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SIN SALIDA HAY VERDADES QUE DUELEN

MARÍA BLANCANIEVES COVALLES VERDADCALLADA


SIN SALIDA Hay verdades que duelen. एल PARAÍSO I

Nunca creí vivir en carne propia el paralelismo de dos sentimientos tan opuestos a lo largo de mi vida. De pequeña, siempre creí que en el interior de cada ser humano habitaba un fantasma, porque éste se asomaba repentinamente del silencio espeso de unos ojos, los que fueran, los que posaban su mirada en la mía. A esas extrañas y calladas miradas les llamaba; el fantasma de la pena. A la corta edad de 7 años, ya contaba con la capacidad suficiente para poder diferenciar la tristeza de la alegría. Podía dimensionar el desprecio -al que tanto miedo siempre le he tenido- y el respeto por la vida. No caeré en la trillada frase de: mi infancia fue toda hermosa para describirla; porque mentiría. Como cualquier niña, tuve momentos de intensa alegría que repentinamente se veían opacadas por algún acontecimiento triste. Como aquél día que marcó mi vida cuando entré a la habitación de mi madre y la vi llorando desesperada buscando entre los cajones de mi padre unos documentos, a la vez que me decía: — Tu padre ha tenido un infarto de corazón—. ¿Un qué? Me cuestioné en silencio para no alterar más a mi madre con mis preguntas inocentes.

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— ¿Dónde está papá? — En el hospital, dónde más. Voy para allá. Hazte cargo del teléfono, si llama alguien comenta que tu padre se encuentra en el Hospital Español. Mi madre me dio un beso apresurado en la frente y salió corriendo de la habitación. Me quedé en medio de la nada, sin saber qué era lo que exactamente estaba sucediendo. Sólo recuerdo que aquella tarde, la mirada de mi madre era terriblemente profunda… y callada. De pronto sentí un enorme hueco que se abría bajo mis pies y me tragaba sin piedad; una soledad que hasta la fecha ni siquiera puedo describir. Era el primer infarto de miocardio de los seis que tuvo mi padre a lo largo de su existencia. Con ello, los otros momentos tristes eran tan insustanciales. La muñeca que mi hermano rompió, o los chocolates que guardé bajo mi colchón y al cabo de unas horas cuando deseaba comerme uno ya estaban deshechos, o aquella mañana que me encerré en el baño porque estaba aburrida y creyendo que me haría un excelente corte de cabello quedé trasquilada; por lo que, asustada por el regaño que me llevaría me salí por la ventana y me escondí durante dos días en la azotea de mi casa. Esos momentos perdieron el valor de una tristeza y se convirtieron en travesuras que obviamente trajeron consecuencias. Nunca los violetas del alba fueron tan precisos aquél día. Como filos de navaja atravesaron mi alma desgarrando la paz de mi inocencia.

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EL OLIMPO II

Solía sentarme a la orilla del río mientras mi familia charlaba bajo la sombra de un árbol. Distante a todos, disfrutaba de manera especial aquellos días de campo que mis abuelos organizaban cada fin de semana. Siempre era la primera en bajar del auto y emprender la carrera hacia el río cuando llegábamos a ese sitio maravilloso. Me gustaba introducir mis piernas en el agua porque los peces se acercaban produciéndome una sensación de cosquilleo y tranquilidad, mientras me recreaba la vista con el paisaje que me rodeaba. A veces las risas y los gritos de mis hermanos me distraían, pero me concentraba en mis reflexiones y volvía a mi mundo del silencio, ese que pocos conocen, el silencio tan preciso, capaz de doblegar la perfidia de lo umbrío. Somos cinco hermanos, los suficientes como para armar un batallón en tiempos de paz dentro de mi hogar, pues siempre nos las ingeniábamos por experimentar nuevas travesuras. Yo soy el sándwich* por ser la de en medio, como decía mi madre. El mayor cargaba con su acordeón a todos lados. Mi padre nos inculcó desde que tengo memoria el amor al arte, sobre todo a la música. Mientras los demás escuchaban atentos las melodías que mi hermano lograba entonces entonar con su acordeón, yo seguía inmóvil, cuestionándome el porqué del movimiento de las hojas, del aroma exótico del campo, de la fecundidad que me abarcaba y de la soledad que a todo rodeaba. Página 4


