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3000 ejemplares

Distribuci贸n gratuita

ISSN 2339-4633


3000 ejemplares

Distribución gratuita

ISSN 2339-4633

Contenido

Publicación de la Vicerrectoría de Extensión Universidad de Antioquia Presidente del Consejo Superior Universitario Sergio Fajardo Valderrama Rector Alberto Uribe Correa Vicerrectora de Extensión María Helena Vivas López Comité editorial de la revista María Helena Vivas López Beatriz Betancur Martínez Diana Isabel Rivera Hincapié Vicerrectoría de Extensión Mauricio Castaño Grajales Juan Camilo Jaramillo Acevedo CIEC Facultad de Comunicaciones Colaboración del Banco Universitario de Programas y Proyectos de Extensión BUPPE Redacción y fotografías Juan Camilo Jaramillo Acevedo Eliana María Castro Gaviria Diana Isabel Rivera Hincapié Diseño y diagramación Juan David Castro Quintero Impresión La Patria

Frutos. Extensión Solidaria Universidad de Antioquia Edificio de Extensión, Universidad de Antioquia Calle 70 No 52 - 72. 6° piso, oficina 600 Correo electrónico: comunicaciones@extensionudea.net Teléfonos: 219 5170 - 219 8192 - 219 8172

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Presentación La escuela busca al niño y a la niña El voluntariado, una opción de vida De la universidad al barrio Agricultores de mar A orillas del paraíso Mejores cuidadores familiares, mayor bienestar La cultura palabrario: el arte de enseñar Narraciones para no olvidar Sábados de alegría


Presentación

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María Helena Vivas López Vicerrectora de Extensión - Universidad de Antioquia

os universitarios van a los barrios, suben calles empinadas, atraviesan fronteras sin importar cuán lejos tengan que ir o cuán difícil sea llegar a esos lugares; lo que realmente importa para ellos es cambiar al menos la vida de un ser humano, llevarle alegría, devolverle la esperanza, ayudarle a construir un mejor futuro. Nuestros reporteros siguieron sus pasos en búsqueda de hechos y testimonios para narrar las nueve crónicas que se compilan en esta edición de la Revista Frutos. Extensión Solidaria Universidad de Antioquia. Fue así como encontraron a una niña de doce años que fue salvada de un destino en la calle y el abandono; compartieron los momentos de inmensa felicidad que un grupo de personas discapacitadas viven junto a nuestros profesores y estudiantes; conocieron a una mujer que fue ayudada en su misión de recolectar y contar historias para combatir la violencia de su barrio, de la que ella misma había sido víctima; descubrieron que existen formas creativas para desarrollar el pensamiento en maestros y niños; y que no solamente aquellos que padecen una enfermedad, sino quienes los cuidan en sus hogares, necesitan de atención especial para su bienestar. También viajaron hasta el Urabá antioqueño, se sorprendieron con la hermosura y la imponencia del paisaje, con la diversidad cultural y natural de esa región, pero más aún cuando tuvieron que atravesar manglares y navegar por muchas horas bajo el sol para llegar a su destino, en donde comprobaron las dificultades que los universitarios han tenido que superar, como la distancia, la carencia de recursos y la misma naturaleza, para buscar mejores condiciones de vida de los habitantes, preservar los ecosistemas y aportar al desarrollo socioeconómico de la región. Los universitarios han hecho esto por muchos años de manera silenciosa. Esta revista es un reconocimiento y un mensaje de aliento para ellos, es una muestra del espíritu solidario de la Universidad de Antioquia. María Helena Vivas López Vicerrectora de Extensión

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La escuela busca

al niño y a la niña

Las cosas fueron así: Jensy Paola llegó a Medellín cuando tenía no más doce años. Venía de Cali, sola, sin papeles, con lo poco que pudo empacar en el bolso del colegio. Su padre la había echado de la casa. Los motivos: él mismo le pegaba cuando estaba ebrio, y ella y una hermana mayor habían planeado irse de la casa aquellas vacaciones de junio. Pero las cosas no siempre salen bien, y antes de la fuga, la hermana acusó a la menorcita del plan. El papá la echó de la casa, y Jensy se vino a buscar a sus abuelos en Medellín. Sin nada, con doce años, en bus. En Cali, Jensy vivía casi que en la calle, sin comer muchas veces, muy sola. Pero, por ejemplo, era muy buena estudiante. Había pasado a sexto año, aunque a Medellín llegó sin notas ni papeles. Fue entonces cuando avistó con su abuela un cartel que decía “La escuela busca al niño y a la niña”. Se acercaron, preguntaron, y a las pocas semanas ya estaba estudiando. Todo esto habría podido ser más complejo, el papá de Jensy se negaba a enviar sus documentos, su mamá vive en España y no tenía más que el apoyo de un par de abuelos, pero como pocas veces fue distinto: porque contó con el apoyo de otra historia que se desarrollaba al mismo tiempo en la ciudad: la historia de la Escuela busca al niño y a la niña –EBN–. Durante ocho años, cinco instituciones, Unicef, Corporación Región, la Asociación Antioqueña de Cooperativas, la Secretaría de Educación de Medellín y la Universidad de Antioquia, por medio de su Facultad de Educación, se dieron al trabajo de buscar, puerta a puerta, rincón por rincón, a niños

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Para entender el sentido de algo, primero hay que buscarlo. Esa es la clave, lo distinto, lo que marcó la experiencia de La Escuela busca al niño y a la niña: una estrategia de escolarización que logró reducir las barreras de la escuela y devolverle las posibilidades de estudio a los niños más vulnerables de la ciudad.

y adolescentes en condiciones vulnerables para regresarlos al sistema educativo de la ciudad. Fue así como niños que trabajaban en las calles, o que venían desplazados de otras partes del país y el departamento, sin documentos y sin posibilidades de realizar una matrícula, volvieron a la escuela acompañados por un grupo de profesionales que por un par de años estuvieron a cargo de sus vidas en la institución educativa. Ese trabajo de búsqueda y acercamiento de la Escuela al niño estuvo en manos de la Facultad de Educación, que asumió este proyecto como extensión solidaria y como escenario de prácticas académicas: puso a sus estudiantes y a una serie de asesores –unos diez– a recorrer la ciudad: “Lo primero que hacíamos en cada etapa era un seminario de práctica, un proceso formativo que nos permitía delimitar el trabajo de los estudiantes y saber con qué comunidad íbamos a trabajar. Luego empezábamos los recorridos, conocíamos la zona y hacíamos contacto con líderes comunales”, comenta Marta Lucía Correa, coordinadora académica del programa. Después era el momento de ir a cada casa, preguntar a las familias por los niños, preguntarles a los mismos niños si estudiaban o no y por qué, encontrarlos en las calles y convencerlos de que el colegio era la mejor opción. Con carteles, con reuniones de padres de familia e instituciones educativas para gestionar los cupos: así encontraron, por ejemplo, a Jensy o a Eliana y a Valeria, que también pudieron ingresar a la Institución Educativa Héctor Abad Gómez, sede San Lorenzo, sin documentos. “Lo que hizo la estrategia fue servir de puente, de mediador, de facilitador. Porque hay cosas muy sencillas, pero


La Unesco define la inclusión educativa como “una estrategia dinámica para responder en forma proactiva a la diversidad de los estudiantes y concebir las diferencias individuales no como problema sino como oportunidades, para enriquecer el aprendizaje”. Esta fue la apuesta desde la Universidad y su Facultad de Educación.

complejas en una matrícula, como la señora que trabaja interna toda la semana y no puede matricular al chico. Incluso en la Comuna 3 hicimos matrícula. Yo soy acudiente de unos de esos chicos porque muchos no tenían los requerimientos. Niños que no podían hacer el proceso por no tener un registro civil o una foto. Había que apersonarse de la situación”. No siempre fue un asunto sencillo, en alguna institución no faltó quien dijo: “¿Nos van a traer más gamines?”. Pero eso precisamente era el trabajo que había que hacer y se hizo en buena parte: devolver la mirada a los chicos de las calles, a los más necesitados, darles oportunidades y entender sus contextos, y, por encima de todo, reducir las barreras entre la escuela y el niño. Entender situaciones como en el caso de los chicos de Chocó que en su departamento entran a estudiar más tarde, y si llegan a Medellín ya son considerados extraedad y no hay cupo para ellos. “En general nos enfrentamos a dos grandes problemáticas –comenta la profesora Marta Tirado, jefe del Departamento de Extensión de la Facultad–: el tema de la pobreza y la exclusión. Familias desplazadas, víctimas del conflicto y

niños que ante la falta de recursos salen a invadir los semáforos de la ciudad. Además de un ambiente cultural de la escuela muy poco estimulante: a los niños se les reintegraba, pero el sistema educativo no estaba preparado para recibir niños con tanto mundo, que hubieran trabajado y hasta hubieran pasado por el consumo de algunas drogas”. Por eso, para atacar la cultura expulsoria de las instituciones educativas, fue fundamental el acompañamiento de la estrategia. Había que hacer ameno el espacio de la escuela, más atractivo que la calle; apoyar a las instituciones que también carecían de recursos para acompañar y atender el proceso educativo de cada niño y que debían encontrar otras prácticas pedagógicas. No fue fácil, cuenta la profesora Libia Escobar del colegio Héctor Abad Gómez, sede San Lorenzo; el primer mes de los chicos en el colegio fue un caos. Era entendible: se trataba de niños, en el caso del barrio Niquitao de Medellín, que viven en inquilinatos, en una pieza con siete u ocho personas más y en casas con 20 o 25 familias más, muy solos, por lo que el colegio les significa unas ciertas libertades.

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“A mí me tocó implementar doble metodología en la clase porque el grupo era completamente heterogéneo: así como había niños que no sabían nada, otros tenían los conocimientos para estar en un segundo grado. Había que buscar notas, establecer en qué grado debían estar a pesar de la edad. Con estos chicos hay que trabajar el amor, porque ellos están ávidos es de buen trato, no solo de conocimiento. Devolverles su autoestima”. Se trató de un acompañamiento completo al niño que vuelve a la escuela: desde la posibilidad de apoyarlos con útiles y uniformes, hasta la observación periódica del proceso de cada uno, y el trabajo con los profesores sobre cómo acoger al otro. Incluso en el mismo lenguaje, pues de instituciones recogedoras pasaron a llamarse instituciones acogedoras; es decir, que esperan. Eso lo traduce mejor Jensy, ya en décimo grado: “Al comienzo fue duro con los otros chicos, yo llegué muy violenta. Vivía a la defensiva, por eso siempre me gustó el asunto de reintegración social porque no solo se trata de enseñarnos materias, sino de prepararnos y volvernos a la sociedad. Mi proceso fue duro, y haber salido bien es un gran logro”. Hasta 2011 funcionó la EBN. Más de dos mil niños regresaron a las instituciones educativas. Claro, no siempre se gana, algunos volvieron a las calles, muchas familias tuvieron que trasladarse de barrio y, en fin, todavía hay que trabajar. Pero con otros sí se ganó, como con Jensy que ya tiene claro que va a estudiar Contaduría Pública y que pasa feliz las horas en su colegio. De lo único que se trata es de seguir. De volver.

