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ABC

Los sábados de ABC

SÁBADO 24/12/2005

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EL GUINDO

La princesa Filippa Sayn-Wittgenstein. A la derecha, sus padres, bajo un retrato de su hija, a la que han «redescubierto» a partir de un diario sorprendente po, no demasiado disipada entre amigos, es la que dio a Filippa mucho tiempo para ella misma, para leer, reflexionar. También orar». Parece que eso le gustaba, y lamentaba que hoy se viviera sin tiempo para rezar ni agradecer nada: «Admiraba a los musulmanes por rezar varias veces al día». En algunas páginas critica las misas como insulsas. «¡¡¡Me aburro!!!», grita, «tal vez sea por la falta de amor en la Iglesia de nuestro país». Estima que «a nuestra Iglesia le falta profundidad y altura» comparada con la espiritualidad en

Sus padres han creado un premio que convierta su recuerdo en algo útil para la sociedad

los monasterios griegos y anota que ha presenciado una Pascua «en arameo. Fue grande y bonito». En cambio, cree que «en la Iglesia hoy se intenta explicarlo todo y tener pruebas de todo». Eso no le interesa. La novela de Gaarder «El mundo de Sofía» la empujó a la filosofía y la hizo «muy crítica consigo misma». Pero era a la vez submarinista, fotógrafa, pintora, muy de mundo y nada beata, radical y aseguran que tronchante. En las paredes de Sayn se ve que pintaba bien. «Era apasionada, quería saber de vinos, de plantas, vivir de lo que cosechaba», y hablaba varios idiomas: anota los diarios en alemán, inglés, italiano y español. Su vitalidad contrasta con una curiosa distancia: «Si me voy pronto... sabed que he intentado hacer las cosas bien. A menudo no lo conseguí. Hacedlo ahora vosotros por mí». Y «vivid para Dios, para poder vivir para vosotros, pues Dios está en vosotros».

Útil para los jóvenes Entre suspensos y planes de fin de semana, duda: «Somos infinitamente menores que Dios... pero luego pienso que hemos sido creados a su imagen... no podemos ser tan pequeños, de lo contrario Dios no nos querría tanto». Y cuenta sus juergas y ligues o relee lo escrito y lo tacha: «¡Vaya caca!». La posibilidad de releer y la pequeña disciplina que impone «hace del diario algo útil para los jóvenes», añade la madre de Filippa sobre un libro que ha vendido 40.000 ejemplares en Alemania. (En España «El ángel de Filippa» lo ha publicado Editorial Palabra). «Días antes de su boda —explica la princesa Gabriela—, me repetía que quería tanto a

su novio que, si un día la veíamos cansada o frustrada, decía: recordadme que en realidad soy inmensamente feliz». En otra página reflexiona: «La muerte no es importante... es mi alma la que ama» y «por eso el amor no muere». Ella se enamora de continuo: «Lo he conocido y esta vez no es un americano, ni un austríaco, ni un español, pero es él», y reflexiona sobre la fidelidad: «¿Por qué tu alma no va a poder ser fiel a otra alma a la que ama?». Ve ahí incluso el origen del voto religioso. Pero le molesta que «algunos cristianos se sientan tan importantes» y no se perturba cuando «alguien dice haber descubierto que Jesús tuvo dos mujeres y tres hijos». Ella respondía: «Bien, ¿y qué cambiaría eso su maravilloso mensaje?». En una ocasión en que puede saludar a Juan Pablo II anota que le tiemblan las rodillas y que «llevo un vestido de Zara». Hay días en que se la ve prometerse cosas —el carné de conducir, dejar el tabaco— y fallar —«I feel like shit»— y perseverar, lo que salpica con sus «cuelgues» por un chico y simultáneamente por otro y aun por otro: «Tengo triple personalidad»; y rememora fiestas en que se imagina «haber hecho mucho el burro». En la última página de un diario en el que ha anotado diez años de su juventud, se declara por fin «inenarrablemente enamorada», dispuesta «a una entrega total», y anuncia su boda con el conde italiano Vittorio Mazzetti d'Albertis. Entonces concluye en italiano con San Agustín: «Ama, e fai quel che vuoi» (ama y haz lo que quieras). Antes ha dejado dicho: «Hasta que nos volvamos a ver, que os proteja Dios, que me ha dado tanta alegría en esta vida». Sobre cómo se acostumbra uno a perder un ángel, su madre dice: «No preocuparse, uno recibe la fuerza en el momento». En el funeral, «el cura dijo: no le preguntéis a Dios por qué, ya os hará él ir viéndolo». Gabriela dice que comprende que «la vida es sólo un regreso a casa», y el diario muestra que Filippa «se fue sabiendo que ese día iría al mejor sitio que pudiera imaginar», añade el príncipe, quien reconoce al menos una inquietud menos por su impetuosa hija: «Ahora creo que mejor no le puede ir».

Fundación y Premio: www.stiftung-filippas-engel.de

MÓNICA F. ACEYTUNO

PARAR EN «LA PESETA» o puedo pasar por Astorga sin parar en «La Peseta». Es superior a mí. Me digo que aún me queda mucho camino por delante, que total, en una gasolinera perderé menos tiempo. Pero no puedo pasar por Astorga sin imaginar que tal vez estarán haciendo esa menestra que llaman «panaché de verduras» y que tiene, me parece, un poco de berza y de pimiento rojo, además de judías verdes muy bien partidas y en su justo punto de cocción. A veces, llego tan temprano que aún no la tienen hecha y cuando me dicen que no hay menestra mi cara de decepción es tan evidente que añaden: «No hay menestra, pero se hace ahora mismo». Yo no sé si en este restaurante saben cómo se agradecen estas cosas en un mundo en el que parece que tienes que pedir perdón por entrar en uno de esos bares modernos e impersonales que hay junto a las gasolineras y que no sólo, siendo nuevos, están sucios e inmundos, sino que te tratan mal y te dan, más bien te la tiran, una croqueta fría y medio descongelada al microondas, y entonces te parece que en aquel lugar y en aquella comida se resumen los males del mundo, que tal vez las grandes desgracias humanas no son más que un cúmulo de cosas hechas de cualquier manera. Lo curioso es que sales y tienen todo muy adornado, con luces de colores y papás noeles por la fachada. No sé qué celebran. Seguro que se ahorra tiempo parando en estos sitios, pero se pierde amargamente lo hermoso que vimos por el camino, los castañares con las hojas por el suelo, el vuelo de los milanos reales de cola ahorquillada y colores claros bajo las alas, o alguna temprana cigüeña. Entro por Astorga, y ya sé que voy a perderme, que incluso está ahora muy difícil aparcar por las obras de la plaza, pero llegas a «La Peseta» y te sonríen, y te atienden enseguida, y te escuchan y te tratan como a un señor o una señora, y te sirven y te cobran y, antes de salir, te dan las gracias. Todo está bien: el agua fría, el mantel blanco, el panaché de verduras. Ojalá alcance yo algún día el grado de excelencia que tiene esta menestra. Escribir, con la ayuda de Dios, palabras que sepan a Gloria. Feliz Navidad. Feliz Año Nuevo.

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