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Pasión De regreso a casa, Verónica echaba humo. Caminaba a tres metros de Kay, con los brazos cruzados sobre el pecho, cerrada a cualquier intento de conversación. No dijo ni una palabra en todo el camino hasta el portal de su edificio y, una vez entraron en el ascensor, el caballero pudo escuchar su respiración costosa. —Vero… —Cállate —jadeó, casi sin voz. Ella apoyaba la espalda contra la pared más alejada y su pecho subía y bajaba con rapidez. Parecía una tetera con el agua a punto de hervir. Kay intuía sus sentimientos, contenidos a duras penas, borbotando en su interior. Levantó la vista y lo enfrentó directamente. El chico se emocionó cuando vio aquellos ojos claros llenos de lágrimas y la mirada dolida que le dedicó. —¿Es que no te das cuenta? —prosiguió, en un susurro afónico—. No puedo más… Algo se rompió dentro de Kay tras esas palabras. No soportó verla en ese estado. Cierto que el alcohol volvía más dramática la reacción de la chica, pero era muy consciente de que su dolor era real, y eso activó sus propias necesidades, catapultándole sin más al lugar que había querido evitar desde que la conoció. Se abalanzó sobre ella y la aprisionó contra la pared, tomando su cara entre las manos. Se lanzó contra su boca y la devoró con ansia, mandando al demonio sus miedos, haciendo pedazos el frío escudo con el que parapetaba su corazón. Sintió el aguijón del deseo clavándose en su alma profundamente y se pegó al cuerpo caliente de la joven. El sabor de su lengua, dulce y con regusto a cerveza, lo volvió loco. Metió una de sus manos bajo aquella minifalda provocativa mientras con la otra continuaba sujetándola por la nuca. Como si ella fuera a escaparse… Verónica echó la cabeza hacia atrás para tomar aliento y jadeó. Buscó sus ojos para comprobar que realmente no estaba soñando y le dedicó la sonrisa más sensual que Kay había visto en su vida. —Bésame otra vez —le pidió. Él obedeció en el acto. Profundizó en aquella boca que lo recibía con ternura y pasión, y la sangre en sus venas se disparó cuando la escuchó gemir y pegar las caderas a su entrepierna.

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