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Y la niebla cubrirá tu cuerpo como un manto Virginia Pérez de la Puente

Ven... La mano de Thiâon, empapada en sudor, resbalaba entre los dedos de Athea. Él apretaba con más fuerza de la verdaderamente necesaria, intentando no soltarla, no romper el contacto. Ella podía notar el miedo que hacía temblar la mano de él dentro de la suya, que pasaba de la piel de Thiâon a la de Athea como una ráfaga de aire caliente y vibrante. Ven, oh, sí, ven... Incapaz de resistirse a la dulzura de la voz que susurraba en su oído, Athea tironeó de la mano de Thiâon y siguió andando, ignorando las ramas que se enredaban en su pelo, los arañazos que, en su rostro, se le antojaban las caricias de los árboles que flanqueaban su camino y la honraban, inclinándose ante ella, alargando los dedos para tocar sus brazos, sus mejillas, toda la longitud de su cuerpo. Ve, sí, ve... Los matorrales se postraban a sus pies, luchando por tener la posibilidad de rozar sus tobillos, de besar la piel que las tiras de las sandalias dejaban al descubierto. —Como se entere de que hemos entrado en el bosque, Madre va a volverse loca, Thea. Athea hizo un enorme esfuerzo para girar el cuello y mirarlo. Pugnó por esbozar una sonrisa, y Thiâon vaciló un instante antes de devolverle el gesto. Athea sintió una vez más la extraña y al mismo tiempo familiar sensación de estar viéndose sonreír a sí misma: los labios suaves, los ojos brillantes, el pelo negro que enmarcaba el rostro

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idéntico al suyo. Cuando Thiâon sonreía, Athea tenía que sonreír también. Cuando Athea sonreía, Thiâon se veía obligado a imitarla, tan parecidas eran sus facciones que no hacer el mismo gesto que veían ante sus ojos les resultaba desconcertante. —Si tú no le dices nada, yo tampoco —respondió ella, sacudiendo la cabeza para obligar a la voz susurrante a esconderse en un rincón de su mente. —Madre dice que el bosque pertenece a los dioses —insistió Thiâon, apretando su mano con los dedos húmedos y resbaladizos—. Los mortales no podemos asomarnos a la morada de los inmortales. —Madre también dice que los niños que no se comen la sopa se convierten en piedra —replicó Athea, risueña. Thiâon soltó una carcajada nerviosa, con esa voz grave y profunda que hacía sólo unos meses había sustituido a la voz aguda que había sido la suya desde que Athea podía recordar. —Hace años que Madre dice que ya no tenemos edad de convertirnos en piedra —murmuró él, y sus ojos brillaron de regocijo hasta convertirse en dos pedazos de obsidiana pulida. —No. Y no sé con qué nos amenazaría ahora si un día decidiéramos no comernos la sopa. —Athea fingió estremecerse de terror. Thiâon la imitó, y su estremecimiento no fue del todo fingido; ella notó de nuevo el calor de su miedo, el pánico convertido en energía que se introducía por los poros de su piel, caldeando sus entrañas. Thiâon exhaló en aire en un suspiro tembloroso y se aferró a su mano. —Los dioses nos miran —musitó—. ¿No lo sientes? Nos miran, preguntándose qué hacemos aquí. No nos han invitado a venir. No nos han invitado a venir. —Sí nos han invitado —dijo Athea en tono quedo—. Ven, dicen... Ven, oh, sí, ven. —Thea...

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El susurro asustado de su hermano se mezcló con la voz dulce que, harta de verse relegada, se incorporó en el rincón de su mente y se estiró como un gato antes de comenzar a avanzar con movimientos elegantes, felinos, hasta ocupar el centro de su cabeza, de su alma. Ven, mi amor, ven a mí, ven. Ven. Athea abrió mucho los ojos, sorprendida, y siguió andando en la dirección que le marcaban sus piernas. El Bosque de los Dioses, lo llamaban. Nadie se había internado jamás entre los troncos de aquellos árboles. Nadie, al menos, que tuviera un cuerpo mortal. —¿Por qué? —había preguntado una vez Thiâon, con los ojos muy abiertos, una expresión concentrada y llena de curiosidad en su rostro de apenas cinco años. Athea se había visto obligada a copiarla con sus propias facciones, pese a que todavía estaba enfurruñada por los azotes que su madre le había propinado al descubrirla intentando arrastrar a Thiâon hacia el bosque, tirando tozudamente de su mano. Exactamente igual que hacía ahora, más de diez años después. —Porque pertenece a los dioses —había sido la respuesta de su madre—. Y los dioses no comparten lo que es suyo. Athea tiró una vez más de la mano de Thiâon mientras sorteaba una enorme roca que se alzaba entre los troncos de dos árboles. La luz del sol, tamizada por las hojas y las ramas que cubrían sus cabezas como un dosel, reverberaba, verdosa, en el ambiente, haciendo brillar el aire con un fulgor que llenaba el bosque de pequeñas esmeraldas incorpóreas que bailaban ante sus ojos. Realmente, Athea se sentía capaz de creer que aquélla era la morada de los dioses. Y oyendo el susurro invitador en sus oídos, Ven, ven, sí, ven, cada vez más cerca, más ansioso, como si su dueño anhelase por encima de todas las cosas tenerla delante de sí, Athea creyó, creyó de verdad, por primera vez en su vida. Los dos árboles que tenía a ambos lados hicieron una última reverencia y le

