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Rafael Sánchez Operador de cinematógrafo, diseñador ocasional Aquellos que hayan pasado por delante del cine “X” de la calle Duque de Alba de Madrid seguro que habrán reparado en los sorprendentes y coloristas carteles que anuncian su programación. Una muestra de gráfica popular que no tiene nada que envidiar a aquella procedente del extranjero y que tanto hemos admirado a través de libros y exposiciones recientes. Un trabajo desinteresado y silencioso realizado por Rafael Sánchez, responsable de la sala, operador de cinematógrafo y diseñador gráfico eventual. Texto: Xènia Viladàs / Eduardo Bravo Rafael Sánchez es operador de cinematógrafo, uno de esos oficios que vivieron su época dorada hace algunas décadas y a los que las nuevas tecnologías no sólo les han hurtado buena parte de su romanticismo, sino que los han puesto al borde de la desaparición. Para presentarse, Rafael echa mano de un clásico reciente de la gran pantalla y explica que él es como el niño de Cinema Paradiso. Un muchacho que se crió viendo cine y que, desde muy joven, dedicó su vida a ese arte desde una cabina de proyección. Primero como ayudante y, posteriormente, tras obtener el carné correspondiente, como operador. Cuando se jubile, Rafael piensa seguir vinculado al cine. Tal vez lo haga a través de unas memorias en las que repase su experiencia y sobre las que baraja dos títulos: “Aventuras y desventuras de un cine de sesión continua” o “De Casablanca, pasando por la ‘S’ y terminando en la ‘X’”, porque tal ha sido su historia y la del cine en el que trabaja. “Yo empecé en el cine Quevedo, que ahora es un gimnasio, como ayudante de cabina. Luego estuve en varios cines de la empresa y aquí llevaré unos veintiocho o treinta años”. El aquí al que Rafael se refiere es el cine Duque de Alba, muy cerca de la Plaza de Tirso de Molina, en pleno centro de Madrid, a pocos minutos del Kilómetro Cero. Una sala dedicada a la proyección de películas “clasificadas X” que es conocido internacionalmente y visitado por aficionados de todo el mundo. “En España el ‘cine X’ debió empezar en el año 85 y nosotros comenzamos un año más tarde –recuerda Rafael–. Hasta entonces, éste era un clásico cine de barrio

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en el que echábamos dos películas en sesión continua. Empezábamos a las 10 de la mañana y acabábamos a las 12 de la noche. Cinco años antes de ser ‘X’ proyectábamos cine erótico en el que echábamos películas ‘clasificadas S’ en las que parecía que se veía algo pero no se veía nada”. Un cambio demasiado radical que podría haber sido mal aceptado por cualquier amante del Séptimo Arte pero que no importó a Rafael, que entiende el cine como lo hacían los pioneros, como un hecho mágico en el que hay mucho de acto social y que trasciende a los géneros de sus producciones. “Podría haber pensado algo así y, en parte, podéis tener razón al mencionarlo, pero he estado mucho años en este cine. Muchos años en cabina dando películas y le tengo mucho cariño. Es una sala muy especial, diferente a las otras que tiene la empresa y, aunque parezca una paradoja porque es un cine ‘X’, mantiene la esencia de la sesión continua. Es un cine que empieza a las 10:30 de la mañana, acaba a las 12 de la noche y permite crear una familiaridad, entre comillas y salvando todas las distancias, con la gente que viene. En este cine la gente me conoce, entran, salen, hablamos, se relacionan, están como en su casa y, en ocasiones, mejor que en su propia casa, porque aquí viene mucha gente que, indistintamente de que cada uno busque lo que quiera buscar, está sola. Además, yo en un cine de estreno me aburro como una ostra. He estado en otros locales de la empresa, en cabinas con cinco salas y es algo muy ficticio, algo que no es real. En este cine se crea un ambiente muy familiar y no es algo tétrico como la gente piensa”. A principio de los años 80, cuando se permitieron en España las películas “X”, la novedad hizo que, sólo en Madrid, se abrieran casi quince salas. Según cuenta Rafael, testigo de excepción, “pasamos de lo erótico a lo porno y la gente lo cogió con muchas ganas. A medida que fue pasando el tiempo se fueron cerrando salas y hasta ahora, que estamos los tres cines que aguantamos en Madrid”. No es una situación boyante por la que pasan actualmente, pero tampoco lo es la de las salas de exhibición de cine familiar. La crisis del cine provocada por la llegada de internet ha afectado a todo el sector pero, aunque resulte sorprendente, las “salas X” lo sobrellevan bastante mejor.

