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Atrocity Exhibition, el fanzine: La Locura


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ATROCITY EXHIBITON, especial LA LOCURA. Agosto 2015 ilustraci贸n: berta mesa cujean


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“Simiente, leche, esperma. Salpica mi cerebro y las paredes de mi cuarto. El suelo es acuoso y está infestado de roedores beodos. El techo es un conjunto de demonios fornicando, burlándome y humillándome. Repto hasta mi cama y un vendaval comienza a azotar fuerte. Abre las ventanas violentamente . Los ratones y demonios salen volando y de pronto, todo se para. Y él entra. Me pregunta a qué viene tanto escándalo, y después de azotarme, me arranca el pijama e introduce su mano completamente en mi vagina. Todos los narcóticos que he ingerido me devuelven a mi mundo de ratones y diablos, y mientras yo me desangro él es endemoniado y arrastrado al infierno por todos ellos.” EL INFIERNO. Por garazi gorostiaga

"Me dijeron que lo que pasaba se llamaba esquizofrenia. Luego dijeron otros nombres. Ninguno de los que dijo supo de mí. Venían con lo que dijeron mucho antes de conocerme, antes de conocernos a todos. Yo supe de ellos, cuando ataron las correas, cuando les hubiera matado. Desde entonces nunca me preocupé en cambiar mi opinión sobre ellos, como les pasó a ellos conmigo." Mareva Mayo


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Intro: El valor de nuestra Voz, tanto tiempo silenciada Princesa Inca

Cuando uno se pierde en la selva, hay muchos caminos, muchas sendas, muchas maneras de llegar a un posible destino. Cuando se trata de la (mal llamada) enfermedad mental, nos encontramos como si entráramos en una poblada selva. Esto es porque hay tantas enfermedades mentales como personas que las sufren. Cada una de las personas que sufrimos mentalmente tenemos nuestro libro de viaje, en el que cada uno lleva experiencias absolutamente individuales y personales. Con esto quiero decir que acercarnos al dolor mental es intentar acercarnos al día a día del que sufre, porque cada uno de nosotros lleva una mochila de vicisitudes única: una infancia, una familia, un hogar concreto, muchas cosas que sólo nosotros podemos percibir, ya que sólo nosotros conocemos… Nuestros secretos, parcelas de nosotros que sólo nuestro Yo conoce. Por eso en salud mental tendríamos que tratar cada vida como algo único, cada llamada “enfermedad mental” como algo absolutamente único, y no intentar etiquetar a millones de personas con una serie de diagnósticos que, en lugar de aliviar el peso del dolor, muchas veces te hacen sentir como si te hubieran marcado la frente con un sello o código. Cuando hablamos de enfermos mentales vamos errados, hay tantas enfermedades como personas las sufren, porque los síntomas de cada uno son particulares, y cada vivencia mental un mundo… Así se tiene, se debe, escuchar a los que padecen en primera persona lo que llamamos enfermedades mentales porque, quién sino ellos tienen la clave de muchos de estos padecimientos… En esa senda hemos de dirigirnos, el diagnosticado debe coger la riendas de su padecimiento, de su llamada enfermedad, y expresar qué es lo que desea, qué es lo que le hará mejorar y encontrarse mejor, qué es lo que quiere, cuál es el camino que le llevará a ir encaminando su vida hacia el bienestar mental. Los diagnosticados tenemos que alzar nuestra voz y hablar de aquello que necesitamos, de lo que nos gusta y lo que no. No debemos ser tratados como niños bien pequeños. Se debe vencer la inercia de las instituciones y las familias, y en general la sociedad, de infantilizar al llamado loco o enfermo mental. Pero esto no viene de ahora, es una lacra que arrastramos desde hace siglos, es parte del estigma el creer que los diagnosticados no sirven, están atontados, son inferiores… Sólo hay que prestar atención a cómo la gente, en general, no tiene ni


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idea del mundo complejísimo en el que nos movemos los diagnosticados de un montón de enfermedades mentales: Cuando no es poca inteligencia, es peligrosidad; cuando no es inferioridad, es culpar a la persona de su padecimiento… ¿Cuántas familias culpabilizan al enfermo de su padecer, como si el terrible dolor que pasamos lo pasáramos porque nos lo hemos buscado? Algo que no pasa con otras enfermedades. Nadie culpabiliza de un cáncer o una neumonía grave. Tenemos en nuestra contra que nuestro dolor no se toca, no se puede observar como uno observa una pierna rota o algo físico. Como no se ve, es más difícil de entender qué nos está pasando y se tiende a minimizar nuestro sufrimiento… Por eso es tan interesante que la gente que padecemos todo tipo de diagnóstico de salud mental unamos nuestras fuerzas y luchemos por una sociedad más compresiva con todos los temas de salud mental. Tenemos que agruparnos y desde la fuerza que da la unión, en grupos, poder gritar lo que queremos y lo que no, en primera persona decir lo que sentimos, qué es lo que necesitamos, validar nuestra voz, tanto tiempo silenciada en pos de expertos y más expertos… Porque… ¿Quién más expertos que nosotros en salud mental? ¿Quién sino uno mismo debe tomar las riendas de su llamada enfermedad mental? El expresar libremente lo que sentimos y toda nuestra complejidad es muy pero muy importante para avanzar hacia la cura. Y la cura, para mí, es el bienestar, es ese lugar donde hay dolor, porque la vida también es dolor, pero la felicidad gana al sufrimiento.


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PRINCESA INCA Cristina Martín A L.M.Panero La Muerte engendra locos y escupe poetas tristes, allí, donde no llega la luz ni el beso, vive una sombra que llora, allí, donde no llega la piel ni el calor, perdura el manicomio... Yo, que soy la luciérnaga atropellada por la lágrima, tú, que eras el hijo del dolor y el enajenado que no pudo escapar, prisionero de ti, como tantos que somos prisioneros e hijos del miedo, encarcelados en el hospital, donde no existe la caricia, manipulados por frías batas blancas y pastillas azuladas... Yo, que soy otra enajenada que llora valiums,que desayuna antipsicóticos, que tiembla olvidada en el colchón como un escombro, tú, que recibes elogios y medallas una vez muerto pero al que nadie vino a rescatar de su cama psiquiátrica, al que ningún rostro acogió en su vientre cálido... La Locura no es paseo cool por la vida, como piensan algunos, sino que es la sangre clavada en el pensamiento y ver como uno cae en el abismo sin aliento, La Locura no se trata de un juego, es encontrarte como un animal acorralado y querer morir atado en una cama... Por eso, silencio, silencio, silencio, ante el alucinado, ante el loco, silencio y respeto a su mundo infinito, a su mirada perdida, a su mundo incomprensible, a la foto en la que brillaban sus ojos de niño II Cuando yo enloquecí hacia frío, un otoño de tiniebla, mis pupilas reflejaban temblando mis sueños olvidados,


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aquellos amores que nunca acompañaron mi boca, aquellos cuerpos que nunca vinieron a protegerme del olvido, aquellas otras manos que no desenredaron mi laberinto... Porque La Locura es ese territorio donde transita lo que un día amamos desesperadamente y lo que temimos más en el mundo... Porque en La Locura, en ese viaje, nadie te acompaña y es, tu soledad de loco, la que te hace llorar y reír ante los espejos... La mueca extraña que no se comprende... cuando yo enloquecí y volví, más tarde, choqué con la realidad apedreando mi rostro ... Y ya no estaba loca pero mi alma lloraba de la cordura cruel

III Ojos fijos de no volver. No volver. No volver. No volver. Ojos idos que disecan tiempo. Ojos idos. Hace meses que espero que vuelvas de ti pero sólo... No volver, no volver, no volver... Tus ojos fijos en el vacío, en la locura, en el no- volver.

IV Tengo tu olor incrustado en mis venas sueño contigo en las noches largas tus ojos azules y eternos allí donde puse tu rostro puse el paraíso allí donde me cogieron tus manos allí empezó una eternidad para mi cuerpo el alma ordenó distancia


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el corazón ordenó vidrio y precipicio cuando el miedo atraviesa la piel los tendones se crispan el cabello se eriza cuando ese miedo te hace prisionera hasta sacarte las encías y los dientes y te sientes huérfana de la vida errante loca que camina hacia ningún sitio buscando las calles sin salida las ventanas herméticamente cerradas los sótanos de la mente los vientos repetidos del delirio sufriendo una y otra vez una y otra vez


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Adriana Bañares Camacho Locomoción animal La Señora aún no ha cumplido los treinta y no se maquilla para ir a trabajar. Lleva el pelo limpio, más bien aséptico, con una línea centrada que lo parte en una melena lacia y sin volumen. Camina durante treinta minutos en unas bailarinas negras de piel. No necesita medias. Nada en ella llama la atención. La Señora camina otros treinta minutos para volver a su casa, se sienta ante la mesa del salón, se descalza y enciende el ordenador. Buenas noches, Señora. Deje que le escriba de rodillas. Pídame que escriba de rodillas. Ponte de rodillas. La Señora dibuja una pierna, un tobillo, una bailarina. Mientras sombrea la punta del zapato se da cuenta de que se parece demasiado a un pene. Dibuja un pene. Parece una bailarina. Retoca el dibujo de manera que pueda encajar un pie en ese pene y lo convierte así en una bailarina. ¿Qué calzado lleva puesto hoy? La Señora sigue dibujando pollas y bailarinas mientras el comprador anónimo sigue preguntándole por su calzado y pidiéndole que le pida que le humille. ¿Se notan las huellas de sus pies en sus zapatos? ¿tienen pegotes negros? ¿huelen? Apenas quedan bailarinas sobre el papel que no se hayan transformado en penes. ¿Puedo ver sus zapatos? Podría pagarle muy bien por ellos. Los penes empiezan a tener ojos, y orejitas felinas. Lo que antes eran tobillos, ahora son el comienzo de unos enormes cuerpos sin extremidades que hacen de estas bailarinas convertidas en penes, unos enormes animales reptadores. Ponga sus pies en mi cara mientras ve la tele.


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La Señora no responde. Está distraída en todos esos monstruos fálicos. El desconocido se toma esta indiferencia como parte de la humillación y la disfruta. Sugestionada por lo que él acaba de escribir, enciende la televisión, pero no es capaz de concentrarse en ninguna imagen, y sin mirar el papel, sigue dibujando por inercia. Podría pagarle por lamer las suelas de sus bailarinas. Un entramado de quimeras que ya se sale del papel y ha llegado a ocupar una parte de la madera clara de la mesa del salón, hace que la Señora empiece a salivar como un animal hambriento. La Señora reacciona a la excitación con tristeza y vergüenza. Odia y envidia a su posible comprador por la facilidad que tiene para satisfacer su deseo sexual. Pero qué pasa con ella. Quién toca a la Señora. La Señora, ángel impenetrable, sin mácula, reprime el deseo y desata la ira sobre el teclado hasta que el posible comprador se corre. Conseguido el fin, se desconecta sin haber concretado el precio ni la cita para la compra. La Señora se deja caer, y repta hasta situarse debajo de la mesa. Toma entre sus manos una de las bailarinas, y busca su final.


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Anna Genovés

DILUIDA Diluida en alcohol de quemar Abrasivo Me convierto en una masa asquerosa Una amalgama de vomitonas Que sigue un camino tortuoso Eximida de la vida Eximida de todo Vuelvo la cara y no veo mi rostro Vuelvo mi cuerpo y no veo mis piernas Soy un ente que discurre sin tener materia Soy la nada convertida en harapienta Nadie conoce mi personalidad Podía tomar la que quisiera Nadie conoce mi perdón Podía asesinar a cualquiera Mis ojos están ensangrentados Mis manos desquebrajadas Mis pies se descarnan Mientras mi voz se torna aspereza Y sigo mirando al frente Con pupilas dilatadas y traslúcidas Que nadie absorbe Soy lo que no soy Y lo soy todo Mi corazón fluye por el firmamento Y mi alma por la tierra Mis sentimientos cerrados en una botella Mis sensaciones aparcadas en el universo Mis amores olvidados en una cuneta Mi Harley susurra mi nombre y me monto en ella Volatilizo mi pensamiento y surco la carretera Camina sola, sin nadie abordo Silbando con la guadaña Y rasgando cabezas Nadie me ve, nadie se acerca Mis caminos son oscuros Y mis pensamientos, queman.


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PÁRPADOS

Los párpados se cierran y mis pasos se caen Estoy tan cansada que me gustaría zambullirme En hipnóticos y no despertar Un día, dos días, tres días y más, muchos más… Mi cuerpo está muerto debajo de un lago Una capa de hielo se cierne sobre mi hechura No huelo, ni oigo, ni siento, ni toco, ni veo Estoy tan cansada que me gustaría zambullirme En hipnóticos y no despertar Desayunar Prozac, merendar Orfidales y cenar Diazepan Mientras tú vives, yo busco el adiós Mientras tú hablas, enmudece mi corazón Un día, dos días, tres días y muchos más… Números que pasan por mi cabeza y mi pensar Estoy tan cansada que me gustaría zambullirme En hipnóticos y no despertar Mi cuerpo respira lento, mi cuerpo se va a marchar Mi cuerpo trasmuta en crisálida Nace una mariposa sin alas Sin alas y con un corazón de agua Por donde flota mi dolor, mi razón y mi futuro Estoy tan cansada que me gustaría zambullirme En hipnóticos y no despertar El suicidio de las amas de casa, de las amargadas De las damas en pena que con pena se marchan De las descreídas, de las desahuciadas De las que quieren vagar por el infinito Sin pena aparente, ni causa… Estoy tan cansada que me gustaría zambullirme En hipnóticos y no despertar Un día, dos días, tres días y más, muchos más… Mi alma vuela alto y mi cuerpo deja de respirar Mi carne se aja y mis músculos se desbaratan Me deshago en el aire y desaparezco una mañana Una mañana sin rocío, sin sol, sin amor… Sin nada


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GILLETTE

La angustia acartona mi garganta, no puedo hablar. Mis ojos no ven nada, no saben llorar. Mis pies se anquilosan sin pasos que dar. Mi cuerpo no quiere virar… Sigue por el camino de la porquería sin saber qué hacer o a quién gritar, soy transparente, soy materia desnaturalizada… Soy realidad. Quisiera hundir una gillette en mis venas, no a lo horizontal si no a lo vertical… Para que fluya la sangre de mi organismo y la hemorragia no se pueda parar. Para dejar que mi aliento sucumba al abismo por no saber quién soy ni a dónde me encamino. Sólo sé que no sé nada que me marcho poco a poco, a mi destino. Fracaso tras fracaso, la vida se intuye negra o blanca, como la muerte eterna… Repleta de colores que trasmutan en la ausencia de sentido, desfocalizando el interés que tenía desnutriendo mi raciocinio. Después se cerraran mis párpados y llegará el olvido Donde estaré, ausente de tonalidades y colorido. Después no sentiré placer, dolor, rencor o miedo a lo desconocido. Después, no habrá después que valga… Me fusionaré con el todo y me convertiré en nada… La nada sin razón o juicio ¡! ¡! ¡!


