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Literatura

«A Joaquín Romero Murube.

­ El mejor poeta de Sevilla»

Dedicatoria manuscrita en el ejemplar del Llanto con el que Federico García Lorca obsequió a Joaquín

por Julio Mayo Rodriguez

ntre las flores que adornan el patio de la poesía española, resulta to­ davía con vida en la verde maceta, destila cierto perfume y derrocha algún colorido el narciso junquillo de olor que durante una década, la comprendida entre 1926 y 1936, mantuvo bien inhiesto la capacidad lírica, métrica y compositiva de nuestro paisano Joaquín Romero Murube, como abanderado de aquella juventud li­ teraria de Sevilla que se agrupó en torno a la revista Me­ diodía y siguió su manifiesto doctrinal en la definición de una poesía de creación pura, perfecta y conseguida. «Me sobran versos y me falta dinero», llegó a escribirle el poeta de Villafranca y Los Palacios a Adriano del Valle en una carta fechada el 15 de febrero de 1928, cuando después de todo el trajín de los últimos días de diciembre de 1927 junto a los escritores del mítico Grupo generacional, volvió a retomarse la publicación de Mediodía y gracias a su tesón de coordinación se sacó a la calle el número IX. «Yo tengo –seguía contándole a del Valle en la misiva– dos li­ bros o tres...no sé. Y no haré ninguno». Pero por carecer de medios económicos, que no por incapacidad creativa, pues como versificador se hallaba en pleno estado de gracia engen­ drando producciones líricas con no escasa fecundidad. Mediodía se distinguió por ser la primera publicación en su género de mayor candencia y actualidad en el concierto lírico nacional, durante tres años (1926–1929) en su primera etapa de existencia, y en la que comenzaron su labor literaria muchos escritores –especifi­ ca el propio Romero Murube en el diario ABC de Sevilla el 26 de junio de 1934– que luego ocuparon los primeros lu­ gares: Aleixandre, Laffón, Alberti, Bacarisse, García Lorca, etc... Su redactor jefe fue, entre pocos, el verdadero artífice de una de las mejores revistas literarias del 27. Y si en aquella reducida constelación brilló Joaquín Romero Mu­ rube, como poeta activo de la Sevilla que Juan Ramón Jiménez había proclamado la «capital poética de España», aunque solo publicase tres libros de poesía y se despidiese del género para cultivar la prosa, ¿bajo qué criterios puede juzgarse, décadas más tarde, si en aquellos momentos fue integrante, o no, de la Generación? Las antologías de la Literatura española no incluyen casi nunca a Romero Murube entre los principales Poetas del 27 y es perfectamente entendible que su nombre no integre el apretadísimo ramillete de los elegidos, según los criterios de priorización que se establezcan. Pero es que a penas formarían parte del repertorio unos cuantos de escritores si la clasificación se realizase con una mayor exigencia. Una cosa es que su nombre no aparezca junto a los más

representativos y otra, bien distinta, es descatalogarlo de aquella órbita en la que, por muchas razones, se hallaba «situado» el Romero Murube poeta, periodista, pensador, prosista... La baremación para concluir quiénes forman parte, o no, de aquella Generación no puede apoyarse ex­ clusivamente en ciertos estudios literarios realizados hace medio siglo. Ese análisis, en este empeño nuestro integra­ dor, ha de ambicionar un horizonte mucho más amplio en la disección de los componentes de la «Edad de Plata» de nuestras letras hispanas, y debe abrir el abanico a la resi­ dencia de otro buen puñado de artistas e intelectuales que encumbraron el Arte español en lo más alto del universo. Que Romero Murube fuese un poeta secundario ya lo sa­ bemos, pero su talento enciclopédico, dimensión intelec­ tual y excelente relación con los principales escritores del 27 lo mantuvo perfectamente «situado» en el sitio y mo­ mento apropiados, como él mismo reconoce en el Editorial del primer número de Mediodía. Esa privilegiada situación lo tenía puesto al día de las modas y vanguardias expresi­ vas, en definitiva le proporcionó una importante concien­ cia literaria. El propio Murube en alguno de sus artículos llega casi a razonar el por qué de su inclusión en el elenco de los «Plateados», tanto en cuanto había elegido también la prensa, tal como Rafael Al­ berti y Gerardo Diego, como medio de expresión funda­ mental. Quizá el más eficien­ te para que un buen escritor del momento pudiera mante­ nerse «situado». Su compadre y hermano García Lorca –parentesco acuñado por el mismísimo escritor granadino en las líneas que le escribió en un ejemplar de su Romancero gitano–, no dudó en piropear a Joaquín como el mejor de los poetas sevillanos del momento, aunque para ello se valiese del lá­ piz del dibujante de la Barraca, Pepe Caballero, y dejar la estampación imperecedera de tan alto honor en la dedica­ toria manuscrita del ejemplar que le regaló, en 1935, del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías: «A Joaquín Romero Mu­ rube.­ El mejor poeta de Sevilla». Después de ser fusilado Federico en el fatídico verano de 1936, transmutó Romero Murube su mentalidad ideológica y se acopló al Régimen de la dictadura de Franco, pero no sabemos cuántas veces tuvo que acudir a los manuscritos lorquianos que atesora­ ba como el de la «Gacela del amor imprevisto», del Diván del Tamarit, regalado por su autor en abril de 1935, ni cuántas recurrió a la relectura de cartas y dedicatorias suscritas por el ocurrente granadino, ni las que vino a su mente, para abatir su conciencia, el eco de las canciones que Lorca interpretó en el Alcázar tocando el piano, su voz leyendo el Llanto y, ni mucho menos, las lágrimas que hu­ bo de derramar por..., después de haber estado llamado a ser el mejor poeta de Sevilla.

No dudó en piropear a Joaquín como el mejor de los poetas sevillanos del momento

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Enero de 2013

Revista El Soberao  
Revista El Soberao  

Revista Cultural e Independiente de Los Palacios y Villafranca

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