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SODOMÍAS Autor de Samaranch: el deporte del poder, Raval o del amor a los niños y Contra Cataluña, Espada es un periodista a la vieja usanza, insatisfecho con las certezas establecidas y que siempre busca puntos de vista no complacientes ni cómodos. Este texto es una lectura personal de la sentencia que cierra el caso del execrable chantaje al que se vio sometido Pedro J. Ramírez. I

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l 6 de marzo de 1997, que era jueves, el director del periódico El Mundo, Pedro J. Ramírez, acudió a casa de Exuperancia Rapú y mantuvo con ella relaciones sexuales que fueron filmadas con el desconocimiento del hombre, la anuencia de la mujer y la participación técnica de un Sánchez-Cantalejo que, oculto en un armario, hizo

funcionar una cámara de vídeo camuflada mediante un elemental pero eficaz procedimiento. La filmación resultante fue comercializada y llegó a algunos domicilios, particulares y de empresas, españoles y durante varios meses se convirtió en la abyecta comidilla de políticos, periodistas, empresarios y otras gentes de interés. Luego se convirtió, exactamente, en un clásico, como se dice en una de las miles de alusiones al caso que circulan por Internet y que suelen incluir direcciones desde donde descargar el vídeo: “Es todo un clásico. Recuerdo perfectamente cómo en mi instituto se hicieron cientos de copias, juntábamos dos vídeos y dale que te pego, todo el mundo quería tener el vídeo, ¡hasta el director! Incluso hubo, dicen las malas lenguas, una cinta que pasó por el despacho de la junta de estudios, y eso que era un instituto de derechas.” Las escenas filmadas resultaban contradictorias con lo que el público esperaba de la vida sexual de Pedro J. Ramírez. Por varias razones. En primer lugar, el periodista estaba casado con una mujer distinta a Exuperancia Rapú, lo que era señal indiscutible de adulterio. Bastante distinta, habría que añadir, y ésta es la segunda razón del desconcierto: el imaginario público habría transigido con la prueba documental de un flirt entre iguales. Pero, desde el nombre, todo en Exuperancia Rapú resultaba excesivamente desigual y lóbrego. Aunque la moral burguesa asume determinadas formas de envilecimiento (la tournée des grands ducs suele culminar en un fin de fiesta sexual), no hay duda de que no incluye su pormenorización videográfica. Pero ni el adulterio, tout court, ni las características de su pareja habrían sido suficientes para el propósito de los que idearon el mon-

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taje. El vídeo se grabó y se distribuyó porque el director de El Mundo aparecía en él vistiendo un corpiño femenino, dicen que rosado y, en especial, porque su pareja lo sodomizaba con un vibrador, después (o quizá fuera antes) de orinársele. El juego erótico de la humillación en el que el periodista había participado se convertía, a través de la grabación y distribución de las imágenes, en una humillación pública real que adquirió de inmediato el perfil de la venganza. Tras encarar la primera ronda de problemas familiares y profesionales, de evaluar algunas salidas del laberinto entre las que se contaba la de negar que el hombre del vídeo fuera él (parece que la mala calidad de las imágenes le permitía intentarlo), el 7 de noviembre de 1997 Pedro J. Ramírez denunció el caso ante un juzgado de Madrid. Este verano, después de cinco años y algunas peripecias judiciales, se hacía pública la sentencia. Los magistrados condenaron a la mujer y su cómplice y a otros dos hombres que intervinieron decisivamente en la producción y distribución del vídeo. El primero de estos hombres se llama Ángel Patón y el segundo José Ramón Goñi Tirapu. Condenaron a otros dos también, pero no vale la pena ocuparse de ellos. II El 17 del pasado agosto, domingo, Shere Hite dedicó su habitual columna de El País Semanal a lo que llamaba “El erotismo masculino oculto”. Las columnas de la sexóloga Shere Hite me parecen, por lo general, modélicas. Están escritas con claridad, manejan datos e informaciones concretas y aplican a los asuntos sexuales el principio de la realidad, que suele resultar alegremen-

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Según mis investigaciones, la mayoría de los hombres no quieren que les penetren, ni física ni emocionalmente, y, sin embargo, sí quieren. Igual que en el amor y el matrimonio los hombres creen que van a ser felices si dominan la relación, la controlan, en vez de arriesgarse a tener una relación más equitativa, de toma y daca; en el sexo tradicional los hombres dicen que quieren penetrar a la otra persona, empujar, estar al mando y decidir que el objetivo del sexo es su orgasmo, pero, al mismo tiempo, desean lo contrario, perder el control, dejarse dominar por la otra persona. Controlar algo, sea en el sexo o en una relación, es aburrido a largo plazo. La mayoría de los hombres desean un contacto más íntimo, sentir más, y no sólo dominar, sino ser penetrados y dominados. ¿Cuántos se permiten intentarlo? El periodista Pedro J. Ramírez se permitió intentarlo. Salía del trabajo, se llegó donde Rapú, y por la noche volvió a su casa. “Ser penetrado y dominado”, exactamente. Lo quieren la mayoría de los hombres, dice la Hite. Aunque sólo sea para variar. ¿Cómo es posible que la satisfacción de un deseo tan común, tan inocente, tan barato se convierta en materia de una venganza, en instrumento del descrédito social? La respuesta a esta pregunta la dio en el juicio el propio periodista cuando le preguntaron por el desarrollo de los hechos. “Rapú me dio una bebida en la que yo creo que había una sustancia destinada a alterar mi comportamiento, a inducir mi conducta sexual.” Eso dijo. Whisky. Quizá fuera whisky. El que Pedro J. Ramírez se comportara durante esa parte del juicio como un pobre burgués atemorizado por sus fantasías confirma la plausibilidad del método empleado contra él por los delincuentes. Un bebedizo, que dice que le dieron, bastó para transformar al caballero penetrante en una piltrafa penetrada. El bebedizo, como deus ex machina del honor, tiene una larga tradición literaria: asume por igual los vahídos de las jóvenes princesas de castillo como los derrapes burgueses. Aún es difícil saber si el episodio que se cerró judicialmente el pasado verano afectará a la carrera profesional del director de El Mundo. La frase siempre es la misma: “Sigue siendo director de El Mundo.” Unos la dicen para demostrar la insólita tolerancia de este país, e incluso la solidez de su fibra moral, y otros para probar el inexorable atasco en que ha embarrancado la carrera de un hombre al que, siempre, se le verá el corpiño. Pero de ninguna manera su tierna alu-

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sión al bebedizo modificará la percepción que se tenga de su caso. En realidad, el bebedizo no es más que la condición necesaria del impulso que lo llevaba a casa de Rapú. El buen burgués que para ultimar su goce necesita del doble fondo. Todo bellamente perdido, Pedro J. podría haber llegado hasta el juez y dicho, con sequedad aristocrática: “Ése del vídeo soy yo, investigue quién lo grabó y quién lo hizo correr; pero no espere que diga nada más sobre lo que hacen un hombre y una mujer cuando cierran la puerta.” O podría haber aprovechado el incidente para reforzar su lado canalla, tan grato a la mítica tradición periodística de la que gusta reclamarse. Bastaba con que dijera que un periodista, rozado siempre con el mal y la basura, no tiene el culo de un monje de Silos. O que tiene el culo de un monje de Silos. Yo qué sé. Algo que lo hubiese metido, si no en la historia, en el mito. Algo para que lo rodara el Welles patrio que ahora estudia COU. Algo en realidad muy serio y profundo, fundamentado en la agudeza de Miss Hite. Y luego como un perro en busca de quién lo hizo. Pero optó por el bebedizo burgués y eso ha impedido que salgamos a las calles con chapitas (“Yo también soy Pedro J.”), imitando a las chicas de la transición cuando salían proclamando (aunque a algunas fuera tan difícil creerlas) “Yo también soy adúltera”. III Los dos condenados por la venganza de los que cabe ocuparse son Juan Ramón Goñi Tirapu y Ángel Patón. El primero fue gobernador civil de la provincia vasca de Guipúzcoa entre 1987 y 1990. Éste fue el más importante de sus diversos cargos públicos durante la etapa socialista al frente del gobierno de España. Seis años más tarde, sin embargo, ocupó otro: la presidencia de la Asociación de Amigos de la Guardia Civil. Entre sus misiones como presidente figuraba la defensa del honor del general Galindo y de los otros guardias civiles condenados por el asesinato de los presuntos etarras Lasa y Zabala. Respecto a Ángel Patón, quien ha escrito más largo y con más cariño ha sido Julio Feo, que fue secretario de Felipe González durante los cinco primeros años de su mandato. En las memorias de Feo, tituladasAquellos años, hay diversas referencias a Patón. La primera en el capítulo de agradecimientos: “Me recordó anécdotas e hizo un trabajo espléndido encontrando en la hemeroteca datos, crónicas y artículos que me eran necesarios.” Las más importantes, sin embargo, son las que hacen referencia al empleo de Patón en La Moncloa, a partir del invierno de 1982: “Me llevé conmigo a un viejo colaborador, Ángel Patón. Ángel había trabajado conmigo desde hacía muchos años en Consulta y luego también colaboró conmigo alguna vez en Comunicación 2000. Como sabía de su eficiencia, decidí ofrecer-

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Ilustraciones: LETRAS LIBRES / Eko

te perturbador. En la citada columna la señora Hite se extendía en vívidos detalles sobre el placer que los hombres obtienen con su culo. Y acababa con este párrafo. Es largo, pero muy afinado:


A rc a d i E s pa da : S o d o m í a s le un trabajo. Ángel pertenecía al partido y yo necesitaba una persona de mucha confianza en La Moncloa.” Hay algunos párrafos más dedicados a la descripción de las tareas de Patón en La Moncloa, que básicamente consistían en recibir a todos aquellos (gente del pueblo) que, para bien o para mal, querían ver al presidente González. Pero el que mejor describe su trabajo y su rango quizá sea el siguiente: Después de unos meses, ya cerca del verano, uno de los ordenanzas de Presidencia le dijo a Ángel: “Señor Patón, ahora entiendo la diferencia entre unos y otros a la hora de gobernar. Cuando le comento a mi mujer que allí se recibe a todo tipo de gente, no se lo cree. Que personas que no tienen ni para comer lleguen a cinco metros del despacho del presidente, hace dos años hubiera pensado que era un chiste.” No eran cinco metros, sino veinticinco, pero se les atendía a todos. Ángel continuó en Moncloa dos años más después de irme yo y volvió a trabajar otra vez conmigo en la empresa privada, o sea, que de nuevo estamos juntos. La sentencia que condenó al ex gobernador civil y al hombre que trabajaba a 25 metros del presidente prueba que la venganza contra el periodista tuvo un carácter político. Es decir, que gentes vinculadas al partido socialista y al anterior equipo de gobierno participaron en la operación de convencer a una mujer para que sodomizara al director de El Mundo mientras una cámara filmaba la ceremonia. Por el contrario, la participación de Rafael Vera, el ex secretario de Estado para la Seguridad, no pudo ser probada, a pesar de los indicios que lo llevaron al banquillo de los acusados. Por cierto que los fundamentos de su absolución incluyeron la sintaxis inmoral que demasiados jueces practican cuando no pueden probar lo que creen. Así el auto enfrenta un llamado “juicio de probabilidad” a otro “de certeza”, señalando que sólo el primero resulta absolutorio para Vera. Lo que en una traducción literal quiere decir: “Este hombre es un canalla, pero no hay pruebas.” Lo que eleva el auto de un juez al rigor de una sentencia de café, pero voceándola de manera irresponsable. Lo que, en el fondo, supone la imprescindible necesidad (¡para ir tranquilo!) de probar la inocencia, es decir, la perversión fundamental del Derecho. IV Por los días en que Shere Hite razonaba sobre el erotismo oculto de los hombres, el ex presidente del Gobierno, Felipe González, publicó otro artículo que tituló “El sur del sur”. Aparentemente, lo único que ha mejorado de Felipe González desde que dejó el poder es su escritura. No es poca cosa. Quizá sus artículos no merezcan siempre el aplauso, pero son incomparablemente mejores que los –pocos– que publicaba cuando era presidente. Tal vez ahora los escriba él. Su escritura se ha vuelto más liviana y su mirada menos rígida; sus tesis se apoyan casi

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siempre en un nivel apreciable de información y sus opiniones suelen ser razonables. Este último pertenecía al género veraniego. Es decir, una suave meditación sobre los problemas de la política metido entre papas con mojo picón y playas de paredes volcánicas. Este tipo de artículos no son en absoluto despreciables. La literatura periodística española dispuso en el escritor y diplomático José María de Areilza de un formidable maestro en ese género: le salían magistrales incluso en invierno. Las papas y las playas volcánicas tenían su razón accidental de ser. Felipe había estado en Tenerife. De hecho había estado en el sur de Tenerife. De ahí su título. Debo confesar que cuando leí ese título por un momento le di una interpretación absurda, confirmando que mi primer pecado de lector es no leer lo que pone. Me llevaría algún tiempo y demasiado espacio resumir con cordura esa interpretación, pero digamos que pensé en Pedro J. Ramírez y en De Quincey. Lo de De Quincey es muy conocido, aunque siempre anima cualquier texto: “Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse”. Yo pienso, sincera y dolorosamente, que con el caso Pedro J. Ramírez los socialistas han llegado a ese estado atroz en que uno empieza a dejar las cosas para el día siguiente. Es decir, han llegado al sur del sur. Esto es, justamente, lo que había estado leyendo en el título. Y no se me escapa que en el caso de haber leído antes lo de Shere Hite, también lo habría incorporado sin especial problema a mi apresurada interpretación. Fue un momento; pero nítido: es que pensé, simplemente, que Felipe González iba a ponerse a hablar de Ángel Patón y a partir de ahí, todo en cuesta. Todo en cuesta, en una subida que no se acabaría en ese artículo ni en el próximo ni en el de más allá. No fue así. Es evidente que no fue así. En la desganada lectura del resto del artículo que siguió a mi descubrimiento de la realidad papaya (el sur era el plácido y hermoso de Tenerife), aún iba identificando aquellos lugares del discurso donde el ex presidente podría haber torcido su rumbo para llegar al sur de De Quincey. Este: “Es también un lugar [el sur de Tenerife] para la reflexión, que me retrotrajo a las conversaciones del año pasado y a mis propias ilusiones de hace 20 años”. O bien: “Aprovechemos para reflexionar, para abrevar ideas que nos ayuden a recuperar compromiso cívico.” Abrevemos, pensé, y largué el diario. V Y vinieron a cometer la infamia más cutre, más inútil, más desmoralizadora sobre el que siempre consideraron su peor enemigo, ese burgués avergonzado que ha acabado llevándolos a la cárcel o al sur de Tenerife. Nada dará mayor medida de su humillación y su impotencia. ~

