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La lluvia caía intensamente. Los paladines estaban expectantes ante tal batalla. Se miraban con miedo, tal vez con la esperanza de que el compañero que tenían al lado les dijese que seguro que saldrían vivos de esta batalla, pero todos sabían que no era así. Nunca estaban seguros de quienes volvían y quienes se quedaban en esas tierras. La lluvia dotaba al ejército de humanos vestidos con armaduras de acero un aspecto brillante que no mermaba la decisión del ejército mucho mayor que se les erigía delante de ellos. Días antes un mensajero, como tantos otros atrás, le rogó al rey Travius, rey de todo el territorio de Mundoterra, el mayor de los cuatro, que se dispusiese a la rendición, o que se resignase a morir a manos de otro codicioso señor de la guerra. Travius olvidó rápidamente su nombre. Era de noche, delante de las murallas de Crisoloro, la capital de Mundoterra, esas grandes murallas que nunca ningún enemigo había llegado siquiera a tocar. La ciudad contaba con un minúsculo ejército de mil guerreros, pero con la diferencia de que se trataban de paladines. Poderosos guerreros vestidos con pesadas armaduras casi impenetrables, que habían sufrido durante años de infancia y adolescencia un riguroso entrenamiento y gran sufrimiento físico.Eran pocos los que llegaban a entrar en sus filas, y llegar a tal honor significaba una condecoración que se apreciaba en todos los límites de Versia. -Ey, Erik, ¿quién crees que la palmará esta noche?-Preguntó con un gracioso tono de broma uno de ellos detrás de Glornik. -Yo, con que tu madre me prometa que esta noche me volverá a recibir entre sus sábanas, me mantendré vivo por ella. Las risas de un pequeño grupo de paladines aliviaron un tanto el ambiente. Glornik, un paladín del que nadie sabía absolutamente nada, simplemente llegó un día, e hizo las pruebas para entrar a ser paladín, y fue el único de su grupo que lo consiguió pese a no haber sufrido el entrenamiento de los demás.Tenía el pelo corto, aunque el casco de la armadura se lo tapaba, unos rasgos definidos en su cara, tales como unos ojos con grandes pestañas, grandes pupilas y una nariz muy recta.Adornaba su cara además con un bigote que se le juntaba con una perilla, rodeando por tanto por todos lados sus labios. Era de los más altos de los paladines, debía medir alrededor de un metro noventa ampliamente sobrepasados, con una musculatura poderosa para su constitución, y con una fuerza muy, muy superior a lo que cabría esperar de alguien así. Era muy reservado y solo se le veía hablando con Travius en las ceremonias de victoria de los paladines. -¿Esta vez son más o me lo parecen a mí?-Prosiguió Erik. -Sean más o menos, recuerda lo que suele ocurrir, simplemente debemos esperar y ocurrirá, como de costumbre. Un suspiro salió de la boca de Glornik al oír aquello. Sabía perfectamente a lo que se referían. Y si, también sabía que ocurriría. Un cuerno de guerra dio la alerta a los paladines que desenvainasen espadas y escudos, como de costumbre Glornik fingió olvidárselo, pero todos presumían que lo había perdido, mas no era de importancia ya que manejaba la espada en solitario mejor que la mayoría de los mejores espadachines de Mundoterra. Un lento paso empezó la agonía de los que formaban la primera fila del ejército de paladines, la lluvia ya había creado sus charcos, y frente a ellos se alzaban soldados bien ataviados, sin experiencia alguna, pero que les


triplicaban al menos en número, armas de guerra, arqueros, jinetes y cañones de guerra, que manejaban la pólvora como auténticos maestros enanos. Los soldados de las primeras tres filas del ejército del señor de la guerra salieron en pos de su batalla, corriendo y haciendo el máximo ruido posible, al mismo momento los arqueros lanzaron simultáneamente una lluvia de flechas, obligando a los paladines a avanzar para resistir la débil embestida de los soldados contra ellos. El choque fue apenas imperceptible para estos. Las flechas no dañaron de gravedad a ningún paladín, y la embestida fue en vano, todos los soldados acabaron rápidamente en el suelo debido al choque con los escudos sagrados. De pronto tres filas mas de soldados empezaron a dirigirse al campo de batalla, pero abriéndose en abanico. Tanto Glornik como