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ABB E R N H E DR I E I V RN I SGK


Anders Behring Breivik No. 2 Compilación independiente de literatura joven

Comité editorial

Director Óscar Grajeda Consejo editorial Jesús Carmona-Robles Marco Antonio Larios Quirino Luis Miranda Barragán Alán Santiago Sainz Darío Zalapa Solorio Anders Behring Breivik es una publicación independiente sin periodicidad establecida. Asumimos la responsabilidad de los contenidos. Se permite la reproducción total o parcial de los textos, así como su plagio. Anders Behring Breivik No. 2 fue cargado a la red el día 22 de julio de 2012 en la ciudad de Hermosillo, Sonora, México.


Colaboradores

Erik Alonso (Ciudad de México, 88) Estudió Psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue becario en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la misma universidad (2009-2010). Colabora en la revista Este País y en el fanzine digital [Radiador]. Actualmente es becario en el área de Ensayo de la FLM. Laura Baeza (Campeche, 88) Estudió Literatura en la Universidad Autónoma de Campeche. Ha sido becaria del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) 2008 y 2011. Violinista de orquesta. No ha ganado el primer lugar en nada. Fabián Cuéllar (Ciudad de México, 87) Escribe un libro de cuentos sobre personas mutiladas como lo somos todos, y una obra de teatro sobre lo frágil de la realidad. Lleva veinticuatro años cambiando de casa y ciudades con frecuencia, lo que le convierte en nómada o prófugo. En esa huida eterna, salta de un género a otro para no estar demasiado cómodo en ningún lugar. Ulises de la Rosa (Ciudad de México, 89) Estudiante de Letras Hispánicas en la UAM-I. Ha sido seleccionado, en dos ocasiones, para el “Curso de creación literaria para jóvenes” organizado por la Fundación para las Letras Mexicanas (FLM) en colaboración con la Universidad Veracruzana (UV). Daniel Malpica (Ciudad de México, 88) Parapsicólogo y diseñador. Siendo una figura emblemática para la literatura mexicana por su ausencia, se presume su presunta autoría detrás de falsos actos piscomágicos convocados por Jodorowsky, mega marchas de protesta poética, instalaciones urbanas con heces de animales, etc. Nada de eso ha podido comprobarse del todo. Es nieto de la familia que Salvador Elizondo nunca reconoció. Editor en jefe de la versión 2.0 de las revistas digitales [Radiador]. Su primer libro Se escribe con X se mantiene aún inédito.


Ana Martínez Casas (Cuernavaca, 90) Estudia Letras Hispánicas en la UAEM. Fue elegida dos veces para participar en el “Curso de creación literaria para jóvenes” organizado por la FLM, el primero junto con la UV (2010) y el segundo con la UMM (2012). Ha publicado en las revistas como El puro cuento, 400 elefantes, Rawr!, Punto en línea, Los habitantes de Moria, La Piedra, 5 sentidos y Punto de partida; y en las antologías de cuento 20 cuentos para leer en... (2010), Puros cuentos (2011) y Coyotes sin corazón (2011). En el 2011 fue beneficiaria del Programa al Estímulo de la Creación y al Desarrollo Artístico de Morelos con su proyecto El órgano de Destrudo. Este año publicó su plaquette de cuentos Seis flores inmundas (Ediciones Simiente, 2012). Juan Carlos Martínez Franco (Ciudad de México, 89) Estudia la Licenciatura en Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actor de la puesta en escena Ñaque de José Sanchis Sinisterra, dirigida por Mariana Hartasánchez, ganadora del premio al Mejor montaje en el Festival de Teatro Joven, Querétaro, 2008. Mención especial al Mejor actor. Becario en dos ocasiones para el “Curso de creación literaria para jóvenes” de la FLM y la UV en Xalapa (2011 y 2012). Yaxkin Melchy (***, 85) Escribe un libro bio-espacial robot imaginario y niño del futuro de color índigo llamado El Nuevo Mundo (I al IV) y su último poema se lo dedica a Bob Dylan ahora que ya se ha propuesto que escribir es para hacer contacto entre las infinitas estrellas. Carla Xel-Ha López Méndez (Guadalajara, 91) Estudiante de Letras, etc. Darío Zalapa Solorio (Paracho, 90) Ha publicado los libros Los rumores del miedo (Tierra Adentro, 2012) y Personas desde el fondo de la laguna (SECUM, 2010): Premio Michoacán de Literatura por libro de Narrativa. Aparece en la antología Turbulencia dos mil once (Ficticia, 2011). Ganó el Primer Concurso de Cuento Juan Rulfo en 2011 y el Premio Estatal Eduardo Ruiz en 2012. Seleccionado en 2011 y 2012 para los “Cursos de creación literaria para jóvenes” de la FLM.


Índice

Bs As: Ezeiza......................................................................................................................7 El Ateneo..................................................................................................................8 Puerto Madero/Río de la Plata...........................................................................9 La Plata...................................................................................................................10 Tigre.....................................................................................................................11 Retiro......................................................................................................................12 Fabián Cuellar El Proyectil S-13..................................................................................................13 Ana Martínez Casas Credo a Bob Dylan...............................................................................................15 Los poetas..............................................................................................................17 Mujeres que escriben..........................................................................................18 Carla Xel-Ha López Méndez Garra de gato........................................................................................................21 Darío Zalapa Solorio Se escribe con X...................................................................................................31 Daniel Malpica Los responsables del fin del mundo.................................................................35 Ulises de la Rosa Hoguera................................................................................................................37 Juan Carlos Martínez Franco Postales de Costa Brava......................................................................................45 Laura Baeza


Historia de la naturaleza.....................................................................................55 Erik Alonso Polinecia Americana (fragmentos): 1...............................................................................................................................61 2..............................................................................................................................74 5......................................................................................................................77 Yaxkin Melchy


FabĂ­an Cuellar

Bs As


Ezeiza

Veinticinco de diciembre olvido la Navidad en un vuelo nocturno Cinco a m amanece y yo, sin ver la sonrisa que los ni単os dibujan en el sol

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El Ateneo

Minutos en espera capricho de quien no(s) sirve una taza ardiendo en blanco papel que oculta un bastón Entre voces de todo el mundo y un cadáver exquisito nos doblamos sobre las hojas de una historia que no es dadá El bastón se sumerge en líquido involuntario submarino la leche responde en turbios remolinos de incertidumbre Se bebe de tragos cortos por el calor del mar compuesto en cortos suspiros muere la inocente tripulación

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Puerto Madero/ Río de la Plata

La nueva cara es un espejo que intenta reflejarse en sí mismo El otro cristal El agua solo adorno fortuito Antes

aquí los muertos

caían Hoy yace la basura en las orillas Nada detiene las ansias del puerto y su Narciso Apresa al Río contiene los sueños rotos por la dictadura Las luces (por la noche) apuntan a otros lados lejos de la historia Pequeños barcos rasgan el río argentino

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La Plata

Casi vacía, La Plata casi en silencio como recordando a los muertos Aquí no parece verano se siente frío se siente otoño sin alfombra de hojas La Plata es casi los recuerdos la noche de los lápices subversión inventada cuadrícula perfecta Una cruz atraviesa el centro y la marca le deja cicatrices como calles bien vestidas disfrazadas y el encanto olvidado de una casa de Le Corbusier La gente se mira en la plaza nada dice mientras corren los niños y el pasado se pierde en la mente de los viejos

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Tigre

Los secretos habitan el agua entre aspas que mueven la embarcación Nadie quiere escuchar qué se dice nadie recuerda a Haroldo Conti ni piensa en otra cosa que el porvenir Aquí vive la muerte con su vestimenta de pasado de viejo de torpe parque de diversiones de cementerio de barcos que no saludan al pasar Podría quedarme en el embarcadero fingir que no importan las pequeñas islas del otro lado del agua pero quiero saber lo que ella dice lo que dicen las casas y el pasto (tan verde) que roza el filo de la nave Entre cementerio y pasado muerto las flores no se detienen crecen y en un desatino infame me dan ganas de creer

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Retiro

Retiro significa salir de la Recoleta caminar al sureste y recorrer Libertador ocultar nuestra ansiedad desde los portales atravesar las casas sin muros de los indigentes Significa barrio, terminales, torre de reloj besos cortos, chaus, hasta nuncas vagones, cabinas, asientos numerados ir a prisa porque se llega tarde porque se van los trenes, el colectivo, el Ăłmnibus Significa cambiar billetes por monedas (porque escasean) y monedas por pasajes lejos de Capital Retiro significa partir (y de quĂŠ manera) significa mirar atrĂĄs y pensar que se ha de volver

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El Proyectil S-13 Ana Martínez Casas

Un Proyectil S-13 voló hacia la strombirimbi muy chimpandrondo. Su espingorilo se perdía entre los pétalos policoloridos y a veces se huacataba pi pi pi desde la ventana. —Piskis, come tu cócoro. Cuish, mi shipentitínken, o novia, me llamó a la mesa y chimpandrondo me quigüisé junto a ella. El pastel tenía hongos en forma de hurón blanco. Ella no lo sabía porque era canichicuro, sus dos curripupimpos habían malfuncionado desde que era una cachiui. ¡Zum! Adiós, Proyectil. ***** Cuish y yo estábamos janitorus en la cama. Habíamos hecho cup cup cup y a grrr y a prrr y ahora yo estaba janitoru pensando en si tener cárcono con otra wiquitiqui sería cutsu. Mis curripupimpos me jodían, moviéndose como heliotropos plateados hasta que se fijaron en la pared mancillada y rota. Pintar una strombirimbi cromática para que el Proyectil S-13 pudiera volar hasta mi cuarto y huacatar zum zum zum de sus kasahuitas batiéndose por el azúcar. —¿En qué piensas? —Tengo hambre. ***** 13


Las giralunas morfearon en girasoles. Desperté. Cuish ya estaba quigüisada en la mesa y yo me quigüisé también. Huacaté pi pi pi y chimpandrondo me dirigí a la ventana. Pi pi pi. La strombirimbi se esterilizaba sin su shipentitínken. Pi pi. En el alfeizar, el Proyectil yacía janitoru, con sus curripupimpos como vidrios polarizados. Las kasahuas apenas se movían. Pi pi... No-chimpandrondo, lo tomé entre mis hetereoflantos. —¡Ah! ¡Piskis, ayúdame! ¡Me caí! Acaricié sus plumas con mis cinco hetereoflantos, y sus curripupimpos se volvieron huecos.