... Adoré tanto a mis abuelos maternos. Ellos eran españoles muy alegres. Me causaba gracia el escuchar sus expresiones: "Jolines" "Me cachis en la mar" "Mare mía" y otras tantas que me hacían sonreír. Mis padres terminaron por mezclar las expresiones españolas con las mexicanas y como resultado un desastre total pero divertido. Al único que no conocí y del que nunca tuve datos importantes de su vida fue a mi abuelo paterno, porque falleció cuando mi padre tenía escasos 7 años. Contaba mi abuela que aún no se reponían de la tragedia, cuando al mes falleció el único hermano de mi padre a los 14 años. Ambos de un ataque al corazón. Resultaba doloroso hablar de ello, y por respeto jamás hicimos preguntas. Quedaron entonces mi abuela, mi padre y su hermana, por lo que a muy corta edad Alberto (mi padre), tuvo que hacerse cargo de su familia. — Oh, mi padre ahora muerto, un hombre maravilloso. Cómo lo extraño, cómo lo sigo queriendo, que ni su muerte jamás podrá arrebatarme un sólo instante de hermosas vivencias que tuve a su lado. Llevo tatuadas en mi memoria sus enseñanzas, sus alegrías, sus bromas, su amor a la vida... Saciada de todo aquello que en realidad me animaba, me desprendía del silencio y corría al lado de mis hermanos y mis primos para trepar a los árboles, correr por el campo, bañarnos en el río y alzar al vuelo nuestros papalotes. Acostumbrábamos a permanecer en el campo hasta que anochecía. Disfrutaba tanto el cambio de temperatura cuando el sol se ocultaba, sin embargo, me causaba nostalgia el regreso a casa porque estaba consciente de que había que retomar todo lo material y lamentablemente necesario. Mi hogar, donde cada día un abrazo era otorgado con una sonrisa de mis padres y donde aprendí que sin música, la vida simplemente sería un pentagrama desabrigado de notas. Página 5


Añoro aquellos días en que la marisma del río me lloraba. Añoro mi propio Olimpo, mi dulce guarida, en cuyos terrenos dejé escritas mis memorias infantiles.

SOLEDADES Y SILENCIOS III — No entiendo por qué callas todo lo que sientes. — "Silencio"... A veces es tanto el llanto que he contenido durante mucho; mucho tiempo, que temo mi corazón jamás vuelva a ser de fuego. Cuando estamos frente a una hoja de papel en blanco, suele pasar que no logramos escribir todo aquello que en verdad somos o sentimos. Total, da igual escribir cualquier historieta -o narrarla como cuando se está frente a un psicólogo. Hago una breve pausa en mi vida y me inmiscuyo en todo aquello que para otros parece trivial, y envuelta en silencio quedo asombrada ante la impunidad de ciertos hechos que leo en los periódicos. El secuestro por ejemplo, una forma de vivir muy común para los mexicanos acostumbrados al conformismo y a callar denuncias por temor a cualquier venganza. Ayer por la tarde casi estuve en medio de una balacera. Resulta que muy cerca de donde vivo, elementos de la Policía Municipal hallaron abandonada una camioneta de lujo en cuyo interior había cuatro armas calibre .9milimetros y dos rifles AK-47, sí, los famosos "cuernos de chivo".

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No muy lejos de ese lugar se estaba llevando a cabo la liberación de un joven que había sido secuestrado. Lo curioso del dato es que los responsables del secuestro, viajaban en un vehículo BMW y dos camionetas Honda y Chevrolet. Efectivamente, los mismos autos que hace quince días interceptaron al hermano de uno de mis socios y que la semana pasada siguieron a mi hijo. No me extraña que los ciudadanos vivamos con temor, porque al hacer una denuncia nos enfrentamos con la burocracia que inicia en el Ministerio Público, eso, si toca la bendita suerte de que al asistir, no interrumpamos al tipo que está comiendo torta y diga que no atiende en ese momento, por otro lado está el Narco. Caramba, ambos bandos son de temer, por lo consiguiente se instala el cómplice silencio y ni hablar del asunto, nos tendremos que arreglar solos.

EJERCICIO IV Llevo un hijo muerto en mi memoria... Es muy complejo trazar con exactitud la personalidad de un individuo y más cuando se trata de hacer la reseña de uno mismo. Hoy día la palabra “libertad” encierra mucha importancia para mí, pero a veces resulta contradictorio cuando lloro por no saber qué hacer con ella, porque tiempo atrás me fue absolutamente restringí — Hagamos un ejercicio Nieves, — me propuso un amigo. Página 7


