Issuu on Google+

Autora: Noemí Trujillo Ganadora del XXIV Certamen de Relat Breu Ciutat de Viladecans Presidenta de la Asociación Cultural y Artística ANCEO (http://anceo.blogspot.com/) Capítulo 1: Mejor no te cuento Después de comerse un cocido en pleno mes de julio uno está terminantemente decidido a quedarse en casa, quitarse los calzones, ponerse la radio, abrir la ventana y echarse una siesta que ayude a hacer la digestión. Trabajar en el turno de tarde es una canallada.Y más cuando ahora, con el calorcito, la mujer te dice eso de : “vamos a aprovechar que hace bueno para ir a la playa y como tengo la comida hecha y tú no entras hasta las tres, pues nos pasamos la mañana en la playa, divinamente…” Y claro, si uno le dice a la mujer que se coja el autobús, el VB4 que la deja justito en la playa, y que vuelva cuando ella quiera colorá como una langosta pues pierde muchos puntos. Y ahora con lo del divorcio express se ha puesto la cosa muy “malamente” para que la mujer te diga que no nos entendemos y que cada uno por su lado. Así que por poco que me apetezca y aún con el gustito del chorizo en la boca me pongo mi traje gris y cojo el pesado manojo de llaves dispuesto a abrir las puertas de la biblioteca. Ahora como no hay colegio y con la crisis que está dejando el país en la ruina, a todo el mundo le ha dado por ir a la biblioteca. Antes de abrir ya tengo gente en la puerta, esperando y mirando el reloj como poniéndome una falta por llegar cinco minutos tarde. Y eso que ahora han puesto una caja en la entrada para devolver los libros. Otra llave más para el manojo. No entiendo cómo en la era en la que vivimos, tan avanzada, tan informatizada, los conserjes tenemos que seguir llevando estos manojos de llaves. ¿No saben hacer llaves maestras? Con el húmedo calor de este mes de julio, a las tres y cinco de la tarde, el dichoso manojo de llaves pesa como un muerto.Y mientras me pongo mi traje gris y cojo el manojo de llaves siempre pienso en la pregunta de Murcia. Define Murcia. Eso nos preguntaron en las oposiciones, define Murcia. Y todos los niños universitarios que estaban en Can Calderón examinándose conmigo, con sus camisas planchaditas y su fresco olor a colonia se echan a temblar porque llevan años estudiando la constitución y el estatuto de autonomía de Cataluña y la ley de procedimiento administrativo y son incapaces de razonar una definición para la ciudad de Murcia. Todas las tardes, después de comer, me arrepiento de mis conocimientos de geografía española. Y hoy con más motivo que nunca porque anoche a la salida, me fui de copas con una rubia guapa y hoy me he despertado sin un céntimo y con una resaca terrible.


Autor: Federico Gay (pseudónimo)

Capítulo 2: Un carca con mucho fuelle Pero lo que me mata de verdad y además hace que odie la llegada del verano es el cocido completito que pone mi mujer en pleno mes de julio. Por descontado que sabe que me cae fatal en los meses del año que llevan erre. ¡Digo si lo sabe! Lo que ocurre es que está al tanto de mis escarceos sexuales a la salida del trabajo, y aunque se lo he explicado mil veces hasta en sánscrito, no acaba de comprender que yo necesite más de una hembra para aplacar mi fogosidad natural. Y con estas pequeñeces de la comida, y con otras que me callo, mire usted, es con lo que se venga. Si tendrá mala idea. ¿Y qué puedo hacer yo si mi madre me parió así? ¿Acaso no la tengo a ella siempre bien servida la primera? Lo malo va a ser cuando me jubile, que será para dentro de dos añitos. Ahí me quiero ver. O, mejor dicho, ahí no me quisiera ver. Entonces va a ser más que imposible lo de escaquearme, la voy a llevar cosida a todas horas a los pantalones como si fuera una etiquetita, sólo que de carne y hueso. Sobre todo de carne, porque es lo que me enamoró de ella nada más la vi en la disco: esos kilitos de más donde poder agarrarse uno sin miedo a despeñarse por el lateral de la cama. Ay, ya me lo estoy imaginando. Pero tiene que aceptar algún día que a mí me gusta que me practiquen la felatio, como se dice en plan fino. Ella se ha negado rotundamente a esto desde la misma noche de bodas en que apenas si lo intentó, y porque la obligué. Es una mojigata, una meapilas. Eso sí, su cocido se merece unas cuantas estrellitas Michelín, en esto le da sopas con onda al Adriá, por mucho perifollo que se gaste. Ay, dichoso trabajo este mío de la biblioteca, la cantidad de tías buenas que pasan a diario delante de mis narices. Y todas con esa carita de insatisfechas, pobrecillas. Por eso vienen en busca de los libros, para olvidar, para salirse de la triste realidad en la que viven. Yo haría igual. ¡Lo que darían por estar en el lugar de mi mujer!… La muy desagradecida. Lo acabo de decidir, voy a solicitar el turno de mañana, mi rubiaca se merece que la lleve al cine de vez en cuando, y a pasear a la caída de la tarde por la Barceloneta, y... Claro, esto me costará el divorcio con toda seguridad, pero lo uno por lo otro, como decía aquel. Me convertiré en el rey del Raval, y los kiwis de todo pelaje se rendirán a mis pies. Pero vamos, de momento son sólo ganas de soñar.


