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sin embargo, aquellos mismos burgueses de Berwick le habían negado la entrada, anunciando que su lealtad seguía siendo para Juan Balliol, el rey rebelde. Eduardo había ordenado inmediatamente el asedio y había gritado de rabia al enterarse de que su flota había sido rechazada y de que sus soldados estaban muriendo por centenares en los fosos que rodeaban las murallas de la ciudad rebelde. Al final, su propio sobrino había resultado herido de muerte al ser alcanzado en pleno rostro por un enorme dardo de ballesta que lo había dejado convertido en una horrible masa ensangrentada. Eso había sido la gota que había colmado el vaso. Montando en su gigantesco caballo de batalla Bayardo, el rey se había puesto personalmente al frente de la carga, cruzado el estrecho foso de Berwick para tomar la puerta por asalto. Su furor había desconcertado a los escoceses. Una vez tomadas las puertas, los ingleses habían iniciado la terrible batalla. Eduardo, enojado con los rebeldes ciudadanos, había ordenado a sus soldados el saqueo de la ciudad. Cientos de hombres, mujeres y niños habían sido pasados por la espada, los pozos estaban llenos a rebosar de cadáveres y los cuerpos yacían por las calles cual si fueran hojas arrancadas por el viento de un día otoñal. Las devastadas iglesias se convirtieron en cuadras para los caballos, se saquearon los valiosos ornamentos y las colgaduras de seda fueron desgarradas. No se había respetado ni siquiera a los niños, acuchillados, decapitados y empalados en lanzas. Las mujeres habían sido violadas antes de ser degolladas y, finalmente, toda la ciudad había sido incendiada. Y Eduardo había sido testigo de aquel horror. Su recorrido a lomos de su enorme caballo negro de batalla a través de las tortuosas y aterrorizadas callejuelas había sido un terrible descenso al infierno. Al final, al ver que uno de sus soldados le cortaba la garganta a una mujer que imploraba compasión, había desmontado murmurando: —¡Oh, no! ¡No era eso lo que yo quería! De rodillas había suplicado perdón a Dios, pero Dios se había apartado de Eduardo de Inglaterra. El rey comprendió que ahora sería inútil ordenar el cese de la carnicería, pues los ingleses se habían quedado sin gente a la que matar. Solo un lugar seguía resistiendo: la Casa Roja, propiedad de los mercaderes flamencos, la lonja de comercio que les había sido concedida en Berwick con la sola condición de que siempre la defendieran contra los ingleses. Los flamencos habían demostrado su lealtad, atrancando puertas y ventanas y manteniendo a raya al ejército inglés, luchando de sala en sala e incluso bajando a los sótanos para atrapar allí a los arqueros enviados por los capitanes de Eduardo en su persecución. La matanza había sido espantosa. Bien le cuadraba el nombre a la casa, pensó Eduardo, pues, en cuanto cesó el ataque, sus muros quedaron rodeados por charcos de sangre y, a través de las grietas abiertas en ellos, la sangre empezó a bajar a chorros desde los cuerpos que colgaban de las ventanas. Cansado y harto de tanta resistencia, Eduardo había decretado el término del ataque y ordenado el incendio de la ciudad, cerrando los oídos a los gritos de los hombres que se abrasaban entre las llamas. Montado en su www.lectulandia.com - Página 7

4 el angel de la muerte paul c doherty  

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