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ElSoberao Revista cultural de Los Palacios y Villafranca

Número 0

Segunda época

Enero de 2013


ElSoberao

Índice

Revista cultural de Los Palacios y Villafranca

El Soberao es una publicación privada, de edición semestral para el fomento de la cultura en Los Palacios y Villafranca.

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EQUIPO DE COORDINACIÓN

Victoriano Rosal Domínguez Victoria Baquero García Álvaro Benavides Caballero María del Rosario Moguer Sánchez DISEÑO Y MAQUETACIÓN Álvaro Benavides Caballero

COLABORAN Francisco Amador Domínguez Claudia Amuedo Chinchilla María del Carmen Ayala Fernández Santa Cruz Victoria Baquero García Cecilia Barragán González Isabel Barragán González José Manuel Begines Hormigo Álvaro Benavides Caballero Cristina Benítez Ramírez María Caballero Begines Gabriel Díaz Barragán Carlos Fierro Jiménez Inmaculada Fierro Jiménez Carlos Font Gavira Antonio Manuel López Silvestre Francisco López Silvestre Claudio Maestre Moreno Juan Manuel Mayo Moreno David Mayo Rincón Julio Mayo Rodrígez Maria del Rosario Moguer Sánchez Antonio Parejo Troncoso Antonio Rincón Muñiz Álvaro Romero Bernal Victoriano Rosal Domínguez Manuel Sollo Fernández IMÁGENES

Página 11, Álvaro Romero Bernal página 14, Cecilia Barragán González página 16, Francisco Amador Domíngez página 17, Claudia Amuedo Chinchilla página 26, Antonio Manuel López Silvestre página 29, Carlos Font Gavira página 31, Juan Manuel Mayo Moreno Portada: fotograma El Show de Truman, de Peter Weir. Número 0 Segunda época Enero de 2013

CORRESPONDENCIA C/ Charco, 2A Los Palacios y Vfca. (Sevilla) C.P. 41720 revistaelsoberao@gmail.com

IMPRIME Gráfica El Cisne S.A. C/ Bartolomé Esteban Murillo, 2 Los Palacios y Vfca.(Sevilla). Depósito Legal: SE 4788 ­ 2012 ISSN: 2255 ­ 2693

El equipo de coordinación de la revista El Soberao no comparte necesariamente las opiniones publicadas por sus colaboradores.

EJEMPLAR GRATUITO

Historia

Nos acercamos a nuestros origenes más remotos con un estudio sobre la población de Searus.

19 Reportaje

Reportaje sobre Edward Hopper con motivo de su primera retrospectiva en España.

LITERATURA: 6 Manifiesto a la ficción, por María del Rosario Moguer. 7 Hechos como metáforas, por Manuel Sollo. 8 Siete romances, por Claudio Maestre. 10 Entrevista a Miguel Roldán, por Álvaro Romero. 13 "A Joaquín Romero Murube ­ El mejor poeta de Sevilla", por Julio Mayo. 14 Elugubraciones vespertinas, por Mª Carmen Ayala. 18 Encuentros en la tercera...edad, por Antonio Rincón. POESIA: 16 Procedimiento para curar todo mal, por Julia Cernuda; y El Soberao, por Carlos Fierro. 17 Soneto caudato a mi 3

10 Entrevista

Tras una vida dedicada a la cultura, entrevistamos a Míguel Roldán.

amor, por Antonio Troncoso; y Alanda, por Jose Manuel Begines. ARTE: 19 Reportaje: El paradogico mundo de Edward Hopper, por Victoria Baquero; y El cine de Edward Hopper, por Álvaro Benavides. 23 La conciencia de Europa, por María Caballero. 24 Sangre y orina, por David Mayo. 25 El arte y su sentido, por Inma Fierro. 26 La adoración de los pastores, por Isabel Barragán. HISTORIA: 28 Tras las huellas de Searus, por Carlos Font. COMIC: 30 El tebeo como fábrica de lectores, por Gabriel Díaz. Número 0

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Revista cultural de Los Palacios y Villafranca

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Editorial

R E­NACIMIENTO

La necesidad de la Cultura en la sociedad stimado lector, entre sus manos, después de casi catorce años de ausencia, vuelve de nuevo la revista señera de Los Palacios y Villafranca, para ver la luz gracias a todos vosotros, que habéis hecho posible este resurgir, y así sacarla del baúl donde se guardan las cosas más queridas de la casa. Hora era de tener una Revista Cultural e independiente en Los Palacios y Villafranca, donde ha sido el mismo Pueblo el que la ha rescatado, aportando ideas, patrocinios, ilusiones, proyectos, en definitiva, rescatar algo suyo y que había convivido durante muchos años. Todo esto ha sido posible gracias a vosotros y a un grupo de personas ilusionadas por la Cultura. Nuestro Pueblo ha estado, desde hace algún tiempo, huérfano, como dormido, aletargado literalmente hablando, viviendo de las batallas ganadas en otros tiempos que fueron muchas y muy buenas. En la memoria de todos están los nombres de revistas anteriores, publicaciones que en otros tiempos no muy lejanos, salían a la calle como documento difusor de la Cultura e Historia. La Revista El Soberao re­nace, es rescatada con ganas e ilusión y su destino final es

usted, joven o mayor ávido de saber como está el mundo, hacia dónde vamos o quiénes somos. La Revista “El Soberao” está por encima de cualquier tendencia política, religiosa y credo. Por encima de todo aquello que no sea libertad de expresión y de creación. Porque aunque en "El Soberao" habiten las musas, todos sus colaboradores, sean del tipo que sean, tienen sus pies en el suelo. El Soberao re­nace como motor cultural en Los Palacios y Villafranca, como medio de expresión cultural de esta tierra, y que plasme sus inquietudes, sus valores y, como no podría ser de otro modo, su talento. Queremos que su gente conozca a los no pocos artistas que, frustrados, esconden sus escritos en los confines de los cuadernos que nunca verán la luz, o los artistas plásticos que, desesperados ante la indiferencia, aparcan sus obras cara a la pared en los rincones oscuros de sus estudios. Si bien, El Soberao re­nace con un objetivo local, mantendrá una vocación universal, y no se cerrará a la participación foránea. Sabemos que son muchas las personas de fuera de nuestra localidad que gustarían de participar en nuestra revista para darse a conocer ante el público palaciego, y muchas también las que se enriquecerían con sus publicaciones. Por eso, pese a ser una publicación local, queremos evitar el localismo y practicar uno de los valores más emblemáticos de nuestro tiempo: la universalidad. Con el deseo de que disfrute de sus contenidos, sólo nos queda agradecerle su interés y animarle a que se sumerja en las páginas que con tanto esfuerzo y esmero hemos preparado. Pasen y vean...

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Literatura

Manifiesto

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a la ficción

por María del Rosario Moguer Sánchez

Si somos demiurgos de la ficción y soñadores de cambios en la realidad, ¿qué seríamos sin esta literatura que tan poco útil vemos?

n el mundo en el que vivi­ mos y dadas las circuns­ tancias actuales, la ficción queda relegada al entrete­ nimiento “absurdo” de quienes viven sobrados de tiempo y dinero. La expre­ sión coloquial “dejarse de cuentos” implica un llama­ miento a la seriedad, al or­ den mental y a una realidad que más que realista se in­ clina por el lado negativo. Ya al propio don Quijote se le pedía que pusiese en prác­ tica esta expresión, y más cuando en torno a él giraban unos pensamientos que a veces eran tan lúcidos, que no cabían en la propia realidad. Nada “sensato” sería, si seguimos este planteamiento, utilizar la ficción que la literatura ha forjado durante si­ glos para conocer nuestro pasado histórico, nuestros miedos y la posible solución a los problemas de hoy. A pesar de todos los ataques que recibe la literatura de ficción, no perdemos el juicio ni la razón cuando sentimos la misma sensación amarga que Alonso Quijano, esa “loca sensatez” que no cabía en un mundo incomprensible. Tampoco lo hacemos cuando revivimos la soledad del suelo mortecino de Comala, o la cruenta y pavorosa rea­ lidad de los Cuentos de Quiroga. Es real. Esas sensacio­ nes catárticas están en nosotros como las de los sueños. Por suerte para todos y pese a todas las críticas que se hacen hacia la literatura de ficción, seguimos soñando. Porque en los sueños, como en la ficción, está la creación de un mundo nuevo, de un mundo mejor. Y si es así, si somos demiurgos de la ficción y soñadores de cambios en la realidad, ¿qué seríamos sin esta litera­ tura que tan poco útil vemos? ¿Qué seríamos sin descu­

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brir nuevas formas de ver el mundo o de conocer mundos nuevos? Descubrir Oviedo por las calles de Vetusta o vivir “lo má­ gico” en el propio Macondo. Conocer algún pueblo lejano, que se convierta en cercano a los sentidos… Esa es la fic­ ción, aquella que trae a la imaginación cualquier escrito, la que nos permite conocer el lugar, el momento y el pen­ samiento de aquellos que vivieron hazañas hace cientos de años, y que convirtieron sin querer su Diario de a bor­ do, en la primera fábula que pondría las bases de una inigualable literatura de ficción. Las obras de ficción reflejan una auténtica verdad, una verdad más general. Llenan los vacíos de los discursos tratados como verdaderos y que no siempre, a pesar de su veracidad, dejan de ser maniqueos. La ficción llena esa globalidad aportando múltiples visiones, en el contexto y en la historia en sí, de un hecho inventado. No obstante, en la ficción también está el silencio. El si­ lencio de aquellos que no pudieron utilizar sus palabras o quisieron hacerlo de una forma menos manifiesta. Auto­ res que callaron a sus personajes y que evocaron mil imágenes en unos lectores esclavos del momento, pero que saben leer entre líneas. Silencio elocuente, como el de Bernarda. Pero la ficción no se forja si no es con la existencia de un lector implícito. De alguien que desgrane los porqués sin respuesta, se cuestione la mentira obligada y disfrute con la libertad de creación. Así es ese lector, el que busca más allá del contenido y la forma, el que se hunde entre la sintaxis atrevida de un mensaje codificado. La ficción en la literatura nos hace libres formándonos como lectores críticos. Libres en elección y en expresión. Porque la literatura es la esperanza eterna de las pala­ bras, que forman todas juntas una historia inconclusa que cuenta lo mejor del ser humano.


