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m Literatura

Elucubraciones vespertinas

por Mª Carmen Ayala

e preocupa el paso del tiempo más que de costumbre. Por nada en especial sino porque siempre me acompañó esa tendencia natural que me ha llevado a considerar que cualquier momento podría ser el último, aunque ahora quizás, conforme los años pasan, parece que se acentúa con una virulencia que, quiero entender, no llega a rozar lo enfermizo. De alguna manera ello me sirve –eso creo­ para disfrutar intensamente de lo que tengo, mucho o poco, no importa, porque sé que los días, lo mismo que todo lo que contienen, no son más que un regalo que puede desvanecerse como un sueño; un regalo de no sé quién, que a veces me aprecia y que a veces me detesta. Tengo muchos temores, desde siempre; como todo el mundo. La ausencia de aquellos a quienes quiero. La posibilidad de la ausencia definitiva. Mi padre nunca lo supo; en realidad nunca lo supo nadie. Vivía más que con el temor con la certeza de que habría de faltarme. Sabía que tendría que suceder algún día. Natural. Pero yo me resistía a que fuera de esa manera. Muchas veces me acercaba a su cuarto mientras dormía con el temor de que no estuviera respirando. Comprobar que la ropa de la cama se movía al compás de la respiración me hacía liberar la presión espesa que me oprimía el pecho. No obstante, pasaron muchos años desde luego, terminó por llegar el momento en que me acerqué a su cama antes de irme al trabajo para ver cómo se encontraba cuando comprobé que los impulsos cada vez más débiles de su cuerpo frágil ya no movían acompasadamente la ropa de la cama. Y un vacío muy hondo se coló hacia adentro y entonces supe que el anticipo de esta antigua realidad virtual me hizo valorar su presencia de una manera honda y continuada mientras tuvimos tiempo para compartir. Otras veces es el sueño el que se encarga de gastar malas pasadas, como prolongación inconsciente de esos temores que te atenazan más allá de la propia vigilia. No es raro que el mundo nocturno distorsione las realidades, tanto en el estado de duermevela como cuando los párpados se rinden y nos conducen a la intrincada maraña del mundo de los sueños. La mayoría de los sueños acaban diluyéndose con el paso de los días como se borra parte de la memoria de lo que hemos vivido. Pero hay sueños que terminan por formar parte de nuestras propias vidas como si un temor oscuro los bañara con una pátina de esoterismo que nos introduce en el alma un desasosiego insaciable, que volvemos a recordar incesantemente, como si quisiéramos buscar al cabo de los años alguna explicación o algún sentido oculto que, en algún momento,

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La mayoría de los sueños paso de los días como se

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tendría que desvelarse; y esto se siente de esa manera porque han llegado a provocar un miedo tan animal que no se puede apartar de la cabeza. ¿Superstición? No la descarto. Si el mundo de lo tangible tiene razones empíricas en las que apoyarse, razones demostrables, ¿por qué nos enredamos de continuo en cuestiones que posiblemente no tengan una respuesta fuera de nosotros

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