Autora: Mónica González de la Cuadra

Capítulo 3: Se despierta el monstruo Está siendo complicado estudiar esta tarde. El viejo verde del conserje no deja de mirarme con esa sonrisa torcida de autosuficiencia. Cada día igual, desde hace dos semanas, las mismas que llevo viniendo a la biblioteca por la tarde. ¿Quién me mandaría a mí a aceptar el trabajo en la panadería del barrio? Con lo cómoda que me he sentido siempre en este lugar: la luz, el silencio... y por la tarde, a la playita. Desde que trabajo por las mañanas, se acabó. Cocer pan por la mañana, hincar codos por la tarde. Y por eso me tengo que encontrar día sí y día también con este personaje que parece sacado de una peli de Pajares y Esteso. Nunca es puntual, todos los días llega tarde, pero... ¿acaso tiene prisa? Nunca. Viene analizando con parsimonia cada llave antes de utilizarla en su correspondiente cerradura. Se sube el pantalón, escupe, mira otra llave... ¿No debería conocérselas ya de memoria? Acaba con mi paciencia... ¡Algún día se las quitaré de la mano y abriré yo! Si es que primero no me detienen los mossos por clavárselas... Más vale que deje de pensar en él y me centre. A ver... ¿qué toca hoy? Ah, sí. Política Internacional Europea. Estoy siguiendo un muy cuidado plan de estudios para no caer en el mismo error de cada año: dejarlo todo para el último momento. Y hoy toca política. No está mal, el día que toca Economía de España y Cataluña es insufrible. Durante un rato, me dedico a estudiar los pormenores del nacimiento de la Comunidad Económica Europea. Realmente interesante. Oh, no. Ahí está otra vez. No sé por qué me ha dado por levantar la vista justo ahora... últimamente, siempre que me cruzo con su mirada, me guiña un ojo. Como si no fuera suficiente martirio tener que pasarme el verano estudiando, encima me tiene que salir este incansable admirador de sudor choricero y pelo relamido. Aunque no tengo la exclusiva, su mirada babeante elige un objetivo distinto cada pocos minutos. Ahora le ha tocado a la chica pelirroja que está mirando los CDs. Por suerte, ella no se está dando cuenta de que le está haciendo un repaso visual a toda su anatomía. Vuelvo a mis apuntes asqueada. Hace dos semanas que sé que tengo un monstruo de salvajes instintos asesinos que se remueve cada vez que este conserje carca anda cerca. Más vale que no lo alimente con más imágenes sádicas, podría querer escaparse y yo soy una buena chica. Vuelvo al Tratado de Roma, pero ahora sé que mi monstruo ya está despierto hoy. No es para tanto, mientras se quede dentro, ¿no?


Autor: Javier del Hoyo

Capítulo 4: Inshallah Aquí estoy de nuevo. Inshallah. En este largo sueño que se acaba. Siete años, y este es el último. Yo, Karkhassa Lessen, ya tengo catorce años. Estos dos meses en Cataluña, julio y agosto, sólo los podemos disfrutar los niños/as saharauis entre los siete y los catorce años. Me parece mentira, ya soy una mujercita y no me he dado ni cuenta. Con la solidaridad de esta tierra me he podido desarrollar saludablemente. Las gafas, la ortodoncia y mi nueva visión del mundo proceden de aquí. La fruta fresca y la verdura también han ayudado. En Tindouf, en el Sahara argelino, no tenemos muchas oportunidades de probarla. Y el Mar. Y el agua. La abundancia de agua. Para beber y bañarse. Para abrir los grifos y dejarla correr. Se está bien aquí, en la biblioteca municipal. El aire acondicionado resulta agradable después del sofoco de un largo día de playa. Echaré de menos los casales del mes de julio; y a Gabi y a los demás monitores. La bibliotecaria que hoy cuenta los cuentos es muy divertida. Siempre lo es. Se llama Mar. A mi lado, mis hermanas de la familia de acogida, Elena Y Clara, me hacen sentir querida y privilegiada. Ellas y sus padres y toda su familia y amigos han sido muy buenos y pacientes conmigo todos estos veranos. El cuento habla de una casa y de sus paredes y sus puertas y sus ventanas. Este año hay crisis, eso dicen los amables señores del ayuntamiento. Por esa razón solamente han venido tres niños más este año. Dos niñas, Fatimetou y Suade y un niño, Ouleida. Para todos ellos es la primera vez ¡Son tan pequeños! Míralos, engullen todo lo que ven, aprenden y sienten con los ojos del alma. Con glotonería. A través de la mampara acristalada veo al señor de las llaves. El conserje. No ha cambiado mucho desde que lo vengo observando. Sus llaves. Es curioso como parece asociar cada llave a un tipo de mujer. Porque se pasa la tarde mirándolas descaradamente. Sus llaves. La larga y dorada la manosea cuando mira a las chicas altas y rubias; la más esbelta, esa con el capuchón rojo de plástico, la toca y retoca cuando admira a una pelirroja; la llave maestra de las salas la soba al detectar a las mujeronas morenas y opulentas; y este año observo que hay una nueva llave, una pequeña y ancha, esta está reservada a la chica baja y delgaducha de la mesa del fondo. La panadera de la esquina. Antes ni se daba cuenta siquiera que existía. Es curioso. Espero que nunca posea una llave oscura y revirada. Mañana es la gran fiesta de despedida. En la plaza. Música, danza, puestos de venta solidarios, trenzas, tatuajes de henna. En fin, una larga y agradable noche de despedida.


Resulta irónico, si algo me llevaría a mi tierra serían las llaves. Llaves como casas, como paredes; para abrir ciertas puertas; para que, a través de las ventanas del corazón de los hombres, entrara el aire nuevo de la libertad y de la esperanza de mi pueblo. Y el Mar, también me llevaría el Mar. Inshallah.


Autora: Mónica González de la Cuadra.