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Literatura

Hechos

como metáforas

por Manuel Sollo Fernández

o recuerdo la fecha con exactitud, pero apostaría un puñado de ta­ lentos a que fue unos diez años antes del 15 de septiembre de 2008 en que se hundió el banco de inversión Lehman Brothers, fe­ cha oficial que dan los entendidos al inicio de la crisis económica que mantiene colapsado el siste­ ma político y social de los países desarrollados, así como, y hete aquí la importancia capital del asunto, nuestras propias vidas de breves mortales. El caso es que fue muy anterior a la locura de la burbuja, cuando los empresarios competían por ganarse el favor de banqueros y políticos que les adjudicaban la riqueza como quien reparte un exclusivo maná. Por aquel entonces, digo, una vecina muy querida tuvo que abandonar su casa; fue desahuciada, que diríamos hoy con un desparpajo y una ligereza que hiela el porvenir. Aquella mujer afable y rotunda que había sus­ tentado a su fa­ milia durante los tenebrosos años del franquismo con el poderío de una matriarca neorrealista, perdía la referencia de su vida, los escuálidos muros que apenas pudieron acunar sueños, los temblorosos horizon­ tes de una vida reconocible entre el Palenque, la Carretera y la Enrramadilla, que ya empezaba a quedar lejos. El rumor caliente que aventa las malas noticias estalló por sorpresa aquel día aciago en que pregunté incrédulo: “¿¡¡¡Que le ha pasado qué!!!?”. “Que el banco se ha queda­ do con la casa. Avaló al hijo y ahora no puede devolver el préstamo. Lo han perdido todo y se van a vivir de alquiler a la otra punta del pueblo”, respondió mi madre con la zozobra inconsolable de quien se queda un poco más solo. Un traspiés económico, un negocio mal medido, una in­ versión no respondida se llevaron por delante la estabili­ dad y el sosiego que deseamos para la vejez. Con la insensible crueldad del contable. Poca gente supo de aquello; pocos gestos solidarios alivia­ ron la despedida, ninguno evitó el derrumbe. Eran años en que nadie imaginaba la necesaria existencia futura de

movimientos como 15­M o Stop Desahucios, de colectivos ciudadanos que se plantaran en un portal a impedir un desalojo. Entonces, si la desgracia te desmadejaba, te ibas en silencio, sin más ruido que una respiración en­ trecortada, como avergonzado por haberte dejado llevar por una ambición excesiva. El país que expulsó a los judíos por mercaderes es muy extravagante para estas cosas: lo que el protestantismo capitalista avalaría como el frustrado arrojo de un emprendedor, aquí se pena co­ mo pecado de avaricia. No la vi más. Tal vez se fue consumiendo por dentro has­ ta morir en un solar extraño, mientras el resto de la fa­ milia, jóvenes y vigorosos, se reponía del revés y afrontaba ilusionada la nueva era de esplendor económi­ co que empezaba a alumbrar. Todo se había limitado a una efímera pesadilla, salvo para la quebradiza moral de quien anhelaba irse en paz. La paradoja, tan común por estos aires, quiso que la casa acabara en manos de otro que fue vecino, desconozco si por compra directa al banco o por me­ diación de subaste­ ros, ambos siempre atentos al reparto de los despojos de los desgraciados. Y el propietario se afanó a conciencia en derribar, reha­ cer y construir una vivienda para su vástago, en un con­ cienzudo trabajo que alentó malhumorados despertares durante varios años, todos los fines de semana. El joven heredero instaló en la planta baja un taller de carpintería metálica y subido a la ola del desarrollismo constructor regó de hierros a bajo precio innumerables obras. En lugar de una espaciosa nave en un polígono in­ dustrial debidamente habilitado, nuestro héroe adquirió un potente BMW. Parecía llegado el momento en que todos viajaríamos a lomos de esos potentes caballos, como el que todavía aparca en la avenida. Porque ahí sigue, sobre el yunque diario doblegado por la crisis, con los encargos justos para ir tirando, a golpes frente a la incertidumbre de lo que haya de ser, habitando la casa que siempre será la de mi querida vecina, que en algún rincón acurrucada en su mecedora maldecirá a tan­ tos malajes sinvergonzones que hay en el mundo antes y después de los Lehman Brothers.

Lo que el protestantismo capitalista avalaría como el frustrado arrojo de un emprendedor, aquí se pena como pecado de avaricia

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Literatura

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Siete

romances

por Claudio Maestre

n 1937, en plena Guerra civil, nuestro paisano Joaquín Ro­ mero Murube publicó el libro Siete romances. Se cumplen 75 años de la aparición de es­ ta pequeña y significativa edi­ ción. Pequeña en cuanto al tamaño: 16 cm. x 13 cm. y en también por el número exiguo de sus páginas, pero a la vez grande por cuanto encierra de atrevimiento, de compro­ miso y de valentía. Desde la dedicatoria, preciosa y sentida, el espíritu de Fe­ derico García Lorca está presente.

quín al atrevimiento de editar los Siete romances y de­ dicárselo al amigo que acababan de matar. Pocas fueron las voces, en aquellos difíciles momentos, capaces de pro­ nunciarse sobre el crimen perpetrado en la persona del autor del Romancero gitano. Joaquín se atreve y además lo hace con rabia, arreme­ tiendo de camino contra el Gobernador de Sevilla, Cruz Conde, al que tacha de tirano y de vicioso mujeriego. La edición fue de una tirada muy corta, 200 ejemplares numerados, más otros 37 para los amigos. Nosotros he­ mos tenido en nuestras manos un ejemplar, el numerado con el 141. El tiempo ha envejecido el color blanco origi­ nal del papel hasta tornarlo más amarillento. Resulta lla­ mativo el cosido del lomo con un hilo de color verde. A través del epistolario del autor de Pueblo lejano pudimos saber que en aquellos años de guerra y hambruna, había tenido la imprenta donde se elaboró el libro, muchas difi­ cultades para encontrar papel con el que se imprimió. De los siete romances del libro podemos afirmar que los seis primeros, en claro homenaje a Federico, siguen una línea netamente lorquiana. El último sigue unas directri­ ces más vanguardistas.

"¡A ti, en Vizna, cerca de la fuente grande, hecho ya tierra y rumor de agua eterna y oculta!"

Basten recordar los vínculos de amistad que mantenían ambas familias. Cuando Federico venía a Sevilla se aloja­ ba en el Alcázar y cuando Joaquín iba a Madrid se queda­ ba en la casa de la familia García Lorca. Aún hoy los descendientes de ambos escritores siguen conservando contactos y unas relaciones muy cordiales. En cierta oca­ sión, Federico escribió una dedicatoria en un libro para Joaquín con estas hermosas palabras:

El primero, Romance de las bailarinas, dedicado a Cádiz, capta a la perfección la atmósfera gaditana: "Junto al mar, secos los labios por una ausencia infinita, y en la taberna del muelle ultramares de guajira."

"A mi queridísimo Joaquín, honra y espejo de Sevilla. Su leal: Federico."

Conocidas estas circunstancias podemos imaginarnos el mazazo que supuso la muerte del granadino para el pala­ ciego. La indignación por el disparate cometido, la repulsa por la barbarie de los asesinos, llevan al impetuoso Joa­ ElSoberao

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El segundo, Romance del enamorado, pone de manifiesto, una vez más, su amor a la ciudad de Sevilla: 8


En la imagen, de izquierda a derecha: Joaquín Romero Murube, Jorge Guillén, Federico García Lorca, José Rubio Sacristán y Pepín Bello. "Filo de la medianoche mi secreto te daría... ¡Si tú quisieses, Sevilla, contigo me casaría!"

"Yo soy el Gobernador de Sevilla...¿Quién se atreve?

En taxis, por la Alameda, Cruz Conde y siete mujeres."

En el tercero, Romance del jardín, muestra la meláncolica atracción que siente por los temas florales:

Y en el séptimo, “Romance del crimen”, descarga definiti­ vamente su rabia denunciando al mundo el crimen come­ tido:

"Es el jardín hecho tacto sobre los pulsos del alma cuando la luz de la tarde brilla, ya muerta, en el agua."

"Al acordeón del puerto le han estrangulado el cante.

En el cuarto, Romance con ella, el objeto amado ahora sí es la mujer:

Por el asfalto resbalan serpientes de verde sangre.

"La vasta distancia, muda. La savia dentro del árbol. Todo en tu voz y en tus ojos. Todo en ti...¡y entre mis brazos!"

Y en todo el mundo la prensa llevará con gran detalle a los hogares honrados cinco columnas de sangre."

En el quinto, Romance de la bailarina y el torero, comien­ za la tensión del libro cuando en un triángulo amoroso nos muestra a una bailarina y a dos toreros que aman a la misma mujer: "Sobre el tablado, Carmela sigue bailando su baile. Joaquín Cagancho la quiere, Francisco Puya lo sabe."

En el sexto, Romance del Gobernador de Sevilla, aumenta la crispación con la crítica feraz contra el gobernador de Sevilla: 9

Había que tener las ideas muy claras y ser alguien muy atrevido para publicar en plena guerra civil un libro dedi­ cado a una persona que acababan de asesinar. Con la pu­ blicación de este ejemplar puso en peligro su puesto de trabajo y sobre todo se jugó literalmente la vida. Por he­ chos como este, en el que se defiende la amistad hasta sus últimas consecuencias, se miden la honradez y la grande­ za de las personas. Siete romances, un libro pequeño, de pocas páginas pero de una grandeza y de un incalculable valor desde el punto de vista del compromiso de la amistad y del atrevimiento del autor que nadó contra la corriente en unos años de convulsión y de barbarie. Número 0

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Entrevista

Tres lustros después, resucitando El Soberao, nos recibe en casa uno de sus fundadores y puntales, Miguel Roldán Roldán, quien a sus 81 años se queja de que los achaques le impidan producir todo lo que su corazón le dicta, aunque sigue rodeado de libros, releyendo a los clásicos que lo empujaron a ser un intelectual en la marisma, y satisfecho de la cuarta y última edición de sus Relatos, el libro que lo ha convertido a él en otro clásico vivo de las letras palaciegas.

Roldán Miguel

m

"Pueblo Lejano sí se entendió; lo que pasa es que aquí nadie quería ser pobre"

por Álvaro Romero Bernal

nunca se pensó que sobrarían aulas... Pues hasta sobraban. Nadie se puede imaginar la alegría que sentimos cuando salimos del Baquero y comprobamos que se podían escolarizar todos los niños del pueblo; entonces se hizo el colegio de niñas, en la esquina de Carmela...

IGUEL ROLDÁN TENÍA SU ÁNGEL DE LA GUARDA, como todo el mundo, pero hace tiempo que éste pulula ocioso por entre los helechos de su patio, o subiendo y bajando del cielo, porque a Miguel lo cuidan como nadie sus hermanas, Antoñita y Angelita, que no le quitan ojo ni cariño ni piropo, en una casa en la que a uno no le importaría vivir, aunque sólo fuera en una sillita plegable junto a una de sus sugerentes bibliotecas. Es probable que en esta casa se ordenen más libros que en ninguna otra en todo Los Palacios y Villafranca. Miguel está torpe para según qué cosas. Tiene difícil peinarse solo, o acercarse a la mesa para comer algunos días. En cambio, no duda en subir o bajar escaleras para enseñarme las obras completas de Bousoño o Manuel Mantero; una Historia de la Filosofía en cuatro tomos o los ejemplares firmados por Joaquín Romero Murube, a quien estima sobre todo por haber sido otro incomprendido, otro poeta condenado a la soledad de su exquisita pluma denunciadora. Existen ciertas afinidades entre Pueblo Lejano, la elegía que Murube traza sobre Los Palacios en 1954, y Relatos palaciegos, esa otra elegía por la Arcadia perdida que Roldán empezó a publicar 30 años después, a cuentagotas de nostalgia en esta misma revista que ahora resucita, después de tanto...

­Usted tuvo mucho que ver en aquel milagro.

­Bueno, durante bastantes años la cuestión de la Educación la llevaba yo porque así me lo encargó el alcalde de entonces, Joselito Amuedo. Me ocupé personalmente. Recuerdo con especial cariño las Escuelas del Cerro... ­Hablamos de los años 50... Ya le interesaba la política.

­No, eso llegó mucho después. Yo no era político. Yo iba en solitario, independiente; por puro estoicismo. Era el deber por el deber. ­A usted lo marcó tanto la escuela, que el último de los relatos que incluye su libro, "Recuerdo", es un homenaje al maestro, Don José.

­Me inspiré en don José María Villar, un maestro muy especial. ­"Don José, en su nueva escuela, trajo algo de pedagogía, desterró la norma de 'la letra con sangre entra'. Su alma de poeta le dio calor y color a todo su alumnado". No era un maestro cualquiera.

­No era un maestro cualquiera, no lo era... Despertaba mucho interés, mucho entusiasmo en nosotros. Y traía un mundo de fantasía...

­Después de tanto, Miguel, después de toda una vida tan interesante como la suya, ¿con qué momentos felices se queda?

