Issuu on Google+

Uno de los muchos ejercicios de escritura automática que hice con los habitantes de elmultiverso.com. Salió así, y así se quedó, que es de lo que se trata en esto de la escritura automática… La crítica a la telerrealidad y a la telebasura también salió así ;)

CORAZÓN SALVAJE

Jonás Vázquez se tapó la cara con la mano para evitar que la cámara que perseguía hasta sus más nimios movimientos captase la risa incontenible que amenazaba con obligarle a dar paso a publicidad. En el interior de su mente, una vocecita le informó, con la misma voz de seriedad fingida que solía adoptar el director de su programa, de que al día siguiente su gesto estaría en todos los zappings de España y obtendría cinco estrellas en youtube. Estupendo, pensó sin destaparse el rostro, mientras sus oídos luchaban por distinguir alguna frase coherente entre la cacofonía que lo rodeaba como una manta llena de pelos y de pulgas. Que hablen de mí. Así a lo mejor algún día consigo que me contraten para presentar "Operación Canción" y me libro de esta panda de gilipollas. —¡Venga, hombre, eso no se lo cree nadie! —exclamaba en esos momentos Rafael Misniñas con su mejor expresión de burla. Lilita Martínez, la invitada aquella noche en "Corazón Salvaje", respondió adoptando la cara de ultraje que tantas veces habían visto los españoles saludándoles desde las portadas de algunas revistas de las que se decían "de papel couché", en realidad impresas en papel reciclado con ínfulas. —¡Di lo que quieras, Misniñas, pero yo seguiré manteniendo lo que he dicho! — exclamó Lilita, furiosa—. ¡Y no tienes ninguna prueba de que miento! —¿Que no? —casi gritó Misniñas, incrédulo—. ¿Que no? ¡Pero bueno! Cuando estuviste en Gran Germano te tiraste a media casa. Pero claro, tanto alemán rubio y


cachas rodeándote, es normal, yo habría hecho lo mismo. —¡Pero tú eres un mariconazo! —gritó Lilita, congestionada. —Y, por lo que yo sé, tú también —replicó Misniñas con crueldad. Jonás Vázquez se destapó la cara y suspiró antes de mirar a su alrededor. Lilita Martínez, una mujer menos joven de lo que pretendía y que aparentaba más edad de la que tenía, estaba sentada a su izquierda, en una silla de plástico diseñada para ser incómoda y para que nadie pudiera sentarse sin enseñar hasta los intestinos. Claro que Lilita tampoco se había vestido para ocultar nada: su minivestido de lycra blanca debía haber hecho furor entre las usuarias de los bazares chinos de la periferia madrileña. Ella lo llevaba con cierta gracia, pero ni siquiera eso era capaz de disimular su natural chabacano. A su derecha estaban los colaboradores habituales del programa, un grupúsculo de indeseables con quienes Jonás Vázquez no habría querido compartir ni un café a media mañana. Ahora, compartía un programa con ellos todos los viernes. Perra vida. —¡Tampoco tienes pruebas de eso! —aulló Lilita—. ¡Las camaras no tenían infrarrojos, no salió na...! —Eso que te lo crees tú —interrumpió una de las muchas mujeres que hacían de compaarsa de Misniñas. Éste se volvió rápidamente hacia ella con el rostro contorsionado por la rabia. —¡Que te calles, Karmante! —siseó—. ¡Si tú ni siquiera estabas contratada cuando emitían Gran Germano! ¿Qué sabrás tú? —Que no estuviera trabajando en la tele no quiere decir que no la viera — respondió Merchele Karmante con suficiencia—. Y vi todo lo que esta mujer hizo con Hans, con Gerd, con Alex y con... —La cuestión es —terció María Poquiño, conciliadora— que lo que publica esta


semana la revista Qué me estás contando no tiene por qué ser falso. Lilita asegura que sigue siendo inocente... —Inocente no lo ha sido en su vida —gruñó Misniñas en voz alta—. Lo que dice la mentirosa ésa es que sigue siendo virgen. En portada, para más señas. —Todos hemos leído la revista, Misniñas —se burló Karmante—. No te las des de bien informado como si... —Pues según mis fuentes —intervino de nuevo María Poquiño en voz suficientemente alta como para hacerse oír entre los gritos—, Lilita se ha acostado por lo menos con dos hombres y una mujer desde que ha vuelto a España. —Cuando la expulsaron del Gran Germano —aportó Karmante. —¡¿Una mujer!? —exclamó Lilita Martínez, que parecía a punto de sufrir un colapso nervioso—. ¿¡Cómo que una mujer!? —Ah, ¿lo veis? —dijo María Poquiño con una sonrisa siniestra—. Lo de los dos hombres no lo ha negado... —¿Qué fuentes, Poquiño? —inquirió Misniñas bruscamente—. Porque si ha sido tu peluquera la que te lo ha contado, no cuenta. Bueno, yo no escucharía lo que me dijera una tía capaz de hacer eso con un pelo —señaló la cabeza cubierta de rizos de María Poquiño. —¡Deja mi pelo en paz! —¡Lo que tenéis que hacer es callarte! —¡Que te calles, Karmante! —¡Vete a tomar por culo! —¡Me iré si me sale de los co…! —¡A ver! —gritó Jonás Vázquez a pleno pulmón, sintiendo cómo toda la tensión acumulada se liberaba en ese único grito que llevaba horas pugnando por brotar de entre


