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l tema de la salud mental se ha ido tomando los medios de comunicación: se habla de un incremento de la frecuencia de la depresión entre los chilenos o de los trastornos de ansiedad; de que estamos rodeados por un aumento del uso, abuso y dependencia de sustancias que, a su vez, nos remite a otro gran problema social: el narcotráfico y sus consecuencias. También leemos acerca del envejecimiento de nuestra población y, con ello, de las patologías crónicas como las demencias, con toda la carga que esta situación significa para familiares cercanos y la sociedad en su conjunto. Y los ejemplos se siguen sumando. Pero ¿de qué hablamos cuando nos referimos a este tema? ¿Existe una diferencia entre “enfermedad” y “trastorno”? ¿Cuáles son las dolencias más frecuentes? ¿Cómo configurar un diagnóstico? Entender lo que es salud mental no es tan evidente como pudiera parecer en una primera lectura. En un extremo tenemos la aproximación que define la salud como la “ausencia de enfermedad”, es decir, una perspectiva negativa. En el extremo opuesto la visión positiva de la Organización Mundial de la Salud, que la conceptualizó hace más de medio siglo como “un estado completo de bienestar físico, mental y social”. Ambos conceptos acotarían esta discusión al ámbito del funcionamiento de la mente. Sin embargo, existen otros enfoques como el estadístico, que asocia la enfermedad con la aparición de fenómenos infrecuentes; o el basado en la búsqueda de alteraciones biológicas específicas. Estas son propuestas válidas, pero criticables, por ser en ocasiones arbitrarias o restrictivas respectivamente. Para efectos de nuestra comprensión intentaremos dar una explicación relativa a las funciones implicadas. Por lo tanto, entenderemos “mente” como el conjunto de procesos emocionales, motivacionales y cognitivos que, de forma consciente o inconsciente permiten el mejor funcionamiento de un individuo para cumplir sus necesidades biológicas, psicológicas y sociales. En la misma línea, consideraremos que existe un trastorno o enfermedad mental cuando un individuo no puede satisfacer eficientemente, de manera parcial o completa, las necesidades descritas de una persona. Con esta perspectiva, no es tan relevante la diferencia entre las dos definiciones, ya que se está aludiendo en los dos casos a una alteración en la función. Pero desde otro enfoque se suele hacer el contraste. Muchos autores reservan tradicionalmente la palabra enfermedad para referirse a aquellos procesos patológicos, con un claro e identificable sustrato biológico.

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revista universitaria

En Chile y el mundo progresivamente se ha puesto foco en el bienestar psíquico de las personas. Al hacerlo, hemos encontrado que un porcentaje importante tiene limitaciones o dificultades relevantes. En el ámbito psíquico con frecuencia no es evidente una alteración biológica sobre la base de una disfunción mental. A su vez, el concepto en sí de patología trae aparejado una mayor carga de elementos que pudieran generar discriminación de algún tipo. Por ambas razones se tiende a hablar más genéricamente de trastornos mentales que de enfermedades.

Lo que sienten los chilenos Es importante tener en consideración que la presencia de síntomas psíquicos no es un indicador de trastorno o enfermedad mental. Por ejemplo, el temor es una emoción que nos permite prepararnos física y mentalmente para enfrentar situaciones de riesgo o de mayor exigencia, mejorando nuestras posibilidades de éxito. Por ende, en ese caso se trata de un mecanismo exitoso. Se puede decir lo mismo de una serie de otros fenómenos que todos vivimos en nuestra vida cotidiana, como puede ser la angustia ante ciertos problemas, la tristeza ante una pérdida o incluso la respuesta de estrés ante desafíos acotados. En todos estos casos, se trata de reacciones proporcionales y adaptativas al medio. Se hacen patológicas cuando impiden nuestra capacidad de enfrentar las demandas de la vida e incluso la limitan. En Chile y el mundo progresivamente se ha puesto foco en el bienestar psíquico de las personas. Al hacerlo, hemos encontrado que un porcentaje importante tiene limitaciones o dificultades relevantes. Aunque debemos ser cuidadosos con las comparaciones entre países, debido al uso de metodologías diferentes u otras variables, por otra parte, es útil hacerlo para tener una perspectiva global. Así, por ejemplo, la prevalencia de trastornos mentales alcanza en Chile entre un 22% y 30% por año, cifras similares a países como Estados Unidos (Vicente et al., 2016), pero mayores a lo observado en Europa, en torno al 20% (Alonso et al., 2004). La prevalencia anual de esta problemática en la población infanto-juvenil alcanza en Chile un 38% –si se considera que un 15% de nuestros niños y adoles-

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RU N°153  

Revista para el alumni UC.

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