Era más de media noche cuando huí de la ciudad sin un destino. Llevaba puestos unos vaqueros ajustados, una blusa ensangrentada de la espalda y un poco de dinero que cargaba conmigo; mismo que había robado a mis pequeños hijos. Era la mensualidad que “él” me daba para comprar sus alimentos y lo que en casa hiciera falta; $500.00 pesos. En aquél entonces, nunca tuve una tarjeta de crédito, ni una chequera y nada parecido, pero sí una residencia, autos de lujo y un gran vacío. Quedaba estrictamente prohibido relacionarse con algún vecino y no se permitía tener invitados sin previo aviso. Circular con mi auto fuera de los límites que se me permitían era meterme en líos serios con la autoridad, ya que mi auto jamás contó con placas de circulación. Salí de aquél “Castillo de cristal” (así le llamaban mis conocidos a la mansión donde vivía) alarmantemente callada, asustada y la mirada perdida, tanto, que no entiendo cómo llegué hasta ese hotel en una ciudad que queda a una hora de distancia de donde actualmente radico. Al llegar a la recepción, me fue fácil proporcionar mi nombre real, sin pensar que ese dato más tarde sería mi condena. La habitación lucía impecable. Dos camas individuales, una mesa de noche, el televisor y un pequeño baño eran la decoración. Agradable para mi gusto y necesidad, lo único que deseaba era dormir, ni siquiera pensar, no hacía falta pensar o reflexionar en aquello que me hizo trizas por dentro. Dejé mi bolso encima de una cama y entré al baño para asearme el rostro, pero me aseguré de no encender la luz para no mirarme al espejo, no deseaba recordar qué me había llevado hasta ese lugar. Luego encendí el televisor sin prestar atención a los canales que en automático mis dedos marcaban con el control remoto. La apagué y miré nuevamente a mi alrededor. De pronto el dolor en el pecho me hizo reaccionar, recogí mi bolso y salí en busca de una farmacia.

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Qué hermosas son las calles empedradas, la Alhóndiga, las fachadas de los museos y la virginidad de los paisajes. Las escalinatas que dirigen al portón de la Universidad, me recuerdan el porqué le llaman ciudad luz, y entonces quedé maravillada con su construcción medieval. Llegué a un sitio donde vendían paletas y helados de muchísimos sabores, entré sin dudarlo y me acerqué a un aparador donde lucían varios premios de calidad, luego giré sobre mí y pregunté dónde encontrar una farmacia. — Si se apresura, podrá encontrarla abierta todavía, en la esquina de la calle de enfrente. — me respondió una muchacha joven de tez morena. No pude resistir la tentación de asomarme a los mostradores que contenían el gran surtido de helados, todos se me antojaron. Le pregunté a la muchacha si podía combinar mi helado y me sonrió asintiendo con la cabeza. Eso me hizo ilusión y escogí dos sabores. No, mejor ponga este otro más, sí, me gusta mucho el choco-menta. Al pagarle me di cuenta que no me miraba a los ojos como yo a ella, entonces recordé que mi rostro estaba completamente hinchado y seguramente eso le causó incomodidad. Al salir de ahí, crucé la callejuela y encontré una banca. Me senté a disfrutar de mis helados sin importarme si se me derramaban en la blusa o si me ensuciaba de más el entorno de mis labios, porque realmente estaba disfrutando de mi experimento. A esas horas, me extrañó ver muchos transeúntes caminando, los hubo, individuos con andar despacio y solitarios, otros eran parejas de enamorados… “enamorados”… al verlos me causó nostalgia de algo que nunca hasta entonces había conocido, ¿tal vez quise decir románticos? Nuevamente el agudo dolor hizo levantarme de un tirón y buscar la farmacia… Página 9


EL DOLOR DE LA SOLEDAD V

“Hay horas vagabundas que canturrean los bemoles de la muerte” Me alejé de aquella banca; cómplice de mis exóticos gustos por los helados. Por fin llegué a la farmacia, que media hora antes, la muchacha de la heladería me indicó. Pregunté a un señor de edad avanzada si tenía algo fuerte para el dolor. Sus ojos eran tan profundamente negros que sin querer, y no sé por qué, pensé inmediatamente en la muerte. No tenían una expresión definida, simplemente un vacío que me produjo pena. Su rostro estaba cubierto completamente de arrugas, pero no de aquellas que te indican sabiduría y complacencia por haber vivido. Mostraban a toda luz; fastidio, desgana, enojo y resignación. La estampa de aquél hombre se quedó grabado en mi memoria, y hasta la fecha me pregunto, ¿Qué historia cargaba con tanta tristeza, al grado de, casi representar a la muerte en su mirada? Encorvado y arrastrando las pisadas, se dirigió al tercer pasillo de las cuatro filas de anaqueles, donde, podía apreciarse la minuciosidad con que ordenó cada medicamento. Cuando regresó, dejó caer dos cajas sobre el mostrador. Una era de “Flanax”; desinflamatorio y la otra “Dolac” para el dolor. — Me llevaré el “Dolac”. ¿Cuánto cuesta? — “Llévate ambas, tu rostro está muy hinchado”. Cuando dijo aquello, sentí palidecer, más de lo que, seguramente, ya estaba. Fue entonces que intenté buscar mi reflejo y encontré a mi izquierda, una vieja vitrina de la que pude ver mi rostro reflejado en su opaco vidrio. Página 10