sus labios y que logró, por increíble que pareciera, enmudecer a todo el plató. Por los auriculares oyó el susurro del director: —Vaaale, Johnny, vete a publi de una puta vez, ¿eh? Lilita Martínez lloraba silenciosamente sobre un kleenex con aspecto de guerra bacteriológica. Misniñas, María Poquiño y Merchele Karmante se habían levantado de sus sillas de diseño y se fulminaban con la mirada a tres bandas, como si Lilita, Jonás y los poco más de tres mil espectadores que debían estar viéndolos en ese instante (si la audiencia no había vuelto a bajar aquella semana) no existieran en absoluto. —Se nos acaba el tiempo —dijo Jonás con una amplia sonrisa de conciliación, la misma que hacía que las fans del programa le escribieran emails incendiarios pese a su conocido gusto por los hombres—. Lilita, ¿quieres decir algo más antes de que despidamos esta entrevista...? —Sí —lloriqueó Lilita, alzando a cámara sus ojos rodeados de pestañas tiesas por el rimmel—. Que por favor me respeten, que la decisión de llegar virgen al matrimonio no ha sido fácil, de verdad... —Hipó—. Y que... y que por favor me dejen en paz, que me dejen tener vida privada, que no saben lo difícil que es vivir cuando no tienes libertad para salir siquiera a la calle a comprar el pan... Ya, como si no hubieras hecho de todo por conseguir ser famosa, pensó Jonás, impaciente, sin permitir que su sonrisa vacilase un instante. —Bien. Lilita Martínez, ex concursante de Gran Germano, después si te parece escuchamos tu último éxito, el primer single del disco que... —¿Cómo se llamaba?, se preguntó. Su sonrisa se ensanchó—. La canción que está destinada a convertirse en la canción de este verano, "A la que te pille te la reviento, lechal", poesía urbana hecha músic... —Se atragantó, tosió y se tapó la boca con la mano—. Bien, hacemos una... una pausa... y en seguida volvemos, aquí, en "Corazón Salvaje".


La luz roja de la cámara se apagó. Jonás Vázquez suspiró, aliviado, y se permitió soltar una carcajada aguda antes de volverse hacia el regidor, que caminaba a grandes zancadas hacia él, ignorando los susurros enojados que se elevaron indefectiblemente del grupo de colaboradores del programa. —Ahí fuera hay una jodida multitud, Jonás —murmuró el regidor, Jorge, mientras fingía colocarle bien el micrófono de corbata—. Creo que quieren apedrear a Lilita. O violarla, no sé. —Se encogió de hombros. Jonás suspiró de nuevo y apoyó una mano sobre el pecho de Jorge. Él sonrió y le guiñó un ojo. —Después —prometió. Jonás asintió. —Hoy será mejor que salgamos por la puerta de atrás —susurró—. Que se las apañe Lilita con sus fans: y, si no, que se hubiera metido a obispo. —Creo que no son fans, que sólo son un grupo de jóvenes que estaban de botellón en el centro comercial. —Jorge rió quedamente—. ¿O de verdad creías que Lilita tenía algún fan...? Jonás lo miró con escepticismo. —Tu fe en la raza humana sigue siendo muy superior a la mía, Jorge. —Ya. Bueno, esto ya está. —Le dio una palmadita sobre el micrófono—. Mejor salimos por separado, ¿eh? Paso de niñatos borrachos. Te espero en casa. —Hazme algo rico de cenar —suplicó Jonás antes de volver a componer su sonrisa—. Necesito colesterol después de enfrentarme con esta mierda. —Vale. Pero no dejes que la multitud te apedree. —Jorge le guiñó el otro ojo y se alejó rápidamente mientras hacía gestos a los enojados colaboradores para que volvieran a sentarse.


Corazón salvaje