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REPTO

Yo también repto, por las paredes, por el techo… Sobre las hojas que derrama mi pluma yerma, y sobre las flores que hay en mi tumba. Yo también repto, por mi España espesa… Como la muerte de un espectro. Yo también repto, por la sangre de mis venas inyectadas en alcohol etéreo. Por los huesos que me mantienen erecta aunque quiera seguir por el suelo. Por mi corazón que late y se debate entre tu amor, muerto, y el de otro hombre que, infecto… Vuelve sus ojos hacia mí cuerpo yermo. Yo también repto, igual que los cocodrilos por las aguas de encharcadas. El fango que se diluye cuando llueve y el agua que no se detiene y me hace que vuele. Vuelo, vuelo por los aires de las obscenidades de las marionetas que como tú y como yo mueren de hambre. Hambre de carne fresca, de sangre joven de montones de mierda que se sumen en el desorden. Ya no repto, me cortaron las patas y mi España se quedó sola como una estatua. Hijos del Cervantes que somos, hijos de Judíos y de ratas, hijos de los infiernos que por la mañana se levantan. Muere una y mil veces, hijo de la nada, y sucumbe a tus placeres de alcohol sin agua. A las mujeres de bajos fondos y a los sin techo que no hablan. A la blasfemia del ateo y a la del católico creyente. Sucumbe a la vida, sucumbe a la muerte, suicida el aliento que respiras y que después devuelves. No mires atrás, pues nada queda… Nada que amar y nada que te envuelva. Aquí, en la esquina donde lloraste por primera vez en la esquina donde naciste, donde abriste los ojos por primera vez… Dónde te esperaba una familia que no viviste y donde te odiaron por primera y última vez. Dedicada al genial y delirante poeta, Leopoldo María Panero


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NADA

Mi cuerpo trasmuta de crisálida a porquería… Mis huesos se deforman, mis carnes se agrietan, mis pezones están secos y mi útero se quema. Ojos con arrugas, ojos cansados boca con rictus post mortem y mentón desdibujado. Abdomen hinchado… La cintura se esfumó y mi cabeza dejó de pensar en la vida y en el amor. ¡Cuidado dama! ¡Cuidado mujer! Soy hombre macerado y también me dejo caer… Mi torso luce curvado, mis piernas flácidas, mi apetito se esfumó y mi glande supura nada. Fluidos que se marchan… Ardor que ya no existe, deseos


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marchitos que por el inodoro se ahogan y se extinguen. Evacúo una y mil veces, evacúo líquidos… Yermos nuestros cuerpos y yermos nuestros sentidos, desvariando con ansiolíticos, durmiendo con hipnóticos. despertando con Prozac y amando, exentos de todo. La vejez o la tercera infancia… Pañales entre las piernas y agua clara. Agua que no se ve… Excrementos lúgubres que se derraman. Nacer, crecer y morir. Reloj de arena y de la nada que finiquita tu vida con la decrepitud. Reloj de arena y de la nada. Nada te queda y nada pasa… NADA


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DILDO Follaría tu culo con un dildo de oro Para que sangrase hasta quedarse inocuo Follaría tu boca con un vibrador de hierro Hasta que se agotara por el exceso Follaría tu pene con un alambre Hasta sacar las entrañas de tu organismo Follaría todos los agujeros de tu cuerpo Para que entendieras como me siento Mierda de todos y de nadie Me toman a su antojo Y después vomitan su lastre Soy un recipiente en el que materializar apetencias Carne, músculos, piel y sangre Mis sentimientos ¡a la mierda! Mi dolor ¡al paredón! Mis llagas ¡en sus cojones! Mis ojos ¡en el adiós! Follaría, follaría… Me follaría a mí misma Sería Narcisa, sería la lujuria Sería la ególatra del mundo Sería la puta de las putas Saca tu dildo, sé donde está guardado Y mételo en tu culo En tu culo de guarro No me llames perra, pues no ladro No me llames por mi nombre Porque si lo haces, te mato Méteme tu polla donde quieras y lárgate Deja que ahogue mis penas en una taza de té Follaría, follaría Me follaría a mí misma para que nadie Dejara en mí, su ruina Follaría, follaría Me follaría a mí misma Y después me mataría Sería lo mejor para todos Lo mejor sería Follaría, follaría Me follaría a mí misma Saciando mis apetencias Y dejando de lado, tu asquerosa mantequilla Adiós lujuria, Adiós mierda que inunda mi cuerpo Adiós, vida sin vida


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ANFETAMINA

Necesito anfetamina metílica para sacarme del estado catatónico al que estoy sometido me dieron por muerto, una dos, tres veces y cuando estaba en la morgue, reviví me levante con los cabellos blancos y la piel cerúlea babeando como un anciano y andando como un zombi hablé, parco de palabras y exento de sentimientos miré a mi alrededor, traspuesto maté de un plumazo al vigilante de la sala murió de paro cardiaco tras verme envuelto en un sábana Salí a la intemperie con el frío entre mis labios y el calor de la noche, abofeteo mi cara Anfetamina metílica me inyectó mi hermano experimentando con mi cuerpo muerto y casi enterrado lo odiaré lo que me quede de vida pues, hastiado del mundo me quité la vida ahora soy adicto a las drogas soy adicto al ser humano me revuelvo entre la porquería y duermo con los sin techo que desconocen que soy un muerto en vida, y son los únicos que me cobijan.


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Begoña Callejón

Las damas amarillas vendrán esta tarde. Se acurrucarán como fetos envueltos en sangre. Buscarán mi dolor. Escarbarán dentro de mí y cuando lo hagan descubriré quién me enseñó a llorar. Mi respiración se acelera entre babas blancas.

(Extraña claridad. Devenir, 2007)

El dolor se queda agazapado como un feto. Hay serpientes rodeando mi cintura. Escorpiones colgados de mis orejas. El dolor escupe. Bebe de mí.

(Extraña claridad. Devenir, 2007) Más tarde, cuando todos agonicen, pintaré las paredes de negro. Colgaré en las esquinas pájaros muertos y en las puertas pondré sus nombres. Cuando mueran yo bailaré en los salones y ellos solo serán nombres que regresarán a mi memoria.

(Extraña claridad. Devenir, 2007)


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Circo Quienes estén interesados en trabajar con nosotros envíen huella del pie y referencias.

¿Te apetece visitar el mundo? ¿Eres carpintero? ¿Soldador? ¿Músico? Ven con nosotros. EL CIRCO HA LLEGADO A ILDABOTH Engañaremos a tus ojos y creerás que todo es posible. Haremos que te conmuevas. (Corta la lengua quemada. Soy Cenicienta. El candado húmedo que habla. Las palabras resbalan de mi boca) Las arañas cuelgan de las viejas funambulistas. Respiro decadencia. Los carromatos de color dañan mi vista. Los tigres más temidos. El fantástico hombre bala. Los gigantes venidos del sol naciente. Las risas de los payasos se convierten en muecas de gelatina. La delgada línea roja es atravesada por elefantes dormidos. (Te esperamos) Explota la cabeza de la mujer barbuda. La sangre esparcida por el interior de la carpa. El público se limpia con las mangas. Vomitan. Menos una niña que rompe a llorar. Quiere escapar para que su padre no le robe los sueños. ¿Oyes la música? El carrusel de caballos gira. Tiemblan sus jinetes. Y al terminar todos beben vino rojo frente al sapo que ríe. (Una vez más tu pie en mi cara. Lo mojo con lágrimas. No veo a mi madre. Un monstruo de tres cabezas me fecunda. No me has herido. Te cacé yo primero)

(Cenicienta en sangre. El gaviero, 2010)


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Única Zürn (Berlín, 6 de julio de 1916 - …..) Y tu primer don es sobrevivir a través de la palabra. Al ladrido de la ausencia. A los grifos y dragones de trazo automático. Escupes letras por entregas que recuerdan la guerra de ataúdes y alquitrán. Aguardas los golpes que anticipan el desequilibrio como animales perfumados en una naturaleza muerta. Te alejas de las miradas y por un minuto tu sed se enrojece en busca del tributo. Y así, Le surrealisme, même deshoja a la musa que aún se atreve a amar. A los días sonámbulos que se avecinan bajo la hierba. Al despertar de la soledad. Ningún día está a salvo si no se contempla tu belleza desnuda y atada. Pájaros grises de la mano de Bellmer. Nupcias ambiguas arrasadas por la lluvia. Bajaste al infierno a buscar respuestas pero el cerebro se quiebra al cabalgar frente a la nada. Los ausentes tienen el color de la noche. Intentaste abrir sus puertas pero tu infancia ardía en las sombras. El hombre jazmín planta alambres para los mirones. El sexo dulce de una ciudad quemada. Tus personajes sollozan con una esponja húmeda suspendida de la memoria. Repta junto a la locura, hasta llegar a la sala de castigo y allí, crea, CREA DE NUEVO. Páginas blancas que sangran versos en tu oscuridad. Y llegará esa primavera sombría que estrangula con sus ramas besos ácidos. Aún no es ahora, como dijo Pizarnik; el alba inmoviliza las gargantas de los cadáveres. «Abre la puerta». H M. te regala pájaros blancos. BLANCOS. La tabla del 9 se encuentra con su asesino. Última pregunta del ANAGRAMA: ¿estás loca? Los graznidos de la tragedia se abren paso en la penumbra. Estás viva de casualidad, lo sabes ( ۩ ); pero no por mucho tiempo, estás marcada por el miedo. Los árboles de la mente apuntan hacia lo alto. Esquizofrenia flotante sobre el cristal que cae gota a gota. Despiertas a un dolor que no te pertenece, que se hunde conforme va naciendo. La carne suicida, roja, murmura a través de tus pechos. Boca abajo, pataleando contra las voces de tu cabeza. No se van. Están ahí. Proponiéndote un nuevo juego, un salto al vacío en la noche pulverizada de las palabras. MERCI! (La camada feroz. Amargord, 2012)


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EL ASESINO DE ANNE SEXTON Se terminó, los muertos encienden la radio. Soy tu putita descalza. Me cambio los párpados en un tren nocturno. Quiero que me arresten. Que mis tobillos sean uno: para la tarde, para la cena, para la carne, para tus besos, para el alma, para todo aquello que hiciste sangrar. Descanso fuera de mi cuerpo ¡empújame con tu lengua! Me nutro de tréboles caídos del cielo. Nuestra enfermedad me enfurece, mi cabello chamuscado escucha una voz extraña ¿eres tú? Mis dedos acarician este matadero en la mañana gloriosa. El bebé se ahoga entre la arcilla y llega la parálisis. Me vuelvo fría. We moved like two birds on fire. Los cables cortan nuestros sexos jóvenes con lentitud. Tus manos grises, un palacio de marfil, ovarios de mármol. Se terminó, los muertos encienden la radio. Soy tu putita descalza. Lavemos y planchemos nuestras almas muertas. (Inédito)


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Felipe Zapico Alonso

Axfixía. Prozac para vivir el día y orfidal para dormir la noche, sin sobresaltos nocturnos, sobresaltos, ahogos, angustia, ausencia. Tras varios meses de llantos y asfixia, había pensado en volverme loco o pedir pastillas. Tras varios meses de volverme loco pensé que el llanto no había hecho más que acentuar mi incipiente presbicia. Tras varios meses de asfixia y locura cotidiana y después de marchas solitarias de dos, tres o cuatro horas. Con los pies llenos de ampollas, sin amapolas ya en esta época del año, con los árboles tendiendo sus ramas a mi paso, y las latas de Acuarios, calientes y escasas, camino o reviento, y casi, casi me quedo con el reviento. Espero en el cine, con el móvil en la mano una llamada, un susurro, una señal del más acá, porque desde el más allá ya he tenido demasiadas, o demasiado pocas, en cualquier caso demasiadas. Sorprendo a la mente descuidada y rara, pasmosa y agitada mientras susurro desde mi cuarto, un lugar, una hora, un quizá podrá ser, un será tal vez, un yo qué sé, un no pudo ser. Y el tormento llega justo después de la comida, y me tiembla el alma hasta los labios, y me habita la desazón, la ignorancia más absoluta mientras el calor me deshace, me desgrana, acaba conmigo, pero sólo virtualmente, por desgracia sigo respirando, después del temblor, después del miedo, después de El Tiempo y la telenovela, después del sudor, el calor, el horror. Y si camino por las aceras, desgastadas ya de gentes perdidas, gentes absurdas, gentes dopadas hasta la tranquilidad más absoluta, entonces ya no concibo una vereda, junto a un regato, donde depositar las balsas de juntos y espinos, y verlas alejarse hacia el canal. Arrugas en el alma al despertarme con miedo y asco a la vez, miedo a todo un nuevo día por delante, y asco por todo un nuevo día por delante. Y por detrás, se escurren las horas tan lentas, con una parsimonia tan desesperante que desearía no despertar, y quedar arrugado, acurrucado en un nido, aunque fuese un nido de víboras, por favor. No veo más horizonte que llegar a la noche, tomar mi pastilla y esperar a que rápidamente el libro caiga de mis manos, dándome directamente en la cara, una, dos, tres veces…ya está. Otra noche sin excursiones nocturnas, sin aspavientos al ahogarme, sin dolor al morderme la lengua, fuerte, cortante; tanto como para llenarme la boca de sangre, una sangre que no se derramará ni siquiera me servirá para terminar un poco.


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Olvido sintético

Olvido sintético metabolizado y discreto. Olvido pactado entre el terapeuta y tu. Pactado por los cojones. Tururú. Si me quiero dejar caer, déjame caer déjame estallar déjame estrellarme. Sin más sin menos Déjame y alguien te contará todo el resto.


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Goliat(a) Sebastián Fauré decidió finalmente rebanarse el cuello un caluroso día de final del verano, entre otras cosas por haber sido un verano lluvioso y nublado, al igual que su entendimiento, que terminó siendo tremendamente lúcido. Todo esto nos los contaba Pedro durante las veladas nocturnas, entre picotazos de mosquitas, vasos de vino de la tierra y aromas a maría. Pedro se pasaba pausadamente el dedo por todo el contorno del cuello para escenificar la situación, diciendo “así se rajó el pescuezo” mientras hacía un chirrido cortante con la lengua. Después se ponía una galleta en la boca y Goli se abalanzaba sobre ella desde su absoluta tranquilidad, tumbándose a continuación, y cuando Pedro decía “se avergüenza” se tapaba la mirada con su pata derecha; algunos afirman que en ocasiones incluso se sonrojaba. Las mosquitas se pusieron rojas de sangre aquellas noches, y nosotros de aquel vino de la tierra que tanto nos acercaba al cielo y nos dejaba dormir plácidos hasta cerca del amanecer. Que no se me olvide contar que el apartamento que ocupábamos tenía una tronera que daba a la puerta principal desde la que seguramente se habían sacado diversos rifles y escopetas a través de los siglos ante visitas no deseadas o incluso indeseadas. Además podías descerrajar dos tiros a quien fuera, que su cuerpo podía caer casi en sagrado ya que la iglesia se encontraba al otro lado de la estrecha calle. Esta imaginación me lleva a tiempos de carlistadas, bandidos y otros maleantes… de antes. Pero volvamos a Sebastián, que por supuesto se salvó a su pesar. Aunque clavó y cortó profundamente perdió el sentido y no pudo continuar su tarea hasta el final. El centenario suelo de desajustados tablones de haya dejó escurrir la sangre sobre la mesa de la cocina salpicando brutal- donde en ese momento comían los restos de la familia, lo que hizo que en menos de 15 minutos un helicóptero de emergencias estuviese en el prado colindante a la casa y los enfermeros se lo llevasen entre sus gritos que pedían una muerte certera ya, que lo dejasen en su buhardilla con sus miedos y pesadillas, tranquilo al fin. También es necesario añadir que hacía más de tres años que Sebastián había tomado la decisión de no volver a proteger los dinteles del caserío con cardos de brujas y desde entonces todo había ido como había podido, a la deriva de los días y sobre todo de las interminables noches. El viento incesante y apabullante, la soledad del barrio alejado casi ocho kilómetros del centro del pueblo, el retirar la palabra a todos, el mugido triste de las tres vacas, el tañer de la campana del pueblo en la noches más siniestras, que si el viento, que si las brujas, que si el espíritu del cura puto. Todo eso y nada, todo eso y algunas cosas más, desde la juventud al declive, desde la polla tiesa día y noche a la inexistencia, desde los besos abrasadores entre el heno a la demencia de la convivencia perpetua, todo eso y más, mucho más que nunca


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sabremos, que nunca imaginarás. Todo. Mientras, canturrea distraído una tonada de no sabe quién, ni cuándo ni dónde… pero por desgracia aquí no habita el olvido. Rosa amarga después de dejar de pinchar rosa turbia tras el último beso rosa escarchada de heladas y devaneos rosa oscura y perdida entre brotes de olvido rosa final roja salpicando el mandil junto al fregadero. Se precipitó el ensimismamiento, el latir lento y desacelerado, cuando después de toda una vida dedicada a su pasión, su trabajo su gran amor, se terminó, pero no sólo para él, sino que terminó abruptamente la tarea. Quedaron sin terminar, sin forma, a medias cientos de mojones de carretera, arrancados de la roca, arrancados del silencio, cincelados con cariño, sin descanso, siempre a punto, siempre prestos a reponer los dañados, siempre esperando señalar nuevos caminos, otras rutas, carreteras de toda condición, dirección y sentido. Progreso de muerte, aluminio y plexiglás. Progreso turbio y destructivo, progreso que deja a la intemperie tantas almas perdidas, que causa la más absoluta de las soledades, el silencio más estridente y cegador, progreso que retira la pasión, el saber y la vida. Picando piedras, tallando letras, números, imaginando las curvas, las rectas, los puentes y estrechamientos de calzada. Los colores locales, provinciales, comarcales, nacionales, los colores con su punto kilométrico, los kilómetros marcados para restar o sumar la distancia del destino o la huida, siempre huyendo de la propia sombra, irreductible en nuestra persecución. A sólo media legua de distancia, Juan Seoane había sido mucho más certero, un cartuchazo en toda la cabeza, había solucionado la vida de golpe, sin tiempo a ningún tipo de salvación indeseable. Lo suyo era mucho más comprensible, había sido un desalmado toda la vida, así que bienvenida su muerte.