Lo machuqué. Su espingorilo se dobló. Los curripupimpos estallaron como canicas de agua. Las kasahuas abrazaron mis hetereoflantos y las glaucoplumas se barnizaron de Rojo no. 4. La esprongoli me lamió las uñas; empalagó la piel embriagada de granadina. —¡Piskis! Caminé a un lado de Cuish, todavía janitoru en el suelo como una cachiui estúpida. —Ahora vengo. Y salí. 14


Carla Xel-Ha López Méndez

Credo a Bob Dylan

Yo creo en ti bob dylan porque mi madre creyó en ti y en los preservativos yo creo, creo, creo yo creo en ti bob dylan sé que existes aunque no te he buscado en las redes sociales no hablo de ti no quiero traducir lo que dices y no me gusta escucharte en la radio porque no te busco porque lo dice mi madre “bob dylan” cuando sonríe con sus ojos de medio siglo y recuerda los desnudos la pasarela sin retorno que es su amor porque te escucha y vuelve a sonreír y si fuera posible me hablaría del amor que se hace con un hombre desnudo y un disco tuyo dando vueltas Yo creo en ti bob dylan aunque no compre tu disco apague la radio sobre el compás de una canción tuya y no sepa tu nombre y no lo investigue aunque en internet estés colgado y no coma tu fruto pero mi madre 15


la wikipedia de los secretos es feliz cuando oye tu nombre aunque no seas el único pero sí el que recuerda justo ahora mi madre que platica de espaldas a mí frente a un momento cualquiera de la casa y se sonríe por todas partes sin saber que escribo de ella y que creo en bob dylan porque está muerto y su nombre guarda los detalles de una piel joven que alguna vez fue la que no es mi madre.

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Los poetas

Estamos hartos de ser unos groupies de la otrografĂ­a.

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Mujeres que escriben

Cuando nosotras la mujeres hablemos de llaveros chinos y cerveza de mujeres que no sean yo de cosas que no sean mi madre y hablemos de cosas nos llamarán poetas escritoras nos llamarán vanguardia malas poetas malas escritoras vanguardia caduca. Cuando nosotras las mujeres escribamos de cosas sin estridencia nerviosa las mujeres no nos comprarán libros no nos invitarán a sus congresos abrirán quizá la puerta de otros deseos los mismos y entrarán hombres que hablan de las mujeres que son él de su madre y de su infancia, esas cosas ¿Pero quién nos va a querer entonces? entonces cuando ya no escribamos preocupadas por quién nos [va a querer entonces qué va a pasar cuando se vayan los temas y las etiquetas duras que es mejor morir para vender los libros para enamorar muchachos ojerosos que es mejor morir después de todo aunque no se vendan libros ni trasnoche nadie leyendo a las mujeres Qué va a pasar cuando hablemos entonces de otro tema 18


como llaveros chinos y cerveza y poesĂ­a quĂŠ para cuando termine esta que es una de esas cosas y me vaya tranquila a no limpiar la casa, a no cuidar a nadie, [a no escribir porque no quiero.

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Garra de gato Darío Zalapa Solorio ...cuando no eres tú mismo sigues siendo alguien y alguien tiene que cargar con la culpa, culpa, ¿culpa de qué? Ian McEwan

Cartas viejas: 21 de septiembre de 1996 Hoy los enterraron. Era la única manera en que no me alejarían de Lucía. La culpa se irá pronto, supongo. El miedo llegará después. 21 de septiembre de 1995 Ahora todo es más simple. Ya no recuerdo dónde nací. Lucía tiene quince años y, creo, ya puede cuidarme. 21 de septiembre de 1994 Casi sesenta años y ya no soy capaz de abotonarme una blusa. La he pasado con no-sé-cuántas enfermeras; ninguna soportó mi mal carácter, de ninguna recuerdo ya su rostro. Pero la culpa la tienen ellos; si me dejaran sola yo haría mis cosas sin ningún problema y no sería grosera a propósito. No se les sale la idea de meterme a un asilo. Como si eso cambiara las cosas; en una semana me tendrían de vuelta. Lucía es hermosa: ya entró en el desarrollo, usa sus primeros sostenes y su cuerpo empieza a tomar forma. Esa muchacha se conseguirá un buen hombre. Es una lástima, sería maravilloso que estuviéramos juntas para siempre. Según el doctor, si pasara más tiempo con ella me contagiaría su energía y su fuerza y eso me haría muy bien. Pero no, ahora se la vive en cafés con sus amigos y sus padres 21


no le dicen nada. Rara vez me la encuentro en la casa por la mañana, solo la veo cuando voy a su cuarto a darle las buenas noches y rezamos juntas el Padre Nuestro. Hace tiempo que dejamos de ver la televisión; se la pasa pegada al teléfono, hablando de cosas ridículas con esas niñas que estoy segura de que no saben ni lavar sus calzones. Me entristece pensar en la situación. No tenemos a nadie más y, si algo les pasara a sus padres, tendría que encargarse de mí. Eso sí: estoy segura de que ella ni siquiera pensaría en mandarme a un asilo. Pero las cosas son como son: yo soy la más vieja, yo me muero primero. Hay leyes con las que una no se mete y punto. Me siento muy extraña. El doctor ordenó que de urgencia me hicieran unas pruebas neuro-no-sé-qué. Dice que no es normal que me fatigue con cosas tan simples como recordar con cuál botón se enciende la televisión o qué ingredientes lleva una sopa. A mí me da igual; me conformo con que Lucía no se olvide que rezamos juntas antes de dormir. Eso, estoy segura, nunca olvidaré cómo se hace. Hace unos días desperté y, cuando llegó la enfermera para vestirme, no encontramos mis blusas. Luego vino la sirvienta y nos las entregó. Estaban sucias; las encontró enterradas en una maceta. Pensé en Lucía pero ya no es tan infantil como para hacer esas travesuras. Seguimos sin saber cómo llegaron ahí. Ojalá que no se vaya pronto de la casa. Estoy segura, muy segura, de que, dentro de algunos años, y si yo sigo viva, nos iremos a vivir juntas a un lugar donde no se ocupen enfermeras, ni pañales, ni pruebas neuro-no sé-qué. 21 de septiembre de 1993 Esta enfermera me enloquece. “Se le ofrece algo más, doña Augusta. Está bien la temperatura de su cuarto, doña Augusta. Ya quiere que le traiga su postre, doña Augusta”. “Esa película es muy violenta, Augusta. Es hora de sus medicinas, Augusta. No sea necia y métase en la cama, Augusta”. Por qué ellos no entienden que estaba mejor sin que alguien me siguiera a todas partes; aún puedo ir sola al baño y no necesito que ande tras de mí todo el santo día. Lucía, en cambio, se ha vuelto indiferente conmigo. No como 22


sus padres, que buscan todas-las-maneras-posibles-para-que-mesienta-mejor. Que si vamos con tal doctor. Que si me compran tales pastillas nuevas. Que si debo de cuidar mi dieta. Que si me compran un colchón ortopédico para el dolor en mi espalda. Solo falta que me pongan unos pañales. A pesar de todo, me gusta la actitud de Lucía. Sale con sus amigas al cine y ya se maquilla. Dice su mamá que no está en edad para eso. Yo creo que ya es tiempo de que conozca a los hombres, así aprenderá rápido y no se creerá cualquier cosa que le digan con tal de acostarse con ella. Me entristece mucho ya no recordar del todo esa etapa de mi vida, cuando, supongo, me reía de las preocupaciones innecesarias de mis padres. Pero hasta pensar en eso es ridículo: ya no me dejan ir sola ni a la panadería después de que me perdí la última vez. 21 de septiembre de 1992 Se preocupan demasiado, y no los culpo, pero a veces creo que exageran. No les parece normal que ya no recuerde del todo cómo funciona la máquina de coser. Estoy vieja, sí, pero a mis cincuenta y siete años aún puedo valerme por mí sola; esa idea de contratarme una enfermera es una locura. La pequeña Lucía crece muy rápido. A sus doce años ya razona como alguien de veinte. Dejamos las muñecas y nos la vivimos pegadas a la televisión. No la dejo ver telenovelas o caricaturas, como sería normal para cualquier niña de su edad: nos desvelamos a escondidas de sus padres, con los ojos enterrados en canales de historia y de ciencia. Esa niña llegará muy lejos. Me preocupa que gasten sus energías en mí. Yo sería feliz si pasara el resto de mi vida al lado de Lucía, pero ahora es tan solo una niña y sería yo quien terminara cuidando de nosotras. 21 de septiembre de 1991 Son buenos conmigo, tanto que ya me trajeron a vivir con ellos. Sé que era la obligación de mi hijo por ser el único que tengo y reconozco que lo hizo de buena gana. A la pequeña Lucía le costó tra23