­Yo la época que recuerdo con más felicidad es aquella en que hicimos un montón de escuelas en este pueblo, donde ElSoberao Revista cultural de Los Palacios y Villafranca

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A Miguel le brillan los ojos. Y se queda mucho rato callado, contemplando su propio brillo y su propia nostalgia en blanco y negro. Yo respeto su silencio, lo paladeo, intento ingresar en él. Y de repente, por su propia iniciativa, dice:


En la imagen, Míguel Roldán, en su casa, donde nos recibió para la entrevista.

­La Guerra pasó por aquí como una sombra... ­La Guerra Civil. ¿Lo marcó mucho?

­No, no... ­Miguel pone cara de desagrado, para apartar tal vez algunos recuerdos miserables, estériles. Y una de sus hermanas tercia: "Él era muy pequeño cuando la guerra, apenas cinco o seis años". Por eso no le pregunto más. ­¿Y cómo empezó a escribir? ¿Qué le impulsó a la Literatura?

­Esto ­dice lacónico, señalando a la hiperbólica estantería que preside su salón, con una sonrisa melancólica, donde uno calcula que puede haber tres o cuatro mil libros. Por esto empecé... ­repite, y se levanta. Pasea lentamente la vista por los tomos, acaricia algunos. Y se detiene en uno. ­Este es el primer libro que leí con detenimiento, con 14 años ­señala un volumen de las Obras Completas de Aristóteles. Entonces era muy difícil dar con muchos... ­¿Le ha interesado más la Filosofía que la Literatura? ¿La Filosofía, o el Teatro, o la Poesía?

­Bueno, todo eso va muy unido... He leído a todos: a Aristóteles, a Platón, a Descartes, Nietzsche, a todos los existencialistas... Camus, Sartre... Le debo mucho a Antonio Zozaya, que era un filósofo que entonces puso al alcance de todos lo que no se encontraba o no se entendía...

Miguel se vuelve a levantar. Me conduce a otra sala donde hay otros miles de libros. Entonces entiendo mejor qué ha querido decir con que "todo eso va muy unido". Me señala antologías literarias, una colección de Premios Nobel, otra de Premios Pulitzer, enciclopedias de Flamenco, de

Historia, de Arte, de Ciencias, de Mitología... y centenares de novelas de todos los tiempos. ­He sentido predilección por los italianos. Vasco Pratolini es el que lo tiene todo... Crónicas de los pobres amantes es excelente. László Passuth, un escritor húngaro, también me enseñó, con su novela Amor y muerte en las lagunas. Y Hemingway, y Cortázar, y García Márquez... Y el norteamericano Steinbeck, y Henry Miller, y Carson McCullers, con los relatos de La balada del café triste... ­A los norteamericanos les gusta mucho el relato breve, como a usted.

­Sí, son gente que tiene prisa.

­¿Y los de aquí? Usted trató a Romero Murube.

­Sí, cada vez que quise. Muchas veces hablaba con él. Los cielos que perdimos, su último libro, me lo leí en La Huerta de la Noria, adonde él me invitaba. ­Fue un incomprendido, ¿no? En Sevilla y aquí...

­Bueno, amaba mucho Sevilla y no quería que se perdiera. ­¿Pueblo Lejano es su mejor obra?

­A mí me dio el borrador antes de publicarlo. Y me pareció una obra de arte. Tengo la primera edición de Ínsula, del 54, y muchas más. Mucha gente dice, como de lo mío, 'Ha escrito un libro del pueblo y no menciona esto o lo otro'. Pero, ¿hace falta? ¿hace falta decir Los Palacios? Si en cuanto empiezas a leerlo huele a aquí, sabes que es de aquí... ­¿Aquí no se entendió la obra?

­Sí, sí se entendió. Lo que pasa es que aquí nadie quería ser pobre. Después han dicho que si su familia aparece como rica y los demás estábamos en la miseria... Bueno...

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Entrevista ­Tenía fama de malage.

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UNA VIDA DEDICADA A LA CULTURA:

­Conmigo no lo fue. Era muy culto y muy ameno. Mi primo Antonio lo conocía también muy bien. Llegaba al Alcázar y preguntaba: '¿Está Joaquinito?' Y le contestaban: '¿Joaquinito quién es?'. Y él decía: 'Coño, Joaquinito Romero'. Y entonces le advertían muy serios: 'Don Joaquín está en su despacho'. Y mi primo: 'Pues dígale que está aquí Antonio el Artillero'. Y enseguida lo recibía... Siempre.

Ha obtenido diversos premios de artesanía, pintura y dibujo.

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Se ha relacionado con personalidades de la cultura nacional e internacional.

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­Usted también escribió en los periódicos, en el ABC.

Fue socio constituyente de la Peña Cultural y Comercial "El Casino" de Los Palacios y Villafranca, miembro fundador de la asociación teatral "Pedro Perez Fernández" y el grupo cultural "Marisma", que pondrá en marcha la construcción de las escuelas del barrio de El Cerro.

­Sí, durante años fui corresponsal. Hacía crónicas, sobre todo. ­Y fue después cuando se decidió a escribir relatos, para El Soberao.

Miguel sonríe, y se arma de humildad. ­Esos relatos [casi todos los que componen su libro Relatos palaciegos] los escribí con el fin de rellenar la revista. Casi siempre me llamaban de la imprenta porque les faltaba un hueco... Mucho antes escribíamos en Marisma. Me acuerdo mucho de Rafael González, Emilio Begines, José Manuel Caro... Trata de seguir recordando, pero enseguida lo persiguen los achaques, el dolor en la nuca, la desmemoria. ­...Le abrimos a la juventud inquieta de entonces un horizonte... Le proporcionábamos libros que aquí no se podían localizar, por la censura o porque ni siquiera llegaban. Nos lo traía un amigo nuestro que era marino mercante, desde Buenos Aires.

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Fue director de la Biblioteca Pública Municipal.

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Participó en la creación de la peña flamenca El pozo de las penas.

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Ha sido periodista corresponsal en el diario ABC.

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­¿Quién era?

­Qué más da el nombre.

­¿Y ahora, en la actualidad? ¿Le gusta el cine, la televisión...?

­La televisión, no. El cine, muchísimo. En mi juventud íbamos a Sevilla, todos los domingos. Veíamos en Los Javieres películas que no ponían en ningún lado, en la calle Amor de Dios. Allí vi todo el neorrealismo italiano: Rocco y sus hermanos, Balarrasa... ­Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica... Entonces interviene su hermana Angelita: ­Uy, de esa película te puede decir secuencias enteras de memoria. ­Sí ­confirma Miguel. ­¿Y películas del Oeste?

­No muchas, recuerdo Viva Zapata... Entonces Miguel se levanta otra vez. Pasea ceremonioso hasta el fondo del salón. Y mira sus propios dibujos a plumilla, fechados en 1952. Un león, unas musas, Notre Dame... ­Son de usted, que también le dio al dibujo y a la pintura...

­Sí, el dibujo me ha gustado mucho. Ese es de cuando estuve en París, dos semanas. ­Tenía entonces sólo 21 años.

­Claro, cuando había que hacer las cosas.

ElSoberao

Revista cultural de Los Palacios y Villafranca

Participó en la creación de la Hermandad de El Rocio de Los Palacios y Villafranca.

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Miembro fundador del Ateneo de Los Palacios y Villafranca y de su revista, El Soberao. Sobre estas líneas: Retrato de Míguel, por José Grau, en 1954. El acto de presentación de la primera edición de Relatos palaciegos, en 1995. Abajo, portada de Relatos palaciegos, edición de 2011. 12

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En 1995 aparece la primera edición de sus Relatos palaciegos.

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En 2007 Participa en el acto del Ateneo de Sevilla para conmemorar el tricentenario de la muerte de Góngora, y el 80º aniversario del homenaje por parte de la generación del 27.


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Literatura

«A Joaquín Romero Murube.

­ El mejor poeta de Sevilla»

Dedicatoria manuscrita en el ejemplar del Llanto con el que Federico García Lorca obsequió a Joaquín

por Julio Mayo Rodriguez

ntre las flores que adornan el patio de la poesía española, resulta to­ davía con vida en la verde maceta, destila cierto perfume y derrocha algún colorido el narciso junquillo de olor que durante una década, la comprendida entre 1926 y 1936, mantuvo bien inhiesto la capacidad lírica, métrica y compositiva de nuestro paisano Joaquín Romero Murube, como abanderado de aquella juventud li­ teraria de Sevilla que se agrupó en torno a la revista Me­ diodía y siguió su manifiesto doctrinal en la definición de una poesía de creación pura, perfecta y conseguida. «Me sobran versos y me falta dinero», llegó a escribirle el poeta de Villafranca y Los Palacios a Adriano del Valle en una carta fechada el 15 de febrero de 1928, cuando después de todo el trajín de los últimos días de diciembre de 1927 junto a los escritores del mítico Grupo generacional, volvió a retomarse la publicación de Mediodía y gracias a su tesón de coordinación se sacó a la calle el número IX. «Yo tengo –seguía contándole a del Valle en la misiva– dos li­ bros o tres...no sé. Y no haré ninguno». Pero por carecer de medios económicos, que no por incapacidad creativa, pues como versificador se hallaba en pleno estado de gracia engen­ drando producciones líricas con no escasa fecundidad. Mediodía se distinguió por ser la primera publicación en su género de mayor candencia y actualidad en el concierto lírico nacional, durante tres años (1926–1929) en su primera etapa de existencia, y en la que comenzaron su labor literaria muchos escritores –especifi­ ca el propio Romero Murube en el diario ABC de Sevilla el 26 de junio de 1934– que luego ocuparon los primeros lu­ gares: Aleixandre, Laffón, Alberti, Bacarisse, García Lorca, etc... Su redactor jefe fue, entre pocos, el verdadero artífice de una de las mejores revistas literarias del 27. Y si en aquella reducida constelación brilló Joaquín Romero Mu­ rube, como poeta activo de la Sevilla que Juan Ramón Jiménez había proclamado la «capital poética de España», aunque solo publicase tres libros de poesía y se despidiese del género para cultivar la prosa, ¿bajo qué criterios puede juzgarse, décadas más tarde, si en aquellos momentos fue integrante, o no, de la Generación? Las antologías de la Literatura española no incluyen casi nunca a Romero Murube entre los principales Poetas del 27 y es perfectamente entendible que su nombre no integre el apretadísimo ramillete de los elegidos, según los criterios de priorización que se establezcan. Pero es que a penas formarían parte del repertorio unos cuantos de escritores si la clasificación se realizase con una mayor exigencia. Una cosa es que su nombre no aparezca junto a los más

representativos y otra, bien distinta, es descatalogarlo de aquella órbita en la que, por muchas razones, se hallaba «situado» el Romero Murube poeta, periodista, pensador, prosista... La baremación para concluir quiénes forman parte, o no, de aquella Generación no puede apoyarse ex­ clusivamente en ciertos estudios literarios realizados hace medio siglo. Ese análisis, en este empeño nuestro integra­ dor, ha de ambicionar un horizonte mucho más amplio en la disección de los componentes de la «Edad de Plata» de nuestras letras hispanas, y debe abrir el abanico a la resi­ dencia de otro buen puñado de artistas e intelectuales que encumbraron el Arte español en lo más alto del universo. Que Romero Murube fuese un poeta secundario ya lo sa­ bemos, pero su talento enciclopédico, dimensión intelec­ tual y excelente relación con los principales escritores del 27 lo mantuvo perfectamente «situado» en el sitio y mo­ mento apropiados, como él mismo reconoce en el Editorial del primer número de Mediodía. Esa privilegiada situación lo tenía puesto al día de las modas y vanguardias expresi­ vas, en definitiva le proporcionó una importante concien­ cia literaria. El propio Murube en alguno de sus artículos llega casi a razonar el por qué de su inclusión en el elenco de los «Plateados», tanto en cuanto había elegido también la prensa, tal como Rafael Al­ berti y Gerardo Diego, como medio de expresión funda­ mental. Quizá el más eficien­ te para que un buen escritor del momento pudiera mante­ nerse «situado». Su compadre y hermano García Lorca –parentesco acuñado por el mismísimo escritor granadino en las líneas que le escribió en un ejemplar de su Romancero gitano–, no dudó en piropear a Joaquín como el mejor de los poetas sevillanos del momento, aunque para ello se valiese del lá­ piz del dibujante de la Barraca, Pepe Caballero, y dejar la estampación imperecedera de tan alto honor en la dedica­ toria manuscrita del ejemplar que le regaló, en 1935, del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías: «A Joaquín Romero Mu­ rube.­ El mejor poeta de Sevilla». Después de ser fusilado Federico en el fatídico verano de 1936, transmutó Romero Murube su mentalidad ideológica y se acopló al Régimen de la dictadura de Franco, pero no sabemos cuántas veces tuvo que acudir a los manuscritos lorquianos que atesora­ ba como el de la «Gacela del amor imprevisto», del Diván del Tamarit, regalado por su autor en abril de 1935, ni cuántas recurrió a la relectura de cartas y dedicatorias suscritas por el ocurrente granadino, ni las que vino a su mente, para abatir su conciencia, el eco de las canciones que Lorca interpretó en el Alcázar tocando el piano, su voz leyendo el Llanto y, ni mucho menos, las lágrimas que hu­ bo de derramar por..., después de haber estado llamado a ser el mejor poeta de Sevilla.