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abrieron paso a un espacio abierto. Athea obligó a Thiâon a salir con ella a la luz del sol, y se detuvo abruptamente en el lindero del bosque. Thiâon tropezó con ella y estuvo a punto de hacerla caer de bruces al suelo, pero Athea ni siquiera lo miró. —¿Qué...? —preguntó él, y calló tan bruscamente como ella se había detenido al seguir su mirada y posar los ojos en lo que había más allá de los árboles. Las enormes raíces rozaban como dedos retorcidos la parte más baja de un muro de piedra. Justo delante de ellos se abría un arco redondeado, medio caído, practicado en el muro, a través del cual se veían más paredes, arcos, edificios desmoronados por el tiempo, la lluvia, el calor, las plantas, por la voluntad de los seres que un día los consideraron suyos. A unos pasos de donde Thiâon y Athea permanecían inmóviles, una columna se alzaba hacia el cielo, enhiesta, mostrando todavía las reminiscencias de una vanidad suprema, tal vez el orgullo de haber servido de sostén para el techo que otrora cubrió las cabezas de los amos del mundo. —La ciudad de los dioses —balbució Thiâon con voz ahogada. Athea tiró de él y lo obligó a traspasar el umbral de la urbe. Una ráfaga de aire caliente y seco agitó sus cabellos y besó la piel desnuda de sus brazos, de sus piernas, sus mejillas enrojecidas por el sol y el viento. Has venido, sonrió el susurro en su mente. Has venido, oh, sí, mi amor… —Éste es su hogar —musitó Athea, recorriendo con la mirada las piedras medio desmenuzadas, los arcos destrozados. Sus ojos se perdieron en la mirada de un rostro caído, la cabeza ladeada de un dios de piedra de ojos duros y expresión entristecida, tan grande como altos eran Thiâon y ella. —Escucha —dijo Thiâon de pronto, agarrando su mano con fuerza. Athea se detuvo en seco, mirándolo desconcertada. Entonces lo oyó. Un sonido suave, muy parecido al susurro de la voz dentro de ella, pero más

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grave. Las palabras no tenían sentido: era un cántico inarticulado, una oración emitida por las gargantas de aquéllos cuyas voces no estaban hechas para hablar. Pero ellos hablaban, cantaban, rezaban, mientras se acercaban lentamente hacia ellos, congregándose a su alrededor, mirándolos fijamente con sus ojos redondos y saltones. Thiâon contuvo una exclamación y se apretó contra Athea. Los cientos, miles de cuerpecitos verdes, grises y pardos formaron un círculo en cuyo centro quedaron ellos, Athea, Thiâon, rodeados por cientos, miles de sapos. Ellos, los que me escuchan, dijo la voz, viven allí donde los hombres ya no viven... Ellos ocupan los lugares que los hombres han decidido abandonar. Ellos me sacaron del Olvido con sus cánticos, me despertaron con sus voces. Athea se quedó rígida cuando el ser incorpóreo que susurraba en su oído extendió la mano para acariciarla. Eres hermosa, cuchicheó, y su aliento inexistente rozó el lóbulo de su oreja. Repentinamente asustada, Athea dio un paso atrás y chocó con Thiâon. ¿No me crees?, inquirió la voz, decepcionada. Thiâon retrocedió, y Athea perdió su mano, lo único que la ligaba a la realidad, lo único que no estaba ocupado por las ruinas, por la voz susurrante, por los cánticos de los sapos que croaban a sus pies. Compruébalo por ti misma, mi vida, mi amor. Amedrentada, Athea manoteó en busca de la mano de su hermano, dio media vuelta y, después de un momento de sobresalto, suspiró de alivio al ver el rostro aliviado de Thiâon, los ojos negros, brillantes, los labios suavemente curvados, la nariz pequeña y respingona, el cabello oscuro cayendo en ondas sueltas sobre sus orejas. Alargó la mano para acariciar la mejilla de Thiâon, y sus dedos chocaron con una superficie lisa y dura. Saltó hacia atrás, atemorizada, y su espalda topó con algo rígido, que emitió un