bajo acostumbrarse a verme en su casa, pero en cuanto rompimos el hielo comenzamos a pasar juntas todo el día: jugamos al té con sus tacitas de plástico, hablando como señoras recatadas y levantando el meñique cada que sorbemos de nuestras bebidas imaginarias, o me pone a peinar a sus muñecas mientras ella lo hace conmigo, al mismo tiempo que me cuenta los supuestos viajes que hace su marido y me describe las postales que él le manda. Me divierto mucho, no lo niego, aunque los dolores en mi espalda ya no me den las libertades de antes. Hará un mes que me mudé a su casa. En verdad espero que todo salga bien; nada hace más feliz a una vieja que pasar sus últimos años con las personas que más ama. Respuestas tardías: Hoy por la mañana no le cambié el pañal a Augusta. Trabajar como cajera en un Wal-Mart no es lo que se diría tener el mejor empleo, pero los descuentos de asociada me aminoran el gasto de sus medicinas. Son las tres de la tarde, en una hora termina mi turno. A veces me canso, en serio: son tantas las ganas de quedarme en la cama hasta que las sábanas se me peguen. Pero no puedo darme esos lujos: cada mes llegan nuevas cajeras que, emocionadas por las falsas promesas de ascenso, son capaces de todo con tal de hacerla quedar mal a una. Siempre he descansado un día a la semana pero antes me lo sorteaban: ni pensar en fiestas, citas románticas o escapaditas repentinas de la ciudad. Aunque, en realidad, nunca me acostumbré a eso: desde que tuve que hacerme cargo de Augusta me metí la idea en la cabeza de que esas cosas no serían para mí; es ridículo quejarme ahora que tengo treinta años. Descanso todos los domingos. Diez años detrás de una caja registradora y una sonrisa forzada dan sus frutos, a final de cuentas. Según el doctor, Augusta aún es lúcida por momentos, aunque casi no se le note. Anoche le cambié el pañal por última 24


vez, ojalá que no lo tenga sucio y quiera sacárselo; embarraría los muebles y las paredes como lo hacía antes. Ya no puedo cruzar con ella más de una palabra. Cada día parece más muerta, desconoce casi todas las cosas. Incluso su máquina de coser: la mira con una curiosidad imponente, como si fuera un objeto extraño, perdido en el tiempo. Si supiera que hace veinte años se perdía junto a ese vejestorio por días enteros. Pero ya basta de pensar estupideces. Tengo que acomodar los rastrillos, los dulces y las revistas de mi estante; bastante mal me fue por llegar tarde en la mañana. Diez años y domingos libres, Lucía, no te salvan de un despido ni de los chismes entre las cajeras nuevas. Salgo media hora después de lo normal. Me faltaron cincuenta pesos y, por más que repetí las cuentas, no apareció ese dinero. Ya me lo descontarán la siguiente quincena. En el camión siempre escojo la ventanilla. Me gusta ver a las personas estresadas por el tráfico y pensar en que Augusta ya no se preocupa por cosas tan inútiles. Es una manera de alivianar la culpa que tengo por no poder hacer nada, creo. Estoy a la mitad de mi trayecto cuando se suben una señora y, al parecer, su hija. La niña carga una mochila exageradamente grande y pesada para su diminuto cuerpo. Su madre la manda a sentarse en el lugar vacío que está a mi lado mientras ella recorre el pasillo hasta que un joven le ofrece el asiento. La niña no se quita la mochila, por lo que su diminuto trasero queda al ras de la butaca, pero eso parece no importarle: está entretenida raspando la pintura rosa de sus uñas. Mi mamá, alguna vez, me prohibió maquillarme. No le hice caso, Augusta decía que era la niña más guapa del mundo. Luego murieron, ella y papá. Yo tenía dieciséis años y una abuela que me rogaba para que no la mandara a un asilo. Dos años después, recién cumplía yo los dieciocho, le diagnosticaron Alzheimer inicial. Hasta entonces nos las habíamos arreglado con pensiones y ayudas extras que nos conseguían el DIF y 25


demás grupos de apoyo. La caridad terminó cuando cumplí la mayoría de edad y, según ellos, ya podía conseguir un empleo. Pude, en ese momento, encerrar a Augusta en alguna estancia donde la cuidaran a medias y dedicarme a vivir mi juventud como la mayoría de las personas, supongo, lo hace. Pero tomé la decisión contraria. Augusta era, es toda la familia que me queda; nunca sería capaz de desentenderme de ella. Trabajé como mucama en un hotel hasta cumplir los veinte. Después una vieja conocida de mis padres me dijo de este empleo. Recién abrían la sucursal y, si aguantábamos un tiempo, seguro nos harían supervisoras. Eso me dijo. A ella la despidieron a los pocos meses. Yo sigo en el mismo puesto desde entonces. Me bajo del camión a unas cuadras del cuarto que rento. Llegando veré qué hace falta en la despensa para comprarlo mañana. Doña Martha, mi vecina, se encarga de Augusta mientras yo estoy en el trabajo. A cambio de eso no le cobro todo lo que se lleva cuando va a la tienda; cosas insignificantes, en realidad: enlatados, sopas o dulces para sus nietos. Su madre fue enfermera y le aprendió algunas cosas, lo básico. Imposible pensar en pagarle a alguien para que se haga cargo de Augusta y, como se la pasa inmóvil la mayor parte del tiempo, no requiere de tantos cuidados. Cuando llego, doña Marta ya me espera en la puerta. Me dice que no le dio ningún problema y que por estos días pasa a visitarme al Wal-Mart. Ríe modestamente. Le doy las buenas tardes y me paso al cuarto. Augusta quieta: parece un ángel. Tomaré un baño rápido, pero antes: depilación de cejas y bigote, recorte de puntas quebradas en el cabello, barniz discreto en las uñas, exfoliación del cutis. Me tomará toda la tarde, pero debo hacerlo: la última impresión que se lleva el cliente es la de la cajera. A esta hora Augusta ya duerme. Como un plato de cereal y miro la telenovela. Me divierten las protagonistas mártires que sufren todo el tiempo pero al final de la historia son inmensamente felices. 26


A esta hora Augusta ya duerme. Mañana lavaré todos los pañales de tela que estén sucios. Hoy fue educada y no se sacó el que tenía. No vuelvo a irme sin revisarla. A esta hora Augusta ya duerme. Apago la televisión y me encierro en el baño. A esta hora Augusta ya duerme. Quito la tapa del depósito del escusado y saco lo que está dentro. A esta hora Augusta ya duerme. Toda esa gente, esa ciudad. ¿Es mucho pedir que no me miren, que hagan de cuenta que no existo? Solo soy un cero a la izquierda para ellos. La ciudad es un monstruo y me está devorando. La ciudad, los edificios, las calles, las banquetas. Todo comiéndose a todo. Relojes, tiempo: siempre es tarde para empezar de nuevo. Y Augusta aquí, pagando todo lo que no he hecho. Cuánta culpa bajo mis uñas, bajo el barniz de mis uñas. Ella está mejor así: aislada, perdida en rostros que no recuerda, náufraga en ese olvido que la está consumiendo. Las culpas son de uno y de nadie más. Los hilos de sangre bajan por mi espalda, se mezclan con los trozos de carne cuando llegan al suelo. Es fácil improvisar una garra de gato con utensilios de cocina y cabe perfectamente en el depósito del escusado. Cortadas en mis brazos. Cortadas en mis muslos. Cerillos: ampollas: si las arrancas en cuanto quemas la piel, no se notan bajo la ropa. Paso un rastrillo sobre mis costillas, luego una y otra vez por mis pezones hasta ya no sentirlo. Se laceran los lugares no visibles. La de la cajera es la última impresión que se lleva el cliente. Cuando llega doña Martha le digo que ya lavé todos los pañales y que están donde siempre, por si se ofreciera uno limpio. Le doy un beso en la frente a Augusta y me voy a esperar el camión. Esta mañana han venido pocos clientes. Las de intendencia aprovechan y me ponen al tanto de los chismes. Según ellas, escucharon que están por correr al gerente. Les digo que nun27


