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INTERNACIONAL

LUNES 7š12š2009

ABC

En Langenthal está la mezquita cuyo minarete fue bloqueado por los vecinos Son 15.000 habitantes que deciden en votación hasta los pasaportes

La mezquita de Langenthal, emplazada en una nave y que generó la polémica de los minaretes al pedir permiso para construir uno

La mayoría, en naves

Suiza tras el «voto de los minaretes»

tes de lograr el permiso. El conocimiento de que había varias solicitudes de alminares pendientes de permiso en Langenthal, Wangen, Will, y de un centro en Wankdorf, en un país con más de 200 mezquitas y 400.000 musulmanes (5 por ciento de la población) desató hace dos años la iniciativa nacionalista antiminarete, que logró ahora la prohibición. Pero con sólo cuatro minaretes en la confederación «es-

tá claro que nadie ha votado por los minaretes, hay un mar de fondo y unos miedos que entendemos y que hay que superar hablando», concede el imán Sadaqat. La Mezquita de Mahmud es la más antigua de Suiza y se rige por la confesión ahmadiya, no integrada en la Federación Islámica y «creada en la India en 1889, por el santo varón Hradhrat Mirza Ghulam», explica su imán. Sadaqat es afable y habla depuradamente el alto ale-

«La relación con la comunidad es ideal», insiste el imán Sadaqat. Rosina Wüst tiene sus ventanas ante el minarete y destaca que «son gente amable, no suscitan cuestión alguna». El vecino Christian Voss admite que «fue atípico al principio, pero hoy mis hijos juegan con los niños que vienen». Más allá de un cierto victimismo, los responsables islámicos creen que es bueno salir del armario. La mayoría de las mezquitas suizas se encuentran escondidas en pequeñas naves abandonadas. Por ejemplo, la mayoría de los habitantes de Winterthur no sabían que en su ciudad se encontraba uno de los cuatro minaretes del país.

los de poder y ascendiente sobre las almas de los creyentes. Algún eco de esas rivalidades ancestrales ha asomado en estos días. Pero no nos engañemos: el debate sobre la prohibición de los alminares, como el de los crucifijos, es animado también por un mismo fundamentalismo laicista que pregona que la religión es un asunto que debe limitarse al estricto ámbito de la vida privada. Un disparate: el islam y el catolicismo son indisociables de su dimensión pública —que no política— en ecclesia (asamblea) o en la umma (comunidad). Vetar esa dimensión es intentar eli-

minar ambas religiones. El fundamentalismo laicista sueña con un mundo en el que la «fiesta de invierno» sustituye a la Navidad y los grandes almacenes en rebajas a las catedrales, donde actores, cineastas y astros del espectáculo ocupan el nuevo santoral y el misterio es erradicado como superchería. En el que el Estado y el mercado sustituirían a Dios. O sea, Hegel de rebajas. Ni almuédanos, ni campanarios, pero nuestros tímpanos serían atronados con las excelencias de la Semana Fantástica y los ecos del telediario. ¿Una exageración? Sin duda, pero este fundamentalis-

mo laicista —a menudo más esnob que convencido— contribuye a alimentar la paranoia del integrista musulmán, que tiende a ver en la moderna cultura occidental una conspiración para eliminar a Dios, erradicar la religión y acabar con el tradicional sistema de valores que sustenta sus vidas. Desde esa paranoia, el fanático islamista cree que su locura terrorista es simple lucha por la supervivencia. Y no se trata de justificar lo injustificable, sino de leer la mente del asesino y los efectos que ciertas frivolidades pueden tener sobre la misma.

«Hacen política con nosotros» Son sólo cuatro los minaretes en Suiza y ninguno está en uso: «Entendemos que los miedos hay que superarlos hablando», dice el imán de la mezquita más antigua de Suiza, la de Zurich, al comentar a ABC el referéndum que ha prohibido nuevos alminares TEXTO Y FOTO RAMIRO VILLAPADIERNA ENVIADO ESPECIAL

LANGENTHAL/ZURICH. En Zurich se encuentra el minarete más antiguo de Suiza, y en Langenthal el que esperaba ser el más nuevo. «Hemos recibido ya permiso en dos ocasiones», protesta su presidente Mutalip Karaademi, explicando un caso que tras el controvertido referéndum queda pendiente. La mezquita de Zurich, en la Forchstrasse, recibió su permiso en 1962, el primero en Suiza, y «los vecinos están acostumbrados, se llevan bien con nosotros y nos aprecian», dice su imán, Ahmed Sadaqat, extremo que confirman la mujer de la pastelería de al lado y el pastor de la iglesia de enfrente. Pero en la pequeña nave de Langenthal, transformada en mezquita y centro cultural albano-macedonio por Karaa-

demi, hubo alguna queja formal y más de una votación en la pequeña comunidad de 15.000 habitantes, donde hasta los nuevos pasaportes se deciden en asamblea vecinal, an-

Alberto Sotillo

MINARETES Y CRUCIFIJOS

L

os minaretes tienen la misma función que los campanarios de las iglesias: llamar a los fieles a la oración. De hecho, unos y otros se influyeron mutuamente y durante siglos rivalizaron como símbo-

mán. Explica que un «minarete es un signo de conexión con Dios, pero también de reconocimiento público». Lamenta que el Partido del Pueblo Suizo (SVP) «haga electoralismo con nuestros sentimientos» y los llame «faros de la yihad». «Una religión que se llama de paz ¿cómo puede crear intranquilidad?», pero la respuesta tal vez deba llegar de cuantos han motivado la pregunta —admite—, entre ellos «algunos islamistas».


Sw091207 Suiza y los minaretes - Hacen politica con nosotros