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Imagen de S B

Todos y cada uno de los derechos de las obras literarias, fotografĂ­as o ilustraciones publicadas en esta revista pertenecen en exclusiva a sus autores. Colaboraciones: revistadigitalvalenciaescribe@gmail.com Descarga este nĂşmero en pdf: http://www.mediafire.com/file/t0rbd1f2g71fij6/revistavalencianumero5.pdf/file 2


«YO TENGO UN SUEÑO...» «...un solo sueño, seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad, y ojalá ya no tuviera necesidad de soñarlas» Imagen de Gordon Johnson en Pixabay

Martin Luther King EQUIPO RDVE Coordinación y corrección Aurora Rapún Mombiela Ilustración portada Vivian Rodríguez (Cas) Imágenes y maquetación Eulalia Rubio y Vicente Carreño 3


INDICE

Editorial Prólogo amigo

Aurora Rapún Mombiela

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Susana Gisbert Grifo

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RELATOS

Françoise-Claire Buffé-Moreno Prohibido el paso 12

Susana Gisbert Grifo Herself 16

Víctor Calvo Luna Miedo al reinicio 20

Francisco Pascual El cuadro 22

Daniel Canals Flores Transparencias 26

Ernesto Rubio Sánchez Las botas del pescador 30

Manuel Serrano Rufo y el hada de los sueños 34

Rosa Minguet Puchades Diario de un sanitario 38

Rafael Blasco López El leñador 42

Irene Lado Monserrat Simifòbia e hidrofòbia 46

María Grazia Scelfo Entre leyenda y realidad 50

Vicente Carreño Blues por los negros asesinados 54 POESÍA

Isabel Garrido Cuarentena 60 María José Mures Esqueje 66 4

Luis Miguel Martín Antón Madre 62 Miguel Ángel Puerto Bellod A un e-mail 68


MICROS

Rafa Sastre Confesión en Sherwood 72

Marisa Martínez Arce Plan B 74 Pepe Sanchis La granja 78

Asun Martorell Recetas 76 Francisco Pascual El jardín 80

Manoli Vicente Fernández Golpe de efecto 82

Pilar Alejos Martínez Solas ante el peligro 84

Aurora Rapún Mombiela Peligro por curva 86

Concha García Ros Balidos 88

Sonia Mele Puerto Libertad en la noche 90 LITERATURA

Marta Navarro Calleja El final del affaire. Graham Green 94 MENUDOS RELATOS

Iraida Barajas Murcia Fallen ángel 98

Georgina Planelles Martín Una noticia inesperada 102 Mar Planelles Rapún Animaladas 2 104 5


Editorial

por Aurora RapúnMombiela

E

l número 5 de nuestra querida revista ve la luz con la esperanza de ser un remanso de paz en medio de la locura en la que nos ha sumido este año extraño.

Cuando empezó 2020, poco imaginábamos que íbamos

a vivir una experiencia tan dura. Todos los miembros del equipo de edición esperamos de todo corazón que las personas que estén leyendo estas líneas estén sanas y salvas al igual que sus familias. Afortunadamente para todos nosotros, a la cultura no hay manera de pararla porque nos da alegría, nos da libertad y nos da la vida. Nuestras plumas inquietas han estado trabajando sin descanso de la misma manera que lo han hecho nuestra imaginación y nuestros cerebros, por ello estamos encantados de poderos ofrecer un montón de buenas historias para disfrutar.

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Como bien sabéis, el libro de Valencia Escribe, Cada vez más iguales, está en marcha, a punto de ver la luz, con una maravillosa cubierta realizada por Evelyn Carell. También hemos de resaltar la gran participación que ha habido en las redes sociales en los concursos promovidos por la gran Lu Hoyos que, cuando no tiene una idea, tiene dos. Algunos libros escritos por miembros de Valencia Escribe se han quedado a la espera de ser promocionados o presentados, otros se han fraguado en estos meses. Sea como sea, desde aquí os enviamos nuestros ánimos porque sabemos que todo esto pasará y podremos continuar con los proyectos que quedaron a medias. Damos las gracias a nuestra redactora del Prólogo amigo, Susana Gisbert Grifo, por su generosidad al compartir unas palabras maravillosas que nos han emocionado. Y por supuesto, os damos las gracias a vosotras, queridas amistades de Valencia Escribe, sin las cuales, nada de esto tendría sentido ni contenido. Esperamos que leáis, disfrutéis y compartáis el nuevo número de nuestra querida revista

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Prólogo amigo por Susana Gisbert Grifo EL PRIVILEGIO DE ESCRIBIR

S

iempre me he sentido una privilegiada. La posibilidad de juntar letras y conseguir que produzcan efecto a alguien

que está a muchos kilómetros, alguien a quien no conozco y a quien quizás no veré nunca, es verdadera magia. Y tocar, aunque sea con la punta de los dedos, la varita que lo produce es un verdadero privilegio. Pero, si siempre ha sido así, esta situación tan extraordinaria que nos ha tocado vivir lo ha puesto de manifiesto más que nunca. Mientras que la mayoría de la gente se retorcía de desesperación pensando en lo duro que iba a ser permanecer en ese encierro impuesto por las circunstancias, la familia juntaletras pensamos en aprovechar el tiempo para escribir, escribir, y escribir. Escribir ese libro

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que quedaba atascado a la espera de inspiración, de tiempo o de ambas cosas, escribir ese ensayo tan prometedor que dejamos a medias, escribir esos poemas que nunca acababan de fraguar, escribir artículos de opinión, escribir entradas para el blog que había dejado algo abandonado…o escribir un prólogo amigo para la Revista de Valencia Escribe. Los demás proyectos están en camino, sin duda. Y los que vendrán. Pero el prólogo no podía esperar y aquí me tiene, enganchada a las teclas cuando ya podría estar tomando un café en una terraza al sol porque por fin hemos conseguido que sea posible. Habrá muchos cafés, pero la Revista de Valencia Escribe solo es una, la nuestra, esa que hace que cada tres meses la ilusión en forma de relatos nos llene por un rato. A quienes escribimos, a quienes leemos y a quienes hacemos ambas cosas. Si la pandemia ha traído consigo algo de bueno, ha sido el fomento de la creatividad. Si no podíamos movernos de casa, viajaríamos a través de la literatura, porque escribir te permite desplazarte en el tiempo y en el espacio sin más límites que la imaginación. ¿Es o no es un privilegio? Por eso, esta privilegiada promete que cuando nuestras historias vean la luz, las leerá sentada en esa terraza al sol que nos está esperando.

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Relatos

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Imagen de ddzphoto

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Prohibido el paso Françoise-Claire Buffé Moreno

M

i niña, te voy a contar lo que nunca me dijo mi madre. Ojalá me lo hubiera explicado.

Ojalá me hubiera advertido. Ojalá me hubiera hablado, hubiera intimado alguna vez, se hubiera despojado de sus secretos íntimos. Tantas décadas de secretos escondidos en lo más íntimo, en el más profundo olvido ahora que ya no podemos comunicarnos. Pero sacarlos a la luz suponía cierto impudor, y mi madre era muy púdica. Contar secretos suponía también sentarse a mi lado, conversar detenidamente, hablarme al oído, sin nadie más alrededor, Si mi madre me hubiera revelado, como lo hago ahora contigo, lo que significa ser mujer, ser libre, no me hubiera pasado eso. Quizá le diera vergüenza, quizá ella tampoco lo sabía, quizá a ella también le sucedió.

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No me toques

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay Imagen de Alexas_Fotos en Pixabay

Ya sé que a muchos no les importara, que muchas quitarían importancia a lo que pasó. A pocas personas se puede confiar eso, sería dar paso a la intimidad, a la confianza y este paso es difícil de dar. Porque espanta a veces afrontar no solo la realidad sino la mirada ajena. Pero para ti quiero dar hoy este paso, porque a ti sí que te importa. Tienes que saber lo que vas a permitir, lo que vas a defender, lo que vas a prohibir o dar. A todos los hombres que vas a encontrar, a todos los hombres con quienes vas a tratar, a todos los hombres con los que vas a intimar. Te voy a contar un secreto. No habrá paz para mí si no lo cuento. Te costará imaginar a la niña torpe con trenzas y gafas de pasta, con ganas de libertad que era ya en aquel entonces, con mis diez años.

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Te costará enterarte de lo que ocurrió a esta niña de ojos ilusionados, obediente, dócil, confiada, y sobretodo imaginar las consecuencias de estos actos que se debían delatar, y que no se denunciaron. Y que se hicieron impúdicamente, descaradamente, secretamente. Aunque no para todos. Ay, mi niña, mejor no lo sepas, mejor callarlos quizá, mejor morirse con mis secretos, mejor no manchar los recuerdos. Pero, ¿y si a ti te pasa lo mismo? ¿Si a ti te sucede, mi niña? Todavía siento los dedos que se introducían en mi intimidad, en sitios que nunca me habían nombrado, en sitios supuestamente prohibidos. Todavía siento la postura humillante, la frialdad de este hombre, joven sin embargo, que se escondía bajo la bata blanca del fisioterapeuta con quien tenía citas semanales. ¿Por qué de pequeña, me contaron, siempre había temido a los médicos, enfermeros, de bata blanca, y por qué a ese no lo denuncié? ¿Por qué me resultaban peligrosos, inamistosos, y no hablé de lo que sucedió con ese? Me penetraba con sus dedos y hurgaba en mi interior, repetidas veces y con cita previa; llegaba y a solas con él, como si fuera habitual y formara parte de su función, me convertía en su objeto, siempre dócil, siempre obediente, siempre dispuesto. Ignorante ante todo de la humillación que significaba. Acostumbrada a confiar. Y a obedecer. E iba encogiéndose poco a poco mi dignidad conforme iba perdiendo mi integridad. La de una niña todavía, ni siquiera una mujer. Sin trabas. Sin permiso. Sobre todo sin castigo. 14


Imagen de LUNA RODRIGUEZ en Pixabay

Mi niña, quiero que sepas que este paso lo tienes que prohibir tú. Si ni tu madre ni la ley ni ninguna autoridad te defiende, aunque te sientes sola, en lo más íntimo del consultorio, del despacho, del callejón, de la habitación, nadie tiene derecho a apoderarse de ti. No dejes que nadie te haga sentirte despojada de tu dignidad sin tu consentimiento. No dejes que nadie te humille, te trate sin delicadeza, sin cariño, sin atención. Y sobre todo que nadie te quite tu niñez. Que nadie te obligue a esta soledad absoluta del secreto vergonzoso. Que nadie te aparte de tu camino glorioso de mujer del futuro, redonda, serena, hambrienta de piel ajena y de besos compartidos, Hay que prohibir el paso. 15


Herself Susana Gisbert Grifo

—M

ario, tío, ven. Corre. Esto es muy fuerte.