El proyecto contó con tres etapas, muy distintas cada una: la primera recorrió las comunas 8 y 9, reintegrando a 300 niños y adolescentes afectados por el desplazamiento forzado. En 2006 comenzó la segunda fase que incluyó las comunas 4 y 10, especialmente el sector de San Lorenzo. Durante los tres años de trabajo, mil niños pudieron ingresar y regresar al colegio: niños que pudieron zafarse del contexto de un sector en el que todavía muchos trabajan en las calles y están expuestos al consumo de drogas. Asimismo, fue la oportunidad para que la EBN se vinculara con otro proyecto municipal: Colegios de Calidad. Por su parte, en 2010, las comunas beneficiadas fueron la 3 y la 13, las comunas con mayor deserción de la ciudad. Algo más de 800 niños volvieron a la escuela. En el caso de la 13, la estrategia organizó un recorrido barrial con los jóvenes para que fueran ellos mismos quienes contaran sus percepciones del barrio, dónde vivían y cómo, y cuál era la situación con las fronteras invisibles que de alguna manera frenaban el proceso.

A kilómetros de Medellín, en Armenia, tuvo sus orígenes La Escuela busca al niño y a la niña. Hace más de una década, estudiantes del programa Pedagogía Reeducativa de la Universidad de la Universidad del Quindío buscaron alternativas de escolarización para los niños que trabajaban en las calles de la ciudad. La estrategia resultó fundamental para atender la población en situación de emergencia por el terremoto de 1999.

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El voluntariado,

una opción de vida

El voluntariado es la otra carrera universitaria: una que enseña a dar mucho con muy poco. Es la carrera que recupera el lado humano del profesional. Un sábado, cada veinte días, gracias a la Red de Voluntarios del Programa IDA muchos niños en Medellín visitan al médico o al odontólogo y aprenden de salud.

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igamos que la disposición, casi siempre, será la misma: la de un carrusel. Digamos que en el salón de la derecha los enfermeros dictarán sus charlas, en el del centro los médicos atenderán la salud de los pacientes más pequeños, más atrás los odontólogos enseñarán los secretos de un buen cepillado, mientras en el rincón izquierdo los de química farmacéutica se fajarán con una obra de títeres sobre el peligro de automedicarse y, finalmente, los ingenieros de alimentos compartirán recetas para una alimentación saludable y económica. Digamos que a veces será así, otras al revés, según el espacio de cada vez. El caso es que ahí estarán: la mayoría estudiantes, algunos profesores y otros egresados: todos voluntarios. Todo esto sucederá un sábado cada veinte días. Ellos hacen parte de la Red de Voluntarios del programa IDA de la Vicerrectoría de Extensión de la Universidad de Antioquia. Se trata de unos 350 voluntarios, entre estudiantes, docentes y egresados que han decidido aportar con sus conocimientos al bienestar de las comunidades más vulnerables de la ciudad. Luisa Fernanda Gómez, estudiante de octavo semestre de Odontología, y Carolina Muñetón, estudiante de Comunicaciones, son las encargadas de coordinar a toda esta camada de futuros profesionales y a los egresados y profesores que creen en el voluntariado.

Esta historia empezó con el grupo de Voluntades Universitarias para el Desarrollo Social que funciona desde el año 2000 en la Universidad de Antioquia. Empezó como una historia de bazares comunitarios en los que profesionales o estudiantes de las facultades de Medicina, Enfermería, Odontología, Química Farmacéutica, Escuela de Nutrición –las mismas que hoy conforman el programa– atendían la salud en las laderas de Medellín. Así, por voluntad. Cuando esta experiencia se sistematizó, pasó a ser coordinada por el Programa Integración Docencia-Asistencia y Desarrollo Comunitario –IDA–. El año pasado, por ejemplo, la Red atendió más de ocho mil personas en sus 52 jornadas. Como este sábado de marzo en el que empezarán a llegar los niños con sus madres o padres a la Fundación Creando Futuro de Villa Hermosa. Muy a las ocho de la mañana. Las madres irán a las charlas sobre cáncer de mama o nutrición y aprenderán lo importante de exigir después de los 40 años una mamografía; los niños se harán revisar sus dientes de leche y esperarán el turno para el cepillado. Además tendrán cepillo nuevo. Entonces los futuros médicos indagarán con las madres: ¿qué come el niño?, ¿cuándo llora?, ¿qué no le gusta? Y también indagarán por la familia y el entorno del niño. Todo a la vez, pero en distintos salones, en forma de carrusel. Isabel García Castro, estudiante de enfermería de octavo semestre, dirá que no se puede trabajar la fisonomía del cuerpo sin ver la mente.

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Ser voluntario

El voluntariado atendió, entre 2007 y octubre de 2012, a más de 36 mil personas. El año pasado, durante el primer semestre realizó 36 jornadas educativas en las que participaron 223 voluntarios y se beneficiaron 5.305 personas. En el segundo semestre, las jornadas fueron 16 y participaron 3.025 habitantes de Medellín.

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El trabajo del voluntariado en Colombia encuentra sus raíces con las llamadas mingas o minkas de la cultura indígena: trabajos colectivos hechos para favorecer a una comunidad. Este espíritu de solidaridad también vio sus manifestaciones en las épocas de la colonia, cuando los encomenderos tenían la responsabilidad de proteger a los habitantes de su territorio y procurarles una buena vida. A comienzos del siglo XX nació la Cruz Roja colombiana, institución pionera en el tema. En el mundo, el voluntariado como movimiento surge después de la Segunda Guerra Mundial, promovido por la Unesco, quien impulsó la creación del Servicio Voluntario Internacional que congrega esfuerzos por la justicia social, la paz, el desarrollo y la protección del medio ambiente. Todo el siglo XX fue fundamental para la formación de asociaciones de orden nacional e internacional que le permiten a la ciudadanía reconocer sus derechos y sus posibilidades de ayudar al otro. Colombia cuenta con su propio Sistema Nacional de Voluntariado.

Si usted desea una jornada del voluntariado, debe tener varios asuntos en cuenta: la Red trabaja con organizaciones sociales, juntas de acción comunal, fundaciones o programas gubernamentales que atienden a la población de estrato 0, 1 y 2 de la ciudad. La misma fundación debe enviar la solicitud y, según el orden de la petición, Luisa y los líderes de las facultades involucradas estudian la propuesta y organizan el cronograma del año. En la petición que hacen las organizaciones, y a partir del portafolio de servicios del programa, se determinan las actividades que prestará el voluntariado a la comunidad. De ahí que la agenda del voluntariado este año ya esté completa. Las solicitudes que ahora llegan tendrán que esperar una jornada para el 2014. De los gastos de alimentación y transporte debe hacerse cargo la organización. Entre otras muchas razones porque no sería justo privar a un estudiante del voluntariado por la falta de recursos para viajar a los barrios de cada visita. Por ese mismo motivo, por los estudiantes, las jornadas se realizan los sábados. A decir verdad, un voluntario da mucho y recibe más. Lo recibe todo: sonrisas, agradecimientos, confianza y conocimiento. Eso aprendió Luisa desde su primera jornada en la que supo que además de la satisfacción de ayudar al otro, el voluntariado es una experiencia interdisciplinaria en la que comparten y se apoyan futuros médicos, nutricionistas, odontólogos. Hasta comunicadores. Ella empezó como voluntaria en el segundo semestre de su carrera: “Me interesaba ver que lo que estoy estudiando no es solo para ganar plata, sino para ayudar a quienes lo necesitan. Sobre todo porque hay personas –uno lo ve de entrada– que no tienen forma ni ingresos para acceder a la salud en la ciudad”.


Todos aquí serán unos profesionales distintos, profesionales que improvisan: han atendido en sillas y mesas de colegios, han visto de cerca la situación de los niños descalzos que bajan desde las laderas de Medellín tan solo por un cepillo de dientes. Han tenido que ser lo suficientemente creativos para lograr que las madres puedan participar de las charlas y los niños se diviertan. Con obras de títeres, material didáctico y juegos de ronda, complementan las jornadas de prevención y promoción de la salud. El voluntario aprende por gusto el lenguaje de sus pacientes. Por algo Isabel, futura enfermera, dice que esta experiencia saca a cualquiera del cuaderno de las clases: “Cada jornada es única. El voluntariado te hace crecer como persona y profesional, te da la oportunidad de tratar a la gente, conocer diversas culturas y las problemáticas de la ciudad. No es lo mismo un profesional que estuvo en un voluntariado a otro que no”. Este trabajo va más allá de las meras jornadas pues en cada una de ellas se detectan problemas no solo de salud sino familiares y sociales que quedan a cargo de las diferentes organizaciones. Como la vez aquella que uno de los estudiantes de medicina descubrió el maltrato hacia un niño, después de verle la retina movida. Para el caso también se hacen remisiones, por eso a las jornadas asisten también egresados y profesores. El voluntariado apoya las actividades de la Corporación Antioquia Mía, Recimed, Fundación Berta Martínez Jaramillo, entre otras. A su vez, con proyectos en barrios como La Cruz y La Honda, en los que se han capacitado a familias en temas de autocuidado e higiene saludable, renueva su compromiso con las comunidades más vulnerables.

El voluntariado ha recibido distintas menciones en estos años: en 2001, el Consejo Académico de la Universidad de Antioquia le concedió una moción de felicitación. En 2008, la Alcaldía y el Consejo Municipal de Voluntariado de Medellín hicieron reconocimiento al Programa IDA. Cuando un voluntario se gradúa, también recibe una mención.

A veces al medio día, otras en la tarde, finalizará la jornada de trabajo. Hasta atender al último niño. Es decir, por hoy, 45 niños. Entonces será el tiempo en que los voluntarios, los líderes de la Fundación, Luisa y Carolina se sentarán a evaluar la jornada. Esta en Villa Hermosa, por ejemplo, fue especial pues se detectaron casos de maltrato y adicción, que quedarán en manos de la Fundación. La conclusión de la jornada estará en las manos de un futuro médico: “En un sistema de salud ideal podríamos darle solución a muchos de los problemas, pero aquí uno se tiene que resignar a decirle al papá que hay que darle prioridad al hijo en el plato de comida”. En veinte días será la próxima jornada: aún hay mucho por hacer.