ca lo hacen, que siempre los mandan a otras tiendas para asegurarse de que no encuentren la manera de robar poco a poco hasta que desaparecen un día con medio millón de pesos. En eso estamos cuando la encargada de servicios vocea mi nombre. Apago la luz de mi caja y voy a ver para qué me quieren. Es una llamada telefónica. Es doña Martha. Es sobre Augusta. Está mal. Le digo a mi supervisor que es una urgencia familiar. Me dice que vaya, pero me descontará dos días y tendré que arreglármelas con el gerente. El cuarto de doña Martha está frente al mío, cruzando una callecita donde no caben más de tres bicicletas. Cuando llego a la esquina sale disparada contra mí, como si me esperara desde hace años. Barría su banqueta, me cuenta tartamudeando, cuando escuchó golpes dentro de mi cuarto. Fue a ver qué pasaba pero no se atrevió a entrar: Augusta estaba desnuda, llorando y golpeando una ventana. Vio sangre y un como cuchillo, o no supo bien qué cosa, en el piso. Le dio mucho miedo y corrió a encerrarse en su cuarto, me habló por teléfono y se puso a rezar; ya llevaba un rosario. Le digo que no se preocupe, que yo me haré cargo. La dejo parada en la banqueta y cruzo la calle, atravieso la puerta y veo a Augusta tal como me lo contó; aparte, hay manchas de sangre en las paredes y pedazos de excremento que se alzan como pequeños monumentos a la vejez sobre el único sillón que tenemos; su ropa está regada por el piso: según yo, ella ya no recordaba cómo desvestirse. Me acerco muy lento, en cinco pasos ya estoy justo detrás de ella. Tiene la vista perdida del otro lado de la ventana y arañazos en su espalda. Creo que no se ha dado cuenta de mi presencia. Siguiendo el rastro de sangre que hay en su espalda, bajo la mirada hasta encontrarme con mi garra de gato casera. Volteo hacia el baño: la tapa del depósito está rota en el suelo. Bañé a Augusta, le unté alcohol en las heridas, la vestí y la metí en su cama. Doña Martha vino, rosario en mano, y me 28


preguntó por ella. Le dije que no sería necesario que la cuidara los siguientes días. Hablé a la tienda y, sin darle ninguna explicación, le exigí al gerente que me adelantara mis vacaciones. Aceptó pero me pidió que le diera explicaciones a su reemplazo, el cual llegaría la semana entrante. Augusta duerme. Mañana la despertaré a la hora de siempre, le pondré un pañal limpio y algún vestido lindo. Le daré su desayuno y le diré que salgo al trabajo. Le pediré a doña Martha que vaya a comprarme tela para hacer pañales, así podré quedarme a solas en su cuarto para vigilar a Augusta desde ahí. No sé si me habrá visto o solo me habrá escuchado, pero en su total incomprensión de la realidad me espió y logró imitarme. Me siento violada. Me ha quitado lo único que era en realidad mío. Estoy sentada frente a la ventana. Ya pasaron dos horas y Augusta sigue sentada en el sillón. No entiendo cómo lo hizo, cómo me vio; siempre me aseguré de que la puerta estuviera cerrada. Pero creo que eso no importa. Ella no tiene ninguna culpa como para que deba pagar alguna. Yo sí la tengo y soy yo quien la sufre, no Augusta. Desde los dieciséis, cuando ellos murieron, entendí que en mi vida no habría espacio para culpas ajenas, solo para la mía. Cuando era niña rezábamos juntas antes de irnos a la cama; era la única manera en que podía pedirle algo a alguien. Siempre dije por favor. Nunca me dieron nada. Estos catorce años me he valido por mí sola. El miedo a que alguien venga y me pida algo no es lo que me importa, es el dárselo lo que me asusta. El mundo puede hacer lo que le dé la gana. Yo ya encontré mi culpa y el dolor de tenerla. Ya está pasando. Augusta comienza a quitarse la ropa toscamente. Atraviesa el cuarto y entra en el baño. Sale de ahí y camina hasta la misma ventana de ayer, la que da a los terrenos baldíos. Lleva la garra de gato en su mano; hice bien al ponerla de nuevo donde mismo. Salgo del cuarto de doña 29


Martha y me dirijo al mío en total silencio pero no me atrevo a dar más de dos pasos después de cruzar la puerta. Está con la mirada perdida otra vez. Lento, y con un gran esfuerzo, levanta el brazo, la mano aferrada a la garra, y lo deja caer hasta que las púas arremeten contra su espalda, dándose el primer tirón de carne viva. Atina exactamente en las heridas de ayer. La piel, aún fresca, cae al suelo. Ahí muere. Ríos de sangre comienzan a escurrirle llegando hasta sus tobillos. Nunca lo vi desde esta perspectiva: es una manera de morir, al mismo tiempo que el dolor extingue, poco a poco, la culpa. No sé cuál sea la suya, pero no interrumpiré lo que está haciendo. En la ventana, el reflejo de su rostro yace enteramente feliz.

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Fig. n+1 – Partes integrantes del cohete poemático o la estructura mecánica en la mirada de las nuevas generaciones presentes WWCEPHEI A, B & N – Estas letras constituyen la cabeza, los pilares de la palabra ABISNAUTA / medidores del vacío / gases raros / Entrada y salida pierden relevancia cuando tan solo existe un guión entre el espacio-tiempo: lo que podría nombrarse una metáfora del espejo - de agua; C – Estos conductos, estas cavidades recolectan el polvo meteórico, las esporas y ozono que se encuentran en el viaje: El Abisnauta recorre planetas, sistemas de antimateria, nanoespacios... y en la medida que se levanta bajo nuevas atmósferas, nuevas bóvedas celestes, cartografían sus propios mapas estelares: este texto es un astro; D – Ventana: todas ellas existen

Daniel Malpica

Se escribe con X

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para contemplar lo que está del otro lado y viceversa / cuando la arena sucumbe, la tradición, y la materia cede para dejarnos ver más allá; E – Medidores de rayos cósmicos, ultravioletas y vitales que soportan 1000es y 1000es (positivos y negativos) de grados centígrados (ºC) e incógnitas (º?) / Caemos sin vértigo / Los instrumentos con paracaídas son accionados por psicocontrol; F – Los símbolos: resorte para abrir los paracaídas; G – Bolómetro (para lo que sea que se ofrezca); H – Ventana: De nuevo la mirada y el espíritu / la mirada y el corazón / la mirada y la mente; I – Antena: Y la señal nos llega desde los huesos vibrantes, desde los tuétanos primigenios, humanos, cuando la transmisión es una sucesión de momentos de diversas vidas, estructuras óseas, códigos genéticos; J – Jesús era un hombre de palabra, predicaba la salvación, la resurrección de la poesía. Su padre José fue, a su vez, un hombre Justo, Justo de palabra, como el universo, de palabra, digno de María. Dicen que cuando la crucifixión, contó por tres, de mano a mano hasta el centro de la corona: Combustible; K – Tú eres la cámara de combustión; L – Tubo de escape: Una metáfora prometeica sobre el embudo y el viento; M – Por el rabillo del ojo: la expulsión de los gases: dice Cardenal que todas las cosas contienen algo de todas las cosas, que Platón lo sabía al hablar de los ojos que están hechos de estrellas: El zen hace un retrato perfecto: si existes es porque también, antes de ti, no existes; O – Paracaídas: Sacado de otro abecedario en vídeo, se nos dice que el escritor escribe “para” lectores, vamos, que el escritor escribe “a la intención de los lectores”, pero si damos por hecho que el escritor escribe para lectores también damos por hecho que el escritor escribe para no lectores, es entonces cuando el escritor escribe “en lugar de los lectores”, así pues el “para” significa ambas cosas: “a la intención de” y “en lugar de”. Deleuze explica, en la entrevista, que el escritor también escribe no


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solo a la intención sino en lugar de todo aquello que nos dice algo del mundo pero no puede expresar por sí mismo en el campo de la literatura: La universalidad de la Poesía; P – Nariz secundaria para inhalar hiperrealidades, vías lácteas; Q – Medidor de ionización lingüística; R – Incógnita Xii56ab07; S – Placa sensible; T – Espectro heliógrafo que registra el espectro solar a través de una ventana de vidrio especial, un filtro visual, como las visiones de fuego en la cabeza de Mahoma, pues la luz da matiz en el universo; U – Piloto automático donde la Gran Poesía del Mundo se encarga de orientar la voz del poeta sideral, como si acaso la sociedad intergaláctica no fuese un cúmulo de silbidos, de ocarinas vibrando susurros a penas de composiciones milenarias; V – Poema: Bomba de combustible; W – Oxígeno líquido; X – Aletas estabilizadoras: Punto donde convergen las scimas


Los responsables del fin del mundo Ulises de la Rosa “Los humanos sobrevivirán a cualquier prueba puesta frente a sí. La humanidad lleva ya, quizá, un par de siglos muerta.” P. Ennui.