—Voy, voy. Pero espera un momento que tengo que terminar una cosa. —Déjate de chorradas y ven. Vas a flipar en colores. Mario, apremiado por las prisas de su amigo, dejó su partida de vídeojuego a medias y acudió. Ya podía tratarse de algo importante para que le compensara haber echado a perder el juego en lo más interesante. —¿Lo ves? —Jo-deeeer. No me lo puedo creer. 16


Imagen de Ilona Ilyés en Pixabay

—Un millón de visitas en YouTube en solo unas horas. Es la hostia. No hace ni tres horas que subí el vídeo. Mario, tío, ¡nos vamos a forrar! Mientras veían discurrir las imágenes por la pantalla del ordenador, Mario sintió náuseas. De repente, la alegría inicial de la noticia había dejado en su estómago un nudo que no sabía cómo había llegado hasta ahí ni mucho menos cómo hacer desaparecer. —¿No nos habremos pasado? 17


Ante sus ojos, una anciana a la que faltaban varios dientes, vestida con harapos, se levantaba la falda y orinaba en un vaso de plástico, mientras se oía una voz de fondo relatando la escena. “Aquí la tenemos haciendo sus necesidades. No os perdáis lo que viene a continuación. Ella misma”. Lo que venía a continuación era una imagen donde la anciana se bebía su propia orina, mientras se escuchaban de fondo sonoras carcajadas. Mario contuvo a duras penas las ganas de vomitar —¿Qué vamos a pasarnos? —le respondió su amigo—. No te pongas tonto ahora, Mario. —Si ni siquiera la llamamos por su nombre. —No jodas, tío ¿Qué más da? Es una loca borracha y punto. Lo del título fue un acierto. La palabra en inglés llama la atención. —No sé, de verdad. Ahora lo veo y no lo tengo tan claro. 18


—Tío, déjate de gilipolleces —le dio una palmadita en el hombro—-. Además, bien que cogió los 20 euros que le diste, ¿no? Mario no pudo conciliar el sueño en toda la noche. Al día siguiente fue a donde habían rodado el vídeo dispuesto a encontrar a aquella mujer. Le pediría perdón y le ofrecería una parte de esas supuestas ganancias de que hablaba su amigo. Sabía que la dignidad no se compra, pero necesitaba acallar su conciencia a cualquier precio. Le costó un poco dar con ella. Cuando la localizó, tumbada en el cajero automático donde dormía cada día, notó un olor extraño, distinto al que percibió cuando fue con su amigo la primera vez. Con algo de aprensión, tocó a la mujer. Ella estaba muerta. Cuando fue a dar aviso a Emergencias, vio un mensaje en su móvil. Las visualizaciones del vídeo de YouTube habían alcanzado los tres millones. 19


Miedo al reinicio Víctor Calvo Luna

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al vez suframos en los reencuentros. Quizá nos atenace el miedo al ridículo. A no saber estar. A no dar el nivel. Es posible que no sepamos cómo retomar las viejas relaciones. Hemos de prepararnos, a concien-

cia, como si se tratase de una cita a ciegas. Algunos hemos cambiado físicamente; nos hemos dejado barba, o nos la hemos afeitado, o hemos engordado, o hemos cambiado el peinado, o estamos más calvos, o hemos adquirido nuevos hábitos; o todo a la vez. Ya no somos los mismos. Las primeras citas serán deseadas, estarán llenas de inquietudes y sorpresas, de curiosidad morbosa, de historias de confinamiento y anécdotas de mascotas, de insomnios, de visionado de docenas de series y películas, de comidas copiosas y malas digestiones, de lecturas olvidadas y sesiones musicales a todo volumen, de horas interminables en las redes sociales, de incertidumbre y miedo a lo desconocido, de saturaciones informativas que, más que tranquilizarnos, nos han alimentado los temores. Regresaremos con la inseguridad metida en nuestro cuerpo, como un ordenador 20


Imagen de Pete Linforth en Pixabay

al que hemos apagado de manera abrupta, sin el protocolo establecido para desconectarlo, y, cuando necesitamos encenderlo de nuevo, le damos al botón de inicio con indecisión y miedo, sin saber cómo va a reaccionar tras la desconexión indebida. Voy a hacer memoria de las desconexiones que he tenido en mi vida. Pero antes, voy a pensar en cómo han sido mis reinicios. Los he hecho con más o menos rapidez, con dudas e incertidumbres, con inquietud y sorpresa, pero nunca con miedo; y siempre he recuperado mi rendimiento anterior. He perdido algunos archivos y me ha costado encontrar otros, pero a los pocos días, con los nuevos programas y las nuevas tareas, me he puesto a trabajar con más brío y con mayor ilusión. Tengo que decir, que a pesar de las muchas desconexiones que he vivido, no pienso cambiar de ordenador porque nunca me ha dejado tirado. 21


El cuadro Francisco Pascual

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ue un encargo que desde el principio no le gustó demasiado, pero se lo pagaban muy bien, la oferta era tentadora, bastante por encima de su tarifa habitual. Estuvo a punto de negarse, le resultaba desagradable

el rostro de ese tipo sabiendo lo que había hecho, la clase de monstruo que era, pero tampoco le llovían los encargos como para andarse con remilgos. Pese a su espectacularidad, la pintura hiperrealista, salvo algunas honrosas excepciones, no estaba bien pagada. El devenir de un artista como él era andar siempre a salto de mata. Por eso, aunque con reticencias, aceptó. El cuadro era para un millonario caprichoso, el cual, si quedaba satisfecho, podría asegurarle el trabajo para una buena temporada, quizá, años. El hombre pretendía cubrir las paredes de la galería más emblemática de su mansión campestre con cuadros hiperrealistas de temáticas variadas. Y ese era el primero de lo que podía ser una larga y fructífera serie. Después de semanas de durísimo trabajo ya estaba casi acabado, apenas quedaban unos pequeños detalles que aún llevarían un tiempo, detalles que pasarían 22


Imagen de SamWilliamsPhoto en Pixabay

desapercibidos para un neófito, pero que un pintor de su clase no podía dejar pasar. Sin embargo, en el lienzo se apreciaba con toda nitidez y perfección el rostro del mal, de un auténtico demonio, de un asesino en serie, frío y despiadado. El hombre llevaba en su mano derecha un puñal de cazador con el que había dado muerte a una docena de personas. La limpia hoja del arma refulgía de ma23


nera espectacular iluminada por una fuente de luz cenital. La foto que le servía de modelo era una composición de dos imágenes, por supuesto: la del hombre, tomada en la comisaría la noche que fue detenido y que mostraba en su rostro señales de pelea con los agentes que consiguieron pescarlo a punto de cometer su decimotercer asesinato, y la del puñal, que aparecía en su mano. El pintor deseaba acabar con esta obra cuanto antes. Su desasosiego iba en aumento, no podía evitarlo. Le causaba escalofríos esa mirada gélida, cruel, sin sentimiento alguno, que él, magistralmente, había plasmado en el lienzo. Los secretarios del millonario le metían prisa; parecía que su mecenas no podía entender el significado de ese tipo de arte, en el que la premisa principal era la paciencia. Decidió acabar cuanto antes; trabajaría día y noche si era menester, sin descanso alguno. Pese a todo, se sentía atemorizado y subyugado por la mirada asesina de ese hombre. Cada vez que se plantaba delante del cuadro, de su propia obra, un escalofrío le recorría la espina dorsal. Aquella noche, de madrugada, el agotamiento hizo mella en el artista. Sus trazos comenzaban a ser menos firmes, los ojos se le cerraban. Iba una y otra vez al lavabo para echarse agua fría en la cara, pero el efecto reanimador le duraba bien poco. Había perdido la cuenta de las cafeteras que consumió. Tenía que descansar. En el momento entregara el cuadro y cobrara lo convenido, se plantearía con todo rigor si aceptar otro encargo del millonario. Estaba claro que su salud se resentía. Era imposible mantener ese ritmo de trabajo, incluso su inconfundible estilo se vería afectado. Agarrándose de los riñones, se recostó en el viejo diván que tenía en un rincón de su estudio. Era bastante incómodo, lo cual le venía bien para no quedarse profundamente dormido. Solo pretendía descansar los ojos durante unos minutos Al día siguiente, cuando la asistenta llamó a la puerta del estudio y no recibió contestación alguna, decidió entrar por su cuenta. El pintor no estaba en su cama y no sería la primera vez que se quedaba traspuesto en cualquier lugar, pero la mujer no se imaginaba la escena que estaba a punto de presentarse ante sus ojos. El artista estaba echado en el sofá, con la garganta abierta de un tajo certero, 24


Imagen de Clker-Free-Vector-

los ojos fuera de sus órbitas y una expresión de terror incontenible en su atormentado rostro. Estaba cubierto de su propia sangre, la cual se extendía por la alfombra; la había empapado formando un extenso charco. El diván aún goteaba por debajo. Si no hubiera sido porque el asesino estaba preso y a buen recaudo, todas las sospechas referidas a la muerte del pintor hubiesen caído sobre él, ya que el modus operandi de la herida mortal llevaba su siniestro sello. La Policía abrió una investigación, estaban dispuestos a capturar cuanto antes a ese imitador del criminal, puesto que estaban convencidos de que de eso se trataba: un imitador. No era la primera ni sería la última vez que algo así ocurría. No obstante, como nadie había visto antes el cuadro, no pudieron caer en la cuenta de que el cuchillo que pintó el artista, en la mano derecha del asesino, tenía la hoja limpia e inmaculada; sin embargo, ahora estaba manchada de escarlata, aunque no era pintura… 25


