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yeso, estaban todas cerradas y cubiertas de nieve exceptuando las que ostentaban el escudo de la ciudad en bermellón, con la figura de san Pablo en oro y la cabeza, los brazos y los pies del santo en plata. La nieve resbalaba sobre los escudos, haciendo que su brillo destacara todavía con más fuerza sobre el fondo blanco. La espectral figura de un fraile pasó presurosa por su lado; el blanco hábito se hubiera podido confundir con la nieve de no haber sido por la recamada capa consistorial que le cubría los hombros y protegía el viático que llevaba a un enfermo. Lo precedían dos cansados chiquillos con unas velas cuyas llamas vigilaban constantemente para que no se apagaran. A la izquierda de Corbett, elevándose por encima de la ciudad, la oscura mole de San Pablo con la cúpula todavía cubierta blanca lo indujo a concentrarse en sus inquietudes hasta que, rendidos de cansancio a causa de la nieve, ambos llegaron al matadero. Allí unos carros se estaban llevando los despojos, la grasa y otros desperdicios de los carniceros para arrojarlos al río Fleet. Uno o dos carros ya se habían puesto en marcha dejando unos charcos de roja sangre cuyo terrible hedor ni siquiera la nieve podía disimular. Caminando de cara al viento, cruzaron las puertas de Newgate. Allí Ranulfo dejó de soltar maldiciones, pues los edificios de las inmediaciones eran nada menos que la espantosa prisión donde muchos años atrás él había pasado una noche, preparándose para ser ahorcado en Tyburn. La rabia que sentía contra Corbett se fue esfumando mientras seguía a su amo con la cabeza agachada para protegerse el rostro del cortante viento y se preguntaba cuánto iba a durar aquel terrible viaje. Cruzaron las puertas de la ciudad. A la derecha se encontraba la enorme zanja de seis palmos de profundidad y, en algunos lugares, treinta y cinco palmos de anchura, donde se arrojaban todas las basuras y los desperdicios de la ciudad. En verano el olor era insoportable, pero ahora, cubierta por la nieve, la zanja servía para que varios chiquillos, con unas tibias de animales atadas a los pies, se divirtieran patinando sobre el hielo. Bajo la helada superficie, Ranulfo pudo ver con toda claridad los cuerpos de varios perros y gatos e incluso, estaba seguro, el cuerpo perfectamente formado de un niño. Corbett y Ranulfo atravesaron los campos de Smithfield, pasando por delante de los tajos de los verdugos, para dirigirse a la airosa arcada ojival del hospital de San Bartolomé. La puerta estaba abierta y ambos entraron pegados a los altos muros, pasando por delante de los establos, las herrerías y otros talleres. Unos peldaños daban acceso a la entrada del hospital propiamente dicho, el cual estaba constituido por una vasta y alargada sala. Al llegar allí, Corbett paró a un hermano lego y le preguntó por el padre Tomás. El viejo asintió con la cabeza, esbozó una desdentada sonrisa mientras la saliva se le escapaba por la comisura de la boca y se alejó. Esperaron en lo alto de los peldaños. Corbett aspiró el perfume de las hierbas machacadas y de las especias y otras sustancias cuyo nombre desconocía. Al final, apareció en la puerta una desgarbada y encorvada figura que, al ver a Corbett, extendió las manos y esbozó una sonrisa que le arrugó todo el rostro. www.lectulandia.com - Página 43

4 el angel de la muerte paul c doherty  

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