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SÁBADO 4/2/2006

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El regreso del cabaret Desde que el rock se volvió aburrido, se olvida que hubo un tiempo en que la música podía ser peligrosa, la letra satírica y el gesto transgresor. La obra clave de este género se representa por primera vez en Berlín POR RAMIRO VILLAPADIERNA

L

Este cartel anuncia «Cabaret», que se estrena por primera vez en Berlín: (http://cabaret -berlin.de)

a capital más identificada probablemente con un género y una sola canción nunca llegó a ver representada «Cabaret». A los 40 años de su estreno en Broadway la ha montado un singular café-teatro, una carpa frágil en pleno centro del moderno Berlín llamado Bar Jeder Vernunft (un nombre irracional con demasiadas traducciones) y que trae lo mejor de aquella capital del mundo del frenesí y la tolerancia que sucumbió a sí misma y jamás se ha recuperado de la mortal resaca. «Cabaret», sobre la novela de Isherwood y el montaje de Masteroff, es un viaje con lección de historia para iniciados y no tanto, hacia un tiempo europeo en que se saludaba, se entretenía y se insultaba al «irrespetable público» en varios idiomas: «Willkommen, bienvenue, welcome». Bajo la trasgresora noche de un Berlín que huía de la crisis entregado al placer, el nazismo penetra una sociedad disipada y cambiante y propone una ruptura más, un orden nuevo más, para una sociedad sin prejuicios —hasta sin principios— un hombre nuevo, muy alemán y muy definitivo. Canciones como «Money makes the World go around», «Mein Herr» o «Maybe this Time» han hecho de «Cabaret» uno de los musicales por antonomasia, pero volver a oír las (Pasa a la página siguiente)


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EL REGRESO DEL CABARET

(Viene de la página anterior)

frases que explican la llegada, aquí inadvertida, allí cómplice, del nazismo revelan el tragicómico torpedo político de este género: «Esto pasará», «mire, conozco bien a los alemanes y no...», «en unos meses gano un poco más de dinero y me voy», «yo no podría vivir lejos de Berlín», «pues los judíos que hayan hecho algo que se vayan».

Literatura política Pocas obras habrán intentado describir en género musical —y con tal éxito— la emergencia de uno de los momentos más negros del hombre contemporáneo, como el montaje de 1966 de Masteroff que llevó Bob Fosse en 1972 al cine. Pero ésa es, redundantemente, la venganza última del cabaret, cuya arte moral para el sarcasmo risueño y la cruel interpretación cotidiana aún no había muerto al terminar la guerra en muchos de los sucesores del «Schall und Rauch» de Max Reinhardt. De hecho, el montaje fue un gesto de colegas para ayudar económicamente al decaído escritor Christoph Isherwood (1904 -1986), el guionista Joe Masteroff se rodeó de emigrados en Nueva York y la viuda de Kurt Weill, Lotte Lenya, fue la originaria «Fräulein Schneider». «Cabaret» viene de tasca en francés, de los platillos de picar que en ellos se compartían y donde, similarmente, los có-

Bienvenidos al Kit Kat Klub J. I. GARCÍA GARZÓN Willkommen, bienvenues, welcome. Pasen y vean, el Kit Kat Klub abre sus puertas. El carnaval de los sueños rotos, de las ilusiones maltrechas y los monstruos acechantes se reanuda un día más en el Nuevo Teatro Alcalá de Madrid por tercera temporada consecutiva. Emcee, el maestro de ceremonias que encarna Armando Pita, da la bienvenida al público, que viaja en el túnel del tiempo hasta la Alemania de los años treinta. El espectáculo concebido por Sam Mendes y codirigido y coreografiado por Rob Marshall es de formidable contundencia escénica y de inquietante trasfondo moral; el final de la función es en este sentido sobrecogedor. Minuciosamente montado con los parámetros de calidad de sus versiones de Londres y Broadway, el «Cabaret» del Nuevo Alcalá es de primera categoría. En el plano interpretativo, Natalia Millán es una espléndida Sally Bowles, la cantante de un cabaret de mala muerte muy baqueteada por la vida y que, por un momento, cree que las cosas pueden cambiar.

micos salpimentaban brevemente sus ensayos ante una concurrencia beoda y disipada, antes de intentar el escenario. Rodolphe Salís abrió el primero en 1880 —«Le Chat Noir» de París— pero desde el primero alemán, el «Überbrettl» de von Wolzogen, el «Kabarett» adquirió un distintivo carácter alemán, con variantes «poético-literaria» y «satírico-política», hasta el punto de que Kurt Weill ha sido probablemente su mayor autor musical, la cantante Ute Lemper es hoy su insigne apostol y, «Cabaret», la obra y el filme que identifican el género con Berlín. Pero el cabaret alemán na-

La capital más identificada probablemente con un género y una sola canción nunca llegó en realidad a ver representada «Cabaret»

ció en el sur, en Múnich y su eje cultural con Viena y Zürich (el «Cabaret Voltaire» de Hugo Ball). El distrito bohemio de Schwabing ha sido cuna literaria para Wedekind, Tucholsky, Brecht, Mehring o Kästner, con antros como el «Elf Scharfrichter» o el «Simplicissmus», donde Isadora Duncan se sintió espoleada y se desnudó sobre una mesa. En la esquina de la Motzstraße con la Kalckreuthstr. de Berlín, donde el barrio de Schöneberg se sumerge en el claroscuro noctámbulo del que era vecina Marlene Dietrich, se halla «Eldorado», el club donde el frustrado escri-


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La vida es un cabaret

Natalia Millán, en la representación madrileña de «Cabaret». A la derecha, un cartel inglés. En la otra página, Liza Minelli