No dudó en piropear a Joaquín como el mejor de los poetas sevillanos del momento

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m Literatura

Elucubraciones vespertinas

por Mª Carmen Ayala

e preocupa el paso del tiempo más que de costumbre. Por nada en especial sino porque siempre me acompañó esa tendencia natural que me ha llevado a considerar que cualquier momento podría ser el último, aunque ahora quizás, conforme los años pasan, parece que se acentúa con una virulencia que, quiero entender, no llega a rozar lo enfermizo. De alguna manera ello me sirve –eso creo­ para disfrutar intensamente de lo que tengo, mucho o poco, no importa, porque sé que los días, lo mismo que todo lo que contienen, no son más que un regalo que puede desvanecerse como un sueño; un regalo de no sé quién, que a veces me aprecia y que a veces me detesta. Tengo muchos temores, desde siempre; como todo el mundo. La ausencia de aquellos a quienes quiero. La posibilidad de la ausencia definitiva. Mi padre nunca lo supo; en realidad nunca lo supo nadie. Vivía más que con el temor con la certeza de que habría de faltarme. Sabía que tendría que suceder algún día. Natural. Pero yo me resistía a que fuera de esa manera. Muchas veces me acercaba a su cuarto mientras dormía con el temor de que no estuviera respirando. Comprobar que la ropa de la cama se movía al compás de la respiración me hacía liberar la presión espesa que me oprimía el pecho. No obstante, pasaron muchos años desde luego, terminó por llegar el momento en que me acerqué a su cama antes de irme al trabajo para ver cómo se encontraba cuando comprobé que los impulsos cada vez más débiles de su cuerpo frágil ya no movían acompasadamente la ropa de la cama. Y un vacío muy hondo se coló hacia adentro y entonces supe que el anticipo de esta antigua realidad virtual me hizo valorar su presencia de una manera honda y continuada mientras tuvimos tiempo para compartir. Otras veces es el sueño el que se encarga de gastar malas pasadas, como prolongación inconsciente de esos temores que te atenazan más allá de la propia vigilia. No es raro que el mundo nocturno distorsione las realidades, tanto en el estado de duermevela como cuando los párpados se rinden y nos conducen a la intrincada maraña del mundo de los sueños. La mayoría de los sueños acaban diluyéndose con el paso de los días como se borra parte de la memoria de lo que hemos vivido. Pero hay sueños que terminan por formar parte de nuestras propias vidas como si un temor oscuro los bañara con una pátina de esoterismo que nos introduce en el alma un desasosiego insaciable, que volvemos a recordar incesantemente, como si quisiéramos buscar al cabo de los años alguna explicación o algún sentido oculto que, en algún momento,

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La mayoría de los sueños paso de los días como se

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tendría que desvelarse; y esto se siente de esa manera porque han llegado a provocar un miedo tan animal que no se puede apartar de la cabeza. ¿Superstición? No la descarto. Si el mundo de lo tangible tiene razones empíricas en las que apoyarse, razones demostrables, ¿por qué nos enredamos de continuo en cuestiones que posiblemente no tengan una respuesta fuera de nosotros


Literatura

mismos? Algunos temores se cuelan intempestivamente dentro de la almohada. Y cuanto más nos vamos alejando en el tiempo, o lo que sería casi lo mismo, cuanto más nos vamos cargando de tiempo, la memoria se empeña en llevarnos por los caminos recurrentes de la infancia, poblándose ya con personajes de entonces y de ahora, en una mezcolanza que de puro raro llega a ser estrafalaria

acaban diluyéndose con el borra parte de la memoria de lo que hemos vivido algunas veces, sin que por ello dejemos de enzarzarnos en el también estrafalario empeño de la comprensión, cuando quizás nada haya que comprender. La casa de mi infancia tenía un patio grande de paredes blancas y zócalo a veces añil, a veces almagre. Un jazminero de tronco añejo perfumaba las noches de verano con un aroma que trasminaba a través de las

ventanas abiertas de par en par. En el centro había un melocotonero de tronco encalado que nos embriagaba de dulzores la boca con melocotones entre blancuzcos y amarillentos que guardaban bajo su piel aterciopelada una carne contundente tirando a rosa. También había un saúco, al abrigo de una pared orientada al norte, cuya floración era un espectáculo para nuestros ojos. Y en la pared de enfrente estaba el pozo, de manantial abundante pero salobre, lo que no impedía que nos sirviera de refresco en el verano. Mi hermano y yo, a la hora de la siesta, vertíamos cubos de agua sobre el suelo del patio y nos deslizábamos infatigablemente. Pasó el tiempo. En el patio de la casa de mi infancia estábamos jugando mis hijos y yo a tirar cubos de agua sobre el suelo y a deslizarnos. Las risas de los niños son nítidas todavía. De pronto el suelo fue inclinándose peligrosamente y el pozo, de repente, ya no tenía brocal. Intentaba desesperadamente agarrarlos a los dos mientras sus cuerpos menudos se iban aproximando al agujero. Creía que me iba a morir. Logré asir sus pies pequeños cuando parecía del todo imposible, al borde mismo del cráter recién nacido donde el agua salobre recogía con avidez la que acababa de servirnos de disfrute y solaz. Tuve que incorporarme en medio de la noche para retomar el ritmo de la respiración. ¿Cómo puede ser que vivamos con tanta intensidad lo que supuestamente no ha existido? Durante mucho tiempo experimenté el temor de que aquel sueño me estuviera alertando de algún peligro. Otro temor que me frena en seco es la posibilidad de tener que depender de alguien para andar, para asearme, para comer. Y tanto o más es el temor que me produce la eventualidad de perder la memoria. ¿Se trataría de una crueldad? ¿De quién? ¿Se trataría de misericordia? ¿De quién? ¿Y por qué? Porque somos capaces de evocar, a través de los sentidos unos aromas nos recuerdan a otros, una luz a otra, una voz nos despierta otro tiempo. Porque somos capaces de recordar lo que fuimos el recuerdo conforma lo que somos y –si tuviera que ser­ lo que seremos. Porque la memoria y el amor nos salvan de casi todo lo que no entendemos. Porque la memoria nos ayuda a retener las palabras y, con ellas, las ideas y, a veces, los sentimientos, aunque no siempre los sentimientos se asienten en palabras sino en una nebulosa de sensaciones que nos cuesta discernir y nominar. Porque somos conscientes de que todo sucede en la vida una sola vez, nada como la memoria para comprender que no vuelven segundas oportunidades absolutamente para nada. Y a sabiendas de que todo es único, circunscrito a un solo tiempo, aunque el tiempo se alargue como una entelequia que nos va asfixiando, a pesar de todo también a veces, ya sin temores, volvemos la vista atrás y jugamos a esbozar otras posibilidades de vida si hubiéramos decidido tal o cual cosa en algún momento anterior que entendimos crucial. Pero no puede ser más que un juego sin reglas y sin resultado alguno, multiplicidad de esbozos que nunca llegarán a culminar cuadro alguno. La lluvia caía pertinaz en la tarde de febrero y me puse a elucubrar como hago tantas veces, como he hecho tantas veces a lo largo de mi vida. 15

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Literatura

Procedimiento para curar todo mal

Si en tu vida no hay alegría que quisieras mostrar, dime vida mía: el motivo de tu infelicidad.

Puedes susurrar al viento tus inmensas desdichas, pero no olvides que tus palabras: desvanecen y se pierden. No es de cobardes rogar auxilio, no temas encontrarte el llanto en mi mirada. Nadie debe prohibirte tu derecho a vivir, sólo deben concederte: la razón de tu porvenir. Entre las sombras te espero y detenidamente te observo, para acudir rauda a tu encuentro y algún día: servirte de consuelo. Si en tu vida no hay alegría que quisieras mostrar, dime vida mía: el motivo de tu infelicidad. Porque de entre todas las labores que en el mundo puedan existir, yo he elegido con orgullo: la de amarte sin igual. por Julia Cernuda

El Soberao

Resuenan los tambores sonido del advenimiento. Vibra el terreno, pasos de guerreros.

La Cultura sucumbe, y se levanta a cada golpe solemne a las conciencias que resurgen.

Ya renace, retumban voces prodigiosas que emergen Arte, Belleza y Verdad, es su escudo.

Alzando su mirada. Hinchando sus pechos de flores Vuelve “El Soberao”, fulgor de estos hombres. por Carlos Fierro Jimenez


Soneto caudato a mi amor

Ángel caido que en la tierra moras. sueño quimérico nunca alcanzado. tu nombre a fuego lo llevo grabado como mi signo de mi amor, mi señora. Si el renuncio a tí me diera la vida, mil veces prefiriese yo la muerte que no hay muerte en la vida, ni negra suerte que un corazón donde el amor no anida. ¡Ay tormento de mi alma afligida! ¡Ay causante de mi amarga locura! Alfa y omega de mi pena henchida. Si acaso pudiera al menos hablarte, susurrarte al oído mil palabras y mostrarte mi corazón sangrante. por Antonio Parejo Troncoso

Literatura

Alanda

Háblame de ese mundo que no existe más que en los bordes de mi pecho niño. Cuéntame lo que ocurre con los hombres árbol, que superaron todo el miedo a lo desconocido e ignorado. Repíteme la historia de la bruja que vive más allá de los bosques frondosos y que formó un ejército de bestias para acabar con todo y la esperanza. No olvides relatarme las hazañas de los hombres valientes que lucharon contra el miedo en silencio. Cuéntame qué le ocurre, sobre todo, a mi princesa cuando yo ya no esté para contarlo. por Jose Manuel Begines Hormigo