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LA TRAGEDIA DEMEDIADA Espada, autor de Contra Cataluña, Raval: del amor a los niños y Diarios, aborda, con la mirada crítica y la ironía que lo caracterizan, la película de Medem, La pelota vasca. Su conclusión es que, aun queriendo hacer el elogio del nacionalismo, el documental acaba por proyectar la imagen de una sociedad enferma, digna de lástima si no diera miedo. Indignación I

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s comprensible que indigne LA PELOTA VASCA. La ha hecho alguien que no ha reflexionado sobre las obligaciones del creador que se encara con un hecho. Ahí está el cartel. Sobre las primeras secuencias de la película: “Esta película echará siempre de menos a los que decidieron no participar en ella”. Es sorprendente que tras la aparición

del cartel no se produzca el fundido en negro que exigiría la lógica y la película prosiga. Nunca debió proseguir. El objetivo de La pelota... es la descripción de la tragedia vasca. Para cumplirlo se utilizan setenta testimonios. Algo menos, pero poco menos, de la mitad de los ciudadanos vascos no están representados por esos testimonios. “¡Corten, fuera!”. Estas son las palabras que Julio Medem debió pronunciar. Pero dijo “¡Cámara, acción!”. Un cierto atrevimiento epistemológico: a pesar de saber que la mitad del País Vasco no iba a estar en la película decidió que haría una película sobre la tragedia vasca. Así la escribió y, en especial, así la vendió. Escasa novedad, en el business moderno, la de que una burda novelería pase por ser profunda expresión de lo real. Lamentablemente lo real establece condiciones. Una película cuyo argumento es la situación del País Vasco, cosida a partir de decenas de testimonios, debe incorporar los del filósofo Fernando Savater, el político Mayor Oreja, el poeta Jon Juaristi o los de la familia de aquella víctima llamada Miguel Ángel Blanco. Una película con semejante argumento debe incluir a los militantes del segundo partido del País Vasco, el Partido Popular, y no dejarlos absolutamente al margen como hace ésta. Lo contrario es una broma, incluso

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macabra. Si no se cumplen estas condiciones, y algunas más cuya enumeración sería fatigosa, no hay película ni posibilidad de ella. Quizá haya otra película, pero siempre será una que no puede titularse –si no es en sentido recto: puramente deportivo– La pelota vasca ni presentarse como descripción de la situación del País Vasco ni mucho menos (¡oh sarcasmo!, ¡oh monólogo!, ¡oh inmensas pelotas vascas!) proponerse como una invitación al diálogo. Desconozco los pasos que el autor dio para incorporar a los ausentes a su proyecto. Desconozco incluso si los pasos existieron. Pero los resultados son indiscutibles: falta la mitad. La realidad es una tentación narrativa permanente. Yo mismo, aunque parezca sorprendente, tengo hermosas ideas cada mañana. Pero la mayoría debo desecharlas porque su desarrollo necesita el acuerdo de lo real. Medem, autor de ficciones y, como tal, soberanista, no ha comprendido que en la fiction la soberanía siempre se comparte. Y que los fracasos no se solucionan colgando un cartel en la puerta, a modo de do not disturb moral.

II Se han hecho diversos comentarios sobre la equidistancia. Se ha interpretado que en la película recibe el mismo trato un gobier-

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no democrático que una organización terrorista. Es cierto que no aparecen militantes del Partido Popular: ni tampoco de ETA. Las ausencias están equitativamente repartidas. Se ha subrayado el tratamiento ponderado, en pulcro equilibrio sofístico, que reciben las víctimas del terrorismo y las víctimas de la violencia del Estado democrático. Luego me ocuparé de las víctimas, aunque con la inseguridad del que, tal vez exasperado, cree que sólo las víctimas pueden hablar de sí mismas. Equidistancias. No son la peor ninguna de ésas. Hay otra más subterránea y perniciosa. En la película se producen, a grandes rasgos, tres tipos de testimonios. Primero una serie de personas describen sus experiencias personales, luego dan sus opiniones y por último describen algunos hechos. Como es lógico, nada hay que decir sobre las experiencias. Sí, en cambio, sobre las opiniones. Aunque no estemos acostumbrados a verlo así, una opinión es un punto en un proceso. Quiero decir que se trata de un razonamiento aún no sometido, por las causas que sean, a la prueba de los hechos. Esto por lo que respecta, naturalmente, a las opiniones que merecen consideración y no a las que por su propia naturaleza no pueden encontrar el refrendo de los hechos. Opiniones del tipo “El invierno es odioso” que forman el grueso principal de la opinión consentida en los periódicos latinos. Entre las opiniones que deben considerarse destacan las proféticas. Un ejemplo claro y representativo de ellas se produce cuando Medem aborda el asunto de la ilegalización de Herri Batasuna y la posibilidad de que acabe siendo una decisión contraproducente para la solución de los problemas. El alcalde de San Sebastián, Odón Elorza, los periodistas Iñaki Gabilondo y Antoni Batista, el líder juvenil Eduardo Madina, y los políticos Txiki Benegas y Patxi López opinan sobre la cuestión. El resultado, como dicen en la radio, no admite réplicas: sólo López defiende la ilegalización. Semejante proporción nada tiene que ver con lo real, pero es la consecuencia obvia de la decisión de Medem de hacer una película de ambición totalizante con sumandos parciales. Ni que decir tiene que la desproporción se repite de manera más o menos llamativa con cualquier asunto que la película proponga para la discusión. La equidistancia sobre las opiniones se resuelve con este tongo. Algo mucho peor sucede con los hechos. Medem pone en marcha un mecanismo dominante en el periodismo contemporáneo (y especialmente en el espectáculo del periodismo) por el que verdades y mentiras son tratadas en pie de igualdad. La versión de los hechos. La celebérrima inversión. Es decir: no importa que el abismo entre lo verdadero y lo falso separe a los historiadores que defienden la existencia remota de un Estado vasco de las palabras concisas que pronuncia Antonio Elorza al respecto; o que la memorable (por falsa, por impasible) justificación del racismo de Sabino Arana que articula Joseba Arregui (“El discurso [de Arana] es racista como eran todos los discursos de entonces”) agreda las sobrias reflexiones de Iñaki Ezkerra, autor de una biografía intelectual de Arana que es un civet de pesadillas guisado en los propios textos del Fundador de Todo

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Esto. Verdad y mentira están tratadas con respetuosa equidistancia. Pero sólo cuando conviven. Porque nada ni nadie contradice la manera patética, intelectualmente patética, con la que Carlos Garaikoetxea (y es en el mismo comienzo de la película: a modo de clarín) equipara la violencia terrorista a la violencia del Estado, sin sospechar ni siquiera (él, que ejerció como responsable destacado de ese Estado) cuál es la ilegítima. Nada ni nadie tampoco amenazan el triunfo solitario y pletórico de la mentira, como cuando ese Txomin Ziluaga, dirigente de Herri Batasuna, asegura con cara de ganador de Liga que el ejército español “ha perdido más generales y coroneles que en toda su historia” a causa del terrorismo. Los hechos. Su tratamiento. El carácter que adopta el relativismo en una situación totalitaria. Conviene repetir, y aprenderse de memoria, este párrafo de Hanna Arendt, de su Viaje a Alemania: Sin embargo, el aspecto probablemente más destacado, y también más terrible, de la huida de los alemanes ante la realidad sea la actitud de tratar los hechos como si fueran meras opiniones. Por ejemplo, a la pregunta de quién comenzó la guerra se da una sorprendente variedad de respuestas. En el sur de Alemania una mujer –por lo demás de inteligencia media– me contó que la guerra la habían empezado los rusos con un ataque relámpago a Danzig (este es sólo el más notable de los múltiples ejemplos). Pero la conversión de los hechos en opiniones no se limita únicamente a la cuestión de la guerra; se da en todos los ámbitos con el pretexto de que todo el mundo tiene derecho a tener su propia opinión, una especie de gentlemen’s agreement [pacto entre caballeros] según el cual todo el mundo tiene derecho a la ignorancia (tras lo que se oculta el supuesto implícito de que en realidad las opiniones no son ahora la cuestión). De hecho, este es un problema serio, no sólo porque de él se derive que las discusiones sean a menudo tan desesperanzadas (normalmente uno no va por ahí arrastrando siempre obras de consulta) sino, sobre todo, porque el alemán corriente cree con toda seriedad que esta competición general, este relativismo nihilista frente a los hechos, es la esencia de la democracia. De hecho se trata, naturalmente, de una herencia del régimen nazi. España es un país intelectualmente bloqueado. En parte se debe al “relativismo nihilista frente a los hechos”. Una herencia del régimen de Franco.

III Sé, con Pascal Bruckner, que las víctimas no tienen siempre razón. Aun sabiéndolo, me cuesta escribir lo que voy a escribir. Pero vamos. Los testimonios de los familiares de víctimas del terrorismo, y de algún malherido, es lo más desmoralizador de la película. De sus testimonios se deduce que a sus padres, maridos, que al malherido mismo, les partió un rayo. Un temible fatum los mató. Ahí están, hablando de sus muertos, narrando

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su suerte. A veces los envuelve un flou moral. La estética que conviene al destino. Hay, incluso, una suerte de broma terrible. Cuando la mujer de uno de los asesinados recuerda la actitud de su marido en el juicio contra el general Galindo, condenado por la muerte de Lasa y Zabala. Su marido, que era un partidario resuelto de que se investigara hasta el final ese crimen. Dice la mujer, sonriendo: “Y la mirada que le dedicó el señor Galindo a Juan María... Si las miradas matasen, Juan María habría muerto mucho antes”. Escucho estas palabras, veo a la mujer, trato de escribir sobre ello y acabo arrimándome a uno de esos grandes escritores nimios que cuando se encaran por azar con algo grande, con algo que justificaría su oficio aunque sólo fuese por una vez en su leve vida, pronuncian la palabra inefable, apelan a los pliegues freáticos de la capa humana (cualquier cosa así, ensayan) y siguen en lo suyo nimio, nimio para el óxido del alma, así huyen, y yo con ellos, jugueteando. Pero no todas las víctimas de Medem lo han sido del fatum. Está, por ejemplo, la muchacha torturada por la policía. Hay diferencias entre ser víctima de la tortura de la policía española y ser asesinado por un terrorista. Por ejemplo: al asesinado no se le puede tratar nunca de presunto. Yo no la voy a tratar de presunta. La muchacha torturada explica con detalles escalofriantes las vejaciones que sufrió. Detrás de cada una de sus palabras está el policía. Está bien así. Es justo. Stephen Vizinczey, en su tremendo despiece del Billy Budd de Melville, asegura que “la mentira más repugnante” de la literatura es la de que un torturado puede acabar amando a su verdugo. También habríamos querido ver al asesino detrás de cada una de las palabras de las víctimas. También aquí rige lo de Melville. Pero el fatum, aunque se siente, es invisible. Hay otras víctimas, recogidas por Medem en su viaje hacia las cárceles donde hermanos y maridos llevan décadas encerrados. Hombres encerrados porque mataron a otros hombres. Los discursos de los familiares están llenos de dolor y de dureza. Está bien así. En ningún momento se habla de los hechos que llevaron a la cárcel a sus familiares. Es probable que no fuese el momento oportuno. Una mujer de preso, sin embargo, sí dice algo al final de la película: “[los presos son]

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Ilustración: LETRAS LIBRES / Justo Barboza

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las personas más altruistas, y más generosas, y ves que es una persona tan cariñosa que no puedes concebir que lo que ha hecho lo haya hecho porque sí. Lo puedes compartir o no pero sabes que hay una motivación muy fuerte para que haya llegado hasta allí”. ¡Claro que sí! ¿O es que acaso no se dice en los periódicos, de cualquier psicópata no político, que era un hombre “normal”, incluso “atento” con su vecinos, y cariñoso con los niños en el parque?