Travius, a lomos de su caballo de guerra permanecieron serios en el centro del círculo de paladines cuando los soldados hubieron rodeado al ejército. Los arqueros habían optado por coger espadas ligeras e incrementar el grosor del círculo. -Rey Travius, proceded a vuestra rendición y nadie mas perderá la vida, estáis rodeados y con cientos de armas de guerra apuntando a vuestras murallas, sois reconocido en vuestro reino por vuestra buena voluntad, pues dejad que estos pobres soldados conserven la vida. Como respuesta, Travius levantó una mano y señaló al mayor de los cañones de guerra ante la atónita mirada del señor de la guerra. En ese momento algo muy extraño ocurrió. El aire empezó a embravecerse, los paladines agacharon sus viseras para que el polvo no traspasase a sus ojos, nadie miraba nunca, era ese el pacto que habían hecho tras la primera batalla, nadie miraba, todos permanecían quietos a la espera de su momento. Y se oyó el rugido que tantas veces había oído. Un salto le bastó a la criatura para apartarse de los paladines, y llegar al círculo vacío entre los paladines y los atacantes, entonces se mostró en todo su esplendor. Un hombre lobo. Un humano, convertido en bestia.Su cara era una fiera, aunque extraordinariamente bella cara de un lobo.Un hocico sobresalía del lugar donde antes había una nariz, totalmente rodeado de pelo, todos los músculos estaban, aunque recubiertos de pelo, a plena vista para mostrar que eran fuertes y que estaban desarrollados casi al extremo, la espalda se le movía de arriba abajo mientras se mantenía a cuatro patas, y sus manos arañaban la arena. De pronto atravesó limpiamente, matándolos casi al instante, a un grupo de soldados mientras avanzaba rápidamente hacía su objetivo. El cañón se desmoronó y calló colina abajo cuando el hombre lobo cortó con sus zarpas las cuerdas que lo mantenían atado a la base de madera.Provocó graves bajas en el ejército invasor y casi todas las armas de guerra quedaron convertidas en escombros. Lo que todos los paladines habían estado esperando ya había pasado, presas del pánico el enemigo que rodeaba a los paladines cayó sin remedio bajo los escudos y espadas sagradas. En pocos minutos, pese a las bajas totales del adversario y escasas por parte de los paladines, solo quedaban en la colina un hombre lobo, y el mismo señor de la guerra. -No lo hagas perro –Contestó furioso éste mientras desenvainaba la espada-Soy mucho mejor con la espada que tú con tus garras.


No acabó de decir su frase. Su cabeza rodaba hacia Travius, que le miraba fijamente, y volvía a hacer sonar su cuerno. En el acto, todos los paladines se disponían a rezar, ojos en el suelo, espada clavada en la tierra formando una cruz, aunque todos sabían que era meramente para darle tiempo al hombre lobo para coger sus cosas y correr hacia la ciudad para vestirse y esconderse. Esa, era la diferencia que marcaba Glornik. Era un hombre lobo, de las tierras altas, también llamadas Lunaterra. Nadie conocía la identidad del hombre lobo, era un acuerdo al que habían llegado Glornik y Travius, el cual al principio se mostró desconfiado y recelaba, ahora, trataba a Glornik casi como a un hijo. Era invitado a toda clase de celebraciones, ceremonias y citas, ya que hasta Glornik sabía que la paz que reinaba en Crisoloro era gracias a sus habilidades como luchador canino. Había llegado a la ciudad haría unos cuatro años, Glornik no explicó a su llegada gran cosa de su pasado, y hasta la fecha no había nueva información a la vista, lo único que Travius sabía era que venía de las tierras altas y que había renegado de sus deberes como general del ejército de los hombres lobo, que su nombre era Glornik y nada más. Travius sabía de sobra que los hombres lobo no podían amar humanos, aunque no era demostrable nunca jamás había ocurrido. Eso no le hacía evitar ver al paladín como digno pretendiente para su hija, Landariel, que gozaba merecidamente de la fama de la mujer más bella de todo Mundoterra, hasta el punto que la mayoría de los señores de la guerra que intentaban sitiar la ciudad venían buscándola a ella. Era una chica vivaz, alegre, perspicaz y quizás algo extraña.Al ser un tesoro tan codiciado por todos, el rey le dijo a su hija que se podía casar con quién desease, pero que lo hiciese por amor, ya que era evidente que el pretendiente se enamoraría perdidamente de la princesa en cuanto fuese contemplada. Landariel y Glornik rara vez habían hablado, pero era palpable para el rey que la respiración del paladín aumentaba de ritmo cuando la veía, como si tratase de frenar un instinto animal, aunque no parecía si no también una manera de evitar sus reacciones frente a las enseñanzas impuestas en la cabeza de la princesa. Esa era la vida de Glornik allá en Crisoloro, era un guerrero, desertor de su patria por algún motivo que nadie conocía, el mas leal vasallo del rey, y el mejor guerrero en secreto de todo Mundoterra. Hasta un día.  