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De la universidad

al barrio

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n el barrio se conversa con los pelados: uno llega, compra dos bananos, una bolsa de leche, cuatro vasos y los rota mientras alguien al lado comenta: “Quién diría que estamos tan cerca de todo, yo desde aquí veo la universidad, Coltejer, el estadio”. Lo dice desde La Cruz, ladera de Manrique, un barrio al que se llega subiendo. Subiendo de verdad, por unas callecitas mínimas, muy estrechas, dejando atrás el centro de la ciudad para lograr ver, paradójicamente, a Medellín en su completa dimensión. La Cruz tiene, por demás, una de las mejores vistas de esta ciudad. Eso hace Astrid Carrasquilla –Comunicadora SocialPeriodista, docente coordinadora del proyecto Barrio U– esta tarde de domingo, mientras acompaña a sus muchachos de la universidad y espera a los del barrio. Todo porque es tiempo de retornar a las labores que se suspendieron durante las vacaciones: Barrio U es el grupo de extensión solidaria de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia, un grupo de estudiantes, profesores y egresados a los que les preocupa pensarse en un contexto. Hace un par de años había más que razones para pensar en un proyecto como este: la Facultad de Comunicaciones había crecido considerablemente en todas las líneas de la extensión, pero seguían faltando propuestas de extensión solidaria. Quizá en alguna clase los muchachos tenían chispazos, pero no procesos de largo aliento. Esa fue la

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Llevar la universidad al barrio, traer el barrio a la universidad, asumir que la universidad también es un barrio. Desde hace dos años, a esto le apunta Barrio U: al diálogo.

apuesta de Astrid –coordinadora además de las prácticas de su Facultad–, quien tuvo la iniciativa con el apoyo del Centro de Extensión de la Facultad: se trataba de sentarse a pensar y construir una propuesta que atravesara a una comunidad desde la comunicación y que además no tenía ningún referente. Fue así como a finales de 2010 una pintoresca marioneta y un hombre de traje negro y máscara blanca recorrieron todos los salones de clase de la Facultad de Comunicaciones convocando a los voluntarios. A la primera reunión, después de la convocatoria, asistieron unos veinte estudiantes: “Hay chicos que están desde el comienzo, otros se cansaron en el camino porque tenían otras expectativas. Fue un ejercicio de reiventarse en cada reunión, de saber cómo, por dónde y para dónde”, cuenta Astrid Carrasquilla. En silencio empezaron a trabajar, cada martes, con el compromiso que permite el trabajo voluntario. No era Astrid la más experta en comunicación y cambio social, pero eran temas que la entusiasmaban y que podían generar un diálogo de saberes en el que todos aprendieran de la mano. La cosa estaba más o menos clara: antes de entrar al trabajo con la comunidad, era necesario generar un proyecto de fortalecimiento de grupo. Todo eso coincidió con la convocatoria BUPPE en el año 2011, lo que permitió que planearan y ejecutaran tres objetivos iniciales: capacitar a los muchachos internamente en temas como transformación,


desarrollo y formulación de proyectos; visibilizar el grupo entre la comunidad universitaria y demás organizaciones afines y realizar una prueba piloto de trabajo en la que ya sí empezaran a entablar una relación estrecha con el barrio. Con la calle. Para esta prueba piloto pensaron en los barrios de La Cruz, La Honda y Bello Oriente, barrios en los que la universidad ya tenía las puertas abiertas. Pensaron también en involucrar a jóvenes escolarizados, y encontraron un gran potencial en el Colegio Bello Oriente. Con ellos hicieron la tan anhelada prueba piloto, que resultó ser más una excusa para empezar a conocer y darse a conocer. Los universitarios dieron herramientas para el trabajo con radio y fotografía, y ellos, los del barrio, contaron sus relatos. Sus propias historias. Tomaron fotografías, capturaron relatos y caminaron sus calles. Un ejercicio sencillo, pero necesario. Necesario, entre otras cosas, porque estos barrios tienen historias muy interesantes sobre cómo se han hecho con el trabajo de la gente: familias desplazadas del departamento o del país, a quienes les ha significado todo un reto organizarse, construir redes y sobrevivir cuando los recursos son escasos. El grupo está abierto a toda la facultad, no solo a los estudiantes de comunicaciones, por lo que también están futuros periodistas y comunicadores audiovisuales; unos apenas inician la carrera, otros están a punto de terminar y algunos ya lo hicieron. Por eso Barrio U es toda una escuela: “Porque aquí confluyen perfiles distintos, momentos distintos de la formación, que empiezan a hablar un mismo lenguaje. Todo esto implica muchos ejercicios, conversar, leer, discutir, reunirnos una vez a la semana, dejarnos tareas y cumplir con ellas”, comenta Astrid.

Pero no solo la universidad va al barrio, el barrio ha hecho lo propio: a mediados del año pasado, se desarrolló el Festival Barrio U con grupos culturales de la comunidad y de la misma Facultad. Fue la oportunidad para contarle al grueso de los estudiantes sobre las posibilidades del trabajo en la calle; un diálogo de presentaciones musicales, exposiciones fotográficas y cuentería para que los pelados de la universidad se entusiasmaran y los del barrio mostraran sus talentos. “El trabajo con la comunidad, si uno mira, aún no ha sido mucho. Pero hemos sentado las bases para que cuando ese trabajo se haga, se haga muy bien. Lo más valioso es que hemos ganado en organización, y eso nos permite pensar que el proyecto ya se sostiene solo, que continuará, que habrá un relevo generacional”. Barrio U está construyendo escenarios para aprender y desaprender, de cara a esta ciudad -que es tantas ciudades a la vez- y que demanda más diálogo.

En el barrio: una lectura de contexto La Cruz, La Honda y Bello Oriente son las calles de Barrio U. Allá arriba están los pelados. Están pensándose su barrio, su colegio, su gente. Son muchachos entre 17 y 23 años, estudiantes o egresados de colegio, con muchas expectativas por la vida. Están Beto, Santiago, Cristian, Francisco y Pablo, por ejemplo: un grupito de jóvenes que hacen teatro, hip hop, ayudan en la iglesia, son buenos estudiantes, pero, sobre todo, son líderes. Esta misma tarde de domingo, tarde de reencuentro con los pelados de la Universidad, conversan sobre las oportunidades de fortalecer la emisora escolar. Astrid comenta que Barrio U, de nuevo, recibió un estímulo de la

El grupo base de Barrio está conformado por veinte estudiantes de la Facultad de Comunicaciones, un par de egresados, Astrid en la coordinación y el profesor Jaime López como asesor temático. En el barrio trabajan con unos quince pelados.


convocatoria Buppe para desarrollar un proyecto sobre ejercicio ciudadano juvenil a través de estrategias de comunicación. Es decir, esta vez el propósito es ver cómo la radio escolar no se limita a la música en los descansos, sino que tiene muchas más posibilidades para que los jóvenes sean más críticos y participativos. Todo esto irá de la mano de Palco, la organización que coordina las emisoras comunitarias de Medellín y que está dispuesta a asesorarlos en la realización de seis talleres con sus respectivos productos. Bueno, hasta ahí va el cronograma: este primer semestre los muchachos –los de la universidad y los del barrio– se sentarán a decidir espacios, generar contenidos, preparar metodología, y a mitad de año empezarán los talleres. Durante esta tarde de domingo en La Cruz, Pablo y los demás hablarán sobre la falta de sentido de pertenencia de los estudiantes en el colegio, y Beto afirmará que en estos barrios en los que hace falta tanto, la gente no cuida lo que tiene porque no lo siente como propio. Astrid entonces verá la emisora escolar que están por construir como la oportunidad para trabajar un tema de cultura ciudadana. Un par de horas durará esta conversación y así será siempre: un diálogo de saberes, de pares, de placeres y expectativas. Barrio U también ha logrado que estos muchachos enfoquen sus gustos y descubran sus talentos. Al finalizar la tarde de domingo, una imprudente reportera le preguntará a los pelados por lo que ha significado Barrio U en este año de trabajo y Pacho responderá: “Yo lo he disfrutado mucho, aunque todavía no sepa muy bien cómo funciona esa grabadora, por ejemplo. Pero es bonito que haya personas que desde su conocimiento aporten a nuestro crecimiento personal, que nos generen un diálogo y muestren lo que hacemos. De alguna manera nos dicen que somos importantes”.

Otra de las experiencias de extensión solidaria de la Facultad de Comunicaciones tuvo que ver con el trabajado de la profesora Patricia Nieto, quien en su momento realizó talleres de escritura con víctimas del conflicto, lo cual derivó en varias publicaciones.

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La comunicación para el desarrollo y el cambio social En junio del año pasado, Barrio U se presentó oficialmente ante la comunidad académica. Lo hizo con la preparación de una conferencia-panel denominada “Comunicación y educación para el cambio social”, a cargo del maestro Alfonso Gumucio, una de las figuras más importantes para Latinoamérica en cuanto al tema. Un día antes del conversatorio, Gumucio recorrió con los integrantes de Barrio U algunas experiencias significativas de comunicación participativa en las comunas 3, 6, 8 y 13. De esta manera, le dieron a conocer proyectos como la Corporación para la Comunicación Ciudadana Comuna 8, Corporación de Periodismo y Medios Kinésica (Comuna 13), las emisoras comunitarias Zona Radio y Esquina Radio y el periódico Tinta Tres, concebido por estudiantes de la Universidad de Antioquia, y uno de los mejores aliados del mismo Barrio U. La comunicación para el cambio social surgió para resaltar lo más obvio y no menos olvidado: la comunicación es indispensable en los procesos de desarrollo, no como mero instrumento institucional o de propaganda, sino para establecer términos más justos en el proceso de interacción cultural. Para devolver la comunicación a su esencia: el diálogo. Por lo menos eso dice el mismo Alfonso Gumucio. En Colombia, Radio Sutatenza es recordada como una de las primeras experiencias de innovación en temas de educación y comunicación. Bajo el concepto de Escuelas Radiofónicas, durante casi cincuenta años utilizó herramientas como el periodismo y la comunicación interpersonal, además de la radiodifusión, con el propósito de alfabetizar a los adultos campesinos del país.


Agricultores

de mar

Gracias al programa Erica (España y sus regiones intercambian conocimientos con Antioquia), así como al aporte de la Vicerrectoría de Extensión y otras instituciones, decenas de pescadores y madres cabeza de familia de Urabá ven ahora en el cultivo de ostras una opción de vida. Una esperanza que ya empieza a dar sus frutos a pesar de las dificultades.

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Y

de pronto la panga en la que vamos se detiene. -¿Qué pasa? -Nos varamos. El motor lanza un estornudo y no funciona más. Arley, que nos conduce, lo destapa, limpia la bujía, revisa la entrada de gasolina y vuelve a tratar de encenderlo. Nada. - ¿Es grave? - Parece. Estamos en el golfo de Urabá, a una hora del puerto de Turbo, en medio del agua. El sol de las diez de la mañana lame las nucas y los brazos. A un lado, no muy lejos, se ven los manglares. Pequeñitos, en otro extremo, pueden observarse, anclados, algunos barcos bananeros. - ¿Y entonces? - Esperar. Así están las cosas. En la panga viajamos Yonier, un pescador de 25 años y padre de dos hijas; Luz Nelly, madre cabeza de familia; Bonny, ingeniera acuícola de la Universidad de Antioquia; Yesenia, tecnóloga acuícola; Arley y yo. Todo ellos, excepto Arley y yo, hacen parten del proyecto piloto “Desarrollo productivo en el Golfo de Urabá, Colombia – Transferencia en buenas prácticas de pesca artesanal y en acuicultura”, con el que busca, a través del cultivo de ostras, generar otras opciones de trabajo y contribuir al cuidado de los recursos marinos de la región. - ¿Será que pasa alguien que nos ayude? - No creo. Voy a llamar para que nos manden una lancha que venga por nosotros. Casi no hay brisa. El agua, a esta hora, apenas si nos mece. De vez en cuando pasa una gaviota solitaria o baja un buchón de agua por la corriente. - ¿Y mientras tanto? - Hablemos del proyecto.