Celebración I Es comprensible que indigne esta película. Pero hay un análisis que la indignación no debe dejar en un velado segundo plano. De la película acaba surgiendo un retrato, a veces muy cruel, del nacionalismo. Es indiferente cuáles hayan sido, en este punto, las intenciones de Medem. Yo apenas sé quién es, pero no creo que saberlo tenga importancia. Sólo sé que en esta película es posible escuchar al independentista Arnaldo Otegi, el dirigente de la antigua Herri Batasuna, decir esto: “Cuando en Lekeitio dejen de hablar su lengua para hablar inglés, haya hamburgue-

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serías, se escuche música rock americana, se vista ropa americana y todo el mundo esté, en vez de contemplando los montes, funcionando por Internet, este será un mundo tan aburrido, tan aburrido, que no valdrá la pena vivir en él”. Este es Otegi. Aunque parezca lo contrario no es fácil verle. El Otegi habitual, el más visible es el que aparece después de un atentado, lamentándolo y atribuyéndolo al conflicto. Los efectos del terror, de su épica siniestra, son innumerables. Desde luego está el ennoblecimiento de la ruindad. Pero se ve menos, y es igualmente destructivo, el ennoblecimiento de la banalidad. Un aura de hombres sometidos a las circunstancias más dramáticas, alanceados por las pasiones más innombrables, protege a muchos de los principales protagonistas del infierno vasco. Aparecen como graves personajes de tragedia. ¡De acuerdo, viven una tragedia!: pero no saben hacer la o con un canuto. El mérito de La pelota es habernos mostrado a Otegi en la intimidad de su pensamiento. Pero no sólo a él. Hay una enorme variedad de testimonios, a cuál más ilustrado. “Nuestra lengua es el camino hecho a medida para sacar nuestra sensibilidad y nuestro pensamiento”, dice José María Satrústegui, miembro de la Academia Vasca. Pocas veces, desde Herder, se habrá expresado con tanta precisión y delicadeza (¡y es sorprendente, porque Satrústegui está diciéndolo en castellano!) la superstición que identifica lengua y pensamiento, que hace de la lengua una cosmovisión en sí. “Yo quiero que el pueblo vasco permanezca, que no se diluya en la historia”, dice luego el sociólogo Javier Elzo, exhibiendo con finura sentimental el carácter necesario, ahistórico, de la sociedad anónima llamada pueblo vasco. Ahí no hay que rondar mucho más. Los argumentos intelectuales que la película exhibe tienen la misma calidad que los nexos que utiliza Medem para coser el discurso. Sean los cabezazos entre carneros, el corte de troncos o el magreo de piedras. Otro acierto simbólico.

II Es difícil que los nacionalistas pudieran haberse quejado de lo que dicen. Dejarían de serlo. Menos entiendo, sin embargo, que no hayan protestado por la calidad del paraje donde Medem les ha colocado. La retórica de la película es simple: por un lado hay hombres que hablan sobre la violencia y por el otro paisajes violentos. Algunos sumamente violentos, como la naturaleza desatada sobre los arrecifes cantábricos, los frontones donde la pelota suena como una bala, o ese angustioso y eterno tirar de una misma cuerda de dos grupos de hombres enfrentados. El folklore dialoga también con lo real: un violentísimo golpeteo del hacha sobre el tronco va introduciendo, por ejemplo, algunas imágenes de atentados: hasta que la secuencia se resuelve en un espasmo lírico: el aizkolari hace volar el hacha (no recuerdo si con el tronco definitivamente abatido) y el hacha –que es con la serpiente el símbolo de ETA– se pierde por los vacíos de la estratosfera. La tesis de que la violencia prende en un lugar atávicamente predispuesto a ella parece de idéntica calidad a la que sostiene que la Guerra Civil española fue consecuencia

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de las corridas de toros. Pero, en fin, ya sabrá Medem cómo sostenerla. Lo importante es que ese paisaje alegórico fue ideado, probablemente, para una película donde todas las opiniones vascas estuviesen representadas. Pero ya se sabe que la proporción de los nacionalistas –siete a uno, aproximadamente– es abrumadora. De tal modo que el paisaje, siguiendo la estela del discurso verbal, acaba identificándose estrictamente con los nacionalistas. Los efectos son devastadores: el Euskadi nacionalista aparece como un lugar inclemente donde la testuz sustituye al cerebro y donde amor se escribe con hacha. Ven y cuéntalo. La pregunta –reconozco que algo perturbadora para los espíritus refinados– de cómo en un lugar tan abrupto podría sobrevivir la inenarrable delicadeza de la cocina vasca tiene respuesta en la película de Medem: tal delicadeza debe de ser patrimonio de los no nacionalistas. La identificación, así, de la violencia telúrica, la pasión cegata y la rudeza espiritual con el nacionalismo es uno de los aspectos más sorprendentes de La pelota. Pero está ahí, en el texto de la película (con independencia del sesgo que acaben tomando los posibles paratextos dispuestos por el propio Medem o sus glosadores), tomándose la venganza de que el cineasta únicamente haya dado la voz a algunos de los protagonistas de la tragedia. No sólo les ha dado la voz: también la plena soberanía del reino de la testuz.

III Sobre el paraje sombrío, ya en los actos finales de la película, Xabier Arzalluz, el líder del Partido Nacionalista Vasco, dice: “Está altamente demostrado que aquí se vive mejor”. Pocas veces la alienación se habrá mostrado en un estado más crudo. Otro mérito de Medem. El País Vasco es el lugar de Europa donde peor se vive. Da igual lo que digan los indicadores más brutales, como la renta, o incluso aquellos más sofisticados, y mágicos, como el que mide el estado de la felicidad colectiva. El País Vasco es el único lugar donde las ideas llevan guardaespaldas. Donde la actividad más leve de la vida de un hombre está condicionada por la violencia. Donde siempre se habla de lo mismo, se hable de ello o se silencie. La patética altivez de Arzalluz ilustra hasta qué punto un hombre puede perder el contacto con la realidad. Pero ilustra también algo fatal, arrasador. Un secreto e indecible orgullo. La satisfacción de esa elite local, de ese establishment (a salvo, por supuesto: allí sólo las ideas llevan guardaespaldas) del que Arzalluz forma parte, ante el interés que despiertan sus asuntos. Condicionan desde hace 25 años la agenda de la democracia española. Convocan a entomólogos sociales de todo el mundo para que analicen su problema. Aparecen cíclicamente en las páginas de cualquier periódico del mundo. Euskadi, un pequeño país. Dos millones de personas. Este orgullo. Con un par de pistolas. Escribiendo ahora la nueva constitución. Con un par de pistolas: como siempre lo han hecho las naciones. La terrible película de Medem y en lo que queda el nacionalismo sin el lápiz iluminador de la sangre. ~

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A rcadi E s pa da ENTREVISTA CON

Susan Sontag La necesidad de la imagen

Susan Sontag ha publicado recientemente en España Ante el dolor de los demás (Alfaguara, 2003), un ensayo sobre la violencia y su representación, en el que contradice algunas de las tesis de su conocido libro Contra la interpretación. El libro y algunos de sus análisis es el principal tema de la conversación que mantuvo con Arcadi Espada, quien a su vez, en el libro Diarios (Espasa-Calpe, 2003), ha profundizado también en estos temas. AE: El hecho de que en un libro sobre la fotografía y el dolor falte una alusión al Gulag es significativo. SS: ¿Qué quiere decir? AE: Bueno, de alguna manera corrobora la hipótesis de que el Gulag no ha penetrado en la conciencia contemporánea de la misma forma que lo habría hecho de haber habido fotografías de la tragedia. SS: Yo he dicho eso mismo muchas veces. AE: Sí, claro. Por eso se lo recuerdo. SS: Está en el libro. El Gulag está en el libro. AE: No recuerdo. SS: Está aunque usted no lo vea. Cuando digo que recordamos y nos preocupamos de lo que ha sido fotografiado es evidente que el primer pensamiento de estas líneas alude al Gulag. Y he dicho y he escrito repetidamente que una de las razones por las que la gente tardó tanto en apreciar y entender el horror completo del sistema soviético fue por

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la ausencia de documentación fotográfica. Es evidente que cuando digo que las fotografías identifican también quiero decir lo contrario: cuando no hay fotografía el olvido es más fácil. Y hay dos ejemplos clásicos: el Gulag y la guerra civil de Sudán, una guerra que se ha cobrado millones de vidas ante la indiferencia más helada del mundo. O sea que sí. Implícitamente está el Gulag.

SS: Sí, la exclusión puede ser tan significativa y ruidosa como la inclusión. AE: Desde luego, pero querría preguntarle si no cree que esa selección puede reunir un grado tal de objetividad que lo que se excluya sea irrelevante. SS: No pienso en fotografías de una forma tan abstracta. Cada proyecto fotográfico tiene una intención particular. Y está rodeado de una gran cantidad de contextos particulares. Pienso en la fotografía, tan famosa, de la caída de la estatua de Sadam en el centro de Bagdad. ¿La recuerda?

AE: Me parecía llamativo que no se aludiera en el libro a un tragedia no fotografiada. Llamativo y hasta coherente. Eso es todo. SS: Le enviaré un resumen con todos mis textos y declaraciones sobre el asunto.

AE: Sí, la estatua cayendo... SS: La estatua cayendo, derribada, y en torno a ella un grupo de personas mirando satisfechas. No eran más de veinte personas, pero la peculiaridad del encuadre hacía creer que esas personas eran como una sinécdoque de la plaza. El espectador creía que la plaza estaba repleta de gente que aplaudía satisfecha el momento simbólico de la caída de la estatua del dictador. Era un momento muy importante porque las tropas norteamericanas acababan de entrar en Bagdad. Bien: recordará usted todo eso. Bueno, pues lo cierto es que esas veinte personas eran las únicas que estaban en la plaza. Yo he visto otras fotografías de aquel momento, en la plaza, tomadas con gran angular. La plaza está prácticamente vacía.

AE: De acuerdo. “Encuadrar es excluir”, dice usted en un momento del libro.

AE: Pues en ese caso la foto era falsa. Porque resulta contradictoria con lo que excluye.

AE: Hay muchos ejemplos explícitos. SS: Y hay muchos otros que no he podido incluir. El libro ocuparía el doble. ¿Lo entiende? AE: No se lo tome como un reproche. No lo es. SS: Es que es obvio...

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SS: ¿Contradictoria? Yo hablaría más bien de énfasis. Ese encuadre pone el énfasis en un lugar... Otra fotografía, otro encuadre. La niña quemada por un bombardeo de napalm en una carretera de Vietnam. La foto forma parte de un paisaje mucho más grande. La carretera está abarrotada de gente que huye despavorida y ella es una más en la tragedia. Naturalmente, el hecho de centrarse en una parte de la imagen y excluir el resto es una forma de dirigir el significado de la foto, de subrayar lo que se pretende que vea el espectador. Luego hay otra cosa importantísima: las fotos no llegan desnudas ni se muestran desnudas. El pie de foto, el contexto donde la foto aparece, quién la está contemplando y por qué, todo eso es fundamental para configurar el sentido definitivo que la foto acabe adoptando.

SS: La objetividad no es un término que yo tenga en gran estima. No creo que explique demasiado. En parte porque es un elemento polarizado, parte de una dicotomía. En el momento en que dices objetivo obligas a hablar de subjetivo. Y no es eficaz. Es, como si dijéramos, una alternativa demasiado cruda. Y no creo que sea la forma correcta de hablar de fotografía. Lo que hay que buscar en las fotografías es que sean capaces de darnos la mayor cantidad de información posible sobre una situación cualquiera que se ha producido, que ha sido real. Entendiendo siempre, claro está, que sobre una situación real la información será siempre incompleta. Yo creo que la tensión entre objetividad y subjetividad crea muchos problemas falsos, y que la primera obligación de cualquier análisis es evitar la posibilidad de que aparezcan problemas falsos.

AE: Yo diría que hay una diferencia esencial entre la foto de My Lai y la de Sadam. En el caso de la estatua de Sadam, lo que queda fuera de la foto contradice el fundamento de su discurso. Pero eso no sucede con la niña de la masacre de My Lai, porque... SS: Déjeme interrumpirle. En el caso de Bagdad induce a error. Eso podría decirse. Es un fenómeno demasiado corriente, por desgracia. Muchas fotos inducen a error.

AE: Usted habla de la diferencia, en lengua inglesa, entre “tomar una foto (to take)” y “hacer una fotografía (to make)”. Es una diferencia muy interesante. SS: Permite determinar la capacidad de intervención del fotógrafo, ja, ja.

AE: En My Lai el encuadre dramatiza, enfatiza, como usted dice. Personaliza una situación general, retórica muy propia del periodismo. SS: Sí, estoy de acuerdo. Yo siempre digo que el encuadre afirma y que, como cualquier información, puede inducir a error. Es lo que distingue la fotografía de la pintura. No hay una afirmación pictórica.

AE: ¿En inglés no se ha producido un desplazamiento léxico entre hacer y tomar? SS: No, no. Por fortuna. AE: En español, al menos en el español de España, ya nadie dice “tomar una foto”. SS: Pues lo siento, de veras. AE: La ausencia de fotos en la catástrofe del 11 de septiembre. De fotos de cadáveres... SS: Me pareció muy mal. Yo soy partidaria de que circule siempre la mayor información posible.

AE: Resumiendo: encuadrar es excluir pero no siempre con las mismas consecuencias. SS: Desde luego. Si no, todas las fotos inducirían a error. Y no todas las fotografías son erróneas ni mienten. Yo no digo esto. No tendría sentido decir una cosa así.

AE: Aunque sea brutal. SS: Las fotos brutales exigen una brutalidad previa que es necesario conocer. Con la que es necesario encararse. Una sociedad democrática debe someterse a ese tipo de ejercicios. Si no se convierte, en cierto sentido, en una sociedad cómplice de la brutalidad.

AE: En cuanto a la objetividad...