Transparencias Daniel Canals Flores

U

n águila volteaba por encima de sus cabezas intentando elegir una posible presa. Tras observarlos con atención, giró su plumífera cabeza con indiferencia; aquellos cabrones eran demasiado grandes

para transportarlos hasta su nido. Henry Chinaski y el Führer se observaban en silencio; ninguno de los dos sabía con exactitud cómo romper el hielo. Adolf entrecerraba ligeramente sus ojos como tratando de recordarle. Henry bebió un largo trago de schnapps y le pasó la botella al Führer, aunque este rehusó su invitación: —Parece que nos han condenado a entendernos. Quizás estamos en el infierno... —comentó tras azotarse el lingotazo. —¡Nein! ¡Patrañas! Dios no existe y el Diablo menos. «Tú sí que fuiste un buen demonio», pensó Chinaski fugazmente, antes de proponer: —Creo que es mejor empezar desde el principio. Aunque, difiramos en nues26


Imagen de OpenClipart-Vectors en Pixabay

tras concepciones intelectuales, estoy seguro de que podemos encontrar algunos puntos en común. —¡Jawohl! —exclamó el canciller. —Una vez, en la universidad, me hice pasar por nacionalsocialista, ¿sabe? — explicó Chinaski. —Yo fundé el nacionalismo —respondió Adolf con tono solemne y una mirada brillante y soñadora. «Esto debe ser una especie de autopsia histórico-psicológica —pensó de nuevo Chinaski, a la par que una ráfaga de viento provocaba el tener que subir el cuello 27


de su raída chaqueta—. Menos mal que me han dejado mi viejo gorro de lana». Si aquel lugar en el que se encontraban no era el Berghof, se le parecía mucho: hacía el mismo frío alpino. Sin buscar la aprobación de su interlocutor, volvió a tantear la botella para calentarse un poco. De repente, y sin venir a cuento, Hitler dijo con aspereza y un cierto deje de amargura en la voz a la par que fruncía el ceño: —Mi padre me pegaba. Al escuchar la inesperada e íntima confesión, Henry decidió tutearle: —Del mío solo te diré que era un auténtico hijo de puta, un malnacido rijoso. Un pastor alemán apareció de la nada situándose a los pies de Adolf. Al acariciar la cabeza de aquel magnífico ejemplar, su rostro pareció suavizarse un poco, momento que Henry aprovechó para decir orgulloso: —Yo tengo la casa llena de gatos. Por el mismo sitio por donde había aparecido el perro, asomó una jovencita rubia, alta, guapa y de buena constitución, portando una bandeja con un servicio de café. Sin decir una sola palabra, le sirvió una taza al caudillo y regresó contoneándose. Era Eva Braun, la amante de Adolf. Henry, sin dejar de admirar su retaguardia, dijo: —Te cuidan bien Adolf; yo, en cambio, no tengo suerte con las mujeres. La mitad de las que he tratado están locas... la otra mitad, también. —La mayor parte de la humanidad es repugnante —acertó a decir Hitler mientras alisaba el pantalón de su uniforme tratando de eliminar una pelusa imaginaria. Llevaba el pecho lleno de condecoraciones y el bigote algo encanecido pero bien recortado; como en las fotos de los libros de texto, más o menos, poco antes de perder la guerra. Aquello tampoco podía ser realmente el ‘nido del águila’ ya que los aliados lo habían dinamitado para evitar su conversión en un lugar de peregrinación por parte de sus adeptos. —El problema es que no nos queremos de verdad. Realmente, preferimos malvivir como alimañas en vez de seres humanos —contraatacó el escritor maldito. 28


—Mis alemanes no eran humanos, estaban hechos de acero forjado en la cuenca minera del Ruhr. A Henry no se le escapó el tiempo verbal utilizado; confirmaba que la situación era ucrónica y extracorpórea, aunque el frío que sentía aún le hacía dudar. —Ambos somos alemanes, yo, de nacimiento y tú por convicción. Nací en Ardenach, ¿sabes? —aventuró. —Al observar tu desaliñado aspecto pensé que eras un vagabundo. Uno de esos trotamundos, tan abundantes en Norteamérica, que cruzan el país de un extremo a otro y luego vuelven a empezar en dirección contraria —expuso Adolf con tono sincero. —No te equivocas, soy un vagabundo de las estrellas. Aunque, lo de ir arriba y abajo no es lo mío; prefiero desplazarme en mi nuevo Porsche. —Ese era el ingeniero que diseñaba los motores de mis tanques —precisó Adolf al mismo tiempo que cambiaba de tema—. No vencimos, pero no me dejé atrapar, ¿sabes? ¡GROOOOOOARKKKK! La conversación se vio interrumpida por un graznido lejano. En una bruma, una misteriosa trasparencia invadió la escena diluyendo a los personajes, el perro, la casa, las cumbres cercanas y hasta el águila. 29


Las botas del pescador Ernesto Rubio Sánchez

T

res amigos fueron a pescar con la idea de pasar dos noches de acampada y con toda la comida de aquellos días a base del pescado que pudieran sacar del río. Ese reto resultaba tan estimulante como meritorio si

se superaba. Por tanto, todo el grupo aceptó la apuesta. Julián pescó un enorme barbo la primera tarde al llegar y le siguió Antonio con una gran trucha. Pero Ramiro no conseguía que ni el más insignificante pez mordiera su anzuelo. Solo acudían a él los peces pequeños, los cuales devolvía a su hábitat puesto que era un crimen comerlos antes de que crecieran. La noche cayó y no hubo más remedio que retirar las cañas. Los tres amigos se sentaron en torno al fuego donde se asaban el barbo y la trucha. Julián y Antonio parecían divertirse con la falta de éxito en la pesca de Ramiro. —Ya sabes lo pactado —le dijo Antonio—. Cada uno comerá lo que haya podido conseguir. Los demás tenemos pescado para cenar. Tú ¿qué? —Un empacho de cocido y carne de olla que he comido hoy —bromeó adivi30


Imagen de 272447 en Pixabay

nando su tono burlesco—. Así que acabáoslo todo vosotros si os apetece que por un día que no coma no pasa nada. Pero ellos estaban más que dispuestos a incomodarle: —¿Qué, Ramiro? —le atacó Antonio—¿Qué pescarás mañana?¿Una bota? —¡Ni eso pesca! —intervino Julián riendo. Ramiro se preguntaba si de veras tenía tanta importancia. Al siguiente día volvieron todos a echar sus cañas. Ramiro no conseguía nada mientras sus compañeros ya habían logrado pescar unas cuatro veces. Pero no parecía en absoluto preocupado, ni siquiera cuando llegó la hora de comer y empezaron a mostrarle las piezas tratando de suscitar su envidia. Mientras se asaban los barbos en la hoguera, Ramiro inició una caminata en dirección al pueblo. —¿A dónde vas? —Lo pactado, pactado está —respondió con calma—. Que cada uno coma lo que tenga; pescando o no, hay que comer. Voy a la bodeguilla del pueblo a ver qué tienen. 31


—¡Eso ni hablar! —exclamó Antonio—. Así no es válido. El juego consiste en pescar. Si vas a buscar comida donde te lo dan todo hecho, estás fuera de juego... —Acepto la derrota. Peor que perder es no alimentarse. Media hora después regresó con dos bocadillos, uno para comer y otro para cenar. —Ya dije que me rendía —comentó Ramiro en cuanto les vio reír—. Una retirada a tiempo, es una victoria. —¿Por qué vuelves a echar la caña entonces? —Por mi afición a la pesca. Si cae algo, bien y si no, pues aquí hemos pasado el rato. —Tú sueñas en colores, macho. ¡Que te ganamos por cuatro a cero! Haciendo caso omiso aguardó. Al cabo de unos instantes se hundió la moya. ¡Algo se estaba enganchando! Recogió el hilo y sacó... ¡Una bota! Las carcajadas no se hicieron esperar. Sin embargo, él no daba ninguna muestra de desánimo. La dejó al pie de la roca sobre la que estaba sentado y siguió esperando. Dos horas pasaron sin que ningún pez mordiera el anzuelo, mientras que sus compañeros habían conseguido ya una pieza por cabezas. Entre ironías y burlas, Ramiro observó de nuevo cómo se le hundía la caña. Quizás hubiera una puerta de esperanza y los peces hubieran picado. Pero al recoger el hilo... se encontró con otra bota. Casualmente la pareja de la que había pescado un par de horas antes. Tomó ambas y las puso a secar a unos pasos de la hoguera. —Bueno, a lo hecho, pecho —dijo exhalando un suspiro—. Voy a sacar mi cena. Sus compañeros se divertían contemplando cómo se asaban los barbos mientras él se comía su bocadillo sin prisa. La cena transcurrió entre bromas y burlas hasta que Julián, ya saciado, decidió sacarse sus botas para airear los pies. Ramiro abandonó el área unos minutos para estirar las piernas sin alejarse demasiado. Cuando consideró oportuno regresar, encontró a Julián un tanto tenso: 32


—¿Será posible?¿Será posible, hombre? —¿Qué te ocurre? —preguntó Ramiro. —¡Coño, las botas! —respondió Julián al borde de un ataque de ira—. ¡Que las busco y no las encuentro! ¿Tú las has visto, Antonio? —¿Yo? Tú sabrás dónde te las quitaste... —¡Me cago en la leche jodida! — gritó Julián—. Mientras estábamos cenando alguien vino arrastrándose detrás del matorral, metió la mano y...¡tararí que te vi! A ver cómo vuelvo a casa... —Por lo menos si había un bandido por el campo, no nos hirió; más se perdió en la guerra —dijo Ramiro mientras recogía las botas que consiguió pescar como única pieza. ¿Qué pensaba hacer con ellas? —¿Crees que los problemas se solucionan con una frase hecha? —le espetó Julián airado. —No lo creo así, pero desde luego que enfadándote no vas a conseguir nada — le respondió con serenidad Ramiro dejándole caer las botas en su regazo—. Toma, ya están secas. Si no me he fijado mal son el mismo número que gastas. Algún servicio te harán hasta que llegues a tu casa. Julián se abrazó a él agradecido y se disculpó por todos los menosprecios que le estuvo dirigiendo. Antonio comenzó a sentir retortijones en el estómago, lo que le hizo sospechar que el pescado no le había caído muy bien. Sus andares con los glúteos apretados y las piernas cruzadas que recordaban a los de un pato suscitaron una jubilosa sonrisa en Ramiro. 33


Rufo y el hada de los sueños Manuel Serrano Cuando los adultos dejamos de ser niños perdemos el asombro de los hechos mágicos.

