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Crónicas de pseudo/nimma

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He escrito un libro… ¿y ahora qué? Pido al lector que por esta vez me permita salirme del guión y escribir de lo que no tiene que ver con el diseño. O quizá sí. Antes del libro electrónico todo era más fácil, también para los autores. Un amigo me sugiere que le eche un cable a otro amigo. Ha escrito un libro –un libro interesante– y tiene que decidir qué hacer con él. En la misma semana, otra amiga también autora me comenta que su editor le está pidiendo la cesión de derechos para formato digital, y me pide una opinión… Dejemos de lado a los escritores que viven de ello, a los libros de tirada suculenta porque son escasísimos, y esos ya lo tienen más o menos resuelto: los agentes literarios y los editores tienen bien trazados los mecanismos y mal que bien, éstos siguen funcionando en el “nuevo paradigma”. No hay estadísticas fiables, incluso para las que existen demasiadas variables distorsionan la realidad como para creérnoslas a pies juntillas, pero es una realidad que la inmensa mayoría de libros que se editan son de tirada media y corta, y a esos es a los que me quiero referir. Una autora amiga siempre dice: “da igual el editor, cómo sea el libro, al final, te vas a llevar un euro por ejemplar vendido”. Aunque no sea cierto, nos da una idea de cómo andan las cosas. Si la tirada media –que no la venta– es en nuestro país de unos 2.500 ejemplares, quiere eso decir que escribir es, para la mayoría, una enorme satisfacción que no tiene que ver con el dinero, por decirlo de un modo elegante. Esto es así desde siempre, pero con la aparición del libro electrónico y las nuevas maneras de distribución, puede que todo se esté complicando… El escritor tiene ahora que tomar una importante decisión, y responderse a esta pregunta:

¿Qué tipo de autor quiero ser? Una primera opción es mantenerse en la posición del “viejo paradigma”: mover el original por distintas editoriales hasta encontrar una que se interese. A lo que ya existía, habrá que unir ahora la edición digital y la

impresión bajo demanda. El editor tendrá sus propias teorías de lo que conviene hacer, y aunque no coincidan con las nuestras, poco ha de ceder ahí. No está mal. Requiere poco esfuerzo posterior a la edición, y nos permitirá centrarnos en escribir el siguiente libro, que es lo que nos gusta. Pero no es ésta la única opción. Encontraremos también una tropa de nuevos y viejos editores, o supuestos editores, que descargan el riesgo económico en el autor. Esto sucedía también en la edición de siempre, no es nuevo que haya gente dispuesta a pagar por verse editado, y siempre ha habido alguien dispuesto a sacar tajada de ello. Personalmente creo que no es una opción, ya no. Veámos otra posibilidad a tener en cuenta: ceder los derechos analógicos y reservarse los digitales. Aún son pocos los editores que contemplan esta posibilidad, y sin embargo creo que puede ser interesante. Cada vez más, el esfuerzo posterior del autor es decisivo para el éxito de la venta. Ese esfuerzo no puede ser recompensado por el editor, por lo que el autor debe “participar” de los réditos que genere. Un blog desde el que conversar y atender a los lectores, presencia en eso que ahora se llama “crear comunidad”. A diferencia de lo que muchos opinan, soy de los que mantiene que la disponibilidad del libro en formato digital apenas afecta, al menos de momento, a la venta en papel. Al contrario, proporciona visibilidad a la obra, de lo que se beneficia también la edición analógica. Y por último, la edición de autor, me gusta más llamarla así que autoedición. Centrémonos en esto. El autor que quiera editarse a sí mismo tiene que estar dispuesto a dedicar tiempo y esfuerzo, no tanto a la edición en sí, sino a la postedición. No va a tener el apoyo de la distribución, su libro caerá como una gota en ese océano que es la red, así que deberá estar preparado para posicionarlo. Las librerías rechazan a priori trabajar con los autores, les exige mucho tiempo, que prefieren dedicar a editoriales con un catálogo nutrido. Pero empecemos por el principio.

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No es lo mismo escribir un libro que “hacerlo” Dependerá de nuestras habilidades, pero va a ser casi imprescindible contar con alguien que nos ayude en la preparación de los documentos necesarios para saltar a la red. Y aquí encontramos el primer dilema. Podemos contratar los servicios de alguien que revise el original, prepare una buena cubierta, y dé forma al libro. Necesitaremos ofrecer al menos tres formatos: un pdf para la versión impresa en impresión bajo demanda y tirada corta. Otro derivado de éste, optimizado para los dispositivos de lectura –esto es, tipográficamente legible en pantallas y de un tamaño distinto a lo habitual en papel: tiene que ser más pequeño, con menos márgenes…– y, en tercer lugar una versión de texto en cascada: un epub o similar. Evidentemente, estamos hablando de unos costes que no son elevados, pero aún así, podemos compartir los riesgos –y los beneficios– con un editor.