AE: Antes de seguir en el análisis quisiera pre-

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guntarle si efectivamente existen fotos del 11 de septiembre vetadas al público. SS: Sí, existen... AE: Hay quien dice que la tragedia no dejó ni siquiera cadáveres. Sólo cenizas. SS: Dejó muchas cenizas y muchos cadáveres. AE: ¿Usted ha visto alguna de esas fotos? SS: No, yo no las he visto. Pero las han visto gentes de mi máxima confianza, editores, cámaras, fotógrafos... Ellos me han dicho repetidamente que esas fotos existen. AE: Y que fueron censuradas. SS: Exacto. AE: ¿El cadáver de un acto terrorista no deja de ser un cadáver privado para convertirse, en cierto modo, en un cadáver público? SS: Hummm. Pregunta perturbadora. Es verdad. Sí, creo que es verdad. Pero es muy difícil atreverse a decir eso. AE: Hace algún tiempo se lo pregunté al hermano de una víctima del terrorismo etarra. Asintió con una claridad y una energía emocionantes. SS: Es muy duro. Y esa reacción que me cuenta es muy hermosa y valiente. Pero no todas las víctimas reaccionan igual, claro. Y cómo no respetar el derecho de las víctimas en ese trance. Es un asunto muy complicado. Pero, en fin, yo considero, en cualquier caso, que la decisión de ocultar el cadáver es mucho peor. Las consecuencias son mucho peores. Los familiares pueden prohibir la exhibición de las fotos o los vídeos, claro... Es lo que sucedió con el vídeo del asesinato del periodista del Wall Street Journal, Daniel Pearl, por un grupo terrorista islámico. AE: Realmente es un caso extremo. Es que no sólo se trata de un cadáver sino de un degüello, de la filmación de su asesinato. SS: Y filmado para que se exhibiera, desde luego. Su exhibición se prohibió por dos motivos. Primero el buen gusto, el pudor. Luego, porque podría ofender a

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A rca d i E s pa da : E n t r e v i s ta c o n S u s a n S o n tag su viuda. Desde luego, no se trata de una decisión fácil. Pero aun así, creo que deberíamos poder verlo.

AE: ¿No le parecen apreciaciones algo cargadas de malditismo literario? SS: No, la verdad.

AE: Sinteticemos, si le parece: ¿por qué deberíamos verlo? SS: Si se parte de la idea de que hay fotos que ayudan a entender la realidad, la cuestión se aclara. Aunque no de una manera contundente, absoluta, porque siempre habrá resquicios por donde se colarán los derechos y los sentimientos de los otros. En realidad mi libro está dedicado a saber cuánto puede mostrarse de lo real. A mi entender esta es una pregunta clave.

AE: Quizá se trate sólo de un efecto parecido al de los cuentos de terror: realmente es horrible, pero yo no estoy ahí. SS: Es su opinión. Prefiero la de Hazlitt. Creo que su observación sobre los otros es muy atinada. Hay mucha gente que tiene un potencial sádico muy fuerte y que no lo externaliza a menos que la autoridad se lo permita.

AE: De la guerra puede mostrarse muy poco, dice usted repetidamente. SS: La guerra. Las fotos nos transmiten una cierta imagen de la guerra, vinculada al acontecimiento, al estallido, a una acción determinada. Pero lo crucial de la guerra es lo que sucede después. ¿Cómo se fotografía lo que sucede después? O pensemos en la hambruna de África. ¿Cómo se fotografía el hambre, más allá de las circunstancias agónicas de estos niños esqueléticos que vemos cíclicamente cuando en un poblado o una región determinada la situación se desborda? Bueno, éste es un problema muy importante. Mucho más importante que si a raíz de un hecho concreto se muestran o no determinadas fotos que puedan ofender el gusto, la moral o la sensibilidad. AE: Habla de William Hazlitt y del ensayo que dedicó al Yago de Shakespeare. SS: Sí, Hazlitt, Burke... AE: Permítame que le lea a los lectores la cita de Hazlitt, a propósito de la atracción de la maldad: “¿Por qué –se pregunta Hazlitt– siempre leemos en los periódicos las informaciones sobre incendios espantosos y asesinatos horribles?” Y responde: “Porque el ‘amor a la maldad’, el amor a la crueldad, es tan natural en los seres humanos como la simpatía”. SS: Sí, me parece que Hazlitt tiene razón. Y Burke, que decía que las desgracias de los demás nos procuraban placer.

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AE: ¡Vaya! Fieras babeantes con bozal. SS: Le recomendaría que no se pusiera delante. Hay gente con una enorme capacidad de crueldad, que disfruta con el dolor que se inflige a los demás. La verdad, no creo que sea una cuestión vinculada con el hecho de sentirse bien, con el hecho de no estar ahí, en el lugar del sufrimiento. AE: ¿Por qué no?: al fin y al cabo, no es nada más que la lógica banal del superviviente. SS: No lo creo. ¿Por qué la gente se para en la carretera a mirar un accidente de automóvil? AE: Es una noticia. Una interrupción en la vida. Llama la atención. SS: Y excita. AE: Insisto: ¿no cree que hay alguna literatura que va muy cargada de demonio? El propio Bataille, que usted también cita a propósito de la foto del prisionero sometido a la tortura mortal de los cien cortes. SS: Me es indiferente. En realidad la literatura me es indiferente. Diga que cito porque queda bien. AE: Muy bien. SS: Yo parto de la realidad. Ni me interesa Hazlitt, ni Burke, ni Bataille, ni Baudelaire, ni el malditismo, ni lo demoníaco, ni nada de eso. ¿Sabe lo que a mí me interesa? AE: ¿...? SS: Ruanda. AE: El genocidio.

SS: El genocidio a cuchillo de Ruanda. La literatura es totalmente secundaria. A mí me interesa la realidad. En seis semanas, ochocientas mil personas, OCHOCIENTAS MIL PERSONAS, fueron asesinadas en Ruanda. Por su vecinos. POR SUS VECINOS. Cada una de esas personas murió de una manera individualizada, pasada a cuchillo. Mire la historia de la humanidad. Mírela fijamente: ¡le importa un rábano lo que dicen los escritores! Ruanda. ¿Sabe usted lo que es Ruanda? AE: No, no lo sé. SS: Ruanda es un pequeño país. Un pequeñísimo país. Más pequeño que Cataluña. Y con un noventa y cinco por ciento de sus habitantes que son católicos. ¿Para qué tengo que leer a Baudelaire? AE: ¿...? SS: Yo no apelo a la autoridad del intelectual. Insisto en que nadie ha escuchado al intelectual. Tenemos que redescubrir el retorcimiento de los seres humanos. Yo cito a estos escritores no para refugiarme en su autoridad, sino sobre todo para decir qué extraño es que sigamos redescubriendo a cada paso lo mismo. Qué extraño es que redescubramos lo evidente. Qué extraño es que no nos hayamos convertido todavía en adultos morales o psicológicos. Lo siento: me siguen sorprendiendo estas crueldades indescriptibles de los seres humanos. AE: Mostrar el dolor. Hace treinta años dijo usted en Sobre la fotografía que la exhibición repetida del dolor anestesiaba la percepción. SS: Siempre estoy en discusión conmigo misma. Hoy mismo ya me discuto cosas de este último libro. Imagínese lo que pienso de lo que escribí hace treinta años. Pero, en fin, creo que no es cierto que la exhibición de las imágenes del dolor anestesien la conciencia del hombre. AE: Este punto de vista acabó convirtiéndose en un lugar común. Hay muchos directivos en los periódicos que se niegan a exhibir cadáveres invocando su punto de vista, aunque no sepan que es suyo.

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SS: Sí, parece que ha llegado a convertirse en un lugar común. AE: ¿Qué le hizo cambiar de opinión? SS: La realidad. La imagen de Cristo, por ejemplo. ¿Cuántos años llevan sus fieles contemplando ese hombre ensangrentado, agonizante, desnudo, a tamaño natural? Si fuera cierto que nos acostumbramos al sufrimiento, hace mucho que los católicos habrían dejado de conmoverse. No lo han hecho. Esto es lo real. A veces tenemos que someter lo que pensamos a este tipo de verificaciones decisivas. Si te sientes comprometido con determinadas imágenes, las hayas visto una o cien veces seguirás sufriendo. AE: Sí. Una imagen contemporánea, por ejemplo: el avión que va a estrellarse contra una de las Torres Gemelas. SS: Sí, claro, nadie va a olvidarla. AE: Esa imagen ha sido observada estéticamente. Sí, digamos “estéticamente”. SS: ¿Quiere decir que hay quien la ha visto bella? AE: Sí, eso mismo. SS: ¿Y? AE: ¿Qué le parece? SS: Todas las fotografías embellecen lo real. AE: Yo le pregunto si es posible advertir ahí la belleza, aunque se trate de una belleza siniestra. SS: Sí, es posible. AE: ¿Pero el que mira no se ve automáticamente en el avión? SS: Hummm... No, no creo que la gente se sienta dentro. La gente siente, como en la vieja frase de Aristóteles, lástima y terror. Pero de ahí no pasa. No creo que por mirar las fotos de los bombardeos de Madrid del 36 la gente se instale automáticamente en el Madrid del 36. No, no me lo creo. Es respetable esa actitud, pero no creo que sea la del común de las gentes. La gente ve una imagen y la juzga. La juzga, además, insisto, partiendo

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del principio de que cualquier foto embellece la realidad. Y sobre todo, aunque esté de moda ponerlo en duda, sabiendo perfectamente que una cosa es la fotografía y otra distinta lo real. AE: En realidad lo que yo quería preguntarle es si la belleza es un término operativo en este tipo de imágenes.

SS: Una foto puede ser terrible y bella. Otra cuestión: si puede ser verdadera y bella. Este es el principal reproche a las fotografías de Sebastiao Salgado. Porque la gente, cuando ve una de esas fotos, tan sumamente bellas, sospecha. Con Salgado hay otro tipo de problemas. Él nunca da nombres. La ausencia de nombres limita la veracidad de su trabajo. Ahora

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A rca d i E s pa da : E n t r e v i s ta c o n S u s a n S o n tag bien: con independencia de Salgado y sus métodos, no creo yo que la belleza y la veracidad sean incompatibles. Pero es verdad que la gente identifica la belleza con el fotograma y el fotograma, inevitablemente, con la ficción. AE: Hay en su libro párrafos violentos contra la françoiserie: Baudrillard, Glucksmann... SS: Ja, ja, françoiserie. Es una visión muy provinciana de lo real. Lo real no es un simulacro. Desgraciadamente para muchas víctimas, lo real no es un simulacro. No creo que ese discurso merezca mucho más comentario. AE: Es un discurso imperante en las universidades norteamericanas. SS: Hay muchos otros discursos en América, y muy imperantes, que son despreciables. AE: Usted suele hablar bien del periodismo. Más allá de sus simulacros, ¿cree que el periodismo nos ha hecho más solidarios al extender el dolor de los demás? SS: Todo en el siglo veinte ha sido un arma de doble filo. También el periodismo. Es verdad que nos ha permitido saber de los otros, de sus tragedias y de sus necesidades. Pero también ha contribuido a una globalización cultural y moral que en buena parte está asentada sobre premisas falsas. El periodismo ha llenado nuestra vida de imágenes falsas. Es verdad: tenemos una idea de lo que pasa en el mundo como nunca nadie la tuvo antes. Pero a veces esa idea es demasiado nominal. Y se mezcla con la propaganda. Ya ve usted que voy de un extremo a otro. De un filo a otro. Aunque quizá lo peor de esta propaganda diseminada por el periodismo sea este mensaje: “Esto es lo que hay en el mundo, ahora ya lo conoces, pero poco puedes hacer para cambiarlo”. Esta impotencia. Este aviso de que el conocimiento de las cosas no se transforma en una energía para cambiarlas. La posibilidad, incluso, de que tanto y tan variado conocimiento llegue a aturdirnos y a reforzar la impresión de que el cambio es más complejo de lo que es en realidad. Porque luego es cierto que observadas las