Rufo era un perro viejo, tan viejo que se pasaba el día tumbado cerca del fuego en invierno y al sol en verano. Su amo, Marcial, le tenía mucho cariño, pero el viejo perro ya no le servía para casi nada. Una mañana estaba mirándolo desde la ventana de su casa y pensó que ya era hora de deshacerse de él. Necesitaba un perro joven y fuerte para proteger la casa. Se colgó la escopeta a la espada y se lo llevó al bosque. El pobre perro andaba muy despacio. Marcial tiraba de la cuerda para que fuera deprisa. Tenía pensado atarlo a un árbol y pegarle un tiro. Llegó al sitio que le pareció mejor. Lo ató, se alejó unos pasos, se echó la escopeta a la cara, apuntó y cuando le iba a disparar le vio la cara a su amigo de tantos años y no pudo. —Te voy a soltar y búscate la vida. No te puedo matar, pero tampoco puedes 34


Imagen de Audrius Vizbaras

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Imagen de Stefan Keller

estar en casa. Sé que me entiendes —le dijo con lágrimas en los ojos. Dio la vuelta y se alejó dejando solo al pobre Rufo. Rufo se quedó sentado primero, pero después se echó. Creía que su amo volvería a por él. Se hizo de noche y hacía frío. Rufo tiritaba como una hoja. De pronto apareció el Hada de los Deseos: —¿Qué te pasa, Rufo? —¿Me conoces? —Se extrañó el perrete. —Claro. Tú Rufo, eres el perro de Marcial. —Sí, pero me ha dejado y no vuelve a por mí. Yo estoy muy viejo para volver solo a casa. Si me quedo aquí me comerán las alimañas del bosque. —Entonces, ¿qué quieres? —Quiero volver con él. —Pero, casi te mata.

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—Yo sabía que no me iba a matar. —¿Quieres ser otra vez joven y fuerte? —Si, por favor. —Pero siempre que se consigue algo, algo se pierde. —Me da igual. —Hecho. Y Rufo salió corriendo y ladrando después de darles las gracias al Hada de los Deseos. Cuando llegó a casa de su amo, ladró con fuerza hasta que salió. Rufo se lanzó a sus brazos, le lamió la cara. Cayeron los dos al suelo y jugaron como cuando eran más jóvenes. Marcial miró a Rufo con cariño y de pronto se dio cuenta que no era en realidad Rufo, sino Rufa. Cuento apto para niños de 110 años. 37


Diario de un sanitario Rosa Minguet Puchades

H

e sacado del fondo del cajón mi diario de adolescente, necesito escribir para estar anclada a la realidad. Todo esto parece un sueño del que no consigo despertar.

Salgo de noche de mi casa, otras veces de día, pero el paisaje que me rodea es

siempre el mismo. Calles desiertas que no se acostumbran a no ser pisoteadas por cientos de viandantes, coches circulando por un asfalto seco o aviones que antes surcaban el cielo dispuestos a llegar a su destino. El silencio deja paso a pájaros y palomas que se han adueñado de la ciudad, árboles y plantas crecen descontroladas a causa de la lluvia que no ha dejado de caer desde que se decretara el estado de alarma.

El primer semáforo en rojo me alerta de que estoy cerca de mi destino, doce horas de intenso y agotador trabajo en urgencias de un hospital. Aparco a un paso, hay mucho sitio porque los pacientes no tienen acompañantes, vienen solos y se 38


Imagen de leo2014 en Pixabay

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van solos. Me sumerjo en otro mundo muy distinto del que he dejado atrás, aquí, el silencio es lo único que no falta, ambulancias, coches de policía, bomberos e incluso algún vehículo particular se agolpan a la entrada ansiosos por ser atendidos. Tomo una profunda bocanada de aire, consciente de que dentro del edificio casi no hay y lanzo mi miedo al viento para que vuele como la cometa que no hemos podido volar durante las vacaciones que ya no están ¿quién me ha robado el mes de abril, mayo, junio…? ¿dónde han ido los besos y abrazos que no he dado?... Cambio mi ropa por capas de protección en un intento de normalizar lo que no lo es, hace tiempo que solo puedo mover mis ojos enfundada como un robot, no toco nada con mi piel descubierta. Casi no siento nada, he perdido uno de mis cinco sentidos, el tacto. Soy huérfana de lo que más me gustaba, sentir, oler…las 40


mascarillas tampoco nos dejan hablar con naturalidad, nos escuchamos a gritos. Otro día más, otro día menos en el que, por unos segundos, me asalta la idea de dejarlo todo y correr sin rumbo pero, rápidamente desecho esos pensamientos fruto de la desesperación y me regalo los que verdaderamente son míos: soy enfermera vocacional, me encanta mi trabajo, me hace crecer como persona y como profesional cada día, adoro un alta hospitalaria, me chiflan las muestras de cariño y agradecimiento, el compañerismo… y la fuerza y el tesón con el que afrontamos esta guerra invisible contra la que nos ha tocado luchar. Cuando regreso a casa, después de mi guardia, vuelvo a esconder mi diario de adolescente, he decidido que no quiero plasmar mis recuerdos en él. Son demasiado tristes, superan a los alegres, ahora solo quiero olvidar, quizás mañana lo vuelva a sacar. 41


El leñador Rafael Blasco López

E

l hombre era atormentado por los treinta y cinco grados que emitía el astro rey durante su trayecto hacia el solitario roble. El inequívoco sonido irritante, rompió la paz del lugar cuando puso en marcha la sierra

mecánica para talarlo. Agitando desesperado sus ramas arriba y abajo, el árbol causó enorme perplejidad y obligó a detener la herramienta al podador. El asombro dominó y paralizó al leñador cuando escuchó gritar a su objetivo a derribar, por lo que detuvo la sierra. —¡Detente! —chilló señalándolo con una de sus ramas. Repuesto de la sorpresa, el leñador respondió rotundo. —Me da igual que hables o te muevas, necesito tu leña para calentarme en invierno. El roble suplicó alzando sus ramas de nuevo. —¡No debes hacerlo! Usa solo una parte de mis ramas y déjame seguir viviendo. Solo así entenderás que nuestras vidas están ligadas como todo en la naturale42


Imagen de Hans Linde en Pixabay

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za. Recapacita, soy el único en varios kilómetros a la redonda. —Puede que sea suficiente, pero prefiero tener la seguridad de todo tu tronco para más inviernos —respondió rotundo. —Solo te pido que pienses en el resultado. Si me talas hoy, corres el riego de permanecer debajo de mí por toda la eternidad —le advirtió. El hombre estalló en una cruel risotada que solo cesó para burlarse del árbol. —¡Poco podrás hacer cuando te trocee! ¡Yo me sentaré sobre ti, puedes estar seguro! El leñador arrancó de nuevo su herramienta y comenzó a talar el árbol por su base. Tardó un par de horas en su cometido, pues su tamaño era más que considerable. Una vez derribado el tronco y troceado, decidió posponer su trabajo ya que la fatiga se adueñaba de su cuerpo. Sudoroso y enrojecido, se sentó sobre uno de los tocones partidos con una sonrisa fanfarrona en el rostro. —¡Te lo dije, te dije que me sentaría sobre ti y me calentarías todo el invierno! En cuanto me recupere empezaré a trocear las ramas.

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Imagen de Analogicus

El sol aumentó su temperatura hasta provocar una insolación en el hombre. Desesperado, intentó cobijarse bajo alguna sombra; para su desgracia había abatido la única que lo protegía. Mareado y deshidratado intentó huir del infierno que él mismo había creado. La piel de su rostro cubierto de bambollas, se fundía como un muñeco de plástico ardiendo. Boqueaba agonizante, suplicando agua por el delgado conducto de aire que apenas entraba en su reseca y estrechada garganta. En una huida desesperada hacia la nada, tropezó con una de las ramas podadas y cayó a tierra. La muerte árida se llevó su alma con una calma tortuosa; dos hojas cubrieron sus ojos cual último gesto bondadoso del árbol. El tiempo ejecutó una simbiosis entre ambos; las lluvias filtraron las cenizas por la tierra hasta depositarlos en los orígenes del roble. Pasaron cientos de lunas y albas hasta que el árbol brotó en el mismo lugar. Cuando alcanzó idéntica altura de antaño, miró hacia la tierra recordando al leñador. —¡Te lo advertí! Con el sol, mi sombra o el aire que depuro, estamos unidos en la naturaleza. Llegaste a mí para que calentara tu hogar y no me negué, pero la avaricia te convirtió en abono de mis raíces.