Era una mañana como cualquier otra, Glornik se levantaba de su cama en la posada “El jabalí dorado”. Se duchó bajó agua muy, muy fría, su temperatura corporal nunca descendí. En


más de una ocasión, al llegar a la posada de defender la ciudad se había dado una ducha y había evaporado el agua. Esa mañana, el sol estaba franqueado por dos nubes, una blanca, y una negra. En Mundoterra la religión veneraba a un dios llamado Elak. Se decía, que Elak era un planeta, el primero de todos, y que harto de estar solo durante eones, tal era su poder que creó mas mundos, muchos más, pero que al conocerlos a todos a fondo, se quedó con Versia, el mundo de los cuatro territorios conocidos como Mundoterra, Lunaterra, Ephilium y las tierras salvajes. En Mundoterra reinaba con democracia y justicia el rey Travius, en Lunaterra se desconocía excepto para los hombres lobo el nombre de su líder, en Ephilium, nación que rendía culto al dios Sonit, poderoso errante que predicó el respeto a la vida, reinaba Rergnak, gran amigo de Travius, unidos por su raza de humanos, pero separados por su religión, y las tierras salvajes era un territorio inhóspito, que nadie podría describir ya que nadie ha vuelto nunca de allí. Glornik no creía en nada, nunca había creído en nada, las cosas ya eran muy complicadas y la magia era muy poderosa ya de por sí sola sin tener en cuenta que haya entes más poderosos que los mismos magos y hechiceros de Versia. Bajó al comedor donde el menú del día para desayunar trataba de cordero, Glornik pagaba un suplemento altísimo extra para que se hiciese cada mañana una pieza de carne, y que cualquier huésped de la posada pudiese comer de él, a cambio, siempre tendría para desayunar carne bien hecha. Se tomó varios vasos de agua y dos platos exageradamente grandes de cordero ante la atónita mirada de los huéspedes nuevos, los viejos o permanentes en cambio, ni se inmutaban. Lo único que pensaban era que el caballero de los ojos profundos era muy generoso, y que gozaba de un gran apetito. Cuando hubo terminado se aventuró al castillo de Travius, como cada mañana después de una batalla este querría agradecérselo. El dinero que el rey se ahorraba de tener que pagar a miles y miles de soldados le venía muy bien a la ciudad, y un diez por ciento se lo llevaba Glornik, eso fue estipulado por el rey, no por el paladín. Cuando hubo llegado al puente levadizo, pensó que cuan fácil sería saltar esas murallas que guarecen el castillo de extraños, pero tenía que proteger su identidad. Entró andando, aunque iba vestido con ropa normal llevaba su espada de paladín. Era sabido que tenía otra espada, la que usó en su primera batalla antes de decidirse alistar como paladín, y los que la vieron recuerdan cuan letal era con ella aquel caballero, tenía una forma que ya ninguno recuerda, pero una cosa sí que estaba en la mente de todos, esa espada era transparente como el vidrio, pero no hubo manera de romperla, ni con las espadas enemigas, ni con las hachas de los leñadores ya que, para relajar un poco el ambiente Glornik retó a que alguien rompiese su espada, si alguien lo conseguía recibiría su daga. Su daga, la que siempre colgaba de su cinturón, esa daga que nadie miraba fijamente, esa misma daga que nunca había sido sacado, y que todos temían, hasta el mismo Travius, nada sabía nada de ella, y menos había quién quería saber algo. Pese a todo, Glornik era reconocido y querido en Crisoloro. Atravesó el patio poco a poco, acariciando el puño de su espada. De repente Travius salió de la puerta del castillo, vestido con armadura, con su caballo con la vestimenta de guerra y la visera subida, sus ojos rebosaban rabia.