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cosas de cerca, una a una, no parecen tan complejas. AE: Sí, la saturación, el agobio mediático. SS: Y la posibilidad de que los horrores puedan acabar convirtiéndose en un espectáculo. Yo defiendo el periodismo. Soy una gran defensora del periodismo. Viví en Sarajevo al lado de los periodistas. Comprobé cómo trabajan. Puedo decir que la mayoría de ellos son gente honrada. Y, sobre todo, no son gente endurecida, como quiere el tópico, sino que tratan de contribuir con su trabajo a la mejora de las condiciones de vida generales. Cuando la gente habla de la corrupción del periodismo hay que mirar en muchas direcciones. También en la dirección de los propietarios de los periódicos. O sea que, en este sentido, Baudrillard y demás podrían tener su parte de razón, cuando sugieren que debido a esta corrupción el común de los hombres se vería en dificultades crecientes para distinguir entre las imágenes y la realidad. Pero esa visión siempre sugiere un menosprecio de lo real, y del que sufre lo real, falso: aun hipnotizada, drogada, la gente no pierde el sentido de lo real. AE: La gente... SS: Déjeme explicarle un anécdota significativa. Mire, después del ataque a las Torres Gemelas, varios grupos de personas que habían conseguido escapar fueron apareciendo por las calles. Los iban entrevistando las cámaras de televisión. Estaban todos ellos cubiertos de ceniza, agobiados, aterrorizados. Les ponían el micrófono en la boca y les preguntaban cómo se sentían, cómo había sido, esas cosas. Algunos de ellos explicaban: “Ha sido como una película”. ¿Quiere eso decir que lo real y lo ficticio ya no se distinguen? En absoluto. Esa fue una interpretación muy extendida en aquellos días, pero falsa. Lo cierto es que cuando se produce un trauma de estas características se tarda un poco en absorber la realidad. Hace cien años estas gentes habrían dicho que era como un sueño. Hoy dicen que como una película. Pero a nadie de aquellos que

salían se le habría ocurrido dudar de que aquello fuese cierto. Sólo decían que les sorprendía mucho que lo que habían visto en las películas se hiciese de pronto realidad. Era su forma de significar la magnitud de la catástrofe. No de significar sus dudas. Lo que importa de las personas son las experiencias propias. ¿Me deja que le cuente otra anécdota? AE: Y mil que contara. SS: 1969, en el sur de Marruecos. Pleno desierto. Una pequeña cabaña con luz eléctrica y un café con televisión. Armstrong acaba de pisar la Luna. Yo me acerco al hombre que sirve el café. Por la tele se ven los saltitos de los astronautas. Yo se lo comento al hombre: “¡Es fantástico, la gente está en la Luna!” Mueve la cabeza y dice que no. “¡Cómo que no!”, le digo y casi le obligo a salir fuera, y mirar al cielo, donde brilla la Luna. “¡Están ahí!”, le digo, señalando indistintamente la Luna y la televisión. El hombre se ríe, me mira y me dice: “¡Qué va: es sólo televisión!” En cierto modo está bien fiarse de las experiencias personales. AE: Al final del libro dice usted que la guerra es inefable. SS: Sí, me acuerdo. AE: Es desmoralizador. SS: ¿Por qué? AE: Es desmoralizador que el arte no sirva en los momentos gigantescos. SS: No es cero o cien. No se trata de que no sirva. Se trata de que cualquiera que haya visto la guerra sabe que su representación poco tiene que ver con ella. Sí, está Tolstoi, está Goya. Pero no estaban allí. El ruido, por ejemplo, el ruido de la guerra. Si no ha estado no puede imaginárselo. Como un concierto de rock en el que usted estuviera con la oreja pegada al altavoz y multiplicado ese ruido por cinco. ¿Donde está ese ruido? ¿En qué cine? ¿En qué sala de concierto? ¿En qué teatro? El arte sólo es un gesto en la dirección de esas experiencias. Un gesto solo, aunque imprescindible. ~

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Y NOSOTROS S.A., QUE LA QUISIMOS TANTO

Los nacionalismos catalán y vasco siempre vieron a Europa como un anhelo frente a la “bárbara España”. Después de años de gobierno nacionalista, son estos territorios los menos europeístas de la geografía nacional. Espada, con la punzante ironía que lo caracteriza, desnuda esta aparente paradoja.

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uropa. Se trató, acaso, de la más grande ilusión de los nacionalismos antiespañoles. Ahora es un dato. Los resultados del referéndum sobre el Tratado de la Unión Europea inducen a muchas reflexiones. Pero hay una clave: tras veinte años de hegemonía moral, cultural y política del nacionalismo, Cataluña y el País Vasco están hoy más lejos de Europa. Más lejos de lo que se presentía cuando Europa (su modernidad y su libertad) era el referente del nacionalismo antifranquista. Y más lejos de Europa (lo nunca sospechado) que el resto de las comunidades españolas. La noticia es tan insólita como irrevocable: alrededor de una tercera parte de los votantes catalanes y vascos han exhibido su defección europea. Veamos algunas cifras concretas. En España. Un 77% dijo sí, un 17 no y un 58 se abstuvo. En Cataluña. Un 65% dijo sí, un 28 no y un 59 se abstuvo. En el País Vasco. Un 64% dijo sí, un 34 no y un 61 se abstuvo. En Galicia, una de las llamadas comunidades históricas, votó sí más del 81%. El mismo porcentaje de Murcia, que tal vez sea con Extremadura (85%) la comunidad que ha desarrollado con menor nitidez una identidad colectiva al margen de la española. La defección europea de parte del electorado en Cataluña y el País Vasco no ha tenido el eco público que su trascendencia merece. Se diría que hasta los propios partidos que propugnaron el no al referéndum se encuentran incómodos con la situación derivada. Y ya no digamos el Partido Socialista, cuya alianza tácita y fáctica con Esquerra Republicana, firme partidaria del no, es imprescindible para la continuidad de su gobierno en España y Cataluña. La noticia tampoco es buena para los nacionalistas vascos. El porcentaje de rechazo a la Cons-

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titución incluye seguramente muchos votantes habituales del PNV, que desoyeron la consigna oficial de asentimiento. Sólo el PP se ha referido al porcentaje del rechazo. Pero incluso él lo ha hecho con menos desenvoltura de la que cabría esperar. Europa no ha sido un asunto sobre el que la derecha española haya proyectado nunca su probada capacidad de cariño. Y es evidente que en los porcentajes de rechazo no atribuibles a la influencia nacionalista (especialmente significativos en Madrid) había votantes habituales del Partido Popular. Así pues, y desde la mayoría de rincones, se ha tendido a contrarrestar el contundente efecto de los datos. Como es habitual cuando la realidad trae problemas, el silencio ha sido la respuesta predominante. Pero en este caso también ha habido aclaraciones. Curiosas aclaraciones, todas ellas basadas en la necesidad de perseverar en la estrategia de la ilusión. El nacionalismo transversal, vasco y catalán, ha aclarado que de ninguna forma puede inferirse una defección europeísta del resultado electoral; que el no es también una respuesta a favor de Europa. Que lo que quería el frente del rechazo, dicen con aspiraciones cínicas pero sin sobrepasar la candidez, era, en realidad, más Europa. O sea que el Tratado de la Unión Europea era poca Europa para ellos. El argumento se mueve en la misma lógica abstracta y va-

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ga que ha tenido Europa para los europeos. Una Europa cursiva. Más que un concepto un contenedor. Una Europa que servía igual para los pueblos que para los Estados; para las regiones que para las ciudades; una Europa por igual jacobina que abierta partidaria del principio de subsidiariedad. Dado que era todo, no era nada. Pero el Tratado de la Unión Europea ha acabado con esa indefinición. En un sentido perfectamente real y concluyente Europa es ese Tratado. Es decir, que las líricas ya tienen un pie de rey. Probablemente la vida sea posible, e incluso buena, fuera del Tratado de la Unión Europea. Pero Europa ya no existe fuera de él. Lo que hay allí dentro, escrito y numerado con la torpeza gramatical con que a veces se expresan los acuerdos hondos y difíciles, ha costado un número infinito de desgracias, una cantidad inexpresable de dolor. Pero los valores ya están redactados. Entre ellos, uno, sobresaliente. Está en el 1.1: “La presente Constitución, que nace de la voluntad de los ciudadanos y de los Estados de Europa de construir un futuro común, crea la Unión Europea...”. Europa: una democracia organizada en Estados. No me importa bordear el pleonasmo. Porque entre las aportaciones decisivas del Tratado de la Unión Europea está la imposibilidad de una doble identificación sanguinaria: la que vincula obligatoriamente al hombre con la nación y a la nación con el Estado. Es decir, esto es Europa y a ello habrá que referirse cada vez que se invoque su nombre. Un lugar donde la soberanía reside en los ciudadanos y en los Estados. Y, en consecuencia, donde el pueblo no sobrevive como sujeto político. No es, desde luego, la sentencia que los nacionalismos catalanes y vascos esperaban de la historia. Su invocación de Europa es antigua. El PNV puede presumir, con razón, de haber estado en la vanguardia de la construcción europea al lado de Schuman, Monnet, Adenauer y De Gasperi.1 Uno de sus recientes documentos oficiales dice, y con respeto general por la verdad: La vocación europeísta jalona la trayectoria de EAJ-PNV desde los inicios de su actuación política. Ya en 1916 participa en la Tercera Conferencia de las Nacionalidades en Lausana. Es la primera implicación del Partido en un foro multinacional. La celebración del Aberri Eguna de 1933, que bajo el lema Euzkadi-Europa contó con la presencia de delegados de otras naciones sin Estado del continente europeo, es el símbolo más palpable de ese europeísmo precoz de EAJ-PNV. Que veinticuatro años antes de la firma del Tratado de Roma (1957) el Partido Nacionalista Vasco organizase un evento de estas caracterís1 eaj-pnv ante el tratado por el que se instituye una constitución para Europa. Dictamen final. Noviembre 2004.

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ticas –acompañado de reflexiones del diputado en Cortes por Álava, Javier de Landaburu, que apostaba por hacer compatible la nación vasca con la creación de estructuras europeas federales– es algo que no todos los partidos políticos que hoy se dicen europeístas pueden exhibir. Aunque bien es cierto que uno de sus dirigentes, Manuel de Irujo, escribió estas palabras inequívocas sobre el ánimo de los nacionalistas después de su participación, en 1948, en la Asamblea de La Haya: “Los vascos llevaban en la mente y en el corazón la Europa de los Pueblos. Lo que nacía no era la Europa de los Pueblos, sino la Europa de los Estados. Para Aguirre y los suyos el dilema planteado no era el de una Europa u otra, sino el de la Europa de los Estados o ninguna. Y aceptaron la Europa de los Estados.”2 La doctrina posibilista del lehendakari José Antonio Aguirre ha llegado intacta hasta nuestros días. Y está en el origen del resignado asentimiento que ha dado el PNV al Tratado. Europa ha sido para el nacionalismo vasco (y también para el catalán) la condición de una debilidad. Lo expresa muy bien esta definición de la doctrina Aguirre: La Doctrina Aguirre arranca del europeísmo tradicional de EAJ-PNV, que el Lehendakari adapta a los tiempos para apostar por la construcción de una Europa política, desde el convencimiento de que las facultades que los Estados habrían de ceder en materias de legislación, moneda, aduanas, tribunales, migración, asistencia social, comercio exterior, política internacional, ejército y defensa, son precisamente aquellas que el régimen autónomo reservaba a la soberanía del Estado.3 Este ha sido, tradicionalmente, el núcleo del europeísmo

Ilustraciones: LETRAS

LIBRES / Alejandro

Magallanes

2 Op. Cit.

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A r c a d i E s p a d a : Y N o s o t r o s s . a . , q u e l a q u i s i m o s ta n t o nacionalista. Europa, como debilitamiento. La cruda realidad se expone ahora. Así comienza el Plan Ibarretxe: “El Pueblo Vasco es un Pueblo con identidad propia en el conjunto de los pueblos de Europa [...], que se asienta geográficamente en siete Territorios actualmente articulados en tres ámbitos jurídico-políticos diferentes ubicados en dos Estados. El Pueblo vasco tiene derecho a decidir su propio futuro.” Es obligatorio y elemental comparar ese preámbulo con el punto 1.1 del Tratado que he reproducido más arriba. Las conclusiones son inequívocas. El sujeto político que invoca el Plan Ibarretxe es radicalmente antagónico al que invoca el Tratado europeo y nulas las posibilidades de conciliación ideológica entre el Euskadi nacionalista y Europa. Si a pesar de sí mismo el PNV ha defendido el asentimiento al Tratado no habrá sido por la similitud ideológica que ve entre sus posiciones y el discurso de Europa. Ni siquiera, a menos de que no haya querido cerrar voluntariamente los ojos, porque la letra o el espíritu de ese Tratado permitan seguir concibiendo la viabilidad de la doctrina Aguirre. A diferencia de los otros capítulos previos en la larga construcción europea, si algo hace este Tratado es, precisamente, fijar claramente los límites del debilitamiento de los Estados. Baste recordar que el Tratado es muy respetuoso con la autodeterminación de salida (fácilmente puede abandonarse Europa), pero en absoluto con la de entrada. Una cuestión, por cierto, que plantea el debate sobre la autodeterminación en los únicos términos serios y reales en que puede hacerse: lo trascendental de autodeterminarse no es de dónde sales sino adónde entras. Es el PNV, desde luego, el que sabrá por qué ha apoyado un Tratado que impugna radicalmente su táctica y su estrategia y que hunde sus raíces ideológicas y morales en valores que el partido desprecia. Sin adentrarnos nada más que levemente en el proceso de intenciones, es fácil deducir que son las domésticas contiendas con el pueblo que al partido le esperan y la correlativa necesidad de no asustar a un electorado (aunque, por lo demás, ya bastante marmóreo del susto desde hace tiempo) las que deben de haber estado entre las razones de una decisión política completamente ilógica. En cuanto al nacionalismo catalán qué decir del anhelo, la manera suplicante que ha caracterizado siempre sus relaciones con Europa. Una manera que incluye actitudes de deslealtad hacia España muy difíciles de calibrar. Como cuando el secretario del presidente de la Generalitat, Lluís Companys, viajó a Londres, en 1938, en plena agonía republicana, a ofrecer que Cataluña se pusiera bajo protectorado inglés. La paz separada. La misma iniciativa, por cierto, que había tomado poco antes el nacionalista vasco Luis de Arana. De hecho la oferta del secretario de Companys, Batista i Roca, era perfectamente coherente con la vinculación entre hecatombe española y/o europea y libertad catalana que los nacionalistas han establecido siempre. Y que llega a nuestros días. Es una evidencia, y

el paso del tiempo y la emergencia de documentos hoy reservados no harán más que confirmarla, que el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, acarició por última vez la idea de una independencia catalana, más o menos convencional, fiado al gran terremoto de fronteras que el desgarro del telón de acero y la caída del imperio soviético podía provocar. Y que provocó, aunque Cataluña no estuviera, para la desgracia nacionalista, en la zona erógena de la historia. Respecto a la política exterior del nacionalismo catalán, pocos textos habrá más significativos y excitantes que la polémica que Gaziel, el gran escritor catalán, director del periódico La Vanguardia, mantuvo en 1923 con algunos articulistas de La Publicitat, el periódico nacionalista más leído de la época. Es una polémica muy interesante, por su capacidad reductiva y por su anclaje perfectamente moderno. Tuvo, además, un nacimiento irónico y pintoresco. La crónica que Josep Pla enviara a La Publicitat en marzo de 1923, donde narraba las dificultades que atravesaron un grupo de comerciantes catalanes empeñados en dejar un ramo de flores en la tumba del soldado desconocido. El problema no eran las flores, naturalmente, sino la bandera que agitaba uno de los comerciantes. Con mucha gracia explica Pla que, apercibidos dos municipales de la ceremonia de los catalanes, se pusieron a consultar con parsimonia y precisión el libro donde figuraban el nombre de las calles y plazas, la dirección de las embajadas, bancos, iglesias... y las banderas de los Estados. Parece que los gendarmes unos a otros se miraron. –C’est drôle... –Je connais pas, moi, le rayon des drapeaux. Sin embargo, los comerciantes catalanes no se arredraron. Especialmente desde el punto de vista sentimental. Y les dijeron a los guardias, explica Josep Pla, que si los alemanes no se la pudieron hacer plegar en Verdún cómo iban a plegarla ahora. Pero lo hicieron, claro. Plegaron la bandera y se marcharon. Gaziel cogió este ínfimo incidente y clavó tres artículos magistrales sobre la política exterior del nacionalismo4. Artículos que partieron de esta consideración: “El definidor más característico del grupo de Acció Catalana, autor casi exclusivo de sus fondos periodísticos doctrinales y comentarista diario de la política internacional, nos lo ha dicho varias veces. La norma exterior del catalanismo, según él, debe consistir en buscar y obtener protecciones valiosas, pero en especial la de Francia.” El comentarista era Rovira i Virgili, uno de los más conocidos teóricos del nacionalismo y probable autor de algunos de los textos anónimos que formaron parte de la polémica. Gaziel calificaba así la política exterior diseñada por Rovira: “El pulso internacional de ese nacionalismo varía diametralmente según se trate de España o de Francia. Para la primera, late con infinito desprecio; para la segunda, con inefable amor de colegial atortolado y enamoradizo”. Su último artículo describía ceñi-