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m

Simifòbia e hidrofòbia? Irene Lado Monserrat

L

a imatge acostumada que la Laura sempre havia tingut d’aquestes bèl·lues bípedes apelfades amb vellut sorrenc, de rostre triangular rosaci i ulls eixerits canviaria ben aviat arran de la seua estança a L’Índia,

on treballaria com a cooperant en una ONG. Des de ben menuda, la Laura pensava que aquests simis eren senzillament uns animalets, una mica entremaliats i enjogassats, però alhora graciosos i propers; criatures engabiades de zoo i que, a cremadent, solien apropar-se i fer-li cas, tan bon punt els llançava cacauets. Un bon dia la Laura, fastiguejada de l’abúlia anímica a la qual havia arribat per culpa de la rutina, prengué la decisió d’anar-se’n a Anantapur, a l’estat del sud d’Andhrapradesh, per a treballar com a professora per a la Professional School of Languages i preparar i formar a xiques universitàries, les quals provenien de xicotetes poblacions rurals dels voltants, per tal d’ ajudar-les a trobar una futura feina en empreses multinacionals. 46


Imagen de S Das

Després d’haver-se instal·lat a la seua cambra i desfet la maleta, la Carme, coordinadora del voluntariat, li presentà la Nerea, una altra cooperant de Tenerife que feia ja tres mesos que hi treballava i a qui la Laura substituiria pocs dies després. L’endemà, la Nerea li mostrà les instal·lacions de l’escola i li presentà les seues futures alumnes. Abillades totes amb els seus kurtes de colors cri-daners i els cabells arreplegats en llargues negres trenes decorades amb gesmil, la saludaren, esbossant un somriure i donant-li la mà. Després d’ haver-s’hi presentat i haver fet un barret amb elles, se n’acomiadà. Tot seguit, la Nerea la conduí a una gran cambra, on hi havia una seqüència de llits arrenglerats. La Nerea, en veure l’estat de l’habitació on tot estava en orri, etzibà enfurida amb el seu deix canari: —¡Mira, otra vé´ lo mono, ya han entrao en la habitasión! ¡Son tremendo´! Cuando entran en la habitasión de la´ chica´, se lo cogen to´:la ropa, la comida y ha´ta la medisina.El otro día había una cría intentando abrí´ una caja de parasetamómó.¡Uy!¡Tú no sabe´, cómo son! A la´ alumna´ no le hasen ninguna grasia, pero 47


mira ¡uy! ni se te ocurra haserle´ nada. Lo´ indio´ lo´ veneran por el dió Hanuman que era un dio mitá mono, mitá humano. E´ un avatá´ de Shiva que ayudó a Rama a luchá´ contra un gigante en el Ramayana. Ha´ta alguno deja que lo´ mono´ se le suban a la cabesa como una bendisión. A e´to le´ da iguá, que transmitan la rabia o que no. E un semidió y e´to va a misa. L’estança mostrava un estat deplorable molt semblant a qualsevol peça habitada que ha estat assaltada i desvalisada per uns vàndals en una pel·lícula de detectius, on han regirat tot fil per randa per tal de trobar la prova clau del delit que els pot incriminar. Els llits estaven desfets amb els llençols per tot arreu. La roba rebregada, les bosses de mà obertes, els fulls esgarrats, polseres i arracades reduïdes a mers arams entortolligats, capses de medicaments esquinçades: tot era un exemple de i capolarori d’aquests desvergonyits lladregots. La Laura, embadalida, no se’n podia avenir mentre albirava aquella escena dantesca, però quan la bena li va caure de veritat dels ulls, va ser a còpia d’experimentar algunes aventures i reencontres personals amb aquells brètols. Una volta, en tornar de fer la compra i quan estava a punt d´arribar a la cambra, va sentir per darrere un moviment brusc que li va arrabassar la bossa on duia unes mandarines que, en un tret i no res, ja rodaven per terra. De sobte, una pluja de micos van aterrar com caiguts del cel per recollir-ne amb les seues arpes, les palmes de les quals semblaven revestides de negre cuir, i grapejar-les amb els seus llargueruts i maldestres dits. I així, el boterut mascle, la femella i els menuts descorfaren aquells cítrics primer i després se’ls empassaren mentre la Laura hi mirava, resignada i bocabadada. Aquella sensació primerenca, barrejada entre curiositat i atordiment envers els macacos, hi esdevingué prompte en una aversió esgarrifosa. Cada dia famílies de micos visitaven l’escola, grimpaven pels arbres, saltironejaven pels teulats, mentre movien aldarull i campaven a plaer. A tal efecte, la direcció havia emprat tota mena d’estratègies, com ara els Monkey fighters (quadrilla d’hòmens encarregats d’endur-se’ls) o mitjançant el soroll de masclets, perquè aquests escamparen la boira d’una vegada. Tanmateix, tot fou en va. Aquestes 48


criatures rampants continuaven fent mostra de la seua contumàcia i, pocs dies després, hi tornaven com si res. Feia una setmana que no sabien res d’aquests primats, fins al dia en què la Laura deixà les alumnes treballant i isqué de l’aula per anar al magatzem per fulls, i es va veure sobtadament acorralada per una rotllana de micos. Esperà impàvida que se n’anaren, però el mascle de més edat gambà un poc mentre

Imagen de Bishnu Sarangi

feia ballar la gruixuda garjola, li passà a frec i s’aturà obrint la bocota per mostrar, com a prova de la seua ostentació i poder patriarcal, una esmolada dentadura. Aleshores, un fort esglai envaí la Laura de por que aquell animalot, amb cara de pomes agres, la poguera mossegar i transmetre-li la ràbia. Aquell atalaiava desafiant una palplantada Laura, alhora que aquesta, posseïda per una sensació d’angoixa, provà mentrimentres de trobar un pal de fusta amb què foragitar aquella bèstia, Com que no en trobava, no feu cap moviment per no provocar l’animalot i, empesa per l’adrenalina de la por, escridassà a plens pulmons fins que les alumnes isqueren a correcuita. S’hi acostaren per veure una Laura, envoltada d’un grapat de micos, tota esmorteïda i amarada amb suor i la consolaren entre preguntes i comentaris en anglés: —Madam, are you OK?; What´s wrong, Madam?; Don´t´worry, Madam. We´ll help you. Ràpidament, algunes alumnes agafaren poals amb aigua i els hi llançaren fins que aquests s’escapoliren. La Laura, llavors, agraí les xiques la seua ajuda i reprengué la classe. Ara per ara, la Laura no sap ben bé encara si es tractava de simifòbia o d’hidrofòbia.

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Entre leyenda y realidad María Grazia Scelfo

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esde hace algunos días, Mercedes tenía unas pesadillas que la inquietaban. Casi todas las noches soñaba que estaba encima de unos acantilados y que de repente se iba a caer al mar. Por el miedo, se

despertaba gritando. No tenía idea del lugar donde se encontraba, ni conocía a las personas que estaban a su alrededor. Estaba muy cansada por el trabajo, así que decidió tomarse unos días de vacaciones. Pensó que junio era el mes ideal para ir a Irlanda, segura de que el paisaje tan verde y maravilloso de la isla le proporcionaría la tranquilidad y el descanso que necesitaba. Primera etapa, Dublín y luego, con un coche alquilado, visitaría Galway, Limerick, Killarney y por último, antes de regresar, Cork. Ese era su plan. El recorrido que había elegido sabía que era precioso, las carreteras estaban rodeadas de bosques, las montañas eran de piedra arenisca, los lagos inmensos de 50


Imagen de Nanni05

áreas bajas, los prados color esmeralda que sosegan el alma. Justo lo que Mercedes deseaba. Cuando estuvo en Dublín no pudo dejar de visitar, en el Trinity College, la famosa biblioteca de Harry Potter, ya que había trabajado sobre las traducciones, en varios idiomas, de los nombres propios contenidos en las novelas. Según lo previsto, continuó su viaje hacia Galway. 51


Pasando por alto las primeras dificultades encontradas al conducir un coche con el volante a la derecha y el hecho de que la paró la policía para averiguar si tenía permiso de conducir y si estaba borracha, todo siguió sin problemas. Llegada a Galway, ciudad moderna, joven y universitaria, se fue a ver los espectaculares Acantilados del Moher, largos aproximadamente ocho kilómetros con alturas que llegan a los 214 metros. El paisaje natural no es recto, sino que presenta muchas rías. El día estaba nublado y había llovizna, el mar estaba bastante revuelto, y quizá por eso, el espectaculo la atraía aun más. Se acercó al borde del acantilado, como si fuera atraída por un imán, para ver mejor lo que pasaba abajo, cómo la naturaleza desencadenaba su fuerza con las enormes olas rompiéndose en la rocas. Debajo de uno de sus pies el terreno empezó a resquebrajarse y ella empezó a resbalar y estuvo a punto de caer al mar, como en sus pesadillas. Una mano la agarró y le evitó una desastrosa caída. Esta vez no era un sueño sino pura realidad. Al mirar quién la había salvado, vio a un joven y guapo pelirrojo que la miraba con aire preocupado y no la soltaba. Le miró desconcertada y le abrazó para darle las gracias, aún con el miedo metido en el cuerpo. Había ocurrido lo mismo que en sus pesadillas. La diferencia estaba en la conclusión. John, el chico que la había salvado, no podía dejar de mirarla. A ella también le atraían sus listos ojos azules. Empezaron a hablar y, entre otras cosas, él le dijo 52


Imagen de ML_Photography en Pixabay

que trabajaba en la Universidad; se ofreció para hacerle de guía durante su estancia y enseñarle las típicas músicas y comidas irlandesas. Mercedes se quedó una semana, siempre junto a su ángel de la guarda. Llegó el día de la despedida y se saludaron entre lágrimas prometiéndose escribirse muchas chats y llamarse a menudo por teléfono. En el aeropuerto internacional de Cork hubo un inconveniente con el avión y tuvo que quedarse ahí dos días más. Aprovechó la ocasión para visitar la ciudad y no dejó de ir a ver el río Lee, que la cruza, porque había leído que hay una leyenda según la cual si ves a la foca nadando en el mismo río te quedas en Cork para siempre, o volverás para vivir allí. Y Mercedes vió a la foca, pero no le hizo mucho caso, pensó que esto no podía ocurrir. No sabía entonces las vueltas que puede dar la vida. Por fin, a primeras horas de la mañana logró salir para Madrid. Al llegar a su casa se sentía muy triste pensando en John y en su bellísimo viaje que añoraba mucho. Le escribió un mensaje para agradecerle los días tan agradables que pasaron juntos, e invitarle a ir a la capital. Pero él no le contestó durante todo el día. Desilusionada se puso a cenar. Llamaron al timbre y cuando fue a abrir apareció John. 53


Blues por los negros asesinados Vicente Carreño

«De los árboles del sur cuelga una fruta extraña, sangre en la hoja y sangre en la raíz. Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña» Strange fruit

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uita de una vez esa música de negros, ¡maldita sea!