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Entonces Bonny, que es una profesional de enlace entre la Universidad y los pescadores, cuenta que todo comenzó en 2009, cuando entre la Universidad de Antioquia y la Gobernación, apoyados por el programa Erica (plataforma de coordinación interinstitucional integrada por instituciones públicas, privadas y académicas de Antioquia y España), comenzaron a estudiar opciones de transferencia de conocimiento entre España y Antioquia que beneficiaran a los pescadores del Golfo de Urabá. Así, con el acompañamiento técnico del Centro Tecnológico del Mar, Cetmar, de España, se empezó a estudiar la viabilidad del cultivo de mejillones y ostras en el golfo. - ¿Y qué pasó? - Encontramos que el cultivo de mejillones no funciona, no crece en esta zona, mientras que el de ostras de manglar funciona muy bien, sobre todo en el sector Los Hoyos, porque tiene las condiciones de salinidad y corriente propicias. Es adonde deberíamos estar llegando si no estuviéramos aquí varados. Así que en 2010, continúa Bonny, comenzaron las capacitaciones gracias a Cetmar. Desde España vinieron dos profesionales que se quedaron por meses en la región e instruyeron en el cultivo de ostras a más de 50 pescadores y madres cabeza de familia de Turbo y Necoclí. Con la ayuda de ellos se instaló el cultivo en Los Hoyos. - ¿Y qué aprendieron de los españoles? - Todo –dice Luz Nelly, a quien conocen como La Ñata, una negra grande, risueña-. De la cosecha a la poscosecha. A los cultivadores de ostras se les llama campesinos de mar. No es gratuita la expresión. A la ostra, que es el molusco más apetecido en el mundo, no se le pesca sino que se cultiva. Para que crezca como debe ser (sin contaminantes, con la concha bien formada) hay que tomar la semilla


Ostras en el mundo Corea, China y Japón son grandes productores de ostras en el mundo. Tan solo Corea produce 150 millones de toneladas al año. Otros países como Francia, con 50 millones de toneladas, Estados Unidos, con 10 millones, e Italia, con 5 millones, se destacan en este mercado. En Latinoamérica, México es el principal productor con 4 toneladas, seguido de Brasil y Chile. Por ahora, en Colombia esta industria es casi inexistente. del mangle y ponerla en un colector, que en el caso de este proyecto es una hoja de cartonplax a la que la semilla se pega y que va sumergida en el agua. Cuando las semillas superan los 20 milímetros de diámetro son introducidas en unas mallas cilíndricas, elaboradas con alambre galvanizado, llamadas linternas, donde quedan protegidas de depredadores naturales. Continuamente a las ostras hay que estarlas lavando, como buena práctica de higiene en el cultivo. Cuando tienen el tamaño suficiente, es decir unos seis centímetros, se colectan y se les hace un trabajo de depuración, que consiste en lavarlas con desinfectantes orgánicos para que queden listas para el consumo. Una labor, desde la siembra a la recolección, de paciencia y constancia. - ¿Qué es eso que viene allá? ¿Una lancha? - No, no es nada. Es un pedazo de vegetación que lleva la corriente. Ya estamos viendo visiones. Songo sorongo, mientras hablamos de ostras y triunfos y fracasos del proyecto (como que el cultivo en Necoclí no funcionara porque el agua cambiaba de salinidad y la ostra no crecía lo debido o como que la primera siembra en Los Hoyos se perdió por culpa de un largo invierno que impidió ir a cuidarla) se ha hecho mediodía. El sol es un enemigo y la paciencia comienza a agotarse. - ¿Qué pasó con la lancha que venía por nosotros? - Acaban de llamar. También se vararon. Bueno, menos mal hay señal de celular. Nos comemos el pollo asado que traíamos como almuerzo y tratamos de racionalizar el agua. Arley y Yonier se dan un chapuzón mientras los demás nos refritamos bajo el sol. - ¿Pero todo han sido dificultades? - No, al contrario. Ha habido muchas satisfacciones. Desde 2010, cuenta Luz Nelly, no han parado de capacitarse. Los cerca de 40 pescadores y madres cabeza de familia del sector El Uno y Claudia María, de Turbo, que

son las responsables del cultivo, no sólo han aprendido todo sobre ostras de mangle sino que el año pasado, gracias al Sena, estudiaron gastronomía enfocada en la preparación de este molusco. - Yo creía que la ostra sólo se comía cruda. De pronto con limón y sal… - ¡Qué va! Se pueden preparar ostras gratinadas, canapés con ostras, ostras al pesto con carambolo, brochetas de ostras tropicales, arroz con ostras, ostras con vinagreta y limón. Todos esos, y otros platos, aprendimos a cocinarlos. El año pasado, la Universidad contrató un estudio de mercadeo que estableciera las posibilidades comerciales de la ostra en la región y el departamento. Los resultados fueron esperanzadores. El estudio concluyó que este producto tiene altas posibilidades de comercialización. Lo que viene ahora es hacer un plan de negocios, crear una marca; montar, pues, el negocio. - ¿Por eso siguen entusiasmados con la ostra? - Claro –dice Yonier desde el agua-, es que la pesca se ha reducido mucho, el Golfo ha sido muy golpeado, mientras que la ostra es una opción novedosa y sana con el medio ambiente.

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Las otras de mangle o crassostrea rhizophorae, como las que tienen estos campesinos de mar, tardan aproximadamente nueve meses en dar sus “frutos”: un molusco blando y jugoso que puede prepararse de mil formas. Dicen los expertos que la ostra resume el sabor del mar sin ser salada. Un sabor que se aprende y se disfruta luego de romper ciertas barreras mentales frente a este alimento, sobre todo por su apariencia. Todo esto quedó claro en la Primera Feria Gastronómica, organizada en noviembre pasado por el programa Erica, la Universidad y la Gobernación, en la que estos pescadores demostraron no solo que ya tenían “cosecha” de ostras sino que sabían cómo prepararlas. A la feria asistieron representantes de varias instituciones públicas y privadas de Urabá, así como dueños de restaurantes y hoteles. - ¿Y cómo se sintieron? - Genial. Ver tanta gente degustando nuestro producto. Yo tenía una alegría que no me la quitaba nadie –dice Luz Nelly. También, algunos pescadores –entre ellos Nelly y Yonier– viajaron a El Salvador, como parte del proyecto Erica, para conocer procesos más tecnificados de cultivo de ostras.

- ¿Y qué tal la experiencia? - Increíble. Marca el norte sobre hacia donde tenemos que llegar. Por ahora, gracias a la Vicerrectoría de Extensión, este proyecto cuenta con dos profesionales de apoyo (Bonny y Yesenia), que acompañan a estos 40 miembros del proyecto en el cuidado de las ostras. Pero no es sencillo. Sólo en gasolina, visitar el cultivo cuesta 120 mil pesos. Aunque el proyecto es rentable y una opción para muchas familias de escasos recursos, todavía falta más acompañamiento de las instituciones. - ¿Qué es eso? ¿Una lancha? - Sí, sí, sí, es una lancha. Al fin. Son las tres de la tarde: algo más de seis horas bajo el sol. A estas alturas ver una lancha es como si se apareciera el Espíritu Santo: una bendición. Pero para estos pescadores, acostumbrados a sortear dificultades, es sólo un impase más, otro día de lucha con tal de cumplir su sueño de cultivar ostras. - ¿Entonces qué? ¿Nos devolvemos? - No, qué va. Cómo nos vamos a quedar sin ver cómo va nuestro cultivo.

Cerca de diez mil ostras hay cultivadas en Los Hoyos, bajo el cuidado de 40 pescadores y madres cabeza de familia de los sectores El Uno y Claudia María, de Turbo.

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En junio, en el Día de los Océanos, estos campesinos de mar volverán a mostrar su producto ante empresas y organizaciones de Urabá.

El cultivo en Los Hoyos se convierte también en una plataforma académica en la región. Estudiantes de Tecnología de Alimentos e Ingeniería Acuícola pueden encontrar en este cultivo un espacio de práctica y aprendizaje.

Universidad de Antioquia, presente Desde la formulación y coordinación de este proyecto, la Universidad de Antioquia ha estado presente. Las gestoras y ejecutoras de esta iniciativa fueron las profesoras Nelly Ospina de Barreneche y Luz Marina Carvajal de Pabón, del grupo de investigación Nutrición y Tecnología de Alimentos de la Facultad de Química Farmacéutica, y Judith Betancur Urhán, del grupo Gestión y Modelación Ambiental, GAIA, de la Facultad de Ingeniería.

Las ostras figuran entre los alimentos exóticos de muchas culturas, no obstante es un alimento de gusto adquirido ya que se necesita de algún entrenamiento antes de ser apreciado. Desde el punto de vista nutritivo es un alimento rico en proteínas, fósforo y zinc.

ANTIOQUIA DE CARA AL MAR III Encuentro Académico Departamental DÍA MUNDIAL DE LOS OCÉANOS Turbo (Antioquia), 7 y 8 de Junio de 2013 Informes: (4) 219 81 97 – 219 81 95 diamundialdelosoceanos@gmail.com Universidad de Antioquia


A orillas del

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Un turismo diferente. Uno en el que se respeten los recursos naturales y la cultura. Uno en el que turista sea capaz de compartir con la comunidad y aprender de ella. Eso es lo que se proponen en Bocas del Atrato, corregimiento de Turbo. Turismo y naturaleza juntos, bien entendidos. Un proyecto en que la Universidad de Antioquia también hace su aporte.

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Para llegar a Bocas del Atrato se debe tomar una lancha en el puerto de Turbo y viajar durante media hora.

allí, entre manglares con raíces como patas de animales fantásticos, sobre un agua quieta donde se refleja el cielo, navegando en una lanchita pobre, viendo pasar las garzas de una rama a otra, escuchando el canto de alguna gaviota, en medio de un calor tolerable, en un momento de tranquilidad que es regalo de la naturaleza virgen; allí, digo, en esta zona bañada por el mar y por el río, hay algo ceremonial, casi místico, un encuentro cercano con un paisaje de ensueño. Con la Tierra. Se trata de la ciénaga La Sabalera, un paraje de Bocas del Atrato, corregimiento de Turbo. Aunque en realidad toda esta área es así: kilómetros y kilómetros de manglar rojo, agua salada que se mezcla con agua dulce, pájaros de mil colores –cucaracheros, guacharacas, loros, garrapateros, tucanetas, carpinteros, reinitas, azulejos, sirirís, bichofués, entre muchos-, monos aulladores, monos colorados, cantidad de peces. Toda la exuberancia del golfo de Urabá, tan rico en recursos naturales. A veces tan maltratado. Esta tierra, Bocas del Atrato, hace parte del Parque Natural Regional del Sistema Manglárico del Delta Atrato. Su parte central es un caserío de afrodescendientes donde suelen parar por un momento las lanchas que van de Turbo a Riosucio o Unguía. Son alrededor de cien casitas de madera, a lado y lado del río, donde viven pescadores artesanales con sus familias. La historia de este lugar es más o menos así: hace unos 40 años por esta zona había varias empresas que procesaban la madera, que era cortada en Chocó y traída hasta aquí. Entonces abundaron los campamentos y las fiestas. Muchos pescadores, ansiosos de conseguir trabajo en las madereras, se instalaron en la rivera del río y fueron creando comunidad. Cuando el Atrato se tiñó de sangre por la violencia y las empresas desaparecieron y muchos otros marcharon, algunas familias, estas que ahora son la parte central de Bocas del Atrato, se quedaron acá, resistiendo, viviendo de la pesca.

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l delta del río Atrato se encuentra ubicado al occidente del golfo de Urabá. Tiene una superficie aproximada de 15 mil hectáreas de terrenos anegadizos regulados por el nivel del río y colonizados por la vegetación acuática. Es un área declarada como Reserva Forestal Protectora por sustentar uno de los sistemas mangláricos más importantes de Colombia que ofrece sitios de paso y establecimiento para variedad de aves migratorias y residentes.