3 Op. Cit.

4 La Vanguardia, 11, 18 i 25 d’abril del 1923.

5 0 : L e t ras L i b r e s

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damente cuál había sido la actitud tradicional de Francia respecto a tal amor: “Pronto hará treinta años que el catalanismo actúa políticamente, sin que jamás Francia haya vuelto hacia él los ojos, como no sea para sacudir accidentalmente alguna de las manifestaciones extrafronterizas, del mismo modo que se sacude un moscardón inoportuno. Ante lo mismo que en España llamamos el problema catalán, Francia experimenta, de buena fe, la más absoluta indiferencia”. El fondo de la argumentación de Gaziel era ya transparente en 1923. Cuando aún no habían pasado por Europa la Segunda Guerra ni el orden de Yalta, aunque sí la devastación del mundo anterior a 1914 que Gaziel vivió como una devastación propia que marcaría a fuego su vida. Respecto a Cataluña, Francia (es decir, Europa) no hará nunca nada cuando lo que esté en juego sean los intereses del Estado. En 1923 era transparente, pero cada año que ha pasado desde entonces sólo ha servido para ilustrar esa profunda ilusión del catalanismo político. En cualquier caso, la diferencia con el pasado es obvia y trabaja en contra de los intereses nacionalistas. Europa ya está políticamente construida y esa construcción ha sido obra de los Estados. Y aún más: obra principal de la alianza entre Francia y Alemania, sobre cuya tradicional incertidumbre basculaban las probaturas nacionalistas, tanto vascas como catalanas. De esa construcción lo más importante no es que se cierre el camino a la hecatombe. La hecatombe tiene demasiadas veces un perfil completamente imprevisible. Lo realmente trascendental es que la promulgación del Tratado de la Unión Europea cierra cualquier camino a ese independentismo tranquilo que la parte quizá más lúcida del nacionalismo venía más o menos cautamente pregonando. No hay ya semejante posibilidad. El reconocimiento del principio de subsidiariedad marcha parejo con la inviolabilidad de las soberanías estatales. El nacionalismo antiespañol es ya por definición irrevocable un nacionalismo antieuropeo. La realidad es cruda. Europa es lo que ha ayudado a construir el Estado español. Y no los pueblos español, catalán o vasco. Es probable que durante algún tiempo los nacionalistas puedan seguir entreteniendo a sus seducidas clientelas con la ficción de que los caminos están abiertos y que Europa aún está por hacer. Son especialistas en ficciones y sobre todo en creérselas y hacer que las crean sus seguidores. Pero tarde o temprano el principio de la realidad impondrá su sentencia y será (ya es) Europa la que impedirá que cuajen las pretensiones nacionalistas. Y no lo hará solamente invocando principios, sino lo que es más temible, reglamentos5. El reglamento que el visionario Gaziel ya observaba en el su-

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ministro de los hechos aportado por Josep Pla. El reglamento contenido en la libretita del gendarme francés. Con sus dos terceras partes de rechazo, Cataluña y el País Vasco, a falta lógicamente de los resultados de las diversas consultas que han de hacerse en los próximos meses, se situarán probablemente entre las regiones menos europeístas. ¡Quién podía preverlo! Y quién iba a prever, salvo el lúcido Gaziel, quizá, que sólo acertaba predicciones a más de medio siglo (un clásico), que el principal responsable del antieuropeísmo iba a ser, precisamente, la política nacionalista, y que su Castella endins, su Castilla adentro iba a refrendar el ideal europeísta. Y aún más que su iberismo, la utopía de confluencia hispano-portuguesa que compartía con Unamuno y Joan Maragall iba a desarrollarse, casi en los mismos términos en que él lo soñara, gracias al Estado y en contra de la reticencia de buena parte de los catalanes, de esos catalanes que después de veinticinco años de democracia habían alcanzado un nivel de autonomía política y cultural inédito, incluso en los textos. Murió a tiempo. La hora de Europa ha sonado definitivamente para los nacionalistas catalanes y vascos. Cierto que en unos términos que no imaginaron. Ahora tienen un reto extraordinariamente preciso. Pueden seguir cultivando el sentimiento antieuropeo de buena parte de la población y enroscarse, incluso, en una suerte de victimismo frente a Europa (¡La culpa es de Bruselas!) de perfiles tan divertidos como grotescos. O bien pueden hacer algo mucho más inteligente y práctico. Lo que, en realidad, deberían haber hecho en la pasada campaña electoral. Sostener que esta Europa es también suya. Que su influencia ha sido decisiva en el interior de los Estados y por lo tanto en la construcción europea que han decidido los Estados. Algo así como esos lúcidos marxistas que se aprestaron a defender que su mayor éxito se había producido en el interior de las sociedades capitalistas. Porque su influencia ha sido cierta. Tanto como es cierto y ciego el final, inevitablemente acompañado con música de cisnes, de su ciclo histórico. ~ 5 Y reglamentos que vigilan la intimidad más profunda de las políticas locales. Sólo cabe reseñar con qué interés ha examinado la oficina anticorrupción de la Unión Europea la crisis política catalana del 3%, desencadenada a partir de la acusación genérica y sin pruebas del presidente del gobierno regional, Pasqual Maragall, al partido que durante 23 años formó gobierno en Cataluña. La cifra del 3% alude, presuntamente, al porcentaje que ese partido ingresaba en concepto de comisión por la adjudicación de obra pública. Según la edición del periódico El Mundo del 14 de marzo, la Unión Europea no sólo se ha interesado por la veracidad de esa acusación, sino también por la posibilidad de que, tras el exabrupto de Maragall, el Partido Socialista y Convergència i Unió decidieran echar tierra conjunta al asunto en evitación de males mayores.

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atrapados en la red

Arcadi Espada

Periodismo e(n) internet El análisis de un caso puntual (la no publicación de un texto de Fernando Savater en El País, simultánea a su aparición en una página web), lleva a Arcadi Espada a reflexionar sobre el derrumbe del monopolio de la información ante las puertas abiertas del periodismo digital.

E 1. Casa tomada

sta primavera se produjo un incidente de interés en las páginas del diario El País. Uno de sus articulistas más relevantes, el filósofo Fernando Savater, envió un artículo que no fue publicado. Savater lleva treinta años enviando artículos a la misma dirección y jamás le habían rechazado ninguno. El artículo se llamaba “Casa tomada”, como el célebre cuento de Julio Cortázar, y aparte de constatar el fracaso de la estrategia negociadora del presidente del Gobierno español respecto a eta contradecía un editorial y un artículo anteriores del propio periódico. Como viene siendo costumbre Savater envió una copia del artículo al diario digital Basta Ya, una empresa política fundada, entre otros, por el propio Savater, y con cualquier ánimo menos el de lucro, que se nutre de la filantropía intelectual de sus socios y amigos y que de inmediato lo colgó en su primera página. Así pasaron unos diez extraños días: el artículo de Savater seguía colgado y a disposición de cualquiera en la web de Basta Ya, pero su destinatario inicial, el periódico El País, no lo publicaba. Me interesé por el asunto y escribí una nota en mi blog contándolo.

Al cabo de tres días el artículo salió finalmente publicado, aunque en las páginas del diario local El Correo Vasco, otro de los lugares donde Savater colabora. La evidencia de que El País había censurado al primer intelectual español me llevó a escribir otra vez sobre ello. Naturalmente cualquier diario tiene el derecho de decidir qué originales publica. Incluso si se trata de originales solicitados, como era en este caso, en virtud del largo contrato intelectual que une a Savater con el que ha sido siempre su periódico. La cuestión importante para mí, sin embargo, era la de constatar un desencuentro algo más que simbólico: por vez primera un artículo de Savater no encontraba sitio en el periódico. A partir de estas primeras informaciones la discusión se fue extendiendo por internet en los términos fácilmente deducibles; se multiplicó con la confirmación de la censura y llegó hasta el propio diario El País. El canal fueron los comentarios del blog recientemente abierto por el periodista Lluís Bassets, director adjunto del diario. El día en que el diario vasco publicaba el artículo de Savater varios internautas empezaron a interpelar a Bassets por el caso. La interpelación tenía sentido: aunque dedica su blog a la política internacional, Bassets es el responsable en primera instancia de las páginas de opinión del diario. Su reacción inmediata ante la proliferación de comentarios fue dar instrucciones para que se eliminaran todos los que se refiriesen al Caso de la Casa

1 El cuento aquí: http://www.lainsignia.org/2001/enero/cul_031.htm. El artículo aquí: http://www.arcadi.espasa.com/mt-static/2007/05/httpwwwelcorreodigitalcomvizca.html 2 http://www.arcadi.espasa.com/mt-static/2007/05/hoy_cumple_diez_dias_en.html

3 http://www.arcadi.espasa.com/mt-static/2007/05/httpwwwelcorreodigitalcomvizca.html 4 http://blogs.elpais.com/lluis_bassets/

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2. El desdeñoso perfil

El Caso de la Casa Tomada es muy instructivo sobre algunas de las cuestiones que afectan la relación entre el periodismo e internet. Cabe decir, para empezar, que El País no ha publicado hasta ahora (un mes después de que el filósofo Savater enviara su artículo) un solo detalle de esta historia, ni en sus secciones convencionales ni tampoco en la columna de El Defensor del Lector. Tampoco el propio Savater hizo mención en el siguiente artículo que publicó en el periódico. Es decir, el diario ha aplicado los habituales criterios del “caso interno”. El problema es que, gracias a internet, el caso ha sido público desde el primer momento, es decir desde la aparición del artículo en la web de Basta Ya. Es fácil imaginarse lo que habría sucedido hace diez años: la censura a Savater habría quedado en uno de esos sucedidos confidenciales que se unta de mano en mano la pomada habitual de periodistas y políticos. El escaso número de miembros de esa corte, pero sobre todo su carácter endogámico, ya habituado a los sobresaltos del doble circuito informativo, justificarían, probablemente, que el periódico se 5 http://www.arcadi.espasa.com/mt-static/2007/05/httpwwwelcorreodigitalcomvizca.html 6 http://blogs.elpais.com/lluis_bassets/2007/05/gol_por_la_escu.html#comments 7 http://blogs.elpais.com/lluis_bassets/2007/05/la_galera_de_la.html#

hiciera el sueco, aunque sólo fuera por meras razones de cálculo. Ahora bien: ¿pueden los periódicos seguir ahora con su pose de desdeñoso perfil, aplicando la máxima de que lo que no sale en El País (o en cualquier otro diario de los llamados “de soberbia”) no existe? No lo parece, con franqueza. Obviamente no tengo datos empíricos que lo justifiquen, pero parece razonable suponer que una sólida cantidad de fieles lectores de El País conoce El Caso de la Casa Tomada, aunque no sea por lo menudo. Es muy probable, asimismo, que esa inquietud se haya manifestado en varias cartas al director o al Defensor del Lector de las que no ha tenido conocimiento el resto de lectores. Tampoco es inverosímil especular sobre la inquietud que debe de producirles el hecho de que su periódico haya reaccionado con un silencio conventual, más hijo de la pacatería que de la sobria meditación. La reacción no parece respetuosa con unos lectores que de alguna manera pueden entonar el lamento del burlado y decirse que han sido los últimos en enterarse. Pero este artículo no quiere insistir en las cuestiones morales, no sólo porque sean obvias. Mi interés, como he avanzado, es examinar esta historia a la luz de los cambios que el uso de la red ha traído al periodismo. Y de la dificultad de entenderlos. Internet, por poner en solfa el primer cambio, ha acabado con la militarización del lector. Es decir con ese hombre (más que mujer) que se formaba cada mañana ante el kiosco, elegía su periódico y lo recorría disciplinadamente como quien desfila. Algo que en menor grado se ha dado también entre las cadenas de radio, pero ya no entre la televisión. Un lector militarizado habría dado por bueno no sólo el silencio del periódico sino la propia censura del artículo de Savater. Ese lector aún existe, pero cada vez menos. La facilidad que da hoy la red para contrastar las informaciones, y el tono y mesura de las informaciones, vence las estructuras de carácter más rígidas. El periódico como weltanschaung (cosmovisión) ha desaparecido. El lector no puede entender que en nombre de ella (eligiendo, claro está, la hipótesis de censura más noble) desaparezca de sus páginas el artículo de un colaborador habitual y querido. Enseguida volveré (y triunfalmente) a esa melancolía. La historia tiene otro aspecto clave. Hoy los periódicos se llenan la boca con la interactividad. Ofrecen todo tipo de Ilustración: LETRAS LIBRES / Max Luchini

Tomada. El sistema de moderación del blog, sin embargo, permitía que la mayoría de comentarios de ese estilo apareciesen fugazmente y que sólo al cabo de pocos minutos se eliminaran. La nueva censura enfadó a los internautas. Algunos empezaron a dejarme copias de sus mensajes en el correo de mi blog, y yo publiqué algunos de ellos. La inmensa mayoría de los que llegaban eran perfectamente correctos y se limitaban a pedir explicaciones al responsable del periódico. Después de algunas horas de toma y daca, de envío y borrado, y cuando ya bastantes blogs empezaban a dar refugio a los comentarios censurados, Bassets cambió de opinión y ordenó que la discriminación acabara. Algunos internautas aprovecharon la circunstancia para volver a enviar los mensajes anteriormente censurados. El dueño del blog (con ese título anuncia en la home, hasta el día de hoy, que los comentarios serán moderados) escribió al día siguiente una breve nota embozada sobre el asunto.

