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La última investigación chilena sobre el tema, de 2006, indica que el 4,4% de la población habría presentado el trastorno de estrés postraumático (TEPT) alguna vez en la vida. Para el caso particular del terremoto de 2010, un estudio concluyó que el 25% de la población de la Región del Bío Bío presentaba probable TEPT a los tres meses.

blicas– que pueden dejar huellas tanto o más dramáticas que un accidente de tránsito: “Cuando veo que aquella persona que debería cuidarme –mi padre o mi madre, mi abuelo, el profesor, el cura– abusa de mí y de mi confianza, el supuesto de justicia y sentido en el mundo se quiebra”. Estas situaciones conciernen a los denominados traumas tipo 2. Sus efectos despertaron interés a fines del siglo 19, en estudios sobre la histeria y luego, a propósito del holocausto y del movimiento feminista, que motivó la preocupación por la violencia doméstica sobre las mujeres. Los de tipo 1, en cambio, corresponden claramente a la definición del manual y sus efectos sobre todo han sido estudiados en veteranos de guerra.

Un MOTOR QUE SE FUNDE El doctor Figueroa explica que cuando sobreviene una situación traumática, el cerebro literalmente se altera; se produce una hiperactividad transitoria del sistema de estrés y se liberan diversos transmisores y hormonas (catecolaminas, glucocorticoides, glutamato) que median un conjunto de conductas para facilitar la adaptación a él. “En ciertos casos –continúa– ya sea por variantes genéticas, experiencias traumáticas previas o por características del trauma, esta respuesta no se frena una vez que el peligro cesa. Por decirlo de alguna manera, el motor se mantiene sobreacelerado y termina fundiéndose. Eso es lo que generaría que las personas desarrollen estrés postraumático, que es una falla en el mecanismo de recuperación natural”.

Agrega que se ha visto que quienes han enfrentado experiencias traumáticas suelen tener un disminuido volumen del hipocampo, la estructura del cerebro que actúa como “mediador” de los recuerdos, lo cual operaría en un doble sentido: el trauma haría que se reduzca, pero también las personas con esa estructura cerebral con un tamaño congénito menor son más proclives a desarrollar un cuadro de estrés postraumático. “Aparentemente se tienen que combinar estos dos elementos, vulnerabilidades genéticas y estrés ambiental para que se exprese la patología”, dice. Los estudios más recientes revelan que cerca del 30% de los pacientes que han estado en una UCI, así como sus familiares, la desarrollan en los tres meses posteriores; al igual que entre el 30 y el 40% de los damnificados en un desastre natural, durante el año siguiente. En el caso chileno, la última investigación de 2006 indica que el 4,4% de la población habría presentado el trastorno alguna vez en la vida. Para el caso particular del terremoto de 2010, un estudio en el que participó el doctor Figueroa concluyó que el 25% de la población de la Región del Bío Bío presentaba probable TEPT a los tres meses del desastre. También se sabe que hay una mayor prevalencia del trastorno en los segmentos socioeconómicos más bajos y en las mujeres. Esto último, explica el psiquiatra, parece estar asociado al efecto de los estrógenos, al que se sumarían demandas culturales sobre ellas. Lo que caracteriza al TEPT, dice, es un conjunto de síntomas que se instalan en el momento del trauma, pero que no 63

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RU N°153  

Revista para el alumni UC.

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