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“Podemos haber bajado un poco en el número de espectadores –reconoce Rafael–, pero es una bajada menor que la de los cines comerciales porque puedes alquilar una película “X” en el vídeo club, verla en internet... pero a los que les gusta venir a este tipo de cine eso puede no decirles nada. Para esa gente la película está aquí, nunca mejor dicho”. Desde sus comienzos, la normativa sobre este tipo de salas prohibía, por motivos obvios, la exhibición de material promocional en las carteleras o fachadas de los cines. Un hecho que algunos empresarios nunca entendieron como un problema –pues sabían que su público no acudía a sus locales por la calidad de los títulos que se proyectaban–, y que otros solucionaron anunciando las películas con anodinos carteles de letras intercambiables o, en fechas más recientes, con carteles realizados con ordenador y compuestos en extrañas tipografías que, gracias a programas como el Corel Draw o el Banner, adquirían las formas más delirantes. El cine de la calle Duque de Alba era una excepción. Ante la prohibición de anunciar sus sesiones con material explícito de las películas, Rafael encontró una ingeniosa solución: realizar él mismo sus propios carteles. Unos trabajos que, sin ofender ni infringir la ley, llamasen la atención de los viandantes y clientes, como se había hecho desde siempre en el cine. “Al principio, cuando proyectábamos películas eróticas sí colgábamos algún cartel, pero con las ‘X’ sólo estábamos autorizados a poner los títulos. Lo que sucede es que, en mi opinión, un cine sin carteles parece que no es nada. Los carteles son una referencia sobre lo que vas a ver. Pero no un cartel tipo Carrefour, porque eso sería un delito, sino un cartel que diga algo, que a la gente que pase le haga gracia, se sonría o le llame la atención. Esto es como una tienda que tiene un buen escaparate. No tiene por qué tener un buen género sino algo que provoque curiosidad. Los buenos escaparatistas son los que hacen una decoración que llame la atención de la gente aunque sea un fragmento de segundo porque, si se fija, a lo mejor se termina comprando algo”. De esta forma, Rafael se convirtió en el exclusivo “escaparatista” del cine Duque de Alba. Armado de dos cartulinas Din-A3, rotuladores y marcadores fluorescentes Stabilo que compra en la vecina Unión

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Bolsera “para que todo se quede en el barrio”, ha realizado dos carteles por semana durante los últimos quince años. Más de un millar de piezas realizadas en un pequeño cuarto de la planta superior del cine, junto al antiguo Ambigú ahora en desuso, y ejecutadas con un estilo absolutamente personal, sin referentes y difícil de imitar. Unos carteles que Rafael atesora hasta que algún aficionado que los ve a su paso por la puerta del cine se los pide, o hasta que el tiempo los hace amarillear las hojas y se decide a tirarlos. “Los carteles de cine me parecen demasiado serios y, como siempre he querido desmitificar lo del cine porno, que no se vea como algo tan escondido, sino como una opción más en esta vida, la pintura que hago es una muestra de eso que quiero reflejar. Por esa razón, más que carteles de cine porno, serían carteles de cine erótico”. Los carteles de Rafael son, como él mismo señala, fantasías. Trabajos en los que emplea un par de horas, que realiza de un tirón, sin necesidad de bocetar y en los que predomina el uso de la rotulación hecha a mano, aderezada con alguna imagen que, en muchos casos, poco o nada tiene que ver con las películas que anuncian y no porque Rafael no conozca el tema. “Por mi condición de operador, suelo ver las películas para comprobar su duración y saber si están en buen estado, pero enteras, enteras, no me las veo porque en estas películas siempre se sabe quién es el asesino –bromea Rafael–. Los títulos son los que me mandan de las productoras, que hacen lo mismo que en el cine comercial, buscar títulos que llamen la atención aunque la traducción no tenga nada que ver con el título original. Por otra parte, que en mis carteles no salgan pechos o desnudos es porque de hacerlo tal vez me echarían la bronca porque podrían verlo los niños, la gente que pasa por la calle, aunque eso es un poco ficticio y tonto porque vas a un quiosco de prensa o en la televisión y ves muchos más desnudos. Prefiero poner, por ejemplo, perfiles porque como la tentación está dentro, el cartel sólo tiene que sugerir˝. Llegados a este punto, Rafael se despide, sonriente y apacible, desde el vestíbulo ya fané de un edificio que retiene algo de un pasado más vistoso, entre sombras de hombres que entran y salen y nos miran de reojo como diciendo: “Estos no son de aquí”. l

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Rafael Sanchez  

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