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TESTIMONIOS DE VILLA OCAMPO / 9

Pedro Figari En sus bailes criollos a cielo abierto y sus candombes en los patios de los conventillos, Figari logró capturar el folklore íntimo del Río de la Plata.

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TEXTO MARÍA GAINZA

Pedro Figari llegó tarde a la pintura. Antes de tomar los pinceles había sido abogado, jurista, educador y filósofo, y esta condición multifacética le había representado una alegría y una desgracia. “Cada uno de estos aspectos molestaba al otro”, cuenta su biógrafo José María Sanguinetti, ex presidente del Uruguay. “En su Montevideo natal, nadie entendía como a don Pedro Figari, el gran abogado, el penalista, el político y presidente del Ateneo, se le había dado en su vejez por pintar negritos borroneados”. Y así, en busca de un ambiente más propicio para desarrollar su pintura, llegó Figari a Buenos Aires en 1921. Tenía sesenta años recién cumplidos y una barba blanca y espesa. Lo acompañaba su hijo Juan Carlos, también pintor, y una serie de óleos a las que él denominaba “mis piedras expresivas” y que habían surgido de su rechazo a las propuestas académicas de Montevideo. Por entonces, Figari pintaba un mundo mitológico de piedras bañadas en luz lunar que parecían condensar estados psicológicos. A ellas siguieron 1. Retrato de Victoria pìntado por Figari, c. 1924/25. 2. Carpeta con reproducciones de cuadros de Figari (Biblioteca Villa Ocampo).

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1. Autorretrato, 1925. 2. Toilette de la novia, s/f.

una serie de “trogloditas”, que se levantan como una crónica americana fundacional. Ambas series estaban sostenidas por una extensa teoría sobre el arte que Figari había desarrollado muchos años antes de ponerse a pintar: la idea de un arte que tomara motivos regionales pero que los representara con un lenguaje vanguardista, un arte que superara la pintura conservadora a lo Juan Manuel Blanes que se hacía por entonces. Los mismos aires renovadores soplan en algunos rincones de Buenos Aires. Y al poco tiempo de desembarcado, Figari conoce a los miembros de la revista Martín Fierro que buscan sacudir la modorra artística del país de una manera similar a la de él. El pintor experimenta un alivio inmenso, por primera vez se siente acompañado. De otra forma, dijo, “me hubiera tenido que colgar de una higuera”. Y un día de 1923 Victoria Ocampo llamó a la puerta del taller del Dr. Figari, un cuarto desnudo con olor a pintura y cartón en la calle Charcas. Ella se había resistido a ir, decía no saber nada sobre pintura, pero su amigo Ricardo Baeza había insistido, creía que le podían interesar los cuadros de un uruguayo “tan extraordinario como desconocido”. Poco tiempo atrás Figari había comenzado una serie sobre bailes criollos a cielo abierto y candombes en los patios de los conventillos. “Y así, por obra y gracia de tal terquedad”, escribió Victoria, “me encontré una tarde en medio de los negros, de las lunas, de los gauchos, de los minués, de las casas coloniales. Y allí estoy todavía.” La visita duró más de lo previsto. Los cuadros se amontonaban en el taller, de espaldas a los visitantes. Figari los examinaba antes de mostrarlos y a medida que los colocaba sobre el caballete, hablaba. Victoria diría: “Yo me sentía entrar en esos estados que la música produce cuando nos hundimos en ella como en el mar… fui lanzada así a un océano de imágenes en que flotaba yo sin esfuerzo, siempre a unas pocas brazadas de aquella dulzura en que viví al descubrir el mundo: tiempo perdido, tiempo vuelto a encontrar.”