El derrumbe del puente Rainbow la tarde de ayer, fue causado por un fenómeno de resonancia. Se trata de la correspondencia entre la frecuencia específica de un cuerpo y un movimiento –explicaba el Doctor Hashima en el noticiario de la mañana– dando como resultado la reproducción y propagación masiva de la energía. Un fenómeno muy peligroso para las estructuras. Los puentes son construídos con la finalidad de no entrar en resonancia con ninguna clase de vibración que pueda producir la tierra, el mar o el viento. Sin embargo, los movimientos sufridos en los últimos días han sido suficientes para ocasionar daños no solo en Japón. También en el resto del mundo hay... El mundo entero se desmoronaba, ¿qué más había que entender? Ryo apagó el televisor y salió a la calle completamente vacía, silenciosa. Puso su mente lejos de las quejas. Recordó la noche anterior: los ojos mirando un punto en el espacio que solo sería visto una vez –porque solo existió ahí, en ese momento– Las sábanas cobrando vida. La respiración perdiendo el compás. La reducción de su existencia a un elemento, diminuto. De golpe, la humedad... Yami esperaba sentada frente a la mesa, tratando de alejar de sí toda la desdicha del mundo. Vino a su mente la noche, 35


el ir y venir de las luces revelando todo en partes, nunca por entero. Los dedos que podrían haberle alcanzado el infinito de habérselo propuesto. Presión, y todos los pensamientos muriendo. Un intento por abarcar con su ser el universo completo. De golpe, la humedad... Sonó la puerta, al abrir encontró a Ryo, se sentaron frente a la ventana, en ese décimo piso a contemplar el cielo rojo. Sintieron de pronto la necesidad de decirle al otro: “anoche soñé contigo”, pero se contuvieron. Se tomaron de la mano, algunos ya estaban muriendo. Comenzaron con un beso, luego otro. Perdieron la cuenta, la razón y la ropa. Se abrazaron ¿Qué serían los amantes sin piel? Solo deseo; nada sin la sensualidad de las formas que se curvan por el movimiento. Como lo hacen los puentes, los edificios y las espinas dorsales al temblar. Sus cuerpos resonaron. Entonces comenzó el derrumbe.

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Juan Carlos Martínez Franco

Hoguera Una obra sin actos

Una cama de hospital. Vacía. Un avión del que baja. El túnel. La cinta del equipaje. La aduana. El aeropuerto. La calle. La ciudad. La noche. Oscuro. Una cama de hospital. Vacía. La mira. Da vueltas alrededor de ella. Máquinas, metal, sábanas frías. Silencio. Mira la cama. Toma su corazón entre sus manos, de las que escurre una sangre clara y espesa. Rítmicamente. Para sacarlo de su pecho tuvo que deshacer durante un tiempo el nudo de su garganta. La sangre mancha sus pies descalzos. La sangre cubre sus rodillas que tiemblan. La sangre escurre por su sexo. Gota a gota. 37


Gota a gota. La sangre escapa del lugar exacto que le corresponde en el interior. En el pecho un contorno seco con la forma de un puño. Un puño que late. Su boca es sangre. Sus ojos son sangre. ¿Es la sangre un buen combustible? ¿Se quema él a cada momento con el líquido inflamable de su órgano vivo? Mi cuarto se ha llenado de silencio. Él ha entrado tratando de sonreír. Sin lograrlo. Respiración lenta. Paseos incontenibles alrededor de la cama. Contra la inmovilidad. Mi inmovilidad. Silencio. Una cama de hospital. Vacía. 38


En un cuarto de mi casa. Se acerca a mí, a mi cama vacía. Me acaricia, a mi cama vacía. ¿Dónde están las palabras?, se pregunta. ¿Cómo puede este cuerpo ser el mismo que antes?, ¿me pregunto yo? ¿Cómo podría este cuerpo lo mismo de antes? ¿Estas miradas? Contempla una foto. Nos ve hace años. Nos ve en el patio de la escuela. Nos ve, frente a sus ojos, riendo, hablando, caminando con o sin prisa, llorando, sintiéndonos. Todo lo que no puedo hacer ahora. Estamos en el patio de la escuela. Estamos riendo, hablando, caminando con o sin prisa, llorando, mirándonos. Tratamos de hablar, pero silencio. «Aquí estoy», quiero decir, pero cómo decirlo sin palabras. «Aquí estoy», quiere decirme él, «pero no sé si estás tú». Y cómo decirlo sin poder decirlo. Por tener un nudo que aprieta y un corazón que escurre. 39


Y un fuego que no sale de ninguna mente. Que hace que mi cuerpo se incendie, que mi habitación se consuma entera, que calcina todo lo que se puede sentir. Calcina el avión del que él baja. Calcina el túnel. Calcina la cinta del equipaje. Calcina la aduana. Calcina el aeropuerto. Calcina la calle. Calcina la ciudad. Calcina la noche y la hace día. O noche blanca. Calcina la esperanza. Todo perecerá menos mi cama de hospital. Vacía. Él soñó conmigo. Sin fuego. Mar adentro, mar adentro. Hablaba conmigo y había palabras. Las palabras renacían de las cenizas. La voz renacía de los escombros de todo lo que nunca se dirá. Estás bien. Suenas sorprendido. Regresé. 40


Sonrío. Sonríes. De nuevo. Y lo abrazo. Él sueña que lo abrazo. Tenemos que celebrar. Pero el sueño se acaba. Como se acaba la amistad, como se acaba la función, como se acaba la vida. Una cama de hospital. Vacía. Él la mira. Mi madre entra. El sonido de sus pasos. Los pasos tantas veces acallados, tantas veces... Su mano a través de mi cuerpo impasible. Que no está. Porque la cama está vacía. ¿Nos escucha? ¿Qué podría haber respondido él? Sueño con fuego. Con hogueras, con llamaradas que surcan el cielo, con incandescencias que queman el interior de las per41


sonas. También sueño con médicos que ahorcan niños, médicos que caminan borrachos por la calle y apuñalan a los hijos de gente buena, médicos ciegos que operan a los jóvenes más amados del mundo. Y siento junto con todo esto la pesadez de millones de voces que gritan por sus muertos pero yo no puedo gritar. No está muerto. Lo sé. ¿Nos escucha? Silencio y una cama de hospital y vacía. No hay nada que decir. Qué podría decirse. qué palabras qué exclamaciones qué oraciones ordenadas qué oraciones ilógicas qué tartamudeos qué Él se va. Para regresar a veces. Para hacer lo mismo. Calcinar todo lo que existe. Respirar un humo espeso. Mirarme a mí, que soy yo y soy cama vacía y por unos segundos soy todo y soy un fragmento de lo que fui y no soy nada. 42


Él se va. La cama de hospital. La puerta. La casa. La calle. El cielo gris, la lluvia, los ojos nublados. El mundo que se incendia junto con un recuerdo que no se va. Como yo, que me quedo. En una cama de hospital. Vacía.

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Postales de Costa Brava Laura Baeza

Acababa de suicidarse la persona número veinticuatro en lo que iba del año. Era la última semana de abril. Veinticuatro personas en dieciocho semanas. El aire cálido de las seis de la tarde lo recibió con algo más cercano a una cachetada que al abrazo esperado. Luego de veinte años, Cristóbal volvió al pueblo de su madre. Las cosas ya no eran igual a como las recordaba: trató de reconocer las casas de sus compañeros de adolescencia, pero ahora estaban pintadas con colores llamativos, ocupadas por tiendas de cadenas nacionales, casas de empeño, y módulos de atención del gobierno. Cristóbal se acordaba del camino desde la terminal de autobuses a la casa de su tío, no eran más de cinco cuadras, pero el sopor de la tarde le quitó las ganas de llegar caminando a su destino. A través de la ventanilla del taxi, Cristóbal vio los vestigios de sus años en Costa Brava, que apenas conservaba un ápice de lo que fue dos décadas atrás. La casa de Pedro Leal seguía idéntica, pero cubierta por una fina capa de polvo, que –Cristóbal supuso– se fue acumulando desde que él salió de ahí. —No se acuerda de mí, ¿verdad? –le dijo el taxista mientras se estacionaba frente a la entrada. Cristóbal trató de escrutar los rasgos entre los surcos de la cara de aquel hombre–. Yo era el conserje de la secundaria cuando usted estudiaba. También conocí a su mamá, soy Matías. Cristóbal se acordó al momento. Conocer a su madre significaba que Matías estuvo enamorado de ella durante mucho tiempo, y sus deseos de conquistarla y tomar a Cristóbal como hijo suyo jamás se concretaron. 45


—Aquí estoy para lo que se le ofrezca, pregunte por mí en el radiotaxi cuando me necesite o haya resuelto su asunto. Matías esperó a que la puerta de la casa se abriera, luego se fue, dejando tras de la marcha de su auto una nube de polvo obscura y tan fina, que costaba trabajo desprenderse de ella. La que abrió fue una anciana morena, de estatura muy inferior a la de Cristóbal. Su aspecto era del tipo en que ya no se sabe la edad de las personas, tampoco se pueden adivinar sus acciones, pero sí creer en parte de su experiencia. Se llamaba Eugenia, y ya trabajaba en casa de Pedro Leal cuando Cristóbal y su madre se fueron de Costa Brava, hacía más de dos décadas. Eugenia le dio paso al recién llegado hacia el interior de la casa, que parecía preservada de todo lo que aconteció de la puerta para afuera. —En una hora le sirvo la cena. Aquí tiene de todo para que se ponga cómodo –dijo Eugenia después de llevarlo a la que fue su habitación tiempo atrás. Colgado en la pared seguía un marco con la foto en blanco y negro de Cristóbal y su madre cuando él era un niño. La mujer de la imagen era hermosa, decían que la más bella de Costa Brava para aquella época, aunque con todo y sus ojos verdes, con pestañas espesas y rizadas, y cejas de trazo irreprochable, pocas veces se le vio un gesto de alegría. Se embarazó de un ingeniero que llegó a Costa Brava cuando ahí construían el puente que conectaría gran parte de aquella península con el resto del país. El lema de esos años era “Conectando con la modernidad”. El ingeniero se fue apenas supo del embarazo, abandonó tanto el trabajo en la construcción como su futuro ficticio con Cristóbal y su madre. Pedro Leal registró al niño y le dio su apellido y todos los derechos como si fuera hijo suyo. La fotografía en la pared era de aquel día en el registro civil, una de las pocas ocasiones en que su madre esbozó una sonrisa. 46


