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En la imagen, Míguel Roldán, en su casa, donde nos recibió para la entrevista.

­La Guerra pasó por aquí como una sombra... ­La Guerra Civil. ¿Lo marcó mucho?

­No, no... ­Miguel pone cara de desagrado, para apartar tal vez algunos recuerdos miserables, estériles. Y una de sus hermanas tercia: "Él era muy pequeño cuando la guerra, apenas cinco o seis años". Por eso no le pregunto más. ­¿Y cómo empezó a escribir? ¿Qué le impulsó a la Literatura?

­Esto ­dice lacónico, señalando a la hiperbólica estantería que preside su salón, con una sonrisa melancólica, donde uno calcula que puede haber tres o cuatro mil libros. Por esto empecé... ­repite, y se levanta. Pasea lentamente la vista por los tomos, acaricia algunos. Y se detiene en uno. ­Este es el primer libro que leí con detenimiento, con 14 años ­señala un volumen de las Obras Completas de Aristóteles. Entonces era muy difícil dar con muchos... ­¿Le ha interesado más la Filosofía que la Literatura? ¿La Filosofía, o el Teatro, o la Poesía?

­Bueno, todo eso va muy unido... He leído a todos: a Aristóteles, a Platón, a Descartes, Nietzsche, a todos los existencialistas... Camus, Sartre... Le debo mucho a Antonio Zozaya, que era un filósofo que entonces puso al alcance de todos lo que no se encontraba o no se entendía...

Miguel se vuelve a levantar. Me conduce a otra sala donde hay otros miles de libros. Entonces entiendo mejor qué ha querido decir con que "todo eso va muy unido". Me señala antologías literarias, una colección de Premios Nobel, otra de Premios Pulitzer, enciclopedias de Flamenco, de

Historia, de Arte, de Ciencias, de Mitología... y centenares de novelas de todos los tiempos. ­He sentido predilección por los italianos. Vasco Pratolini es el que lo tiene todo... Crónicas de los pobres amantes es excelente. László Passuth, un escritor húngaro, también me enseñó, con su novela Amor y muerte en las lagunas. Y Hemingway, y Cortázar, y García Márquez... Y el norteamericano Steinbeck, y Henry Miller, y Carson McCullers, con los relatos de La balada del café triste... ­A los norteamericanos les gusta mucho el relato breve, como a usted.

­Sí, son gente que tiene prisa.

­¿Y los de aquí? Usted trató a Romero Murube.

­Sí, cada vez que quise. Muchas veces hablaba con él. Los cielos que perdimos, su último libro, me lo leí en La Huerta de la Noria, adonde él me invitaba. ­Fue un incomprendido, ¿no? En Sevilla y aquí...

­Bueno, amaba mucho Sevilla y no quería que se perdiera. ­¿Pueblo Lejano es su mejor obra?

­A mí me dio el borrador antes de publicarlo. Y me pareció una obra de arte. Tengo la primera edición de Ínsula, del 54, y muchas más. Mucha gente dice, como de lo mío, 'Ha escrito un libro del pueblo y no menciona esto o lo otro'. Pero, ¿hace falta? ¿hace falta decir Los Palacios? Si en cuanto empiezas a leerlo huele a aquí, sabes que es de aquí... ­¿Aquí no se entendió la obra?

­Sí, sí se entendió. Lo que pasa es que aquí nadie quería ser pobre. Después han dicho que si su familia aparece como rica y los demás estábamos en la miseria... Bueno...

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Número 0

Enero de 2013

Revista El Soberao  
Revista El Soberao  

Revista Cultural e Independiente de Los Palacios y Villafranca

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