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atrapados en la red

Arcadi Espada servicios para estrechar la relación con su público. Juguetean con el ciudadano periodista, se ofrecen para alojarle sus blogs, permiten los comentarios de sus noticias e incluso organizan sus portadas y la jerarquización de las informaciones en razón de la opinión de los lectores. Nunca, aparentemente, un periódico fue más de ellos. Por desgracia, el Caso de la Casa Tomada revela hasta qué punto hay que tomarse con una relativa ironía y circunspección este periódico de puertas (y despachos) abiertos que se nos propone. Sin embargo, no quiero acabar este repaso sin una celebración. Aunque sea (inevitablemente) la celebración de un anacronismo. El Caso de la Casa revela, paradójicamente, un conmovedor respeto a las opiniones. Porque sólo alguien convencido de que un artículo cambia el mundo, sólo alguien formado (aunque perversamente, qué más da) en la retórica y en ideal del “Yo acuso” o del “No es esto, no es esto” puede tomarse la molestia de censurar un artículo y pensar que los beneficios de hacerlo son mayores que los de publicarlo. Es una muestra de dudoso discernimiento sobre el valor de las opiniones en el mundo moderno que desde luego, y como los que van a morir, yo saludo y honro. Es difícil, y sobre todo prematuro, listar las transformaciones que internet ha aportado al periodismo. Se piensa nor-

malmente en las transformaciones que experimenta el lector, es decir, si seguirá leyendo en papel, si será capaz de leer en el futuro textos que sobrepasen los diez mil caracteres (que, naturalmente, son los que tendrá este artículo) o si en internet se leen las imágenes y los sonidos, del mismo modo que en la televisión se ven o en la radio se oyen. Menos se piensa en las que está experimentando el propio oficio de periodista y menos aún en las que dentro de ese capítulo son poco espectaculares. Por ejemplo, la importancia que internet ha tenido en la mejora de la precisión del periodismo y en su inteligibilidad. Pero hay algo, estructural, que El Caso de la Casa Tomada ilumina, aunque sea con su sombra. Gracias a internet el periodismo ha perdido el monopolio práctico del debate y el conflicto que durante doscientos años ha ejercido en las sociedades modernas. Ni los libros ni las universidades ni la plaza pública pudieron disputarle al periódico ese monopolio. Pero la situación ha cambiado: foros, webs, blogs son hoy espacios del conflicto social ni organizados ni controlados por el periodismo. Es posible que durante cierto tiempo todavía algunos medios puedan seguir haciendo como que no ven. Pero corren el riesgo de que la costumbre les deje ciegos. ~ 8 Para una historia inteligente de ese monopolio, Géraldine Muhlmann, Du journalisme en démocratie, Payot, 2004.

)

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El Minutario

guillermo sheridan


la cultura de la fama

Arcadi Espada

Google no sabe quién es el criminal El “caso Madeleine” es un maná informativo del que nos alimentamos. Todos contribuimos al milagro de la multiplicación de las teorías y jugamos el juego de la fama. Así es, afirma Espada, la fe en la democracia, que nos permite convertirnos en jueces aunque ni Google sepa qué pasó en realidad.

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a hipótesis de que los McCann mataran accidentalmente a su hija e hicieran desaparecer su cadáver es irresistible en los justos términos de la fama. Llevaban dos meses protagonizando la más intensa y global campaña de búsqueda de un desaparecido que jamás había tenido lugar. Beckham, Benedicto xvi y Laura Bush, es decir y por este orden, los tres centros de poder más decisivos del universo, se habían interesado por la desgraciada suerte de la pequeña Madeleine. Que de pronto la policía portuguesa los declarase sospechosos de la desaparición de su hija iba a provocar una hecatombe mediática. La que ha provocado. Sin embargo, a 164 días de la desaparición, esa hipótesis sólo se sostiene por la fe que un ciudadano tenga en el funcionamiento de la democracia. Créanme. No tengo tiempo ni espacio, pero habrán de hacerme confianza, 18 Letras Libres noviembre 2007

como escribimos los catalanes de Castilla: conozco hasta el último rincón de lo que el tabloide más inhumano ha publicado sobre el asunto. No dispongo de ninguna información privilegiada; como Google y otros hombrecitos mi inteligencia es mi tamaño. Es muy grande y abarca el más mínimo pliegue. Pues bien: no hay posibilidad de escribir un discurso racional con lo que el público conoce. Junten los periódicos, las televisiones, las radios, los blogs, los foros: imaginen un cíclope (insisto, Google o yo mismo) capaz de leerlo todo y capaz de ordenarlo. Nada. Nada que la razón atienda. La pregunta también debe de quemarles: ¿para qué ha sido escrito todo eso? Hay otra pregunta: ¿es el caso Maddie una metáfora brutal del discurso periodístico contemporáneo y lo que se escribe sobre los McCann es, secamente, lo que se escribe? Nada más que la palabra de un policía. Si él se atrevió a levantarse contra la Humanidad “pues exactamente esto es lo que hizo enfocando la sospecha hacia los padres” es que algo secreto, terrible y decisivo sabe. Está nuestra fe en la democracia y nuestra fe en el poder. Y hay algo hermosamente paradójico, y mucho más temible que las


ilustración: LeTrAS LibreS / Alejandro magallanes

credulidades invocadas: nuestra fe en el débil. Apenas es preciso referirse al menosprecio con que el establishment británico ha juzgado las investigaciones de la policía portuguesa, aunque, por cierto, siempre fueran compartidas con la policía británica. Pero a ese racismo poco disimulado le hemos dado una respuesta literaria: Sostiene Pereira. El funcionario modesto y obstinado que derriba a un gigante escarbando con la uña. La palabra de un policía, nimbada por un cierto efecto estético. Mal asunto cualquier asunto donde la literatura extienda sus garritas. Las deficiencias y fragmentaciones del relato mediático, sus pavorosos agujeros, han excitado al público. El nuevo mundo internáutico les ha permitido ser activamente colaborativos (sí, linotipista, sea así, escrito en el castellano de Mountain View). El peso de millones de fantasías, infamias, visiones, criminologías y oraciones se ofrece cada día desde cualquier rincón del planeta para remendar los agujeros de la razón. ¡Ésta es también la Web 2.0! El carácter general de esas intervenciones se decanta abrumadoramente por

reforzar la culpabilidad de los padres. Es decir, se proponen múltiples escenarios que confluyen en esa única posibilidad. Incluso desde la Universidad. Un grupo de profesores criminalistas realizan un vídeo 3D que pretende subrayar la dificultad que habría tenido un secuestrador en llevarse a Maddie ante las múltiples idas y venidas del grupo Tapas entre el restaurante y los apartamentos. Hay una cierta lógica en lo que muestran. Pero es significativo que a nadie se le haya ocurrido explicar en tres dimensiones cómo uno mata a su hija, cena, bebe y hace sobremesa con los amigos, y se deshace luego de su cuerpo en tres horas mal contadas y en un país extraño. La decantación criminal hacia los McCann se explica por lo atractivo de la hipótesis, desde luego. Pero también... por la fama. Desde ese punto de vista la superioridad de los padres sobre un ignoto secuestrador es manifiesta. La fama consiste en que cualquiera se acuesta con ella. La fama es la terminante seguridad con la que el mundo te llama criminal. ~ noviembre 2007 Letras Libres 19


letras CoCINA

letrones

toMatE, ParMEsano, PiÑonEs, CHoCoLatE, rEMoLaCHa, FrEsa, nata, Mandarina, aj0

P

ocas historias últimas más ejemplares que la del cocinero Santamaría. De pronto este hombre (un segundón en la gran cocina europea) convoca a la prensa para decir que ha escrito un libro y que en él se dicen cosas terribles. La prensa convocada pregunta cuáles y el fiero cocinero responde que Ferran Adrià, el primer cocinero de nuestro tiempo y por desgracia paisano, utiliza aditivos industriales y ha introducido la química en su cocina. Párense ahí, porque desde ahí se ve todo perfectamente. Lo primero visible es el propio libro. Hoy puede escribirse un libro con ese grosor. No sólo escribirse sino publicarse. Y no sólo sino también: venderse al filo ya de los 30.000 ejemplares. Lo segundo que se ve son los periodistas. Llegan a la redacción diciendo ¡oh! y ¡ah!, y los redactores jefes, que sólo viven de las onomatopeyas, se frotan las manos. Cuatro columnas. ¿Espumas, aires, esferificaciones...? ¡Periodismo! Ahora que han pasado unas semanas uno puede volver a la playa del desembarco. ¿Qué queda allí? O lo que es lo mismo, ¿qué fue lo que realmente dijo el cocinero Santamaría? Nada,

absolutamente. Pedo, caca, culo y pis. Es cierto que Adrià utiliza aditivos industriales y que ha introducido la química en la cocina. Lo mismo han hecho el cocinero Santamaría y miles de cocineros en todo el mundo. Hasta donde alcanza la vista nunca ha habido denuncias sanitarias contra ningún restaurante a causa de este asunto. Hace tiempo hablé con Adrià sobre la seguridad alimentaria en El Bulli. Estábamos con las vacas locas y aquellas pésimas noticias para el rissoto con tuétano. Reconoció que en 18 años había tenido dos intoxicaciones. Almejas. En el libro del cocinero Santamaría no hay nada y tampoco en sus declaraciones promocionales. Pero me temo que en este caso no podemos detenernos en el Periodismo. Obviamente, el Periodismo no ha cumplido con su trabajo, que consistiría en haber silenciado libro, propaganda y cocinero. Pero sería mucho pedir ese cumplimiento. Al menos el Periodismo no ha inventado ni ha mentido: la nada con sifón está perfectamente expuesta en las múltiples declaraciones del cocinero Santamaría. Lo que es realmente impresionante de esta historia es el voraz consumo público y la apoteósica victoria del cocinero agresor a la hora de hacerse con el favor de la gente. No se trata de impresiones poéticas. Durante muchos días las idas y venidas de la polémica estuvieron entre las noticias más valoradas por los lectores de las ediciones digitales. A quienes, por otra parte, sus periódicos preguntaron por su favorito: ¡la paliza

de Santamaría a Adrià superaba siempre la proporción 70/30! La actitud de la gente, como pasa con otros muchos asuntos, contrastaba con la de los periodistas, que después de transcribir con pulcritud las declaraciones del cocinero Santamaría no dudaban en tratarlo privadamente de imbécil. Y es en esa actitud del pueblo donde esta historia adquiere su más candente ejemplaridad. Naturalmente, el pueblo odia la vanguardia. En la pintura, en la arquitectura, en la música y en la literatura. ¡Pero alguna vez en la vida se han encarado con ella en cualquiera de sus formas! Por el contrario el pueblo no conoce la cocina de Adrià. El 99,99 por ciento de las personas que han consumido las imprecaciones del cocinero Santamaría no ha probado jamás un plato hecho por Adrià ni puede imaginar lo que sucede en su restaurante entre el comienzo de la primavera y el final del verano. Este hecho en sí mismo no supone ninguna anormalidad. La mayoría de las personas hablamos sobre cosas de las que no tenemos la menor idea. En el caso de Adrià es realmente difícil tenerla, porque su restaurante sólo sirve ocho mil cubiertos al año, una cifra irrisoria comparada con la demanda. La reacción de las personas en su contra se explica por la alergia del pueblo a la vanguardia y por una suerte de esnobismo inverso, tan extendido como el verso. Sin embargo, yo, que voy una vez al año, desde hace quince, donde Adrià (una visita que me llena siempre de una felicidad rara y larga de explicar), estoy

