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anfitriones. El rector de entonces, Juan de Dios Vial, fue quien recibió al Pontífice, en tanto el doctor Héctor Croxatto habló como personero del mundo de la cultura, la ciencia y las artes.

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ra la primera vez que un Sumo Pontífice venía a Chile. La esperanza era antigua, desde el año 1935, cuando la Universidad, oficialmente, se había hecho merecedora del título de “Pontificia”, lo que la transformó en órgano de la Iglesia. Era, casi, un imposible. Hasta que el Papa polaco, el gran viajero, comenzó a recorrer el mundo. Por primera vez, el deseo pareció realista. Fue en julio de 1985 cuando los obispos chilenos enviaron una solicitud a la Santa Sede: Chile necesitaba su presencia. Tres meses después, el 21 de octubre, llegó la carta respuesta: S.S. Juan Pablo II vendría a Chile en el primer semestre de 1987. El país vivía el inicio del proceso de retorno a la democracia y, de inmediato, hubo recelos y temores cruzados sobre qué sucedería al venir el Papa. El programa fue cautelosamente acordado. La UC fue escogida como el lugar donde hablaría a “los constructores de la sociedad”, a las personas representativas del mundo de la cultura y la política, por lo que el rector de la época, Juan de Dios Vial, tuvo la oportunidad de recibir, meses antes, al sacerdote responsable de la organización y la seguridad en los numerosos viajes del Papa Wojtyla: un cordial e inteligente Ro-

berto Tucci quien, años después, fue designado cardenal. Por dónde entraría el Papa, desde dónde hablaría, la ubicación y la cantidad de público, todo fue analizado con rigor. La idea era que el acto que se realizara en la UC fuera un encuentro cercano, con no más de mil personas. No se trataría de una asamblea emotiva, multitudinaria, sino de un espacio más concentrado, de reflexión, donde no se perdieran las palabras. Su deseo fue fácilmente comprendido, aunque lamentado por los profesores y estudiantes que no podrían asistir. Eso sí, se resolvió grabar y reproducir su imagen en espacios cercanos e incluso hacia la calle, para no dejar fuera a ningún interesado en oír sus palabras. Llegó el 3 de abril de 1987, un viernes. El país ya estaba en conmoción tras su arribo dos días antes al aeropuerto de Pudahuel, a las cuatro de la tarde. La recepción en la Catedral, la bendición a Santiago y a todo Chile desde los pies de la Virgen del cerro San Cristóbal, su visita al Palacio de La Moneda, a la población La Bandera y la arenga a los jóvenes en el Estadio Nacional –“...No tengáis miedo ¡de mirarlo a Él!”–, tenían al país completo pendiente de su presencia, de sus actos, de sus palabras. El día de su visita a la UC lo comenzó en el Hogar de Cristo, lugar en el que oró junto a la tumba del Padre Alberto Hurtado, el futuro santo. Desde ahí enfiló hacia la Universidad. Había millares de personas apostadas en la Alameda, esperándolo. El rector Vial recordaría, más tarde, lo estremecedor

“Dad cumplida y libre expresión a lo que es justo y verdadero y no os sustraigáis a una participación responsable en la gestión pública y en la defensa y promoción de los derechos del hombre”. (*)

Revista Universitaria N°115  

Publicación para ex alumnos UC

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