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tras entidades que han aportado en el fortalecimiento turístico en Bocas del Atrato son: Sena, Corporación Académica Ambiental, Ecourabaes, Consejo Comunitario Bocas el Atrato, Alcaldía de Turbo, Fundaunibán, Parques Nacionales, entre otras.

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Así que, en apariencia, este es un pueblito pobre como muchos otros pueblitos pobres del Urabá. Solo que, en contraste, está rodeado de un magnífico paisaje, con un río verdoso que baja lento, con aves migratorias que en las mañanas y las tardes se adueñan de los cielos, con la calma de los lugares pacíficos, con la amabilidad del afrodescendiente humilde. Un pueblito que, en algo más de 30 años, ha crecido de a poco, sorteando las dificultades económicas de quienes viven de lo que el mar o el río ofrece, pero al mismo tiempo con una organización social que los ha llevado a destacarse en la región. En Bocas del Atrato cuentan con un Consejo Comunitario que los representa, y han estado firmes en debates por el cuidado ambiental de la zona y otros derechos. Así lo cuenta Adesio Mosquera, un líder comunitario por muchos años en este corregimiento. “En 1999 logramos organizarnos como Consejo Comunitario; nos acogimos a la Ley de Negritudes y en el 2000 conseguimos los títulos colectivos de propiedad. O sea que esta tierra es nuestra, y la respetamos. Es de todos. Como vivir de la pesca cada vez es más difícil, empezamos a pensar

La importancia de los manglares Este ecosistema se destaca por su alta productividad y producción de materia orgánica. Promueve la biodiversidad ya que sus raíces sumergidas proveen habitáculo y refugio para una rica fauna de peces, mamíferos e invertebrados. Los manglares tienen un alto valor ecológico y económico ya que actúan como criaderos para muchos peces y mariscos. Muchas de estas especies nacen en ecosistemás cercanos como praderas de yerbas marinas o arrecifes de corales y sus larvas y juveniles se desarrollan bajo sus raíces, por lo que son fundamentales para el hombre ya que aseguran la sustentabilidad de la industria pesquera. Albergan y proveen áreas de anidaje a un número considerable de especies de aves residentes y migratorias, vulnerables o en peligro de extinción. Protegen las costas contra la erosión y las marejadas ocasionadas por los huracanes. Atrapan sedimento y hojarasca entre sus raíces y ayudan a rellenar y recobrar terreno. Son importantes para la educación e investigación científica. Además son usados para la recreación pasiva y actividades turísticas. Aun conociendo todos los beneficios, el 75% de los mangles han sido destruidos y los que quedan están en peligro de desaparecer.

en proyectos productivos que pudieran ayudar en el sostenimiento de las familias, y desde el 2000 nació la idea de hacer de Bocas del Atrato un centro ecoturístico”. Así, con la ayuda de la administración del Parque Nacional Los Katíos, del que hacen parte, comenzaron a capacitarse sobre servicios turísticos y guianzas, y hacia 2007 empezaron la construcción de un hotel que es orgullo en el corregimiento. Una enorme casa de madera, de dos pisos, que cuenta con restaurante, amplias habitaciones, agua potable y energía eléctrica gracias a paneles solares. Una edificación que no rompe con el entorno sino que se inserta en él, hecha con recursos de la región: un ecohotel, como lo llaman. Pero más allá de eso, la comunidad ratificó que su mayor patrimonio no era contar ahora con un esta casa, sino el entorno mágico en el que está asentada la población. “Desde el principio teníamos claro que lo que hiciéramos sería responsable con el medio ambiente –continúa Adesio–. Por eso aquí le decimos al turista: si va a dañar el ecosistema, bien pueda váyase. Esto es ecoturismo y no turismo a secas. Somos muy celosos con la flora y la fauna. Tanto así que nosotros pescamos en el mar y no en el río, para no afectar el ecosistema manglar, que es importantísimo; y eso, pescar, lo hacemos con métodos artesanales, no de pesca masiva”. En el Proyecto Ecoturístico Bocas de Atrato participan 48 socios que representan más de la mitad de las familias de este corregimiento. Están divididos en tres grupos: bebidas y alimentos, guías e intérpretes, y alojamiento. Tienen una forma de organización en la que todos pueden trabajar y todos ganan. Por ejemplo, por una noche de hospedaje, que solo cuesta 20 mil pesos, el encargado del día en esta área gana 10 mil pesos, 4 mil se van en los gastos como jabón y demás, y 6 mil son para el sostenimiento del hotel y, en general, del proyecto. Solo que hacía –hacen– falta turistas: personas capaces de aventurarse y visitar este rincón del golfo, amantes de la naturaleza, avistadores de pájaros, investigadores, estudiantes, poetas, en fin. Al mismo tiempo, los miembros de este proyecto sentían que debían conocer más de su cultura y la riqueza natural con que contaban, que aunque la tuvieran ahí no la conocían con rigor. En este trabajo, la Universidad de Antioquia resultó fundamental. Aprovechando la sexta convocatoria para la presentación de proyectos de extensión en las regiones, un grupo de estudiantes del pregrado Ecología en Zonas Costeras, de la sede de Universidad en Urabá, propuso el fortalecimiento ambiental y cultural de los servicios ecoturísticos ofrecidos por la comunidad de Bocas del Atrato, gracias a lo cual se desarrollaron talleres en educación ambiental, se

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definieron rutas turísticas en la zona, se reconoció la flora y la fauna más representativa de la región, se editó un manual educativo sobre aves, se fortaleció el grupo de danzas y se instalaron vallas publicitarias sobre el proyecto, entre otras actividades. “Nuestro trabajo fue más de sensibilización ambiental –comenta Catalina Gaviria, coordinadora del proyecto–, reconocer bien el entorno, ver qué recorridos podían ofrecer entre esos manglares, señalizarlos, crear con ellos un guión para el recorrido, y adicionalmente hacer un trabajo desde la cultura, escuchar historias, saber sus raíces y fortalecer alguna de sus manifestaciones, en este caso la danza”. Entonces, ahora, gracias a este proyecto –que se desarrolló entre 2011 y 2012– muchos en Bocas del Atrato conocen más sobre la riqueza que los rodea y la cultura de la que vienen. Mientras se viaja lento en la lanchita de madera –uno de los planes inevitables si se visita este lugar–, el guía irá explicando por qué cada paraje tiene este o aquel nombre, cuál es la importancia de los manglares, de dónde viene la comunidad de Bocas del Atrato; ayudará a ver aves que uno, despistado, no está acostumbrado a ver; hablará sobre la flora de región; contará historias… Y así, navegando entre bahías, caños y ciénagas, pasará el tiem-

Golfo de Urabá El golfo de Urabá es la zona más austral del mar Caribe, localizado al este de la frontera entre Panamá y Colombia. Está contenido dentro del golfo de Darién. Es una pequeña lengua de mar que se extiende al sur, entre el cabo Caribaná y el cabo Tiburón en la frontera de Colombia y Panamá, y que incluye las costas de la ciudad portuaria de Turbo. El delta del río Atrato se extiende hacia el golfo. Es una región estratégica del país por su riqueza ambiental representada en ecosistemas mangláricos y humedales de importancia regional y global, ubicación geoestratégica, potencial turístico e importante por sus recursos hidrobiológicos, entre otros. A sus orillas se ubican las poblaciones de Turbo, Necoclí y Acandí, y antiguamente la ciudad de Santa María la Antigua del Darién, que fue el primer asentamiento europeo en Colombia.

po sin darse cuenta, para al final rematar con un chapuzón en un río limpio con cierto sabor de sal. Claro que faltan cosas para este proyecto –cuándo no–. Un trabajo más decidido frente al fortalecimiento cultural, por ejemplo, o mayor promoción de Bocas del Atrato como referente turístico. Pero falta, más que todo, quién visite este lugar. La logística para atender bien al visitante –un buen hotel, buena alimentación, recorridos interesantes, guías capacitados, etcétera– ya está instalada. Ahora es tiempo de que muchas personas vayan y se sumerjan en un turismo diferente. Uno que implica entender las cosas destre otra mirada. Porque este no es el turismo de chaquira e insolación; turismo mafioso de Old Parr y parrandas hasta el otro día. No. Este es el turismo de la calma, de conocer la comunidad, charlar con ella, respetar el entorno. Sentarse a las seis de la tarde a ver el partido de fútbol que juegan los estudiantes en una cacha de tierra, conversar con los viejos, jugar con los niños, comerse el mejor pescado en mucho tiempo, disfrutar con el grupo de danzas, escuchar las aves, sentir la felicidad de las pequeñas cosas. Este es el turismo de quien entiende que viajar es, ante todo, adentrarse en uno mismo. Y que por razones así hay que ir a Bocas del Atrato.


Mejores cuidadores familiares, mayor

bienestar

Propender por la buena calidad de vida y el bienestar de los cuidadores familiares a través de un programa educativo y de acompañamiento, ha sido el interés de un grupo de profesoras de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia. Todo esto con el fin de mejorar la situación de vida de las muchísimas personas que son cuidadas en el hogar.

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o son las dos de la tarde aún, pero aquí, en el salón parroquial de la Iglesia La Milagrosa, ya están casi todos los asistentes: algunos con colchonetas, otros con sábanas y almohadas, todos ávidos de conocimiento y vestidos cómodamente –sudaderas y camisetas– para trabajar hoy. Son unos 25 cuidadores familiares, la mayoría mujeres entre los 30 y 60 años, pero también, extraño por demás, participan dos hombres. Están contentos, hablan acerca de la clase anterior, cuentan cómo les ha ido, se saludan en familia antes de que empiece la actividad de la tarde. Es que la preocupación, casi siempre, es por el enfermo, muy pocas veces por el cuidador familiar –dice la profesora Gloria María Franco Agudelo, coordinadora académica del grupo de capacitación a cuidadores familiares en “Elementos Básicos para el Cuidado en el Hogar”, de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia. Esta historia empezó hace más de una década, cuando pensando en la calidad de vida del cuidador, la misma profesora Gloria y el Grupo de Investigación la Práctica de Enfermería en el Contexto Social adelantó un estudio sobre la calidad de vida de los cuidadores familiares de ancianos en el municipio de Envigado: “La investigación nos arrojó varios asuntos: en nuestro medio, el cuidador familiar es la mujer, en muy pocos casos el hombre asume la labor. Por lo general tiene sobrecarga de trabajo, son amas de casa con hijos y esposo; su trabajo

es invisible, nadie se preocupa por ellas ni se entera de sus intensas horas de trabajo. El cuidador llega a olvidarse de sí mismo. Es un trabajo que se realiza en condiciones adversas y que hace del cuidador una persona solitaria”. Entonces, en parte como compromiso con la investigación y en parte como retribución a la comunidad, en 2002 el grupo formó a los primeros 30 cuidadores del municipio de Envigado. El proyecto fue tan bien evaluado, que la idea empezó a rondar en las cabezas de la profesora Gloria y su compañera, antropóloga, Berena Patricia Torres: la posibilidad de formar una red de cuidadores familiares de las zonas más vulnerables de la ciudad, por medio de la extensión solidaria. La conformación de esa Red sigue siendo el gran reto, está ahí, latente, mientras tanto adelantan labores con el programa de capacitación a cuidadores familiares. Durante quince encuentros, nueve enfermeras, un nutricionista y un trabajador social son los encargados de compartir sus conocimientos para fortalecer, entre muchas otras cosas, el amor propio del cuidador familiar. Así como esta tarde en La Milagrosa, en la que participan esos 25 cuidadores. Hoy la jornada, por ejemplo, tiene que ver con la importancia del ejercicio tanto para el cuidador como para la persona que cuida. Como la mayoría son personas mayores, Gloria insiste en la necesidad de que hagan ejercicios básicos –en su casa, en el barrio, caminando, estirando y flexionando el cuerpo– y muevan

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con cuidado a su enfermo. Pero que lo muevan, que no lo dejen estático como si no existiera. Antes, la profesora Yadira Cardozo habrá enseñado aspectos básicos para la realización de un masaje: uñas cortas, lubricar y calentar las manos, no llevar accesorios, seguir la dirección de las fibras de los músculos y, por encima de todo, respetar y garantizar la privacidad del otro, tener tiempo y disposición. “Tenemos un programa educativo con los temas que consideramos importantes y básicos para el cuidado en el hogar. Les hablamos sobre movilizaciones, traslados, cambios de posición, cómo hacerlos de buena manera, actividades de relajación, preparación y conservación de alimentos, administración segura de medicamentos, medidas de higiene y comodidad, así como generalidades del proceso de envejecimiento porque casi todas las personas son mayores: encuentras, por ejemplo, a enfermos de 80 años cuidados por una persona de 70”, cuenta la profesora Gloria. Con el tiempo también ha sido importante incluir charlas sobre salud mental, pues con la carga del cuidado comienzan problemas de depresión y angustia. Muchas

Como proyecto de extensión, la Facultad de Enfermería también ha capacitado tres grupos de cuidadores familiares de personas con esclerosis múltiple, y en 2009 a un grupo de 20 cuidadores de personas con demencia tipo alzhéimer.