¡Canalla! Fue mi única palabra. Me extraña que el señor no me haya hecho ninguna pregunta acerca de mi aspecto, como si hubiese imaginado, que yo también tuviera preguntas acerca del suyo, por lo que insólitamente, nuestros rostros hablaron en silencio. Solamente me alcanzaba para pagar el “Flanax”. En esos momentos, lo que más necesitaba, era algo para calmar el dolor, que cada vez, se hacía más intenso y no me permitía respirar profundo, pero el “Dolac” era demasiado caro. Mientras el anciano me observaba escudriñar en mi bolso, recogió con su mano temblorosa la caja de “Dolac” y me la ofreció. Le dije que no podía pagarla. “Llévatela y cuando puedas me la pagas” me dijo con voz confiable. Le prometí regresar para saldar mi cuenta y le di las gracias casi en un susurro, por la vergüenza y la impotencia que sentí en esos momentos. Al salir de ahí, justo en medio de la nada y en seco, metí dos pastillas en mi boca y me las tragué con dificultad. Tal era mi desesperación por aminorar el terrible dolor, que ni siquiera vi la dosis recomendada en la caja del medicamento. Regresé al hotel y al entrar a mi habitación, dejé las llaves y mi bolso sobre la mesa de noche. Me desvestí lentamente, cuidando no lastimarme la espalda y el pecho. Al quitarme los vaqueros, me di cuenta que mis piernas tenían moretones. No le di entonces tanta importancia; no como al dolor que no se calmaba por nada. Así, desnuda, me recosté con cuidado boca arriba y me quedé pensando en el anciano que me atendió en la farmacia. Luego se asomaron mis lágrimas. Deseaba desahogarme a grito abierto, pero el llanto surgió en silencio. Fue amargo, doloroso, intenso, desgarrador, nulo de consuelo, solitario; de una gigantesca y mortal soledad. Pensé, mientras lloraba, en todos mis amigos. Pero fue inútil buscar el nombre de aquél en quien pudiera confiar, por lo que, Página 11


acostumbrada al silencio, deseché la estúpida idea de acercarme a alguien para contarle lo sucedido. Nadie sabe de mi vida, todos me ven siempre sonriendo, y es que a través del tiempo, aprendí a vestirme de alegría y valentía con tal maestría, que hasta yo, muchas veces me la creía. Me cuesta confiar en alguien porque sé que tarde o temprano me traicionará y curiosamente, y a la vez, sigo confiando en todos. Esa noche amarga, nació mi otro yo, mi verdad callada.

LA ACCIÓN VI “La vida es una imprecisión cuando se mira un espejo y muchas veces la dualidad de las cosas nos confunde”. Pude enterarme que el sol estaba anunciándose por el canto de las aves que empezaron alzar el vuelo, poco a poco, de los nidos que sostenían las ramas de un viejo roble junto a mi ventana. Sentí frío en mi cuerpo, y me di cuenta, que durante la noche no lo cubrí. Amanecí en posición de feto, como si hubiera buscado el refugio en unos brazos protectores. Al levantarme, nuevamente el dolor me fulminó. Todo el cuerpo me dolía. Entré a la ducha y por inercia me bañé. Sentí mis ojos con un ardor que casi no podía mantenerlos abiertos. El agua que escurría de mi cabello, se fue resbalando por entre las heridas que tenía en el pecho y en el vientre. Cerré la llave y cogí la toalla que había dejado encima del cancel de la regadera. Me envolví en ella y me dirigí nuevamente a la cama y me senté en el borde del lado donde se encontraba la mesita de noche.

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¿Qué voy a hacer? Me pregunté fatigada. Ignoro cuánto tiempo transcurrió al enterrarme en mis pensamientos cuando el teléfono sonó y me hizo dar un brinco. Sin pensarlo, levanté la bocina…

— ¿Es usted la señora Nieves? Me preguntó una mujer con voz aguda. — Sí. — La busca un joven que dice llamarse Miguel Lascón. — ¿Miguel? ¿Qué hace Miguel aquí? Mi sorpresa fue tan grande, que olvidé a la mujer que me llamó. No dejé de hacerme preguntas y eso me causó un terrible miedo. ¡Me han encontrado! ¿Qué voy a hacer? — ¿Le digo que la espere? — Perdón, ¿viene solo? La mujer tardó un poco en responder y al final me dijo que venía solo. — Dígale que espere en el jardín, ahora bajo. Colgué de golpe y me apresuré como pude para vestirme sin lastimarme. ¿Cómo supo?, ¿Qué quiere?, ¿Me tenderá una trampa?, ¿Le cuento?, ¿Qué le digo? Tendí (por costumbre) la cama, sin percatarme que estaba en un hotel, recogí las llaves de la habitación, me serví un poco de agua de la llave y caminé hacia la puerta. Algo me faltaba, por lo que regresé al baño y me miré al espejo. ¡Santo Dios, Nieves! Mira lo que hizo la imprudencia de preguntar algo a quién no debías. Por el momento el rostro no tenía solución, pero sí mi cabello, por lo que lo recogí y me hice una coleta. Mientras esperaba la llegada del ascensor, la incertidumbre de invadió. Miguel aquí, púchale, debo ser precavida. Página 13