Capítulo 5: Entablando conversación Es hora de hacer un pequeño descanso, me tomaré un café en la máquina del vestíbulo, a ver si me despejo un poco. Además, el conserje vuelve a pasearse por aquí, prefiero perderlo un rato de mi vista. Esta tarde aparece por aquí menos que de costumbre, pero prefiero tenerlo controlado a encontrármelo de repente. No entiendo por qué me repulsa tanto, viejos verdes te los encuentras a patadas, sobre todo en verano. Me dirijo primero al baño y luego a tomar ese café que me he prometido a mí misma. En la mesa, al lado de la máquina me encuentro con la chica saharaui que viene algunas tardes a escuchar a la cuenta-cuentos de la biblioteca. No la conozco, pero tiene una cara agradable y se la ve feliz. Cuando pienso en los problemas que tienen estas niñas para crecer en sus países, me entran ganas de pegarme por lo egoísta que soy quejándome de mi tedioso verano y de las recuperaciones de septiembre. Mientras me acerco a ella, la estudio: es muy guapa, no me había fijado antes. Tiene unos hermosos ojos negros, grandes y muy vivos, en una cara que está dejando atrás la infancia. Es muy alta, más que yo, desde luego. Parece de sonrisa fácil, alegre, pero detrás de sus ojos veo cierta tristeza. Seguro que pronto tendrá que dejar a su familia de acogida. - Hola, ¡qué calor hace!, ¿verdad? – idiota, utilizar el tiempo para iniciar una conversación es de lo más estúpido y sobado. ¿No se te ha ocurrido nada más original? – Te veo muchas tardes por aquí, ¿cómo te llamas? - Ah... hola. Me llamo Karkhassa, es un poco difícil de pronunciar para vosotros, ¿no? – habla un castellano perfecto, con un encantador acento africano. - Vaya, sí que es un poco difícil, Karkhassa, ¿lo he dicho bien? Yo soy Martina, encantada. ¿Quieres un café conmigo? - No, no tomó café, gracias. Estoy esperando a mis hermanas de acogida, ya ha terminado la hora de los cuentos. – Se mira el reloj, aunque no parece impaciente. - Perdona, no te he molestado, ¿verdad? Es que me apetecía charlar un poco con alguien, todas las tardes me las paso estudiando, tengo tan poca vida social aquí que al final me quedaré sin voz. A no ser que algún día me ponga a gritarle al conserje... – me reí de mi tonta ocurrencia, y Karkhassa también. - Parece muy pesado, toda la tarde revoloteando alrededor tuyo. Bueno, y de cualquiera. ¿Qué estudias? – parece realmente interesada, supongo que no la he incomodado. A veces olvido que a la gente no le gusta que la interpelen desconocidas así por las buenas.


Autora: Micaela Serrano

Capítulo 6: El escritor Estoy escribiendo un libro de relatos. Todavía no sé muy bien cómo me he podido embarcar en esta tarea, yo que apenas tengo madera de escritor. Mi amigo Víctor hizo una apuesta conmigo la semana pasada y me propuso pagarme un viaje a Marruecos con pensión completa incluida. Y yo que no hago ascos a nada, decidí poner manos a la obra. Hace tiempo que quiero visitar este país vecino y no tengo un duro, así que voy a por el reto. Mis personajes son de la vida cotidiana. Desde la vecina de enfrente de mi casa: una pobre anciana que apenas sale del piso, únicamente para buscar la barra de pan o para pasear por el parque ayudada por su nieta. ¡Claro! A mi me gusta Eva, la joven de dieciochos años con mallas ajustadas y un suéter apretado de color naranja, casi siempre, que agarra con fuerza y entusiasmo a la abuela enclenque. Luego está Tomás, el vecino de la escalera B, del cuarto rellano. Tomás es un señor muy agradable, que siempre se está riendo de todo. Tendrá unos cincuenta años; pero aún conserva un cuerpo atlético. Debe de ser por su oficio de paleta. El otro día me gastó una broma en el ascensor que casi me hace morir de risa. La biblioteca de Viladecans es el sitio idóneo para escribir. Me encanta llevarme el portátil y allí me instalo todas las tardes. Veo toda la peña estudiando para los exámenes de septiembre. ¡Pobrecillos! Yo creo que siempre lo aprobé todo. Bueno, casi todo, porque no pude acabar mi carrera de periodismo, y eso me da rabia. Hoy podría ser uno de los presentadores de la tele, o un reportero gráfico para alguna revista importante. Bueno a lo que iba, creo que el próximo personaje para mi libro será el conserje. Un viejo verde, que se pasa todas las tardes mirando a las chicas. Seguro que su mente enferma no le deja tranquilo por las noches. Tiene una pinta de “chulo piscinas”. Si el tipo no vale un duro… vaya tela. Si es que a la mayoría de la gente se le ha ido la olla…Que nos hace falta un psiquiatra a casi todos…¡Ostras!, mira el tío como repasa a aquella rubia… De verdad, esto no es serio… Creo que por hoy dejo la escritura. Ya llevo toda la tarde golpeando las teclas del ordenador y necesito un respiro. Iré un momento fuera al parque. Casi nadie visita este precioso parque, con lo lindo que es. Sólo ves a cuatro madres con sus hijos o algún que otro abuelete… Ehh!!! Sí mi Eva está allí, al lado de otras amigas. Me acercaré a saludarla, me gusta tanto…un día de estos le tendré que pedir una cita, a ver como me lo monto.


