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Un trato justo. Se hace necesario consolidar los procesos políticos, que como sociedad debemos tener, para entregar un trato justo, alcanzar el desarrollo armónico y un principio de equidad básica con los enfermos mentales. En la imagen vemos a las internas del antiguo Hospicio de Santiago.

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revista universitaria

fotografía MUSEO HISTÓRICO NACIONAL

Con los avances de la medicina moderna sobre las afecciones tradicionales, las enfermedades mentales ocuparán cada vez un espacio de mayor importancia, por el peso epidemiológico que representa este subgrupo de condiciones de salud. a salud mental se define como “un estado de bienestar en el que cada individuo desarrolla su potencial, puede lidiar con el estrés normal de la vida, lograr un desarrollo laboral productivo y provechoso y es capaz de hacer una contribución a su comunidad” (Organización Mundial de la Salud). Por lo tanto, la pérdida de este equilibrio implica una ruptura con la posibilidad de realizar el ejercicio de la libertad fundamental en su existencia. Incluso la misma OMS ha planteado que ¡no hay salud sin salud mental! A pesar de los progresos en los lineamientos sobre la materia, esta representa actualmente una paradoja para nuestra sociedad. Por un lado, constituye una preocupación ciudadana, aparece con mayor frecuencia mencionada por la prensa e incluso progresivamente los distintos sectores políticos la han incorporado en sus planes y programas. Por el otro, sigue siendo una de las piezas de mayor rezago en nuestra sociedad; no alcanza a ubicarse dentro de las prioridades sanitarias, ni siquiera ante la evidencia del impacto epidemiológico que

conlleva. Un porcentaje muy alto de la población experimentará alguna enfermedad mental a lo largo de la vida (Becker et al., 2013) y se estima que por ello pasará un 22.7% de su vida con alguna discapacidad. Sin embargo, lo anterior no es considerado a la hora de implementar políticas de salud acordes a la magnitud del problema epidemiológico y económico que implica. Además, se estima que el costo económico asociado a la depresión excede las cuatro principales enfermedades no transmisibles: diabetes, enfermedades cardiovasculares, enfermedades respiratorias y cáncer (Bloom et al., 2011). Es más, la inversión es sumamente escasa si se compara con las recomendaciones internacionales del área (del presupuesto global de salud, el ministerio del ramo destina el 2,1% a este ítem. En cambio, países desarrollados destinan entre el 5 y el 10%). Se ignora así el fuerte retorno al que se podría aspirar con el mejoramiento de la calidad de vida de las personas afectadas. También de su entorno familiar y comunitario más cercano, y la de los cuidadores y cuidadoras que los acompañan. Lo mismo ocurre con el beneficio que se podría obtener para el país, por el aumento de los años totales vividos sin discapacidad. En definitiva, se sigue actuando con la presunción de que esto es invertir en un saco roto.

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RU N°153  

Revista para el alumni UC.

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