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veces el cuidador está más enfermo que la persona a quien cuida. También puntualizan en el cuidado a personas con cáncer, diabetes o problemas cardiovasculares, que suelen ser los más frecuentes. Durante la primera parte, este martes, ambas profesoras dictan sus charlas y responden a las preguntas de los cuidadores. Durante la segunda, pasan a la práctica: por eso las colchonetas, las sábanas y las almohadas, para que unos a otros se hagan un buen masaje con la supervisión de Yadira, y para que otros recuerden estiramientos y flexiones básicas que pueden hacer en casa. El ejercicio no solo se practica en un gimnasio, insiste Gloria. “Mi abuela tiene 84 años, y yo la cuido sola. Con la capacitación he aprendido a hacer curaciones, a moverla de un lado para el otro, pero con paciencia. Para ser cuidador familiar hay que tener tiempo y paciencia”, cuenta Gisela Álvarez, una de las cuidadoras más jóvenes que asiste a las jornadas del programa en La Milagrosa. La gran aliada de todo este trabajo es la Pastoral de Salud de la Arquidiócesis de Medellín. Como la situa-


ción de los cuidadores familiares es tan amplia, dispersa y desconocida por parte del sistema de salud, los más cercanos a esta problemática resultan ser los párrocos que llevan la comunión a las casas. Por eso, por medio de ellos, con el apoyo de las agentes de la pastoral, identifican y convocan cuidadores. Asimismo, casi todas las capacitaciones se realizan en salones parroquiales. O en los mismos templos: a Gloria le ha tocado bajar el santo, acomodar las sillas y organizar el aula de clases. Vale aclarar que en este programa no se capacita en temas como inyectología ni certifica enfermeros. Su intención es brindar habilidades básicas en el cuidado y mejorar la calidad de vida tanto del enfermo como del cuidador. Tampoco se capacita a personas involucradas con centros de atención al adulto mayor: trabaja es con la población vulnerable de la ciudad que no tiene estas oportunidades. En unas seis jornadas más, se graduará este grupo. Será el tiempo del reconocimiento por casi seis meses de estudio; los cuidadores se vestirán elegantes, algunos hasta empastarán sus notas y los resúmenes para hacerlos firmar de Gloria y las demás enfermeras, mientras que otros mandarán tarjetas en las que agradecerán por los conocimientos compartidos y los aprendizajes adquiridos que les permitirá mejorar la calidad de su labor como cuidadores. “En estas comunidades es necesario optimizar recursos, por eso aprendemos a valorar la vida. Uno percibe mucha soledad, carencia, dificultades de acceso y un sinfín de situaciones que hay que asumir. Por eso que el cuidador esté en el grupo y asista a los talleres, ya es ganancia. Nosotros insistimos mucho en cada grupo para que lean, escuchen música, hagan ejercicio, se encuentren y conozcan. Para que se diviertan porque ellos también tienen una vida”.

Ser cuidador Se habla de cuidadores familiares porque no tienen formación en salud, no reciben remuneración económica, no tiene horarios establecidos ni normas de procedimientos. En la mayoría de los casos conviven con la persona que cuidan en el mismo hogar y ordinariamente su trabajo es invisible. Además de la investigación adelantada por la Universidad de Antioquia, en 2006 la Facultad de Enfermería de la Universidad Nacional de Colombia realizó el

Durante los siete años de vigencia, el programa ha capacitado a 373 cuidadores familiares. Ha estado en parroquias de Castilla, Doce de Octubre, Miramar, Tejelo, Playón de los Comuneros, Santa Cruz, Bello, San Javier, Campo Valdés y La Milagrosa, siempre con la coordinación de la profesora Gloría María Franco Agudelo.

estudio Habilidad de cuidadores familiares de personas con enfermedad crónica. Mirada internacional sobre la forma en que se presenta la habilidad en el trabajo de los cuidadores familiares de personas en situación de enfermedad crónica en tres países de América Latina. La investigación reunió a 90 cuidadores colombianos, 90 argentinos y 90 guatemaltecos. Los resultados para Colombia fueron preocupantes: en el 71 por ciento de los casos el nivel de cuidado fue deficiente y en un 66 por ciento el conocimiento no fue óptimo. La paciencia también fue calificada como deficiente en el 67 por ciento de los casos, y tan solo óptima en el 32 por ciento.

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La cultura Palabrario:

el arte de enseñar

“Mi-ma-má-me-mi-ma”, repiten la profesora y el estudiante durante el año escolar. Lo escriben en planas, lo leen en cartillas, lo vuelven a decir en las clases: “mima-má-me-mi-ma”. Sin importar cómo la mamá mima al niño, si lo mima o si el niño tiene mamá. Eso piensa la profesora Teresita Gallego –miembro del grupo académico de didáctica de la lectura y la escritura de la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia–: el otro y el siguiente y los demás años la maestra dictará de nuevo que la mamá mima al niño, el estudiante aprenderá las vocales, luego escribirá frases y más tarde párrafos. Todo por fragmentos como si la vida no fuera algo más. Dándole vueltas al asunto y aprovechando varias circunstancias en el camino, el profesor Rubén Darío Hurtado, coordinador del núcleo de escritura y de lectura, y todo su grupo idearon Palabrario, un proyecto de formación de maestros que busca mejorar los procesos de lectura y escritura de los estudiantes de preescolar a quinto grado. El trabajo es el siguiente: en una jornada académica de 20 horas y luego cuatro talleres de acompañamiento durante dos años, treinta talleristas –profesores de la Facultad de Educación– comparten con maestros de colegios públicos principios metodológicos y conceptuales para hacer de la enseñanza algo placentero, agradable y creativo, que permita el desarrollo del pensamiento tanto de ellos mismos como en los niños.

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Asumir al maestro como un investigador de sus prácticas de enseñanza, reconocerlo como un productor de textos, invitarlo a leer y dialogar, son los logros más significativos del proyecto Palabrario durante estos cinco años de vida. Un proyecto que, además, significa una transformación de la escuela a partir de la vida cotidiana.

Pero no es un recetario, comenta el profesor Mauro Ossa. Es un laboratorio, un taller de escritores y lectores, una posibilidad para que los profesores compartan sus experiencias en el aula de clase y tengan cómo potenciarlas: eso es producir saber pedagógico. En Sabaneta, Barbosa, Copacabana, Girardota, Caldas, La Unión y La Estrella comenzó este proyecto que asume a los maestros no sólo como didactas, sino también como usuarios de la lengua, personas que también escriben, leen y tienen mucho por contar. Surgió después de que la empresa privada, en este caso la Fundación y los Negocios Corona y la Fundación Génesis, contemplara la posibilidad de invertir en un proyecto que trabajara la lectura y la escritura en niños y de que la Universidad de Antioquia, por medio de su Facultad de Educación, ganara la convocatoria de Corona. Lo demás fue trabajo: investigar, diseñar módulos, dialogar con otras instituciones interesadas en el fomento de la lectura, producir saber pedagógico. “El propósito central de Palabrario es transformar las prácticas de enseñanza de la lectura y la escritura en las escuelas, superar la tediosa secuencia del ma-me-mi-mo-mu por una enseñanza significativa que vincule la experiencia de los niños y maestros. La mayor satisfacción que reciben los maestros es el aprendizaje y la posibilidad de sentirse renovados, entusiasmados, más inteligentes y creativos en su trabajo”, cuenta el profesor Rubén.


Los maestros volvieron a escribir bitácoras, crónicas, hacer planes de lecturas, redactar sus experiencias en el salón de clase. Todo esto durante los talleres. Encontraron que hay algo más allá de una plana o un cuento, tienen sus diarios, aprendieron que hay muchas formas de trabajar un resumen en clase, que las coplas y las adivinanzas desarrollan mejor el pensamiento. Volvieron a leer. Además se han acercado a los padres de familia a quienes también acompaña el proyecto con la realización de un par de talleres en el proceso sobre promoción de la lectura y la escritura. Lo mismo ha hecho que comience a hablarse de una cultura Palabrario: maestros que planeaban solos, ahora trabajan en equipo, se escriben, buscan y encuentran alternativas para complementar su enseñanza en el aula de clase. “Un maestro puede transformar la vida de un niño, mejorar su autoestima, encontrar con él su proyecto de vida. Se trata de valorar a los estudiantes, sacarlos de los círculos de la pobreza: si un maestro se da cuenta de su incidencia, permite que el niño viva la escuela desarrollando voluntad de saber. Palabrario vuelve exótico lo cotidiano”, afirma la profesora Teresita Gallego.