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Mar Benegas

(Hallazgo) Sobre la primera roca se sentó el hombre derrotado. Desde que ve todo lo que existe y las voces le susurran, ve todo lo que existe y las voces le susurran. También lo llaman enfermo cuando los pájaros salen de su boca. La Huesera tuvo que acunarlo. Ni amonestación, ni crítica, ni compasiva complacencia, sólo un trozo de plástico amarillo, -amuleto-, le dijo. No debió abrir el parietal desbocado. El hombre se recrudece en su delirio, se gesta en la inocencia, se adelanta a la violencia de la respuesta, se adentra en la persecución. Le cuelgan de los brazos los legajos de la infancia, se van descomponiendo como un caleidoscopio trágico. Pero todo es blanco y la luz le perfora los ojos. Harán pasta con su mente, pero no habrá química que cierre La Puerta. Podrán sedar a sus caballos, pero ni bridas, ni bocal, ni montura. -No debiste decírselo a nadie. Debió esconder ese secreto la poesía -le dice La Vieja-. Tú observas en la distancia, sabes que bajo la roca también algo tuyo: el hilo rojo teje todas las mentes. Observas pero no hablas. Quisieras poseer el talismán amarillo. Contorsión, expansión, sedación. Todo el entramado, como una figura de cobre, el hilo fino, que se desangra de sus dedos. Cargué el peso hasta el día de su muerte. La línea es tan fina que parece una metáfora, y con ella construyo los versos: la demencia sólo es una percepción más o menos profunda de la realidad, la demencia es roja, como el hilo que teje todas las mentes, la demencia (solamente) es una puerta. Aquella escalera empinada. Aquella habitación/desván/sumidero. Aquellas cajas ¿qué guardaban? Aquella puerta ¿pude atravesarla y volver? ¿solamente dormida? ¿volví o todavía estoy?


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Parietal (dos) Este dos no es simétrico. Pero guarda el reflejo de una vena, todavía la carne, el pequeño túnel que ha sido torrente. El uno se imbrica sobre el lomo del pasado. Parietal concede sagita o porción de defensa, nace del temor. Vientre a condición de lo plano más arriba. Es la escalera que conduce al salto, al derribo, a lo bascular flotante, es un subterfugio del aura, una salida del alma hacia atrás. Sutura sagital es su geometría pura, el hueso viene a cantar la aritmética sagrada, sus ángulos corresponden a la cuadratura del círculo, su cuerda y arco se tensan, siempre está defendiendo lo que está detrás. La cortina guarda en su lar una lámpara de aceite. Tienes miedo a lo que no puedes ver, por eso no lo nombras. Ellos son los de detrás, siempre persiguiéndote. Dos tablas de tejido óseo compacto que cubren una región media de tejido esponjoso. Contenedores de todo lo pensado, la presa o barranco, a lo neuronal: barricada, porticón, puente levadizo por donde se escurre el alma de los miserables. Contiene el brote psicótico, la locura, el torrente creativo para que no se pierda. Sus esquinas protegen los nombres de los dioses: Bregma, Lambda, Pterión y Asterión, si rompen llegarán las voces. Es un hemisferio sumergido, fosas de Pascionni llenas de corpúsculos. La Huesera es la única que podrá hablarle sin temor a enajenarse. Deja que ella te descubra su extensión.

Mar Benegas. Poemas siameses del libro La Huesera. Ilustrado por Susana do Santos. Libro en proceso, inédito.


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Vicente Muñoz Álvarez

PSICASTENIA

ANSIEDAD

puede ser una pesadilla, sí, a menudo una atroz pesadilla, lo que me hace despertar así, ansiado y descontrolado y neurótico, o pueden ser también esos versos imposibles que no casan, los dichosos versos, o las viejas pelis de terror que video medio ensoñando al anochecer, o mi pie izquierdo al rozar el suelo frío de la habitación algunas mañanas, o los aullidos de ese perro encerrado que se asemejan a agonizantes gemidos, o el maldito deber sin cumplir, el que yo mismo me invento, o la sensación de impermanencia y vacío, de que nada perdura y todo se acaba y me falta tiempo, o la ruta de calzado que a punto estoy de comenzar, unida a esta crisis perversa, o alguna canción que me agita hasta el tuétano en algún momento del día, o también la edad de mis padres, lo que les pueda pasar, o a veces los fantasmas de antaño y las servidumbres presentes, sí, vender zapatos, el cambio de muda y de piel, o puede ser, por qué no, mi hipertensión crónica, o quizás sólo el cansancio, lo más probable, o el aluvión de recuerdos que a menudo me nublan la vista, o tal vez mi hipocondría congénita, cómo tendré la sangre, el temor a las agujas, si estaré en el fondo bien, o puede ser sin más mi tendencia a replantearme continuamente las cosas y reconcomerme las entrañas por dentro, a psicoanalizarme y pedirme cuentas y necesitar tener todo perfectamente hilvanado, pero lo cierto es que la ansiedad está ahí, como una tenia, como una bestia al acecho, como una maldición, diciéndome te falta esto o lo otro, agitando mi tensión en las venas, y yo lucha que te lucha por encontrar mi equilibrio y aplicar todas esas lecturas de los maestros antiguos, Castaneda, Osho, Buda, Krishsnamurti, a mi nerviosismo innato, mientras camino con mi perra a toda velocidad por el bosque intentando sosegar mi conciencia para regresar puro y limpio a mi casa, en lugar de estresado y convaleciente y nostálgico...


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tranquilo me digo todo va bien todo estรก bien mientras los pรกjaros ajenos a mi debacle se funden instintivamente en el horizonte y el cielo


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HIPOCONDRÍA cada vez más hipocondríaco

pensando en todas las enfermedades habidas y por haber, en que casi todas podría tenerlas yo, el hígado tocado algunos días, los riñones otros, los pulmones siempre, la tensión por las nubes, la espalda y el cerebro roto, diabetes, hepatitis, colesterol, ácido úrico, trastorno límite de personalidad, problemas de integración, extrañamiento y deriva, falta de perspectiva, síndrome de inadaptación, colon irritable, reuma, artritis y cefalea... cualquier dolencia que leo o me impresiona se traslada empáticamente a mí, como una esponja absorbo cualquier enfermedad, me abruman todas las noches pesadillas extrañas, pienso en el fin de los días, en que se acaba el tiempo, en la fugacidad de la vida y en la debilidad del cuerpo... esta mañana, en el hospital, al ir a tomarme la tensión y pedir mis pastillas, carteles anunciando todo tipo de males, campañas de vacunación, gente atestando el ascensor y las salas de espera, oliendo a sudor y miedo, buscando cura y consuelo, y yo en medio del caos encarnando subconscientemente todas las penas del mundo hasta que el doctor, tras la medición, me dice que todo va bien, al límite pero bien, relativamente bien... y entonces respiro hondo y bajo corriendo las escaleras y salgo suspirando a la calle y me digo que por hoy ya está bien, basta ya de aprensiones, vale ya de tragedias, la sangre sigue fluyendo, el corazón bombea y es hora de sentarme a escribir para renacer de nuevo de mis propias cenizas...


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VACÍO días de angustia en los que se te desgarra el alma, como si te arrancaran a mordiscos el corazón, y una pena profunda lo envuelve todo, el mundo teñido de gris, la vida rota y el cerebro herido, sin que en el fondo sepas por qué, sin que aparentemente haya motivos, cuando todo va bien pero intuyes (y eso es lo que más duele) que tu cabeza, sólo ella, te está jugando una mala pasada, quizás porque se ha cansado de ti, de tus hábitos y tu rutina, y necesita acción y evasión, alimento para el espíritu, y se rebela y convierte en tu peor enemigo, un monstruo que nunca se sacia, con nada se llena y te devora como una alimaña por dentro... días espesos, vacíos, de asfixia y espera, que se clavan en la piel como espinas, que enturbian los ojos, que estrangulan, que oxidan, días de naufragio y deriva en los que no sabes qué hacer, nada te ayuda, todo se vuelve en tu contra, ni películas ni paseos ni sexo ni libros ni fiesta ni amigos, con nada te relajas, interrumpes la lectura, paras la película, das cientos de vueltas, no te sirve fumar ni beber ni ensoñar porque es como si estuvieras aletargado o muerto, sin ganas de nada, sin moral para nada, sin entender nada salvo que algo por dentro te escuece y no sabes cómo aliviarlo, un malestar profundo y tenso, muy tenso, tanto que parece que todo a tu alrededor, de un momento a otro, fuera a estallar... por no hablar de tu baja autoestima, tal vez ahí esté el germen de todo, piensas, lo que esperabas del mundo no llega, lo que te propusiste alcanzar se esfuma, el sol de julio aplasta, la piscina está llena, no sirven los bares, la calle, el humo, el mal está dentro, pasará, como ha pasado otras veces, pero ahora mismo te quema y sabes que en el fondo (y eso es lo que más duele) sólo es tu cabeza, eres consciente, así que párala, te dices una y otra vez, no pienses en nada, lo has leído cien veces, sabes bien la teoría pero algo te impide aplicarla, lo ves todo oscuro, te sientes daltónico o ciego, es el calor, te repites, así te consuelas, cuando en realidad sabes que el mal está dentro, que eres tú el culpable de todo, tú manejas los hilos, eres la mano que mueve las piezas, pero se te escapa a borbotones la vida como se consume un cigarrillo, imperceptiblemente pero dejando huella, calcinando tus pulmones y envenenándote la sangre en las venas... que tienes que contarlo, escribirlo, expresarlo, sacarlo fuera, es lo único que te puede salvar, lo has hecho otras veces, sentarte a escribir y canalizarlo hacia afuera, ahí está el quid de la cura, la forma de sanar por dentro, pero las palabras se enredan, no suenan, se enfangan, no encajan, huelen a rancio y podrido y lo dejas todo de nuevo, todo lo dejas una y otra vez y sólo te queda moho en las entrañas, cenizas, sólo te quedas tú, consumido y vencido, aunque sólo por un tiempo, esperas, sólo hasta mañana o pasado, cuando descanses y duermas, cuando el amanecer te ilumine, cuando el amor te redima, cuando la vida te vuelva a llenar... cuando se pase otra vez este tremendo vacío


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MAGIA aunque están luego esos otros días, los del renacer, que dan sentido a la vida, llenos de luz, plenos e intensos, en los que todo encaja de nuevo, la sangre fluye en las venas, el alma descansa, el cuerpo no pesa, tu mirada ilumina, días de vino y rosas que devuelven la fe, milagros para los sentidos... y entonces sí, como por arte de magia (y eso es lo que más desconcierta), las palabras sí suenan, se apoyan, van de la mano, el enemigo se oculta, cesa la angustia, se acallan las voces, las dudas se aclaran, se extingue el fuego... por qué antes no y ahora sí, cuál es la clave, te preguntas, pero no encuentras respuesta (y eso es lo que más desconcierta), quizá tus biorritmos, tu esencia, tu forma de ser, aunque hacer preguntas no es el camino, se trata sólo de vivir el momento, no pensar, sólo sentir, como si cada minuto fuera el último y se acabara el tiempo... no apegado a nada equilibrado & sereno integrado de nuevo en ti


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NUEVA VISIÓN pero sobre todo y por encima de todo no perder la capacidad de asombro, no dejarme vencer por el tedio, fascinarme y seguir buscando la perla, graduar el punto de enfoque, distinguir bien los colores e interpretar correctamente los gestos, mirar siempre con distintos ojos, con otra visión, es la clave y el sortilegio, concentrarme en la esencia y fijarme en las cosas, la gente, su espíritu, su corazón... y la calle, la montaña, el verde, el cielo... o me devorará si no el hombre del saco, se me apagarán los ojos, se me coagulará la sangre en las venas y el alma se me encogerá dentro del esqueleto... no debo olvidarlo nunca porque se acaba el tiempo


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Volúbulis Tres Jardines

TU QUIMIO Durante este ingreso –no te engañesNo te han salvado las pastillas Tú has sido tu quimio. HE AHOGADO MI NARCISO He ahogado mi Narciso Incesante deseo por suicidar La belleza. ANAMESIA Regresar a nuestra esencia: volver los monstruos de la razón a los monstruos de nuestro sueño. TU VIENTRE Tu vientre como ese lodazal donde adoro ensuciarme y joder la pureza. LO LLAMAN LOCURA Lo llaman locura porque veo en los niños jardines repletos de amarilis y rododendros siempre floreciendo. Lo llaman locura porque cuando cierro los ojos no me invade la negrura de una irremediable soledad, sino campos magnéticos y astrolabios que apuntan a un cielo de un intenso amarillo -sin pájaros, sin viento.- Lo llaman locura porque cuando hablo con un desconocido no respeto las distancias sino que le regalo la sonrisa y el abrazo, el grito y la patada que nunca recibió de niño. Lo llaman locura porque veo innumerables arcoiris entrelazarse a lo largo de las vías del tren y me explican que son rastrojos y no acuarelas de colores. Lo llaman locura porque no entienden que un enfermo no está enfermo sino que tiene la habilidad de poder colarse en mundos paralelos para hacer de éste un lugar más habitable.


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LAS PAREDES DEL PSIQUIÁTRICO Las paredes del psiquiátrico diáfanas color blanco-hueso repiten en el gotelé la imagen de cinco niñas que bailan en corro cantando la levedad de la muerte. Las niñas me miran fijamente con sus ojos entornados y sus boquitas de almíbar dulces me cantan todas las noches ¿cuándo te suicidas? Y yo trato de ignorarlas me tumbo en la cama tapo con fuerza mis oídos y me repito que esta prisión habrá de salvarme. Pero entonces entra la auxiliar sosteniendo los venenos junto con el vaso de agua y me ordena tragarlos y sale de la habitación sin darme las buenas noches. ¿Qué animal desaprendió el cálido abrazo de las palabras? Me enfundo el abrigo de sábanas blanco-hueso para sentir el calor de la vida que me falta pero de nuevo las niñas cantan con su voz-ridícula-angelical Bailan en corro y me repiten al oído: ¿cuándo te suicidas? ¿cuándo te suicidas?


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TRÁNSITO

Me angustia el cambio de las hojas en los árboles, la velocidad de los trenes en la última estación, las sonrisas que se agrietan defendiéndose de una tristeza no caduca. Quizá unos versos en la levedad de la memoria estancados en las aguas de un río que, huidiza seducción, no me nace. Me asomo a esas aguas y no me veo reflejada. Entonces, no aceptar la vacuidad de la belleza no su canto estéril [no la niebla ni su falso refugio. Sí, me angustia la nieve ennegrecida por aquellos cuerpos que no aceptan un paseo entre bufandas. Quizá aquellas huellas no acepten de sus pasos la cadencia. Y los recuerdos se agolpan como una roca encima de otra pues llevo a cuestas un acueducto -por cada piedra, un remordimientoy es éste el peso que limita el remoto éxito de mi vuelo a caso la auto-realización se midiera por cada pluma o por cada verso que escribo.


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Ernesto Guzmรกn & Joh Espinosa


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Garazi gorostiaga

UN POCO DE ANTIPSIQUIATRÍA PARA MI CAPITÁN

Antipsiquiatría

Dormía en el pabellón de postraumáticos, en la doscientos treinta y tres, cuando un ejército de nécoras, empezó a comer de mis pies. Yo empecé a gritar: «¡¡¡Enfermera, enfermera, nos atacan del ejército, tráigame un barbitúrico!!!» Cuatro me trajo sin comtemplaciones , un vaso de agua y dos tenedores, pero al rato el ejército de nécoras, aprendió a conducir aviones. Y grité horrorizada: «¡Doctora, doctora, se aproxima la tercera mundial, hágame el favor de traer un arsenal!» La doctora, muy beneplácita, sin protestar ni rechistar, trajo un carrito de agujas, y veneno para regalar. Cuando comencé a sentirme más católica, mi compañera de habitación, puso sus ojos en blanco, me dio un susto de infarto.