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Figari trabajaba sobre cartón, con una pincelada en arabescos que da a su pintura esa cualidad de recuerdo momentáneamente rescatado de las profundidades: algo que ha aflorado un instante para sumergirse de nuevo en el agua, atraído por la corriente. Y ese mundo que Figari captura en sus cartones maravilló a Victoria: “Yo ya no estaba en la piecita de una de las tantas casas sin rostro de la calle Charcas, sino en un gran patio lleno de azaleas, de flores del aire en aros colgados de la azotea, de diamelas trepadoras…” Los cartones dispararon sus recuerdos: “Ahí está el patio, con su aljibe en el medio. Juan lo atraviesa llevando en sus manos negras una bandeja de plata con vasos de agua helada”. O bien: “Una negra sentada en una silla baja, atada la cabeza con un pañuelo de color, refriega entre las manos ásperas hojas de papel de estraza para suavizarlas; luego las dobla cuidadosamente y las va amontonando a su lado… La vieja Francisca, en la vieja casa baja de ventanas con rejas, está siempre sentada en una silla de paja y Paul el cocinero negro de la Martinica, se divierte en desplumar pollos, en el umbral de la cocina…”. Volvió también a las historias que solían contarle sus tías: a los desfiles de candombes en Carnaval, a los salones con cortinas de damasco rojo y muebles de caoba repletos de damas de peinetones inauditos. Victoria escribió: “Me gustaban los cuadros por lo que contaban (nunca comprendí mejor que la Argentina y el Uruguay son una misma patria) del pasado de nuestras ciudades”. A tal punto sintoniza Victoria con el pintor que le ofrece hospedarse en Miralrío, la casa sobre las barrancas de San Isidro que ella había alquilado para la estadía de Rabindranath Tagore en 1924, y que luego de la partida del poeta bengalí ha quedado desocupada por unos meses. “La ausencia de un amigo profundamente admirado y querido coincidió con la llegada de un nuevo amigo cuya presencia me traía otras riquezas”, escribe Victoria. Figari aún no conoce el éxito, pero éste no tardará en llegar. En 1926 el pintor le escribe desde París adonde se había mudado un año antes: “El más sorprendido soy yo. Si me hubieran dicho, cuando usted me conoció tan torpe, casi sin habla, que había de andar yo en tales pellejerías, habría pensado que se burlaban de mí. Usted ve, mi buena amiga, que la suerte no anda tan mal ahora. También, era tiempo. Si tarda un poco más la racha, me agarra, no digo en el Panteón ¡qué! ni en la Chacarita…” Pero Figari tuvo tiempo de decir lo que quería decir. Y de decirlo con un dibujo individual, alejado de toda fórmula, en un folklore íntimo que ve en el negro, el gaucho o el compadrito los caracteres esenciales del hombre. Es un mundo que surge del interior del pintor y no como captación de un pintoresquismo vacío. A su muerte en 1938, Figari dejó amontonados en Montevideo dos mil quinientos cartones pintados, un relato de una fuerza creativa única en América Latina. Victoria no había necesitado saber de pintura, de técnica ni de estética, para apreciar “un Figari”. Había intuido desde ese primer encuentro en el austero taller de la calle Charcas, la riqueza y singularidad de la pintura de su amigo uruguayo: “Con su emoción ha escrito usted, querido Figari, su Far away and long ago, sobre cartón, con pinceles”.•

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1. Bailando, 1919. 2. Candombe, s/f. 3. Patio, s/f. 4. Dibujos, s/f.


Cartas de Figari a Victoria Ocampo (Archivo Fundación Sur).

VICTORIA POR FIGARI De pie sobre una pequeña elevación del terreno, Victoria otea el horizonte con sus gemelos. Está concentrada, con la mirada clavada sobre aquello que asoma a la distancia. El clima es agitado: el viento hace ondular su capa verde musgo, pero eso no parece perturbarla. Su postura es la de alguien firmemente plantado sobre la tierra. Por detrás, las nubes azules y arremolinadas cubren el cielo y una hilera de casas blancas titila sobre el río. Figari pintó este retrato al óleo hacia 1924, y en él plasmó la imagen de una mujer estoica y luminosa como un faro en medio de una tormenta. Alguien a quien él concebía “construida en bronce y cristal, como una lámpara”. La pintura se encuentra hoy en la sala de música de Villa Ocampo. Por ese tiempo pintó también otro retrato donde Victoria aparece a los pies de Tagore. Se presume que ambos cuadros fueron realizados durante la estadía de Figari en Miralrío, la casa que Victoria prestó al pintor durante ese caluroso verano luego de la partida del poeta bengalí. Pero recién en 1969, Delia Figari de Herrera, la hija del pintor, le envió los dos retratos a Victoria por medio del Dr. Césareo Villegas Suárez: “Al efecto de exhibirlos si fuera posible y en definitiva obsequiar con uno de ellos a dicha señora, quien elegirá el que más le agrade”.

BIBLIOGRAFÍ A Castillo, Jorge; Figari. XXII Bienal de San Pablo, Buenos Aires: Banco Velox, 1996. Figari, Pedro; cartas inéditas a Victoria Ocampo, archivo Fundación Sur Villa Ocampo. Ocampo, Victoria; “Pedro Figari” en Testimonios. Tercera serie. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1946. Ocampo, Victoria; Tagore en las barrancas de San Isidro, Buenos Aires: Ediciones Fundación Sur, 1961 Ocampo, Victoria; “Cartones de Figari” en Testimonios. Sexta serie (1957-1962), Buenos Aires: Editorial Sur, 1963.

TESTIMONIOS DE VILLA OCAMPO Nº 9 - PEDRO FIGARI. V1, enero 2011. Las tareas de investigación y puesta en valor de la Biblioteca de Villa Ocampo son posibles gracias a la generosa contribución de la Sra. Cristina Khallouf. DISEÑO: SERGIO MANELA / HERNÁN TURINA

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