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Pati Núñez. El trabajo bien hecho Con 18 años era profesora en la prestigiosa escuela Eina y apenas rebasados los 20, ya había creado algunos de sus trabajos más emblemáticos, como la imagen corporativa del Puerto de Barcelona. Pati Núñez es una figura fundamental de lo mejor de nuestro diseño, desde su temprana irrupción en el oficio, allá por los exultantes años ochenta. El año pasado recibió el Premio Nacional de Diseño como reconocimiento a su sólida trayectoria. Ha sabido transitar por casi todos los territorios del diseño gráfico con desenvoltura y eficacia. Cuando se habla de su trabajo siempre emergen sustantivos como elegancia o sensibilidad. Tiene la cualidad de ir a la esencia de las ideas. Racional y emotivo a un tiempo, el suyo es un grafismo sobrio, pero no espartano; contemporáneo, pero intemporal. Es ese diseño que seduce inmediatamente y que transpira oficio en cada detalle. Texto: Carlos Diaz

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La primera imagen que tengo de Pati Núñez se remonta al año noventa. Yo tenía una pequeña colaboración en una revista de tendencias llamada Impar, creada y dirigida por Maria Casanovas. Pati se había hecho cargo del diseño de la revista y creo que formaba parte del consejo de redacción. La vi fugazmente en aquel pequeño ático que serviría de cuartel general en los tres gloriosos números que duró la publicación. Iba acompañada de Pollock, su inseparable terrier (muy parecido al Milú de Tintín). Formaban, sin duda, una pareja llena de glamour. Pati era una diseñadora muy joven, pero con un prestigio enorme en la profesión, sobre todo entre aquellos que estábamos dando nuestros primeros pasos y la veíamos como un modelo a seguir.


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En aquel momento, el diseño era algo así como uno de los signos de identidad de una gran inercia modernizadora con la que el país pretendía sepultar años de letargo social y cultural. No era extraño, pues, que jóvenes diseñadores como Pati fueran los modelos en los que se reflejaba un número creciente de alumnos que acudían a las –también en aumento– escuelas de diseño. Años después volví a encontrarme con Pati Núñez, esta vez en su precioso estudio del barrio de Gràcia de Barcelona. Hacía mucho tiempo que Pati era considerada un valor consagrado de nuestra gráfica. Nos había cedido muy amablemente material para una exposición casi escolar llamada Shopping Bags. Evidentemente, aquella exposición no se podía permitir el lujo de prescindir de las

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bolsas que Pati había ido diseñando para la mítica tienda Vinçon. Así que salí de su estudio feliz de llevarme conmigo algo así como las joyas de la corona de aquella pequeña muestra de gráfica ambulante. Esta vez vuelvo a su estudio con la grabadora en el bolsillo y algunas difusas ideas de lo que quiero preguntarle. Me abre la puerta Kike Segurola, su colaborador desde hace casi una década. Con tiempo apenas para saludarnos –es un viejo conocido– recibo la más calurosa bienvenida por parte de Sally, una joven, hermosa y corpulenta perrita que, fiel a su especie, no se anda con ceremonias y se alza sobre sus patas traseras para otorgarme su saludo más cordial. Cuando Pati aparece, se disculpa –innecesariamente– por la efusividad de su masco-

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ta: “Es muy joven y todavía la estoy educando”. Así pues la conversación arranca con algunas reflexiones acerca de la educación de los perros. Escucho algunos consejos –“el perro debe saber qué lugar ocupa dentro de la manada”– que me parecen muy interesantes, aunque impracticables con mi viejo y desquiciado chucho. No puedo dejar de entrar en materia aludiendo al Premio Nacional de Diseño, otorgado por –como rezaba el acta del jurado– “su impecable trayectoria, por la elegancia formal de sus proyectos, audacia y generosidad, y por su habilidad para involucrarse en cada proyecto de una manera muy personal, provocando lecturas visuales cargadas de sensualidad y poesía”. Cuando Pati recogió el premio en septiembre del pasado año, la prensa no


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habló tanto de todas estas innegables cualidades de su trabajo, como de su condición de primera mujer que obtiene este galardón: “El Premio Nacional premia una trayectoria. Cuando yo empecé, éramos muy pocos diseñadores y entre estos diseñadores el número de mujeres era menor. Ahora hay más mujeres en la profesión, pero todavía son jóvenes. Seguramente en un futuro muchas de ellas también podrán ser candidatas a este premio. La verdad es que desconozco cuántas mujeres pueden optar al premio en la actualidad. Como en febrero seré jurado, supongo que despejaré esa incógnita. Aunque parece ser, por lo que me han dicho, que no hay candidaturas de mujeres”. Aunque la explicación estadística es impecable, lo cierto es que la mujer debería