Literatura

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Encuentros en la tercera... edad

por Antonio Rincón Muñiz

iajo solo. Bueno, solo no; conmigo comparten el autobús medio centenar de pensionistas que buscan, como uno, solazarse en estas vacaciones para mayores que organiza el IMSER­ SO. Ella murió hace ahora cinco años. El mal, el peor de to­ dos, se la llevó por delante en un suspiro. Laura era mi luz en la ceguera, mi fuerza en la debilidad y la razón de ser de un ser como yo que la necesitaba a todas las horas del día. Pero se fue para siempre sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Fui un cobarde, incapaz de acabar con mi vida tras su muerte, que me dejó desvalido e inútil. El pueblo es pequeño y coqueto. Besalú se llama, nos in­ forma la guía. Llegamos por la tarde, al lubricán. Una luz cenicienta, que me recordaba algunas madrugadas de Pa­ sión en Sevilla, va esculpiendo el contorno de tejaroces y espadañas adelantándose a una noche que, como un ca­ pote de negrura, pronto los ensombrecerá. Entro en un bar, que abre sus puertas en una plaza reco­ leta, a tomar café. Me fijo en la mu­ jer que manipula la caja registra­ dora. Es rubia, o lo ha sido, de unos sesenta años, o pocos más, que exhibe todavía un hálito de hermosura como testimonio vivo de lo que fue. De pronto, me asalta la sensación de un conocimiento previo. Sus ojos glaucos, vivaces y francos, aportan un plus reju­ venecedor a un rostro que sobrelleva bastante bien los gañafones que dan los años. —¿Qué le sirvo, caballero? —me inquirió sin mirarme. Mi corazón dio un vuelco de campana al reconocerla. —Un café, por favor —le pedí sin quitarle ojo, esperando que ella me identificara también. Me sirvió el moca en una taza con el anagrama de la cafe­ tería. —Gracias, Adela —le solté mientras observaba su reac­ ción—. Se volvió como si le hubiera picado un tábano, en­ carándose conmigo. —¿Cómo sabe mi nombre?¿Nos conocemos acaso? —me recriminó, con un dejillo que delataba su origen andaluz, al considerarme un desconocido que la trataba con una familiaridad irritante. —No sólo sé tu nombre sino muchas más cosas: que hace mucho tiempo vivías en Sevilla, en el barrio de San Loren­

zo, que tu padre era empleado de RENFE y que tú eras la niña más bonita de la collación por la que suspirábamos los chavales de la zona. —No serás tú… —Sí, Adelita. —¡Ricardo!...¡Ricardo Montero!...¡El de la calle Eslava! —El mismo. —¿Qué haces aquí, tan lejos de Sevilla? —He venido a verte. —Siempre tan bromista. Ha pasado mucho tiempo, Ri­ cardo. —Es cierto. Desempolvemos ahora esos recuerdos del pa­ sado. Al fin y al cabo el polvo que los cubre no es más que tiempo molido que podemos recuperar si soplamos sobre él. —Es bonito eso que dices; siempre fuiste un optimista —¿Por qué no nos vamos a tomar una copa y ponemos al día nuestras vidas? Bebimos, hablamos, recordamos… —Cuando desapareciste pensé que me moría. Adela. —No desaparecí, Ricardo. Me traje­ ron aquí porque a mi padre lo trasla­ daron a Gerona. Te escribí una extensa carta con mi nueva dirección a la que nunca contestaste. —Es la primera no­ ticia que tengo de esa carta. Puedo jurártelo. —Se la entregué a Laura, la hija del abacero. Me prometió que te la daría. —Laura Esteban se casó conmigo. Fue mi compañera hasta hace cinco años. Murió de cáncer. —Lo siento, Ricardo. —Gracias. Ahora lo comprendo todo: Laura era una buena chica pero su corazón le jugó la mala pasada de esa carta que nunca me entregó. ¿Y tú, te casaste? —Sí. Se llamaba Pere. Murió en accidente de tráfico. No tengo hijos. —Lo nuestro ha sido una jugarreta del destino. —Algo que ya no tiene vuelta atrás, Ricardo. —Mira. Adela, nosotros, si tú quieres, podemos enmen­ darle la plana al destino. Yo nunca te olvidé. Me gustabas entonces, te recordé en la ausencia, y te sigo amando. Lo que sucedió después fue un nirvana inconfesable. Algo que vino rodado, como un privilegio que Eros nos conce­ dió sin tener en cuenta los años vividos sino regalándonos una felicidad intemporal y plena, sin fecha de caducidad.

Una luz cenicienta, que me recordaba algunas madrugadas de Pasión en Sevilla, va esculpiendo el contorno de tejaroces y espadañas

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d r a w d E pper o H la

vi d a . No

de agen m i a la er i can m D e f i ni 贸 a no s e o r a ne a p e u m q e t con e c i ne s d r o t de s u c e r a i n d u ha y en al g o d a en el r i p o s t n n i e i ha ya o no c i m c e r u ar ado s p y a , h s obr a nunc a e t r a del m und o m er a i r . r p e c de cr e e su d o pa铆 s , ot i v o m r t nue s C on n e a un t i va c e j e a p t s r o o r et r t e r ep s e s u r a t i va o g i f m a a r c i u ded l a p i nt n e e cl av ar t i s t a XX: o l g i s l de

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Reportaje

Edward Hopper

El paradógico mundo de por Victoria Baquero García

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En la imagen, Nighthawks (1942). En la página derecha: arriba, Night shadows (1921); abajo, Cape cod morning (1950).

en torno a la figura de Robert Henri, siguiendo una línea artística realista y alejada del puritanismo del momento. Robert Henri fue uno de los maestros de Hopper en la “New York School of Art”, y fundamental en su evolución pictórica. A pesar de las diferentes tendencias artísticas del mo­ mento, era importante conocer las vanguardias proce­ dentes de Europa. Por ello, el pintor realizó tres viajes a París (1906, 1909, 1910) donde visitó exposiciones sin especial interés, aunque presentará rasgos característicos de Edgar Degas, entre otros impresionistas. Además viajó a Londres (donde conoció la obra de Turner); Ámsterdam (donde se inclinó por Rembrandt); Berlín, Bruselas, Ma­ drid y Toledo. De regreso en Nueva York, trabajó sin ilusión como ilus­ trador y dibujante publicitario para la agencia de publici­ dad Sherman & Bryan hasta 1923. Un año después, contrajo matrimonio con Josephine Nivison, la persona que desde este momento será su musa. En estos momentos se extendió una corriente nacionalis­ ta, patriótica y romántica por los Estados Unidos, en parte como reacción al Modernismo, conocida como “American Scene”. Esta situación no terminó de contentar

l principio no podía con­ templar detalle alguno de aquellas obras tan admira­ das, debido a la inundación de personas que albergaba la sala del Museo Thyssen de Madrid, con motivo de la exposición temporal de Ed­ ward Hopper. Espíritus que navegaban e invadían las maravillosas escenas teatrales del pintor, como intentan­ do adentrarse en cada una de las historias que cuenta, o al menos, las que la imaginación recrea mediante esos deliciosos decorados escénicos. El panorama artístico de la Norteamérica del siglo XIX estaba basado en un concepto académico, folklorista y popular del arte, en el que predominaban símbolos de la Revolución Industrial y el desarrollo urbano. En estas circunstancias artísticas y culturales nació Edward Hop­ per, el 22 de julio de 1882 en Nyack, en el estado de Nue­ va York. . Esta situación cambió con la creación de un grupo de pintores (conocido como “The Eight” ó “Ash Can School”)

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Reportaje La técnica del artísta, "fotogramas pictóricos".

Como si “fotogramas pictóricos” fuesen sus obras, corto­ metrajes que necesitan de la imaginación del observador. El movimiento queda suspendido, concentrado en una sola imagen. El tiempo se divide en diferentes fases, cer­ cano a la cronofotografía de Muybridge, y precedente de fotógrafos como Alexander Rodtschenko. Emplea una perspectiva oblicua pronunciada desde aba­ jo, que recuerda a los planos contrapicados empleados en el cine negro norteamericano de mediados del siglo XX. De esta manera, crea una cierta confusión y desorden en el espectador, y da importancia con ello a los objetos ordi­ narios. Sombras persistentes e intensas que producen el halo de misterio e intriga que se presenta en sus obras, acom­ pañadas de una luz estridente, íntima y congelada que aísla y cubre los elementos protagonistas, un recurso que se aleja del ámbito del Impresionismo. Disfruta aplicando colores reales, como el verde y amari­ llo; no le asusta alejarse de la poética de la pintura. Todo rodeado de un complejo estudio de luz y formas, sin in­ tento alguno de trasmitir una realidad crítica, únicamente verdadera y sincera.

Un estilo enigmático, "el silencio del voyeur".

Sus lienzos y grabados representan figuras inmersas en su propia alma, donde la comunicación desaparece. Ros­ tros sin identidad que se ocultan tras una pincelada den­ sa, fugaz, veloz y caótica. La individualidad y retraimiento propios del siglo XX hacen eco en la sociedad. Presenta una dicotomía entre naturaleza y civilización, parece simbolizar la transformación de la naturaleza por el hombre. La frustración de una vida taciturna, cotidiana y monótona de la periferia, y el hastío de la mecanización de la ciudad. Una pintura que recorre la costa oeste de América, alejada del ámbito internacional propio de las vanguardias. Su arte “reproduce” una abertura hacia otra realidad, un enigma que el observador debe desvelar e interpretar. El protagonista es el “voyeur” que mira, observa, investiga y analiza, quedando fuera de la obra, sin interacción con ella. Es un espectador curioso, pero que permanece dete­ nido y estático ante una imagen en movimiento. La biografía de Edward Hopper está escasamente docu­ mentada, y contradice muchas opiniones de críticos e historiadores del arte sobre su figura. Por ello, finalizo con una de sus proposiciones acerca de la dificultad de desci­ frar y comentar el Arte: “Muchas cosas en el arte son ex­ presión del subconsciente, me parece a veces como si todas las cualidades importantes surgieran inconscientemente, y que pocas son las cosas que logra el intelecto consciente. Pero son problemas que tendrá que descifrar la psicología”.

a Hopper porque su pretensión era “expresarse a sí mis­ mo” y recomponer su entorno, sin una vinculación tradi­ cional con el entorno geográfico. Es en 1924 cuando llegó su momento de esplendor tras una exposición de acuarelas en la Frank K.M. Rehn Ga­ llery, vendiéndose todas sus obras expuestas, algo que le permitió dedicarse de forma exclusiva a la pintura. Este hecho fue acompañado de diferentes circunstancias históricas, desde la Gran Depresión del siglo XX (1929), con la posterior política intervencionista que implantó Franklin D.Roosevelt, en el año 1933, para intentar pa­ liar la anterior crisis económica, instaurando distintos proyectos culturales para que los artistas se reconociesen en todo el país. En 1964 se vio obligado a dejar la pintura debido a una enfermedad que le llevó a su muerte el 15 de mayo de 1967, a los 85 años de edad, dejando como último legado la obra Dos comediantes donde aparecen él y su mujer, saludando tras una actuación. Parece haberlo pintado a propósito, sabiendo que era su final, como si simbolizase esa unión entre Vida y Arte, la ficción propia del mundo del teatro, y posteriormente el cine, que tanto le fascina­ ba. 21

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Reportaje

El cine de Edward Hopper por Álvaro Benavides Caballero

“Hay sitios en los Estados Unidos donde pones la cámara y te sale un cuadro de Hopper”.

