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DOMINGO 8/5/2005

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8 DE MAYO DE 1945, CAÍDA OFICIAL DEL REICH

Los soldados reparten pan a la población. Una imagen que contrarresta otras bastante más oscuras de la «liberación»

Imágenes eufóricas con los rusos como protagonistas. Moscú se quitaba una espina que no ocultaba sus terribles pérdidas en la guerra: 47 millones de víctimas soviéticas

Españoles en Berlín Vencedores y vencidos Hubo españoles en aquellas horas agónicas en que se hundió el III Reich. Al final de la guerra Gerardo liberó un pueblo alemán, la «Nueve» tomó el Nido del Águila, Palomo estaba preso en Bakú y la Falange en Berlín mutaba del franquismo al vasquismo. RAMIRO VILLAPADIERNA Lugau/Bonn a Ezkerra Einheit de la SS no era Izquierda Unida sino la Unidad Ezkerra, al mando del comandante SS Mikel Ezquerra, que con los cien últimos fanáticos defendió Berlín ante el Ejército Rojo. Hergueta, en cambio, huía del franquismo y acabó preso de los nazis; ayudando a los americanos en la liberación, quedó luego de lado soviético y finalmente en el régimen claustrofóbico de la RDA. Palomo se fue con los fascistas a «proteger Europa del comunismo», vio el fin de la guerra preso en Azerbaiyán y acabó viviendo en democracia, la de la RFA. El indómito teniente Granell, segundo del capitán Dronne en «La Nueve», alcanzó el nido de Hitler para morir en un accidente en Alicante, cuando iba a reclamar su pensión al consulado francés. En aquella guerra en la que no estuvo España, sí hubo en cambio españoles: unos sujetos, otros objetos, predestinados, cruzados o con el pie cambiado, allí estaban y aquí están aún algunos. Cuando la artillería de la US 89 División de Infantería empezó a tirar sobre Lugau, en Sajonia, Gerardo Alonso Hergueta se fue disparado hacia los recién llegados «boys» americanos, para escuchar sólo: «Manito, tiran a tu pueblo, ya te puedes despedir de él». Hergueta dice que hablaba con los soldados «en tejano». Había nacido en Ciudad de México pero, de madre donostiarra, vivió desde niño en Madrid, hasta ser apresado como estudiante en París por la Gestapo, en 1941, y enviado a un

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campo en Lugau, donde ha vivido los últimos 64 años. De hecho él y otros han podido vivir en Lugau porque Hergueta, como es aquí leyenda, salvó la existencia de la ciudad cuyo arrasamiento había sido dictado ya aquella mañana del 5 de mayo de 1945. La misma en que Martín Bernal, oficial de la mítica «Nueve» de la II División Blindada de Leclerc, entraba a lomos de su carro «Don Quijote» en el cuartel general alpino de Hitler, el temido Berghof bajo el Nido del Águila. Aquel grupo heroico, que había entrado el primero en París y había liberado Estrasburgo con su carro «España cañí», sirvió al último arrebato del extraordinario general Leclerc que, a sabiendas de que en Berlín entrarían los rusos, quiso adelantarse con «La Nueve» a los americanos en la segunda sede del Reich, la fortaleza alpina de Berchtesgaden.

Salvando Lugau Al joven Hergueta, que había ido con su mujer embarazada al vecino Gersdorf para encontrar a los americanos, los «boys» le avisaron: «Van a dejar tu pueblo como Lídice», en referencia a un pueblo checo tristemente célebre entonces por haber sido borrado del mapa tras el atentado contra Heydrich. «Supe que la aviación tenía ya el plan de vuelo e iba a bombardear y me fui para el mando americano, suplicándole que pararan, pero el comandante me puso una pistola en la cabeza». Dijo que iba a acabar con todos los nazis «uno por uno, empezando por mí», pero

Estuvieron allí, héroes a contrapelo, en un bando y en otro, con destinos cruzados. No hubo recompensa

Hergueta les aseguró que él mismo era trabajador forzado en una fábrica de munición, lo habían apresado en Francia. Los del batallón 602, que acababan de liberar dos semanas antes el campo de Buchenwald y andaban muy susceptibles con los nazis, le dijeron que sabían que la ciudad estaba llena de SS, que allí cerca estaban ejecutando a prisioneros rusos, eran días caóticos, llenos de renegados del frente, fanáticos de la última hora, pero Hergueta les aseguró «que no, que sólo quedan mujeres, ancianos y niños». Se lo llevaron encañonado, pero le creyeron: «Me subieron a un carro y con otros dos de escolta entramos en Lugau. Yo sabía dónde estaban los últimos soldados, en una colina aquí cerca de casa, con una batería». Y allí llevó a los tres M-18 americanos: «Salí de la escotilla y les grité que o para abajo o para arriba, o sea que, o bajaban o los volaban, y al final bajaron los nueve que quedaban». Y los aliados entraron y Lugau fue salvada, una de pocas ciudades alemanas que acabó la guerra en pie, por un español que nunca obtuvo reconocimiento e incluso sus vecinos se preguntaron por un tiempo si «este extranjero no había sido más un traidor que un salvador». Pero Hergueta quedó al Este del telón de acero, aunque «nunca me hice del partido», con lo que apenas nadie se acordó más de él y, a sus 85 años, está hoy en una silla de ruedas, con una pierna amputada, solo en el corazón de Sajonia, «mi mujer murió ya», e intentando que «la embajada o


