el grado de diseño

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salvo los egresados en Bellas Artes, nuestros diseñadores no han podido acceder a estudios reglados de máster y doctorado. La carencia de una titulación superior los sitúa en categorías laborales inferiores a las de otros licenciados, lo que supone un agravio comparativo. Desde el punto de vista de la consideración social, todos sabemos la importancia que en España se concede a los títulos universitarios. Para mucha gente, una profesión no es seria si no se encuentra avalada por una acreditación oficial. La carencia de la misma significa para el diseño continuar en territorio de nadie, entre la opinión personal y la subjetividad del gusto. Si ahora dirigimos nuestra mirada a la Universidad española, es necesario señalar que, hasta el momento, los departamentos de diseño han tenido un peso menor dentro de la Facultades de Bellas Artes o de Comunica-ción y sus avances y aportaciones se han debido más al voluntarismo y la profesionalidad de su profesorado que al apoyo institucional. A día de hoy, en España continuamos sin tener ninguna revista sobre diseño que se encuentre entre las publicaciones científicas apreciadas en el mundo académico –español o internacional– y, si dejamos al margen a la ingeniería de diseño industrial, se puede decir que apenas existe investigación en diseño que se encuentre incluida en los planes de I+D+i ministeriales. Nuestros investigadores y docentes universitarios se encuentran, por tanto, en inferioridad de condiciones respecto a los de otras carreras y lugares. La cuestión no sería tan preocupante si no fuera porque, como afirmaba Paola Bertola en el informe Temas de Diseño en la Europa de Hoy, publicado por el BEDA (Bureau of European Designers Associations) en el año 2004: “La investigación del diseño se está convirtiendo en una función estratégica, capaz de desarrollar competencias que van más allá del modo tradicional de concebir el diseño como una ‘herramienta’ para crear nuevos productos”. En la mayoría de los países del mundo, esa investigación está teniendo lugar en las instituciones universitarias, apoyada, además, por las empresas y se ha convertido en un elemento central en la formación del diseñador. Por otra parte, uno de los asuntos pendientes más importantes a resolver es, en estos momentos, qué sucederá con los profesionales que carecen de titulación y que,

sin embargo, gracias a la práctica cotidiana han adquirido una notable solvencia. Hasta ahora no se ha exigido título alguno para ejercer como diseñador, pero la existencia de un grado podría implicar que éste se demande en el futuro a todo el mundo. Podría suponer, también, agravios comparativos respecto a las categorías laborales y situaciones de indefensión contractual, administrativa, etc… Algunos de esos no titulados ejercen la docencia y para poder seguir haciéndolo en el futuro habrán de cumplir con una serie de requisitos administrativos que, a día de hoy, muchos no pueden satisfacer. Como sucede en el resto de los países del mundo, para impartir clases a nivel universitario es necesario tener una licenciatura y, en ciertos niveles –postgrado y doctorado-– ser doctor o, como mínimo, haber cursado un máster oficial. Seguramente, los no titulados podrán seguir impartiendo docencia pero siempre en categorías contractuales inferiores a sus competencias –asociado a tiempo parcial, por ejemplo–. Se genera, de este modo, una situación de desventaja frente a otros docentes –titulados en otras carreras o egresados en el extranjero, por ejemplo– e, incluso respecto a los alumnos que ellos mismos están formando o formarán. Son muchos, además, los que, en estas circunstancias, imparten clases de diseño en

carreras de Comunicación Audiovisual y Publicidad o participan en formación de postgrado y resultaría realmente incomprensible que se tuvieran que ver desplazados por sus propios alumnos, únicamente porque tienen un título del que ellos carecen y al que han contribuido durante años con sus conocimientos. En estos momentos, en los que, como se viene reconociendo internacionalmente, la educación es fundamental para mantener a Europa en un primer nivel, no debería prescindirse de quienes tienen una notable experiencia ni condenarlos a situaciones desfavorables provocadas por la incomprensión, durante décadas, de un sistema educativo que ha dejado fuera al diseño. Otro tema es ¿qué va a suceder con las titulaciones anteriores a los Estudios Superiores LOGSE? Un buen número de profesionales cursaron estudios de diseño con unos contenidos similares a los impartidos en las actuales diplomaturas LOGSE e incluso con una duración superior a estas –cinco años frente a tres–. Tuvieron que pasar, también, por una reválida pero, a día de hoy, su título es tan sólo el de técnico y equivalente a una formación profesional de segundo grado. Se encuentran, por tanto, en condiciones de inferioridad con respecto a los actuales y futuros diplomados y graduados.

Pero, ¿qué es el Espacio Europeo de Educación Superior o lo que se conoce también como el “Proceso de Bolonia”? En mayo de 1998, los ministros de Educación de Italia, Francia, Reino Unido y Alemania firmaron en París la Declaración de la Sorbona, poniendo de manifiesto la necesidad de crear un espacio común y armonizar la Educación Superior en Europa. Esta Declaración recibió el apoyo de otros países europeos y, en junio de 1999, se firmó la Declaración de Bolonia, cuya finalidad era establecer un Espacio Europeo de Educación Superior. En dicha Declaración, se enunciaban los siguientes objetivos: - Crear un sistema fácilmente comprensible y comparable de titulaciones. - Establecer de un sistema basado fundamentalmente en dos ciclos principales.

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- Adoptar un sistema de créditos compatibles que promocione la movilidad (Créditos ECTS). - Fomentar la cooperación europea para garantizar la calidad de la Educación Superior (estableciendo criterios y metodologías comparables). - Impulsar la movilidad de estudiantes, profesores y personal administrativo de las universidades y otras instituciones europeas de Educación Superior. En mayo de 2001, en Praga, se llevó a cabo otra reunión, cuyos resultados se difundieron a través del Comunicado de Praga, en el que se confirmaron los objetivos establecidos en Bolonia y se manifestó un especial interés por promover la competitividad del


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