l

Win Wenders

a relación que la obra de Edward Hop­ per guarda con el cine ha sido tan in­ tensa como prolongada a lo largo de la historia del séptimo arte. Tal es así que, casi medio siglo después de la muerte del artista, directores contem­ poráneos como Martin Scorsese, Ridley Scott o Woody Allen siguen inspirándo­ se en las obras del pintor al recrear sus escenas. A la obra de Hopper se han acercado directores de todos los tiempos: Terren­ ce Malick y David Lynch recurren al pintor para contrastar el idilio del American way of life con su lado más tenebroso, Alfred Hitchcock (éste, acaso, el que más se ha interesado por el pintor) recrea sus atmósferas angustiantes a partir de sus cuadros, y Francis Ford Coppola construye per­ sonajes ensimismados e introspectivos directamente relaciona­ dos con los que aparecen en sus obras. Habría que decir que, todos estos autores, en su mayoría, son partícipes de una esté­ tica norteamericana. Pero la influencia de sus pinturas tras­ ciende el mero decorativismo localista para convertirse en un lenguaje universal. Prueba de ello es que directores europeos como Michelangelo Antonioni con sus atmósferas vacías y per­ sonajes agotados, o Marcel Carné en Les enfants du Paradis (1945) también han tomado como referencia su estética. Y no es que, en este caso, la relación entre pintura y cine se asiente en una deuda contraída por este último. La pintura de Hopper también debe mucho a la gran pantalla. Sabemos que la relación del artista con el séptimo arte nace pronto: “Cuando ya no podía pintar más me iba al cine durante una semana o más”. Eran los años treinta, plena edad de oro de Hollywood, y Hopper era un gran aficionado al género negro. Sobre todo a Howard Hawks. Los estudios de luces y sombras de películas en blanco y negro marcarán el lenguaje del pintor, que se decantará por una obra con un contenido narrativo muy marcado. Edward Hopper se da cuenta muy pronto del poder de los este­ reotipos en el imaginario popular. El público ha desarrollado una gran complicidad con el cine asimilando el nuevo lenguaje narrativo, y esta complicidad, junto con los recursos plásticos de la pintura y el séptimo arte, Hopper la pondrá al servicio de su propio lenguaje. El cine y Hopper, o Hopper y el cine, se erige, ya hoy, como una vieja correspondencia en la que puede decirse que el pintor, desde su producción más temprana, siempre ha ido por delante de las películas.

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Sobre estas líneas: House by the railroad (1925), fotograma de Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock; Hotel room (1931), fotograma de The rain people (1969), de Francis Ford Coppola.


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Arte

La conciencia de Europa

por María Caballero

l padre de Roberto Rossellini fue un importante arquitecto que, casual­ mente un día, decide levantar una sa­ la de cine en el centro de la ciudad. Así, el pequeño Roberto descubre a la edad de 12 años el fascinante mundo de las películas, brotando en él la ne­ cesidad de contar sus propias historias. Con el paso de los años, construyó en su casa de Ladispoli una especie de estudio donde realizaba experimentos y rodaba corto­ metrajes. Nunca el cine y la Historia estarán tan herma­ nados como con el cineasta italiano y será con su grandiosa trilogía bélica (Roma, ciudad abierta, Paisá y Alemania, año cero) con la que conquistaría el mundo eri­ giéndose como el precursor del Neorrealismo. El origen de la poética moral El Neorrealismo nacerá como movimiento comprometido en la búsqueda de la verdad, pero no busca el dogma de Lo Real, es decir, es un realismo didáctico ceñido al mun­ do y a sus circunstancias. Neorrealismo como alternativa a la realidad bruta que propone una posibilidad del cam­ bio a mejor de la condición humana. Un cambio obligado en un contexto descorazonado que precisa ser explicado mediante la verdad, su verdad convertida en objeto fíl­ mico. Una transformación que tendría como resultado el abrir los ojos a una Europa desolada. Así será como el precursor del Neorrealismo logra hacer del cine un modo de ética, por encima de la necesidad estética e incluso na­ rrativa (sin invalidar en ningún momento dichas carac­ terísticas). Rossellini consigue ser el cronista de la Segunda Guerra Mundial, al tiempo que se pregunta por qué el cine mo­ dula sólo hacia el espectáculo y no hacia el conocimiento. Sobre el neorrealismo, Rossellini afirmaba que era ante to­ do, una posición moral desde la que se puede contemplar el mundo. A continuación se convierte en una posición esté­ tica, pero el punto de partida es moral. Por consiguiente, Rossellini no encuadra en el concepto de cineasta esteta, sino que opta por un estilo austero combinado con dotes cómicas que provocan un efecto aún más conmovedor que lo propuesto en un origen. Paradójicamente, este efecto de realismo desbordado consigue una mirada poé­ tica abrumadora, podría considerarse al cineasta italiano como el constructor de la poesía ética visual, con permiso de uno de los iconos cinematográficos de los neorrealis­ tas, Charles Chaplin, a quien admiran por priorizar el sentimiento ante la imagen. El Humanismo como eje Estos son los hechos; si uno los comprende, si toma con­ ciencia de ellos, por fuerza surgen emociones artísticas efi­ caces y capaces de sensibilizar a la gente sobre estos grandes problemas. Esta reflexión rosselliniana apoyada

en la importancia de una toma de conciencia, convierte al cineasta en un director del sí. Esto es, al igual que Vila­ Matas erige su visión de los escritores del No y sugiere la defensa del silencio Bartlebiano (en honor al oficinista de la novela de Melville) que parece ser un alegato en defensa de aquellas historias que prefieren no ser contadas, Rossellini prefiere sí hacerlo. Rossellini sería al cine lo que Camus a la literatura (este último según la propia visión de Vila­Ma­ tas), es decir, un director del sí. Un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada a este mundo, dirá el autor de El Ex­ tranjero, discurso que creadores como Vittorio de Sica, Pier Paolo Pasolini, Jean­Luc Godard, Chris Marker o Ro­ berto Rossellini supieron cincelar en cada uno de sus foto­ gramas cada uno con sus propios criterios y con sus distinguidos estilos dotando a sus obras de la purga social, intencionada o no, que el individuo necesita. La obra de Rossellini no se dirige a un público, sino a su­ jetos, conmueve esas almas de la Europa de entreguerras que incluso entre tanta necedad bélica siguen imperturba­ bles. Sus pinceladas no declaran credo alguno y su mo­ derno realismo pretende un hombre utópico y clemente ante tanta depravación, y en esta situación, cualquier im­ posición o postura ideológica resulta superflua. El esplendor del cine de Rossellini deviene de la ética co­ nocedora y sabida, que aventaja a cualquier postura reli­ giosa o ideológica. De hecho, es tal la pasión humanista que siente Rosselllini, que en sus películas los personajes suelen confraternizar con el ideal comunista o con la fe cristiana, sin dar pie a obcecaciones. Ambas vías no pue­ den convivir aparentemente entre sí, sin embargo, el ci­ neasta aboga por la moral y colma las trabas. Esta aparente disyuntiva se pone de manifiesto hacia el fi­ nal de Europa 51, donde los responsables del psiquiátrico discuten acerca de si Bergman sufre una enfermiza fe cris­ tiana o de si lo contrario es miembro del Partido Comunis­ ta, el personaje acaba llorando y uno de los responsables se muestra piadoso mientras le pregunta por sus ideales. Ideología y Religión como pilares de la angustia humana del siglo XX que sacrifica con argumentos absurdos la li­ bertad del individuo. Y entretanto, asistimos a la pene­ trante mirada de estupor de Roberto Rossellini. “Estoy convencida de que el único modo de no ser egoísta es amar a los demás. A todos los demás. Incluso a los pecadores. A todos ellos tal como son . Es preciso amar a todos los seres humanos sin juzgarles. Ese es el destino al que me siento llamada”, será la respuesta de la actriz, que evoca el alma de Rossellini. El director italiano que logró hacer de la conciencia la esencia cinematográfica. Esa conciencia como la causa indeleble de la salvación del individuo que tendrá como consecuencia la glorificación de Rossellini como el padre del cine moderno. Y es que en estos tiempos de in­ certidumbre, como exclamaba un personaje en Antes de la revolución, de Bernardo Bertolucci, no es posible vivir sin Rossellini.

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Sangre y orina Apunte sobre la compatibilidad de Cristo y los fluidos corporales.

por David Mayo Rincón

l pasado mes de septiembre la exposición "Body and spirit" celebrada en la Neoyorquina galería Edwr Tyler Nahem fue objeto de duras críticas y protestas provenientes del sector norteamericano más conservador, el objetivo de las mismas era la obra fotográfica titulada Piss Christ del artista Andrés Serrano. Esta obra ya fue objeto de fuerte polémica cuando se presentó en 1989, llegando a discutirse en el congreso de los Estados Unidos, ahora más de veinte años después parece seguir provocando el mismo efecto y la pregunta ante ello es simple: ¿Por qué esta obra de Serrano sigue molestando mientras otras que en su momento fueron tanto o más polémicas casi han pasado al olvido? Pinturas como Myra de Marcus Harvey o esculturas como Miss Kitty de Paolo Schimidin despertaron similar rechazo cuando salieron a la luz, sin embargo su impacto se diluyó con el tiempo mientras el cristo de Serrano provoca aún ampollas allí donde va. Podríamos encontrar una respuesta a esta cuestión en lo universal de la iconografía usada por el artista, también en lo susceptibles que son las emociones vinculadas a la fe, pero yendo mas allá y teniendo en cuenta que otras obras de iconografía similar han terminado cediendo su impacto, mi conclusión se dirige a que las iras despertadas por el Piss Christ solo pueden deberse a su extraordinaria belleza. El sentido visual de Andrés Serrano bebe claramente de la tradición barroca, y casi toda su obra despierta un enorme sentimiento de goce estético totalmente vinculado a

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nuestra percepción de las pinturas de aquel periodo. Cabría mencionar aquí sin embargo que el Barroco no fue bello en absoluto, sus principios conceptuales consistían en deshacer la armonía y proporción clásicas y sus temas fueron en muchas ocasiones escabrosos y directamente feos. De esto podemos derivar que la admiración estética que despierta en nosotros la pintura barroca se debe más a una admiración frente a la manufactura genial del pintor que a la hermosura de lo representado. Este es uno de los principales valores del Barroco, y posiblemente lo que mas interese de este a Andrés

ellos), solo dos palabras anglosajonas que forman una parte de la obra tan importante como la propia imagen. Al leerlas desaparece el aura mística de belleza con que la fotografía nos muestra envuelta la figura de Cristo en la cruz. Somos sacados de lo sagrado para hundirnos de lleno en fluidos demasiado humanos, demasiado vulgares, y sin embargo ¿como sustraerse de algo tan innato como el goce ofrecido por los sentidos? Es esta circunstancia la que más ofende, el hecho de que inevitablemente sucumbimos a lo que nuestros ojos dictan como bello aunque el resto de nuestro cuerpo diga que es repugnante. Ante el Cristo de Serrano la sublimación de nuestros instintos se enfrenta a nuestros principios sociales, nuestras normas y nuestra fe al universal goce estético. Y no importa demasiado que nos digan que la orina pertenece al artista y no a otro ser, no importa que en el trabajo de Serrano la utilización de los fluidos corporales (no solo orina,

¿Por qué esta obra de Serrano sigue molestando mientras otras que en su momento fueron tanto o mas polémicas casi han pasado al olvido? Serrano, que ha sabido llevar admirablemente no solo los formalismos de aquella pintura a la fotografía, también su concepto de lo siniestro (en el sentido freudiano de la palabra) a un discurso conceptual absolutamente contemporáneo. Sus retratos de la morgue son un claro ejemplo: de excepcional factura formal, la sensación de placidez que trasmiten a veces se contrapone frontalmente a lo que representan, muertes violentas en el mayoría de los casos. Una muerte a la que no accedemos hasta leer el titulo de la obra. El título. Piss Christ (Cristo de orina, Cristo en orina, Cristo meado, cualquiera de estos títulos o todos

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también semen o sangre) guarde cierto vinculo con la misma práctica realizada en los ritos cristianos, ni que otros vengan a contar que la obra puede ser una reflexión sobre como el sufrimiento de la crucifixión ha devaluado en nuestra sociedad, convertido en pura bisutería ornamental que después de usada acaba en la alcantarilla. Nada de eso tiene especial relevancia., sólo importa que de haberse guardado en secreto el procedimiento mediante el que se obtuvo la imagen, que de no haber llevado título, esta obra estaría colgada en alguna pared del Vaticano. Sólo importa que la belleza aun es posible, aunque provenga de una larga y ácida meada.


