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se desataba de golpe y era capaz de castigar con la mayor crueldad a quienquiera que hubiera tenido el atrevimiento de plantarle cara, aunque se tratara de alguno de los más grandes señores del reino. Corbett abandonó de pronto sus reflexiones. La fórmula de la consagración ya había terminado; ahora los presentes se darían el ósculo de la paz antes de compartir la Eucaristía. De Monfort, soberbiamente vestido con una capa consistorial de oro y púrpura, bajó las gradas del altar para acercarse al rey y, apoyando levemente las manos en los hombros del monarca, le dio un ligero beso en cada mejilla. —Pax Domini sit semper tecum[1]. —Et cum spiritu tuo[2] —contestó el rey en un susurro. Después, De Monfort, resplandeciente en sus vestiduras litúrgicas y en su arrogancia, regresó al altar para continuar la celebración de la misa. Los coros entonaron el Agnus Dei[3], subrayando especialmente el miserere nobis[4] mientras sus voces se elevaban hacia la alta bóveda de la catedral. Corbett sintió que poco a poco se iba tranquilizando. De nada serviría preocuparse, pensó mientras hacía examen de conciencia, preparándose para la recepción del sacramento. El celebrante elevó la Sagrada Forma y se escuchó el sonido de la campanilla. Corbett miró a Ranulfo para cerciorarse de que la expresión de su rostro fuera lo suficientemente devota y hubo una breve interrupción en la ceremonia mientras la Sagrada Forma se repartía entre los celebrantes congregados en torno al altar. Después, estos se pasaron el cáliz. Corbett vio que De Monfort se volvía para elevar la Sagrada Forma de cara al resto de los presentes. —Ecce Agnus Dei qui tollit peccata mundi[5]. De repente, De Monfort se quedó rígido y el copón se le escapó de la mano mientras las blancas formas se esparcían sobre las gradas del altar cual si fueran copos de nieve. Su mano se extendió para señalar al rey. La piel de su chupado rostro estaba ahora casi tan tirante como la de un cadáver y sus ojos parecían escaparse de las órbitas. Corbett se levantó, deslizando la mano hacia el puñal que guardaba bajo la capa. La boca de De Monfort se abrió y cerró como la de una carpa recién pescada y de su garganta surgió un grito desgarrador mientras el clérigo caía de cabeza sobre las gradas y su cráneo golpeaba contra la piedra. Por un instante, todos contemplaron la escena en consternado silencio. Varios caballeros de la Casa Real se acercaron a toda prisa, abriéndose paso entre la gente hasta llegar al presbiterio. Una vez allí, miraron a su alrededor, tratando de descubrir al misterioso asesino que había abatido a De Monfort. Se oyeron gritos y exclamaciones. Corbett vio que sir Fulke Bassett, un joven caballero abanderado de la Casa del rey, cruzaba el presbiterio y se arrodillaba junto al rígido cuerpo de De Monfort. Tras echarle un vistazo superficial, se volvió hacia el soberano. —¡Sire! —Corbett observó que la mano de Bassett palpaba la garganta del clérigo—. Creo… creo que está muerto. Un diácono, con vestiduras doradas volando a su alrededor como faldas de mujer, www.lectulandia.com - Página 15

4 el angel de la muerte paul c doherty  

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