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leve sonido tintineante; giró apresuradamente sobre sus talones, y su mano se posó sobre una superficie idéntica a la que acababa de tocar, que también la separaba del rostro de su hermano, impidiéndola acariciarlo. En ese momento comprendió que no estaba mirando a Thiâon. Lo que tenía delante era su propio rostro, que la observaba sin parpadear a un palmo de distancia de... de su propio rostro. De la cara que la miraba. Desvió la vista, incómoda. Mírate, ordenó la voz. —Nunca te mires en un espejo, Thea —oyó que decía la voz de su madre desde sus recuerdos, el intenso aroma del incienso llenando el aire plagado de susurros, el familiar olor del aceite que llenaba el santuario de la diosa a la que adoraba—. Los espejos te robarán el alma. ¿Y quién quiere un alma, teniendo un cuerpo? Tan hermosa... Una caricia en su oreja. Llenaría el mundo de espejos para que siempre pudieras ver tu rostro, para que siempre supieras lo hermosa que eres. Para que el espejo te mostrase la verdad: que eres hermosa, mi vida, mi amor... Athea gritó de miedo y de angustia y se lanzó contra la superficie pulida, sobre su propio reflejo. En vez de abollar lo que esperaba que fuese una lámina de bronce, el primer golpe de su mano creó sobre el espejo una telaraña plateada que fue extendiéndose rápidamente hacia todos lados, como una serie de ondas concéntricas unidas por los finísimos filamentos de seda; el centro, la araña de plata, quedó posada sobre los labios del reflejo fraccionado de su rostro, que la miró con los ojos desorbitados un instante antes de desmenuzarse en una miríada de piezas inconexas, conforme los fragmentos de plata iban cayendo a sus pies. El miedo dio paso al dolor cuando sintió cómo su cuerpo se desmoronaba como una copia exacta del cuerpo que se rompía en mil pedazos ante

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sus ojos. —¿Por qué me has traído aquí? —aulló, ocultando el rostro entre las manos y temblando con tanta violencia que sus dientes entrechocaban con fuerza. Bajo sus dedos, la piel de su rostro ardía, pero seguía íntegra, intacta. Ellos me sacaron del Olvido con sus cánticos, me despertaron con sus voces, repitió la voz. Y tú me has recordado qué es lo que anhelo, lo que he deseado desde que me di cuenta de que tenía una mente, una voluntad. —¿Qué...? —empezó a decir Athea, pero las palabras se ahogaron en su garganta cuando algo empezó a agitarse en su interior, recorriendo sus vísceras como un animal vivo que, después de topar contra una pared, intentase abrirse paso usando las zarpas, los colmillos, los cuernos, todo aquello que en su cuerpo estuviera diseñado para desgarrar. Athea gritó cuando su cuerpo empezó a agitarse convulsamente, la piel ondulando como si algo se moviese bajo su superficie, como si su piel fuera una membrana que ocultase un cuerpo cuya forma no estuviera definida en absoluto. Cayó al suelo aullando de terror, abrazándose a sí misma, y se clavó las uñas en los brazos. Un cuerpo. Tu cuerpo. El animal llenó el interior de su cuerpo, imposiblemente grande, y pugnó por rasgar su piel y librarse de la prisión que lo encerraba, gruñendo por el deseo de salir al mundo. Los miembros de la bestia se estiraron más y más, llenando los brazos y las piernas de Athea y luchando por obtener más espacio para seguir estirándose. Pero sus miembros y los de ella no tenían la misma forma, no podía contenerlos la misma piel... y el ser intentó hacer que el cuerpo de Athea encajase en el suyo. Gritó, y su boca se llenó del sabor de la sangre, de la hierba reseca, de la tierra que se ocultaba bajo los tallos tronchados de las plantas. Dame un cuerpo, carne, sangre... Tu cuerpo. Tu cuerpo.