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Traté de gritar, «¡Doctora, enfermera, se acercá a mi el diablo, sobre sus patas y sus manos!» Mas tanto barbituríco, litio, somnífero, opiáceo, me enmudecieron para siempre y ahora se ríen de mí desde el infierno.

Ingreso

Devuélvame mis cordones, y cada gota de mi hemoglobina. Me fui de acampada, y mis padres nunca volvieron.

Devuélvame las bufandas, y los productos higiénicos. No diga que el pasado no merece las lágrimas, dígame pues que estoy haciendo ahora.

Devuélvame mis cinturones, y las ganas de hace años de salir a quemar timbres. Si eso no merece la muerte, diga entonces qué lo hace.

Anorexia, abandono, autolesíon, dígame qué lo merece. Bulimia, tóxicos, intento de suicidio, digame qué lo merece.


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A quien me leyere

Conjuré un Lucífero alrededor de aquella hoguera en medio del bosque, y trajo connsigo chusma con los ojos como espulgas, bailando como sus madres los trajo al mundo, fornicando en trance, sumidos en el vicio de la droga, atados a cintas negras que los unían a sus casas. Vi llorar a sus doncellas. Sus hijos tenías entrevistas con el trauma. Después llegaba el día y éste espantaba a Lucífero. La chusma caía desplomada en sus colchones y roncaban feroces y espasmódicos, quimera de lo que habían sido. Se orinaban y llenaban de heces los colchones donde dormían sus mujeres, que espantadas por el hedor corrían a lo más alto de la ventana y mostraban a sus hijos los horrores y verdades del suicidio.

Ataque de ira Debo darte la razón ¿Por qué nadie dice la verdad? Todo el mundo lo pinta todo bonito como si no fuese todo una puta mierda. Como si las terapias conductuales sirviesen de algo, como si los hospitales psiquiátricos cambiasen el chip, allí nadie hace nada por ti, igual que en la puñetera calle. Pero eso es lo de menos lo importante es que tú ya no quieres hacer nada por ti, y nadie lo entiende, y parecen todos gilipollas (seguramente lo son). Te ponen hasta el culo de pastillas para qué, para que no llores, para que no grites, para que no protestes, para que dejes de ser tú. Y a ver si de paso haciendo una cesta de mimbre olvidas que quieres morirte. No quieres más, no tienes más condena, que estar viva en este invierno, sólo por un tiempo, enferma.


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Pabellón de Postraumáticos

La matrona trae en sus manos el bálsamo del cuerdo, el elixir del trastornado, la poción del perturbado. Y entre sus piernas el por qué del trauma, el veneno de las ratas, el líbrame del mal.

Personalidades

Doctor, póngase de mi lado, lleve usted mi estigma, désnudese.

Le darán unas píldoras en el almuerzo no trate de preocuparse de qué son, no son peores que aquello con lo que trató de suicidarse.

Si se resiste átese aquí con estas correas, yo misma llamaré a la enfermera, a la que mirará un poco raro.

Y si se porta usted bien vendrá su mamá, y podrán mirar por ese trocito de ventana, sonría hombre, verá cómo le entran de nuevo las ganas de vivir.


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Autolesión

Un pabellón muy tranquilo, sí, con cuadros bien colgados y bonitos,sí. Y con el suelo muy limpio,sí. y un gotelé azul por el que paseo muy cerca y pinto con sangre.

TOXICOMANÍA

El caballero El yonki tuvo una aparición y lo dejó sordo. Pero esto no acrecentó su agonía, al contrario. Llevó su caballo a cuestas donde se forjan las espadas de los dioses. La princesa que vivía en una caja musical Érase una vez una princesa que vivía en una caja musical. Ahora es sólo una marioneta borracha bailando torpe en cualquier alcantarilla. Interferencias en las señales receptivas. Las adivinas pueden presagiar el futuro, pero no el de los enmascarados, ni el de los locos, ni el de los ebrios. Las adivinas pueden presagiar el futuro. Pero una vez perpetrado el homicidio de la razón al desquiciado, no podrán navegar nunca por su lago enfermo.


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Psicofin La locura busca el revulsivo, el antídoto y la eutanasia, su muerte y su acabóse. En las cloacas del tormento busca su tránsito eterno. Mas sólo halla fondo y más fondo, más y más abismo subterráneo, más y más criaturas caminando del revés, más y más angustia a través de la madriguera.


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JORGE TAMATZ JUANES

MAGO MELCHOR Aquí quisiera citar a un mitológico personaje del performance en México que sin duda rompía la barrera de los sexos y de todo tipo de contradicciones al respecto. Mago Melchor. Faquir XXX. Real hermafrodita, no transexual. Tenía tetas de mujer caídas, un pequeño y flácido pene, una proto vagina, además de un ano muy redondeado y profundo por los constantes actos de circo sexual. Su cuerpo decrepito estaba marcado por el esqueleto (por algo represento a la muerte en el tarot chilango del fotógrafo mexicano José Raúl Pérez) y su chimuela sonrisa de bruja pertenecía al inframundo. De pronto actuaba como un viejo y ¡zas¡ en otro instante se convertía en una anciana. Persona dual y alquímica que podía tener más de cien años. Quizás doscientos. Nadie sabía su edad, era un ser intemporal. Desnudista decadente (la belleza implícita en la fealdad) y provocador de situaciones extraordinarias nato. Travesti envestido de estropajos de colores sicodélicos arrancados de los baúles de saldos de los años 70 (o desde esa época los usaba y no se los había cambiado) y una gorra con hoyos y telarañas. En su pelo cochambroso de hechicera escaldrufa traía normalmente una trenza quebrada por el maltrato, peinado por las canas. "La gente cree que soy así de pervertido en la vida real, que hago esto de introducirme por el ano cosas al estomago cotidianamente, pero esto es arte. No entienden la diferencia" decía Melchor "Varios machos de dinero dejaron a sus viejas por mi porque les proporcionaba todo: soy hombre y mujer a la vez . Nadie les daba esos placeres sexuales." Melchor fue modelo profesional de dibujo y pintura de la escuela nacional de artes plásticas de DF por muchos años, donde posaba para los alumnos en posición de yoga, por ejemplo parado/a de cabeza o sostenido/a por un solo pie durante largas sesiones. Se transportaba bastantes kilómetros, a su elevada edad, para trasladarse en autobuses de su casa en el norte de la ciudad, a su centro de trabajo, al extremo y lejano Xochimilco sureño, fácil dos horas y media de camino, por un pobre sueldo honorario del cual sobrevivía en situaciones precarias. Habitante underground de una vecindad en ruinas cercana a la Villa donde se encuentra el santuario guadalupano. Deidad viviente perdida y olvidada de las vestidas y los marimachos. Gran narrador/a de historias:


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Decía que había nacido en el seno de una tribu aborigen de Nueva Zelanda, de aquellos que usan tatuajes en la cara, y que por su insólito carácter de hermafrodita, considerado de mal hado por la etnia, iba a ser sacrificado/a. Su madre lo/a tuvo que sacar oculto/a del continente austral para salvarle la vida. De púber ejerció de Prostituto/a en una tribu africana de donde tuvo que huir porque no soportaba el constante y agobiador servicio sexual que tenía que brindar a los varones negros de cuerpos musculosos y miembros grandes, que lo/a tenían exhausto de tanta acción y que lo salieron a cazar como animal salvaje cuando se enteraron del desesperado escape por la selva del atribulado mago, pues lo consideraban un tótem viviente imprescindible para sus orgías caníbales. Se salvo de milagro de ser devorado y partió en un barco. Viajo por la india en un circo ambulante en compañía de la serpiente pitón más grande del mundo. Ambos personajes, humano y animal, por sus características insólitas, eran considerados dioses vivientes y recibían miles de visitantes, entre devotos y morbosos. Eran la gran atracción. Conocedor de los grandes secretos de los brujos negros y blancos, llego como muchos, por casualidad a México D.F. y aprendió en Veracruz la técnica de trance de los voladores de Papantla "que le cortan el cuello a unas gallinas negras antes del descenso como ofrenda, pero están atrasados frente a otros magos del mundo" decía el Faquir XXX. Modelo de Siqueiros y varios pintores importantes, presumía haber desnudado públicamente en los años cuarenta a la poetisa Pita Amor, cuando era joven y bella y antes de acabar en la fealdad y la locura lúcida, por medio de un abracadabra, en la Alameda Central frente a los atónitos ojos de todos los paseantes dominicales. Gustaba de abrazar a los jóvenes masculinos, como gran maricón y cruzar las calles pintarrajeado/a de golfa y vestido/a de cortas prendas, diciendo apasionadamente yo soy tu querida, levantándose la mini falda y mostrando los flácidos y colgantes genitales a los automovilistas estupefactos ante tan bizarra escena. Se sentía una puta/chichifo ultra cotizada y tenía razón pues era único. Solo he visto dos hermafroditas reales en mi vida, el otro/a lo vi en Zipolite Oaxaca, era un prostituto e iba acompañado de dos fornidos marinos de la armada mexicana bien pasados y calenturientos que buscaban pastillas sicotrópicas. Melchor era experto/a en trucos de cuerdas. Prestidigitador/a e ilusionista consumado. Contaban que pario de su vientre un hijo que fue luchador pero falleció muy joven. Se llamaba "La Incógnita" Tenía una casa en la costa de Veracruz donde narraba sin rubor que se metía a bañar al mar cuando nadie lo veía y los delfines lo penetraban en medio de la noche, haciendo una fiesta orgiástica. Humano- animalmarina.


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"Los delfines son como perritos, lloran cuando uno se sale del mar y los deja solos." "Pero nomas que no se enteren los del pueblo porque me linchan" Cultivaba en su huerta el árbol de donde según el sacaban el papel del dólar Decía que con unos pases mágicos podía pegar como perros a una pareja de amantes o recién casados haciendo el coito y dejarlos ensartados varios días, desesperados por lo embarazoso de la situación y sin que los familiares y sistemas de salud pudieran hacer nada al respecto. Mientras el se reía del cuadro detrás de las puertas, como el Guasón (Melchor odiaba las escenas de romanticismo barato y el sentimentalismo) hasta que el final los desencantaba por que ya había sido suficiente y por fin quedaban libres de su atadura carnal. A la hermana pequeña de un amigo la curo de una supuesta diabetes por medio de péndulos giratorios e hipnosis. Sus actos de faquirismo performance, consistían en meterse objetos grandes por el ano. Su objeto favorito para introducir era una botella de brandy presidente que lavaba religiosamente para no contraer infecciones (Melchor le tenia pánico al Sida), con jabón y agua para que resbalara mejor a través del orificio anal y no se atorara y después la hacia girar como un malabarista dentro de su estomago y la devolvía por el mismo ano, sin aparentemente sentir dolor alguno. Tenía otro acto de su repertorio llamado la "Gallina ponedora" donde sacaba bolas de beisbol por el mismo orificio trasero como si pusiera huevos, mientras simulaba el aleteo y los gestos del plumífero. Melchor tenía un manejo del cuerpo y un control del dolor que nunca he visto en ninguna persona. A pesar de la avanzada edad, su figura era sumamente elástica y resistente. A Josua Okon, supuesto artista plástico mexicano, casi lo deshereda su familia cuando su tío Rabino vio escandalizado el acto de Melchor de la botella de presidente en la Feria del rebelde, realizado en la galería la Panadería Colonia Condesa DF , (1994) durante la toma de posesión del presidente Ernesto Zedillo, evento donde yo participe exponiendo varios libros objeto. Desde ese acto "maldito" se hizo un cisma entre diversos artistas "jóvenes" de la ciudad de México porque algunos sacaron el cobre de que eran fresas y dijeron que el acto de Melchor era obsceno e inadmisible. No nos volvimos a dirigir la palabra. Conocí desde ese día a muchos que no digerían los actos del Mago y que incluso despreciaban al personaje por cochino y diferente. Para ellos Melchor era un ser incomprensible y enigmático. Más allá de sus propios valores morales y familiares, que en sus límites y cuadros, era lo único que asimilaban. El acto extremo estrella de Melchor era que le llevaras un burro macho con el pene erecto que decía podía penetrarlo hasta tocarle el corazón y crearle un multi orgasmo.


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Aseguraba que conocía a un nagual que por un dinero se convertía en caballo frente a las cámaras y cuyo oficio era el robo de ganado. Transmutado en equino seducía a las yeguas que secuestraba y las vendía el mercado negro. Para los alquimistas el hermafrodita era el ser primigenio. En el principio de los tiempos no había distinción de sexos. Fue el ser original. El huevo del que todo surgió. El hermafrodita conoce ambas posiciones sexuales. El sabio ciego Tiresias, que fue hombre, mujer y después hombre de nuevo debido a designios divinos en la mitología griega, conocía también esta posición doble. Su ceguera fue causada por la diosa Atenea que lo castigó por haberla sorprendido mientras se bañaba y vio, como ultimo rayo de luz, todos los atributos corporales de la Diosa de la sabiduría al descubierto. A cambio de su desgracia Zeus le dio el don de prever el futuro y una vida longeva. Años después sorprendió a dos serpientes apareándose y se convirtió en mujer y siete años después volvió a encontrase a otras dos serpientes en situación similar y recupero su sexo original. Se consideraba por esto la persona de más conocimiento al que consultaban dioses y héroes. Fue árbitro en una discusión entre Hera y Zeus sobre quien experimentaba mayor placer sexual, hombres o mujeres, pues era el único ser humano que había poseído los dos sexos a la vez. Mediaba entre los dioses y los hombres por su androginia. Melchor hizo una gran obra manifiesto de su fealdad, de su tenebristamente hermosa y transgresora decrepitud y de su situación bisexual insólita. Estés donde estés te recordamos, magazo. NO ME GUSTAN LOS FRIOS EXTREMOS, ME PARALIZAN COMO A UN REPTIL...NO ENTIENDO COMO PUEDE HABER GENTE VIVIENDO EN LUGARES HELADOS COMO ISLANDIA, CANADA, RUSIA Y DICEN ACOSTUMBRARSE AL CLIMA... LOS RUSOS LE GANARON A NAPOLEON Y A HITLER PORQUE A LAS TROPAS, AL BAJARSE LOS PANTALONES PARA OBRAR, SE LES CONGELABA EL CULO Y EL PIRRIN. QUE FEA MANERA DE MORIR...CONGELADO


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Iván rojo

Hermanos de sangre

Para mí no resulta especialmente agradable ni me hace sentir orgulloso, pero, ya sabéis, es lo que tiene ser el hermano mayor, debes cuidar de tu hermanita, llevarla y traerla, alimentarla y peinarle su largo e increíblemente suave pelo rubio. Vamos, estar pendiente de que no le pase nada malo. El autobús de la escuela la deja en la esquina a las cinco de la tarde, solo a unos pocos metros de casa, a dos minutos o menos, un camino asequible incluso para una niña de diez años, sí, pero yo la espero allí siempre. No falto ni un día, da igual lo que tenga que dejar de hacer por ello. La espero sentado en el único banco que hay en el jardín mustio de este barrio aburrido y repleto de cagadas de mascotas y de gente que no para de hablar y de hablar. Las otras personas que van a recoger a sus niños, casi todas madres, saben que ese es mi banco; nunca me quitan el sitio. Forman corrillos más o menos numerosos y se ponen a hablar de sus cosas. Nosotros somos una de sus cosas. A menudo alguna señora me mira de reojo y comenta algo con las demás, acercando su cabeza teñida a las otras, también teñidas, cerrando el círculo, bajando la voz hasta convertirla en el inconfundible siseo de serpiente que se emite cuando se critica a alguien presente. No sé si hablan de mí o de mi hermana. Supongo que hablan de los dos, de nosotros, porque está claro que somos una de sus cosas preferidas. Nosotros y nuestra historia que nadie olvida, que todos se encargan de mantener viva y sangrante poniendo y quitando datos, retocándola para que sea todavía más espectacular cuando se la cuenten al vecino nuevo de turno. Por eso de vez en cuando algunos de sus niños lanzan huevos contra nuestra ventana. Luego se van corriendo, riéndose e insultándonos. Me gritan Bicho raro, a ella Pianista. Y regresan al calor de sus hogares normales. Me imagino a sus orgullosas madres normales diciéndoles lo que hay que decir en estos casos, que eso no se hace, pero recompensándoles esa misma noche y como el que no quiere la cosa con su comida favorita, con una galletita. Buen chico, buen perro. Nuestra madre no es normal y tampoco cocina extraordinariamente bien, pero hace unas albóndigas riquísimas. Es uno de los primeros recuerdos que tengo: los jueves eran el día de las albóndigas. Nuestro padre, que por aquel entonces aún era solo mi padre, volvía del trabajo y la cena estaba lista en la mesa. Una gran cazuela de albóndigas perfectamente esféricas, con canela y bañadas en una salsa marrón con tropezones de huevo y piñones. Me gustaba el aroma que desprendían.


