuerdos. Disuélveme la pena esculpida en los surcos de esta frente que te olvida. En el tronco fijaste tu mirada pulcra; ya sombrío se torna mi semblante. Ya no temo encontrarme con la noche, ni añoro un lejano ausente. Álvaro Jáudenes Baillo X


Vuelvo a caer

En un momento de mi vida, no sé cuándo ni por qué, me encontré cayendo en el vacío. O más bien en un pozo tremendamente circular y profundo. Mi pesada armadura, junto con mi espada, hacía que mi caída fuera menos ligera. Al principio, no lograba ver nada. Luego, poco a poco, mi vista fue acostumbrándose. Sólo después de pasar un tiempo más extenso, pude comprobar que mis ojos se habían agrandado y que ya podía distinguir muchas cosas alrededor que antes me era imposible vislumbrar. El lugar era, como dije antes, circular. Las paredes estaban construidas con bloques de piedra rectangulares perfectamente colocados. Parecía algo imposible de creer que un lugar tan inhóspito y poco visitado (de hecho llevaba alrededor de una hora cayendo y no me había cruzado con nadie) haya sido tan impecablemente construido. Ahora comenzaba a comprender por qué tantas veces decían que a veces, aquellas cosas que con más esfuerzo han sido realizadas, y quizá por eso mejor, no se notan o no sé llegan a conocer. Tal vez por humildad o tal vez no; tal vez porque no quieren ser aclamados. Pero esas cosas están allí, y sólo sus autores saben a quién las dirigen. También me di cuenta de que a mi alrededor escaleras de piedra bajaban y bajaban conmigo hacia el vacío. Por un momento pensé que podría salvarme de una muerte segura sólo si alcanzaba las escaleras. Pero mi armadura pesaba demasiado y XI


cualquier intento de acercamiento me hubiera matado. Fue por eso que hice algo que me pesó en el alma pero que era necesario: desprenderme de ella. Me saqué primero el casco, lo besé y lo lancé hacia adelante con tan mala suerte que este rebotó en los escalones de más abajo y me dio de lleno en la cara. Después no sé a dónde fue a parar. Sin embargo esto me dio una idea. Saqué todas las partes que protegían mis brazos. Una a una, las fui tirando hacia las escaleras. Ahí tal vez me esperarían hasta mi vuelta. Así hice con toda mi armadura. Por último tan sólo me quedaba la cota de malla. Luego de desprenderme de ella, sentí que caía mucho más liviano y me pareció que un tanto más lento. Extendí mis brazos hacia delante y me puse boca abajo. Junté mis manos, y así como cuando te lanzas hacia un lago y primero metes la parte superior de tu cuerpo y luego la inferior; así también me lancé hacia uno de los costados para intentar caer encima de las escaleras. Pero no calculé la velocidad y la fuerza de mis miembros. Toqué los escalones con mis manos, quise agarrarme y no pude. Luego, mi cabeza dio en la roca provocando un corte severo en mi frente. El tremendo golpe me hizo dar una vuelta entera. Sin querer, mi espalda dio contra las escaleras del otro lado. No sé si algún otro golpe me di. Estuve inconsciente por algunos minutos, o tal vez fueron horas, y al cabo de despertarme, el lugar había cambiado.

XII


Ahora, ya no era roca lo que me rodeaba sino tierra, blanda y fría. La oportunidad de la escalera la había perdido, al igual que mi armadura. La cabeza me dolía, sin embargo la sangre ya se había secado. Estar boca abajo, además de prolongar la caída, me daba tiempo para pensar una solución si es que el fondo estaba cerca. Intentar alcanzar un costado significaba otra vez fallar pues no podría tomarme de ningún lugar. Era obvio, la solución estaba en el final, o en el fondo si es que alguna vez llegaría. Comencé a sentir frío. De pronto un resplandor surgió de la profundidad. Había algo, y ese algo era blanco, resplandecía y estaba cerca. Podría ser algodón, pensé. O tal vez agua, de seguro fría. Me sentí más emocionado que de costumbre. Quise acelerar el encuentro con ese algo que me haría sentir mejor. Me puse de cabeza y con los brazos hacia adelante. La velocidad era tremenda, el frío también. Mis párpados ya no resistían y abundantes lágrimas corrían a los costados de mi cara. La vista se me nubló. Sentí más frío. De pronto todo se extendió. El pozo terminó y me encontré en una cámara inmensa de hielo. Quise detenerme, no pude. El fondo estaba demasiado cerca y me fue imposible evitarlo.

XIII


Mi cabeza se reventó contra el hielo y no sé qué cosa se desparramó. Lo último que recuerdo es que la sangre corrió hacia los costados. No sé si podrán recibir otra noticia mía. Lo último que les quiero decir es que el lugar donde ahora estoy no lo comprendo. Parece ser un cuarto, tal vez una celda o un pasillo quizá. La herida de mi cabeza ya no la tengo, sin embargo llevo una tremenda cicatriz. No sé quién me curó. Estoy asombrado; cuando desperté, en la celda había otras personas. Les pregunté si también pasaron por el pozo; me dijeron que no, que les designaron otros caminos. Lo último que les pregunté fue qué hacíamos en ese lugar. Me contestaron que sólo esperar. Y es lo que hago. Matias Zemljic

XIV

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