Miguel Lascón era un viejo amigo de la familia e íntimo amigo mío. Alto, fornido, bien parecido. Me gustaba su mirada porque siempre transmitía dulzura y mucha paz. Su cabello era rizado, de un castaño muy brillante. Aunque ya nos veíamos poco, el tiempo que nos encontrábamos se alargaba una eternidad, pues tocábamos temas culturales y de política, y pocas veces, muy pocas veces, personales. No hacía falta contar asuntos privados porque ya sabíamos todo por ambas partes, además inventamos un diálogo a través de las miradas y el movimiento de nuestras manos, por lo que podíamos enterarnos si algo marchaba mal en nuestras vidas, de ahí, las confesiones detalladas y después la ayuda, luego el silencio. Jamás me faltó el respeto y mucho menos me insinuó tener otra clase de intimidad con él. Lamentablemente, tiempo después, nuestra amistad se quebrantó al grado de no vernos nunca más por culpa de una situación bastante vergonzosa. Me alejé prometiéndome no confiar en nadie nunca más. Al llegar al jardín, él estaba sentado en la orilla de una fuente. Me dio ternura, al mismo tiempo desconfianza. Me acerqué lentamente, mis pasos sobre el césped me delataron y él alzó la cara hacia mí. Se levantó de inmediato y en su rostro se dibujó perfectamente la angustia al ver el mío. Pese a ello, con voz dulce y tranquila, como no queriendo herirme, me preguntó: — ¿Qué te sucedió? — Nada. ¿Qué haces aquí? Le inquirí al mismo tiempo. — Nieves, mira cómo estás. Vamos a un hospital. — ¡No! Contesté tajantemente.

Le di la espalda y eché a andar mientras lo iba regañando: “Si no me dices qué haces aquí y quién te mandó, no tiene caso hablar”.

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Miguel corrió para interponerse en mi camino. “Está bien, tú ganas” me dijo tranquilamente. Entonces me detuve y abrí bien mis ojos con la pregunta en ellos. Miguel tomó una de mis manos y me contó que “él” le había llamado, sabiendo que yo no confiaba en nadie y que seguramente lo habría buscado para pedir ayuda.

— Me inquietó no saber nada y el porqué de tu desaparición. Conociéndote, me imaginé que buscarías un lugar tranquilo y apartado, a lo que, desde anoche te he estado buscando por todos los rincones del estado. Se me ocurrió al final, preguntar en todos los hoteles hasta que di contigo. — Qué quiere “él”, porque no voy a regresar. Miguel, estoy herida, no solamente por fuera. Me duele el alma, tengo miedo, no quiero volver al encierro. Estoy cansada de diseñar una y otra vez las ranuras de los muros de mis habitaciones. Estoy tan confundida, que ya no sé distinguir el odio del amor, lo bueno de lo malo, lo bello de lo horroroso. Miguel, no quiero convertirme en Mártir. Entonces, Miguel me abrazó con ternura y me guió a una banca. Nos sentamos y estuvimos en silencio mucho tiempo. De pronto, él me propuso un juego. “Hagamos un ejercicio, Nieves”. Lo miré y no pude evitar sonreír. — No seas infantil Miguel, no estoy para bromas. — No es broma. Te ayudará mucho lo prometo. — ¿De qué se trata? ‒ le pregunté un tanto disconforme. — Por la noche, cuando estés tranquila en tu cama. Apunta en unas hojas sueltas lo que más te gusta, todo aquello que te disgusta, lo que amas, lo que odias. No escribas detalles, solamente escribe sentimientos. En otra hoja de papel, escribe lo que más anhelas, visualízate a futuro. Escribe sin miedo los triunfos por venir, los que estás dispuesta a alcanzar. Por Página 15


último, en otra hoja, escribe lo que deseas enterrar en el pasado, lo que te hizo daño, tus errores, tus fracasos. Escribe todos tus resentimientos. — ¿Para qué? Ya me conozco. — Crees conocerte. Realiza este ejercicio y cuando termines, muéstrame las hojas, entonces te diré qué hacer. ¿Ya desayunaste? Con ese cambio abrupto de tema al preguntarme lo último, efectivamente se me abrió el apetito. Miguel, antes quiero ver a un médico, algo no anda bien en mi interior, casi no puedo respirar...