Un blog y al menos un perfil en redes sociales Es imprescindible. El lector va a dedicar unas cuantas horas a nuestro libro, es importante y merece que le ofrezcamos información añadida, incluso, dentro de lo razonable, que le atendamos personalmente si se dirige a nosotros. ¿Merece la pena? Es tiempo. Pero es el sueño de cualquier escritor de los de antes. Al fin y al cabo, salimos ganando: en un par de horas a la semana, desde casa, haremos mucho más que si asistimos a una presentación tradicional de nuestro libro, para la que habremos de viajar, soportar a nuestro editor, todo para atender con suerte a una veintena de personas a quienes posiblemente interesen más los canapés y el vino español que se sirvan que lo que nosotros escribimos. Además, nos va a dar el pulso de lo que opina nuestro lector sobre lo que escribimos, nos ayudará a mejorar. No es lo mismo tener un libro que leer un libro. Conozco autores que permiten la


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lectura completa en pantalla del libro, en formato no descargable. Ninguno de ellos me dice que tenga sospechas de que eso merme la venta, al contrario. Después de leer un par de capítulos, es muy posible que muchos

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lectores compren el libro físico, la pantalla del ordenador está bien para un rato…

El formato electrónico es una ruina No nos engañemos, incluso aunque no es muy probable que nuestro libro se piratee, eso sólo sucede de momento con los de gran tirada, las ventas de ebooks son hoy testimoniales. Proporcionales al parque de e-readers. Además, no ayuda el DRM que los editores utilizan y que nos impondrá nuestro distribuidor en la red. Para que nuestro libro tenga unas ventas aceptables, tendremos que sumarle los ejemplares en impresión bajo demanda, cuando un lector hace el pedido. El lector compra online y se “fabrica” un ejemplar para él. Este sistema tiene una ventaja importante, funciona a nivel internacional, por lo que nos estamos abriendo a Europa, muchos países de Iberoamérica y Estados Unidos. Como las ventas serán testimoniales, no es una mala idea que el precio lo sea también. Por un lado, la posibilidad de comprar por tres euros, por ejemplo, un libro que en papel cueste veinte, hace que parezca una buena oportunidad. Y del mismo modo, el lector en papel se sentirá privilegiado, le estaremos dando valor al objeto-libro. Y además, es honesto. Como todo lo que desconocemos seguramente nos parezca más complicado de lo que es en realidad. No lo es tanto. Colocar en el mercado nuestro libro, dejando aparte la preparación de los documentos, cuesta apenas sesenta euros. Y estaremos en El Corte Inglés, en La Casa del Libro, en los portales de referencia. Una vez más, si no queremos complicarnos podemos buscar ayuda en un editor, pero en una relación nueva: somos socios, nosotros tenemos el contenido, el producto, y él las técnicas de puesta en el mercado. Trabaja para nosotros, no al revés.

Ya somos editores… O casi editores. Tenemos nuestro libro en formato electrónico y analógico al alcance de nuestros lectores. Pero estamos renunciando a las librerías, que todavía son los templos de

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lo editado. Ya dijimos al principio que las librerías no quieren trabajar con los autores –hay excepciones, sobre todo si nuestro libro aborda una temática específica y existen librerías especializadas en ello–. Para romper esa barrera, necesitamos que sea el lector quien solicite el libro en el establecimiento. Ahí todo cambia. No es lo mismo para el librero un ejemplar en depósito que un ejemplar que ya tiene vendido. Para que ello suceda, es importante la labor de postedición que estemos haciendo en el blog, en Facebook… y es importante que ahí tenga su espacio el librero: para que pueda contactar con nosotros, mejor por teléfono que por email, que también. Si establecemos relaciones estables, por ejemplo, con librerías especializadas, un listado de ellas les hará sentirse apoyados. Pero un momento… ¿Cómo vamos a atender esos pedidos si nuestro libro no está editado? La misma empresa que nos proporciona el servicio de impresión bajo demanda nos ofertará también el de tirada corta. Quiere esto decir que podremos solicitar pequeñas tiradas de entre cincuenta y doscientos ejemplares, que nos entregarán en nuestro domicilio. Es evidentemente algo más caro que la impresión tradicional, pero nos permitirá ir modulando la tirada según las ventas, y evitarnos el almacenaje. Además, realizarán la entrega allá donde digamos. Esto abre un mundo de posibilidades: podremos pactar una edición para, por ejemplo, atender las necesidades de una librería universitaria. Incluso podremos pactar con distribuidores en otros países, nuestros libros no tendrán que cruzar el océano, se imprimirán en el país donde han de ser vendidos –o al menos, en algún país próximo–. Es cierto que atender a librerías e incluso a lectores directamente es un trabajo engorroso y que requiere tiempo, pero no olvidemos que estamos quedándonos con la parte del pastel que antes se repartían otros. Y una vez más, siempre tenemos la opción de contar con la ayuda de un editor, para quien eso es coser y cantar. l (Gracias a mis amigos Xènia, Jon y Chimo, por empujarme a escribir este artículo).

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