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El cabo Juan Palomo, de la División Azul, a su regreso de un campo de prisioneros de Rusia, en 1946 de Granell en «La Nueve», la compañía de Raymond Dronne, emotivamente honrada por éste: «Habían abrazado nuestra causa espontánea y voluntariamente, porque era la causa de la libertad». Unos 400 españoles sirvieron en la 2ª División Blindada de Leclerc y 150 de ellos formaban en «La Nueve», bragados en la guerra de España y en los Corps Francs d'Afrique y muy motivados ideológicamente: la sección 1 y 2, de socialistas y republicanos, la 3 de anarquistas. La mayoría «cayó, sus tumbas jalonan la ruta gloriosa y dolorosa que siguieron desde Normandía a Berchtesgaden; los supervivientes tuvieron el orgullo de terminar la guerra en el santuario del nazismo». RAMIRO VILLAPADIERNA

Sólo quedaron 16 españoles Berlín y un cura vasco fanático, Martín de Arrizubieta, dirige desde últimos del 44 una cruzada nazi-vasquista, que tenía confundidos desde al embajador Mayalde hasta los últimos españoles en la capital. Invocaba que «la salvación (…) está en nosotros, los defensores de un Nuevo Orden», y aseguraba que «si Alemania gana la guerra no deberá respetar la frontera de España» y depondrá a Franco, cuenta Xosé M. Núñez Seixas en «Los últimos de Berlín», donde aborda la función del ex embajador alemán en Madrid, Wilhelm Faupel, retirado a petición de Franco, y al frente del Iberoamerikanisches Institut.

25.000 españoles fueron enviados a Alemania, en 1941, como mano de obra, empujados por la necesidad o el engaño. Muchos combatirían

En el nido del águila Hacia la victoria avanzaban, en cambio, entonces Luis Royo y Manuel Fernández, los últimos supervivientes de los hombres

Un soldado ruso contempla las ruinas de la ciudad

La 1ª Sección, mandada por Federico Moreno, fue la que llegó al Nido del Águila, la 2ª de Martín Bernal «Garcés» la que entró en el Berghof, la sede de gobierno de Hitler en la Fortaleza de los Alpes: ello «lavó todas las afrentas que los republicanos españoles habíamos recibido desde 1936». Ya «tuvimos pocas bajas», decía el sargento-jefe Moreno, pocos podían caer ya: de los 148 españoles desembarcados en Utah Beach, menos de un año antes, sólo quedaban 16 en «La Nueve» el día que acabó la guerra: multiplicaron por diez la media de bajas de la división de Leclerc. El sábado 5 de mayo, el general entraba en Bertchesgaden. Tres días después capitulaba Alemania. Antes un ex jefe de centuria de la CNT se había llevado al parecer unas sábanas con las iniciales de Hitler y Eva Braun.


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8 DE MAYO DE 1945, CAÍDA OFICIAL DEL REICH (Viene de la página anterior)

lo llevaron a ver a La Pasionaria, que «nos dijo: hijos míos», pero «uno le gritó: que yo ya tengo madre». En el campo azerí «no había puertas ni alambradas», la garantía de que nadie escaparía, en pleno invierno, era entregar la ropa por la noche. Pero en verano «un día me dio y salí por la ventana». Cuatro meses después del fin de la guerra y tras una larga marcha, Palomo había alcanzado Budapest y luego el consulado español en Hannover; a finales de octubre, Italia, y partía de Livorno para Algeciras. Pero «no me adapté», como divisionario pidió trabajar en la policía y lo mandaron a Barcelona, «al barrio chino y yo no había escapado de Rusia para detener prostitutas». Terminó regresando a Alemania en 1949, donde encontró a su mujer y a su hijo y se ha quedado aquí medio siglo, pero entre sus fotos la primera es una de Franco. Unos 45.000 españoles lucharon entre 1941 y 1944 al lado de Hitler y/o contra el comunismo, con un número extraordinariamente alto de muertes (10 por ciento) y bajas (56 por ciento). Además «la relación con los alemanes no era fácil y terminamos haciendo lo que queríamos». Hitler llamó a los divisionarios «andrajosos e indisciplinados, pero impávidos y duros para las privaciones», como demostraron en Leningrado pero aún más en la operación del lago Ilmen, donde sufrieron un 90 por ciento de bajas para liberar a 500 alemanes.