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Hace tiempo que no lo huelo. Cenábamos los tres en la mesa de la cocina y me atrevería a jurar que se respiraba la típica felicidad de cuando la vida va más o menos bien y no hay nada de verdad preocupante acechando al día siguiente. Durante años la noche del jueves fue así, tranquila y acogedora. Pero en algún momento debió de suceder algo, una de esas cosas que tarde o temprano le ocurren a todo el mundo, que solo necesitan de tiempo y roce en exceso para producirse. Mi hermana nació cuando yo tenía diecisiete años. Nada fue culpa suya; las albóndigas se habían estropeado mucho antes. Nuestra madre se asustó bastante. No sé, puede que ya fuera demasiado mayor para sentirse madre. Pero yo diría que sencillamente no le apetecía nada tener otro hijo con mi padre, que noche sí noche también volvía a casa cuando ella y yo llevábamos ya un buen rato en la cama. Tuvimos que estar encima de ella durante el embarazo. Hasta mi padre se preocupó un poco. La vigilábamos para que se cuidara. El médico que controló la gestación aseguraba que aquello era algo casi corriente entre las mujeres que se quedaban embarazadas cuando lo más lógico sería que empezaran a sentir los primeros síntomas de menopausia. Sin embargo, a mí se me hacía raro ver a mi madre tirarse premeditadamente y panza abajo por las escaleras de casa. Por las noches le atábamos las muñecas a los hierros del somier; se golpeaba el vientre dormida. Con todo, después del sexto mes se tranquilizó bastante. Las pastillas que tomaba no eran desde luego las más fuertes y eficaces, pero eran las únicas que podía ingerir sin dañar a la inminente Cloe. En fin, ya digo, al final el doctor dio con la dosis apropiada y mamá volvió a parecerse a la de antes, cosa que aprovechó mi padre para volver a sus andadas, a pasar poco por casa y a gastar buena parte del sueldo familiar en quién sabe qué y quién. Cloe fue un bebé precioso; nació sana a pesar de todo, y nuestra madre no tardó en quererla como casi todas las madres quieren a sus hijos. Lo más probable es que nunca olvidara por completo lo que había intentado hacerle a su hija cuando esta aún ni siquiera había nacido. Pero la terapia a la que asistía dos tardes por semana acabó por convencerla de que, al fin y al cabo, simplemente había atentado contra la vida de alguien que aún no existía, así que durante la primera fase de la vida de mi hermana, nuestra madre la trató con amor maternal. Hasta le daba el pecho; compaginado con suplementos artificiales, claro. Hoy, viendo a Cloe jugar con sus muñecas con su torpeza habitual, solo puedo decir que lo ha hecho bien, mucho mejor de lo que lo habría hecho cualquiera de esos que nos despellejan. Sí, lo está haciendo muy bien. Es una preciosa niña de diez años, pero la gente suele quedarse únicamente con su lado extraño, con lo que de ella da lugar al comentario susurrado, como si una cosa y otra fueran absolutamente incompatibles, como si su fantástica capacidad para seguir respirando después de haber pasado lo que pasó no fuera digna de consideración. Y a mí me da ganas de matar a alguien. A todos.


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Hablando de cadáveres, nuestro padre lleva varios años muerto. Se llamaba Lucas, y por este nombre lo conoce Cloe. En realidad sabe muy poco de él. Me he ocupado personalmente de ello. Pero como 1. Nadie es perfecto y 2. Las cosas tienden al desastre, el otro día mi hermana encontró una vieja foto en el fondo del cajón que hay en la mesilla del teléfono. Se le cayó al suelo. Boca abajo, por supuesto, y no era capaz de darle la vuelta. Quizá esto le hizo sentirse impotente, torpe en exceso, o quizá la náusea sedada se despertó en su interior al contemplar aquellas dos caras, no lo sé, pero Cloe estaba llorando bajito cuando la descubrí acuclillada junto a la mesilla. No sé qué estaba buscando allí, ella nunca utiliza el teléfono (el hecho de que mi hermanita no tenga ni una verdadera amiga hace que esto sea menos penoso). El caso es que encontró la foto. Se veía a Lucas y a nuestra madre sentados en la arena muy amarilla de alguna playa, probablemente de la costa este, ambos aún objetivamente jóvenes, ambos sonriendo a pesar de los hombros enrojecidos por el sol. Yo estaba dentro de la prominente barriga de nuestra madre, cuyo nombre no importa. Cloe está medio ausente desde entonces. Supongo que su mente ha recordado cosas. Habrá atado cabos en la medida de sus posibilidades. Eso es algo de lo que no puedo protegerla mientras está en el colegio con sus asquerosos compañeros, que le cuentan la versión más cruel posible de lo que oyen a sus padres comentar en casa, que le preguntan burlones por qué no se apunta a la clase de piano y le lanzan a la cara pelotas o estuches para que ella haga el ridículo intentando despejarlos. Pero me duele en el alma y no puedo perdonarme que aquí mismo, después de todo el esfuerzo que los dos hemos invertido para lavar las manchas de aquella noche y convertir esta casa en un refugio impermeable a la mierda, mi niña haya tenido que encontrarse literalmente cara a cara con sus monstruos. Siempre ha sido muy inteligente. Su pediatra lo detectó en seguida. Le sorprendió que la niña reaccionara tan pronto y de forma tan evidente a estímulos demasiado complejos para una criatura de nada más que meses. Letras, música. Al año ya hablaba de forma inequívoca. Era capaz de pedir con palabras lo que quería o necesitaba. Agua, comida, algún juguete. Y socorro. Por eso, dijo, tuvo que amordazarla. Aunque imagino que en esos momentos Cloe debió de gritar y llorar como cualquier otro niño. De hecho, tras lo que sucedió esa noche, pasaron años hasta que volvió a utilizar sus cuerdas vocales. Lo hizo para emitir una especie de gruñido larguísimo, supongo que el eco interno del alarido que no pudo hacer oír a nadie durante aquel interminable par de horas encerrada en el cuartito de los trastos de limpieza. Dos horas eternas. Inextinguibles. Proyectadas hacia el futuro y encadenándolo sin remedio a un lugar muy negro del pasado. Ciento veinte minutos que nada podrá matar nunca, ni el amor más sublime ni el dolor más insoportable. Porque lo primero es muy improbable que le toque con su varita brillante y porque lo segundo simplemente no existe para un niño que ha visitado el infierno. Tengo entendido que encontraron a Lucas colgando del techo del garaje de casa. En el suelo, junto al lógico charco de pis, había un cubo lleno


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de sus vómitos. Es lo que oí decir; yo no lo vi. Y me habría gustado. Creo que me haría bien tener otra imagen grotesca en mi particular galería de los horrores. La de alguien cuya tortura no me importara tanto como la de mi hermanita. Es una lástima… Poco antes del fin, nuestro padre -perdón, Lucas, joder- nos reunió en la cocina y nos anunció que iba a largarse, que sería lo mejor para todos y que, por supuesto, vendría a vernos a menudo porque siempre, siempre iba a querernos. A mí no me afectó la noticia. Y Cloe aún era demasiado pequeña para preocuparse, alegrarse o cualquier otra cosa… ni siquiera estaba cerca de celebrar su segundo cumpleaños. Nuestra madre fue la única a la que el golpe perturbó, pero lo disimiló muy bien. Debería haber estado más atento. En el salón había un viejo piano de pared. Junto a la ventana. Desde el taburete de rosca se veía, al otro lado del seto que enmarcaba nuestro jardín, pedazos de las fachadas de las casas de enfrente y el camino de grava por el que antes entraba y salía el coche familiar, hasta que se convirtió en vehículo de uso exclusivo de Lucas. Eso era todo lo que hacía yo con el piano: sentarme ante él en los ratos de aburrimiento y aporrearlo sin sentido mientras miraba por la ventana. Luego llegó Cloe y, como por arte de magia, un buen día el mueble se convirtió en instrumento. Evidentemente, sus dedos aún eran demasiado cortos y no podía tocar con gran destreza, pero la perfección en la ejecución era lo de menos: lo que estaba claro era que sólo sería cuestión de tiempo que mi hermana se convirtiera en una pianista notable, o, al menos, decente. La típica niña que ameniza las cenas de navidad interpretando lo mejor de los clásicos populares. Quién sabe, puede que hasta hubiera llegado a ser una virtuosa que viajara por el mundo dando recitales. O no. Lo más probable es que esa supuesta superdotación de la que hablaba su pediatra hubiera terminado quedándose en nada más que un buen expediente académico. Un poco mejor que el que tiene ahora, con esa puñetera anotación en el párrafo destinado a Observaciones. Plástica: Exenta. En cualquier caso, entonces nadie se paraba a pensar en esto, en cómo podría haber sido la vida. Sencillamente era fantástico verla ahí sentada, tan pequeña y sonriente, con los pies balanceándose aún a mucha distancia del suelo y los ojos muy brillantes clavados en las teclas. Me asombra que todavía se siente en el taburete de vez en cuando, aunque ya no toque el piano. Igual hay cosas conectadas en su cerebro, porque ni siquiera lo mira. Es como si hubiera una frontera invisible entre el piano y ella y el horrible taburete tapizado fuera lo único que ambos pudieran compartir para recordar viejos tiempos. A veces pienso que mi hermana y el mueble han llegado a una especie de acuerdo y se ignoran mutuamente de forma consciente. Porque él siempre mantiene cerrada la tapa del teclado, como para no ponerle a Cloe las cosas más difíciles, y ella procura darle la espalda en todo momento y aprieta los párpados cuando se produce un inoportuno cara a cara con el piano si en alguna ocasión, jugando consigo misma, se despista y empieza a dar vueltas sobre el asiento giratorio. Así que lo habitual es verla sentada junto a la ventana en ese asiento que es para ella el sitio más cercano al horror pero también el único lugar en el que


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se siente valiente porque le permite demostrar que aún se atrevería a meter la mano en la boca del lobo. Cuando dos que se han querido dejan de hacerlo no es extraño que cada uno de ellos acabe odiando con especial intensidad, con rabia y asco, justo lo más sublime del otro. De joven Lucas quiso ser pianista. Dicen que lo hacía bien, que tenía cualidades, los dedos apropiados. Pero dejó embarazada a mi madre y se casó con ella, y sustituyó las teclas del piano por las de una máquina de escribir en una oficina de tráfico. No es que me parezca una tragedia: conociéndolo, sé que al final habría desperdiciado su talento por cualquier otro motivo. No obstante, hay que reconocer que el hombre nunca dejó por completo de cultivar su afición. Como suelen hacer los fracasados, Lucas quiso perpetuarla inculcándosela a su primogénito, pero supongo que pronto se dio cuenta de que sería una pérdida de tiempo y dinero, porque no recuerdo que me apuntara a clases de solfeo ni nada por el estilo. En los años buenos, se limitó a sentarme en sus rodillas y conducir mis manos por el teclado. Con Cloe las cosas fueron diferentes desde el principio -tenía algo-, y supongo que Lucas vio en ella una segunda oportunidad que la naturaleza le ofrecía para acabar lo que había dejado a medias mucho antes. Mi hermana y su habilidad musical se convirtieron en la única razón para que de vez en cuando lográramos sumar cuatro en la misma habitación. No había una rutina en ello, no había horarios ni nada remotamente parecido a un compromiso, por supuesto. Lucas se dejaba caer por aquí cuando ninguno de sus asuntos personales se lo impedía, pero es innegable que existía un vínculo entre ambos que hacía muchísimos años que no se daba entre los tres habitantes más antiguos de la casa. Él le enseñaba sencillas melodías y a Cloe se la veía contenta, como si agradeciera de veras que alguien compartiera su lenguaje. Sí, podría decirse que estaban unidos, que se llevaban bien, incluso que se querían. Hasta sacó tiempo para comprarle un órgano electrónico más acorde con la longitud y fuerza de los deditos de mi hermana. Nuestra madre preparó sus míticas albóndigas para la cena de despedida. Dijo que era algo así como un homenaje hacia nuestro pasado y que sería la última ocasión en que lo hiciera. Aquella noche la situación no parecía especialmente tensa. Puede que durante un instante sus ojos se licuaran, tal vez la locura se asomó a su rictus fugazmente, pero en general la atmósfera estaba tranquila. Lucas acudió con un libro de partituras para niños bajo el brazo. Tenía intención de empezar con la primera canción esa misma noche, pero Cloe ya estaba durmiendo. Así que cenamos los tres solos, como antes. Apuramos el puré de verduras y vimos cómo las manos de mamá temblaban mientras venía hacia la mesa con la fuente de albóndigas. Nos sirvió a los dos una ración generosa. Ella también se puso unas cuantas, pero ni las probó. Se quedó sentada mirando fijamente a Lucas, sin decir ni mu. En realidad nadie habló demasiado durante la cena. Aquello era un mero trámite, se trataba de dar a nuestra madre y a su futura ex-mujer la satisfacción de ponerle al asunto un punto final a su gusto. Por eso tanto él como yo nos limitamos a comer. No


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alabamos lo sabrosas que le habían salido las albóndigas, más ricas que nunca. No nos interesamos por preguntarle qué era aquel toque distinto, ese sabor tan fresco, esa textura tan tierna que parecía que la bolita de carne se te desintegraba en la boca sin necesidad de masticar. Nos limitamos a comer y no dejamos ni un pedazo de carne en el plato. Lucas repitió. Estábamos con el postre cuando oímos por primera vez el ruido. Aun hoy juraría que sonaba igual que unas uñas arañando madera. Aun hoy, sabiéndome de memoria el informe policial, los múltiples recortes de prensa, el expediente del juzgado y la ficha médica de mi hermana, mentiría si dijera que aquello no sonaba como unas uñas desesperadas haciéndose trizas contra la cara interna de la puerta del armario empotrado. Yo pensé que algún roedor se habría colado en casa y su instinto le habría indicado que el espacio estrecho y oscuro en que guardábamos los trastos de limpieza era un buen lugar para instalar su madriguera. Recuerdo que esa fue la palabra exacta que me pasó por la mente: madriguera. Tengo perfectamente claro en la memoria que estaba distraído visualizando eso, mi idea de lo que debía ser una buena madriguera, cuando Lucas, que se había levantado de la mesa dispuesto a aplacar su curiosidad, abrió el armario. Las bisagras chillaron, la luz invadió el pequeño hueco y todo cambió de golpe cuando la vimos. Cloe tendida en posición fetal en el suelo mojado, amordazada con un trapo sucio, muy pálida, medio muerta, eso dijeron después los médicos, mediomuerta, sin separación al pronunciar las palabras, sin entonación, como si fuera un solo término, como si fuera un diagnóstico que debiera tranquilizar las mentes una vez identificado el problema, del mismo modo inflexible que un especialista acostumbrado a hablar de ello pronuncia esquizofreniaparanoide o cáncerterminal o leacompañoenelsentimiento. Eso comentaban los policías que no sé cómo aparecieron tan pronto en casa y los médicos del hospital que no pudieron hacer nada más que coser lo mejor posible los muñones de mi hermana: que era un milagro que siguiera viva cuando la encontramos encerrada en el armario, con dos ríos rojos todavía brotando débilmente de donde debían empezar sus manos. Que estaba medio muerta, pero que sobreviviría. Luego pasaron cosas. Cloe estuvo una buena temporada hospitalizada, yo me instalé en casa de unos tíos a los que antes solo veía una vez al año, Lucas se ahorcó y nuestra madre fue internada en un centro psiquiátrico de la otra punta del país, donde permanece. Nunca hemos ido a visitarla. Nuestro asistente social dice que a veces sus ojos parecen normales y pregunta por nosotros, que cómo estamos, que si Cloe sigue tocando el piano. Me la imagino mirando durante horas el mismo punto del techo liso y muy blanco de su habitación, o pegándose cabezazos contra las paredes acolchadas de espuma color verde claro. Entonces siento un poco de algo que quizá podría llamarse pena y pienso en dolorosas explicaciones para justificar lo que hizo, aunque para ello tenga que verter sobre mí una parte de la culpa de lo que sucedió, por no estar atento, por no cuidar mejor a mamá cuando se hacía vieja y se quedaba sola, por verla degenerar día a día y no hacer nada para rescatarla. Supongo que cuesta dejar de querer