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tener ya una mayor presencia en todos los ámbitos del diseño. Tampoco las revistas estamos exentas de responsabilidad, ya que solemos entrevistar con cuentagotas a mujeres diseñadoras: “Supongo que las mujeres tenemos obligaciones extra-profesionales. Primero porque somos madres, luego porque aún arrastramos algo de los viejos roles que eximían al hombre de las tareas domésticas, pero también porque biológicamente somos así, nosotras mismas asumimos un montón de responsabilidades y cuidados que a un hombre le costaría orquestar tan hábilmente”. Volviendo al tema del premio, Pati Nuñez había sido convocada anteriormente, así que cuando por fin se lo concedieron fue casi un sorpresa:

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“Cuando me llamó Pepe Cortés para comunicármelo, me llevé una gran sorpresa. Pensé que todavía no me tocaba. La verdad es que nunca me lo había tomado como una meta. Lo bueno de todo ello, es que cada año que nos convocaban, mi equipo y yo nos pasábamos un mes y pico compaginando un libro con toda nuestra trayectoria gráfica. Se convirtió en un ejercicio muy bueno, casi como una terapia. En la web tenemos una selección de nuestros trabajos que vamos actualizando, pero el libro era diferente, como ver la serie completa de todo lo que habíamos conseguido, de todo lo que nos han dejado que salga bien, compaginado a gran tamaño, bien fotografiado y referenciado… ¡Nos subía la autoestima! Siempre somos muy exigentes con nosotros mismos, por eso resultaba tan grati-


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ficante detenerse a disfrutar de los resultados positivos. Esos libros también nos servían para mostrar nuestro trabajo a los clientes”. Un reconocimiento así es el certificado definitivo de un prestigio ganado con muchos y muy buenos proyectos. Sin embargo, Pati Núñez es muy crítica con la credibilidad que los diseñadores tienen entre sus clientes y ni siquiera una consagración semejante le libra a uno de la batalla diaria: “El premio sirve para que te respeten un poco más. Es como una garantía hacia tus clientes y refuerza también la seguridad en tu propio trabajo. De todas formas hay clientes que no valoran o no distinguen un trabajo bien hecho, y a veces quieren diseñar ellos mismos, aunque sea sólo por una cuestión de ego o prepotencia, no importa entonces cuántos

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premios puedas tener, ellos saben mucho más y quien paga manda”. No deja de sorprender que una profesional de indiscutible prestigio tenga que lamentarse de esta falta de sensibilidad. Pero no deja de ser un síntoma elocuente del largo camino que le queda por recorrer a la profesión, para que se le reconozca el espacio que legítimamente le corresponde: “Hay que tener mucha humildad cada día. Hay clientes que prácticamente te dictan lo que quieren. En el estudio muchas veces no comprendemos para qué nos contratan, si después desestiman todas nuestras propuestas y lo que pretenden es que hagamos la idea preconcebida que ellos tienen en la cabeza. Para dar ordenes gráficas podrían ir directamente al impresor y ahorrarse nuestros hono-

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rarios. Creen que, aunque diseñen ellos, si lo produces tú va a salir mejor, como si nuestro papel fuera poner en limpio sus diseños”. Quizá lo que se desprende de la actitud de estos clientes es una cierta intención de acudir a un diseñador reconocido no porque confíen en que sea la persona más capacitada para dar una solución a un determinado problema de diseño, sino porque se busca asociar el producto al prestigio de ese profesional: “Lo curioso de todo esto es que algunos de estos clientes que te obligan a cambiar prácticamente todo de tus propuestas, luego ven el trabajo que realizas para otros clientes y te dicen que les gusta más que lo que haces para ellos. No se dan cuenta de que no te han dejado hacer bien tu trabajo. Resulta


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un poco humillante. Es como si alguien va al restaurante El Bulli con la receta exacta de lo que quiere comer, y encima luego se queja de que no es el mejor plato. No tiene mucho sentido”. En seguida, Pati matiza está visión pesimista y subraya que esto no siempre funciona así: “Afortunadamente también tenemos muchos clientes que saben por qué vienen y lo que esperan de nosotros, les interesa nuestro punto de vista y le sacan el máximo partido a nuestra profesionalidad. Lo ideal es cuando tienes la sensación de que formas parte de su equipo, que estás luchando por un interés común, entonces los resultados gráficos suelen ser mucho mejores. Eso debería ser lo normal, pero desgraciadamente no es lo usual”.

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El desconocimiento genera inseguridad y temor. El temor es siempre conservador y nada hay tan conservador como el marketing al uso: “Sobretodo en productos de gran consumo, el marketing prima sobre el diseño. Y el marketing es una herramienta muy útil, pero se basa en experiencias ya conocidas. Si testeas un producto nuevo no puedes basarte en hábitos de consumo antiguos. Un diseñador tiene que ir avanzando nuevos deseos y no repetir lo que ya se conoce hasta el aburrimiento. Comprendo que muchos consumidores no tengan un nivel cultural demasiado avanzado, pero precisamente por eso hay que tirar hacia adelante, con nuestro trabajo también contribuimos a incrementar ese nivel cultural general. Algunos

