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Víctor Hugo Enríquez Lenis

Marranadas

Marranadas.

Monólogo de Víctor Hugo Enríquez

Basado en la novela homónima de Marie Darrieussecq

Quisiera despertar uno de estos días y no encontrarte ya de pie y bañado en musk, agua de colonia y menticol, con la barba afeitada y peinado, sin pelos sobrantes en la nariz, sin ojeras.

Despertarme y encontrarte sucio, con el sudor de una noche libertina y de juergas.

No quiero ver esos dientes tuyos tan blancos que ensucian la ropa que te lavo.

Quisiera amanecer y verte hecho una escoria, con lagañas y erecto como los hombres y los verracos.

Pero a las siete ya estas pulcro, has vivido ya media mañana y yo me quedo con mis lagañas y mis pulgas, con mi aliento de cobra o de cerda, o de ambas juntas y me siento sucia, aunque me revuelque en el 1


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lodo como una jovencita violada…sólo espero que llegue la noche para verte más sucio que yo, después de ocho horas de trabajo en la sucursal del banco del trabajo.

Pero, ¿quién te dijo, pedazo de mierda, que uno se baña en la oficina, antes de llegar a la casa, y se afeita y se embadurna de musk y se cepilla? ¿Cómo puedes llegar incólume e inmaculado, con los calzoncillos secos y sin manchas?

No soporto tu aliento a cardamomo, ni tus olores a fruta, ni tu piel de serafín.

Quisiera que llegaras una de estas noches pasado en tequilas y tabaco. Que llegaras ebrio, manchado en labial, con olor a puta o con el barro hasta el cuello. Y me volvieras tu chimenea y me deshollinaras toda, que sacaras la ceniza que tengo dentro y atizaras el fuego que se apaga día a día entre mis patas.

Saca, ángel mío, la sangre envenenada que me hace cerda e inyéctala en sus venas y vuélvete mi cochino, mi amado y sucio semental, porque temo que un día tu sanidad ha de matarme, como mata al virus la vacuna… o sal de mi chiquero, rapidito, así como llegaste.

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Buenos días, tristeza.

Vittorio ha dicho que no soportará más mis pulgas y mis ronquidos. Vendrá por sus maletas está tarde.

La nevera está vacía. Todo lo he acabado anoche, salvo el jamón. Antes bien que me gustaba, pero ahora sólo me provoca vómitos. Prefiero las nueces y las flores…sí, todo hay que decirlo, me he vuelto adicta a las flores. Cada atardecer, cuando tomaba mi descanso en el banco del parque, llevaba un sánduche de atún y un refresco. A veces no alcanzaba para el atún y nunca pensé en sustituirlo. Hasta aquella tarde que vi las flores. Yo sabía que estaba pasando algo extraño en mí, porque salté del banco y me entregué al prado, el sol y me revolqué en las flores; luego vivieron ellas solas a lo que antes era mi boca y gruñí de alegría, como en un orgasmo o mejor, como en el nirvana de los marranos. Creo que hoy aún podría comer atún. Pero lo del jamón va en serio: le arrancaría la nariz de un mordisco a quién me ofrezca una lonja.

Buenas tardes, tristeza. Vittorio se ha marchado y me dejó una tarjeta con el número de su beeper, pero me permitió que lo llamara sólo

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cuando haya abandonado esta condición de puerca. Me dijo que para eso existían iglesias y gurúes. Que no estaba mal un bañito de hiervas y todas esas cosas, me dijo, pero él bien sabe que ya no soporto el agua y que cada vez que voy a la iglesia sale alguno de sus fieles accionistas y me grita “ ¡Mírenla! ¡Es ella… la marca de la Bestia!”.

Todo hay que decirlo, Vittorio me hizo feliz durante los años que fui una mujer, pero también el los que me convertí en bestia. El parecía no notar muy bien la diferencia. En últimas, no se quejó cuando empecé a traer más dinero del cotidiano, por masajes en la peluquería. Parecía disfrutar del dinero comprándome cosas, o gastándolo en él. Pero yo me sentía tan feliz contentándolo, que no soportaba su furia y su depresión cuando se le acababa la mosca. Por lo tanto no le dije nada y continué realizando servicios especiales, Dios sabe que por amor. Tampoco se quejó cuando empecé a engordar. A todos mis clientes le pareció lo más de bueno; incluso creo que empecé a excitarlos más. Había algo nuevo en mí, en mi olor, en mis bananos, en el grosor de mi piel. El temor que tuve cuando me empezó a salir un tercer pezón, desapareció, pues lo encontraron fantástico, aunque tengo que admitir que me molestó que nadie volviera a hacer el amor conmigo como misionero, sino siempre como animales, desde atrás. 4


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Buenas noches tristeza.

Vittorio me abandonó y siento crecer mis retoños. No sé cuántas crías puede tener una cerda por vez, lo que me hace sentir más miedo. Ahora soy sólo jamón y pezones. Me da rasquilla por doquier. Al mirarme al espejo sólo logro distinguir sombras, creo que ya perdí la tercera dimensión. Quisiera untarme rubor, polvos y labial de la Casa Matriz, los que utilizábamos en la peluquería. Tampoco quedaría mal una peluca, pues el cabello que me queda es poco, a cambio me salieron un millón de pelos por toda la piel. Siento unos deseos horribles de trasbocar. Dicen que la mujer del cuarto contiguo perdió su cría, y como su Vittorio la abandonó, tuvo que recurrir a ellos para alimentarse. Curiosa asociación es esa, de alimentar a ser alimentada. Pero yo no podría hacer tal cosa, pues odio el jamón. Tampoco puedo salir. En estos días de hambruna sería bocado de cardenal para los desechables. Presiento que las castañas que guardé bajo la cama pronto acabarán, así que no tengo más remedio que aguardar.

( LAS

LUCES SE OSCURECEN UN POCO.

CHILLIDOS DE DOLOR Y FURIA.

DE

SU INTERIOR LA

SE

ESCUCHAN GRITOS Y

CERDA

SACA SUS CRÍAS

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MUERTAS QUE SON ALCANCÍAS DE BARRO Y ANTES DE DEVORARLAS PREFIERE ROMPERLAS CONTRA LAS PAREDES. LUEGO TRASBOCA. UNA PAUSA )

Bueno, todo hay que decirlo, es una muerte hermosa.

El hambre no es un pecado, sino una virtud. Desde que dejé de comer bellotas y castañas, no tuve más remedio que sentarme a leer la Biblia que me dejó Vittorio. Y he empezado a adelgazar. Creo que se debe a la fe.

Aunque no puedo moverme y siento que han pasado años; estoy segura de algo: el cabello me ha crecido. También las uñas.

Pero Vittorio, sólo por molestarme, diría que esas cosas le pasan a todos los muertos.

Fin.

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