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Sus dedos se curvaron, intentando formar las garras que el susurro le decía que tenía. Athea volvió a gritar, y su cuerpo empezó a desgarrarse por dentro, tratando de apartar los músculos y las vísceras humanas para dejar paso al ser sin forma que vibraba y forcejeaba dentro de ella. —¿Qué eres? —gritó. ¿Lo sabes?, aulló su mente. Lo sabré. —¡Thea! ¡Thea! —oyó que gritaba Thiâon desde algún lugar por encima de su cabeza, pero Athea fue incapaz de emitir algo que no fuera un aullido de agonía cuando cada hueso, cada músculo de su cuerpo empezó a luchar por separarse del lugar en el que encajaba, para formar un cuerpo completamente distinto al suyo. Carne, sangre, un cuerpo... Dame un cuerpo, mi vida, mi amor. Su cuerpo intentaba reformarse a sí mismo, acoplarse a la forma del monstruo que era, y no era, la voz que susurraba en su oído. Estaba allí, justo debajo de su piel, empujando con fuerza para salir, para mostrar al mundo el cuerpo que había elegido, la forma que ni él mismo conocía. —Me estás matando —jadeó Athea, apretando los dientes y los párpados—. ¿Para esto querías que fuera hermosa? ¿Para destrozarme? La bestia se quedó inmóvil, imitando la quietud pensativa de la voz, y Athea apoyó las manos en el suelo y se enderezó lentamente. Contuvo un quejido de dolor cuando estiró los músculos de la espalda, contraídos por el esfuerzo de oponerse al ser que esperaba para brotar entre ellos. Es cierto... hay otro modo, mi vida, mi amor, susurró la voz. No más dolor, no más lágrimas... Un cuerpo. Dame un cuerpo. Athea asintió, dolorida. Se pasó la mano por la frente empapada en sudor y posó la mirada en Thiâon.

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Él vaciló. Ella siguió mirándolo fijamente a los ojos mientras daba ese último paso que los separaba. Thiâon parecía desconcertado, inseguro, y dio un paso atrás, casi asustado, pero Athea alargó los brazos y aferró los hombros de él para impedir que se alejase de ella. Y fue ese pequeño contacto el que cambió la actitud del monstruo que aguardaba, expectante, a que él estuviera lo suficientemente cerca para saltar sobre él y devorar su cuerpo; la bestia emitió un grave ronroneo, y las garras, los dedos de Athea, dejaron de hundirse en la carne de los brazos de su hermano y empezaron a acariciarlos suavemente. —Thea... —susurró Thiâon antes de que los labios de ella se posasen en los suyos. Él luchó por separarse de ella, pero Athea lo sujetaba contra su pecho con la fuerza de la desesperación, del miedo, del dolor, del deseo. Finalmente, Thiâon abrió la boca y la besó, y rodeó su cuerpo con los brazos mientras seguía besándola como si quisiera saborearla, con los labios, la lengua y los dientes, como si quisiera tragarse sus propias dudas y su propia culpa y tragársela también a ella. Acarició sus labios con la lengua, y la garganta de Athea emitió un gruñido ronco, ávido, idéntico al de la bestia que se ocultaba tras sus rasgos. Fue ella la que rompió el beso, la que se separó de su boca para posar los labios sobre la piel cálida de su cuello. Thiâon temblaba; Athea forcejeó con sus ropas y rasgó la tela de algodón para dejar su pecho al descubierto, y él se estremeció cuando la lengua de ella recorrió su pecho hasta encontrar el pezón, lo mordió suavemente y después lo besó como había besado su boca. Athea levantó la mirada sin dejar de pasar la lengua rápidamente sobre su piel, y encontró los ojos de Thiâon, oscurecidos por el deseo y brillantes como dos joyas negras engastadas en su rostro. —Thea —volvió a decir. La incredulidad había sustituido a la incertidumbre en su tono; ella siguió mirándolo fijamente mientras se dejaba caer de rodillas sobre el

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suelo cubierto de hierbajos para besar su vientre, apartando los pliegues de tela con las dos manos, hasta que la túnica corta cayó al suelo y se convirtió en un charco de color pardo que rodeaba los tobillos de Thiâon. La bestia, el monstruo que trataba de abrirse camino desde el interior de su cuerpo, ronroneó suavemente cuando los labios de Athea rodearon el miembro de Thiâon. Él emitió un grito estrangulado, aferró sus cabellos y tiró de ellos hasta que logró separar su boca de su cuerpo, y cayó ante ella, también de rodillas, con los ojos cerrados y la respiración agitada. —No hagas eso. —Temblaba violentamente, y parecía incapaz de abrir los ojos, o tal vez asustado de hacerlo. Luchó un instante consigo mismo antes de negar con la cabeza y suspirar hondamente. La bestia se agitó en las entrañas de Athea, toda zarpas y colmillos, desgarrando su carne desde dentro; gritó de dolor y de frustración, se abalanzó sobre Thiâon y se colgó de su cuello. Él abrió los ojos, alarmado, y se defendió de su ataque alzando los brazos y agarrándola por los hombros. Athea acabó tendida en el suelo, con la espalda sobre los hierbajos y piedras sueltas que cubrían las ruinas de la ciudad de los dioses, y Thiâon tendido sobre ella, inmovilizándola con todo el peso de su cuerpo. Athea abrió la boca para protestar, y en ese momento notó un leve movimiento en el vientre, una presión contra su piel desnuda, que el forcejeo había dejado al descubierto al subirle la túnica, enredada ahora alrededor de su cintura. Y comprendió que, pese al miedo, pese a la sorpresa, pese a la inseguridad, el cuerpo de Thiâon había reaccionado a sus caricias y se apretaba contra ella erguido y preparado, tan anhelante como el suyo. Se agitó bajo su peso, levantó los brazos para abrazarlo y abrió las piernas. Él gruñó cuando la piel suave de los muslos de Athea acarició su miembro como antes habían hecho sus labios. Ella se movió lentamente debajo de Thiâon; gimió cuando él se