A Cristóbal aquella casa siempre se le hizo enorme como para que nada más la habitaran tres personas, y eventualmente una o dos mujeres que hacían la limpieza. Las paredes eran gruesas, techos muy altos sostenidos con vigas, y cada habitación tenía tres puertas que las conectaban entre sí y con los pasillos, aunque a veces dos de ellas estuvieran bloqueadas por muebles pesados. A la esquina de la casa le decían “la esquina del viento”, y la explicación estaba en que era uno de los pocos lugares –o sitios privilegiados– donde se siente correr el viento en todas las direcciones. Cristóbal abrió la ventana que daba hacia el patio, su habitación solo tenía dos puertas y una ventana enorme. Ahí afuera las cosas también estaban en calma. Sobre la mesa Eugenia había dejado varias carpetas con documentos, pero en lugar de comenzar a revisarlas, Cristóbal retomó el periódico que había estado leyendo durante el trayecto en autobús. Costa Brava era un lugar exuberante para quienes iban de paso, el sol se ocultaba en el mar, parecía que la masa inmóvil, líquida, se lo tragaba todas las tardes y ahí, la silueta del sol era más grande que en otras partes, o por lo menos así se percibía en toda su redondez. También los costeños estaban embelesados con sus atardeceres y cada año enviaban a varias agencias publicitarias del país fotografías del ocaso, esperando que se reprodujeran en miles o millones de postales: Ven y disfruta de Costa Brava. A Cristóbal también le gustaba ver cómo el día declinaba en el espejo líquido, pero siempre pensó que tanto rojo, naranja, tanto calor en el mar del pueblo iban a sofocarlo, y no extrañó tanto los atardeceres cuando pasó lejos todo ese tiempo. Era curioso cómo un sitio con un paisaje tan apacible llevara ese nombre salvaje: Costa Brava. La explicación se representaba en los festivales que conmemoraban la fundación del pueblo: cuando los españoles llegaron a América, su modo de conquista era a través de armas de fuego, con la batalla, abriéndose paso, derramando la sangre de los indígenas, pero no fue así en Costa Brava, el único lugar del país donde los nativos expulsaron al ejército español y 47


ganaron el calificativo de feroces. Quinientos años después de la colonización, seguía siendo Costa Brava, pero sus habitantes se iban suicidando en cadena, sin una explicación –decía el periódico– coherente sobre qué sucedía ahí para tomar tal decisión. Eugenia le sirvió una taza de café y tamales recién hechos. En la ciudad donde vivía Cristóbal Leal, el licenciado Leal, una ciudad tan lejos de Costa Brava y tan cerca de los Estados Unidos, no podía comer esos tamales rellenos de mariscos. Probablemente hacía diez o quince años que no los probaba. —¿Revisó los documentos? –preguntó la mujer–. Ahí está todo lo que su tío dejó, el notario dice que están en orden, pero más vale que usted los lea con cuidado. Antes de que él le preguntara, Eugenia contó a Cristóbal qué había sucedido. Una mañana trató de entrar a la habitación de Pedro Leal para hacer la limpieza y estaba cerrada por dentro, tampoco pudo abrirla con la llave, tenía el cerrojo de mano. La intuición le dijo que algo no estaba bien y, sacando fuerzas de su minúsculo cuerpo, movió un mueble de la habitación contigua, una consola vieja que servía para tapar una de las tres puertas del otro cuarto. Hizo un espacio lo suficientemente amplio como para entrar y salir cómodamente, y lo encontró. Tenía medio cuerpo echado sobre sus libros de contabilidad, la boca seca y los ojos semiabiertos. —El doctor dijo que había muerto como a las tres de la mañana, y ya eran las doce del día. Según, que por un infarto. Ayer se cumplió una semana. —Así debió ser, yo hablaba poco por teléfono con él, tal vez estaba mal de salud y nadie lo sabía. —¿Su salud? ¿Alguna vez vio enfermo a su tío? Trabajé para él casi veinticinco años, nunca lo vi enfermo, ni siquiera de tos. Aquí la gente ya no muere de causas naturales. A menos que la voluntad sea una enfermedad. 48


A las nueve de la mañana del día siguiente, Cristóbal terminó de revisar los documentos que estaban sobre la mesa. Había pasado gran parte de la noche leyendo cada uno, tratando de localizar algo fuera de lo común, un pago que no se hiciera a tiempo, un trámite sin resolver, pero no halló nada. Al amanecer le dio una hojeada rápida: hasta la copia del testamento estaba en perfecto orden. Según los documentos, cuanto había sido de Pedro Leal le pertenecía ahora a Cristóbal: aquella casa, dos terrenos a las afueras de Costa Brava, una casona en el centro, cuya renta anual al ayuntamiento vencía en una semana. Cuando le avisaron que su tío había fallecido, Cristóbal se encerró en su oficina, le pidió a la secretaria que no le pasara ninguna llamada, canceló el viaje a San Antonio, y trató de hacer memoria de cuándo había sido la última vez que lo vio. La situación era similar: en el velorio de su madre. Pedro Leal pocas veces salía de Costa Brava, mucho menos para atravesar el país transbordando en aviones, pero su única familia estaba ahí, en Ensenada, y ahora Cristóbal era el último hilo consanguíneo. Su cuerpo se percibía reducido, tal vez empequeñecido por la pena de llevar a enterrar a su hermana, y el cabello estaba casi cano por completo. —¿Sabes por qué tu mamá y tú salieron de Costa Brava? –le dijo Pedro cuando ya solo quedaban los empleados de la funeraria, tras haber depositado el cuerpo en la cripta. —Ahí no había escuelas para que siguiera estudiando, usted le dio dinero para irnos al Distrito Federal y luego conseguimos trabajo aquí. —Sí, en parte. Tu madre nunca soportó Costa Brava, decía que era un infierno vivir ahí, con el calor, la arena volando por las calles en la tarde, la modorra que te carcome hasta la voluntad. Decía que en cuanto pudiera se iría lo más lejos posible. —Bueno, aquí también es así, se siente mucho el sol sobre la piel. —Pero no es igual. Antes de que salieran, ella me decía que 49


tenía unas ganas enormes de sumergirse en el mar. Una tarde no la hallábamos por ningún lado, y un antiguo enamorado que tuvo nos dijo que la encontraron ahogándose en la playa, tu mamá no sabía nadar. Después de eso, salieron para siempre de Costa Brava. Pedro Leal alcanzó a su hermana cinco años después. Tuvo tiempo suficiente para cambiar todo en el testamento, poner al corriente sus cuentas, darle instrucciones sutilmente a Eugenia de qué hacer en caso de que él tuviera un accidente en carretera –que era poco probable, si casi nunca salía del pueblo– y cómo contactar a Cristóbal. Aquél día era domingo, el único notario había cerrado su despacho, el ayuntamiento no trabajaba, y lo que le quedaba hacer era visitar los dos terrenos que le pertenecían por herencia. Llamó a Matías y antes del medio día, ya estaban ahí. —¿Ya sabe qué va a hacer con esto? Son terrenos muy grandes. —Venderlos, o darlos en renta –contestó Cristóbal, buscando la sombra de un árbol–. Eso haré con todo lo demás, menos la casa de mi tío. Por ahora, se quedará cerrada, cuando tenga tiempo suficiente, pensaré bien qué hacer con ella. No vendré a vivir aquí, tampoco tengo esposa e hijos para pasar las vacaciones en esa casa; sinceramente, no se me ocurre nada. Matías no lo dijo, pero pensó que le daba lástima la situación. Pedro Leal trabajó toda su vida, hizo un patrimonio partiendo de piedras y polvo, edificó una herencia que nadie iba a disfrutar, excepto por el efectivo de las rentas. Pedro Leal se murió y no pudo meter ninguno de sus logros al otro mundo, los dejó para que se cubrieran de telarañas o los habitaran empresas y gente desconocida. Matías sintió algo confuso, creyó que era nostalgia, por el triste destino de las cosas olvidadas, pero después encontró una mejor definición, y era miedo. Él tampoco 50


tenía familia propia, jamás se casó, jamás tuvo descendencia, y ahora había entrado a la ancianidad como taxista, trabajando jornadas largas para asegurar un sueldo o una herencia que disfrutarían los parientes que jamás veía, solo un poco más físicos que toda su parentela muerta. Y Matías pensó en Cristóbal, que cerraba el triángulo funesto de la soledad. —¿Y si le dona los terrenos a alguien? —Eso estaría bien, Matías, pero yo de buena gente nada más tengo la cara. Dejaron los terrenos, que eran un par de hectáreas en la orilla de la playa, pobladas solamente con arbustos. En Costa Brava nunca dejaba de hacer calor, menos para esa época, que abril calentaba hasta pasados los cuarenta grados. Matías y Cristóbal se sentaron a comer en una palapa frente al mar. Cristóbal no quería darle puntos a Costa Brava diciendo lo que sabía desde hacía mucho: de todos los lugares del mundo donde había comido, solo en Costa Brava los mariscos sabían así de bien, con un gusto perturbable. —No sabía que mi tío estuviera enfermo; como dice Eugenia, tenía una salud inquebrantable. —No siempre, Cristóbal –era la primera vez que lo tuteaba–. Tu tío tuvo un enfado cuando comenzaron a construir los hoteles en la playa. Le quisieron comprar los terrenos y él se negó, dijo que no quería una discoteca en su predio. Le ofrecieron mucho dinero, y tampoco los vendió. Lo tacharon de pueblerino, anticuado, que no quería el progreso para Costa Brava, y el progreso solo vendría con ese dichoso complejo turístico que ves allá lejos, y que desde hace como cinco o seis años está abandonado, sin que lo puedan terminar. Tu tío decía que Costa Brava, con todo y sus hoteles y carreteras nuevas para el turismo extranjero, o el helipuerto que querían hacer en otro de sus terrenos, jamás dejaría de ser un pueblo viejo, polvoriento y de suicidas. 51