El vozarrón sonó como un estruendo en la habitación. Jennifer tenía 15 años y cuerpo de mujer, vivía en una chabola al lado de un burdel con su madre, Elisabeth, que cantaba blues con una voz ronca y desgarrada y vendía su cuerpo a los clientes del garito. Ella, Jennifer, la niña negra, se había pasado cuatro años en un reformatorio. Venía de la calle y la marginalidad, de los guetos negros, la discriminación y la miseria. Llevaba incrustada en la piel la palabra esclavitud. Su bisabuelo, Harold, hijo de un gran guerrero de la tribu 54


Bakonko, fue cazado en la selva de Angola, cerca del río Congo. Los negreros llegaron en lanchas, rodearon la aldea, mataron a los más viejos y apresaron a jóvenes, mujeres y niños. A Harold le trasladaron a un galeón después de marcarle con un hierro. Sólo los más fuertes resistieron la terrible travesía que duró más de cincuenta días. Le subastaron en Charleston y acabó en una plantación de caña de azúcar. Vivió en un establo cuyas ventanas tenían barrotes de hierro. En 55


la plantación conoció a Helen, la bisabuela de Jennifer. Allí nació John, al que su amo vendió a un hacendado de Misisipi cuando tenía veinte años. Ese abuelo de la niña fue el primero que alcanzó la libertad. Se casó con Donna y los dos emigraron a Chicago, que fue donde vio la luz Elisabeth, la madre de Jennifer. A su padre nunca lo conoció. Tom, el hermano pequeño de Jennifer, entró jadeando, sudoroso, asustado y dando gritos. «¡Levántate, Jennifer, deprisa! Están borrachos y rabiosos, tenemos que escaparnos». La puerta no resistió las acometidas de los que llegaban en tropel dando gritos.

«Aquí está la fruta para que la arranquen los cuervos...» Louis Grant era gordo y fuerte, mafioso, un tipo salvaje y violento, alcohólico y drogadicto. Tenía dos compinches inseparables, otros dos personajes siniestros: Robert Doyle y Arthur Mercante. Tres matones blancos sin escrúpulos. Ellos encabezaban la manada ofuscada y ofendida, cubierta con túnicas y capuchas. «A mí dejadme a la niña», le escucharon decir a Louis entre carcajadas mientras se acercaban a la casucha. 56


Jennifer se acurrucó en el jergón en el que estaba tumbada. A Tom lo sacaron a golpes y a empujones. Lo llevaron hacia la carretera bordeada por álamos. En los oídos de Jennifer todavía sonaba el lamento negro de Billie Holiday cuando sintió que las manos blancas de tres tipos perversos mancillaban su cuerpo. Después la ahorcaron junto a su hermano. Quizá fueron los cuerpos ultrajados de esos dos chiquillos los que Billie vio colgando de los álamos cuando pasó por la carretera camino de Chicago, donde iba a actuar en el Green Mill. Cuentan que aquella noche tras cantar Strange fruit se marchó del escenario con lágrimas en los ojos, conmovida y nerviosa. Estaba vomitando en el servicio cuando una mujer acudió a consolarla. «En mi vida escuché algo tan hermoso», le dijo. Pero Billie siguió llorando por los negros asesinados, ella llevaba la tristeza del blues y la esclavitud grabadas en el alma. Un siglo después, cuando las calles de EE UU se incendian por el asesinato de George Floyd, el grito de rabia de Billie Holliday no puede apagarse: «Las vidas negras importan». . «...para que la lluvia la tome, para que el viento la aspire, para que el sol la pudra, para que los árboles la dejen caer. Esta es una extraña y amarga cosecha». Strange fruit Strange fruit fue escrita por Abel Meeropol, blanco, judío, comunista y maestro de escuela en el Bronx. Billie Holiday, la mujer de la voz herida que murió de cirrosis con 44 años, convirtió la canción en un grito estremecedor contra la segregación racial en EE UU, donde entre 1920 y 1950 más de 4.000 negros murieron linchados. Strange fruit fue elegida la canción del siglo XX por la revista Time en 1999. 57


Poesía 58


Imagen de Gordon Johnson en Pixabay

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Cuarentena Isabel Garrido

Las pesadillas pobladas de mascarillas. El gel en las manos una y otra vez una y otra vez una y otra vez junto al lavado, hasta el sangrado.

La sensaciĂłn de ser un nĂĄufrago en la orilla de una isla desierta recibiendo las olas de un tsunami una y otra vez una y otra vez una y otra vez hasta que nos arrastre al fondo del ocĂŠano.

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Será entonces cuando ya no soñemos con mascarillas empañadas por nuestra propia respiración.

Será entonces cuando se deshaga el nudo del pecho y lo reemplace el ahogo, cuando no quede nadie vestido de blanco para frenar las olas una y otra vez una y otra vez una y otra vez. Y será entonces cuando esto acabe bajo el estruendo de un aplauso.

Imagen de PIRO4D en Pixabay

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Madre Luis Miguel Martín Antón

1 Inflorescencia árbol perenne e inmenso robusto tronco arrugado como rostro contraído regocijo curtido por el tiempo. Madre árbol de palomas. Una rama otra sonrisa en flor una más fina 62


otro nido cada tarde: eres un árbol de paciencia y de bosques de entregas a racimos reencarnaciones de aquello que suspira hojas de ternura en las heridas viejo roble ensalzando mi collado. En este moisés despunta la primavera respira sobre abnegada raíz resiste bajo solana fecunda ahí rebrota tu alma antes de inundar el mundo ahí crezco como fruto que madura. Imagen de Dika Rukmana en Pixabay

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2 Soterrado bajo este cieno de tiempo y de cansancio queda un estómago de niño un hambre con respiración de mármol pregunta sin prisa ni respuesta. A pleno sol araña apremios el adulto sin metafísica escarba burla en la yema de la doctrina. Y cruza el amnios del mundo en suspensión hidráulica mereciendo tu última bofetada indagando la insondable melodía del germen de nuestro brillo el misterio de un pasado umbilical sin forma arcano silencio del primer sonido de su nombre. 3 Madre te echo de menos madre desde mi ombligo a tu vientre desde mi herida a tus ojos desde tu amor a mi suerte

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pues mi torpeza en tus manos enseguida se disuelve. Yo te echo de menos madre porque el viento se detiene porque el insecto se calla porque la huerta se muere la hierba de té se oculta y todo su nombre pierde. 4 Cuando faltes asiré ese ascua ardiendo con el miedo todo será ampolla y quemadura hambre y veneno todo será como una tarde dormida en la roca. ¿Quién podrá volar en ese cielo vacío? Cuando faltes madre mis alas serán pequeñas mi bastón seca rama de pino sin paloma blanca caminaré la rabia entre cimuja ciega sin roble por un bosque desconocido.

Imagen de Hikaru

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Esqueje María José Mures Poema del libro Primer Labio Verdad es que la poesía también se escribe con el cuerpo. Luis Cernuda. Mueve mis caricias con tus manos hasta que llegue el fin del universo, sigue meciendo la cama simula ser esqueje en mi cuerpo. No sé qué hilo me une a ti que sin estar cosida deseo seguir cosiendo.

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A un e-mail Miguel Ángel Puerto Bellod

Con permiso de Don Francisco de Quevedo (o sin él).

Érase un hombre a una nariz pegado, Erase un ser a un e-mail ligado, érase una nariz superlativa, érase un teclear de corre y dila, érase una nariz sayón y escriba, érase un e-mail que yo te escriba, érase un peje espada muy barbado. érase un tuiter instagramizado. Érase un reloj de sol mal encarado, Érase todo un tiempo mal gastado, érase una alquitara pensativa, érase una llamada... perdida, érase un elefante boca arriba, érase un chat hecho a una amiga,

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Imagen de Gerd Altmann en Pixabay8


era Ovidio Nasón más narizado. era el whashapp on más conectado. Érase el espolón de una galera, Érase el vodafón de una bloguera, érase una pirámide de Egipto, érase un pusilánime tuiter adicto, las doce tribus de narices era. las doce horas en línea eran. Érase un naricísimo infinito, Érase el móvil visto de un delito, muchísima nariz, nariz tan fiera, muchísimo e-mail, e-mail sin tregua, que en la cara de Anás fuera delito. que móvil e ipad jamás proscritos.

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Micros 70


Imagen de DarkWorkX en Pixabay

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Confesión en Sherwood Rafa Sastre

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a pura verdad es que a mí el tiro con arco se me da como el culo. Pero sucede que me he rodeado de un séquito de malandrines, a cuál de ellos más tarugo, que dejan a Cupido a la altura del betún.

Y encima me adoran porque, además de llevar un gorrito muy cuco y saber leer, soy capaz de pronunciar palabrejas como hartazgo, inalienable, pronóstico, conciencia, feudalismo o redistribución. Lo que vengo a decir es que, con un poco de labia y sentido común, si le ofreces unas migajas de justicia social, el pueblo enseguida te nombra «príncipe de los ladrones» y los lugareños, agradecidos, te regalan gallinas, harina, verduras, frascas de vino, especias y frutas. Incluso un cabrito, si se tercia. Pero esa buena gente de pocas luces, que se entusiasma porque robo a los ricos para repartir a los pobres, nunca entenderá que si alguna vez paso a la historia será —básicamente— por haber inventado los impuestos.