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absolutamente a una madre. Pero en seguida me viene a la mente la frialdad con la que se mantuvo sentada, con una mirada terroríficamente tranquila siguiendo cada uno de los movimientos apresurados de Lucas, con una expresión de venganza emanando de todo su ser inmóvil, mientras él y yo intentábamos socorrer a Cloe y lo único que hacíamos era pringarla con nuestros vómitos incontrolables. Pringarla en realidad con su propia carne picada a medio digerir. Y se me pasa la lástima. Ahora tengo veintimuchos años y me mantengo por mí mismo, además de gracias a la pensión que la Seguridad Social nos ingresa en el banco cada primero de mes. Hace tiempo que las autoridades decidieron que lo mejor para Cloe era estar con su hermano. Así que, a pesar de lo que opine la gente del vecindario, parece que sobre el papel soy una persona lo bastante estable como para ser el responsable de mi hermanita minusválida. Y la verdad es que para mí no resulta especialmente agradable ni me hace sentir orgulloso, pero, ya sabéis, es lo que tiene ser el hermano mayor, debes cuidar de tu hermanita, llevarla y traerla, alimentarla y peinarle su largo e increíblemente suave pelo rubio, vamos, estar pendiente de que no le pase nada malo. Es posible que haya gente por el mundo con alguna experiencia similar a la mía. No tengo ni idea de cómo sobrellevarán la situación esas personas. En mi caso particular me estoy dando cuenta de que a menudo me observo a mí mismo desde fuera. No sé si me explico. Quiero decir que creo que cosas como la que nos pasó a nosotros te cambian te convierten en un extraño a tus propios ojos. Porque el cerebro es muy listo y se las apaña para hacerte creer que lo que sucedió no te sucedió a ti, que a lo mejor fueron tus dientes los que masticaron las bolitas da carne pero que, desde luego, ya no tienes nada que ver con ese lamentable incidente, que tú no eres aquel caníbal y que antes o después te levantarás un día encontrándote totalmente limpio y sin náuseas. Sí, te ves desde fuera, intentas alejarte de aquello y normalizarte, y te sientes distinto, sano, cuando alguna vez logras pasar dos minutos sin pensar en la tragedia. Pero entonces escuchas una voz que te dice que estás en deuda con Cloe. Mírala, estás en deuda con ella y tú lo sabes, te susurra al oído esa voz que suena igual que la tuya pero no es la tuya. No te atrevas a olvidarlo: te debes a tu hermanita: eres sus manos. Y debe de ser verdad, porque te despiertas y te acuestas pensando en qué puedes hacer para compensarle. Sueñas con ella. Le prestas toda tu atención. Coges trabajos compatibles con su horario escolar sin preguntarle al entrevistador por el sueldo o el puesto a desempeñar, pues únicamente exiges que te permitan estar puntualmente a las cinco en la parada de su autobús, abrazarla y hacer lo que ella te pida. Ves los programas que a ella le gustan. Le preparas sus comidas favoritas, y si en alguna ocasión se queda mirando los garfios ortopédicos de los que se sirve para pinchar una patata o coger el vaso y se pone a llorar, tú mismo le das de comer. O le limpias el culo. O la vistes. O le rascas la espalda. O la bañas. O le lees un cuento antes de dormir, y noche tras noche la ves hacerse mayor, más consciente, más triste. Preguntarse cosas, por qué la llaman pianista,


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cuándo dejarán de tratarla como a una apestada, de no mirarle a los ojos, si alguien aparte de ti le hará sentirse bien alguna vez. Casi puedes oír el ruido de las dudas dando vueltas en su cabeza de niña que crece. Y te estremece la certeza de que no tardará mucho en averiguar que las respuestas son demoledoras de cara a conseguir eso que quiere cualquiera, eso que la gente con poco vocabulario y menos problemas llama Felicidad. Tú hace tiempo que conoces la dolorosa verdad… Lo que pasará, por ejemplo, simplemente por ejemplo, cuando se desarrolle y tenga ganas de masturbarse. Cuando necesite sentirse mujer y los hombres sólo vean de su cuerpo la parte que le falta. Sabes muy bien lo que pasará entonces, lo que harás, porque estás en deuda con ella. Y lo estarás de por vida. Porque sois hermanos de sangre.

[Nunca nevaba en esa ciudad. Estaba demasiado cerca del mar y sus aires templados. Un día de aguanieve cada diez o quince años, como mucho. Pero los viejos decían que una noche de febrero de 1946 sí que había caído de verdad. Que a primera hora de la mañana siguiente había al menos dos dedos de nieve cubriendo las calles y los tejados. Y que, claro, el paisaje se fundió mucho antes de que el sol llegara a lo más alto. En fin, nunca nevaba en La Ciudad. Fragmento del libro La Toxicología (La Toxicologie), de René Fabre. Editorial Oikos-tau, 1971 (en adelante, La Toxicología): Estadística general de suicidios (Departamento del Sena, 1927-51) Total Hombres Mujeres Asfixia Veneno 1927 1937 1947 1951

1.628 2.533 1.473 3.297

1.069 1.461 663 1.559

559 1.072 840 1.738

170 397 983 1.174

69 442 116 692

[Por eso a Prisco no dejaba de sorprenderle el tiempo que hacía últimamente. Al despertarse por la mañana, después de hacer una esfuerzo cada día mayor para salir de la cama, subía la persiana y se quedaba hipnotizado un buen rato mirando el irresoluble misterio que ocurría al otro lado de la ventana, en su barrio, en Periferia Sur. El tiempo pasando ante sus ojos. Los dos tiempos. Uno caía del cielo lenta pero incesantemente. El otro simplemente transcurría al ritmo habitual, el que alguien había establecido siglos atrás al inventar los segundos y su tic tac tic tac. Y se perdía para siempre con cada latido o respiración.


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Última anotación en el diario personal de Prisco (Sin fecha. Por contraste de datos, se calcula que corresponde, aproximadamente, a mediados de abril del año en curso): Lo más extraño de todo es que nadie parece preocupado por lo que está ocurriendo. Eso es lo que no me quito de la cabeza. La gente sigue andando, respirando, viviendo como si nada. Si ahora mismo me asomara a la ventana vería decenas y decenas de personas yendo o viniendo con total normalidad bajo este absurdo diluvio. Algunas en manga corta, muchas con gafas de sol… Eso es… lo que de verdad me da miedo: que no sientan el frío. [No llegaba a ser nieve. Lo que bajaba desde el cielo no eran copos. Ni siquiera diminutos cristales hexagonales de hielo. Era más bien como una continua llovizna translúcida que no mojaba, ni pesaba, ni se acumulaba sobre las cosas. Era aún menos que caspa, algo insignificante que desaparecía nada más tocar cualquier superficie. Pero hacía días que aquello no dejaba de llover. Miles y miles de briznas de algo indefinido atravesaban de arriba a abajo el campo de visión de Prisco cada vez que se asomaba a la ventana o salía de casa por el motivo que fuera. Fragmento de La Toxicología: Agentes tóxicos desencadenantes de enfermedades profesionales que dan derecho a indemnización, declaradas en Dinamarca (1952) Plomo y sus sales 302 Mercurio y sus sales 9 Benceno 173 Fósforo 2 Cemento 1.256 Derivados clorados del etileno 118 Rayos X 13 Cromo y derivados 167 Aminas aromáticas 106 Brea 46 Estreptomicina y derivados 23 TOTAL 3.267 Declaración de Dolores Calurana, estanquera del barrio de Periferia Sur, al inspector de policía Juan García. La verdad es que al principio no percibí en él nada fuera de lo normal. Venía casi todas las tardes. Compraba un paquete de Fortuna, y se iba.


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Pero de un par de meses a esta parte empezó a hacer cosas raras. La primera vez que fui consciente de que aquel chaval me ponía los pelos de punta sería a finales de enero o principios de febrero. Disculpe, pero no sabría decírselo con mayor precisión. Como de costumbre, me compró un paquete y se fue. Pero antes de medio minuto volvió a entrar en mi estanco para comprar otro. Le pregunté si quería otro Fortuna y se quedó en silencio un buen rato, mirándome como sin verme. Muchos segundos, demasiados, ya me entiende, todo muy raro. Al final me contestó que le daba igual la marca, que le bastaba con que los cigarrillos estuvieran bien cargados de nicotina y alquitrán y monóxido de carbono y benzinonosequé. Bien, le dije, y me giré hacia la estantería para coger rápidamente cualquier american blend, vendérselo y que el chaval se largara cuanto antes. Se lo aseguro: el tal Prisco, así dice usted que se llamaba, ¿no?, me estaba inquietando bastante. Pues eso, mientras cogía el paquete del estante el chico añadió que mejor le diera tres más, de la marca que yo quisiera. Le dejé sobre el mostrador dos paquetes de Marlboro y uno de Lucky, me acuerdo perfectamente. Aceptó los Marlboro pero, no sé por qué, rechazó el Lucky farfullando algo que no entendí. Se lo cambié por un Camel. Pagó y se largó sin decir adiós. Ése fue el día en que el chaval empezó a ponerme nerviosa. Siguió viniendo por aquí casi a diario. Compraba un montón de cajetillas, cuando digo un montón quiero decir cinco o seis o diez, y al cabo de un par de días volvía a por otra remesa. Cuando me entregaba el dinero me fijaba en sus dedos: eran cada vez más amarillos. Igual que el borde de su labio superior. [Aquella lluvia absurda ganaba poco a poco en intensidad. Los filamentos eran cada día más tangibles que los que habían caído el anterior. Seguían siendo diminutos pero ya no parecían entidades microscópicas casi totalmente transparentes y sólo visibles por un loco o un aparato de laboratorio. Ahora tenían corporeidad. Y cuando Prisco se veía obligado a salir de casa -para arreglar unos asuntos en el banco, por ejemplo-, podía percibir el levísimo pero gélido roce de incontables partículas extrañas sobre la piel. Igual que cualquiera nota en su piel la oleada de arenilla que lo forra todo cuando un coche pasa por un camino polvoriento. Igual que un fumador empedernido, como Prisco, se da cuenta al instante de que una pizca de ceniza le ha caído sobre el dorso de la mano. Por minúscula que sea. Con esa precisión notaba Prisco cómo, en cuanto se encontraba a la intemperie, se enredaban en su vello corporal miles de átomos de aquella rara sustancia. Pero eso, el simple contacto con su epidermis, era todo lo que podía analizar al respecto. Los corpúsculos carecían de cualquier otra cualidad física más allá de su ligerísimo peso helado y el tenue telón descendente con que difuminaban la visión de Prisco. Anotación en el diario personal de Prisco. 12 de marzo:


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A pesar de los riesgos laborales de cualquier empleo… o quizá gracias a ellos… todo sería más fácil si trabajara. Todo. Me refiero a trabajar en sentido tradicional, con un jefe asqueroso y una incómoda silla giratoria y un bote lleno de bolis mordisqueados. Rodeado de tóners nocivos y con conjuntivitis por culpa del ordenador. Por ejemplo. Me refiero a saturar de alquitrán tus bronquios asfaltando autopistas, por poner otro ejemplo, y no tener que dejarse un montón de pasta comprándola en estancos o máquinas de bar. O contraer rinitis crónica por inhalar cada día gasolina al llenarles el depósito a otros en una estación de servicio. Quiero decir que aguantar ese tipo de mierda tiene que simplificar las cosas. Acabar el día cansado de tragar basura ajena en vez de harto de revolverte en la propia. Diversificar la inquina. Irte a dormir odiando algo que está más allá de lo que tienes dentro. Tener un motivo distinto a tu propio ser para lo bueno y para lo malo. Disponer cotidianamente de un referente exógeno perjudicial para, fundamentalmente, estar seguro de quién eres y dónde estás. Y de quién quieres ser y dónde te gustaría estar. Parte meteorológico publicado en la página-web meteortoday.com. 17 de marzo: El anticiclón continúa instalado frente a la vertiente oriental del país. Hoy de nuevo brillará el sol sobre La Ciudad y sus alrededores. Además, el viento de poniente elevará las temperaturas hasta los 24º desde mediada la mañana. Ligero descenso térmico al caer la noche. Riesgo de precipitaciones: 0%.

Último sms recibido en el móvil de Prisco. Emisor: 0034698765432. Fecha: 25 de marzo, 09:01 horas (Transcripción litera del texto): ¡¡Felicidades, Don Prisco!! Desde El Banco del Este le deseamos lo mejor en el día de su 30º cumpleaños. Quedamos a su entera disposición para cualquier cosa que necesite. Recuerde que nuestra sucursal más próxima a su domicilio está ubicada en La Ciudad, C/ Mayor, s/n. ; )

[Puede que su adicción se acentuara con el inicio de lo que él llamaba "lluvias". Pero que esto sea o no así carece de relevancia. Quizá la explicación sea todavía más irracional. O perfectamente lógica, por el contrario. El caso es que más allá de la ciencia, en el mundo real, llega un momento en que es imposible atribuir un efecto a una sola causa. Lo que cuenta aquí es que Prisco llevaba semanas, tal vez meses, fumando mucho más de lo habitual. Tal vez la llovizna de la que habla en su cuaderno fuera ceniza en suspensión -aunque el informe policial no menciona esta posibilidad-. Fumaba un cigarrillo detrás de otro


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desde que se despertaba hasta que el sueño por fin lo atrapaba, siempre de madrugada. Es normal que sus viajes al estanco fueran el principal motivo por el que salía a la calle. Al regresar a casa después de uno de tantos, llevaba dos libros en la mano. Escogió uno de ellos porque su lomo era de color negro, y empezó a leerlo. Anotación en el diario personal de Prisco. 25 de marzo: Esta mañana he cancelado mi cuenta bancaria. Tenía unos céntimos de saldo a mi favor. Restos de una vida anterior que ya ni siquiera puedo recordar como propia. Me he negado a que me los devolvieran. Me resultaba humillante extender la mano para que ese cajero anodino depositara en ella un par de monedas de cobre. Luego lo he lamentado; me han faltado diez céntimos para poder comprarme la dosis. Y creo que he tocado fondo. [Y no hay más datos con los que explicar que Prisco no se levantara un día, que lo encontraran sucio y frío en su habitación. Un libro viejo, un diario difícil de entender y los testimonios de algunas personas que ni siquiera lo conocieron. Nada más que confusión y desorientación. Pero bueno, así es la vida.


