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Arte

La conciencia de Europa

por María Caballero

l padre de Roberto Rossellini fue un importante arquitecto que, casual­ mente un día, decide levantar una sa­ la de cine en el centro de la ciudad. Así, el pequeño Roberto descubre a la edad de 12 años el fascinante mundo de las películas, brotando en él la ne­ cesidad de contar sus propias historias. Con el paso de los años, construyó en su casa de Ladispoli una especie de estudio donde realizaba experimentos y rodaba corto­ metrajes. Nunca el cine y la Historia estarán tan herma­ nados como con el cineasta italiano y será con su grandiosa trilogía bélica (Roma, ciudad abierta, Paisá y Alemania, año cero) con la que conquistaría el mundo eri­ giéndose como el precursor del Neorrealismo. El origen de la poética moral El Neorrealismo nacerá como movimiento comprometido en la búsqueda de la verdad, pero no busca el dogma de Lo Real, es decir, es un realismo didáctico ceñido al mun­ do y a sus circunstancias. Neorrealismo como alternativa a la realidad bruta que propone una posibilidad del cam­ bio a mejor de la condición humana. Un cambio obligado en un contexto descorazonado que precisa ser explicado mediante la verdad, su verdad convertida en objeto fíl­ mico. Una transformación que tendría como resultado el abrir los ojos a una Europa desolada. Así será como el precursor del Neorrealismo logra hacer del cine un modo de ética, por encima de la necesidad estética e incluso na­ rrativa (sin invalidar en ningún momento dichas carac­ terísticas). Rossellini consigue ser el cronista de la Segunda Guerra Mundial, al tiempo que se pregunta por qué el cine mo­ dula sólo hacia el espectáculo y no hacia el conocimiento. Sobre el neorrealismo, Rossellini afirmaba que era ante to­ do, una posición moral desde la que se puede contemplar el mundo. A continuación se convierte en una posición esté­ tica, pero el punto de partida es moral. Por consiguiente, Rossellini no encuadra en el concepto de cineasta esteta, sino que opta por un estilo austero combinado con dotes cómicas que provocan un efecto aún más conmovedor que lo propuesto en un origen. Paradójicamente, este efecto de realismo desbordado consigue una mirada poé­ tica abrumadora, podría considerarse al cineasta italiano como el constructor de la poesía ética visual, con permiso de uno de los iconos cinematográficos de los neorrealis­ tas, Charles Chaplin, a quien admiran por priorizar el sentimiento ante la imagen. El Humanismo como eje Estos son los hechos; si uno los comprende, si toma con­ ciencia de ellos, por fuerza surgen emociones artísticas efi­ caces y capaces de sensibilizar a la gente sobre estos grandes problemas. Esta reflexión rosselliniana apoyada

en la importancia de una toma de conciencia, convierte al cineasta en un director del sí. Esto es, al igual que Vila­ Matas erige su visión de los escritores del No y sugiere la defensa del silencio Bartlebiano (en honor al oficinista de la novela de Melville) que parece ser un alegato en defensa de aquellas historias que prefieren no ser contadas, Rossellini prefiere sí hacerlo. Rossellini sería al cine lo que Camus a la literatura (este último según la propia visión de Vila­Ma­ tas), es decir, un director del sí. Un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada a este mundo, dirá el autor de El Ex­ tranjero, discurso que creadores como Vittorio de Sica, Pier Paolo Pasolini, Jean­Luc Godard, Chris Marker o Ro­ berto Rossellini supieron cincelar en cada uno de sus foto­ gramas cada uno con sus propios criterios y con sus distinguidos estilos dotando a sus obras de la purga social, intencionada o no, que el individuo necesita. La obra de Rossellini no se dirige a un público, sino a su­ jetos, conmueve esas almas de la Europa de entreguerras que incluso entre tanta necedad bélica siguen imperturba­ bles. Sus pinceladas no declaran credo alguno y su mo­ derno realismo pretende un hombre utópico y clemente ante tanta depravación, y en esta situación, cualquier im­ posición o postura ideológica resulta superflua. El esplendor del cine de Rossellini deviene de la ética co­ nocedora y sabida, que aventaja a cualquier postura reli­ giosa o ideológica. De hecho, es tal la pasión humanista que siente Rosselllini, que en sus películas los personajes suelen confraternizar con el ideal comunista o con la fe cristiana, sin dar pie a obcecaciones. Ambas vías no pue­ den convivir aparentemente entre sí, sin embargo, el ci­ neasta aboga por la moral y colma las trabas. Esta aparente disyuntiva se pone de manifiesto hacia el fi­ nal de Europa 51, donde los responsables del psiquiátrico discuten acerca de si Bergman sufre una enfermiza fe cris­ tiana o de si lo contrario es miembro del Partido Comunis­ ta, el personaje acaba llorando y uno de los responsables se muestra piadoso mientras le pregunta por sus ideales. Ideología y Religión como pilares de la angustia humana del siglo XX que sacrifica con argumentos absurdos la li­ bertad del individuo. Y entretanto, asistimos a la pene­ trante mirada de estupor de Roberto Rossellini. “Estoy convencida de que el único modo de no ser egoísta es amar a los demás. A todos los demás. Incluso a los pecadores. A todos ellos tal como son . Es preciso amar a todos los seres humanos sin juzgarles. Ese es el destino al que me siento llamada”, será la respuesta de la actriz, que evoca el alma de Rossellini. El director italiano que logró hacer de la conciencia la esencia cinematográfica. Esa conciencia como la causa indeleble de la salvación del individuo que tendrá como consecuencia la glorificación de Rossellini como el padre del cine moderno. Y es que en estos tiempos de in­ certidumbre, como exclamaba un personaje en Antes de la revolución, de Bernardo Bertolucci, no es posible vivir sin Rossellini.

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Número 0

Enero de 2013

Revista El Soberao  
Revista El Soberao  

Revista Cultural e Independiente de Los Palacios y Villafranca

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