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canon personal

CONOCIMIENTO DIVIDIDO Tuve una infancia feliz ligada a la naturaleza y a la casa campestre donde vivía, en las afueras de Santiago. Llegamos a ella a mis cuatro años, después de nacer en Bogotá y vivir en Lima. La casa tenía una acequia con guarisapos, arañas y animales por todos lados. Por eso crecí muy libre, observando mucho. De hecho, llegaba del colegio, tiraba la mochila y salía a jugar con mis tres hermanos. Lo más antimillennial que hay. Era otro Chile: el de comienzos de los ochenta. Hoy tengo 40 años, vivo en un departamento en Providencia y mis dos hijos –de ocho y seis años– no tienen ese privilegio. Pero solemos pasear en bicicleta y explorar el Parque Metropolitano. En cuarto medio jamás se me habría ocurrido estudiar Biología. De hecho, en el colegio siempre fui humanista. Mucha lectura, historia y escritura. Tampoco había biólogos en mi familia: mi mamá es traductora y mi papá, economista. Pero fuera de la sala de clases, mi curiosidad era más bien científica. Mi panorama favorito era ver El mundo submarino de Jacques Cousteau, no me lo perdía. Conocía montones de peces y crustáceos, pero no vinculaba ese interés con un camino profesional. Es que el conocimiento suele estar dividido, pero para mí estaba todo interconectado: mirar guarisapos era tan bello y útil como la Literatura. Siempre he tenido esos “cables” cruzados.

Un bosque por descubrir En 1998 entré a estudiar Bachillerato a la UC, aún indecisa. Mis primeros años los recuerdo con mucho cariño: a diferencia del colegio –donde fui una alumna más bien promedio– en la universidad me convertí en la “matea”. Todo me fascinaba. Pero no fue sino hasta que tomé unas clases sobre cetáceos que decidí ingresar a Ciencias Biológicas. Apenas llegué a la facultad supe de la Estación Costera de Investigaciones Marinas, ECIM, en Las Cruces. Les escribí y les dije que quería trabajar con ellos durante el verano por amor al arte (o en este caso, a la ciencia). Aún no

existían las pasantías, pero me aceptaron, y fue tal el entusiasmo que llegué de madrugada a la puerta de la estación, cuando todos dormían. Pasé un mes ayudándolos a estudiar las larvas que se asentaban en las rocas marinas. Mirarlas a través del microscopio fue la primera imagen que me marcó como científica. La segunda fue bucear junto a las lessonias: verdaderos bosques submarinos de algas que miden hasta cinco metros de alto. Una maravilla.

La dimensión paralela A los 27, en 2004, comencé mi doctorado en Biología Celular y Molecular, también en la UC. Durante ese período hice mucha investigación, pero como soy inquieta viví siempre una “dimensión paralela” en el área de la divulgación. De hecho, ayudé a traer en 2008 a los autores del Molecular Biology of the Cell, libro de cabecera de cualquier biólogo, a una gira por Santiago, Magallanes y la Antártica. Luego, en 2011, me llamó Pablo Valenzuela –Premio Nacional de Ciencias Aplicadas y Tecnológicas en 2002– para trabajar con ellos en la Fundación Ciencia y Vida, que tiene por objetivo aportar al país a través de la Biología. Me dije: “bueno, voy a partir acá, y si extraño los laboratorios, vuelvo”. Pero nada de eso sucedió. Me encantó. Trabajé ahí por siete años, y en 2013 publiqué con ellos el libro Pioneros: el inicio de la biología experimental en Chile. Es la historia de nueve científicos chilenos, entre ellos, el exrector Juan de Dios Vial Correa. Espero que algún día, así como Francia se siente orgullosa de Louis Pasteur y Marie Curie, Chile sea país de poetas y también de científicos.

Diálogo con la política Mi camino a La Moneda como subsecretaria del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación comenzó en diciembre pasado, pero tuvo un breve preámbulo en Teatinos, en el Ministerio de Economía, Fomento y Turismo. Ahí fui por siete meses, antes de ser convocada por el presidente, directora ejecutiva de la Iniciativa

Científica Milenio, un programa que busca el desarrollo de centros de investigación de excelencia en el país. Fue el lugar donde aprendí a defender un presupuesto, a dialogar con políticos y a entender la lógica del Estado. Me trajo grandes alegrías: una de ellas fue una portada de Las Últimas Noticias que destacaba las principales investigaciones de 2018: una posible vacuna contra el virus sincicial, una terapia contra el cáncer y los hallazgos en la fosa marina más profunda de Chile. Todas ellas de la Iniciativa Milenio. Verlas en uno de los diarios más leídos de Chile me dio esperanzas: la ciudadanía está interesada en leer ciencia.

Desde cero Hoy trabajo en una oficina en el segundo piso de La Moneda, que mira hacia la gran bandera de la Plaza de la Ciudadanía. Aún no tenemos un edificio: durante este año, mi tarea y la del ministro Andrés Couve es la de levantar el ministerio desde cero y convertirlo en 2020 en una realidad. Mucho se ha discutido sobre el presupuesto que tenemos. Es cierto: la inversión en ciencia es un poco menos del 0,4% del Producto Interno Bruto. Una cifra baja, distante de la OCDE. Pero esperamos que aumente. Se culpa mucho a la “maldición de los recursos”, a que países de gran riqueza natural, como Chile, no invierten en ciencia e investigación. Pero tenemos a Nueva Zelanda para probar lo contrario. Será una ardua tarea.

Volver al origen Para recuperar energías regreso a Las Cruces, a bucear y a comer mariscos. En ese lugar vuelvo a mis primeros años de trabajo. Desde que buceé en esa costa he podido hacerlo también en Rapa Nui, Cartagena de Indias, México y Belice. Pero sumergirme cerca del ECIM me trae recuerdos inolvidables. ¿Con qué sueñan los científicos en Chile? Con crecer. Y crecer significa impactar a la sociedad. Lo peor que nos puede pasar es convertirnos en un ministerio desde la ciencia y para la ciencia. Lo mejor sería convertir en científicos a las niñas y niños de este país. 75

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RU N°153  

Revista para el alumni UC.

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