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Literatura

mismos? Algunos temores se cuelan intempestivamente dentro de la almohada. Y cuanto más nos vamos alejando en el tiempo, o lo que sería casi lo mismo, cuanto más nos vamos cargando de tiempo, la memoria se empeña en llevarnos por los caminos recurrentes de la infancia, poblándose ya con personajes de entonces y de ahora, en una mezcolanza que de puro raro llega a ser estrafalaria

acaban diluyéndose con el borra parte de la memoria de lo que hemos vivido algunas veces, sin que por ello dejemos de enzarzarnos en el también estrafalario empeño de la comprensión, cuando quizás nada haya que comprender. La casa de mi infancia tenía un patio grande de paredes blancas y zócalo a veces añil, a veces almagre. Un jazminero de tronco añejo perfumaba las noches de verano con un aroma que trasminaba a través de las

ventanas abiertas de par en par. En el centro había un melocotonero de tronco encalado que nos embriagaba de dulzores la boca con melocotones entre blancuzcos y amarillentos que guardaban bajo su piel aterciopelada una carne contundente tirando a rosa. También había un saúco, al abrigo de una pared orientada al norte, cuya floración era un espectáculo para nuestros ojos. Y en la pared de enfrente estaba el pozo, de manantial abundante pero salobre, lo que no impedía que nos sirviera de refresco en el verano. Mi hermano y yo, a la hora de la siesta, vertíamos cubos de agua sobre el suelo del patio y nos deslizábamos infatigablemente. Pasó el tiempo. En el patio de la casa de mi infancia estábamos jugando mis hijos y yo a tirar cubos de agua sobre el suelo y a deslizarnos. Las risas de los niños son nítidas todavía. De pronto el suelo fue inclinándose peligrosamente y el pozo, de repente, ya no tenía brocal. Intentaba desesperadamente agarrarlos a los dos mientras sus cuerpos menudos se iban aproximando al agujero. Creía que me iba a morir. Logré asir sus pies pequeños cuando parecía del todo imposible, al borde mismo del cráter recién nacido donde el agua salobre recogía con avidez la que acababa de servirnos de disfrute y solaz. Tuve que incorporarme en medio de la noche para retomar el ritmo de la respiración. ¿Cómo puede ser que vivamos con tanta intensidad lo que supuestamente no ha existido? Durante mucho tiempo experimenté el temor de que aquel sueño me estuviera alertando de algún peligro. Otro temor que me frena en seco es la posibilidad de tener que depender de alguien para andar, para asearme, para comer. Y tanto o más es el temor que me produce la eventualidad de perder la memoria. ¿Se trataría de una crueldad? ¿De quién? ¿Se trataría de misericordia? ¿De quién? ¿Y por qué? Porque somos capaces de evocar, a través de los sentidos unos aromas nos recuerdan a otros, una luz a otra, una voz nos despierta otro tiempo. Porque somos capaces de recordar lo que fuimos el recuerdo conforma lo que somos y –si tuviera que ser­ lo que seremos. Porque la memoria y el amor nos salvan de casi todo lo que no entendemos. Porque la memoria nos ayuda a retener las palabras y, con ellas, las ideas y, a veces, los sentimientos, aunque no siempre los sentimientos se asienten en palabras sino en una nebulosa de sensaciones que nos cuesta discernir y nominar. Porque somos conscientes de que todo sucede en la vida una sola vez, nada como la memoria para comprender que no vuelven segundas oportunidades absolutamente para nada. Y a sabiendas de que todo es único, circunscrito a un solo tiempo, aunque el tiempo se alargue como una entelequia que nos va asfixiando, a pesar de todo también a veces, ya sin temores, volvemos la vista atrás y jugamos a esbozar otras posibilidades de vida si hubiéramos decidido tal o cual cosa en algún momento anterior que entendimos crucial. Pero no puede ser más que un juego sin reglas y sin resultado alguno, multiplicidad de esbozos que nunca llegarán a culminar cuadro alguno. La lluvia caía pertinaz en la tarde de febrero y me puse a elucubrar como hago tantas veces, como he hecho tantas veces a lo largo de mi vida. 15

Número 0

Enero de 2013

Revista El Soberao  
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Revista Cultural e Independiente de Los Palacios y Villafranca

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