La obra sigue siendo un aguijón en el escenario de Berlín tor Isherwood gastaba sus noches berlinesas de opio y ginebra con una rica aventurera inglesa metida a corista, Jean Ross, tal como plasmó en su crepuscular «Adiós a Berlín». «Eldorado» sería por escrito el «Kit Kat Klub» y, Ross, la cantante Sally Bowles. En reacción al costumbrismo guillermino y a la desestructuración de la derrota, Berlín se convirtió en los años 20 en la ciudad más liberal del mundo y el San Francisco europeo de los homosexuales, que desembarcaban felices de sumegirse en el vivaz anonimato metropolitano. El nombre de «Eldorado» denotaba el

Pocas obras habrán intentado describir en género musical la emergencia de uno de los momentos más negros del hombre contemporáneo

La mediatización de la cultura y la sucesiva «conquista de la realidad por parte del entretenimiento» —en título de Neal Gabler— ha derivado en pretensión de vivir a ratos la vida como en una película; o como cantaba Sally Bowles «en un cabaret». Ello promueve la «glamourización» de momentos ya visionados en la mente o tal vez robados a esos filmes de época perfectos; o tan sensuales que había tiempo para la laca, cuidar la raya de un pantalón o alinear unas medias: La prisa es enemiga de lo sexy y, salvo para los entomólogos, lo sexy no es natural y debe ser preparado artificialmente, a saber: en la nueva cadena «fashionista» de la hija de Sonia Rykiel. Hoy Beyoncé se sueña más bien Gilda que Susan Sontag, Penélope adopta un «charme» menos de barrio que Victoria Abril pese a venir del mismo; y Nicole Kidman reina indiscutida sobre el glamour global desde ¿su corista de «Moulin Rouge»? De ahí la pin-up Dita von Tease, las Wau Wau Sisters, la fiebre en L.A. de las Pussycat Dolls, o más de casa el mordaz cabaret de Antonia San Juan. Arrecia la nostalgia sobre la cultura pop, junto a un revivalismo musical que, o supone que antes se componía mejor, o ante el vacío busca nuevos dividendos de éxitos pasados. Y el revival es la factura en el rostro de la apresurada ruptura cultural del 68: un sujetador no es que no deba ser, es que debe ser y además sexy. Y así con el recurso a Sinatra, el regreso de Fendi, Lacoste, el champán, el diván, la copa y la manicura. ¿Y la protesta? El género «burlesque» y Marlene Dietrich lo hacían mejor que Ramoncín. Serás revisionista o antiilustrado, pero la razón ya sufrió su duro bache en Auschwitz: el mismo que había cerrado los cabarets. Tal vez el retorno de lo retro sea la búsqueda sin complejos de una calidad irracional perdida.

mito hallado por quienes habían malvivido ocultos a su medio: el neón lanzaba al aún precabido «¡aquí estamos!» y «¡aquí se puede!». En Berlín más de un centenar de «bares para hombres» y decenas «de mujeres» estaban registrados con la policía, describe en 1928 Ruth Margarete Roellig, otra visitante. Pero «Eldorado» era sobre todo centro del travestismo berlinés, como reflejó en sus pinturas Otto Dix. En este local precisamente creó dicho término en 1915 el doctor Magnus Hirschfeld, autor de la teoría del «tercer sexo» y del Instituto de Sexología de Berlín. Y si algo encarna la equívoca ambigüedad del cabaret más que la liga irreverente es el travestismo total del «conférencier», un maestro de ceremonias culto, que canta, baila y se dirigía e insultaba en verso y en distintos idiomas al público —«señoras, bastante que las vea comer, pero eviten que las oiga», se oyó una vez a Grunbaum en el Kabarett der Komiker. Y aún debe ser tan ducho en la actualidad como para improvisar según la temperatura emocional y política de la audiencia, hasta el caso célebre

Ute Lemper (arriba), es una imagen clásica del cabaret alemán. Sobre estas líneas, Salma Hayek, vestida a tono con la moda «sexy y retro», lo mismo que la modelo Laetita Casta (debajo)

de Paul Nikolaus, que comentaba ya las noticias del día siguiente; o Werner Finck, que no paró de insultar a los nazis hasta que se lo llevaron y le cerraron «Die Katakombe». «Eldorado» fue uno de los primeros que precintó Hitler y la biblioteca de Hirschfeld ardió en la plaza de la Ópera. Último sarcasmo, el régimen estableció en «Eldorado» un centro de propaganda nacional-socialista. El fascismo envió a muchos a los campos, al exilio o al suicidio. Tras la guerra el cabaret fue potenciado como autocrítica por las potencias, emergieron los «Tolleranten» y los «Kommödchen» y la televisión ha dado espacio

a vacas sagradas como Dieter Hildebrandt («Noticias de provincias»), Wolfgang Neuss, Hüsch o Lemper y nuevas voces como Beltz y Richling, capaces de sobrevivir al boom de la comedia. El «Bar jeder Vernunft»es una iniciativa cultural con padrinos como Wim Wenders, donde se ha visto a Ute Lemper o Randy Newman, recuperaciones legendarias como «Im Weißen Rößl am Wolfgangsee» o este «Cabaret» montado por el prestigiado Vincent Paterson («Evita», «Lenny») en el lugar donde solía: un Berlín deudor de un tiempo en que al pluralismo y la diversidad se llamaba simplemente «varieté».

D060206 El regreso del cabaret  

Desde que el rock se volvió aburrido, se olvida que hubo un NOS OFRECEN AHORA LA UN PORTAL CON TODO LO EN ABC DIGITAL, HOYMOTOR, LA PRESIDEN...