Autor: Francisco Javier del Hoyo

Capítulo 7: Ataraxia Ataraxia. Ni deseo, ni temor. Solo, quizá, una vaga preocupación por ella. Por Mar. Mírala. Tan joven y llena de vida. Tan independiente. A su padre no ha salido, seguro. Su padre ¡Ay! Su padre. Ése parasito mal nacido, que el cielo – si es que existe, que lo dudo- confunda. Aunque he de reconocer que a ella, a Mar, si que la “hizo” bien. Bueeeeno, vale, si, en la cama era un artista, aquello si que era sexo del bueno, del que te hacía temblar desde las pestañas hasta los juanetes ¡Ostras! Cuanto tiempo hacía que no me sentía tan húmeda ¡Beggs! Qué poco me apetece ya aquel desenfrenado intercambio de fluidos ¡Despierta mujer! ¿Quién necesita a los hombres? Ya sabes: Ataraxia, ni deseo ni temor. Creo que ya está terminando la sesión de cuentos de esta tarde. Se le da muy bien. Siempre ha sido muy teatrera. Desde bien pequeñita. Sus mundos paralelos de fantasía, sus refugios. Acaba de publicar su segundo librito de cuentos. Todos tan libres de maldad y de miedos. Historias de promesa y de ilusión. Como su juventud, libres de prejuicios, coloreados de ilusión, iluminados con unas ilustraciones pletóricas de color y de calor. También son de ella. Aunque no sé de donde ha sacado tamaña sensibilidad. De mi seguro que no. Sensibilidad humana no digo yo que no tenga, pero artística, lo que se dice artística, cero patatero. De su padre tampoco, el muy bruto. Puede que de su abuela. Si, de su abuela si. Mira que ha sufrido con el bala perdida de su hijo. Y mírala. Aquí, a mi lado. En su baqueteada silla de ruedas. Radiante y orgullosa de su única nieta. Mar. Hoy es la presentación del librito. En la sala de exposiciones ¡Anda! Pero si está casi llena. Veo que ha venido bastante gente. Están aquí sus amigos y amigas, los monitores de los casales, los niños que asiduamente vienen a escuchar sus historias, muchos papas y mamas usuarios de la biblioteca, los jovencitos saharauis de vacaciones, algunos miembros de las asociaciones culturales del pueblo y representantes del ayuntamiento. Hasta el sinvergüenza del conserje está atento y correcto hoy. Míralo. El muy... de verdad que no me explico lo que las mujeres ven en él. Debe de tener “virtudes” ocultas; ja ja, seguro que es eso, seguro. Mírala. Sin preocupaciones. Tan joven y llena de vida. Con sus esperanzas intactas. Con la fe en los demás de la juventud. Con el ánimo intacto y tranquilo. Envidia sana es lo que tengo. Y no tanto de ella y de sus pocos años sino de su impoluta visión del mundo que la rodea. De su optimismo i de su capacidad de ilusionarse. Ojala pudiéramos volver atrás. Al tiempo ido. Aunque, por otra parte, no volveremos nunca a ser más jóvenes que hoy. Eso seguro. Sin deseo ni temor. Ataraxia


Autora: Noemí Trujillo

Capítulo 8: El ruido Tenía el cartel en las manos. Cerrado del 27 de julio al 31 de agosto. Miré a un lado y a otro antes de colgarlo. No se veía a nadie. Me temblaban las manos. Lo coloqué apresuradamente y con la cabeza gacha, como si estuviera cometiendo un pecado, y casi no pude respirar hasta llegar al mostrador. Saqué el libro de mi bolsillo con una sonrisa. Se acabó el ruido. Cuando regrese seré un hombre distinto: uno de esos que aman a su mujer eternamente hasta que cancelan la hipoteca. Mi vida va a dejar de ser un hábito.


Autora: Lola Sanabria

Capítulo 9: El mundo por montera Cubría el espejo con su pañuelo de seda. Uno de esos regalos que nunca usé. Lo adiviné nada más ver la cara de Asira, cómo bajó los ojos cuando pasé al lado de su tenderete en el Paseo Marítimo. Entonces supe de las traiciones de mi recién estrenado marido. Desde ese día no quise mirarme en ningún espejo. Huía de mi reflejo en los escaparates. Porque el encuentro con mi imagen me avergonzaba. La última vez que lo hice fue esa tarde al volver a casa. Descubrí mis dientes torcidos, mi pecho plano, las piernas sin forma, el pelo sin brillo. Renegué de mí. Él no dejaba de traerme regalos como si yo no supiera el significado. Porque o bien los compraba a cambio de favores, o la culpa lo llevaba a pagar por ello. Con el tiempo se le adormeció la conciencia, si es que alguna vez la tuvo, y yo me acostumbré a esperarlo con el plato de cocido en la mesa, convencida de que era lo único que podía hacer. Tal vez yo no fuera lo suficiente buena para él, me repetía una y otra vez en mis paseos cada atardecer. Así que acepté las veleidades de mi marido como quien acepta una condena, un castigo merecido sin saber por qué. A veces sentía como si un puño me golpeara el pecho mientras el agua del mar se iba retirando de la playa. Era como si algo muriera dentro de mí un poquito más, como si cada día se cobrara un pedazo de sueño.

Pero conocí a Rosa en uno de mis paseos y todo cambió. Estaba de paso. Era, como dijo, ave migratoria. Vendía collares, pulseras y anillos hechos con huesos de fruta. Me paré y estuve mirando. - ¡Llévate este!- dijo. - No, gracias. Esto es para gente joven y guapa- dije dando unos pasos atrás. - ¿Quién dice que no lo eres?- preguntó muy seria. - Nadie. Buen... no sé, me veo así...- contesté con un balbuceo. Entonces ella colgó un collar de mi cuello y me hizo mirarme en un espejo pequeño. - ¡Guapísima!- dijo con tanta firmeza que yo me lo creí. Me regaló el collar y el espejo. He vuelto a verla todas las tardes. Con ella he aprendido a reír de nuevo, a ver la gracia de mis dientes montados, de mis pechos pequeños, de mi cuerpo delgado. He quitado el pañuelo del espejo de mi casa. Me gusta mirarme en él cada atardecer, cada mañana. Ahora me siento bien dentro de mi piel. Termino de guardar la última falda y cierro la maleta. Son las cinco de la tarde. Salgo de casa y cierro la puerta despacio, sin hacer ruido. Rosa me espera.