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rozó contra su entrepierna y emitió un quejido ahogado. —Hazlo —susurró ella en su oído—. Hazlo, Thiâon. Por favor. —Thea —suplicó él, cerrando fuertemente los ojos. Su cuerpo se quedó inmóvil sobre ella, como si temiera hacer cualquier movimiento que pudiera acabar con su fuerza de voluntad. Athea alzó las caderas, y la caricia de su virilidad entre sus muslos la hizo gemir otra vez. —Por favor —dijo con voz ronca, levantando las caderas una vez más—. Por favor, por favor, Thiâon, por favor, por favor, por favor... En el último "por favor" él se rindió, aplastó su cuerpo contra el suelo y recorrió el costado de Athea con la mano abierta hasta llegar al triángulo de piel húmeda entre sus piernas. La acarició con los dedos, y después se abrió camino hacia su interior, y ella echó la cabeza hacia atrás, golpeándose la nuca con una piedra, y jadeó mientras él la penetraba. —Por favor —susurró una última vez, y él empujó con fuerza y se introdujo en ella hasta que sus caderas chocaron con los muslos de Athea, que abrió la boca y gimió mientras Thiâon se apartaba lentamente y volvía a empujar, con la misma lentitud, hasta llenar el cuerpo de Athea con su carne. Las manos de Thiâon se posaron una a cada lado de sus caderas; embistió violentamente mientras la atraía hacia sí, y Athea emitió un leve quejido cuando acarició sus muslos, la parte posterior de sus rodillas, sin dejar de moverse dentro de ella. Cuando volvió a empujar con las caderas, la penetró tan profundamente que Athea no pudo contener un grito de placer, que Thiâon ahogó al posar los labios sobre los suyos. Ella rodeó su cuerpo con las piernas, cerró los ojos y abrió la boca, y el gruñido de Thiâon se mezcló con el jadeo de Athea mientras sus cuerpos se movían al mismo ritmo, danzando sobre el suelo áspero e irregular.

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—Por favor. —Esta vez fue él quien susurró, antes de embestir con tanta fuerza que la espalda de Athea se hundió en la hierba, como si Thiâon quisiera clavarse en el suelo; Athea sintió un escalofrío que tensó todos sus músculos y viajó por su columna vertebral hasta formar un nudo a la altura de sus riñones. Athea abrió los ojos. Gimió una vez más al ver el rostro de Thiâon contraído por el esfuerzo, los labios entreabiertos y los ojos fijos en ella. El placer la sacudió como una ola estrellándose contra un acantilado, y Athea gritó mientras la ola la arrastraba, clavó las uñas en los brazos de su hermano mientras su cuerpo se convulsionaba debajo de Thiâon; él la aplastó contra el suelo, su cuerpo temblando salvajemente entre sus piernas, y finalmente gritó su nombre y cayó encima de ella, y Athea sintió cómo se derramaba en su interior mientras luchaba por respirar y apretaba las piernas alrededor de su cintura, y la ola volvió a estrellarse contra su cuerpo, arrebatándole el aliento y dejándola incapaz siquiera de gritar de placer una vez más. Su cabeza cayó hacia atrás, y sus piernas quedaron laxas a ambos lados del cuerpo de Thiâon. Cerró los ojos, notando los latidos de su corazón en el pecho, en las sienes, en los párpados, en cada centímetro de su piel. Athea trató de rodear el cuello de su hermano con los brazos, pero su cuerpo se negó a responder. Thiâon seguía temblando incontroladamente, y Athea se dio cuenta, en ese mismo instante, de que estaba llorando. —Me has arrancado el corazón —sollozó al fin Thiâon. Se incorporó rápidamente y se apartó de ella como si su mero contacto le quemase; la sensación de su cuerpo deslizándose hasta salir de su interior la hizo sacudirse de placer una vez más. Thiâon se quedó de rodillas sobre la hierba, ocultando el rostro entre las manos. —Qué has hecho, qué has hecho... —murmuró—. Qué he hecho yo... ¡Qué he hecho, Thea! —gritó, y su voz amortiguada por sus manos resonó en el repentino