El viaje a una escuela mejor Hace seis años, por ejemplo, Palabrario llegó al Centro Educativo Rural La Isaza del municipio de Barbosa. Desde entonces muchas cosas han cambiado aquí: la institución logró alfabetizar 34 padres de familia de la vereda, han surgido proyectos como la navidad, el bicentenario, el medio ambiente y la biblioteca escolar, celebran el día de la creatividad, los abuelos cuentan sus memorias en un libro de historias contadas y encantadas y los niños le escriben cartas a Juan Palabras. En cabeza de todo este proceso han estado las profesoras Sandra Muñoz y Yenni Betancur, que decidieron poner su vida en función de esas estrategias de escritura y lectura aprendidas en Palabrario. Lo primero que hicieron fue institucionalizar el proyecto y vincular a los profesores de cuarto y quinto grado –en un primer momento, Palabrario funcionó solo de preescolar a tercero– para que la escuela manejara el mismo idioma. A partir de esto, empezó todo. Entonces por ejemplo, cuando en 2008 trabajaron el proyecto de la navidad, los niños escribieron recetas, tarjetas, cartas, versos y adivinanzas sobre la misma. Cuando hablaron de medio ambiente, recorrieron la vereda escuchando y encontrando su propia historia. Con el bicentenario rescataron las cartas de Simón Bolívar a Manuelita y con la biblioteca escolar, aprovechando que desde Palabrario pudieron nutrir su bi-

En 2010, la Cerlalc (Centro Educativo para el Fomento del Libro en América Latina) escogió a Palabrario como una de las cinco experiencias que debían ser replicadas en el continente. A finales de 2012, Anspe –Agencia Nacional para la Superación de la Pobreza Extrema– también hizo una selección en el país de 20 experiencias de innovación social, y entre ellas estuvieron Palabrario y Numerario.

blioteca, lanzaron el concurso para encontrarle un nombre. Ahora se llama Eduteca Juan Palabras, como ese amigo confidente al que le cuentan sus aventuras desde 2007. A veces son cosas más grandes, a veces detalles. En La Isaza los niños tienen un amor especial por los libros, los llevan a la casa y los leen en familia. Para eso, para promover que el libro llegue a la casa, las profesoras diseñaron unas quince bolsas en las que los niños cargan los libros que prestan. Esos son detalles que motivan. Como cuando la maestra de preescolar se sienta con el niño y le pregunta qué dice en la carta que escribe, un ejercicio de confrontación que permite que el niño construya su narración sin necesidad de hacer una plana. “Desde Palabrario nos estimularon mucho a escribir. Todo debíamos escribirlo. Nosotras hacemos lo mismo con los niños. Si la tarea es que hagan un cuento, primero escribimos el nuestro y lo compartimos con ellos”.

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Desde 2007, Palabrario ha trabajado con más de 96 instituciones, casi 80 centros educativos rurales, más de 50 mil niños beneficiados y alrededor de 1.600 maestros. En 2012 comenzó una nueva cohorte en Medellín, con 18 instituciones, 200 maestros y casi 7 mil estudiantes.

El diario Palabrario y el diccionario son otras de las estrategias más significativas. Con el primero, los maestros y los niños cuentan las experiencias de todos los días, mantienen la mano caliente, crean textos propios. En el segundo, un cuaderno que hace las veces de diccionario, los niños anotan las palabras que conocen a diario con su respectivo significado a partir de su conocimiento. Por ejemplo, uno de los niños escribió: “Agua: lo que sirve para trapiar y bañarme”. Otro, por su parte, añadió: “Dolor: cuando la gente está enferma”. Con los diccionarios los niños fortalecen su fluidez verbal, aprenden de ortografía y refuerzan el conocimiento. Aquí no importa que las trovas sobre medio ambiente no rimen o que los acrósticos salgan chuecos, en algún momento saldrán bien. Lo que importa es estimular la creatividad de los niños, que se diviertan, que se asuman como sujetos y rescaten su memoria. Se trata de que el maestro le haga la vida más fácil al niño y a sí mismo. Por algo, también dice el profesor Mauro Sossa: “Palabrario no es un asunto de todos los días, pero se convierte en la vida de uno”.

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Numerario y otros datos En 2009, como un brazo derecho de Palabrario, surgió Numerario, un proyecto enfocado a repensar los proyectos de enseñanza y aprendizaje de las matemáticas. La experiencia piloto, que se desarrolló en los municipios de Barbosa, Girardota, Copacabana y Sabaneta, benefició a 421 maestros y aproximadamente 11.096 estudiantes. El principal propósito de Numerario, que también trabaja de preescolar a quinto grado, es transformar las prácticas de enseñanza de la matemática, enfatizando en la comprensión de los procesos a partir de las situaciones problema y el reconocimiento de los contextos. En Manizales (2008) y en Cartagena (2009), la Facultad de Educación de la Universidad replicó el modelo Palabrario. En Manizales participaron tres instituciones educativas, 33 maestros y 800 niños. Por su parte, en Cartagena, hicieron lo propio siete instituciones públicas. Actualmente, después de la etapa de documentación y empaquetamiento con la que termina el proyecto, la estrategia queda en manos del mismo departamento. Palabrario también funciona en Cundinamarca y el Valle del Cauca, pero coordinados por Fundalectura y Fundación Carvajal, respectivamente.


Narraciones

para no olvidar

C

uentan los ancianos cómo al principio, entre todos los vecinos cortaron árboles, mezclaron cemento, levantaron muros y construyeron hogares. Cuentan que iban a la quebrada para lavar y sacar el agua, y que los servicios los conseguían de contrabando. Añoran ese espíritu solidario del vecindazgo de antaño, tan escaso por estos días, y hablan de los lugares de encuentro y diversión que provocaron tantos sentimientos gratos en ellos, como la Barbería Legar, el Teatro Castilla (demolido hace varios años) y la Ceiba, un árbol muy viejo y grande que guardaba los secretos del Parque del Amor. Guillermo: “El árbol tenía una comba, estaba parado como en una coca y entonces ahí se metían los marihuaneros a fumar marihuana y esconderla”. Fabio: “Se le llama el Parque del Amor porque ahí iban las parejitas a juntarse o hacer el amor”. Buenos recuerdos. No tanto como los que afloran cuando llega la violencia con su propio capítulo, en donde los silencios y el olvido también hacen parte de la historia, tal vez por temor, tal vez por dolor. Cuentan los ancianos que antes los varones se retaban a cuchillo o machete en cantinas y billares para probar su hombría; y que años después, muchos jóvenes se listaron en un ejército de sicarios al servicio del narcotráfico. Cuentan que la muerte puso su sello en lugares como la Cancha la Maracaná y los billares Los

Gracias a un proyecto de reconstrucción de la memoria oral en Castilla, la historia de este barrio de migrantes resurgió con los recuerdos de sus habitantes más antiguos, y los relatos de los mayores fueron escuchados y se imprimieron para la posteridad.

Magníficos; y tristemente resurgen nombres siniestros en la historia colombiana como el de Dandenis Muñoz, alias La Quica, lugarteniente de confianza de Pablo Escobar y autor de la explosión de un avión que dejó 107 personas muertas en 1989. También cuentan que de esas mismas calles y por esa misma época a la de ese funesto personaje, surgió un hombre que, en cambio, se convirtió en un ídolo durante los años ochenta y noventa, y que le dio grandes alegrías al país: el portero del Atlético Nacional y de la Selección Colombia, René Higuita. Nevardo: “Viene de familias campesinas que vinieron de las montañas del oriente aquí a esta ciudad. Lo crió la abuela y él vivía aquí abajo en la 95. Se crió en este tierrero, jugaba fútbol en Las Torres [...] Es un ejemplo para toda la humanidad, toda la juventud, porque muchas veces se puede tropezar uno, pero el que se tropieza y sigue adelante es un triunfador, eso es todo lo que ha sido René Higuita”. Estos testimonios hacen parte del libro De Memorias. Relatos de Castilla, publicado a finales de 2011 como parte del proyecto de reconstrucción de la memoria oral de la Comuna 5 de Medellín, que llevó a cabo el Instituto de Estudios Regionales de la Universidad de Antioquia, con aportes del presupuesto participativo de la Alcaldía de Medellín y del Banco de proyectos de extensión de la Universidad.

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La cacería de historias El origen de esta comuna en el Noroccidente de Medellín, y cuyo principal barrio es Castilla, se remonta a 80 años atrás cuando la violencia política forzó a los campesinos a migrar a la ciudad. Su construcción fue un trabajo comunitario y solidario de los vecinos, quienes hacían convites para levantar sus viviendas, sus escuelas, su iglesia. Ahora hay miles de casas, todas distintas entre sí, con fachadas verdes, amarrillas, rojas o azules; de mármol, de ladrillo o de cal. Casas de dos, tres o cuatro pisos improvisados, convertidas en tiendas de abarrotes, panaderías, peluquerías y talleres. Es un lugar variopinto, como un gran pueblo en la ciudad, en donde se funden lo moderno y lo tradicional, lo urbano y lo rural. Por sus calles empinadas se cruzan los jóvenes, los niños que van de la mano de sus padres, y los ancianos cuyo atuendo revela su origen campesino: pantalón de dril, camisa blanca de algodón, sombrero y ruanas. Éstos, caminando a paso lento cuesta arriba, sentados en la banca de un parque o asomados en un balcón, miran hacia lo lejos, hacia las montañas, hacia el tiempo de antaño. “¿Qué guardarán en su memoria?, ¿cuántos relatos tendrán?, ¿qué ha sucedido en el transcurrir de sus años?” es una curiosidad permanente en Liliana Zapata, quien se dedica a cazar, recolectar y contar historias. Liliana no para de hablar, se ríe a carcajadas y habla en voz alta, saluda aquí y allá a quienes se topa en su paso. Se presenta a sí misma como una rebelde, necia, hiperactiva, contestataria, solidaria, sensible y frentera. Es una adolescente, pero nació hace 44 años, los mismos que lleva viviendo en una de aquellas casas coloridas de Castilla. Cuenta Liliana que la comuna ha estado cruzada desde sus inicios por las violencias de las épocas, desde la violencia política en los años cincuenta hasta la del narcotráfico y del sicariato décadas más tarde, y la de los combos y las fronteras invisibles, en la actualidad. Pero también es un lugar en el que la cultura aviva, con escenarios para el teatro, la música y la narración oral. Esas dos realidades contrapuestas y su pasión por los relatos, la motivaron a ella, cuentera, teatrera y líder comunitaria, a buscar una alternativa para la violencia desde el arte y la cultura. Fue así como en 2009 presentó el proyecto al Presupuesto Participativo de la Alcaldía de Medellín. La propuesta incluía talleres y encuentros de cuentería, poesía y narrativa para que los habitantes recordaran y contaran de sus luchas por la supervivencia, de su llegada del pueblo y de cómo construyeron barrios, de sus romances y tragedias; de los acontecimientos, personajes y lugares que quedaron en la memoria colectiva. Fue en ese momento cuando la Universidad de Antioquia hizo presencia. Fue invitada para operar el proyecto a

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Otras miradas a la memoria En un país como el nuestro, la memoria histórica debe ser un deber patrio, una responsabilidad ineludible de un pueblo que lucha unido en contra del olvido. Desde 2005 funciona el Centro de Memoria Histórica, una entidad nacional que se propone elaborar y divulgar una narrativa sobre el conflicto armado colombiano. En esta labor, y con el apoyo de todo un equipo de investigadores –entre sociólogos, historiadores y antropólogos–, el Centro ha publicado 18 libros ya con las historias de víctimas de masacres como las de Bojayá, Trujillo, El Salado y Remedios, entre otras. Además de la recolección de testimonios, el grupo elabora propuestas de política pública con el fin de apoyar y propiciar un “ejercicio efectivo de los derechos a la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición”. través del grupo de investigación Rituales y construcción de identidad del Instituto de Estudios Regionales - INER, coordinado por la antropóloga María Teresa Arcila. “La oralidad es fundamental en los procesos de identidad y de memoria. A través de las narraciones de leyendas, historias y de la exteriorización de los recuerdos se construye identidad y se transmiten los valores grupales”, explica la investigadora. En los talleres, realizados a principios de 2010, se recopilaron 22 relatos de pobladores de los barrios Castilla, Alfonso López, Francisco Antonio Zea, Castillita y La Unión, todos de la Comuna 5. Las historias se presentaron en el Primer encuentro de narración oral y homenaje a los habitantes antiguos, un evento memorable que reconoció el trabajo social, histórico y cultural de los ancianos.

“La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados”, Jean Paul, escritor y humorista alemán.