-¡Tú! ¡Tú, has sido tú! ¡Tú has traído la desgracia a mi ciudad! ¡Tú los has traído a ellos aquí! Glornik ni si quiera se inmutó, solamente miró atrás del caballo, que resultaba aterrador para cualquier humano, y vio un bulto de pelo encadenado con grilletes, parecía lleno de sangre y se movía lentamente, como con algo roto. -Glornik, confié en ti, ¡y así me lo pagas! En unos segundos que parecieron un suspiro, Glornik sujetaba la garganta de Travius, desde el suelo. -Nunca os he dado ni un solo motivo para desconfiar de mí, mi rey. Travius era el único ser humano el cual Glornik respetaba, era el único que demostraba tener respeto por los animales, querer con fervor a su hija, y tener un honor digno de un caballero. -Sabes lo que es ese dichoso bulto, ¿verdad?-Preguntó agriamente Travius. Sabía que Glornik no lo mataría. -Sí, pero yo no lo he traído aquí-Giró la cabeza hacia el hombre lobo torturado y quemado, atravesado varias veces con dagas de plata para infligirle algún daño, pues no querían matarle esa vez, era un simple mensajero-¿Qué es lo que dice? -Pide lo mismo que todos, mi rendición, pero este es más original, y más sutil, me da dos días, debo abandonar mi ciudad y me dejará vivir, solo he de dejar a las mujeres aquí. -Típico de Thankuol...-Suspiró Glornik. -¿De veras que no tienes nadas que ver, Glornik? Recuerda que eres un caballero de honor. Esta vez Glornik apretó un poco la garganta del rey. -Yo perdí mi honor hace mucho tiempo. Y lo soltó mientras se dirigía hacia el prisionero ensangrentado a paso lento, mientras escrutaba y analizaba la situación. No solía dejarse llevar por las emociones pero en ese momento se sentía furioso. Un hombre lobo había llegado a Crisoloro, lo que planteaba una guerra a gran escala, y esa vez no sería superior a sus enemigos. -¿Quién eres?-Preguntó mientras se sentaba sobre sus talones flexionando las piernas. Un gruñido salió de la boca del salvaje hombre lobo, no quería saber cuántos humanos habrían muerto por atar a ese monstruo. -Travius, no entiende vuestro lenguaje, ¿cómo demonios ha podido comunicaros esa amenaza? -Esa cosa llevaba anillada a la garganta una nota donde se me informaba de todo, alguien debió escribirla. Thankuol, como no. Sólo él sabía escribir allá de donde Glornik venía, y ese desgraciado que llevaba ese mensaje debía ser uno de sus esclavos, un hombre lobo que no era capaz de controlarse y que sólo el jefe de la manada podía controlar. Glornik tomó una decisión, se desabrochó la camisa, se quitó los pantalones. En el patio solo estaban Travius, una docena de hombres armados y Glornik, junto con el prisionero. En ese instante a todos excepto a Travius se les heló la sangre. Vieron como Glornik se convulsionaba, entre espasmos y movimientos bruscos y secos, se le empezaba a llenar el cuerpo de abundante pelo largo, muy largo, y muy negro, vieron como sus blancos dientes crecían poco a poco pero sin parar hasta alcanzar la longitud de un dedo humano, como sus brazos se ensanchaban y sus piernas se estilizaban y se sobresalían los músculos de las caderas, vieron como sus ojos se tornaban aún más dorados, y como, de