—¿Y qué pasó con los hoteles? ¿Por qué están a medias? —Ya lo había dicho tu tío, Costa Brava es el lugar de las tragedias. Cuando lo construían vino mucha gente de diferentes partes del mundo para invertir en las villas y los hoteles, y algunos jornaleros se empezaron a morir. Eran accidentes laborales, según las autoridades: se caían de las cornisas, había choques en el camino para entrar, hasta el hijo de un ingeniero falleció dirigiendo una obra. La empresa fue demandada muchas veces, los inversionistas se arrepintieron y todo quedó a medias. Ahí está el progreso del que hablaban, en la obra negra. Eran casi las tres de la tarde. Cristóbal tenía prisa de volver a la casa y llamar a su secretaria para darle instrucciones acerca del día siguiente. —Y luego a muchos nos asombró lo de tu tío. —¿Su muerte? —No, lo que pasó antes. Hace como un año se sentaba casi todas las tardes en una banca del malecón cuando se metía el Sol; solo fallaba durante los días de lluvia. Un par de veces, mientras manejaba el taxi, lo vi y me quedé con él esperando un rato; él siempre fue buen conversador, pero durante esos momentos estaba encantado con lo que pasaba delante, y apenas contestaba el saludo. Varias veces esperé con él a que el Sol se ocultara, y lo llevé a su casa. Ya en las últimas fechas, cuando comenzaron los suicidios extraños en Costa Brava, dijo que con un espectáculo así todas las tardes, era normal que la gente se matara. —¿Entonces crees que quedó loco? —Todo menos loco, Cristóbal. Lo que no han dicho las autoridades sobre los motivos de los suicidas, lo dijo tu tío. Costa Brava siempre va a ser el lugar de los desahuciados. Ya viene la lluvia, será mejor que te lleve a casa de tu tío. 52


El asunto de las rentas se resolvió al día siguiente en una larga sesión con el notario y otro abogado, que acordaron los contratos y las cantidades para enviar el dinero a Ensenada. El motivo de su regreso a Costa Brava estaba resuelto. Cristóbal debía buscar qué le era útil en la casa y preparar su vuelta al otro lado del país. Cayó en cuenta que solo en la que había sido su casa de niño no sentía tanto calor, ahí no se sofocaba como en el resto del pueblo, la esquina de los vientos hacía honor a su nombre, y el patio de la casa se sentía como un espacio que perteneciera a algún sitio distante. Entre los documentos importantes del escritorio de su tío encontró una carpeta llena de fotografías del atardecer en Costa Brava. Estaban tomadas desde el mismo lugar, a veces con el Sol en diferente posición, pero siempre tan rojo y enorme. Todas tenían escrito en la parte trasera “Atardecer en Costa Brava. P.L.” El último año, Pedro Leal se unió a la legión de bravíos que enviaban, como los náufragos, señales de vida desde la punta de la península. Las últimas fotografías no pudieron salir por correo de aquella casa, y tampoco lo harían, porque Cristóbal las dejó en lo más profundo del escritorio. El final de su estancia en la casa de la esquina de los vientos lo pasó dando instrucciones a Eugenia, confiándole la llave por tiempo indefinido, leyendo en el periódico del día que empezando mayo se acababa de suicidar una menor de edad, cifrando veinticinco muertos en lo que iba del año. Llamó a Matías para que fuera por él y lo llevara a la terminal de autobuses, pero Matías no contestó, en su lugar enviaron a otro taxista. —¿Usted no es de aquí, verdad? –preguntó el conductor. —Era. —Si ya se va, tomaré el camino por el malecón, así ve de lejos cómo se mete el Sol. Sentado en la misma banca donde fueron tomadas las fotos, estaba Matías, viendo hacia el mar. 53


—Aquí me bajo. —Pero no hemos llegado a la terminal, todavía está lejos. —No importa, aquí me bajo, tengo que hablar con don Matías. El círculo inmenso comenzaba a bajar entre un par de nubes gordas. Matías se veía más viejo que el día anterior, la luz rojiza le remarcaba los surcos de la cara, las arrugas en las manos, los dedos torcidos. —¿Se terminó el viaje? –preguntó, sin dejar de ver al frente. —Sí, salgo en media hora. —¿Decidió qué hacer con la casa? —La casa se quedará como hasta ahora, y espero regresar pronto, Matías, ya vas a ver, vendré con mi esposa y mis hijos. Al fondo todo se veía rojo y naranja, quedaba una silueta muy delgada, parecida a las medias lunas de las uñas, que pronto se fue perdiendo a lo lejos, detrás de una línea perfectamente trazada.

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Historia de la naturaleza Erik Alonso “Me propones, ventana extraña, que esté a la espera.” Rainer Maria Rilke

Los muros no dejan ver. Enmarcan, limitan, lo cierran todo. Las ciudades se van convirtiendo en muros que dan hacia otros muros, edificios que se sobreponen unos a otros. La ciudad entera parece un edificio que no da a ningún lado. La ventana sobre el escritorio de mi cuarto tampoco da a ninguna parte. Tras ella solo se ve una pared inmensa cubierta por una enredadera. Por la ventana de Bartleby el escribiente, también se veía un muro. Pero él, mientras se negaba a realizar todas las cosas que le pedía su jefe, se pasaba todo el día mirando tras de ella. Yo no tengo aplomo de Bartleby: hago lo que me piden aunque siempre preferiría no hacerlo. Las pocas veces que he intentado mirar tras mi ventana, me desespero, como si la vida fuera a una velocidad que siempre me supera y el solo hecho de estar ahí me hiciera quedar rezagado. Estúpida juventud. A esta edad, dicen todos, la vida apenas comienza. En sus diarios juveniles, Alejandra Pizarnik escribió: “Me dicen tienes el futuro por delante, pero yo miro y no veo nada”. Yo tampoco veo mucho y toda la culpa se la echo a la enredadera. Una ventana frente al escritorio. Un hueco en la pared. Un muro. Una enredadera y arriba el pedazo de cielo que no enmarca nada. Una ciudad que no se ve. Entre el muro y yo, un pedazo de vidrio, cortinas. El jardín es un mar de tierra con puntos verdes que crecen desperdigadamente. Nunca se ha dado el pasto por completo. 55


Lo intentamos varias veces. Compramos tapetes de pasto que nunca terminaron de afianzar. Era divertido desenrollarlos. Hubo también sacos y sacos de tierra fértil; esa tierra negra que siempre está húmeda: tampoco pasó nada. Alguna vez vino un jardinero e intentó germinar semillas. Todos los días mí hermano y yo, antes de regar la tierra, revisábamos a ver si había crecido algo durante la noche. Recuerdo cuando hubo brotes tenues; la sonrisa que nos dejaron aquellos puntitos verdes en el fondo negro de la tierra. Tampoco llegaron a ser pasto. Hubo con el tiempo, brotes de hierba rala. Mi mamá fue trayendo plantas que, de vez en cuando, se alzan con flores. No ha sido un verdadero jardín, pero todos le llamamos así. Solo recibe directamente la luz del sol a medio día. Lo regamos cada tres días. Lo que siempre ha crecido es la enredadera. Cuando alcanzó la totalidad del muro quisimos contenerla. Solo una vez la podamos completamente. La vecina de atrás se quejó de la humedad que la planta producía en su casa. Un día entre mi papá, mi hermano y yo, la cortamos. No fue fácil. Las manos se quedaron deshechas luego de utilizar por varias horas las herramientas de jardinería. Cuando despejamos el ramaje, nos dimos cuenta que el muro estaba completamente seco. Toda el agua estaba contenida en las ramas. No había humedad en los muros. El jardín sin pasto se llenó de hojas y ramas destrozadas. Habíamos matado a la enredadera. Tardó algunos meses en volver a cubrir todo el muro, volvió a crecer con la misma intensidad y con un verde más fuerte. Quedó el recuerdo del muro muerto, la sombra gris de aquellos días sin hojas de enredadera. A veces pienso que nunca la podamos y crece hasta que la casa se cubre de tantas hojas que termina por desaparecer. Las enredaderas son invasivas. En algún punto de su historia evolutiva, un error marcó su diferencia: en vez de buscar un cuerpo, como tallo o tronco, se deshicieron en ramajes que 56


