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pep monserrat

4/3/08

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“Adiós. Blancanieves”, Jacob y Wilhelm Grimm, Aura/Círculo de lectores 2002

“La cena. Blancanieves”, Jacob y Wilhelm Grimm, Aura/Círculo de lectores 2002

“Al trabajo. Blancanieves”, Jacob y Wilhelm Grimm, Aura/Círculo de lectores 2002

lado caos de libros, objetos y papeles. Es la hora de la siesta. Pep, un profesional que no frecuenta las agendas –“lo intento periódicamente, pero a la semana se me olvida consultarla”–, ha olvidado su cita, aunque pronto redime su falta preparando un oportuno café. Es al hilo de sus palabras y de un afortunado símil al que acude para explicar su relación con el oficio, que la canción de Cohen acude a la cabeza de su soñoliento entrevistador: “Durante algunos años, ejercí de diseñador gráfico y, aunque el trabajo me divertía en ocasiones, sentía que aquella no era mi casa. La ilustración es la casa en la que yo me siento cómodo”. Pero no siempre todas las estancias de una casa están igual de bien iluminadas y puede haber corrientes de aire. No existe el

lugar perfecto. Pep, profesor en la Escuela Massana desde hace una década, lo sabe: “Siempre pensé que uno nunca destacará en nada por lo que no sienta pasión. Y sólo sentirá pasión por aquello en lo que se sienta en casa… Ningún profesor puede convertir a sus alumnos en ilustradores. Puede intentar ponerles en contacto con esa casa, con la propia de ellos, y ellos decidir si se quedan o no. Si su casa es la ilustración, o no. Eso sí, si deciden quedarse en ella, deben aceptarla tal y como es, tanto cuando está limpia y reluciente y todo es fácil, como cuando está sucia y hay que arremangarse. Porque no todos los momentos de algo que te gusta son agradables. Hay fases de este trabajo que son muy pesadas, como de cualquier trabajo. Y sólo seguirás en él si tienes auténtica vocación, con más ganas de hacer esa actividad que de ser reconocido por ella”.

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Para Pep una de las condiciones previas para un ilustrador es el dibujo. Dibujar constituye para él un acto físico tan natural –y vitalmente necesario– como respirar. A menudo, lleva encima sus libretas de apuntes y no es extraño que, mientras mantiene una conversación contigo, vaya llenando sus páginas de escenarios, objetos y personajes que van naciendo al albur del momento. El lápiz entonces se acompasa con la voz, rasca el papel con energía para subrayar un concepto o se hace sinuoso y propenso al detalle para matizar el sentido de una frase. Todos esos dibujos son algo así como una gimnasia gráfica diaria, un antídoto contra el amaneramiento estilístico: “Si hay algo de lo que me siento orgulloso como profesional es –aparte de comer de ello desde hace años– de haber escapado a

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