EL FRACASO VII "De pequeña, hice una promesa al mar: Volveré con cuerpo de mujer, pero con alma de niña" Miguel me observó detenidamente y asentó con la cabeza. "Recoge tus cosas, yo te espero aquí". — Gracias -murmuré. Me alejé lentamente hasta desaparecer de su vista. Cuando llegué a mi habitación sonreí, ¿qué iba a recoger? Solamente mi bolso. Antes de cerrar la puerta, por alguna extraña razón me detuve y eché la última mirada a la habitación que fue testigo de un terrible llanto en silencio. Llegué a la recepción más tranquila y dejé la llave sobre el mostrador. Pedí la cuenta y me dijeron que ya estaba liquidada. ! Vaya! qué amable es Miguel, comenté en voz alta. Al salir al jardín, Miguel no estaba y en ese momento pensé que seguramente habría ido al baño por lo que me senté al borde de la fuente para esperarlo. Miré al cielo, el día era tan hermoso, podía escuchar perfectamente el sonido de la vida y me sumergí en mis pensamientos Página 16


recordando aquello que otrora me hizo feliz. Cerré los ojos y aspiré, -aunque dolorosamente- el aire fresco que mecía suavemente mi cabello. De pronto unos gritos infantiles irrumpieron en la tranquilidad del paisaje y de mis pensamientos. "Mami, mami" Al abrir los ojos, pude ver a mis hijos corriendo hacia mí. Me quedé helada, porque detrás de ellos venía su padre y sentí desfallecer. Oh, Miguel, ¿por qué me hiciste esto?

Abracé a mis hijos con todo mi amor, pero a la vez estaba temblando de miedo. Cuando su padre se acercó lo suficiente, me levanté y lo miré a los ojos, como retándolo. Me dijo que no tuviera miedo, que regresara, que le hacía mucha falta a él y a mis hijos. Yo no deseaba discutir frente a ellos, por lo que les sugerí que fueran a jugar mientras hablaba con su padre. Cuando nos quedamos solos, le dije: "Lo siento, no regresaré" — Por favor, te necesitamos. — No puedo, no quiero, no deseo que me lastimes más. — No lo haré, te lo prometo. —Se acabó, ¿no lo entiendes? Al decir esto, sus ojos se encendieron y me tomó muy fuerte del brazo... —Vas a regresar conmigo porque yo lo mando y más te vale no hacer un teatro delante de tus hijos. Dios sabe que no quise retarlo más y me dejé vencer por temor. Un temor que nunca podré describir con exactitud. No sé hacerlo y es lo que más deseo porque eso me ayudaría a desahogarme. Entonces, derrotada y sintiendo en lo profundo el fracaso de mi huida, bajé la cabeza y disimulé con una sonrisa triste a mis hijos. El silencio fue mortal durante el recorrido hacia "el hogar". Página 17


"A veces tomamos decisiones que flagelan hasta el último postigo de nuestras vidas".

LA FURIA VIII

"Es tan frágil la esperanza y tan punzante la verdad" Todo estaba en orden como solía estarlo siempre, porque jamás me permití que algo luciera sucio en casa. Tal vez eso se convirtió en una obsesión para mí a partir del día en que recibí mi tercer golpe por haber descuidado la limpieza. Era poco más de medio día y casi por inercia me dirigí a la cocina para preparar la comida. La verdad es que tenía mucho miedo, pero no deseaba demostrarlo. Tanto mis hijos con su inocencia y él, festejaban mi regreso como si hubiese estado fuera por largo tiempo. Cuando cayó la noche, me resistía a estar a solas con él, por lo que entretuve a los niños con una lectura, pero estaban rendidos y a cada uno lo llevé a su cama. Luego fui a mi habitación, me cambié y me metí a la cama, él estaba viendo la tv tan plácidamente como si nada. Al cabo de unos minutos apagó el televisor, después la luz y el silencio se instaló no sólo en la habitación, sino en medio de los dos. Cuando por fin me quedé Página 18


dormida, de pronto me despertó quejándose. ¿Por qué hacía eso? siempre lo hizo, esperaba a que yo durmiera para después despertarme y empezar a insultarme, un ataque psicológico terrible, inaguantable. —Enviaré a los niños a un campamento — dijo con voz gruesa a la vez que encendía un cigarrillo. ... ... No dije nada, porque lo que dijera siempre estaba mal y eso lo irritaba. Pero también mi silencio, y si callaba, entonces me agredía violentamente. ¿Qué hacer? Esos momentos se me hacían infinitos, sentía recorrer por mi piel el sudor frío y podía sentir el latido de mi corazón de una forma acelerada. — Te estoy hablando- reclamó en tono amenazador. — Sssí, te escuché — contesté temerosa. — Entonces por qué te quedas callada. Me desesperas, di algo. — Está bien, creo que les hará bien ir a un campamento. Yo no lo deseaba, porque ello significaba quedarme sola con él y eso me produjo inquietud. Por lo general seguía hablando, regañando, amenazando. Y yo consciente de que si hacía un movimiento terminaría nuevamente adolorida. Cuando se cansó de hablar se quedó dormido. Yo ya no podía conciliar el sueño, entonces se creó en mí, una especie de guardián para cuidar de mí misma. Pasaron tres días antes de que mis hijos se fueran un fin de semana completo al campamento. En la casa teníamos obreros, porque él deseaba presumir con los empresarios y con sus hermanos que estaba construyendo la casa más

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grande de la ciudad. Yo misma llevé a mis hijos al campamento y me despedí, sabiendo que algo no marchaba bien. Durante el trayecto a casa me dije una y otra vez "no lo provoques, no lo provoques y complácelo en todo".