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El arte y su sentido

Arte

Indicios para comprender al artista

por Inma Fierro

l ser humano, mortal, goza de algo que lo separa de los otros seres mortales que habitan la tierra. Ese carácter propio que le ayuda a or­ denar continuamente su mundo y reflejar su relación con éste, esta facultad, es el arte. El arte acompaña al hombre desde el principio de los tiempos. La sensibilidad en el arte es la que convierte al hombre en persona, y la humanidad que todo el arte desprende es el conocimiento y la emoción ma­ terial y físicamente comprendida. El ser humano que tiende a una necesidad creadora concibe en su interior el impulso de hacer para configurar su mun­ do, para organizar su propia existencia. Esta organización se basa en la ordenación de su pensamiento a través del movimiento energético que el hombre posee y desprende. En cada momento donde el hombre habita se manifiestan diferentes formas de arte, distintas maneras de ver la reali­ dad percibida por la especie humana. Este hecho hace que el arte como concepto único y deter­ minado sea imposible de establecer. Las situaciones socio­ culturales, político económicas y técnico­ científicas dan como resultado dicha imprecisión. El arte deriva del pensamiento y la sensibilidad y se con­ densa en el objeto artístico. Se ha dado como símbolo relacional entre el hombre y lo di­ vino; se manifiesta como revelación del hombre creador; nace desde el interior emocional de la persona y se concibe como el intelecto compacto y físico. El arte vive desde el hombre y por el hombre. La creación que representa la Naturaleza misma, la expresión interna de la propia persona, la comunicación que emerge desde la re­ flexión, la búsqueda y el encuentro con la belleza cosmogó­ nica del ser. El arte para algunos es revelación, manifestación, grito al cielo, purificación, renovación del hombre, recreación mis­ ma. El arte es poesía, magia, espiritualidad, psique. Para otros es mercado, poder, tráfico, comercio, especula­ ción. Aquellos que infundan la idea de un arte capital desmitifi­ can e infravaloran el sentido verdadero del arte, pues con­ vierte el hecho artístico en objeto de poder fuera de referencias vitales y espirituales. Todo el estudio de la estética y la filosofía del arte intensifi­ can la permeabilidad del propio concepto y es, por las ex­ tensas reflexiones en torno al mismo objeto artístico, lo que inaugura el debate de lo que el arte es o no, poniendo en duda el papel del artista. Es el artista el encargado de hacer arte. Su trabajo se desa­ rrolla desde el impulso creativo y la necesidad de crear. El artista reflexiona el entorno, lo representa, lo "modela" y lo (de)construye a su manera. El artista idea su relación con el mundo, lo interpreta y lo materializa desde su propia

perspectiva. Deja huella, rastro y señal a través de una con­ tinua lucha matérica y energética que le hace permanecer y trascender en el tiempo. Su forma de hacer se manifiesta desde la contemplación y la acción. La reflexión y el pensamiento es el intelecto derramado en la obra, en el objeto artístico. La relación con el material, con los instrumentos para hacer arte, la acción y el movimiento continuo de éstos, acaban por dibujar el objeto artístico en el espacio –tiempo. Cuerpo y mente comprenden la dualidad en la que el hom­ bre vive, se presenta y es. Galeristas, mercaderes, críticos, teóricos, estudiosos del ar­ te, curatores, etc, hablan, opinan, compran y venden arte, pero no pueden jamás saber lo que el arte es en esencia, porque el arte nace de la dualidad antes mencionada; por­ que el arte es pasivo y activo en voluntad, trabajo y dedica­ ción. El objeto artístico es el nexo entre artista – espectador. El objeto artístico expone una forma de ver determinada y hace que los demás vean, interpreten, ideen, sientan, piensen. Es la expresión que rasga al ser interior y que rompe los cáno­ nes establecidos. Descubre nuevas perspectivas y configu­ raciones existentes en esa relación del hombre con el Universo. Hasta que nace el hecho artístico como objeto se dan dife­ rentes fenómenos tanto en el artista como en el espectador: La imaginación, la intuición, la idea visionada, el azar, el instinto, la clarividencia, la acción, el planteamiento, la emoción, la pasión, la agudeza sensitiva, la experiencia estética. El artista hace partícipe a la imaginación en su acción, la presenta materialmente al espectador que la reclama para el entendimiento de la obra. La intuición, el azar y la idea dan lugar al objeto artístico para que el espectador vea, sienta y perciba experiencias subjetivas frente a la obra de arte. La experiencia estética que conlleva conocer y relacionarse con la obra es el fin de la obra en sí misma. Todo ese mundo ofrecido al espectador para llegar a un co­ nocimiento profundo de las cosas es el que intento explicar y definir para que el entendimiento entre artista – espectador sea un recorrido un poco más llano, apartando espinas y piedras del propio camino. Desde mi posición presento la difícil tarea de concebir el arte como algo más allá de lo terrenal y más cercano que lo que el hombre no artista cree que es el arte. Es un estudio donde intento desarrollar y hacer entender el papel del artista frente al hombre que no hace arte, y expo­ ner mis ideas en la pintura y en el mundo de la sensibilidad materializada. Es como tituló una vez Antonio Saura, mi “escritura como pintura” y mi pequeño ensanchamiento de mi posición frente al arte como artista.

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La adoración de los pastores

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de 1630, entre los que podemos des­ tacar La transfiguración, obra pinta­ da para el desaparecido retablo de la iglesia del Salvador de Sevilla, el San Jerónimo de la Catedral de Sevilla, la Adoración de los Reyes, para la Cate­ dral de Cádiz, la Adoración de los pastores de Lebrija, Espera y Los Pa­ lacios, además de numerosas Inma­ culadas. Su carrera artística se desarrollo en­ tre Sevilla y Cádiz, donde se trasladó en 1635 para trabajar como Alguacil Fiscal del Real Almirantazgo, perma­ neciendo allí hasta su muerte en 1671. A pesar del éxito en su periodo de madurez, murió pobre, debido a una serie de problemas de salud que le impedían trabajar.

neas diagonales en la composición, a diferencia de la composición piramidal propia del Renacimiento. Si unimos las cabezas de los campesinos con una lí­ nea imaginaria, claramente aparecerá ente nosotros una línea diagonal, pode­ mos encontrar varias en esta pintura, y no es algo casual, es una composición en líneas diagonales planificada. Otro elemento particular de este perio­ do artístico es la representación natu­ ralista de los personajes representados. En el Renacimiento, periodo artístico anterior al Barroco, la idealización de la belleza no daba lugar al naturalismo propio del Barroco. Esta evolución ha­ cia el realismo no fue aceptado con fa­ cilidad. Algo similar sucedió con el anacronismo, que consiste en introdu­ cir elementos que no corresponden al periodo histórico que se está represen­ tando. El uso del anacronismo y el na­ turalismo fue duramente criticado, no solo por la iglesia, sino también por los fieles más pobres, que no querían ver a sus Santos como meros campesinos. Si observamos a los pastores de esta obra de Pablo Legot, no encontraremos en ellos el más mínimo atisbo de belleza idealizada, son personas normales, que trabajan en el campo y son representa­ das como tal, con sus ropas propias del S.XVII, sucias y desgastadas por el du­ ro trabajo. La Adoración de los pastores es un tema

La Adoración de los pastores que po­ demos ver en Los Palacios es una obra perfecta para ilustrar las carac­ terísticas del Barroco sevillano; el rompimiento de gloria, en el que se unen la vida terrenal con el mundo celestial a través de la apertura de las nubes, o incluso en ocasiones del te­ cho. El contraste de luces y sombras, que aporta dramatismo a la repre­ sentación. La difícil percepción de la santidad a través de la reconocida aureola es otra característica sutil, pero frecuente, el halo de santidad es apenas una línea dorada rodeando la cabeza de de los Santos. Otra parti­ cularidad del Barroco es el uso de lí­

bíblico, los pastores acuden a venerar al hijo de Dios, esta pintura pretendía estimular la exaltación religiosa, de manera que al contemplarla y escuchar la palabra de Dios, se repitiera la esce­ na de la adoración no en la pintura, si­ no en la propia iglesia. Ciertamente Pablo Legot no es un artis­ ta que podamos igualar en producción artística y fama a Diego Velázquez, Francisco de Zurbarán o Bartolomé Es­ teban Murillo, pero el valor histórico y cultural de su obra debe ser valorado, no olvidemos nuestra historia ni igno­ remos nuestro patrimonio, pertenece a todos, y debemos valorarlo, respetarlo y conservarlo para futuras generaciones.

Retablo de la Iglesia Mayor de Los Palacios y Villafranca

por Isabel Barragán González

i nos adentramos en la Iglesia Mayor de Los Palacios, podre­ mos encontrar una interesante obra que forma parte de nuestro patrimonio histórico; La Adoración de los pas­ tores. Esta obra de grandes di­ mensiones fue realizada en 1634 por Pablo Legot, un artista que a pesar de haber nacido en Luxem­ burgo, podemos considerar anda­ luz, ya que vivió en Sevilla desde niño, adoptando las costumbres culturales sevillanas e iniciando aquí su carrera como artista. En su obra podemos reconocer las ca­ racterísticas propias del Barroco sevillano, como es el claroscuro (contraste de luces y sombras), el uso de modelos populares para sus obras y un buen estudio anatómico que les da un aspecto naturalista a sus personajes. Otro elemento que caracteriza las obras de Pablo Legot es el estudio y utili­ zación de diferentes grabados fla­ mencos e italianos como inspiración o copia en la composi­ ción de sus pinturas. Este aprove­ chamiento de los recursos gráficos es algo frecuente en el mundo del arte, y nos habla de la relación en­ tre artistas y obras de distinto ori­ gen. Pablo Legot fue un pintor de éxito, dedicado a la pintura de temática religiosa, aunque su camino en principio no tenía este sentido. Su primera ocupación fue la de maes­ tro bordador, iniciando su carrera como pintor a partir de 1628 en Sevilla. Este pintor consiguió un gran número de encargos a partir

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La adoración de los pastores que podemos ver en Los Palacios es una obra perfecta para ilustrar las características del barroco sevillano