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silencio de la ciudad en ruinas. Un segundo grito brotó de su garganta, un aullido inarticulado de rabia y de vergüenza, de odio y de deseo, y ella intentó incorporarse también para posar la mano sobre su hombro, para abrazar el cuerpo desnudo que temblaba violentamente. Pero volvió a caer al suelo cuando los músculos de su vientre se contrajeron en un doloroso espasmo que la dejó sin aliento. Su estómago ardió en llamas, un ardor horrendo, blanco, que sacudió su cuerpo y se extendió por sus miembros, estirando sus músculos hasta que creyó que iban a romperse. Gritó. Una cuchillada de dolor rajó su abdomen, y sintió que se le abría la piel, las entrañas, el lugar en el que había sentido los embates de Thiâon, una presión mucho mayor que provenía de su interior y no del cuerpo erecto de su hermano. El olor metálico de la sangre inundó sus fosas nasales. Cerró los ojos y se agitó cuando el dolor se hizo insoportable, partiendo desde un punto muy cercano a su entrepierna y extendiéndose en oleadas hasta sus cabellos, hasta los dedos de sus pies. Volvió a gritar, pero en el mundo no había más que dolor, fuego, y los susurros procedentes de todas partes y de ninguna. Sus talones se hundieron en la tierra húmeda cuando sus caderas se alzaron, como habían hecho momentos antes bajo el peso de Thiâon, pero esta vez sus músculos reaccionaban al dolor y no al placer, y la agonía más aguda, más insoportable, la obligó a abrir la boca y aullar de miedo y de angustia. Siguió gritando hasta que tuvo la garganta en carne viva, y después empezó a emitir un ronco gruñido que llenó el silencio, roto tan sólo por el ruido de sus forcejeos. —Thea —susurró Thiâon, acercándose a ella. Athea abrió los ojos y lo miró, y después torció la cabeza para no ver el dolor y el miedo reflejado en su rostro. Su mirada se encontró con la de un enorme sapo gris que la observaba a un paso de distancia. La inteligencia, la reverencia que se ocultaban tras aquella mirada amarillenta... Extendió un brazo hacia la criatura.

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—Ayúdame —jadeó. El sapo se acercó lentamente hasta su mano y posó una patita viscosa sobre la palma, y su contacto fue como el contacto consolador de la mano de un esposo en el lecho de dolor de su esposa. Una nueva oleada de agonía tensó su cuerpo como la cuerda de una lira. Athea gritó y apretó la pata que el sapo le tendía, y cerró la mano, aplastando al pequeño animalito entre los dedos. El tacto pegajoso de las entrañas del sapo entre sus dedos la hizo temblar; abrió la mano con esfuerzo, y otro sapo la miró fijamente con sus ojos sin párpados y, lentamente, avanzó hasta ocupar el lugar de su compañero muerto sobre su palma. La presión se intensificó, y Athea creyó estar a punto de partirse en dos. Sollozó, desesperada, y sus caderas volvieron a alzarse del suelo por voluntad propia, hasta que, de repente, la tensión se liberó entre sus piernas y, con un último espasmo de dolor, Athea se dejó caer sobre el suelo. Un reguero cálido y espeso brotó de su interior, derramándose sobre la cara interna de sus muslos, sobre sus piernas, empapando la tierra reseca sobre la que yacía jadeando de dolor. Notó cómo su cuerpo se abría, el roce de la brisa entre sus piernas, y una caricia mucho más liviana y al mismo tiempo más tangible, el tacto de una piel húmeda sobre su piel, los suaves forcejeos de algo que luchaba por salir de ella. Su cuerpo se relajó, y Athea parpadeó, medio cegada por la luz del sol que caía directamente sobre sus ojos. En ese momento sintió la tenue presión de unas manos sobre sus muslos. Se incorporó de un salto, ignorando la débil protesta de los músculos de su vientre, y gritó de horror al ver lo que pugnaba por salir de su cuerpo. La caricia que había sentido era la de dos pequeñas patas regordetas de piel lisa y resbaladiza, de color marrón rojizo, cubiertas de sangre y coágulos. Los dedos de la criatura se aferraron a sus piernas para impulsarse; un sonido húmedo acompañó a la sensación del cuerpo viscoso deslizándose hacia el exterior, como Thiâon había salido