Bochorno del régimen «Otro grupo español en los últimos días de la Alemania nazi era la mano de obra, 25.000 llegados en 1941, al principio de la guerra, por necesidad o engañados», recuerda el historiador Antonio Muñoz Sánchez, que cita la obra «Los esclavos españoles de Hitler». «Algunos de aquellos «trabajadores» terminaron por alistarse luego» en formaciones militares, para bochorno de las promesas de no injerencia que había hecho Franco a los aliados. España había declarado oficialmente su neutralidad en 1943 y repatrió la División Azul, pero desde últimos del 43 cientos —según Carlos Caballero Jurado— se alistaban por libre, o por la Falange, en el brazo militar de la SS (compañías 101 y 102, y Leon Degrelle) y en el ejército regular (Wehrmacht), donde se creó una Legión Española. De ellos, 400 fueron entrenados en Stablack, en Prusia Oriental, y 150 formaron el Batallón Fantasma, ignorando órdenes de Madrid y mandados por el capitán Wolfgang Graefe. Fernando Vadillo, que estuvo con ellos, los ha retratado en «Los Irreductibles». Esto y las pruebas presentadas por diplomáticos aliados, sobre miembros en la Gestapo, comprometieron mucho al régimen español y, aunque Exteriores alegó

Gerardo Alonso Hergueta contempla Lugau, el pueblo que salvó negociando con los americanos. Sueña con volver a España otra vez

Españoles de «La Nueve». Con kepis francés, el sargento Federico Moreno

que tales números serían ridículos frente a los miles alistados con los aliados, ello fue determinante para el boicot posterior. Pero mientras un Franco, que en 1942 proclamó que «un millón de españoles defenderían Berlín» de ser necesario, se transmutaba en aliado, la Falange de José Luis Arrese realizaba un giro hacia el nazismo y, chapoteando en el carlismo, viraba en el caso de su misión en Berlín hacia una mezcla de iluminado antifranquismo y separatismo vasco. En la capital alemana, cundía el pánico ante el asalto ruso, pero no entre todos: un grupo de irreductibles vascos permanecen en la semi derruida sede de Falange, junto a Nollendorf Platz. Si Franco se veía antinazi, allí la Falange se nazificó hasta el antifranquismo: Ezquerra recluta al último centenar dispuestos a defender


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Imágenes de soldados soviéticos en las fechas anteriores a la caída de la capital alemana. Estos días se recuerda la gesta en Rusia por todo lo alto

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Una muchacha soldado soviética. Muchos rostros femeninos, sonrientes, frescos y saludables componen la propaganda más amable del momento

alguien» le dé la oportunidad «de ver España por última vez. A ver si alguien que le lea…»

Palomo, rebautizado De tercer infarto anda a su vez Juan Palomo en Bonn, un divisionario de Zarautz pero nacido en Ceuta: «De la primera expedición. Entramos en Leningrado pero nos echaron pronto», dice. Entre los que echaron a Palomo y a los suyos figuraban, combatiendo con el Ejército Rojo, también españoles como el curtidísimo Ramón Moreira, Luis Fernández Álvarez, Carmen Marón Fernández, Celestino Fernández-Miranda o Ermelina Llana, luego condecorados. Hubo miles de españoles más en una guerra en que España no estaba: de Dunquerque a la Resistencia, escribe Secundino Serrano en «La última gesta», porque la mayoría combatió con los aliados exceptuando la División Azul. De ésta y al margen de la primera expedición —tan estudiantil e ideologizada— parece probado tanto el arrojo como la escasa seriedad de muchos combatientes españoles. El historiador Xavier Moreno ha calificado la División como «hija de nuestra guerra» y muchos la vieron continuación de la misma y una oportunidad para devolver la visita a los soviéticos. Iban, venían, «dormíamos en los nichos de los cementerios por el frío», cuenta en Bonn Palomo; cuando en 1942 conoció a su mujer en el Rin y en un baile la dejó embarazada, estaba con un permiso de un mes, «pero me quedé cuatro, eran las fiestas. Creí que me sancionarían, pero no». Una noche un cura renano los «rebautizó y casó» a un tiempo, ya que no tenían partidas de bautismo. Palomo habla de su «aventura» y sus «amigos: con el gitano éramos siete», del robo en una pastelería polaca y del tabaco que le sacó a un guardia soviético a cambio de un agua de colonia, «diciéndole que era coñac español». A últimos del 43, cuando iba a ser disuelta la División, «en una trinchera helada» lo apresaron. Estuvo en un campo de trabajo y dice que un día

Un soldado ruso coloca la bandera soviética en el Reichstag. La acción se repitió para la foto en un «posado» posterior al momento real a fin de que adquiriera la calidad dramática que exigía la propaganda soviética.

FOTOS: NOVOSTI

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