Era viernes, así que decidí proponerle salir a visitar alguna ciudad cercana, pero cuando llegué él no estaba; eso me tranquilizó. Pasé el día sola, como siempre, y me dediqué a leer en la sala junto a la chimenea, no sentí transcurrir el tiempo y al mirar el reloj pasaban de las diez de la noche. Dejé mi libro encima de la mesa central y me dirigí a la cocina para prepararme un bocadillo, luego fui a mi habitación y tranquilamente me cambié de ropa, escogí un camisón que no se ajustara demasiado a mi cuerpo porque aún me costaba un poco de trabajo respirar profundamente. Me puse sobre el pecho un poco de pomada para la inflamación pensando que con ello dejaría de dolerme. Luego me recosté. Lo que a continuación describiré no es una novela, como no lo es ésta Bitácora, decidí abrir las puertas de mi vida porque deseo que se sepa la verdad. Hace tiempo me desahogué narrando este capítulo de mi vida y le llamé Ruleta. Era una noche como cualquier otra; aburrida y solitaria hasta matar. Me acurruqué en la orilla de mi cama como solía acostarme por costumbre, en posición de feto, casi besando mis rodillas tal vez como protección. Muchas veces fingía dormir plácidamente, pero no era así, en realidad rezaba en silencio, ¿a quién? entonces a un Dios. Página 20


Esa noche fue especial, la ganadora de un "Oscar" porque en aquél tiempo conocí otro tipo de terror. Él llegó tomado, a las 5:30 a.m. En mí, se hizo una extraña costumbre; la de revisar el reloj cuando lo tenía de frente para así cerciorarme de cuánto resistía cada vez que me golpeaba. Él hizo tanto ruido con el arrastre de sus pies y el vaivén de las llaves en sus manos, que logró que mi corazón diera un salto y sintiera recorrer por mi cuerpo un sudor frío. Pude verlo entre la sombra de mis propios ojos entrecerrados y no imaginé el estado en que llegaba; completamente alcoholizado. Sin pensarlo, le hice una pregunta sin saber que ésta, sería el desfogue de su violencia. No pretendía hurgar en su vida y mucho menos lo que había hecho y por qué, simplemente rompí el silencio, como saludando. — ¿De dónde vienes? — Con voz temerosa y apenas audible le pregunté. Fue sencilla la pregunta, es más, ni siquiera me importaba, aún estaba somnolienta. Hablé por hablar, sonreí por sonreír. La reacción que causó en él esa estúpida pregunta fue caótica y destructiva. En ese momento, él se enojó, su carácter hizo erupción en su boca porque empezó a gritarme que quién era yo para pedirle cuentas de lo que hacía y a qué hora tenía que llegar. Entonces me percaté de que no debí haber dicho nada y quedarme quieta fingiendo dormir, pero ya era tarde para eso. — Perdón sólo preguntaba — aclaré. Al pedirle disculpas fue peor, esas últimas palabras fueron las causantes de su furia, por lo que se dejó caer encima de mí golpeándome una y otra vez. Se sentó sobre mi vientre y con la fuerza brutal que desahoga un animal herido, me sostuvo de los brazos escupiéndome a la cara. Página 21


De pronto se levantó y pensé que había terminado, no pude defenderme, ¿cómo hacerlo? No pude escapar en esos momentos porque quedé en shock, amén del dolor, pero confié en que él se había cansado y por lo borracho que se encontraba le había dado sueño. ¡Qué equivocada estaba! ¡Maldita sea! Regresó, pero con un arma en la mano, esa pistola que tiempo atrás compró para cuidarnos.

De un brinco casi atlético cayó de nuevo encima de mí. La respiración se me cortaba, no podía contra él, me estaba asfixiando, yo le rogaba desesperadamente que se detuviera, que no siguiera, que haría lo que él quisiera con tal que me dejara en paz. Jamás había suplicado con tanta devoción pues sentí que se me iba la vida. Entonces se rió a carcajadas y me dijo: vamos a jugar, eso es lo que quieres ¿verdad?...eso es lo que quieres ¿VERDAD? — ¿Sabes jugar a la Ruleta? — me preguntó con tono sarcástico. Pude apreciar a través de mis hinchados ojos la imagen viva de un perro rabioso porque le escurría la baba de una esquina de su boca e irradiaba un coraje interno que hasta entonces desconocía de él. Me armé de valor y le dije a media voz con mucho miedo a no herir sus sentimientos y hacerlo enojar aún más... — ¡No sé jugar eso! Pero no quiero ahora, los niños escucharán. — ¿Los niños escucharán? ¿Me quieres ver la cara? Pendeja, los niños no están. Pensé en ese momento que por su estado no recordaría dónde andaban los niños. Página 22