Medellín está a la espera de la inauguración de su Museo Casa de la Memoria, una iniciativa de la administración municipal y su programa de Atención de Víctimas al conflicto que promueve acciones de reconstrucción, visibilización e inclusión de la memoria histórica en el conflicto armado de la ciudad.

“Valoro y agradezco que este proyecto hubiera quedado en manos de la Universidad de Antioquia, con profesionales y académicos tan preparados, pero sobre todo, grandes seres humanos”, relata Liliana, quien fue clave para enlazar a los investigadores con la comunidad. Pero María Teresa tenía la sensación de que la experiencia no finalizaba con el evento. Había que encontrar

Contar historias Liliana continúa dirigiendo el espacio de cuentería Encuentro de voces: donde tu voz es mi voz, que se realiza cada mes en el Parque Juanes de la paz; espera volver a trabajar con la Universidad para atraer a los jóvenes, hasta ahora ausentes, porque seguramente ellos tienen otros recuerdos, otros relatos y otras maneras de contarlos. También quisiera publicar una segunda edición del libro porque ha descubierto otras historias, como la de un payaso llamado Pestañas; como que en Castilla existieron el teatro más pequeño del mundo y una zona clandestina conocida como barrio chino. Historias todas para un próximo relato.

nuevas historias, nuevos protagonistas, nuevos escenarios. Decidieron entonces darle continuidad al proyecto, participando en la convocatoria Buppe 2010. En esa ocasión, las actividades también incluyeron los barrios Boyacá, Florencia, Tejelo, Tricentenario, Las Brisas y Girardot. El proyecto concluyó con el Segundo encuentro de narración y oral y homenaje a los antiguos, y meses más tarde, con la publicación del libro que recopila más de 50 relatos narrados a tres voces: la de los investigadores como editores; la de periodistas, historiadores y académicos a través de citas a sus publicaciones; y la de los pobladores. “Quisimos ser fieles a estas últimas voces, tratando de reflejar en el texto la forma en cómo ellos hablan naturalmente, sin editar los giros, las confusiones, las dudas, las muletillas -explica María Teresa-. Tampoco nos propusimos hacer una investigación histórica, ni juzgar la veracidad de los testimonios que, a veces, son contradictorios, pues la memoria es subjetiva, una invención o una construcción, sujeta a olvido o negaciones; es infiel”. Cuando los protagonistas leyeron el libro, tuvieron tres reacciones: “¡Si ve que sí tenemos memoria!”, exclamaron. “Muchas gracias por este reconocimiento”, se alegraron. “¿En verdad yo hablo así?”, se sorprendieron.

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Sábados

de alegría

No solo es un programa de educación física para niños y jóvenes especiales. Edufines es un ejemplo de entrega y amor por el otro. Un ejercicio de extensión solidaria que se demuestra que, con muy poco, se puede hacer mucho por algunos.

S

e ríen, siempre. O por lo menos se reirán a montones en estas cuatro horas en que estarán en la universidad. Se abrazarán unos a otros, abrazarán a los que lleguen como invitados. Jugarán, charlarán a su modo, se sentirán vivos. Por este momento, en su universo limpio solo habrá espacio para la alegría. Se trata de Edufines, programa de educación física para niños y jóvenes especiales, coordinado por el Centro de Extensión del Instituto de Educación Física de la Universidad de Antioquia. A este programa asisten, todos los sábados, entre 30 y 40 niños y jóvenes especiales; la mayoría con retardo mental leve, otro tanto con retardo mental moderado, algunos con síndrome de Down y unos pocos con parálisis cerebral. Mírenlos, ahí vienen. Son las diez de la mañana de un sábado más. Van llegando cada uno acompañado por alguno de sus padres o un hermano. Se reúnen en una de las canchas de fútbol de la sede de Robledo de la Universidad. Muy uniformaditos todos: sudadera azul, camiseta blanca, en el pecho un pequeño escudo que dice “Crecer en familia”. Navis Sepúlveda Rueda, especialista en educación especial que lleva casi veinte años al mando de este grupo, los espera junto con algunos estudiantes voluntarios del Instituto de Educación Física. Como iniciativa de intervención social, Edufines surgió en 1989 en la Universidad; a partir de 1996 se formalizó como programa de extensión solidaria del Instituto.

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El saludo, cuando se encuentran, difícilmente podría ser más caluroso. No solo a Navis, a quien quieren con justa razón, sino a todos, entre todos. Algunos llevan en este programa más de diez años, así que son una especie de familia. Pero más allá de eso, hace parte de su condición: si les demuestras cariño, ellos te entregarán el doble de cariño. No importa si eres un desconocido: te saludarán con un afecto de hermano, con una sinceridad que, en este mundo a veces tan carente de afecto, uno creería que ya no se ve. Entonces comienza la jornada. En Edufines se trabajan actividades motoras que les ayudan a ganar autonomía, autoestima, integración: predeportivos, juegos de ronda con pelotas, juegos de persecución, relevos, ritmo y danza, carreras, natación, habilidades de contacto, ensartado, pintura, en fin. No importa que una de las participantes, Cristina, esté en silla de ruedas, o que otro, Samuel, tenga cuatro años; desde que no tengan restricciones significativas que le imposibiliten estar en la práctica de la actividad física ni discapacidad sensorial –que debe ser tratada por otra clase de especialistas– pueden hacer parte de este programa. El primer ejercicio de hoy es saltar. Salto largo que sirve para medir ciertas destrezas, así como para saber quiénes de este grupo podrían participar en encuentros deportivos especiales. Se enfilan por grupos, se preparan de uno, y saltan. Algunos no más de un paso, otros cincuenta centímetros, otros no más de diez. Pero todos, sin excepción, disfrutan del ejercicio, lo intentan, aplauden. Entien-


de uno, como observador, que discapacidad no significa necesariamente falta de algo sino capacidades diferentes. Mientras todo eso pasa y Navis y su equipo trabajan con los jóvenes, los acompañantes se reúnen y charlan. Algunas madres tejen, otras salen a caminar en grupos, pero ante todo comparten. Se cuentan sus historias, se desahogan, se dan consejos. Desde luego que no siempre es fácil asumir el papel de cuidador –extraño regalo que nos da la vida–, por eso otro de los papeles de Edufines es de acompañamiento e integración con los padres de familia. A ellos se les programan actividades quincenales como talleres de crecimiento personal, manejo de la autoestima, prácticas corporales, salud mental, asesoría sicológica, gimnasia, masajes. Así que mientras los niños y jóvenes disfrutan, lo intentan, se ejercitan, los acompañantes no se quedan quietos tampoco. “Y es un descanso tremendo para nosotros, una relajación –le cuenta una madre a otra, mientras caminan–. La pasamos rico en la universidad. César, mi hijo, se levanta contento, no hay que obligarlo para que venga, y para nosotros es una bendición también porque nos ejercitamos y aprendemos”. Para muchos de los niños y jóvenes que vienen aquí, Edufines es su único espacio de esparcimiento en la semana. Algunos sí están en escuelas y organizaciones de cuidado especial, pero muchos otros no tienen esa posibilidad, que suele ser costosa. Entonces este momento, en este sábado de sol, serán sus mejores cuatro horas de la semana –ocasional-

mente todo un día, en jornadas especiales–. No solo para ellos, sino para sus acompañantes. “Es que somos como una familia –dice Ofelia Echeverri, madre de César–. Profesores, padres, jóvenes, todos alrededor de la universidad. Lo mejor es que uno ve cómo los chicos mejoran, ya no les da pereza caminar, ayudan en la casa”. Al final de la jornada, cada uno recibe una medalla. Tanto el que saltó un metro como el que no sobrepasó los diez centímetros. Da igual. Para ellos es la alegría del juego, el movimiento. Quien se lleva la de bronce la levanta con el mismo entusiasmo que quien ganó el oro. Hay que verlos: dicharacheros, risueños, juguetones. Quizás no tengan ciertas habilidades de lo que llamamos “normal”, pero a su vez tienen tanto cariño dentro, algo tan bonito. “Son ángeles en la tierra”, suelen decir quienes los acompañan. Y suelen decir también: hay que cambiar la mirada, porque la discapacidad está es el pensamiento de los demás, en la forma en la que sociedad observa. Hay que aprender de ellos. Recientemente Edufines recibió el estímulo Buppe, de la Vicerrectoría de Extensión, para sistematizar toda su experiencia y llegar a más beneficiarios. Esa es la idea: que este programa pueda llevarse a otras sedes de la universidad, que muchos más lo conozcan. Hacer que más niños y jóvenes especiales puedan vivir un sábado feliz como este. Es decir: muchos sábados de alegría como los que regala Edufines a través de la actividad física y el encuentro.

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De los 31 proyectos de la Universidad seleccionados dentro de la versión de estímulos BUPPE 2012, Edufines ocupó el quinto lugar con un puntaje de 96.5 sobre 100, recibiendo con ello un apoyo económico de 15 millones de pesos.

Discapacidad De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el mundo hay más de mil millones de personas con algún tipo de discapacidad, convirtiéndose en la más grande minoría del planeta y también en una de las más vulneradas. En el país, según cifras del DANE, viven alrededor de 3 millones de personas en situación de discapacidad, y aunque más de la mitad está en edad productiva apenas el 15,5 por ciento tiene algún tipo de trabajo. Sumado a esto, sólo el 2,5 por ciento de esta población tiene una remuneración de un salario mínimo. Todo esto, pese a las políticas públicas que, en los últimos años, se han impulsado a favor de esta población. En el estudio Discapacidad en Colombia: retos para la inclusión en capital humano, realizado por Colombia Líder y la Fundación Saldarriaga Concha, se afirma que el 32 por ciento de los discapacitados en

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Colombia no ha recibido educación de ningún tipo, y el 30 por ciento tiene primaria incompleta. Aquellos con deficiencias en las estructuras de voz y habla son quienes menos oportunidades tienen dentro del sistema educativo. El 27,3 por ciento carece de afiliación en salud; el 72,5 por ciento de quienes sí la tienen pertenece al régimen subsidiado. Cerca del 38 por ciento de estas personas requiere la ayuda de otra persona (cuidador) para llevar a cabo sus actividades cotidianas; en estos hogares la situación es más crítica, porque dos personas se quedan sin la posibilidad de recibir ingresos económicos. Según el estudio, tres de cada diez personas registradas tienen incapacidad permanente para trabajar, pero no tienen pensión; el 23,9 por ciento se encarga de oficios caseros y el 15,5 por ciento sí trabajan.

Deporte y discapacidad Desde que en 1946 el Dr. Ludwing Guttman, neurólogo y neurocirujano del Hospital de Lesionados Medulares de Stoke Mandeville, implementara por primera vez el deporte en silla de ruedas, mucho se ha estudiado sobre las ventajas de la práctica del deporte en discapacitados, como medio para el bienestar psicológico, el buen uso del tiempo libre, el fortalecimiento del sistema neuromuscular y la vida en sociedad. Entre otras ventajas se encuentran el estar integrados a la sociedad, el fortalecimiento de la autoestima, la motricidad, el desarrollo de futuras felicidades, la integración, el verse útiles y la solución de barreras como el temor al rechazo, la soledad, la depresión, la ansiedad y la incomprensión.


Revista Frutos N°2. Extensión Solidaria Universidad de Antioquia  

Sin importar cuán lejos tengan que ir o cuán difícil sea llegar a algunos lugares; los universitarios buscan cambiar al menos la vida de un...