repente, el paladín conocido como Glornik, era el salvador hombre lobo que acudía cada batalla para salvar a Crisoloro desde hacía cuatro años. El hombre lobo aprisionado, atónito, entrecerró los ojos, de no haber varios soldados aguantándole el cuello con cadenas, se habría lanzado al cuello del otro lobo. -¿Quién eres?-Repitió de nuevo Glornik, pero solo recibió como respuesta un salivazo en el ojo. Glornik sopesó la situación, pero era demasiado tarde, se dejó llevar por sus emociones, rompió con el brazo las cadenas entrelazándolas en su brazo, y cogió del cuello al hombre lobo, lo levantó tanto como su brazo llegó a levantar, ese hombre lobo debía de pesar como unos doscientos quilos. -Podemos hacerlo fácil, o podemos hacerlo fácil y rápido, la diferencia es tu muerte, o que te encierren en un calabozo hasta que Thankuol venga a recogerte cuando ataque la ciudad. Con una mirada de miedo y furia, el salvaje y ahogado hombre lobo contestó: -Me llamo Marius, me enviaron para traer este mensaje y volver-Miró a los soldados relamiéndose los labios con la sucia lengua, dando a entender que no pudo evitar matar a unos cuantos humanos. -¿Qué es eso que Thankuol quiere atacar una capital humana? Una risotada salió de la gruesa garganta del esclavo-No es Thankuol quién quiere destruir esta capital, es Kuolfra, y adivina porque tu viejo amigo querrá destruir esta ciudad hasta los cimientos. -Yo-Respondió rápidamente Glornik, enseñando los dientes. -Exacto, creímos que todos estos años hubieses estado en las tierras salvajes, huyendo de tu pasado, pero hace poco oímos a un soldado que se aventuró en nuestro territorio hablar con otro de una bestia enormemente poderosa que defendía con celo la capital de Mundoterra, y Kuolfra no pudo contener su rabia, no tiene nada en contra de este territorio, pero esta ciudad te ha dado cobijo, te ha aceptado y ahora le has cogido cierto, ¿cariño? Sea como sea, ya sabes lo que va a ocurrir, es cuestión de resignarse. Glornik restaba quieto, inmóvil, lo que hizo que varios soldados se apartasen lentamente, Travius bajó del caballo y desenvainó la espada, llegó al lado del hombre lobo y hundió la espada lentamente al lado de una de las heridas que ya tenía, ni siquiera movió la mirada de los ojos de Glornik, quizás, por qué ya estaba muerto, quizás porque no la sintió, lo cierto es que el cuello del hombre lobo se hundió en la mano de Glornik, hasta que todos los huesos se fundieron y se convirtieron en polvo dentro de piel. -¿Ni lo ha notado no?-Preguntó Travius. -No, las espadas humanas no suelen provocarnos demasiado daño, solo las mágicas, veo que ya lo sabíais, por lo que aprecio en sus heridas. -Sí, pero más valía cerciorarse de que no tenemos posibilidades, porque...no las hay, ¿cierto? -Bueno...si, la hay.-Respondió al tiempo que volvían a empezar los espasmos, los movimientos bruscos, mientras sus huesos volvían a su tamaño normal, y el pelo desaparecía excepto el de su barba y su pelo, por eso nunca se afeitaba, controlaba su pelo corporal a antojo. -¿Cuál? Mientras se vestía, Glornik levantó la cabeza hacia Travius y respondió:


-Como tú bien has dicho, vienen a por mí, por mi culpa, yo los he traído aquí, hemos de hablar Travius-Miró en todas direcciones alrededor-En privado. … La sala del trono era amplia, constaba de dos grandes vidrieras religiosas que simbolizaban a Elak creando Versia, y otra en la pared opuesta, donde era simbolizado como un fuerte guerrero humano, con capa roja y coraza de guerra. Tenía ocho pilares que creaban un pasillo imaginario hacia el trono donde solía sentarse para profesar audiencias Travius, al final, se encontraba el trono, y detrás, un gran escudo de armas, a su lado, otro trono, para Landariel, echo de plata, a diferencia que el de Travius, que era de oro. Una alfombra roja recorría todo el pasillo de pilares, y un paladín estaba posicionado