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de ese mismo lugar unos momentos antes. Y al mismo tiempo Athea sintió algo más, un torrente de energía, de poder, ardiente como la sangre que corría por sus venas y frío como la piel de las patas que se aferraban a sus piernas, que brotaba también de su cuerpo y se extendía más allá de los límites marcados por su piel hasta rozar la hierba, las piedras, los arcos, las columnas, los árboles que rodeaban la ciudad. Levantó la mirada, y con sus ojos se alzó también el poder que caldeaba sus entrañas; rozó el aire, el suelo, el cielo sobre sus cabezas. Athea susurró con esa voz que había susurrado antes en el interior de su mente, y jadeó cuando los músculos de su abdomen se contrajeron dolorosamente una vez más. Los dedos incorpóreos de su poder recién nacido se extendieron hacia el infinito, empujados por la contracción, y bajo su cuerpo la tierra empezó a supurar, a exudar agua y barro hasta empapar sus piernas y su cintura. Un nuevo espasmo empujó a la criatura, obligándola a salir un poco más de su cuerpo. La hierba reseca se estiró, imitando el movimiento de sus brazos, convirtiéndose en las agujas delgadas y gráciles de los juncos, abriéndose para dejar que de sus tallos brotasen las hojas anchas y pesadas de los helechos. Los músculos de su vientre se crisparon una vez más, y Athea gritó de agonía, y con el grito un último torrente de energía brotó de su cuerpo al mismo tiempo que el ser que forcejeaba entre sus piernas se veía obligado a abandonar su cálido refugio. A su alrededor, las piedras se cubrieron de una pátina verde. La criatura cayó al suelo empapado de sangre y de un fluido verdoso y blanquecino, y se quedó inmóvil, temblando débilmente como un pajarillo asustado. Pero no era un pájaro. Era un sapo. Un sapo del tamaño de un niño humano. Athea intentó volver a gritar, pero el sonido se ahogó en su garganta cuando el horrendo ser tembló entre sus piernas, giró apenas la cabeza pegada al cuerpo amorfo y

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clavó en ella los ojos redondos, y el reconocimiento brilló en las pupilas que rajaban de arriba abajo el impactante color amarillo del iris. La boca sin labios se abrió, y la criatura emitió un sonido apagado, casi un gemido, mientras su cuerpecito se agitaba débilmente sobre el charco de sangre y líquido denso y viscoso. —Thea —gimoteó Thiâon. Athea alzó el rostro para mirarlo, sorprendida, y frunció el ceño al ver su mirada horrorizada posada en la criatura que descansaba en el refugio que formaban sus piernas separadas. El pequeño ser croaba suavemente, como si estuviera contento, y sus primeras palabras obtenían la respuesta de los miles de sapos que, rompiendo el círculo que rodeaba a los dos hermanos, se habían acercado lentamente hacia él. Hacia ella, pensó. Athea observó, muda e inmóvil, cómo uno de los sapos, quizá el mismo que había sostenido su mano mientras daba a luz, se inclinaba junto a la criatura y frotaba suavemente con el morro el rostro pardo y húmedo. Ella, la criatura, su hija, gorjeó, contenta. Los ojos de Athea se encontraron con los de Thiâon. —No la mires así —susurró—. ¡No la mires así! —repitió, furiosa, y alargó la mano para cubrir el cuerpecito manchado, acunado ahora por varias docenas de sapos. Por donde su mano pasaba, un espeso manto de niebla densa y húmeda iba brotando de entre sus dedos, ocultando a la criatura, los sapos, el suelo cenagoso, hasta que también la parte inferior de sus cuerpos quedó hundida en la bruma. Empezó a sonreír, pero una última contracción sacudió su cuerpo de arriba abajo y la lanzó de espaldas contra el suelo encharcado. Aulló de dolor y abrió las piernas, y sintió cómo la presión se intensificaba entre sus muslos una vez más, tensando todo su cuerpo, hasta que se liberó de golpe cuando algo más brotó de su entrepierna. El débil chapoteo le llegó apagado, como si proviniera de otro mundo, de otra realidad.

