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nano 157_Pauta viasual 2 columnas 28/06/12 11:56 Página 6

Este trabajo me mata

La vista del diseño, tras una caña Texto: Nano Trias (www.obaku.es/zenblog) Desde el último número de la revista no han dejado de pasar cosas que bien merecían una denuncia en estas líneas. Pero sé que este especial os lo leeréis, como haré yo, cerca de una piscina o debajo de una sombrilla con una cervecita bien fría. No es plan de ponerse cáustico y aguarle la lectura a nadie, así que vamos a dejar que lo único cáustico aquí sea lo que curó las olivitas que acompañan la cerveza. Para no dejar el tono crítico de los últimos artículos, podía haber dedicado este al Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, y su brillante idea de pedir un logo, por mil euros, en una web de crowdsourcing. Está claro que algún lumbreras, desde el INAEM, leyó cuál era el presupuesto del año y recordó la tercera entrega de Cómo hacerse rico con esto del diseño. Solo tuvo que atar cabos para decidir quedar mal con toda la profesión y ser la comidilla de los blogs y redes sociales relacionadas con el diseño. Cualquier otro día me saldría la vena moralista, luchadora por la dignidad de la profesión y por la labor de los organismos públicos en esas lides. Pero, para cuando leamos esto impreso, espero estar decidiendo si acompañar la paella con un rosado o con tinto de verano, de modo que prefiero pensar en otra cosa: si cuando entregamos tres propuestas, el resultado es un pastiche entre ellas ¿qué pasará cuando tienes, como sucede en este preciso instante, doscientas

ochenta y siete? Casi me da pena el lumbreras del INAEM, al borde del cortocircuito gráfico-identitario. También podría haberos contado la historia de la escuela de diseño que convocó un concurso abiertísimo para el diseño de su logo, en el que el premio eran “100 eurillos”. Literalmente, con diminutivo y sin errata en la cifra. El concurso está retirado, y en la web aparece un texto que, lejos de dar una explicación u ofrecer una disculpa, parece querer echar la culpa a los que se quejaron de que la creación del logo no sea más participativa. Ya lo hacen ellos y sin los cien eurillos, parecen decir. Entiendo la falta de presupuesto, pero sigo sin comprender cómo una escuela de Arte y Diseño, en la que hay y ha habido estudiantes de Arte y Diseño, pretende hacer más participativo el concurso permitiendo que se presenten fontaneros, cirujanos plásticos o estudiantes de veterinaria. Si yo fuera uno de sus chicos me sentiría raro: entre la confianza que tienen en mi trabajo y la remuneración que se espera en el futuro de él… Carne de crowdsourcing, como si lo estuviera viendo. Podíamos seguir, pero para decirnos que todo está muy mal y que solo nos queda pasar por el aro ya tenemos a los gobiernos. Últimamente he tenido la suerte de conocer gente que forman la otra cara del diseño, que es con la que me quedo este verano. Es la cara de aquellos que decidieron que el diseño es más que los filtros de Illustrator, y deci-

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dieron ensuciarse las manos en tiempos de crisis para sacar adelante proyectos de esos que hacen que el del banco empiece a retorcerse incómodo en su silla. Me quedo con Elena y Manuel, que querían libros que hablasen de tipos de un modo diferente, tanto en el soporte como en el contenido, y no se les ocurrió mejor forma de hacerlo que creando su propia editorial. Me quedo con los Plómez, una familia que huele a disolvente, con las uñas manchadas de tinta y un interés malsano por que nos ensuciemos todos los demás. Con Lola, que desde Burjassot y a través de un ADSL, es capaz de conseguir que escuches el chuschús de la Minerva. Con Pedro, que ha convertido su curiosidad por la tipografía en veintiocho mil descargas de su Valentina. Con Carmen que, harta de las agencias, ha vuelto a casa para diseñar a gusto y, de paso, convertir los dibujos infantiles en peluches que son mucho más que un juguete. Con Ana y Eduardo, y su manía de serigrafiar cualquier superficie. Con los chispumeros, que decidieron usar el plóter de corte para contar historias. Con Javier, que creó una escuela de diseño diferente para sentir la creatividad más que enseñarla… Este verano trataré de verles, de quedar con ellos, de hablar en las redes, de empaparme con lo que ellos saben y, cuando llegue septiembre, volver a empezar convencido de que lo que está en crisis es la economía y no la profesión. ß

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