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Plan B Marisa MartĂ­nez Arce

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obrevivió a una guerra. Superó la posguerra. Pasó hambre, frío. Trabajó duro. Como colofón, al final de su vida, el miedo se instaló en su casa. Por más que escuchaba la radio y veía la televisión, no hacían otra cosa

que hablar de números. Que, por cierto, no auguraban nada bueno. Contagios, muertos, camas, respiradores, mascarillas. ¿Cuándo comenzarían a hablar de los avances en los laboratorios que estaban trabajando para conseguir la vacuna o de tratamientos efectivos? De eso, casi nadie decía nada. Algo había que hacer para que la gente se pusiera bien lo antes posible y todo volviera a la normalidad. Rosario, pese a su avanzada edad y a estar sola, no pensaba rendirse. Cuando la llamaba alguna amiga, siempre decía que estaba bien. «Tranquilas, no me aburro», les repetía. Con el ánimo por las nubes, su cabeza no dejaba de maquinar que debería hacer algo. Estaba cansada de que nadie encontrara una solución. Así que se encerró en su cocina y puso en marcha su plan B. Estuvo todo el día allí metida, tan ensimismada en sus quehaceres que ni tan siquiera se acordó de comer. ¡Ya lo tenía! Sin duda, esa era la fórmula para terminar con aquel bicho. Esterilizó todos los tarros de legumbres que encontró y los fue rellenando con su pócima mágica. De madrugada, mientras todos dormían, fue depositando un tarro en la puerta de cada uno de sus vecinos, su tamaño oscilaba en función de las personas que vivían en cada puerta. En las que no conocía, uno mediano, tenía que llegar para todos. Tras el reparto, solo quedó un plato. Para mí, suficiente, se dijo. Yo ya soy mayor. Además, una buena ración de potaje lo cura todo.

Imagen de loulou Nash en Pixabay

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Recetas Asun Martorell

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Imagen de Mohamed Hassan


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ues hala, ya estoy aquí, ¡acabo de llegar! Me recetaron ir al mar

porque me sentaría bien y así me alejaría de mis “rayadas mentales”. He leído que es beneficioso, por el aire, por el agua, por el colorido, por la arena, para desconectar… ¡Y yo qué sé! Pues sigo aquí “ rayada” pero, eso sí, con una vista estupenda, un colorido genial y sin ganas de hacer nada. Tendré que inventarme algo porque si no, voy a volverme loca. Pero ¿qué tengo que entender? ¿Que me ha abandonado mi marido por una “lactante”? ¿Que después de 40 años juntos, me quedan otros 40 sin él? ¿Y eso me lo va a curar el mar?

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La granja Pepe Sanchis

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o que observamos a vista de pájaro es una gran casa en medio del campo. Una sólida construcción. Quizá tenga más de cien años. Pero está descuidada, con las paredes descon-

chadas. Aquí vive un hombre solo. Si descendemos a ras de suelo, la puerta está abierta. En un rincón de la cocina, lo encontraremos tendido en un charco de sangre. Hemos llegado tarde. Unos minutos antes los hubiéramos visto. Uno más mayor, el otro muy joven. Vestidos de domingo. Entrar, disparar y salir. Tampoco estábamos ayer, cuando el hombre agredió a una joven. Aunque si nos acercamos al pueblo, podemos asistir al oficio religioso. Todos los buenos cristianos estarán reunidos en esta parroquia. En el primer banco se sentará la joven, junto a su padre y su hermano, que acaban de llegar. Y podremos compartir, o no, las palabras del pastor, que con su apocalíptica voz nos leerá el pasaje bíblico donde se refiere la ley del talión.

Finalista (4º puesto) en el concurso “Microconfinados” de AIDA BOOKS (Valencia).

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El JardĂ­n Francisco Pascual

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Imagen de Jill Wellington en Pixabay


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as margaritas, petunias, azaleas y rosales, con su maravillosa mezcla de colores y aromas, así como los dos abetos, el cedro, el añoso olivo, la jacaranda, por no hablar del cui-

dado césped, daba verdadera gloria verlos. Su jardín era la envidia del vecindario, estaba en boca de todo el mundo. Ella pasaba en aquel lugar horas y horas, absorta, trabajando, disfrutando simplemente con ver crecer sus árboles y plantas, quizá los únicos seres vivos a los que tenía aprecio. Sin embargo, cuando le preguntaban cuál era su secreto para tener aquella maravilla, su semblante cambiaba, su gesto se tornaba huraño y la sonrisa desaparecía de su boca. Sabía que corrían algunas habladurías y que la gente, malpensada por naturaleza, podría llegar a sospechar, si no lo hacían ya. Enseguida comenzaba a repasar mentalmente todos sus pasos durante las últimas jornadas, desde la última vez, hasta que conseguía tranquilizarse. Todo parecía estar bien, no había de qué preocuparse. No obstante, pensaba que quizá sería oportuno variar sus costumbres, utilizar otros métodos y no dar más pábulo a los cotilleos, porque al final alguna mente retorcida podría hacer conjeturas, atar cabos y, en suma, llegar al punto de relacionar la noticia de una nueva y misteriosa desaparición de algún jovencito, con su costumbre de trabajar con la azada algunas noches en el jardín.

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Golpe de efecto Manoli Vicente Fernández www.lascosasqueescribo.wordpress.com

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noche soñé que iba caminando por una concurrida calle cuando un hombre de edad madura, vestido con ropa formal y de apariencia amigable, me asaltaba a punta de

pistola, sujetándome por el cuello. Yo intentaba zafarme de su amarre explicándole que solo era una pobre mujer que no portaba nada de valor, pero él insistía en pedirme pasta urgente. En esas andábamos, cuando a nuestro alrededor comenzó a desatarse una ola de delincuencia general en la que, a punta de navaja y todo tipo de armas, diversos jóvenes atracaban a ancianas y transeúntes arrebatándole sus pertenencias. Mi asaltante aflojó su presión en torno a mi cuello, perplejo ante lo que sucedía; momento que yo aproveché para recriminarle si no le parecía penosa la situación, cuando vi que su semblante demudado no necesitaba de ninguna arenga. Sumamente abatido y desarmado en su intención, asintió lloroso a mis palabras y me soltó, dejándome ir.

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Imagen Imagen de Gerd Altmann

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Solos ante el peligro Pilar Alejos Martínez versosaflordepiel.blogspot.com

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os pusieron de patitas en la calle al cumplir la mayoría de edad. Desde ese momento, desapareció la tutela de las instituciones y nos convertimos en unos sin techo

más.

Sobrevivimos como pudimos. Resultábamos presas fáciles en aquella jungla de asfalto. Vagábamos perdidos, desnudos de valores y hambrientos de oportunidades, intentando buscar algo a lo que aferrarnos. Algunos fueron afortunados al encontrar una mano amiga, otros cayeron en las redes de las mafias: ellas esclavas entre luces de neón, ellos atrapados por el polvo blanco. Al fin, vuelvo a dormir tranquilo. Tras los barrotes de mi celda me siento seguro. Finalista semanal en Wonderland (28/04/2018).

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Imagen de drumuph en Pixabay

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Peligro por curva Aurora Rapún Mombiela lahistoriaestaentumente.wordpress.com

L

a reunión se ha alargado hasta bien entrada la noche, he de reconocer que estoy agotada. Salgo del edificio y me dirijo a la plaza en la que he aparcado el coche. Desde

aquí se puede vislumbrar la luna reflejada en el pantano. Me sé la carretera de memoria, cada curva, cada bache. Pronto estaré entre las sábanas disfrutando de un merecido descanso. Arranco y emprendo el viaje de vuelta. Apenas he cerrado un segundo los ojos, pero me ha invadido el sueño. Es muy profundo porque siento cómo me zambullo en él. Como si me acabara de tirar desde un trampolin y me hubiese sumergido en el agua. Érase una vez un enano saltarín. Estoy absolutamente inmersa en ese sueño o en ese cuento. Puede que se haya quedado grabado en algún recodo de mi cerebro y ahora esté reproduciéndose una y otra vez. Enano arriba, enano abajo, salta y canta. Las letras bailan en mi cabeza. Y aunque pueda parecer in86

Imagen de Gerhard Gellinger en Pixabay


creĂ­ble, siento fĂ­sicamente como si yo fuera ĂŠl y estuviese brincando sin parar. De pronto todo se detiene, el enano desaparece y me invade el dolor. Despierto y veo, reflejada en las puertas acristaladas del hospital, una ambulancia. Un par de hombres vestidos de blanco me transportan en una camilla a toda velocidad 87


Balidos Concha GarcĂ­a Ros

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A

hí viene la primera, con vestido de tul rosa y gorrita morada de terciopelo. Se muestra segura en la pasarela, con paso

firme y mirada altanera. Tengo los ojos como platos. La segunda le sigue con una imagen totalmente distinta, cuero negro ajustado y coletas con enormes lazos blancos. Le van bien con el pelo, pienso. La tercera lleva un vestido floral, muy bucólico. Más apropiado que el de sus compañeras. Los párpados siguen sin pesar. Y van pasando, una y otra, así hasta perder la cuenta. Pero yo sigo despierta. Estos desfiles se repiten día tras día. He de reconocer que siempre me ha gustado la moda, pero lo de coleccionar noches de insomnio lo llevo fatal.

Imagen de Andrea Cannata en Pixabay

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Libertad en la noche Sonia Mele Puerto

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P

resionó la antorcha contra el suelo hasta que se apagó. No quería ser descubierta. Había recorrido un largo camino desde que consiguió escapar de las mazmo-

rras. Quizá al amparo de la noche, y ya sin luz, podría conseguir su ansiada libertad. Con paso firme y sin mirar atrás, atravesó el puente levadizo del castillo. Notó una suave pero segura energía que la empujaba. Se dejó llevar confiada. Al despertar, Joaquín, ese chico tan simpático que la cuidaba con tanto mimo, le contó que se había vuelto a levantar sonámbula.