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El agua cenagosa cubrió su rostro como una mortaja, y Athea cerró los ojos. El roce de una pata viscosa sobre la mejilla la sobresaltó; abrió la boca para gritar, tragó agua y se incorporó de un salto, boqueando y tosiendo, hasta que su estómago se contrajo una vez más y vomitó sobre el charco que había ido creciendo a su alrededor, bajo ella, cubriendo el suelo de la ciudad. Se limpió los ojos con la mano enfangada y parpadeó. El croar de los sapos aumentó de volumen, y Athea supo que era a ella a la que cantaban, a la que saludaban, y a su hija a la que arrullaban con sus cuerpos. Uno de los sapos trepó por su rodilla y la miró con una expresión interrogante pintada en sus ojos amarillentos. —Tú —murmuró Athea—. Vosotros —musitó, paseando la mirada por los cientos de miles de sapos que croaban a sus pies—. Le habéis adorado, le habéis cantado, a él... Habéis estado a mi lado mientras daba a luz a su hija, habéis celebrado su nacimiento. La habéis consolado en su primer llanto. —Las lágrimas se agolparon en su garganta, ardieron en sus ojos. Pero no lloró. Tragó saliva y se obligó a seguir mirando al sapo que la escuchaba con atención, encaramado en su rodilla—. Vosotros sois sus hermanos, sus padres, sus hijos, sus esposos. Para siempre. Por favor —añadió en un murmullo suplicante—. Por ella. Por mí. El animalito agachó lentamente la cabeza, rozó su rodilla con la boca y se impulsó con las patas traseras para saltar al agua. Los sapos la miraron fijamente entre los jirones de niebla que lentamente iban espesándose. Cuando empezaron a cantar, como habían hecho antes, cuando habían acompañado a la voz que susurraba en su mente, Athea se dio cuenta de que habían comprendido sus palabras. Apoyó las manos en el suelo cubierto de agua y barro y se incorporó con cautela; su cuerpo no protestó. El dolor se había ido, como el miedo, como el horror, dejando tan sólo cansancio y una

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abrumadora sensación de tristeza. Los susurros habían dejado de ser palabras dulces. Athea ya sólo podía oír el croar de los sapos, su canto ininterrumpido, desacompasado. Por debajo de sus voces todavía se adivinaba el susurro, las palabras llenas de promesas, de deseo, de poder; pero era incapaz de entender lo que decía. La voz se había convertido en un zumbido incomprensible; la oía, sentía que estaba a punto de entender lo que decía, que casi captaba el sentido de las palabras... pero nunca significaban nada más que el mero susurro, que el simple sonido. La voz que había susurrado en su oído era ahora la voz de la criatura que yacía acunada por los sapos, cubierta por una manta de Niebla. Y Athea comprendió, aterrada, que quería volver a oírla, que quería dejarse abrazar por aquella voz, que quería volver a oírla decir que era hermosa, tan hermosa... Me has dado un cuerpo, parecieron decir los ojos del ser al posarse en ella una última vez. La invadió una sensación de amor tan intenso, tan agudo, que trastabilló y estuvo a punto de perder el equilibrio y volver a dejarse caer al agua. En ese momento la niebla cubrió por completo el cuerpo de la criatura, y el susurro se apagó, llevándose consigo ese último sentimiento procedente del ser que había nacido de su seno, que había concebido utilizando el cuerpo de su propio hermano. El silencio la rodeó, y Athea se rodeó el cuerpo con los brazos, abrazándose a sí misma, y se echó a temblar. La niebla se arremolinó alrededor de sus piernas y se extendió hasta ocultar el suelo de la ciénaga en que se había convertido la ciudad, los muros medio hundidos en el agua estancada, las basas de las columnas, cubiertas de verdín, ocultas tras los helechos que habían surgido para servir de techo a su hija. Bajó el rostro y posó la mirada en los ojos asustados de Thiâon. Athea alargó una mano y acarició suavemente la mejilla de su hermano, que cerró los ojos y apoyó el

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rostro sobre la palma de su mano, mientras dejaba que las lágrimas corrieran libremente desde sus ojos hasta la línea de la mandíbula. —Thea —musitó—. Thea... Ella se inclinó sobre él y posó un breve beso en sus labios antes de incorporarse de nuevo. El cuerpo de Thiâon estaba casi oculto por la espesa niebla. —Vámonos a casa —imploró él. Abrió los ojos y la miró, y los dos pedazos de obsidiana relucieron con el fulgor de las lágrimas no derramadas, con el brillo de una pena y una culpa que jamás se borrarían de su mirada. Athea asintió. —Vámonos a casa, sí —murmuró, tendiéndole la mano para ayudarlo a levantarse. Los sapos se apartaron poco a poco, sin dejar de cantar, abriendo un camino para ellos entre las ruinas de la ciudad de los dioses, la ciudad de la diosa, la ciudad de su hija.

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Y la niebla cubrirá tu cuerpo como un manto