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EVA GALLUD

¡Ah!, niña tonta ven que te cuente. Ven, mi niña helada, ponte aquí encima… el tu ojo de pájaro es negro y quema el mi yo pluma ajena ata una cuerda a la rodilla por la rodilla ata la cuerda justo debajo de la rodilla el mi yo aprieta crudo esparto quiero el tu ojo ávido sangrarte másaprieta aprietamás toca el labio tú la yo mi yema y ojos aprietan sin respiro pero luz y no ya arde la boca estrepitosa mente cúbica la mi yo pierna fría el tu ojo de pájaro cae negro dentro del hueco yo tiembla el tu único vientre blanco nos late la sien de mi tu cabeza azul oscuro es garganta nave acuosa grito aliento desgajado en oscura calma de mi tu yo la herida


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mareva mayo poemas-pensamientos escogidos

El motivo de mi odio. Lo tenéis vosotros. En vuestra carne. En vuestros ojos. Y lo tengo yo, en los agujeros de la memoria. En el grito desencajado de las paredes. Lo tengo, allí, en un rincón que olvidé. En un mapa que ahora es el abstracto, de un aullido. Lo tengo dentro, como un interruptor de mariposas negras. Viene de lo más irrazonable. Como una mancha de acuarelas. Y de lo más tangible, como si corrierais por mi sangre. Mi odio por vosotros viene con eternidad. Como si una nube permanente, en el descuido de mi sombra. Como si una lágrima tatuada en un cuchillo. Como un puente, entre mi amor y los fondos de mis suelos. Como un tótem. Como un credo. Como una utopía. Como un suicidio. Como la única verdad. Como dios. Como un infierno. Como mil navajas y la nada y el todo. Duermen en tus cicatrices, algunas fechas, reventadas con sadismo como su frente en aquella piedra el día que cantó el odio la montaña encendida y era su cara, un hospital y unas esposas y tu mano lanzando, una pena y tus ganas de matar, un credo y su sangre resbalando, la medicina que te salvó de la locura. Teníais un tacto de espina enferma. Y el amor os salía por el culo, como vuestro oficio, supurando normalidad y civismo, en un hedor insoportable. Me obligasteis a permanecer allí, para recibir, en mi maldito corazón, la sabiduría y cordura de vuestra tan alta ciencia. Tan largo horizonte de la buena educación y saber estar, saber pensar, saber sentir. Como vosotros. Que tan bien tenías los pies en los suelos. Y ah, ciega de mí. Que la noche no dejaba de hablarme. Y no podía sino ver, en vosotros, contenedores llenos de ratas. Y mierda con perfume goteando por vuestras bocas. Estaba allí porque ibais a curarme, ibais a salvarme. Algo debió de fallar, en el filantropismo, de vuestras correas y guardias de seguridad y encierro e inyecciones. Y mi enfermedad se hizo codiciosa. Y prefirió quedarse clavada en mi alma como un cuchillo que vuestra cordura se acercara a mí.


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me miraste y osaste decirme quién soy encuadrarme en tu cuadra y contarme los metros cuadrados luego quisiste hablarme del espacio del tipo de azulejo y del mobiliario hacerme en tus ojos entrable en tu círculo medible pero escúchame soy la que se deshace la traidora la del manicomio la del suburbio la que juega sola la de la datura soy la contraria la farsante la impropia soy de tu espejo la sarna y de lo que doy lo que aún no tengo soy la esquizofrénica.

Es el vértigo de tener una piedra en la vergüenza de hablar, como hubiéramos callado con los huesos y el vómito, cómo hubiéramos cosido las palabras a los andenes, hasta quedarnos mudos de sangre, cuando su voz vieja y con artrosis llamó locura a nuestros cuchillos, como hubiéramos dado cada palabra a la tumba, cuando su carroña era primer plato en el menú del civismo y cómo no supimos contenernos y escupimos todas las frases compuestas del odio, y oh palabra que corta y miserable cuando se está en prisión y los carceleros sólo entienden de navajas. Mudos o asesinos debíamos haber nacido.

A LOS ZORROS DE LA PSIQUIATRÍA

qué deidad perdiste aquella noche brillaba el asfalto diez metros de cadenas por una idea, la dinamita en sus sordos corazones puestos con el delicado odio de la injusticia


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en mi locura soy lo que me interesa en mi locura tú eres enemigo en mi locura tu razón vale lo que vale el estiércol y tu celda lo que cuesta un disparo a bocajarro sobre tu moral mi inexistente pájaro arde como ardería tu casa si estuviera allí te dije que no te acercaras que prefiero mil veces la enfermedad a un trozo de tu cordura que prefiero morir en la ausencia a tener la armonía de tu mente y de tus relojes te dije aléjate, no te metas en mi vida prefiero estrellarme con mi delirio a que tú me des la mano ahogarme en mis fantasmas suicidarme en los acantilados no saber nada de nada perder los huesos, los dedos, la piel perder la vida morir ciega morir sorda morir quemada a recibir tu tratamiento te lo dije maldito zorro ahora cúrate las heridas como yo me las curo.

los manicomios tienen el sudor de los humanos que quieren volverse humanos y el de las ratas que quieren seguir siendo ratas con oficio, la vergüenza es un árbol con frutos, decorando los jardines y la razón es un tipo que no quiere que le entiendan y escribe con sus heces, poemas a la placenta que le dio la vida, la clase alta, las culebras y los problemas de gramática, sólo se dan en los cuartos que no hay locos, fuera, suena la risa, que se confunde con llanto y quema la curación que no se pide, con hachís, perpetuando las fronteras en la bilis y en el cielo.

incapacitados se abre aquí, en tus garras la noche que no atraparás, pagar la vid, pagar la sed, mercenarios del sentido, cobran de tu cuerpo, la cordura, fue un atraco, pero tu familia fue la primera en robarte, ahora apartado de tu casa, tutelado por fantasmas, no tienes voto, no decides dónde,


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cómo, ni con quién vivir, te han incapacitado y sólo los sueños que resisten a los antipsicóticos te permiten a veces, sólo a veces, pensar que estás vivo, te hablan de inclusión, pero te incluyen en los estúpidos, te tratan como a un estúpido, te hacen un estúpido, hablan de tu salud mental, pero te quitan la dignidad, porque no eres libre, no eres, no eliges lo que comes, no eliges si te vas, no eliges el tratamiento, ni si incluye doce horas atado a una cama, no le importas a nadie, no defenderán tus derechos como hombre porque para ellos eres un hombre enfermo, al que le dan de comer, ellos no te miran como se miran a sí mismos, no te tratan como se tratan a sí mismos, tienen la doble cara con la que te ven, la que les rabia, loco, la que les sangra piedad carroñera, te dan, tres euros al día, ellos gastan mercedes, gastan moral, con la que se avergüenzan de tus ropas sucias, insisten en que tienes suficiente, pero ellos no lo tienen, se sudan unos a otros su vanidad, su puesto de director, no saben lo que es, el dolor, ni el hambre, pero tendrán la pastilla para tu dolor y para tu hambre, te darán un techo, aunque sea con cuchillos, si sufres, no verás a un psicólogo porque a nadie le importan tus emociones, pero un psiquiatra te dará sin problemas sedantes a chorros y antidepresivos, cuidarán de tu cuerpo, ahogarán tu alma y pagarán tu entierro.

kamikaze

llevaros mi voluntad, llenarme el cerebro de represores que no me dejen pensar, atar más fuerte mis muñecas, cerrar bien la puerta, esconder mi ropa de calle, guardar todos mis objetos o tirarlos a la basura, firmar mi incapacitación, para retenerme por la fuerza, tomar mi cuerpo como si fuera un virus que hay que aplacar, soportaré vuestra prisión, yo os regalaré mi cordura, me peinaré a la orden y me frotaré bien la suciedad en vuestras duchas comunes, os daré toda mi intimidad para que la pongáis en un informe médico y mi desnudez, para que la midáis, la peséis y la cataloguéis en vuestros parámetros, os hablaré de todas mis perversiones, mi sentimiento brotará para vosotros sin mesura, os enseñaré todo, os lo daré todo, vomitaré sobre vosotros mi decencia, escupiré mis muertos sin miedo sobre vuestras camillas, os diré tanto, os daré tanto, que no habrá vergüenza capaz de detener, la violación de mis derechos a la que me entrego, ahora, kamikaze de la impotencia y con lo que quede de mi dignidad, os dejaré tomarla en vuestra ciencia y ser todos los síntomas, todos los errores, que vuestras farmacéuticas necesiten, os daré mi vida, para que la abráis en canal y tenga sentido vuestro oficio, hasta vuestros basureros.


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Del hurto hemos soltado cicatrices en el charco de la luna cuando no creían en nosotros ni los olvidados y han sangrado hojas escritas por prados, nuestros cuerpos, cuando nadie veía esos bosques cosieron palabras con anti psicóticos a una cama fría de un cielo muerto y no les creímos cuando dijeron que éramos nosotros los enfermos no les creímos cuando por la fuerza nos retuvieron en un hospital de sueños resquebrajados y no lo hicimos cuando ya no podíamos ni pensar porque volamos una noche porque conocimos la eternidad bajo un segundo porque no era por rencor, ni por poder, ni siquiera por tristeza porque lo vimos, por la magia porque queríamos vivir porque los cristales casi nos arrancaron los ojos y lo vimos, vimos el destello abrirse a la vida con las aves y nos besó el amor de los duendes de la tierra cada tumba que teníamos en el alma y queríamos vivir y no les creímos. cayó la noche en un charco era una calle que llevaba a un hospital que prometía extirparme la suciedad pero las manos que cubrieron mi cuerpo eran virus que me frotaron la enfermedad y quedó dentro su fermentado tacto cayó la noche en un vaso y no sabía cómo evitar el pecado porque se había perdido la elección en un crucifijo que llevaban sus manos en el cielo roto de sus penes violando mi cerebro

psiquiatrizados

Hemos cruzado al otro lado al lado de lo que nunca está cerca hemos seguido a las lágrimas con la carne con el hueco han abierto los hospitales cuando supieron que llegábamos han preparado las drogas han escrito nuestros nombres junto a cientos de enfermedades


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han sacado las correas ya está lista una habitación de muerte hemos cruzado al otro lado al lado de lo que nunca está cerca hemos perseguido a la vida hasta la comisaría y el circo y el cementerio hemos dicho no hasta sangrar por los labios hemos amado hasta la locura y ya han marcado el 091 ya suenan las sirenas. Si encuentro alguna razón para cortar la yugular sin tristezas sería cuando inclinara mi pensamiento ante un médico psiquiatra. De mi realidad el devorador lenguaje de las sombras llenando de ausencias mi desierto. Pero no comulgo con tu selva mercantil. Y sé que no comprendes cuando dices comprender. La locura es el camino para auto determinarse humano entre humanos. Todo lo demás sólo ha simulado ser fuego, siendo lumbre agonizante. Verás la lengua verdadera en aquel hombre de ojos ausentes. Verás la existencia viviendo sin mentiras en las razones del quebrado. Conocerás la pasión cuando escupan a tus teorías las lágrimas rabiosas del que fue cercenado en vuestras cárceles. Y cuando un día caiga tu costumbre y ya no me mires desde tu silla salvadora, comprenderás que nunca estuviste tan cerca de la náusea que entonces asesinará tu sentido de las cosas. Y a todos los que por allí pasaron con el infierno a cuestas les rogarás de su fuerza en el cielo roto, de su equilibrio en el suelo desquebrajado, de sus razones en el espacio absurdo, y sabrás de la soledad en la guerra y de que jamás nadie podrá enseñarte a morir.

No sabes nada de quién es nadie. No comprendes nada del vacío y acaso te atreves a usurpar mi llanto y a llanear sobres mis abismos, tú que elegiste entre todos los oficios el de alguacil de la cortada hacienda del deseo, no reproches mis letras ahora que ya pagué con sangre el benemérito drama. No midas mis palabras pues hallarás sólo números, no temas que nada de lo aquí dicho meriende en tu salón, no pasará tu puerta sino es a robar.

En los psiquiátricos hay héroes que no tienen quien les quiera y ellos ya no quieren glorias y su paso es paso de olvido, paso de ceniza y su espíritu es del azor y de la ballena y su amor es un veneno que estremece y su dios es el que mataría a cualquiera, menos a ellos, los caballeros del horizonte.


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tengo en las manos un dios muerto por hospitales negros, porque la fe se extinguió en el viaje al vacío y su sombra es un sol partido por la navaja del regreso de la locura, vivo con un hueco que sangra bosques que existieron en el exilio y un fuego en los ojos que ahora sólo arde cuando doblan las campanas la nieve en la noche, soy mi propia negación, mi final y el principio de ver los ojos a los buitres, tú no puedes entender porque no sentiste al imposible quemarte las entrañas, no viste los cristales salir del techo y clavarse en tu idea de realidad, no te negaron la cordura, no te inyectaron antipsicóticos hasta babear ausencia, no metieron tu luna entre sus manos grasientas y entre sus camas de hielo, tu lenguaje no se hizo una lluvia de cuchillos, no necesito tu ley y no te culpo por no haber despegado del suelo, pero cuando me señales o te compadezcas de mí, piensa en la sangre de los prados ardiendo en tus venas, dándote algo que te haga ver como nunca la noche y tu propia carne y vísceras chorreando tu vida en lo que entiendes por normalidad y entonces tendrá un poco de validez tu idea de mi locura.

Perdí los papeles hasta que el mundo se cayó por el váter, yo también caí y pinté con escupitajos el yo y todos los yoes que conocí sí, me volví loca hasta la médula tanto que te espantaría me volví LOCA, LOCA, LOCA me sangraron los labios la locura y estuve sola, como están los locos y hablaba como hablan los locos y lloraba y reía, como ríen y lloran los locos y era feliz como sólo los locos pueden serlo y me decían loca y me la sudaba como le sudan a los locos lo que piensan otros tubércúlos y ahora no estoy loca porque también sé hablar tu lenguaje y sólo eso ha cambiado.

tú no supiste el mío (te jodes)


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Estás encima de la última palabra que escribiste. Hace cinco años en un hospital psiquiátrico. Está sobre una hoja amarillenta que huele a alcanfor, porque crees que así se espanta la carcoma. La escribiste sangrando detrás de una ventana con barrotes, que pusieron allí los que temen la muerte. Los que ocultan la sangre. Y los que se embuten con las cosas a medias. Con lo moderado. Son tan moderados que cuando alguien chilla como un cerdo atado en una de sus camas, ponen radio clásica. Son los que temen los fluidos. Los que ponen ambientador en el cuarto de baño. Son los que sonríen con códigos de barras. Y dejan la propina. Y se estiran como pavos reales cuando pasa el director, que es el gran moderado. El príncipe de lo comedido. Todo lo aprendido en su laboriosa carrera de tratar el sufrimiento. Cuidándose de no sufrir, demasiado, lo justo para ser un entendido. No lo suficiente cómo para plantearse el suelo. Son gente culta y filantrópica, aman tanto el sufrimiento que no tienen, que se han hecho estandarte y los primeros en explicarlo. Son profesionales del sufrimiento. Y más aún de la locura. Porque desde sus sillones de piel y sus salones de madera de castaño han comprendido la locura. Con unos cuantos libros. El doctorado. Un viaje a África. Unos vienen de familia católica y apostólica, se les reconoce porque cuando les hablas de la masturbación y les miras a los ojos, sale una virgen estreñida de su estante de libros y se les cae en la cabeza. Esos son los más eficaces en tratar el sufrimiento, pues no tienen problemas en acudir a jesucristo que era el rey sufridor. Los hay también contemporáneos. Se les sale por los ojos la modernidad. Esos utilizan los fármacos más innovadores, y no ponen problema en estudiar contigo los efectos secundarios si te tiembla la pierna, si no te empalmas, ellos buscarán con la farmacéutica que les hace favores, lo más apropiado para ti, Y aquí dejo de escribir. Porque me supera el asco. Sólo que si alguna vez, por noche demasiado larga, hay una próxima. Mi diagnóstico va a ser la prisión. No fui la locura fueron las lágrimas y cuchillos de la luna tan bella fueron las noches de LSD con sangre fue mi culpa creerme mercurio creerme otra cosa y ver a otros tan otros que no me entraba la casa entre casas tan casas.


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Duerme blanca por ausencia. El daño ya está hecho. Sólo el vacío tiene ahora, sus sueños. El país, es una molécula de nada, muriéndose en el no espacio. Ya dijo, su no con sangre, el no que se suicidó en sus muros. Sólo el vacío tiene su dolor. Su pensamiento no está, ni su canción. Sólo su cuerpo atado por sujeciones ya innecesarias, porque su rabia, es también blanca, de nada y sin después.