normalmente entre pilar y pilar, en este momento, no había nadie excepto los dos visitantes que entraban. -Quizás nunca os he contado nada de mi pasado, en forma de mala educación, pero no es como pensáis. -Glornik, quiero que sepas antes que nada, que no estoy ni mucho menos enfadado contigo, es solo que...bueno, aunque no esté enfadado no es fácil asimilar todo esto, de no ser por ti, Crisoloro hubiese caído hace ya mucho tiempo. -Gracias mi rey-Colocó el trono de Plata de espalda a la entrada, justo enfrente de el de oro, donde se sentó Travius-Lo que voy a contaros es el motivo de mi huida, veréis mi reyTomó aire-Yo, en Lunaterra era el líder militar del ejército de hombres lobo, solo estaba sobre mi dos de ellos, Thankuol, rey y líder de toda nuestra inmensa manada, y su hijo, Kuolfra. Yo me había ganado el respeto de mi rey ganando batallas contra todos los poderes que nos habían planteado alguna amenaza, ogros, gigantes, incluso varios señores de la guerra, todo tipo de poderosas criaturas legendarias, pero era bien sabido en todo el reino que su hijo, era un envidioso hijo de perra, y no concebía la idea de no ser el preferido de su padre. En los ojos de Glornik, brotaron dos lágrimas, no de tristeza, sino de rabia, el mismo Travius le puso una mano en el hombro -Así que un día Kuolfra organizó una competición para descubrir al mas fuerte de entre los aspirantes, evidentemente los miembros militares estábamos obligados a asistir. Otra cosa que quizás debéis saber, mi rey, es que un dato oculto de los hombres lobo es que algunos tenemos un don, un poder, llamadlo como queráis. Kuolfra tenía el poder de que de su cuerpo sobresaliesen a voluntad decenas o cientos de aguijones, de una dureza comparable a la del marfil, e incluso dentro de estos cuernos o aguijones, se inyectaba un veneno que dependiendo de la cantidad, podría matar a un hombre lobo. La competición siguió adelante con lo previsto, yo con mi experiencia llegué fácilmente a la final, mientras que era más que conocido que Kuolfra había comprado a más de un contrincante. En esa batalla debía controlar mis fuerzas, Thankuol era un líder que por encima de todo, amaba a su hijo. En la batalla, di una soberana paliza a su hijo, hasta al punto que se quedó en el suelo, y cuando celebré la victoria, cuando me giré hacía el público, Kuolfra se colocó justo detrás de mí, y me clavó hasta el último de los cuernos que de su cuerpo pudieron salir, pero sin dar tiempo a inyectarme veneno, pues me gire, y con las manos juntas, le rompí la mayoría


de ellos. Lo que no supe en ese momento es que esos aguijones eran los huesos de Kuolfra, y Thankuol saltó a la arena. No os imagináis como es esa criatura, me ha de doblar a mí en tamaño y cuenta con cuatro brazos, y creedme, es imbatible entre los hombres lobo. Me señaló con el dedo, una deshonra enorme entre los hombre lobo y puso precio a mi cabeza sino salía ahora mismo de la ciudad. Y así tuve que hacerlo, herido de gravedad, bajo una injusticia enorme, abandoné a todos mis guerreros, mis amigos, y marché a empezar de nuevo. -Y ahora Kuolfra quiere venganza-Comentó Travius. -No lo creo, es más, lo dudo en gran medida, los hombres lobo nos regeneramos bastante rápido, y en dos semanas tendría los huesos recompuestos, pero fue el peligro de haber matado a su hijo lo que enfureció a Thankuol, con eso Kuolfra estaría satisfecho, ahora debe de querer probar que es más poderoso que yo. -¿Lo será? -Cuando me fui de Lunaterra, Kuolfra era muy joven, y han