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individuos marketinianos parece que quieran hacernos retroceder. Si la vulgaridad les ayuda a vender, la utilizan impunemente, aunque eso pueda desculturizar al mundo”. Afortunadamente, el mercado avanza y abre espacios de trabajo muy interesantes que vienen a contrarrestar la mediocridad imperante en gran parte de los lineales comerciales. El territorio de las marcas blancas parece abonado para sorpresas agradables: “Este año estamos muy contentos porque tenemos un nuevo cliente en Valencia que fabrica para Mercadona. Trabajan con nosotros y con otros diseñadores. Tanto en las áreas de cosmética como de perfumes, están lanzando productos equiparables a los de las grandes marcas, demostrando


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que se puede ofrecer un producto de calidad y con aspecto estupendo a un precio muy bajo. Eso desdice la relación calidad precio de otras marcas. Este tipo de productos se expresan en términos más libres y sinceros, con lenguajes más nuevos, no intentan competir con las marcas líderes. Y parece ser que al consumidor no le cuesta nada comprender estas novedades, que se alejan de la conocida vulgaridad, porque las venden de maravilla”. Lo cierto es que vivimos en un mundo saturado de marcas. Parece como si todo el mundo quisiera parapetarse detrás de un logo y adquirir una identidad que, en su mayoría, pasa por otras variables de comunicación más complejas o interesantes que la sistematización de un símbolo visual. Pati

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alude a este fenómeno con una metáfora interesante: “Estamos rodeados de un exceso de marcas. Para todo se quieren hacer logotipos. Por comprar más insignias se creen que son un ejército más poderoso. Mira CocaCola, con una sola imagen y sin embargo lo bien que funciona”. Aunque Pati ha desarrollado proyectos en prácticamente todas las áreas de la comunicación gráfica, le gustaría trabajar más para el mundo de la cultura. En plena crisis del 93, participó en unos debates sobre el estado del diseño en Cataluña, en los que se mostraban unos estudios sobre la sectorización de la oferta y la demanda. De esta manera, se dio cuenta de que en aquel momento había muy pocos estudios que se dedicaran al diseño de

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packaging. Así que, por primera y única vez, realizó una pequeña campaña de promoción, centrándose en el sector de la alimentación. Muchos clientes se sorprendían de que una diseñadora de su calidad pudiera estar interesada en trabajar en un pack de azúcar. Así que trabajó con eficacia para marcas de gran presencia comercial, pero se encontró con demasiadas barreras en forma de prejuicios formales y previsibles inercias santificadas por el marketing: “Nunca nos dejaron desarrollar bien este tipo de trabajos. Por eso no los publicamos”. Pati echa en falta en este país una cultura gráfica más consolidada: “En Londres encuentras humor hasta en los packs de papel de váter. Aquí abundan los planteamientos que toman por tonto al consu-


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midor, dándole consejitos de vida en una etiqueta: eso a mí me ofende”. Un trabajo del que Pati está orgullosa es precisamente el del diseño estampado en las botellas de Fuensanta, un buen ejemplo de cómo hay un amplio margen para hacer cosas distintas en el diseño para alimentación si el cliente contribuye con una actitud valiente. En esta línea de investigación y máxima adecuación gráfica al producto, para Cavas Recaredo ha realizado el diseño de Turó d’en Mota, un cava muy especial de diez años de crianza. Un valor diferencial de este cava reside en la mínima intervención en la viña, dejando que la naturaleza haga su trabajo de una manera natural. En coherencia con esta “intervención mínima” el diseño prescinde de ornamentaciones innecesarias. En la etiqueta

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sólo aparece el logotipo, troquelado mediante láser sobre papel de algodón de color crudo. No se utiliza tinta ni en la etiqueta ni el la caja, que está grabada con láser y prescinde de herrajes. La conversación está tocando a su fin y Sally, que ha frecuentado los pies de la mesa durante la entrevista buscando alguna que otra caricia, comienza a inquietarse, lo que le acarrea una pequeña llamada al orden. Finalizamos la charla, hablando del valor de los pequeños detalles: “Ves por todas partes, incluso en trabajos con un planteamiento conceptual interesante, columnas mal partidas, logos con kerning automático, elementos alineados por geometría y no por percepción óptica. Esto es el equivalente a escribir mal, con un len-

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guaje limitado y con faltas de ortografía. La mayoría de personas se expresa mal. En diseño también se refleja esta carencia en forma de incultura gráfica. Los detalles son muy importantes, pero no todo el mundo repara en ellos. Hay veces que los clientes no saben diferenciar entre un nivel de acabado u otro. La tipografía es lo más difícil. Es una cuestión de educación. En Italia hay una tradición tipográfica muy buena –ves unos rótulos antiguos fantásticos– y sin embargo no han sabido evolucionar bien. En Inglaterra tienen una gran tradición editorial –seguramente es de los países con mayor número de lectores– y posee un background histórico-tipográfico muy importante. En mi opinión los británicos siguen siendo los mejores, con una gran cultura en el uso de la tipografía”. l


pati nuñexz  

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