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Las Lanasadas LANA, S.A, que, a pesar de que suene al oído como una agencia de expedición interestelar, es en realidad la empresa fundada hace más de un lustro por Santiago Lorenzo y Mer García Navas. Una coqueta empresa-taller-guardería situada en los aledaños de Gran Vía y que, en palabras de Jesús Mariano, autor del prólogo del libro “Un buen día lo tiene cualquiera. La dirección de arte y las Lanasadas”, se dedica a “dar color”, o lo que es lo mismo, a enriquecer anuncios, películas, escenarios teatrales, o lo que se tercie con sus cachivaches, sus delirantes creaciones, sus cacharros... sus “lanasadas”. Texto: Eduardo Bravo

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Recién comenzado el siglo XXI, Santiago Lorenzo y Mer García Navas decidieron fundar su propia empresa. La llamaron LANA S.A., algo así como trabajo en euskera, y como sede alquilaron un espacioso local a buen precio, gracias a que el propietario no reparó en que, en lugar de un vetusto taller, lo que tenía es un potencial loft con dos alturas. “En realidad buscábamos un sitio para dibujar –reconoce Santiago– pero pronto empezaron a llamarnos para hacer cosas para anuncios”. De esta forma, en las instalaciones de LANA, S. A. se rodaron, se montaron escenarios, se crearon objetos y se construyeron muñecos de plastilina para campañas como las de la llegada del euro, para spots del Ministerio de Educación, para marcas como Citroen, La Sexta, Telespán, entre otras.


Cuando cinco años más tarde surgió la posibilidad de que Santiago Lorenzo rodase su segunda película, la descacharrante “Un buen día lo tiene cualquiera”, estaba claro que el diseño de escenarios, la puesta en escena y el atrezzo sería desarrollada por LANA, S.A. Nadie mejor que Mer y el propio Santiago para recrear el mundo de un anciano aficionado a los objetos delirantes e inútiles que acoge en su casa a un opositor, gracias a “Segunda juventud”, programa de los servicios sociales destinado a mejorar la calidad de vida de las personas mayores. “Ya que no sabemos de montaje, iluminación o máquinas, nos tiramos a los trastos porque es tan apañado poner objetos con segundas intenciones que daba pena no hacerlo”, reconoce Santiago, quien, afortunadamente, no se

pronuncia sobre su talento ante la dirección cinematográfica.

La dirección de arte “Da la sensación de que la dirección de arte sólo tiene interés cuando la película es histórica –afirma Santiago Lorenzo–. Sin embargo, la dirección de arte es como un manómetro que te permite quitar o sumar prosaísmo. Es más sencillo o directo despegar un plano de la realidad con un objeto que diciéndole al actor que haga la ‘b’ más oclusiva o pidiéndole al músico que ponga dos semifusas más”. A pesar de su importancia, se da la paradoja de que para que una dirección de arte resulte realmente efectiva, ésta debe pasar desapercibida. “El orden de importancia de las piezas de una película debería ser en primer

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lugar el guión, después los actores, a continuación la música y en último término la dirección de arte, hasta el punto de que sólo sea evidente cuando el plano sea mudo”, dice Lorenzo.

Los personajes El entorno determina en gran manera el modo que toda persona tiene de comportarse y moldea su personalidad. Los gestos, ademanes, movimientos, hasta la forma de caminar o sentarnos, depende en parte del conocimiento y la familiaridad que tengamos con el lugar en el que hayamos crecido. Lo mismo sucede los personajes. Sus objetos los explican y, por tanto, es necesario que los actores sientan como propios utensilios, ropas y mobiliario.


“Teníamos la idea de que Onofre era un manitas que se construía sus propias cosas, que era un personaje que olía a bolso de vieja: a colonia, caramelos y Polil. Juan Antonio Quintana, el actor que lo interpreta y Diego Martín, en la película Arturo, se paseaban por el set, dejando su marca, su sudor en los asientos, en las piezas del ajedrez. Se habituaron al vestuario, que ya venía usado, lo que lo hace más creíble, lo sudaron, dejaron su olor, guardaron sus cosas en los bolsillos aunque no se llegasen a ver en cámara. Incluso los otros actores, como Antonio Molero, que hace de camarero, se hizo muy bien al chaleco que llevaba, una pieza de cuero que le costó conseguir veinte años de trabajo y que aglutina en una sola prenda el uniforme de trabajo y la ropa de asueto; o Roberto Álamo, en la película

Joaquín, que pasa los días en el Café del Norte como un loro en la alcándara de la jaula, y que tiene un cajón en la parte inferior de la mesa que es como el trastero de su casa en el que hay pilas, un DNI de los azules, una muda, un cepillo de dientes, un monedero y una jabonera”.

