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Literatura

Manifiesto

e

a la ficción

por María del Rosario Moguer Sánchez

Si somos demiurgos de la ficción y soñadores de cambios en la realidad, ¿qué seríamos sin esta literatura que tan poco útil vemos?

n el mundo en el que vivi­ mos y dadas las circuns­ tancias actuales, la ficción queda relegada al entrete­ nimiento “absurdo” de quienes viven sobrados de tiempo y dinero. La expre­ sión coloquial “dejarse de cuentos” implica un llama­ miento a la seriedad, al or­ den mental y a una realidad que más que realista se in­ clina por el lado negativo. Ya al propio don Quijote se le pedía que pusiese en prác­ tica esta expresión, y más cuando en torno a él giraban unos pensamientos que a veces eran tan lúcidos, que no cabían en la propia realidad. Nada “sensato” sería, si seguimos este planteamiento, utilizar la ficción que la literatura ha forjado durante si­ glos para conocer nuestro pasado histórico, nuestros miedos y la posible solución a los problemas de hoy. A pesar de todos los ataques que recibe la literatura de ficción, no perdemos el juicio ni la razón cuando sentimos la misma sensación amarga que Alonso Quijano, esa “loca sensatez” que no cabía en un mundo incomprensible. Tampoco lo hacemos cuando revivimos la soledad del suelo mortecino de Comala, o la cruenta y pavorosa rea­ lidad de los Cuentos de Quiroga. Es real. Esas sensacio­ nes catárticas están en nosotros como las de los sueños. Por suerte para todos y pese a todas las críticas que se hacen hacia la literatura de ficción, seguimos soñando. Porque en los sueños, como en la ficción, está la creación de un mundo nuevo, de un mundo mejor. Y si es así, si somos demiurgos de la ficción y soñadores de cambios en la realidad, ¿qué seríamos sin esta litera­ tura que tan poco útil vemos? ¿Qué seríamos sin descu­

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brir nuevas formas de ver el mundo o de conocer mundos nuevos? Descubrir Oviedo por las calles de Vetusta o vivir “lo má­ gico” en el propio Macondo. Conocer algún pueblo lejano, que se convierta en cercano a los sentidos… Esa es la fic­ ción, aquella que trae a la imaginación cualquier escrito, la que nos permite conocer el lugar, el momento y el pen­ samiento de aquellos que vivieron hazañas hace cientos de años, y que convirtieron sin querer su Diario de a bor­ do, en la primera fábula que pondría las bases de una inigualable literatura de ficción. Las obras de ficción reflejan una auténtica verdad, una verdad más general. Llenan los vacíos de los discursos tratados como verdaderos y que no siempre, a pesar de su veracidad, dejan de ser maniqueos. La ficción llena esa globalidad aportando múltiples visiones, en el contexto y en la historia en sí, de un hecho inventado. No obstante, en la ficción también está el silencio. El si­ lencio de aquellos que no pudieron utilizar sus palabras o quisieron hacerlo de una forma menos manifiesta. Auto­ res que callaron a sus personajes y que evocaron mil imágenes en unos lectores esclavos del momento, pero que saben leer entre líneas. Silencio elocuente, como el de Bernarda. Pero la ficción no se forja si no es con la existencia de un lector implícito. De alguien que desgrane los porqués sin respuesta, se cuestione la mentira obligada y disfrute con la libertad de creación. Así es ese lector, el que busca más allá del contenido y la forma, el que se hunde entre la sintaxis atrevida de un mensaje codificado. La ficción en la literatura nos hace libres formándonos como lectores críticos. Libres en elección y en expresión. Porque la literatura es la esperanza eterna de las pala­ bras, que forman todas juntas una historia inconclusa que cuenta lo mejor del ser humano.

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