Imagen de Emily_WillsPhotography

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Literatura, cine y otros

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Imagen de Deedee86 en Pixabay

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El final del affaire. Graham Greene. Marta Navarro Calleja

Cuando uno no ve la desdicha no cree en ella

R

eeditada en 2019 por Libros del Asteroide, El final del affaire es la que suele ser considerada mejor novela de Graham Greene y también, al parecer, una de las más auto-

biográficas del autor. Ambientada en el Londres de la Segunda Guerra Mundial, la trama narra la relación amorosa que Maurice Bendrix, mediocre novelista sin ningún éxito literario hasta el momento, mantiene durante unos meses con Sarah Miles, esposa de un alto funcionario amigo suyo. Pasado el tiempo y ya concluida la aventura, Bendrix tratará de reconstruir lo sucedido y hallar explicación a un abandono para el que no encuentra motivo. Desde ese punto de partida y con una aparente pero engañosa sencillez argumental, la peripecia de los personajes va poco a poco girando hacia una debate espiritual y religioso que atrapa sin apenas darse

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cuenta al lector y lo enfrenta al tema de fondo latente en la novela: la confrontación entre el amor humano y una fe religiosa que, por una u otra circunstancia, obliga siempre a la renuncia de ese amor. Ateo convencido, Bendrix se ve de pronto sorprendido por la recobrada fe de una Sarah que, sin explicación alguna, al instante hace de ella el centro de su existencia hasta llegar a una extraña y mística sublimación del amor compartido. Tarde y con inmensa amargura, él irá conociendo el contexto de ese proceso, rebelándose entonces contra un Dios en quien dice no creer y cuya presencia, sin embargo, no logra dejar de sentir. La fragilidad del amor y su proximidad al odio, la fugacidad de los momentos felices y la crueldad del destino, el sufrimiento y la esperanza, la fe y las dudas que inevitablemente la circundan son los grandes temas de una novela que deja a juicio del lector las conclusiones sobre los interrogantes que plantea y que ha llegado a ser considerada obra maestra de su autor: «Nunca volvió a estar tan cerca de la obra maestra Graham Greene como en El final del affaire», afirma Mario Vargas Llosa en el epílogo con el que concluye esta edición. Una historia que, con extraordinaria sencillez, recorre todo el arco de las pasiones humanas (amor, odio, lealtad, traición, celos, remordimientos...) profunda, compleja y muy conmovedora.

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Menudos relatos 96


Imagen de lillaby en Pixabay

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Fallen angel Iraida Barajas Murcia (14 años)

E

xóticos pilares de mármol sujetaban el techo del mismo material. La escena era preciosa, digna de un cuento de hadas. Bellos seres con forma humanoide se repartían por toda la sala, generalmente cerca de

las paredes. La expresión de seriedad era lo que más destacaba en sus rostros; en sus espaldas, majestuosas alas blancas sobresalían. En la parte frontal de la estancia un trono vacío era ignorado gracias a la figura que se hallaba delante de él. En comparación con tanta belleza, algo no encajaba por completo. Gritos desgarradores inundaban la sala, uno tras otro, no parecían tener fin. Un joven de pelo negro se encontraba en el centro de todo aquello. Sus alas tenían manchas carmesí, aparte de una notable falta de plumas. Varias lágrimas recorrían 98


Imagen de ptra

su hermoso rostro hasta llegar a la barbilla para posteriormente caer al suelo. El sufrimiento era algo obvio en su expresión, al igual que la duda. — ¡Repite tus pecados! Una voz grave resonó, opacando el llanto. Provenía de la figura situada frente al trono, la del arcángel Miguel, que furioso, se le acercó, de manera amenazante. —Repite. Tus. Pecados —volvió a decir, esta vez con una pequeña pausa entre cada palabra. El entorno se sumió en el silencio, esperando de manera clara, a que aquel joven hablara. Viendo como este no tenía la intención de confesar nada, el arcángel 99


hizo una pequeña seña con su mano hacia uno de sus compañeros. —Raguel, por favor, ya que no parece querer cooperar, ayúdanos. El arcángel mencionado avanzó un paso con un pergamino en la mano. —Con mucho gusto. Abrió el pergamino con elegancia, del cual destacaba su pequeño tamaño, y se dispuso a leerlo. —Joel, ha sido acusado de juntarse, a escondidas, con un demonio, con el cual parece… —carraspeó, casi absteniéndose de seguir— entablar una amistad. Finalizó, volviendo a su posición, mientras algunos murmullos empezaban a pronunciarse, mostrando su desacuerdo. —¿Tienes algo que decir en contra? —habló Miguel, esperando ver arrepentimiento en su mirada. —¿Dónde está el pecado? —murmuró el pelinegro con agonía, para después soltar un quejido, sintiendo como otra de sus plumas le era arrancada. —¡Te estuviste juntando con un demonio! —exclamó Miguel para aclarar su duda con un tono de obviedad. Uno de los observadores escupió hacia Joel. Los demás no hicieron nada. ‘‘Se lo merece’’, era lo que todos pensaban en ese momento. —¡Es igual que nosotros! —gritó Joel en protesta, con algo de dificultad y la voz rota—. Solo porque viva y sea de un sitio diferente, no tiene porqué ser discriminado de esta manera… ¡Ni que hubiera tenido opción! ¡Es una buena persona! ¿No era eso lo importante? —Su tono iba bajando a medida que pronunciaba esas palabras, recordando diversos momentos que había pasado con su amigo el demonio. El sonido de una bofetada resonó en la sala. Susurros de exclamación sonaban por lo bajo al ver al nuevo sujeto en escena, que había avanzado a gran velocidad por la sala hasta quedar frente a Joel para poder propinarle la bofetada. Portaba una túnica blanca. A diferencia del resto no tenía alas, y una larga barba grisácea cubría la mitad de su cara. 100


—Estoy verdaderamente decepcionado de ti, hijo mío —murmuró el anciano negando con la cabeza levemente. Al joven se le hizo un nudo en la garganta y las lágrimas amenazaban con volver a salir. Ya no importaba el dolor de sus alas rotas, ni de los diversos golpes, ni siquiera de la humillación; solo importaban esas palabras del que siempre consideró su padre. Y por primera vez lo entendió, el mundo era injusto y cruel y el cielo no se salvaba de esas cualidades. Agachó la mirada, mientras que cualquier emoción en su rostro se desvanecía —Vosotros sí me decepcionáis —dijo Joel entristecido. Esta vez, los murmullos se convertían en sutiles insultos. El anciano agachó la cabeza, pensativo y desilusionado. —Sariel, haz lo tuyo. —Ordenó al juez de todos los ejércitos. El recién nombrado lo miró, preguntándole en silencio si de verdad era lo correcto. Al no ver nada que demostrara lo contrario, avanzó al centro de la sala. —Joel, por tus pecados sin arrepentimientos, quedas desterrado por la eternidad del reino de los cielos. Acercó su mano al nacimiento de las destrozadas alas y las arrancó con facilidad de un tirón.

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Una noticia inesperada Georgina Planelles MartĂ­n (11 aĂąos) 102


E

ra un viernes, fui de compras a un centro comercial con mi familia. Cuando volvimos, nos enteramos

de que había estado de alarma en España. Empecé a pensar en todas las excursiones que perdería y todo y me vine abajo. Pero luego pensé en positivo: probaremos cosas nuevas, estudiaremos de otra forma, tendré más tiempo libre, etcétera. Al final, fue una noticia inesperada, pero saqué muchas cosas positivas y, después de dos meses, empezamos la desescalada y nos acostumbramos a la nueva realidad

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Animaladas 2 Mar Planelles Rapún (10 años) https://harryblogger.home.blog

1. Con pelaje llameante, tan rojo y tan brillante y los ojos azul zafiro y la pupila con un gran brillo.

Muy astutos son estos animales sin igual, roban del gallinero y al granjero arruinarán.

Imagen de a Денис Марчукa

104


de Imagen

_Design

SilviaP

2. El mรกs rรกpido de todos, se le puede confundir. Con muchos puntos negros, muy deprisa puede ir.

Vive en la sabana, una tierra muy llana, para su presa cazar y su velocidad utilizar.

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NUESTROS LIBROS

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Descarga los nĂşmeros 1,2, 3 y 4 de la

Revista Digital Valencia Escribe https://issuu.com/home/ published/n_mero_1_valencia_escribe_2 Para descargar pdf:

https://issuu.com/home/published/revista_digital_valencia_escribe._n_mero_2. Para descargar pdf:

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Valencia Escribe en las redes Os recordamos que en nuestro muro de Facebook Valencia Escribe, además de otras cosas, seguimos colgando convocatorias de concursos literarios que os podrían interesar. https://www.facebook.com/pages/Valencia-Escribe/134450789952020

Si tienes un blog y quieres hacernos partícipes de su existencia o mantenernos al tanto de las entradas que publiques, no olvides que también tenemos el grupo Valencia Escribe Blogs. https://www.facebook.com/groups/1571068066474683/

Para los aficionados al Haiku, también tenemos un espacio, que para ser originales nos dio por bautizar como Valencia Escribe Haiku. Podéis dejar allí vuestros poemas pero intentad cumplir las reglas. https://www.facebook.com/Valencia-Escribe-Haiku-746524675464504/

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Valencia Escribe (y mucho) es un grupo creado para compartir vuestros poemas, microrrelatos y entradas de cualesquier blogs literarios mantenidos por los amigos que integran esta familia que cada vez se hace más y más y más grande. https://www.facebook.com/groups/393565884345726/ 108


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Ya puedes conseguir el libro 110

¿Qué tienen en común un trastero, una flauta y un autobús? No, no es un chiste. Son los elementos principales de algunos de los relatos de Ana y Amelia, en los que se combinan personajes del día al día con

hechos fantásticos o difíciles de explicar.

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Revista Digital Valencia Escribe. Número 5.  

Más de cien páginas tiene el quinto número de la Revista Digital del grupo Valencia Escribe, con relatos, micros, poesía, reseñas de libros...

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