El Café del Norte El Café del Norte es un original local sito en la Plaza Mayor de Valladolid con el que Santiago Lorenzo mantiene una muy estrecha relación afectiva. Según el director, El Café del Norte es “el mejor escenario natural del mundo, está como para no tocarlo”. Allá por el año 94, Lorenzo rodó un corto documental dedicado al local. Una declaración de amor que llegó a presentarse

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a los Goya donde un desalmado jurado llegó a afirmar con maldad “lo que faltaba, ahora ya presentan hasta publirreportajes”. “Debieron pensar que habíamos presentado una cosa de Movierecord o algo así, pero en realidad era un corto documental sobre un café como no existe otro igual en el mundo. Para mí, es el trasunto del Irish Pub que copian todas las franquicias de Irish Pub del planeta. Estoy seguro que de que el dueño de ese primigenio Irish Pub lo decoró con sus cosas personales y lo mismo sucede con este café de Valladolid, solo que en la submeseta norte. El dueño lo decoró como si fuera su casa y he ahí su grandeza. Tengo la impresión de que en el futuro habrá cadenas de Cafés del Norte por todo el mundo que seguirán la cultura del Rdo.: la del Rdo. de Covadonga, Rdo. de Chinchón...”


Los halagos de Santiago Lorenzo no acaban aquí. Salen por la puerta del Café y se esparcen a lo largo y ancho de la muy noble villa de Valladolid, ciudad elegida como localización de la película y de la que se ven calles, edificios, una iglesia que parece una radio antigua y otros lugares, muchos de los cuales también han sido intervenidos por Santiago y Mer añadiendo losetas de colores realizadas con aironfix, o construyendo un portero automático colorista “para vecindarios joviales”. “Nuestra intención era que Valladolid quedara muy bonito y la ciudad se prestaba. Mostrar un Valladolid contemporáneo de mediados del siglo XX en el que mezclamos estilos como el de luxe pop y el racionalismo. Todo lo demás, es la luz de verano de la ciudad”.

Fijarse y flanear “La dirección de arte es más psicologista, tiene más que ver con los personajes que con el guión –dice Santiago–. Por ello el director de arte debe comportarse como Stanislavsky dice que deben hacer los actores: ‘fijarse, fijarse, fijarse’. Si quieres ambientar una película de época, dices ‘1789’ y al cabo de dos semanas te aparecen dos camiones llenos de ‘1789’. El problema es que en nuestras película todo lo que aparece es de las décadas de los 50, 60 y 70 y, para conseguir todo eso, es imprescindible la pasión flaneadora* de Mer, que se va quedando con todo lo que ve en la calle”. El gran piropo recibido por Santiago y Mer sobre la dirección de arte de “Un buen día lo tiene cualquiera” es la insistente pregunta de si el piso de Onofre existe o no.

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Aunque resulte sorprendente, la respuesta es no. El escenario, un enorme piso del centro de Madrid, fue decorado con infinidad de objetos. Extraños muebles como el cañono en el que por estrecho solo permite guardar espagueti y agujas de punto; la mecedora lateral, cuna de ancianos; el reloj de arena perpetuo de la Delegación de Hacienda; las copas realizadas expresamente para la película por la Real Fábrica de La Granja de Segovia; el ropero lateral; la lámpara con micro-cable; el mueble smily/angry... objetos delirantes surgidos, según Santiago “del alcohol y el aburrimiento, es decir, del alcohol. De la falta de oxígenos de locales como el Bar Cipri y fijarte después mucho en las pesadillas que tienes”. l *Flanear: Voz galdosiana que hace referencia a salir de casa, echarse a andar con el único ánimo de perderse.

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