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El Aire Ignora todo Viaje en el Agua

Cuentos y demรกs

Violeta Gonzรกlez


I. Soy una gotita redonda y viscosa, solía yo vivir adentro de una nube que colmaba los cielos pero ahora, ahora estoy cayendo. Fue muy repentino el salir de la comodidad de mi nube, húmeda y colectiva. Rápidamente me creció una barriga grande que me impulsó con todas sus fuerzas y totalmente en contra de mi voluntad hacia abajo. Ahora, heme aquí, cayendo a gran velocidad desde lo alto. Y voy en contra del tiempo, a favor de la gravedad para encontrarme en algún momento con ese suelo gris que hará que me parta en trizas y así, desaparecer. Ahora en este instante, que antes creía que iba a ser infinito, pero ahora parece tan fugaz, he de hacer todo lo que me propuse en mis tiempos de reflexiones en mi antigua casa celestial. Tendré que aprender a cocinar, a cantar y a construir barquitos de papel en los que me pueda hundir, tendré que conseguir un lugar cómodo donde vivir y así de pronto dividirme en dos para repartir y compartir con otro la angustia de ese gris eminente.


También quisiera ser parte de una gran ola que colme todo el espacio o de un río caudaloso que me maree con sus fuertes corrientes, pero dudo que el tiempo me alcance para tantos sueños. El tiempo, ese flujo sucesivo de situaciones atomizadas me atemoriza. Siento que no alcanza, podría congelarlo, pero si me congelo tal vez caiga más rápido y de una forma más estrepitosa me parta en millones de partes de escarcha. Debo entonces actuar. Separarme de mis pensamientos acuosos para comenzar a hacer lo que pueda en este tiempo etéreo que me corresponde. Dejarme llevar por este gran flujo que me empuja, por este sonido que me atrae porque, sin lugar a duda, allá abajo, en ese inmenso gris que me aguarda, me espera un maravilloso y fecundo ¡Plaf!.


II.

Hay una ballena azul sobre mi escritorio. Se ballena azulosa sobre él, se asolea. La agarro con mi mano y no parece quejarse, cabe justo en el espacio que hay desde el inicio de mi palma y el final de mi dedo índice. Le muevo la mandíbula, puedo ver sus dientes plateados esperando el momento apropiado para lanzar uno de sus ganchos y atravesar lo que venga, feroz y rápidamente. Desde pequeña me había parecido que este tipo de ballena era peligroso, tan grande como un camión, nadando por los mares. Un camión marino. Pero vista así tan minúscula no me da tanto miedo, me parece que nos entendemos. Seguro que ella se siente muy distinta a todas las de su raza “yo también ” le digo a veces para hacerla sentir mejor, y es verdad. Ahora, mi ballena se sigue azuleando sobre mi palma, se vuelve cada vez más ballenosa y azul. Me mira, nos miramos, nos reconocemos. Sabemos que hemos compartido algo, papel seguramente de este escritorio largo y negro que refleja el polvo, o quizás e incluso más probable: la pequeñez.


Sobre mi mano, su azul cobalto se va convirtiendo más profundo hasta que de una forma lenta y pausada su ultramar se mezcla con mi piel que va absorbiendo todo su color; mi mano comienza a verse azul y más azul, mi brazo, mi torso. Ya no distingo sobre mi palma a mi ballena. Minúsculamente nos mezclamos, salimos al universo y danzamos con él en medio de un gran torrente azul que nos rodea, bailamos con las grandes ballenas y con los pequeños peces, vemos la fluorescencia del mar que se mezcla con las estrellas, nos sentimos ínfimamente felices. Y entonces llega la hora de regresar y mi palma vuelve rápidamente a su color normal y aquí estoy yo en mi escritorio negro que no refleja sino polvo y veo a mi ballena, a quien le llegó el momento de la utilidad, de usar sus dientes para juntar papel con papel, esclavizada cual si fuera un objeto común. Hasta que llega el próximo momento en el que nadie nos ve y entonces podemos volver a azulear y a ballenear para sentirnos más y menos pequeñas, para volver a ser lo que realmente somos.


III. A veces la paso mejor dormida que despierta. A veces. Y cuando eso pasa la sensación me acompaña durante todo el día como un eco, y muchas veces no puedo saber si lo que estoy viviendo no es más que un paréntesis para luego volver a sucumbir, en algún momento, a la dicha del somnífero.


IV. Ocurrió un asesinato. Ayer, en medio de una noche tormentosa con luna menguante, el asesino atacó de nuevo. Esta mañana yo lo presencié todo, estaba ahí el cadáver más rígido que nunca, todo astilloso y verde. Vinieron varios hombres naranjas como testigos, yo los vi, los vi sacando fotos, mofándose un poco de la suerte del pobre. Después se lo llevaron en pedacitos, lo cortaron todo hasta que luego, en un micro instante, ya no había rastro del hecho. ¡ El viento, el viento es el asesino! Gritaron al irse y cuando ya la huella del muerto había desaparecido respiré y conté rápidamente. Sí, son 18, me dije, ahora hay un árbol menos en el parque, uno menos en el mundo.


Tengo miedo a desaparecer.

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VI.

- ¿Escuchas algo? - María ya se está poniendo los zapatos. Se muerde el labio mientras lo hace, puedo escuchar su respiración también la de alguien más, no está sola. Parece que después de tanto esfuerzo por fin encontró algo que hacer en compañía.

- El sol entra por la ventana, le molesta los ojos pero no se pueden bajar las cortinas, las dañó el otro día. Por eso se van, por el sol, el sol siempre hace que la gente se esconda. - Mentira, a María siempre le ha gustado el sol. La he escuchado tardes enteras tirando bocanadas de humo y sudor bajo un sol radiante, escucho la forma en que se dora su piel, percibo como va cambiando su color… a María siempre le ha gustado el sol. - Sí pero hoy es distinto, hoy no está sola. - Escucha. - Están viniendo al comedor, no parece ser hombre su compañía, sus pasos son muy cortos, muy suaves, como si sus zapatos fueran pequeñas nubes. - Como el aleteo de un pájaro.


- Se acercan! - No, va ir primero a la cocina. Exprime limones. El sonido de los limones es parecido al de sus lágrimas, suenan igual de ácidos. Puedo sentir como la piel suave de sus manos roza la piel irregular del limón.

- Ahora sí vienen. Escucho el color de su vestido, verde, verde limón, como sus lágrimas. Tal vez hoy sí nos vea. - Tal vez, ahí está. Ya entró. - Aquí estamos, aquí estamos María, en el centro cuidando tus pasos. - No se inmuta. - Somos muy poco ruidosos. Nuestras ondas se han debilitado. - O tal vez ella solo mira lo que nosotros escuchamos. - Tal vez somos incompatibles de sentidos. - Tal vez.


Violeta Gonzรกlez duraznoplatano.flickr.com duraznoplatano.tumblr.com

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El Aire Ignora Todo Viaje en el Agua  

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