van trepando las superficies. No se pueden mantener erguidas, su cuerpo es todas las ramas. Buscan la luz, absorben el agua, crecen. Se expanden. En un cuento de Guadalupe Nettel, uno de los personajes se da cuenta que es un cactus, mientras que su esposa es una enredadera. Él no quiere tener hijos. Ella sí. Están enamorados. Los cactus crecen hacia dentro, se recubren de espinas para no perder el agua que acumulan. Las enredaderas buscan la expansión como forma de supervivencia. Una enredadera no puede crecer rodeando un cactus. El cuento se llama Bonsái. Al final la pareja decide separarse. Todo es invasivo, incluso los cactus. Algunas ciudades se expanden devorándolo todo, van proliferando en los espacios menos esperados. Se desbordan. Otras crecen hacia dentro, conteniéndose mientras los muros se enciman entre ellos hasta perder el suelo. Todas necesitan crecer para seguir viviendo. Quizá mi ventana tenga una función más discreta que la que ofrece el plano vertiginoso de una calle transitada, o la de un pretencioso descampado que solo da a sí mismo. En una foto de Wolfgang Tillmans, tomada desde el balcón de un departamento, se enfoca una rama que sostiene un fruto. Una naranja, creo. El fruto lleva adherida una breve nota que dice: “Please, leave this one”. Detrás de la rama y el fruto se ve la ciudad desenfocada. Tal vez la enredadera no obstruya la vista, y más bien la simplifique, como la foto de Tillmans que no ve las casas sino que centra el foco en la rama y el fruto. Incluso la foto ignora el pequeño mensaje adherido al tallo, como si la realidad humana fuera una ligera intromisión. La enredadera es un escenario simple donde sucede la vida: el laberinto de las hojas, los nidos de pájaros, los insectos que no conozco. Un pequeño nuevo mundo que vive en la velocidad de las cosas que no tienen prisa. Un tiempo distinto del nuestro. Al final pienso que la vida, los años, los días, no se verían tan 57


intimidantes si solo pensara en este momento. “No hay nada más difícil que habitar el presente”, escribió Henri Bergson; quizá por esa imposibilidad de habitar lo inaprensible: lo que sucede mientras sentimos. Veo la enredadera y pienso: Please, leave this one.

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Yaxkin Melchy

Polinesia Americana

(fragmentos)


1 Coreografía espiral espirográfica ágrafa grifa grupera perramente trazando mandalas una polinesia mas que a la deriva aprendiendo a derivar la polisensia sensitiva reel las funciones de una lengua de una puesta en escena bailante ejercitando los ejes de rotación

planetarios

de risas

voy haciendo espirógrafos de hacer enigmas

que es mi manera

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monumentales

como el polen que cae de las blancas páginas

de belleza inesperada

de realeza inaudita

de monstruosidad

latente soñada

y preexistiendo

en el exit de estos días que no son éxito sino espiras 62


alas desplumadas templos sin columna

el Partenón un Chichén Itzá más bien de lianas

encuentro 63


me confundo en los [morales

de mi semen

que son รกtomos cristalinos hielos a la deriva de cascos polares

Rapa Nui

ensartadas islas de Indonesia

en sortijas: dedos

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las Antillas

en racimos haciendo C

cobayas zapallos

arroll谩ndome en el eje de rotaci贸n de este planeta

desenrollando 65


un textil de tentĂĄculos con flores

cities:

el uno no se pierde en las selvas

sin volverse un salvaje iluminado

un dos oscuro tambiĂŠn

como los tigres

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los ojos de los gatos los Ă­rises delfines

los madrigales armados

de los topos

manchas o manchas

de otorongos volando excitadamente desde los huevos de un afecto [de oro

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El azul con los mares a las flores de olas mansas

en contraste sigue dando vuelta

las llanuras son el cyan de los [sueĂąos

y los Ă­ndigo mares con olor a clavo

especĂ­menes

semillas que al desaparecer buscan los colores del olfato

68


Y encanecen también las nubes

y ennegrecen también los barcos

vaquitas flotan como azucenas

nadan lobos marinos

y sí, es la vida

detrás

de de los los con dominios está la vida

jugando dominó en las estepas

escondiéndose 69


en nuestras estaturas

ovnis ĂĄngeles

y promesas de anarquĂ­a son arroyos de flores

alzĂĄndose y deslizando

70


en el agua como

el martín

un alción

de las espóradas

de las cícladas

del dodecaneso

del Mekong que corre como un niño de agua y lodo musgos: húmedos laureles setas para un abecedario que de pronto 71

pescador


es adversario con sus galeones y galones de abc

setas islas manchas navegantes del Kon Tiki constelar

mesozoicos zoomorfos Plancton vs Pangea

Phytochemistry en casas rodantes

el suelo se nos mueve 72


el sueño es velamen apaguen veladoras izen velas

polinesia 4m3r1c4n4

Zetáceos Zetáceos por acá nos vemos

73


2 Amaneceres Amanerados

de oro también

los

dientes

filigranas por escrotos escrituras del pubis Oh Krloz son aguas benditas o áureas o proporciones mágicas si no hablamos de los [márgenes márgenes: son líneas de escritura en cuadernos de micro-prisiones sobre ruedas y sobre llantas enllantados mejor y rodando en las cabezas lloriqueando pero bien maricas bien desiertos pero poblados por escorpiones por calaveras de oro aguas astrales pirateadas por visiones de oros acuíferos como los sueños de la vigilia Decir cenizas en todo amén decir amor en todas las cenizas revolcadas que somos conectar con el online on lianas nos hemos dicho para cruzar fronteras de las cuencas para el cráneo ser transfronterizos 74


Entes tras los tragos si no hay entes solo bajaríamos las persianas en los [libros libros son convocatorias cantos en convocatoria si no apestarían a muertos bajo el pubis convocar es invocar revocar toda ley que sea del habla y la lectura la tinta es para los pulpos las pantallas son pantanos las lecturas son ostras si no hay en el I am la apertura y no el apartheid: Slam son aguas malsanas si no hay malvas en los rostros si no ríen en el abrir que no es reír en someter la audiencia a un spoken Word un spoken Tv pararse a decir ¿o no parar de escribir? no parar de decir si decir es izar y montar un río de caudales amazónicos palabras raudales emanaciones volcánicas arqui-tectónicos nos decimos o nos murmuramos: que son gritos las mariposas poco sutiles del intenso color del neón que hace del bosque un estado mental 75


un colocarse entre los cielos de las alas y las hojas deshojando libros escribir deshaciendo partituras leer deshaciendo reglas legislar deshaciendo el oro ver las caladas de la tela en los [tintes en la patria del lenguaje darnos abrazos nรกufragos

76


5 Serie de sueños polisensia continente mis piernas tiemblan Norteamérica las nubes de rabia y humo que son Norteamérica las ilusiones ópticas sus espejismos de papel bosques o ríos de mariposas migrantes biografías de la aridez escrituras que se levantan como polvos sobre los casinos perdiendo la cabeza desprendiendo la vida aquí mientras la lluvia fría azota los pulmones glaciar: orquídea qué seres te empujan qué corrientes marineras niño témpano de hielo sequoyah kid nuestro es el amor de los bárbaros la lluvia fría: Norteamérica las lindes de Roma las colinas de Malí Yup´ik mask máscaras que bailan ardientes en el hielo tohono o’odham antes que fuéramos quetzales éramos correcaminos y antes de que existieran las plumas vestíamos de cuero: kikapú 77


cosiendo en tensas auroras años antes de cristo luego viajes en kayak se iban colorando los lagos se conquistaron primero en la mente las islas del desierto las biznagas reventaban reverberaban los soles con cascabeles en la frente las coralillo brotaron luego en los ojos del veneno que entona la poesía en la oscuridad ardientemente se desviste el corazón para mirarnos safari de turquesa los ojos son el cielo sin atmósfera se han perdido los astronautas buscando vida en nuestro altar pero descaradamente ya éramos todos alienígenas y descarnados nos enfriábamos en la lava recién cristalizada técpatl las estrellas de la muerte volverán a fascinarnos aún fósiles veremos el nos deshacerse en otras preguntas colectivas pero hacia dentro conectivas frecuencias tejidos artilugios 78


de la lengua que emplea en todo su mascar la euforia y las enzimas amilasas los dulces frutos de la boca río colorado lisérgica vida entre las grutas de los signos cuando todas las pinturas rupestres nos dibujan en eones que no se descifran cantan las guitarras más locas más radiantes tejiendo las cuerdas en el viento azules marejadas de medusas de turmalinas y piritas trilobites satélites titanes del potlach entre los sueños y las estrellas blues los guardianes del bosque legiones el capitolio de luciérnagas a capella HD de las lentes el brillo comatoso el soma de tus molares mamut refermentados pulques como piscinas de hormigas religiones dando vueltas ufos crashing in the streets 79


mitochondrias coaling calentamiento global ámbar eléctrico piedra de los vientos invenciones como flores de huracanes capitán américa hombres X siglos de telepatía idas a la luna volutas de dinero teatros orinados crashing sun pterónimos dáctilos el frenesí es nuestra carta la última carta Tinariwen [traveller de estos metacarpos abrazándose en las arenas

to Bob Dylan

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ABB E R N H E DR I E I V RN I SGK

Anders Behring Breivik No. 2  

Compilación independiente de literatura juvenil.

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