Autora: “Ojos bonitos”

Capítulo 10: Giro del destino Jamás he sido una persona demasiado normal, nunca me han gustado que me impusieran normas, tampoco que me dijeran qué tenía que hacer y quería trabajar en algo que me diera la oportunidad de viajar. Seamos realistas, no para ir a Dubai, pero conocer los pueblos por donde pasa este mercadillo me encanta. El otro día mientras vendía mis “joyas naturales”, cómo me gusta llamarlas así, vi pasar a la mujer más triste que en la vida hubiera visto. Se paró a mirar los collares y de repente vi reflejado en su rostro el dolor más profundo que pude imaginar. Le ofrecí el collar que llevaba en la mano, que rechazó porque eso era para personas jóvenes y bonitas. Aquella respuesta me paralizó. ¿Cómo podía decir aquello esa preciosa mujer? Creo que el regalo que le hice fue el único sincero que había recibido en la vida. Aquel collar cambiaría irremediablemente mi futuro y el suyo. Más tarde quedamos para tomarnos un café y a partir de entonces la empecé a comprender un poco más. Tener un marido que te engaña con la primera que se le ponga a tiro no debe ser fácil pero ¿por qué lo aguanta? No pudo tener hijos por problemas de ella, y ahora se siente sola, perdida y hundida. Después de ese café, casi puedo decir que tuve la necesidad de quedarme unos días más para intentar ayudarla, y creo que lo he conseguido, mañana me acompañará en lo que queda de verano por las ferias, dándose un tiempo para reflexionar sobre su destino.


Autora: Patricia Aliu

Capítulo 11: Un viejo verde menos Ya no me importa. Nunca más. Que las mire a todas, que se las beneficie a todas. Ya no es mi problema. Tuve la suerte de tropezar con alguien que me ha hecho ver la luz al fondo del túnel. Y me falta tiempo para aprovechar esta oportunidad. Rosa me ha abierto los ojos y, de tan abiertos que los tengo ahora, nada me apetece menos que verle otra vez la cara todos los días. Me voy a separar. Lo tenía que haber hecho mucho antes. Nada me ata a él, ni una sola de nuestras pertenencias, ni los hijos que nunca hemos tenido, ni tan siquiera un buen recuerdo que me detenga. Ya no va a tener más a esta criada, ni para los cocidos ni para los descosidos. Y lo de tirar la toalla para que, cada vez que él quiera, se salga con la suya, también se ha acabado. Acompañaré a mi amiga a todos los mercadillos, aprenderé a hacer bonitos collares como el que me regaló, conoceré gente nueva, veré nuevos paisajes y seguiré pisando fuerte, tal como ella me ha mostrado... ¿¡Ui!? ¿Qué pasa? ¿Qué es todo este lío? ¿Y tanta policía? El vestíbulo de la Biblioteca está abarrotado y no entiendo nada. Me cruzo con Mar y me cuenta que han estado intentando localizarme, que no había manera, que hay malas noticias, que han encontrado un cuerpo sin vida en los lavabos... Y de repente, le veo, bajo una leyenda en la pared escrita en color rojo sangre: "UN VIEJO VERDE MENOS". Sus llaves brillan, sin dueño y desmadejadas en el suelo...


Autora: Grey

Capítulo 12: El inspector Ramos - Disculpe señora... ¿Martínez?, es usted la mujer del conserje, ¿verdad?. Me presento, soy el inspector Ramos y estoy al mando de la investigación de la muerte de su marido. Le acompaño en el sentimiento. - Gracias, muy amable. - Lo lamento, no me gustaría importunarla, pero tengo que hacerle una serie de preguntas que no serán muy agradables para usted en este momento. - Diga, diga, no se preocupe (tendría que ponerme a llorar en estos momentos, pero no puedo. Me temo que he agotado las lágrimas en estos años. Normal, en el fondo me alegro, ¿se me notará mucho?). - Ya le habrán explicado que su marido ha aparecido muerto con evidentes signos de violencia y otros detalles que nos hacen sospechar que podría haber sido asesinado. ¿Sabe usted si tenía algún enemigo o enemiga o si ha tenido algún problema personal con alguien? - No, yo diría que no (por su cara, me parece que no le estoy convenciendo, pero ahora no me voy a poner a explicarle cómo era el tipo y cuántas mujeres y hombres se habrán alegrado por perderle de vista). - De acuerdo, por ahora es todo, pero tendré que seguir interrogándola más tarde. No se vaya muy lejos. - Jefe, jefe, ya tengo la lista de personas que en las últimas semanas han pasado por la biblioteca y han coincidido con el conserje. Interesante caso, ¿no?. Para ser el primero que le toca después de su traslado aquí no está mal. No se piense que en esta ciudad pasa esto muy a menudo. Yo diría que tiene toda la pinta de ser un crimen pasional. Las malas lenguas cuentan que era un pieza, machista, mujeriego... La ciudad es pequeña y aquí todo se sabe. Si quiere puedo contarle más cosas por si puede ayudar para el caso. Verá... -¡Basta! He oído suficiente. Páseme la dichosa lista y empecemos con las indagaciones. - Sí, sí (¡vaya carácter¡). A ver... tenemos a una joven que es panadera del barrio, que vino a la biblioteca a estudiar... Ciencias Políticas; a una chica saharaui de 14 años, Karkhassa Lessen, que evidentemente ya no está por aquí; a otra chica llamada Martina; a otro joven que al parecer estaba escribiendo algún relato en el que no dejaba muy bien parado al conserje; Mar, una escritora de cuentos que a menudo ofrece lecturas para niños; ¡ah!, y la madre de ésta; también una tal Rosa que es vendedora de bisutería, o algo así, y que entró un día hecha una furia preguntando por el conserje. Creo que es,


además, bastante amiga de la señora Martínez. Y luego tenemos a la directora, a los trabajadores... - Vale, vale, páseme la lista y déjese de chácharas. Empecemos con el trabajo. - A la orden, sólo una apreciación más. Creo que todos podrían tener motivos para matarle. Al menos, todos, absolutamente todos, coincidieron en calificarle de “viejo verde” antes de que se supieran lo que ponía en la pintada del lavabo. Curioso, ¿verdad?.


