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Cheapside o la desierta y abandonada mansión de Sussex? ¿De qué le serviría todo aquello si su cuerpo acabara pudriéndose en alguna tumba anónima o una solitaria zanja de Londres? Corbett se echó la capa hacia atrás y, de forma instintiva, acarició la larga daga que llevaba colgada del cinto. Inmediatamente se le acercó un importante funcionario vestido con un jubón y unos calzones azul y escarlata, con el cabello cuidadosamente peinado y una banda blanca que lo identificaba como mayordomo de la Gran Sala. Apoyando la mano en el hombro de Corbett, el mayordomo le indicó por señas que no podía seguir adelante. Con una radiante sonrisa de felicidad en los labios, echó el pecho hacia afuera como un gorrión presumido. En otras circunstancias, Corbett se hubiera burlado de él, pero en aquel momento miró enfurecido el rostro de cerdo del funcionario. —¿Me vais a impedir el paso, señor? —¡Os lo impido, señor —contestó el engreído personaje—, porque vais armado en proximidad del Tribunal Real y eso es un delito! Chasqueó los dedos en dirección a un grupo de soldados para que estos lo detuvieran, pero, de repente, Corbett apoyó con fuerza ambas manos sobre sus hombros. —¿Cómo os llamáis, señor? El funcionario le miró con recelo. Corbett no estaba borracho y no daba la impresión de estar loco; solo un hombre muy seguro de sí mismo hubiera podido hacer semejante gesto en presencia de un representante de la autoridad real. —Edmundo de Nockle —contestó el vanidoso idiota. —Muy bien pues, Edmundo —dijo Corbett hundiendo con más fuerza las manos en sus hombros hasta obligarlo a hacer una mueca de dolor—, me llamo Hugo Corbett. Soy el escribano mayor de la Cancillería del rey y emisario especial en asuntos del Sello Secreto. Si queréis detenerme, allá vos, pero yo os aseguro que, antes de que termine este día, volveré a esta sala con mi espada y mi daga y vos, necio arrogante, seréis enviado encadenado a la prisión de Marshalsea. El hombre estaba a punto de disculparse, pero Corbett no se lo permitió. —Y ahora, maese De Nockle, haréis el favor de acompañarnos a la presencia del rey. El mayordomo, colorado como un tomate a causa de la vergüenza, optó por no prestar atención a la risita de Ranulfo y, girando elegantemente sobre sus talones, los acompañó cruzando la sala hasta llegar a unos peldaños que bajaban a un tortuoso pasillo. Corbett sabía muy bien dónde estaba el rey. La cámara real se encontraba junto a la sala de escritura, cerca del lugar donde se guardaban las cartas y los sellos. De Nockle se acercó a una enorme puerta con barrotes de hierro y llamó suavemente con los nudillos, pero Corbett, harto ya de aguantarle, lo apartó a un lado y llamó con más fuerza. Oyó la voz del rey dando permiso, abrió la puerta y entró seguido de Ranulfo. www.lectulandia.com - Página 48

4 el angel de la muerte paul c doherty  

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