Entonces, me sostuvo la quijada y pese a mi resistencia, de un golpe introdujo el arma en mi boca. Casi me vomito a causa de la sensación asfixiante y el terror palpable entre mis labios. — Hoy vas a aprender algo nuevo, sólo tienes que poner una bala, giras y jalas el gatillo, si tienes suerte no te pasará nada, así que, jugaremos a "Tiro de Tres" No entendí nada porque no lo creía capaz de hacerme más daño, no obstante, el miedo que corría por mis venas se convirtió en un pánico indescriptible y fue cuando me di cuenta de que realmente era capaz de matarme. Dios, no sabía qué hacer, si gritaba me golpeaba, si intentaba convencerlo me sujetaba del cuello midiendo con enfermizo cálculo cuánto tiempo resistía sin respirar. En ese momento sacó el arma de mi boca y me obligó a poner una bala. Las manos me temblaban y no atinaba a colocarla en su sitio, además que no sabía cómo hacerlo. Eso lo enfureció más y volvió a golpearme hasta que por fin pude colocar la bala en su sitio. Volvió a meter el arma en mi boca insultándome y riéndose. En ese instante, tiró del gatillo. ¡Suerte! La primera vez no pasó nada salvo una aceleración de mi ritmo cardíaco. —Va la segunda, a ver qué tanta suerte tienes— dijo él todo airado. Su fuerza, aún en su estado, era mucho más grande que la mía, siempre fue así, de tal manera que no podía ni moverme. Y va de nuevo no sin antes girar el cilindro del arma. Ahí está, en mi boca otra vez. Le supliqué con mis ojos, de tal forma que sentí que se salían de su órbita, pero él sólo se reía. Página 23


Antes que tirara del gatillo, sentí cómo mi propia orina escurría por mi espalda. Ya estaba rendida, ya no me importaba nada. ¡Y si! Tiró del gatillo sin pensarlo. Yo pensé que iba a desistir. ¡Pero lo hizo nuevamente!... ambos ignoramos qué fue lo que pasó, pero me salvé. Él, sabiendo que la suerte no estaría de mi lado mucho tiempo, arrojó el arma, y entonces me levantó y me arrastró jalando de mi cabello hasta llegar al baño y ahí se desahogó de nuevo, y yo, sintiéndome como si fuera uno de esos muñecos de plástico a los que se les pega como terapia para sacar corajes internos, sentí estrellarse mi cuerpo contra los muros una y otra vez. Cuando vi que las paredes estaban salpicadas de sangre, le rogué con todo mi corazón, que no podría resistir más y que por favor parara de golpearme. Me golpeó hasta el cansancio, logró romper mi nariz, mis oídos los sentía hinchados, uno lo reventó, y esos golpes en el vientre que me robaban el aliento y que hacían que sintiera que la vida por momentos se me escapaba, interrumpieron mi llanto, mis gritos. De pronto sentí una punzada aguda en el pecho y la espalda, creo que él se dio cuenta de mi estado y de pronto se detuvo, realmente me faltaba el aire, pues me había terminado de romper las costillas y la clavícula, que ya de por sí estaba dañada por los golpes que me había dado días atrás y por lo cual escapé de la casa. Él se cansó, se levantó y se fue a acostar sin decir nada, el sudor le escurría por todo el rostro… entonces me acurruqué, revisé la hora: siete con catorce minutos de la mañana. Estaba tan adolorida, tan cansada, tan triste… luego perdí el sentido. Cuando volví en mí, me sostuve del borde de la tina, me levanté muy lentamente y la primera imagen que tuve de mi persona frente al espejo fue tan desagradable. Ni siquiera podía llorar más. En ese momento murió mi esperanza y dejé de creer en todo, ese día murió algo dentro de mí. Lo único que realmente deseaba, era recuperar mi dignidad. Me desplomé hacia el suelo y así permanecí varias horas Página 24


hasta que él despertó tan campante como si nada y sin decir una palabra, ni siquiera un perdón. Me levantó y me dijo: “Báñate para que vayas a ver al médico”

No salí de casa en tres días hasta que tuve fuerzas y fui directamente a levantar un acta. Pero me dijeron; "son heridas que bien atendidas sanarán en un plazo de 15 días, por lo que a su marido solamente le costará un viaje breve a los separos". Entonces fui con un médico y al verme, inmediatamente ordenó que me internaran pues la gravedad de las heridas ponía en riesgo mi vida. "A veces la palabra del hombre es tan muda como los golpes que asesta sobre un cuerpo también mudo... se desconoce el diálogo."

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María BlancaNieves Covalles @VerdadCallada-2010

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SIN SALIDA 8Primera parte)