Autor: Beltenebros Vilamor

Capítulo 13: Crimen Mi corazón late a un ritmo trepidante, ¿será que tengo miedo? ¡Cálmate! Si nadie te conoce. Pero ella me vio. ¡Mírala!, si aún está temblando, debe tener grabada mi imagen en su cabeza… debe pensar que no sería una buena idea volver a toparse conmigo. ¡Es una lástima! ¡Mierda! Ese hombre se dirige hacia ella, ¿será el inspector a cargo de este caso? La chica no sabe qué hacer. ¿Y si me delata? ¡Cálmate!, no va a pasar nada, ella no sabe quién eres, no sabe nada de ti, solo fueron tres segundos que nos vimos en el pasillo. Respira profundo, tranquilízate. Nadie te conoce, tú no eres de aquí. “La gente te lo agradecerá”, eso me dijo aquella voz distorsionada que me contrató. ¡Pero si la pobre no puede ni sostenerse en pie! En cualquier momento se desmaya. Eso sería bueno, quizá se olvida de mí. ¡Uf! Pero yo no me olvidaría de ella… una rubia así y de su edad. ¡Concéntrate!, no pienses en esas cosas ahora, si quieres después puedes pagarle a alguien con lo que te darán por este trabajo. ¿Habrá otros parecidos? “Un viejo verde menos”, bueno, al parecer sí. ¡Ahí está! ¡Frente a ella! ¡Mierda! ¡Está que llora! Ahora sí que cuenta todo. ¡Cálmate!, piensa en otra cosa. Cierra los ojos, deja que una imagen agradable llene tu mente… ¡Ah!, eso. ¡Cómo lo disfruté! A penas me vio, se encendió el viejo degenerado. Es que con mi cuerpo no creo que sea muy difícil… con que resultara también con las mujeres. No habíamos bebido ni dos tragos y ya me toqueteaba. Que el cariñito en la pierna, que los masajes, “pero si está heladita, déjeme que la caliente” y el viejo que se excita y no aguanta, se saca la correa, se baja los pantalones y


me tira y se encarama. ¡Pero no soporto!, ¡aquel aliento asqueroso me hace recordar cómo odio a los hombres! Saco la pequeña daga oculta en mi sostén. ¡Uno! La primera puñalada directa a su pecho que lo hace gritar. ¡Dos! La segunda un poco más abajo que me lo quita de encima. ¡Tres! La tercera que rebana su miembro rígido y detiene su eyaculación. ¡Cuatro! La cuarta que ahoga sus gritos desesperados. Me quedo de pie junto a él, disfrutando sus últimos segundos. ¡Cómo adoro cuando se atragantan y tosen su propia sangre! ¡Cómo me encanta cuando sus ojos perplejos me preguntan: “por qué lo hiciste”! ¡Cómo me entretengo cuando utilizan sus últimas fuerzas en vano intentando agarrarme con su brazo alzado! Y cuando mueren se desploma parsimoniosamente en el suelo. ¡Es un arte! ¡Es todo un arte! Abro los ojos. Aún están ahí, el inspector frente a la chica. Un momento, algo es diferente… algo no encaja aquí… ¿Eh? ¿Qué demonios pasa? Ella está apuntando hacia acá y sonríe… su mirada… lo está disfrutando. Será mejor que me vaya. ¡Rápido! – ¡Ah! –choco de súbito con alguien. Siento que algo pesado cae en el piso. – Perdone… –es la respuesta que llega a mis oídos. En el piso yace un ordenador y frente a mí un chico que me mira con los mismos ojos, disfrutando del momento. Me siento acorralada… Con fuerza empuño la daga sangrante que aún traigo conmigo…


Autora: Mónica González de la Cuadra

Capítulo 14: Carcajadas entre amigos. - Sonia, te tengo que dejar que ya llego a la biblioteca. Creo que pasa algo raro, hay mucha gente… luego te llamo, ¿vale? –cuelgo el teléfono sin escuchar la despedida de Sonia, y me acerco cada vez con más dificultades a la puerta del edificio. Cuando llego donde está detenida toda la muchedumbre, me doy cuenta de que hay unas cintas amarillas rodeando la entrada de la biblioteca y distingo a varios agentes de policía con sus uniformes y sus libretitas en la mano. - Martina, Martina –me grita alguien. Veo cómo Sergio se va abriendo camino a empujones y se me acerca.- ¿Te has enterado de la movida? –me pregunta. Este verano hemos llegado a conocernos bien, pero aún no me he acostumbrado a asociar su cara de francas facciones esa voz tan ruda y seca que nada tiene que ver con su carácter. - No, acabo de llegar. ¿Tú sabes lo que ha pasado? –le digo. - Es muy fuerte… han matado al conserje, ya sabes, al pervertido que tanto te molestaba. - ¿¡Lo han matado!? - Sí, y aunque la poli no quiere soltar prenda, corre el rumor de que han escrito con sangre algo sobre que era un viejo verde y no sé qué más –me explica, exaltado. Estoy un poco asustada y excitada, es la primera vez que vivo un crimen de estas dimensiones de cerca y los instintos que me llevaron a querer estudiar Periodismo se están activando. - No nos dejan acercarnos más, aunque hay un policía que se pasea entre los que estamos por aquí, interrogándonos y tal –continúa mi amigo. Mientras tanto, yo me lamento por no haberme traído los zapatos de tacón en vez de estas bambas planas, porque no hago más que estirar el cuello a ver si consigo distinguir algo. - Míralo, ahí viene. Tiene una lista con los nombres de algunas personas y va preguntando por ahí, debe de ser la “lista de sospechosos de cargarse al viejo verde”. - Sí, ya lo veo. ¡Qué emocionante!