pasado muchos años desde aquello, no me preguntéis cuantos ni mi edad, pero si, es muy posible que Kuolfra sea tan fuerte como su padre. -¿Y cuál es tu plan? -Enfrentarme a Kuolfra en combate singular, vencerle y entonces vosotros deberéis hacer el resto mientras me curo de la batalla, además estoy casi seguro que algunos soldados no me atacarán, fui un buen jefe militar. Un silencio de recuerdos inundó el salón del trono, en dos días una inundación de sangrientos hombres lobo destruiría la bella Crisoloro, y todo por culpa de Glornik. Un mazo impactó contra su corazón, un mazo llamado culpa. -Mi rey...sé que os pido mucho pero... ¿podríais concederme un favor? -Por supuesto Glornik. -Mantened a Landariel en la sala del trono, es el lugar más lejano de la ciudad, que no salga de la ciudad, Kuolfra no perdonará a nadie mi rey. -Hecho Glornik, pero a cambio te pido que mantengas a raya a los hombres lobo, o por lo menos que intentes vencer a Kuolfra. -Eso, mi rey, es un precio muy bajo por mi petición, pero será todo un placer-Contestó Glornik con la cabeza gacha y la mirada sombría. … Pasó Glornik todo el restante día vigilando los puntos débiles de Crisoloro. Nada, para un ejército humano las altas murallas, los numerosos arqueros, las abundantes catapultas, serían un gran problema. Sin embargo para los hombres lobo, resultarían poco más que una carrera de obstáculos. Los mil paladines resultarían de muchamasutilidad que un ejército de una mayor envergadura. Se dedicó Glornik, además, a enviar mensajeros a todo Mundoterra, advirtiendo que llegaría una batalla a gran escala, y que sus habitantes podrían marcharse o defender Crisoloro. En el caso de que venciesen se les notificaría. Glornik sabía que la mayoría emigrarían a Ephilium, y que solo los fanáticos de Elak defenderían su ciudad.


Al anochecer Glornik, un poco cansado, decidió afrontar su otra preocupación. Esperó a que el ama de llaves de Landariel la dejase sola, e irrumpió en su habitación, sorprendentemente ella ni estaba dormida, ni mostraba miedo alguno. -Mi princesa. -Caballero Glornik. -He de hablaros con urgencia de un tema que quizás os incomode. -Os escucho. -Antes que nada, os prevengo de que preparéis un equipaje en donde podáis almacenar vuestros libros de hechicería, ya que deberéis proseguir vuestras enseñanzas en otro lugar. -¿De qué habláis? -Princesa, Crisoloro va a caer, y todos sus habitantes casi con toda seguridad van a sucumbir, solamente puedo salvaros a vos y a Travius de los moradores de Lunaterra. -¿Pretendéis decirme que estáis pronosticando la caída del reinado de Mundoterra por unos perros? Caballero Glornik, aprecio sumamente vuestra intención, pero esos asquerosos engendros recibirán su lección a manos de nuestros paladines. -Pretendéis decirme, mi señora, ¿qué aborrecéis a los hombres lobo? -Son, sin duda alguna, una raza deleznable y vil. -En ese caso, no tengo nada más que deciros. Hasta la vista mi princesa. -Hasta la vista, caballero Glornik. Al marcharse por el balcón de nuevo, Glornik sintió nuevas sensaciones, totalmente contradictorias, por una parte, la sutileza de la voz de Landariel, su largo pelo negro como el azabache, y sus enormes ojos, todo provocaba un estado de confusión en el corazón del hombre lobo. Por otra parte, sintió repugnancia por una humana que creía poder sobrevivir al ataque de toda una nación de hombres lobo. Volvió al “Jabalí” y se durmió, no sin antes recordar el nombre del único ser que podría haberle ayudado. “Glorn”.


Capítulo 1