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en condiciones de dar una gran noticia al pueblo: la cocina de Adrià le gustaría. Tengo aquí el menú que me sirvió la noche del 29 de mayo. Vean. Tomate. Parmesano. Piñones. Chocolate. Remolacha. Fresa. Nata. Mandarina. Ajo. Espárragos. Guisantes. Bacalao. Cochinillo. Prometo solemnemente ante las agridulces sirenas de Cala Montjoi que ninguno de esos sustantivos sabía a otra cosa que a sí mismo. Es más: alguno de ellos sabía a su sustantivo como en ninguna otra versión de este mundo. Es decir, cuando Adrià presenta una nata en dos texturas, una líquida y otra con piel de chuche, la nata permanece. Y la nata gusta a niños y viejos. Lo mismo para los guisantes. Para los piñones o para el chocolate. Hemos ido demasiado aprisa y con el piloto automático a la hora de hablar de vanguardia en el caso de Adrià. La cocina tiene serias formalidades de naturaleza y de cultura. Adrià no puede servir perro ni insectos en su restaurante. Y tiene que atenerse a unas pautas físicas indiscutibles vinculadas con la temperatura, la cantidad, o la comestibilidad. Puede escribirse

música atonal (y gozarla): pero es muy difícil imaginar una cocina sin melodía. Se puede escribir automáticamente (y soportarlo); pero jamás cocinar. Se puede pintar una abstracción; pero no cocinarla, aunque bien es verdad, en este punto, que yo he llegado a ver conceptos en el fondo de los platos de Adrià, y aún no había bebido mucho. La cocina tiene un inexorable punto conservador y realista y, por eso, probablemente yo soy un glotón aminorado por la edad, la economía, la salud y el sentido del ridículo. No hay nadie normal que no pueda gozar hasta la chifladura de su corte de parmesano, de su crep con trufa, de su polenta helada, de las galletas de tomate de la otra noche, de sus olivas de aceite, de su médula de atún, de sus mochis (unas tetas de arroz que algunas noches no cambiaría por las de leche), de sus percebes de algas, de sus croquetas, de tantas y tantas delicias difíciles de concebir y de hacer y sencillísimas de comer. Siempre hay un momento en esas noches de Montjoi en que uno le diría al camarero: de esto, póngame treinta. Por si fuera poco, ahora se ha hecho hacer una cerveza aromática que gustará hasta a las mujeres. No. Adrià nunca ha servido el menú de Marinetti, que incluía papel de lija. Ha sido capaz de ver asociaciones inéditas entre alimentos (como el que dice “ajo de agónica plata”); ha ideado técnicas impresionantes (como ante la catedral de Reims) y ha depurado los sabores hasta el paroxismo (less is more). Y como cualquier otro grande, sólo ha copiado de la vida. Al pueblo le gustaría, insisto. Es más: rectifico todo el artículo: le gusta y no lo sabe. Porque Adrià, de acuerdo con su entrañable aspecto de alien, está ya presente (¡su gelatina!) en todas partes. En las cocinas domésticas. En los supermercados. En miles de restaurantes en el mundo. Su gran mérito es, al fin, el de cualquier artista verdadero: incluir en su trabajo todo lo que vamos viendo y sabiendo sobre el mundo. A diferencia de los presuntuosos carcamales que consideran que el mundo es una desagradable molestia para su arte. ~ – Arcadi espada

CARTA De WAsHINGToN

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las 11 de la mañana del 7 de junio de 2008 en el National Building Museum, un complejo cultural ubicado a pocas calles de la Casa Blanca, una mujer llamada Hillary Rodham Clinton dijo sin que la voz le temblara: “Les pido a todos que apoyen a Barack Obama como me han apoyado a mí. He estado con él cuatro años en el Senado, he compartido dieciséis meses de campaña con él y lo he enfrentado en veintidós debates. Cuando empecé la carrera por la presidencia tenía unos objetivos, objetivos que sin duda puede cumplir Barack Obama y esa es la razón por la que hoy le doy todo mi apoyo.” Fue el final de una desesperada batalla de 156 días en la que una mujer se atrevió, por primera vez, a competir de manera descarnada por la presidencia de Estados Unidos. En el mismo lugar donde en 1992 su marido había iniciado su paso por la Historia, Hillary Clinton se vio obligada a decir adiós al sueño de convertirse en el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América. El fenómeno Obama la arrasó sin que apenas se diera cuenta. El senador será ratificado candidato demócrata en agosto próximo y, si ningún hecho altera el pronóstico de los analistas, en enero de 2009 el hijo de un keniata y una antropóloga de Kansas, nacido en Hawái y criado en Indonesia, jurará como presidente, dando paso a una era absolutamente diferente en la historia de su país. La singularidad de Barack Obama no sólo está en sus raíces sino en la sonora voz que ha levantado contra las distinciones raciales y que atrajo los reflectores en la Convención Nacional Demócrata de 2004 con un discurso que clamaba por la esperanza. “Esperanza frente a la dificultad. Esperanza frente a la incertidumbre. ¡La audacia de la esperanza! En definitiva, ese es el mayor regalo que Dios puede darnos, el cimiento de esta nación. Creer en aquello que no se ve. julio 2008 Letras Libres 75

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la querella de la lengua

Arcadi Espada

En el principio fue la Mirada y luego el Verbo En contra de la idea romántica de la lengua y su singular visión del mundo, Arcadi Espada explica en este relato biográfico en qué consiste realmente vivir con dos idiomas: elegir con cuál de los dos se puede ganar más dinero, con cuál se liga más, en cuál educar a los hijos.

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o conozco a nadie que haya elegido su lengua. Alguno habrá, desde luego, porque el vicio es vasto; pero no tengo ninguna noticia, ni directa ni indirecta. Hasta tal punto es un asunto inaudito el de elegir lengua que el romanticismo más torvo, consciente de la falla liminar, suele señalar disimulando que es la lengua la que lo elige a uno. Estupidez que por mucho que se disfrace de inconsútil metáfora es aún más sonora que la de pensar que los padres eligen a sus hijos. No, la lengua no forma parte de nuestro hipotético libre albedrío, como tampoco la propia facultad de hablar. Aunque raros en términos estadísticos hay casos de personas que aprenden una lengua distinta de la doméstica y desarrollan en ella las funciones expresivas habituales, tanto del afecto como del comercio. Pero, obviamente, esos cambios lingüísticos son un efecto y no una causa. Se cambia de grupo social, de ciudad, de país, por motivaciones económicas o sentimentales, y estos cambios suelen traer a veces cambios de lengua. Pero ni siquiera en Cataluña, que es el lugar donde yo tengo más observado el particular, hay estupidez individual y colectiva suficientes como para decir de los implicados que cambiaron de lengua... a causa de la lengua. Yo tenía poco menos de veinte años cuando decidí aprender una lengua más. Aprender en un sentido ligeramente distinto al de aprender el francés, que era la única que había mal apren-

dido en los años escolares. Esta vez se trataba de aprender una lengua con la que vivir, dado que la lengua catalana era una de las dos que se hablaba donde yo vivía y vivo. Las razones fueron estrictamente comerciales. Noté en muchas chicas a las que trataba (y sobre todo en las que quería tratar más a fondo) que el catalán era la primera lengua que les salía de la boca; y por otro lado iba a dedicarme al periodismo, que es un oficio donde la lengua es todo. La aprendí sin mayor esfuerzo. Las expectativas comerciales del aprendizaje se vieron rápidamente colmadas. Hasta el punto de que durante una larga temporada sólo escribí en catalán, porque era la única lengua en la que me pagaban. Al principio usaba un catalán muy leído; pero como empecé a hablar la lengua con naturalidad el número de mis interlocutores aumentó y con él la cantidad y la calidad de mi léxico coloquial. Tuve suerte también de que por aquel tiempo Xavier Pericay y Ferran Toutain acabasen de publicar Verinosa llengua, un libro muy importante en mi vida, que neutralizó mi tendencia al amaneramiento y que con las reflexiones de Cyril Connolly es de lo mejor que habré leído contra el estilo mandarín. Mi vocabulario en catalán era más limitado que en castellano, pero eso le pasaba a la mayoría de personas, incluidas las que tenían el catalán como lengua doméstica. La mayor potencia de la otra lengua catalana (que es el castellano, lo que son las cosas) y la larga dictadura franquista habían limitado las posibilidades de lectura en catalán (y también de los medios audiovisuales) y esas circunstancias afectaron a lo que podríamos llamar la verosimilitud léxica. Durante muchos años no se pudo decir en catalán: “Arriba las manos” o “Mala puta”, no tanto, desde luego, porque las palabras no existieran sino porque prácticamente no existían los ladrones ni las putas catalanas.

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adjudicar a la imposición escolar de una u otra los fracasos educativos, como se hizo en el franquismo con la imposición del castellano y como se hace ahora con la imposición del catalán. Y si he defendido y seguiré haciéndolo el derecho de los padres catalanes a educar a sus hijos en castellano no es por razones técnicas, es decir, porque crea que la inmersión lingüística hará más tontos a sus hijos. No: sólo he defendido su derecho a tener caprichos. La política democrática no es sólo la gestión de la supervivencia. También gestiona los caprichos. Y no es posible que los caprichos caigan sistemáticamente a un solo lado de la raya. Alguien podría pensar que estas conclusiones sólo tienen como objetivo el descrédito del nacionalismo y su minusvaloración. Dado que el nacionalismo catalán, como cualquier otro que no esté basado en la raza, la etnia o la religión, se acoge a la diferencia lingüística, parecería que poniendo de manifiesto la inanidad técnica de esta diferencia se haría lo propio con el nacionalismo y su global pretensión diferenciadora. Parece lógico, pero es un error. Yo estoy por el descrédito permanente del nacionalismo porque me parece una ideología maligna. Pero que un factor diferencial sea irrisorio no me lleva, desde luego, a minusvalorar su importancia y, sobre todo, su capacidad de intimidación. Todo lo contrario. La base de las diferencias puede ser sutil y limitada; pero esa característica no prejuzga sus efectos. Es más: cuando las distinciones son vagas (y hasta camuflables) el margen de arbitrariedad del autócrata, su capacidad de manejo de la situación se ensancha. Así sucedió con aquella memorable corrección que Jordi Pujol, ex presidente de la Generalitat de Cataluña, introdujo con el tiempo en el lema de su casa. Si durante los años sesenta había establecido que “catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña”, una década después añadiría como definitivo estrambote: “… y que quiera serlo”. Lo realmente extraordinario de esa supuesta libre voluntad es que en el fondo venía decidida (y evaluada) por el otro. Durante la ocupación nazi de Francia se planteó, como pasó en otros territorios, la pregunta de quién era judío. Se hicieron genealogías, tablas, códigos, que en la mayoría de los casos sólo sirvieron para decidir quién entraba primero en la cámara de gas. Ser judío era algo mucho más incierto de lo que pudiera parecer. La cuestión la zanjó Sartre: “Es la mirada del otro la que convierte a alguien en un judío.” Así es. Esa mirada trabaja con materiales sumamente volátiles. Una vocal abierta o una ese sonora le bastan para cargarse de razón. Para dotar de una apariencia de rigurosa objetividad a esa mirada que se estableció en la tierra antes que el primer deslinde. ~ Ilustración: LetrAS LIbreS / Miguel Gallardo

Pero, en fin, cuando la palabra saltaba a la cabeza en castellano y el papel estaba contratado en catalán se traducía en la misma cabeza (para qué salir) y santas pascuas. A veces la traducción complicaba el texto, porque se producían disonancias, rimas, esos barrillos, y había que montar de nuevo la frase. Otras veces sucedía al revés: la palabra, hasta aquel momento desconocida, no sólo encajaba como un guante en la estructura sino que la hacía más brillante. En el paso de lenguas siempre encontré la palabra, y nunca me quedé mudo ni como si me hubieran extirpado la vesícula, que es el aire que expelen los del traduttore/traditore. El contacto de lenguas siempre permite mejoras rápidas y eficaces. Gracias al catalán metí en mi castellano la forma apalizar y me evité la incómoda perifrástica o esos sinónimos (más o menos) que acaban de salir del armario y aún llevan las plumas, caso de vapulear, apalear (sin palo) y compañía. Gracias al castellano (y en este caso timbrado con el sello del poeta Espriu, que me hizo el salvaconducto en persona) metí en mi catalán el directísimo algo para evitarme las vueltas y revueltas de alguna cosa y, sobre todo, para evitarme el untuoso quelcom. Ni que decir tiene que esa actividad, que ni siquiera he abandonado en mis clases universitarias, ha sido observada siempre con extrema renuencia por los aduaneros de ambas fronteras. Pero para cualquiera de ellos valga la sentencia del gramático Ruiz Campillo: “En lo que censuran de nuestra lengua está la clave de lo que es nuestra lengua.” El paso del tiempo fue variando la superficie de este planteamiento. Primero por azares de mercado me fue siendo cada vez más fácil escribir en castellano y cada vez más difícil hacerlo en catalán. Y aún pasó algo más: paulatinamente el catalán se fue convirtiendo, en los periódicos, en las radios y en las televisiones, en una lengua limitada a una serie de casos. El caso de hablar mal de Cataluña (a lo que habré dedicado parte grande de mi vida) no estaba contemplado y para hacerlo no tuve más remedio que decantar mis usos lingüísticos hacia el castellano, y aun hacia el francés y el alemán, que son los otros dos idiomas en que he logrado, aunque episódicamente, morder la mano que me da de comer. Sin embargo semejante decantación no ha enmascarado, ni siquiera levemente, una convicción fundamental: la de que yo uso una sola lengua. Las pequeñas, y casi divertidas, variaciones de color, de música, de acentos, de grafías entre castellano y catalán no lograrán hacerme creer nunca, ni a mí ni a nadie con dos dedos de frente, que se trata de dos lenguas. No, no hay lugar para el plural. De ahí que siempre haya observado con gran desconfianza los intentos por presentarlas como agua y aceite. O por

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