- Qué rara eres –dice Sergio, riéndose.- Se han cargado a un tío en un sitio que siempre hemos considerado seguro y tú estás emocionada... - Tienes razón, no sé por qué no me siento más agobiada, pero la verdad es que lo que más me apetece es meterme ahí en medio y enterarme de todo. - Vale, retiro lo dicho, no es que seas rara, es que eres una cotilla –estamos riéndonos cuando el joven policía llega a nuestra altura. - Hola, estamos interrogando a las personas que vienen habitualmente a la biblioteca. –se dirige a mí.- Veo que llevas una carpeta y algunos libros, ¿venías a menudo a estudiar aquí? –me pregunta. Cuando estoy a punto de contestar, lo llaman al móvil y, tras una breve conversación, murmura “perdonad” y se marcha corriendo hacia las puertas de cristal de la biblioteca. - Algo ha pasado –decimos a la vez mi amigo y yo, y volvemos a reírnos a carcajadas por haber coincidido. - Será mejor que nos marchemos de aquí –digo, avergonzada ante las miradas de reproche de la muchedumbre.


Autor: Javier del Hoyo

Capítulo 15: In toga candida

La muerte pone a cada uno en su lugar. No es privilegio de nadie, ni afrenta, ni siquiera consuelo o aflicción. Es una certeza inapelable. La muerte nos iguala porque es final y es principio. Final para el cuerpo físico. Final para los actos y sus consecuencias venideras. Principio para el recuerdo. Principio para la distorsión de los actos y las consecuencias acaecidas. Principio para el olvido. Quizá no sea ese el motivo último de tu muerte, Sr. Martínez. Pero será, no lo dudemos, su resultado. Serás olvidado. Y tus actos, abyectos o no, serán distorsionados y juzgados. Como los de todos nosotros. Quizá no merecieras el cuchillo y la sangre. Puede ser que hubiera sido más acertado algún tipo de raro veneno tropical, lento y lacerante. Muy lento y muy lacerante. Las caras de los que examinan tu cuerpo exánime tendido en el blanco y mal iluminado suelo del retrete así lo indican. Incluso la Sra. Martínez tiene una mueca en su expresión afectada que la delata. Mírala. Repugnancia. Siente repugnancia. Todos los presentes la sienten; en mayor o menor medida pero ahí está, la sienten. No sabían que ya había llegado tu hora. Nadie lo sabía. Sólo yo, que no soy. A todos los pongo en su lugar. IN TOGA CANDIDA.


Autora: Gemma Rodríguez Rivas

Capítulo 16: Con final feliz Hola Begoña: Cómo no hay modo humano de localizarte en el móvil (debes tenerlo en el fondo del bolso criando arañas), te envío este e-mail y te relato nuestro sábado anecdótico: Fuimos a Viladecans, a la presentación del libro…ahora no me acuerdo del título. ¡Cabeza la mía, tanto estudiar me estoy quedando sin neuronas! Así que aún siendo sábado vestí a Jordi de domingo y embarcamos hacia a una nueva aventura. Pero como siempre sucede con los niños, cuando no es un higo es una castaña, o sea se encanta y al final siempre llegamos tarde allá donde vayamos. Para más INRI cuando salíamos por la puerta de casa, sonó el teléfono, una voz del otro lado del charco diciendo: -somos de telefónica deseamos saber si está contenta con la compañía – Y como en ese momento no tenía tiempo, ni ganas, ni necesidad de hacer reflexiones existencialistas de cual compañía es mejor, le di pasaporte y lo siento por la señora. Después de todo, tenemos que celebrar la llegada a nuestro destino: la Biblioteca de Viladecans, lugar donde se celebraba el evento. No sin antes, que se me olvidaba, dar varias vueltas a la manzana buscando aparcamiento, sabes que soy pésima para aparcar. Hasta el punto de sentirnos en un tiovivo. Son muy malos los nervios. Ahora pensarás que bueno, que ya está, que llegamos a la Biblioteca, nos disculpamos, et,etc. Pero no fue así, faltaba el punto gafe del día. En las proximidades había un revuelo tremendo. Todo un despliegue policial montado y nosotros en medio del cotarro. Habían asesinado al conserje de la Biblioteca. Pregunté a una señora con pinta de señora amable y educada la cual me aconsejó alejarme del lugar. Estaban empezando a interrogar a toda persona con intención de entrar en la Biblioteca, según orden del mismísimo Inspector no sé, Supremo o algo así. Ay con los nervios no sé que me dijo. ¿Y ahora que tenía que hacer ?¿ Tanto correr para nada ? Tú ya sabes que soy una mujer poco conformista y no podía marcharme de brazos cruzados y ya está. Todo por una presentación.