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Tras las huellas de Searus

Historia

a

por Carlos Font Gavira

sares murieron/ y aun las piedras que de ellos se escribie­ ron". Una primera dificultad para intentar dilucidar los orígenes de Searus es su mismo nombre. La toponimia es un hecho variable a los largo de la Historia y podemos encontrar otras denominaciones como Searotinus, Siarum o Searo, esta última denominación es la que aparece acuñada en las monedas romanas encontradas en el término de Los Palacios y que, actualmente, se encuentran depositadas en el Museo Arqueológico de Sevilla. Lo más probable, como ocurrió en tantas y tantas ciudades romanas, es que la ciudad tuviera un pasado ibérico y los romanos superpu­ sieran sus construcciones en las antiguas indígenas. Era un recurso muy frecuente en la construcción de ciudades en la Antigüedad y los romanos como civilización práctica lo llevaron a la práctica con exquisita perfección. El pueblo que habitaba el territorio actual del Bajo Guadalquivir era el turdetano. Otras ciudades cercanas como Orippo atesti­ guan un pasado turdetano y, lo más probable, que en el caso de Searus también fuera así. Los turdetanos fueron uno de los pueblos ibéricos que con más celeridad se adaptó al proceso de romanización debido a que ya co­ nocían las leyes escritas y poseían formas de organización social muy complejas. El historiador Estrabón afirmaba al respecto: “Los turdetanos, sobre todo los que viven en las

brir una ventana al pasado siempre es estimulante pero muchas veces está plagada de dificultades y misterios. Todos conocemos la enorme impronta cultural que dejó Roma en nuestro te­ rritorio en forma de leyes, lengua, costumbres, tradiciones, arquitectura, arte… e incluso valores y conceptos como el de ciudadanía. Nuestra his­ toria local no es muy diferente de la del resto de munici­ pios vecinos de alrededor pero mientras que pueblos como Dos Hermanas se identifican con la Orippo romana o Lebrija que se conocía desde tiempo inmemorial por Na­ brissa (según Estrabón) o por el sobrenombre de Veneria, por el culto que se hacía de Venus durante la época de dominación romana, en el caso de nuestra localidad es más difícil. Los Palacios y Villafranca no constan de un pasado romano tan clarificador y no se asocia de manera directa con ningún municipio o núcleo urbano romano. Lo más aproximado que han vertido los historiadores, ar­ queólogos e investigadores ha sido asociar la ciudad de Searus con nuestro pasado durante la Antigüedad. En las siguientes líneas procuraremos acercar un poco de cono­ cimiento sobre qué hay de leyenda, de mito y realidad de esta población romana y en qué medida está vinculada al pasado más remoto de nuestro pueblo. Roma, durante su campaña militar para expulsar a los cartagineses de la Penín­ sula Ibérica durante la II Guerra Púnica (218­201 a.C.), decidió instalar a sus ve­ teranos militares tras las batalla de Illipa (206 a.C.), en los aledaños de la actual Santiponce. Publio Cornelio Escipión, el futuro vencedor de Aníbal, quiso gratificar a sus soldados tras la dura batalla y fundó la que se conocería como Itálica. Este fue el inicio del poblamiento romano de la Península Ibérica, y, concretamente, de la futura provincia romana de la Béti­ ca. El lugar no fue elegido al azar, tenía una buena dispo­ sición geográfica y estaba bien comunicado. El humanista Rodrigo Caro dejó unos marcados versos en su Canción a las ruinas de Itálica dejando constancia del enorme valor histórico y simbólico que supuso esta ciudad romana en plena campiña sevillana. El célebre utrerano escribió lo si­ guiente: “Aquí de Elio Adriano/de Teodosio divino/de Silo peregrino/rodaron de marfil y oro las cunas/aquí, ya de lau­ rel, ya de jazmines/ coronados los vieron los jardines/ que ahora son zarzales y lagunas/ La casa para el César fabri­ cada/ ay, yace de lagartos vil morada/ casas, jardines, cé­

El hecho histórico que marca inexorablemente que Searus aparezca en el mapa y haya perdurado su existencia en el tiempo es la construcción de la Vía Augusta

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riberas del Betis, han adquirido enteramente la manera de vivir de los romanos, hasta olvidar su propia lengua…” El hecho histórico que marca inexorablemente que Searus aparezca en el mapa y haya perdurado su existencia en el tiempo es la construcción de la Vía Augusta. Los romanos como buenos ingenieros que eran, en un tiempo temprano al poco de la conquista de la Península Ibérica, decidieron construir una serie de calzadas y caminos para comunicar las principales ciudades. El cambio, no sólo en las comu­ nicaciones, fue grandioso pues por primera vez se creaba un eje vertebrador del territorio y se le daba una unidad 28


Historia administrativa y viaria. La Vía Augusta, una verdadera calzada que encerraba mil caminos, dejó una gran im­ pronta en el territorio de la Bética otorgándole una confi­ guración firme. El trazado de la vía a su paso por la Bética era muy irregular y estaba marcado por su riqueza pai­ sajística y cultural. El tramo de la vía que nos interesa para aproximarnos al establecimiento de Searus partía desde el importante puerto comercial y marítimo de Gades (Cádiz), bordeaba el denominado Lago Ligustinus (un enorme golfo marino que recibía el nombre de lago por lo lejos que llegó a adentrarse en tierra firme), para pasar por Híspalis (Sevilla). Un elemento imprescindible en cualquier carretera, calza­ da, vía o ruta lo constituyen los puentes. Un puente siem­ pre es un elemento de aproximación, unir dos orillas, crear un único camino que nos lleve a un destino común. Queremos citar uno de los vestigios más importantes y señeros de nuestros alrededores que ha pasado desaper­ cibido durante mucho tiempo pero que puede ofrecernos muchas respuestas a nuestros interrogantes históricos. Nos estamos refiriendo al Puente de las Alcantarillas, en el término municipal de Utrera y que conectaba con la vía romana al paso por nuestro territorio. Este puente es una huella significativa y constituyó un paso firme en una zo­ na inundable, sirvió para que confluyan en él las rutas ganaderas entre las marismas y la sierra gaditana y dis­ ponía de un extenso descansadero alrededor para yeguas y vacas que ahora ocupan las instalaciones del ferrocarril. Se le llamó Puente de las Alcantarillas porque su aspecto bajo entre las márgenes de la marisma parece de poca im­ portancia, pero en época romana, cuando la colmatación de los campos inmediatos era mucho menor, debía desta­ car claramente sobre el paisaje. La magnificencia de este puente que ha sabido sortear los estragos del tiempo causó admiración en propios y foráneos como destacó el arqueólogo francés Pierre Silliéres en su obra La Vía Au­ gusta de Cordoue a Cadix: “Voilá le mieux conservé de tous

Inscripción latina; AUGUSTUS PONTEM en el Puente de las Alcantarillas. les ouvrages d’art de la Vía Augusta malgré plusieurs res­ taurations, la plus maladroite l’ayant recémment, encombré d’un parapet en ciment”. Los puentes de la Bética fueron más útiles y sólidos que espectaculares, pero el interés propagandístico de sus constructores perduró. El Puente de las Alcantarillas po­ see un perfil de tablero plano con rampas en los extremos de modo que su imagen sería similar a la de una puerta o arco triunfal .Es un vestigio que afirma que el puente en­ lazaba el tramo de la Bética con el Norte, a través de la Vía Augusta. A pesar de la erosión del paso del tiempo aún se

Pedestal honorario. Calpurnio Rústico. Siglos I­II d.C. Encontrado en Los Palacios. Museo Arqueológico de Sevilla. Traducción: “… Hispalis por decreto de los decuriones. Se encargó de levantar este monumento. Calpurnio Rústico. puede leer claramente la incripción, en la parte central del puente, AVGVSTVS PONTEM, como vestigio de un pasado glorioso que se resiste a desaparecer. Posiblemente con­ memoraba la dedicación del puente por el emperador Au­ gusto en el año correspondiente al consulado de dos personajes importantes cuyos nombres ya no son legibles en el puente. Desde este punto la vía continuaba por las tierras de El Torbiscal y Guadalema de los Quintero hacia las Torres de Alocaz. Como conclusión, Searus constó, seguramente, de un nú­ cleo urbano definido e importante que jalonó la Vía Au­ gusta al paso por estas tierras de campiña y marismas. A día de hoy no se ha encontrado los restos o el plano urba­ no de una ciudad sino sólo materiales arqueológicos des­ perdigados y unas cuantas referencias en escritores de la Antigüedad. Sin embargo no hay que fenecer en el interés de encontrar la ciudad de Searus como ha demostrado el estudio realizado por una universidad británica en colabo­ ración con las autoridades andaluzas, en un terreno pró­ ximo a la Torre del Águila. El resultado fue la presencia de murallas, cisternas y tumbas en el subsuelo tras una prospección radiomagnética. Todo esto prueba la existen­ cia de la ciudad romana de Searus y no sólo en las pági­ nas de Plinio el Viejo. Por desgracia, en el mismo lugar y a comienzos de este año, un expolio fue detectado. Varias estatuas y una columna fueron las piezas confiscadas pro­ cedentes de la ciudad de Searus. Todo esto afirma que lo mejor por descubrir está por llegar y, como afirmábamos esperemos que esta ventana al pasado no se cierre.

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El tebeo como fábrica de lectores Comic

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por Gabriel Díaz Barragán

uisiera comenzar mi primer artículo en esta sección rindiendo un homenaje a los tebeos como tales, ya que durante muchísimos años y generaciones se han convertido en grandes compañeros en la vida de muchísimas personas de todas las edades. En una época en la que la Lectura y la Cultura brillan por su ausencia en un maremágnum de incultura, ordinariez y admiración de lo vulgar, la defensa de estos valores se presenta como una obligación. Hace mucho que veo que los lectores de viñetas somos los mismos que hace veinte años. Es decir, las mismas personas que venimos adquiriendo y completando las mismas colecciones que antaño. Pocas veces veo en tiendas especializadas a niños que se interesen por tebeos, manga o cómics, y eso repercute en el futuro, ya que la transición de la viñeta al libro no se produce, pues no se crea hábito de lectura y el interés en esta apasionante afición es nulo. Sin embargo, si lográsemos cautivar a lectores nuevos, explicando las imágenes a los más pequeños, lograríamos que se educasen en un saludable hábito. La excusa de la crisis no es válida en esta ocasión, pues todos tenemos colecciones enteras para poder mostrar y compartir con los más pequeños. Es bonito decir a un sobrino, a un hijo o a un nieto que aquello que tiene entre manos es lo que se leía en la infancia, contemplar su mirada de asombro mientras ve al Capitán Trueno, a Spiderman, Mortadelo y Filemón o Tintín y escuchar cómo imagina lo que sucede, en ese momento en el cual desconoce la palabra escrita. Enseñando a leer tebeos, enseñamos a leer, a comprender, a dejar volar la imaginación y por supuesto a desterrar la ignorancia a un ámbito recóndito. No es el cómic una cosa trivial que deba carecer de atención, pues nos puede narrar cualquier historia, incluso la Historia, valga la redundancia, y por eso debe tomarse con el mismo respeto que un libro carente de ilustraciones, no como un subgénero de la Literatura. Caer en el error de no querer leer las historias que nos narran grandes autores como Paco Roca, Neil Gaiman o Enki Bilal sólo por el prejuicio de que son tebeos y es un género minoritario priva a las personas que piensan así de excelentes historias, de sentimientos y sobre todo de Arte, porque no olvidemos que es una de las disciplinas artísticas más importantes. No olvidemos que un buen cómic es como una buena banda de rock: Está el guionista, creador del argumento y todo lo que ello conlleva, el dibujante que ilustra lo que el guionista ha descrito, el entintador, que le da fuerza con sus tintas y el colorista, que gracias a sus colores aporta la visión conjunta de la obra. No es fácil realizar un tebeo, aunque eso lo dejamos para otra ocasión. En ésta aconsejo un buen sillón, una buena música y una invitación a sumergirse en las páginas de una buena obra plagada de viñetas. Da igual que sea español, europeo, americano o japonés. Debemos convertirnos en trovadores y continuar su tradición, contando las viñetas, invitando al descubrimiento y despertar un interés robado por consolas, videojuegos otras tecnologías, ya que un pueblo cultivado es un pueblo libre, y a la Cultura se llega de muchas formas, siendo una de ellas la lectura. Es cierto que en este instante sólo hablo del dibujo, pero creo oportuno hacer hincapié en el papel que desempeña un tebeo, ya que antes de leerlo y descubrirlo se hojea y ojea, para así sumergirnos en sus páginas y ser cautivados por aquello que el equipo que realiza tan magnífica obra desee transmitirnos.

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Sobre estas líneas: Spiderman, de Stan Lee; El Capitán Trueno, de Victor Mora; y Tintín,de Hergé.


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volverá en Junio de 2013

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