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EL GRADO CERO DE LA IMPROVISACIÓN “La danza pura es mucho más difícil porque hay que inventar todo” DORIS HUMPHREY

Hablar de Expresión Corporal es saber abrir un panorama de metalenguaje. Saberte bailarín en esta danza es saberte pregunta, asumir que el proceso de búsqueda constante contempla muchos puntos de partida y muchos puntos paulatinos de llegada. Muchas puertas se abren y se pueden seguir abriendo sin agotarse y esto vuelve –afortunadamente- al lenguaje de la Expresión Corporal no unívoco. Se trata de componer cuerpos creativos. Es importante estar bien predispuesto al planteo sobre alcances y limitaciones de esta disciplina, redefinir parámetros estéticos, artísticos y político-culturales cada vez que se inaugura una nueva obra. Es volver a preguntarse cómo y para quién bailamos. Es, además de cuerpo expresivo, un marco donde la pregunta predomina sin ansiarse a ser respondida en su totalidad, donde preguntas que disparan alcanzan respuestas plausibles. Algunas certezas nos permiten volver a empezar de algún modo. Recomenzar, replay, cuerpos activos: improvisar desde el grado cero. Algo de ese misterioso “no saber” hacia dónde nos lleva una improvisación –en su sentido más amplio- pero empujados por el deseo de movimiento tiene que ver con estar vivos en una danza. Estar en escena, habitar, ser habitado, bailar. Tal vez improvisar en este campo tenga que ver con dar respuestas provisorias a la infinidad de posibilidades del juego que abre un cuerpo creativo. Hablar de creación en danza implica, también, hablar de la eficaz elaboración de determinados códigos que sostienen el lenguaje de un determinado universo y supone cuerpos abiertos en intérpretes eclécticos, disponibles y atentos. Poder componer en una disciplina que se sabe efímera a la vez que presente exige contar con recursos de exploración, formalización, selección y profundización. Es decir: componer, abrir siempre una grieta. Me interesa construir una mirada contemporánea sobre la Expresión Corporal. Formar parte de un grupo de experimentación me permitió dar cuenta de la diversidad de procesos de corporización en distintas obras. Trabajamos como en una especie de laboratorio del cuerpo (individual y colectivo): ensayos, pruebas, ajustes. Exploramos posibilidades, informamos la materialidad corpórea, tratamos de construir mensajes polisémicos, ya que como afirma Néstor García Canclini, el arte hoy es “un lugar de experimentación, de juego con la incertidumbre, más que una búsqueda de certezas cognitivas”. Improvisar en este marco es una herramienta de exploración y una metodología de composición. Es también “borrar” y volver a empezar, no desde un lugar ilusorio sino ficcionado. O sea, construido entre el azar y el devenir. Aunque siempre subjetivizada, la improvisación nos exige una mente presente y un cuerpo dispuesto a resolver lo que es necesario ahora, danzar en ese ir sucediéndose. Esto nos permite poner en diálogo el cuerpo que sabemos/decimos conocer con el cuerpo (desconocido) que requiere una obra o una consigna. Improvisar no es estar completamente lanzado al vacío (aunque implique un vaciamiento) sino que es estar contenido en un presente que se reconfigura constantemente.


Hablar de Expresión Corporal y de tendencias de danza en la actualidad es hablar de cuerpos creativos, activos y polisémicos. Se abren las puertas de la percepción. Muchas veces tomar conciencia de la cantidad de sucesos y estímulos simultáneos que recibimos nos desorienta. Entonces, la improvisación se desarrolla como una capacidad resolutiva, hace una danza del aquí y ahora. A veces, repleta de automatismos. Otras, repleta de reglas. O entregada al devenir. Y también puede serlo sin pretensiones… Si hay un cuerpo que se pretenda despojado, es el del grado cero de la improvisación. Llevar la conciencia a ese primer acto presente, ir eligiendo caminos en el azar para componer. Desde el cero del instante, afirma Bachelard “la atención es una serie de comienzos, es decisión”. ¿Cuántas maneras de improvisar existen? Sobre qué es la improvisación: acepciones y gradaciones Un mismo cuerpo se reconoce, se distancia, se arriesga, acciona. Si la danza es efímera en su hacerse (esto la hace maravillosa a la vez que desgarradora) pensar en “fijar” (al modo de escritura en el cuerpo) puede ayudarnos a ilustrar el concepto de improvisación. Quiero decir: improvisar se sitúa entre “explorar” y “componer”. Según el abordaje que se le dé a cada una a estas etapas del proceso creativo, el grado de improvisación será distinto. Que un cuerpo acontezca para una obra es parte del camino de improvisación. Esta apertura develatoria contrae su paradoja: algo se revela y algo se oculta, algo se sostiene como forma contenida (el resultado parcial de un cuerpo de una obra) y otra parte la empuja (los procesos de construcción previos). Sabemos que el material corpóreo es inagotable por su naturaleza cambiante pero se va concretando, acotando. Por otro lado, es importante aclarar que improvisar implica una mirada determinada sobre la temporalidad. Denise Najmanovich, llama a este proceso “extemporalización”: desde el tiempo y fuera de él. Danzar es bailar presente, pasado y futuro, es –y no sólo- una cuestión filosófica. El surco de mi memoria, el devenir del ahora y el descubrir al “final” de ese presente. Bailamos desde una actitud o pulsión vital. Llevando esto a la metodología de producción escénica. ¿Cómo construir y producir obras de Expresión Corporal desde la improvisación? Vaciar identidad(es), resignificar, redefinir. En un sentido amplio, se trata permeabilizar el concepto sobre “lo definitivo” y “lo presente”. Ya dijimos que improvisar se emparenta con vivenciar, vaciar y acotar. También con experimentar, exteriorizar y formalizar. Pero podemos agregar que improvisar es interpretar espontáneamente… Y esto no es una tarea fácil: traducir una idea, una emoción, una sumatoria de propuestas (ajenas o propias). Primero, entregarse. Sumergirse por completo para encontrar, tamizar, contrariar, expresar una propuesta. Se pone en conflicto un material que traemos reconocido como “propio” con el azar y lo desconocido, para atravesarlo y resolver. Lo que cambia y lo que permanece es lo que hace que el movimiento migre de un lugar a otro para encarar la dinámica de la improvisación. ¡Poder expresar! Es necesaria una disponibilidad para que cuerpo acontezca en ese inter: entre Yo y lo que sucede, entre la idea de un director y mi mundo, entre la idea de un director, mi mundo y lo que resulta de ambas y otros mundos, entre Yo observando y eligiendo, entre la pauta y Yo. Pero es necesario que Yo desaparezca porque cada vez volvemos empezar distintos. Cabe aclarar que no llegamos desnudos a la escena como tampoco llegamos vacíos al mundo. Pero sí es necesario que se desarme algo de ese mundo que reconocemos (o creemos reconocer) como propio (que tanto buscamos como poética personal en las clases


y al que le devolvemos propiedades cada vez que nos dejamos transformar por una obra), para que aparezca una lógica de creación nueva. El riesgo de lo desconocido, de un cuerpo que se busca y no se sabe tanto. Al improvisar, asumimos este doble rol de observador y hacedor. Desde este lugar, componemos con otros y otros modos. Improvisar es, como afirma Deborah Kalmar también “un medio para”. Una etapa intermedia entre explorar y componer y también es explorar y componer. Improvisar es negociar y elegir cómo danzar el ahora.


El grado cero de la improvisación  
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