Los intentos fueron fallidos. Ahora nadie podía acceder al interior, ni salir. ¿Y qué pasaba con todos los que estaban dentro? ¿Tampoco podían irse? Vaya filosofía, el asesino siempre vuelve al lugar del crimen. A mí no se me ocurriría volver y cuanto menos ir con mi hijo. Finalmente tengo que felicitarme por ser una mujer suertuda. De llegar puntuales, quizá aún estaríamos dentro o quien sabe en el cuartelillo. Al parecer, y según he leído en una revista informativa local, un centenar de personas pasaron la noche a la sombra entre interrogatorios y nervios. Begoña, a la siguiente aventura te apuntas, y así disfrutamos o padecemos todos.


Autor: Beltenebros Vilamor Capítulo 17: Recuerdo ¿Mi odio a los hombres? Se originó cuando yo era pequeña… Es un recuerdo que por más que me esfuerce no puedo borrar de mi memoria. Es una mezcla bizarra de repugnancia y placer… – ¡Laure, ven acá te digo! ¡No me hagas ir por ti! ¡No… no quiero! –me atrevo a responder desde debajo de mi cama, temblando. No sé por qué me seguía escondiendo allí; él siempre me encontraba. Niña de mierda… –aquel mismo insulto, con el mismo tono de voz, marcaba el límite de su paciencia y el inicio de mi calvario. Un paso tras otro, cada uno más pesado que el anterior. Cada uno más cercano. Cada uno alterando con mayor intensidad el ritmo de los latidos de mi corazón. Quería llorar, siempre había querido hacerlo, pero no lo conseguía… ninguna lágrima se asomaba por mis ojos aún cuando sentía la fuerza de su mano apretar mi tobillo y jalarme hacia afuera. Allí estaba él, observándome, pero ya no enfadado, sino que con lujuria, con deseo, posando en cada rincón de mi cuerpo prepuberal su mirada morbosa y enfermiza. Ya no había nada que hacer… no podía resistirme a su manoseo, no podía acallar sus jadeos, no podía obligarlo a que dejara de meterse dentro de mí… no tenía la fuerza para aquello… ¿Cuándo perdí la virginidad? Ya no lo recuerdo… – Él se lo merecía… –estaba segura de ello y debía conseguir que cada partícula de mi ser me llevara la razón. Pero mi mano siniestra temblaba, no dejaba de hacerlo aunque se lo ordenara. Pero no podía culparla, después de todo la había convertido en una asesina. Frente a mí el cuerpo yacía sangrante, sin vida. No sé muy bien cuando esta idea se cruzó por mi cabeza, pero cuando volví a reaccionar la cuchilla ya había cortado su cuello. “Laure, te amo…”, fue lo último que consiguió articular,


¡cómo si pudiera creer en sus palabras! ¡Pero no consigo borrarlas, no lo logro!, ¡al igual que su sonrisa! ¡¿Por qué me sonríe aún estando muerto?! Aquella vez recuerdo que conseguí llorar. Fue la primera y la última vez que lo hice… ¿Cuántos hombres he matado desde entonces? No lo sé, pero lo disfruto. Y aquel viejo verde fue como matar a mi padre por segunda vez…

Ya no me puedo detener. La sangre se escurre por la empuñadura y baña el puño que sostiene la daga. Él me sonríe, a pesar de todo me sigue sonriendo. ¿Por qué? ¿Por qué no deja de mirarme y sonreírme? – Esto era necesario… –me dice con un hilo de voz. – ¿Qué? – Yo soy solo un sacrificio, un personaje que muere para que la novela, mi creación, pueda seguir su curso… –no entiendo, mi mano tiembla, no puedo retirar la daga de su pecho–. El viejo verde fue el primer engranaje y tú el segundo… yo soy el mero autor de una obra que no necesita de mí para trascender… – ¡Alto! –una voz autoritaria grita colérica a mi espalda. Me torno en su búsqueda y me encuentro con sus ojos mirándome con detención, mientras me apunta con su revólver. El cuerpo cae sobre mí y la daga resbala hasta el piso. No puedo dejar de mirarlo y tampoco puedo moverme, ¿será él diferente a los demás? Sus ojos son distintos, no consigo ver a mi padre en él. Pero yo odio a los hombres…


Autora: Noemí Trujillo Ganadora del XXIV Certamen de Relat Breu Ciutat de Viladecans Presidenta de la Asociación Cultural y Artística ANCEO (http://anceo.blogspot.com/)

Capítulo 18: La sangre sobre la nieve es más roja Estoy cansada y me duele la pierna .He viajado demasiado últimamente. He pasado muchos días fuera de casa. No sé cuánto tiempo hace que no les leo un cuento a los niños antes de acostarse porque llego a casa enflaquecida y no tengo fuerzas para nada. Han sido tres festivales de novela negra en quince días: Toulouse, Santiago

y Getafe Negro.

Yo quería hacer mi pequeña

contribución al género. Aunque ahora al mirar mis muletas me pregunto por qué diablos se me ocurrió esa tontería de la gimcana y la idea de matar al conserje para que los chicos del club de lectura se sintieran como Bevilacqua y Chamorro investigando un crimen. Supongo que todo empezó al ver la exposición de detectives de novela negra en la biblioteca de Gavá con sus fotos de Sam Spade y Philip Marlowe y de golpe quise hacer algo para animar la biblioteca de Viladecans, para convertirla en un espacio vivo del que pudieran disfrutar los lectores. Así nació este juego. Y la revista donde se ha ido publicando todo: un viejo verde menos. Ha sido divertido interpretar el papel del inspector Ramos. Pero estoy cansada y necesito reposo. Me tomo las medicinas mientras pienso en la próxima pista: la sangre sobre la nieve es más roja… Me voy a casa sabiendo que tengo que preparar la cena y nadie va a ayudarme a fregar los platos. Es difícil ser madre y trabajar fuera de casa. Casi tan difícil como dirigir una biblioteca y pretender que la gente lea. Vamos a ver de qué tumba salen más muertos.


Relat en cadena 2.0