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Un ejercicio de escritura automática, tal vez uno de los más raros que haya perpetrado en mi vida. Todavía hoy le encuentro miles de interpretaciones distintas que no vi cuando lo escribí, y estoy segura de que vosotros le sacaréis otros cuantos miles…

SOFISMA

—Libertad, Igualdad, Fraternidad —repitió una vez más Acthe con voz estrangulada, abrazándose las rodillas y balanceándose hacia delante y hacia atrás con movimientos lentos e involuntarios. Tenía la mirada perdida en el infinito, y sus ojos oscuros relucían vivamente en contraste con el tono opaco de su piel, que se adivinaba bajo las manchas de ceniza. —A quién se le ocurre —murmuró Themis, que también había repetido aquella misma frase unas veinte veces en la última hora. Desvió la mirada del rostro compungido de Acthe y recorrió la plaza con los ojos, ausente, sin que su cerebro se preocupase realmente por captar todos los detalles de lo que la rodeaba. La multitud se había dispersado; los pocos transeúntes que cruzaban el espacio entre los edificios ya no tan inmaculadamente blancos apenas les dirigían alguna que otra mirada de curiosidad, sin detenerse a interesarse por lo que había ocurrido. "Y bueno, siempre hemos sido poco interesantes", suspiró Themis, sentándose junto a Acthe en los adoquines de piedra desgastada. Suscitar tan poco interés, sin embargo, la molestaba casi más que los golpes de las hortalizas que habían volado un rato antes por el aire hasta estamparse en su cabeza. —¿Dónde está Sofrates? —preguntó Acthe, volviendo repentinamente a despertar de su ensoñación filosófica. Themis se encogió de hombros.


—Su hija se lo ha llevado a casa con un ataque de pánico. Lo de la lechuga le ha trastornado, pobre hombre, pero cuando se ha visto desnudo en mitad de la plaza no ha sido capaz de soportarlo. Acthe la miró por el rabillo del ojo, tan evidentemente preocupado que Themis estuvo a punto de soltar una carcajada. Claro que ella también sentía cómo la Histeria rozaba su nuca con su aliento. Sofrates era especialista en turbas enfurecidas; si hasta a él le había sorprendido la respuesta de aquélla, probablemente era para preocuparse. —Pero si Sofrates se pasa la mitad del día saliendo a la calle en porretas... —dijo Acthe, confuso—. La mitad de las veces que va a los baños públicos se deja la ropa en el vestuario. Sale corriendo sin molestarse en secarse, chillando con los brazos abiertos y explicándole a todo el que se cruza en su camino que la Verdad y la Vida están intrínsecamente ligadas, porque la Vida es verdad y por tanto nada puede estar vivo y mentir... Themis asintió y esbozó una sonrisa. —Es lo que ocurre cuando vas a los baños a pensar. Si se te ocurre una idea, estás jodido. —Jodido no —sonrió Acthe por fin—. Estás desnudo. Themis volvió a asentir, volvió a suspirar y volvió a apartar la mirada de Acthe. Arrugó la nariz cuando la brisa la atacó cruelmente con penetrante olor a madera quemada. A su espalda, la improvisada palestra que habían erigido para el discurso de Sofrates emitió un fuerte crujido de protesta. Lo más probable era que estuviera gritándoles que era la última vez que lo hacía, que no tenía por qué aguantar según qué cosas y que se negaba a volver a participar en los incendiarios debates que Sofrates organizaba cada quince días. Themis puso los ojos en blanco. "Incendiarios, nada menos". El olor a chamusquina atestiguaba lo acertada que había estado la palestra en su


elección de palabras; la madera ennegrecida volvió a protestar, y Themis giró la cabeza para mirar a Acthe. —¿Sabes...? —dijo en tono conversacional—. Creo que sería mejor que nos sentásemos en otro sitio. —¿Por qué? —preguntó él, confuso. —Porque la palestra está a punto de caérsenos encima, por eso —contestó Themis tranquilamente. Y se echó a reír cuando Acthe se levantó de un salto. Siguió riendo quedamente mientras él se detenía bruscamente, daba media vuelta y le lanzaba una mirada enfurecida. —No tiene gracia —masculló, tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse. Themis aceptó su ofrecimiento y se impulsó agarrándose de él hasta ponerse en pie. Se sacudió la túnica parda con la palma de la mano y después intentó peinarse con los dedos, sin demasiado éxito. Su rostro también debía estar tiznado, y su pelo debía tener el mismo aspecto de nido de golondrina que el de Acthe. "Bueno", pensó, "algunos tienen éxito presentándose delante del público como unos desarrapados..." —Vámonos a casa, anda —dijo alegremente, ignorando las miradas fugaces de los peatones hacia su figura ennegrecida y la figura igualmente chamuscada de su esposo—. Esta noche viene el chico de Kasudates a que le sigas enseñando el alfabeto, ¿no? —añadió, buscando desesperadamente un tema de conversación que animase a Acthe lo suficiente como para expulsar el brillo apesadumbrado de sus ojos negros. —Sí —suspiró él, alicaído—. Doce años, y sigue sin distinguir la gamma de la beta. O es ciego y lo disimula muy bien, o cuando vaya a la escuela de filosofía ese chaval va a recibir collejas hasta en el registro de ciudadanía. Themis ahogó una risita. Sin embargo, su hilaridad se apagó cuando vio la mirada que Acthe dirigía a la estructura de madera medio vencida por el fuego, que


había calcinado sus tablas y las legumbres que los ciudadanos habían lanzado antes sobre ella. Un leve aroma a verduras a la brasa se mezclaba con el hedor a quemado. —¿Crees que deberíamos enviar a algún esclavo a desmontar la tarima? — preguntó Themis. Acthe hizo una mueca entristecida. —No sé tú, pero yo no pienso volver a acompañar a Sofrates a un debate público aunque me prometa su villa en Italia. Si quiere suicidarse, allá él: por mí como si se prende fuego a sí mismo y sale a la calle gritando que el mundo es poligonal y le hace cariños a Marte cada diez años y dos meses. —Sacudió la cabeza—. Libertad, Igualdad, Fraternidad... —repitió. Themis asintió. —A quién se le ocurre —respondió, alargando una mano para coger la mano tendida de Acthe.

Sofisma  

Un debate en la antigua grecia sobre filosofía... o tal vez no tanto.

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