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Mar Cant贸n


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Alfonso Xen Rabanal

Abro otra botella mientras ordeno los restos putrefactos de mi última piel. Ayer me desmembré ante el espejo de tu coño lampiño. Quise ser el único y desprecié los pasos necesarios, los que me llevarían dentro de ti. Enredé mi lengua en ese tatuaje que se adivina en tus espalda: la rueda de la vida, allí donde morí vomitando mis entrañas, como un calcetín sucio al que se le da la vuelta, que muestra su reverso. Lo último que vieron mis ojos fue el paladar que no te degustó, mis dientes que no te mordieron, los orgullosos labios que los retuvieron un momento antes de escupirlos, lo justo para ver tus ojos y saber que ya nunca los besarían ... Baño mis ojos en la copa helada. Remuevo el bourbon. Tiene el color de la piel que deseo. Cada gota me quema. Te persigo en cada reflejo que me incendia... y busco urinarios en donde verter el fuego. Olvido la mano que posee la tuya. Has de ser mía. Así lo escribo en todos los muros que nos separan con los restos de mis vómitos. Necesito llenarme... de ti. Poco a poco me voy ahogando en la copa helada... y cuando tus labios besan otros labios, me fundo con el bourbon que envidia el color de tu piel ... Arrojo botellas llenas de mí contra los espejos vacíos de ti. Cada fragmento se lleva un jirón de mi piel. Yazgo en el suelo y los trozos de mis pies me pisotean la cara. Mis puños se clavan en la puerta que nunca has abierto. Mi cabeza incrustada en la botella de bourbon, otro cuerpo en donde cada trago es un latido, cada vez más rápido, más deprisa, más... hasta que todo se diluye entre la niebla. Mientras cae la botella observo a mi cuerpo: no es capaz de atravesar las paredes de esta pensión de semen fosilizado ... No sé si quiero buscar el fragmento de mi polla. A veces palpo con desidia la cama fría y chirrían los gritos de la patrona, sus amenazas con llamar a la policía. Me hastía, todo me cansa, nada me importa... por fin he acabado con el mundo, sólo espero su muerte. A veces me despierta una pesadilla: caigo en una fosa llena de serpientes, hace calor, es como una hoguera en donde las llamas son las serpientes... y con ellas está mi polla. Grito. No siento nada entre las piernas. La patrona susurra detrás de la puerta ...


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De repente llega a mí, exhausto... como espejismo que, durante días, atravesó el desierto que nos separa. Trae una imagen de ti y se incrusta entre mis piernas y renace en mí la letanía de la botella que vacío de sueños, la angustia de una lanza térmica que ansía traspasarte, reventar los búnkeres donde blindan su avaricia, y así poder comprar de ti un parpadeo, un instante en tus ojos sobre mi sexo. Me masturbo. Me masturbo y guardo cada gota de mi semen en frascos numerados. A ellos me abrazo en la soledad de la noche eterna en mi habitación. El colchón arde de desierto, en él me hundo como en olla de aceite hirviendo. Uno a uno los relleno de bourbon y así fundo cada sueño con tu piel de la que bebo... y lentamente, me doro en el sueño ...


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SYLVIA ORTEGA

ALGÚN LUGAR Los dos habíamos aterrizado en aquel lugar lanzados desde el destierro. A pesar de su hermética envoltura, no me resultó difícil acceder a él, al menos a su primera esfera, a su atmósfera. Me miraba. Me miraba mucho. Alguno de mis misterios le llamaba la atención y no se despistaban sus ojos de loco. Unos ojos que se torcían, se tropezaban y se iban, y luego volvían fríos y chirriantes. Él también despertó mi curiosidad. Me imaginé borrando capas y capas sobre un lienzo que me impedía llegar a una imagen fresca y limpia, la pintura original, como en el retrato de Dorian Gray. En nuestro primer encuentro le pillé desprevenido. Pude mirar a través de su caparazón. Si percibía que le juzgaba se escondía, pero cuando disimulaba y me hacía la ausente, sacaba la cabecilla y se acercaba a mí. Me excitaba ser descubierta. Yo también quería sentirle rastreando mi secreto. Empecé a cogerle el gusto a dejarle pistas, algunas de verdad y otras falsas. Pero sobre todo buscaba las suyas, las perseguía como migajas de pan en el camino. Quería llegarle. Quería saberle y me gustaba retarle a que me supiera. De pronto y casi sin darme cuenta mis pensamientos, mi curiosidad y su armadura se envolvieron en una burbuja de sensualidad y desee besarle. Le besé. Él respondió besándome mucho, muchísimo más. Le invité, o quizá se invitó a mojarse con mi hueso escondido y un poco rasposo. Mientras, yo me empapaba de licores dulces, amargos, templados y otros tan fríos que abrasaban mis dudas. A veces hablábamos. Casi siempre hablábamos mirándonos a través de la música, la literatura y los calambres de nuestras manos rozando los miedos del otro. A veces hablábamos del amor. Del amor platónico que él entendía y el camaleónico que vivía yo. Del amor correspondido y el amor frustrado. Del amor libre y el comprometido. Pero lo0 nuestro no era amor. No era amor platónico, ni camaleónico, ni nos correspondíamos, ni nos frustrábamos. Éramos libres y no estábamos comprometidos. No era amor. No sé que era. No existe la palabra, ni el concepto que defina aquello que nos mantenía unidos. Nos gustaba jugar. A él le gustaba jugar. A mí, a veces, también. Jugábamos a ser amigos y después amantes. Jugábamos al deseo y al rechazo. Jugábamos a no decirnos nada, a intuirlo todo. Y él ganaba algunas veces. Otras veces perdía.


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Éramos un secreto el uno para el otro y los dos para el resto. Nada ni nadie nos sabía, ni siquiera nosotros. Él preguntaba y yo despistaba. Yo no preguntaba y quería saber. Los dos habíamos aterrizado en el asfalto aquella tarde. Sirenas blancas revueltas de alaridos atendían a nuestro alrededor. Era la primera vez que le veía, aunque él jura que me convenció para saltar por el balcón. Murmullos. Ruido. Vacío. Él de vez en cuando a los pies de mi cama. A veces clarea una rendija de luz que atraviesa la persiana de mi habitación. Entonces escucho mi nombre y veo unos ojos que sonríen. Me puede la desgana. Si oigo mi nombre es porque me ha descubierto y ha ganado. Más risas. Borroso. Si me empeño, intuyo su cuerpo destrozado contra el suelo. Agarro su muñeca y le miro a los ojos.

LA CHICA QUE NO LLEVABA ROPA INTERIOR Tenía la mano tan blanca, que hubo quien dijo que esa mano era de muerta. Los vaqueros se habían rasgado por la zona de los muslos y dejaban entrever la carne hinchada y roja. Estaba enmarcada en un charco de sangre. La gente se agolpaba a su alrededor y la noche se llenó de murmullos. A pesar de que se habían seguido las instrucciones de la pegatina: “En caso de accidente, no me quiten el casco”, recogí su cuaderno del suelo y me fui con la duda de que siguiera con vida. La conocí en un foyer. Uno de esos lugares de acogida tan cínicos como inhóspitos. Un sitio en el que alojan a gente con problemas y sin recursos. Mujeres maltratadas, alcohólicos, drogadictos, personas recién salidas de la cárcel, otros que por cualquier motivo han abandonado el trabajo, la familia, la rutina social. Un gran hogar en el que todos, diferenciados por géneros, tramábamos una reinserción en el mundo. Todos menos ella, que hacía seis meses había conseguido un puesto de trabajo como cocinera allí. Yo había aterrizado en tan idílico espacio, después de cinco años de condena y otros tantos de duro siquiátrico. Me habían acusado, con razón, de haberme cargado todo un departamento de informáticos, en la que entonces era mi empresa. Una reconocida firma, en aquel momento. “Oía voces”, alegué. Y era cierto, oía voces que me inducían a hacer lo que hice. Hui de mi país una vez cumplida la condena y pendiente de una dura medicación que me esclavizaría de por vida. Me instalé en una ciudad del sur de Francia, en ese foyer. Tenía miedo de girar la vista atrás. Aunque a veces, yo mismo dudaba de haberme recuperado. Cuando desayunábamos, me daban las mismas ganas de acabar con todos esos cretinos, que sorbían el café, se manchaban los dedos con la mantequilla y no hablaban de otra cosa. No hablaban de otra cosa, igual que los informáticos.


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Ella no era diferente. No por tener un puesto de trabajo allí, le resultaba fácil ocultar sus miedos, sus miserias. Venía de algún país del Este, no sé de cuál. Hablaba un francés casi perfecto y le divertía mucho escucharnos a la mayoría de nosotros, tratando de defendernos con nuestro acento español o árabe. Siempre estaba despistada. Mirando a un punto fijo sin prestar atención al mundo. Parecía que alguien la hubiese desenchufado y ella estuviera de acuerdo. Pasaba las mañanas cortando zanahorias blandas, como pollas de viejo, para convertirlas en la comida de todos nosotros. Un día me asomé a su cuaderno. La tinta de sus textos era rosa. Rosa. El rosa siempre me ha parecido el color de la gilipollez. De la ingenua felicidad. Un color tan imbécil que no iba nada con nuestra cocinera. La curiosidad me llevó a hablarle, mientras retenía en la boca un mendrugo de pan. - ¿Por qué has elegido esa tinta rosa para tu diario? No le pega a este sitio. - Porque me hace juego con las bragas. – Contestó sonriendo. La carcajada me llegó tan de sorpresa que el trozo de pan salió disparado de mi boca y se pegó a su delantal. Me miró con esos ojos indefinidos, que no saben si enfadar o seguir riendo. Eligió la segunda opción y lanzando el trozo de pan al suelo, se limpió la mano en el delantal y me la extendió. -Me llamo Erika. -Encantado. Yo soy Gabriel. Y ahora si quieres, puedes enseñarme las bragas. - Te he mentido – me dijo sonriendo – Nunca llevo ropa interior. Apenas le dio tiempo a terminar la frase, ya estábamos follando sobre mi catre. Yo incómodo, mirando hacia la derecha por si se presentaba mi compañero de habitación. Ella, no lo sé. Si me paro a recordar, diría que estaba a otras cosas. Hacía un calor asfixiante y olíamos los dos a cerdo. No tengo claro si sentíamos placer o más bien asco, pero cuando me viene ese momento al recuerdo, es como si fuera una chispa de vida en medio de toda la mierda. Terminamos y cogí una botella de vino que llevaba días escondida en el armario. Le pregunté si le apetecía que nos la bebiéramos en el río. Asintió con una mueca extraña pero sonriente. Se calzó su vestido y con los zapatos colgando de los dedos, salió del foyer. -¿Cojo la moto? - Haz lo que quieras. Extendí una manta sobre la hierba. Abrí la botella y bebí a morro. Ella me la quitó de las manos. Brindó con el aire y bebió también. Nos calentamos y hubo que comprar otra botella y alguna más. Empezábamos a estar borrachos cuando comenzó a hacerme preguntas. No vacilé ni un instante en decirle la verdad. -Estuve loco, tía - ¿Y ya no? - No sé. Creo que ya no soy peligroso. Pero, vamos, no sé. Dejó la botella sobre la hierba mientras me escuchaba invitándome a tomar el último trago. Hubo momentos de un silencio enorme y


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sublime. A veces me pregunto por qué cojones nos empeñamos en hablar siempre y en cagar el silencio. Así que la cagué. -¿Y tú?- Pregunté con desgana. Y no ¡No! Tal y como había intuido, contestó las putas palabras de los informáticos. Esas putas palabras que me inventan voces. Esas palabras que son muy putas cuando se mezclan con las pastillas que tomo y el vino. - ¿Y tú?- Repetí con la esperanza de que cambiara el discurso, pero no. Como una autómata, se lanzó a explicar que cuatro por cuatro son dieciséis y que si sonríes la vida te devuelve un guiño. Ese ama y serás amado. Esa mierda de seguridad. Tan cínico como irritante. - ¿Y a ti quién te ha follado, zorra? – Efectivamente, no estaba recuperado y la mezcla de medicación, alcohol y rosa se devino en voces. Sentí al tiempo ganas de acariciarla y de deshacerme de ella, pero no tuve un momento, ni para una ni para otra. Salió corriendo y cogió la moto. Me fue imposible detenerla. La seguí, aunque sin éxito. Cuando llegué, su cuerpo estaba tendido en el asfalto rojo. Su mano pálida señalaba el cuaderno escrito en tinta rosa. Lo cogí sin que nadie me viera y salí corriendo hacia el foyer. Me tiré sobre el catre en el que habíamos follado esa misma tarde y comencé a leer impaciente: “Gabriel ha matado ya antes. Me mira a los ojos como lo hacía papá cuando empezaba a tocarme. Gabriel me gusta. Él ya ha hecho algo que papá nunca consiguió hacer. Gabriel ha matado. A papá tuve que matarle yo porque le faltaron cojones. Creo que si lo intento un poco, solo un poco, puedo conseguir que Gabriel me mate”. La mano blanca en la carretera, casi mutilada, invadió mi cabeza toda esa noche. Empezaba a amanecer cuando sonó el teléfono. Era una llamada del hospital.


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Noelia Olmedo Cubí

La Grieta Hay rincones de la realidad que me asustan más que las pesadillas. Son esos puntos donde el tejido de la realidad clarea y por un segundo puedes ver lo que hay detrás de las cosas. Eso me da miedo porque desde que era pequeña he podido ver lo que se agazapa en las sombras, tras los bordes de las cosas. Y no es nada amable. Hay inhóspitos páramos que están hambrientos de vida. La sueñan como nosotros soñamos con volar o con tener fama y fortuna. Era yo una mocosa de rodillas raspadas que jugaba abstraída con sus muñecas en el pulido suelo de la cocina. La tarde alargaba sus sombras rutilantes antes del ocaso. Todo estaba inmerso en la calma cálida y acogedora de finales del verano, cuando de repente frente a mis ojos se abrió una grieta. Allí estaba frente a mí una irregular franja de palpitante color rosa chicle. Empecé a sentir mucho frío mientras el suelo se tambaleaba debajo de mí. Era hipnótico su color, la vibración sutil del aire. Los pelos de punta de mis brazos me indicaban que algo realmente malo estaba a punto de ocurrir. La grieta empezó a crecer y a acercarse a mí. Yo me arremoliné contra la pared parapetada con mis muñecas, helada hasta los huesos, incapaz de articular palabra. Entonces la puerta de la cocina se abrió y apareció mi madre con una pila enorme de platos que casi le tapaban los ojos. No pudo ver la brecha a tiempo. Ésta la engulló con platos y todo. Grité alucinada. Sin pensarlo dos veces, salté hacia delante, estiré los brazos para alcanzar a mi madre. Caí, caí dentro de aquella herida abierta. Sólo podía ver platos y la falda de mi madre, que se precipitaba como yo hacia el centro de la grieta. En un momento determinado, recuerdo que logré abrazar el cuerpo de mi madre, que estaba muy frío, rígido como la porcelana. Cuando creía que ya íbamos a chocar, algo tiró de mí, una garra afilada me separó del cuerpo de mi madre. – ¡Tú, no!- Sonó una voz cavernosa, terrible. Una voz que no era voz, un proyecto de sonido humano, una aberración que golpeó mi cerebro con fuerza. No podía pensar. Estaba enloquecida de terror. Sentí como mi cuerpo volvía a hacer el camino inverso, de vuelta hacia el suelo de mi cocina dónde descansaban mis impasibles muñecas y dónde me desperté aturdida, bañada en sudor. No había nadie en la casa. Una luz muy fría se colaba por las ventanas. Era de noche y mi padre abrió la puerta. Volvía del trabajo. No supe qué decirle. Rompí a llorar y sólo pude susurrarle al oído: - Mamá no la vio… La grieta se la llevó. Luego no recuerdo nada más. Era demasiado pequeña para entender lo que pasa en el mundo de los adultos si lo que sucede es tan terrorífico que no se puede explicar


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razonablemente. El silencio y la mentira cubrieron con su pátina corrosiva y amarga todos mis días. Mi madre simplemente se había ido. Desaparecida. Fugada. Arrastrada al mundo hostil del otro lado de la grieta. Lo repetía una y otra vez, a quién quisiera escucharme. Y como nadie quería oír esa versión de los hechos, me medicaron. Drogas que nublaban mi mente, mis ideas rotas en fragmentos sucios. Me estallaban dentro de la cabeza. Gritaba horrorizada cuando manos ajenas, frías garras, me arrancaban del sueño para traerme a la realidad. Odiada realidad, con sus bordes, recovecos, fisuras afiladas como escarpelos venenosos. Yo ya no era una niña. Era un zumbido de insecto atrapado en un estertor. Era la rabia. Era el desconsuelo. Me dejaban sola con mis pesadillas, me escuchaban gritar al otro lado de las paredes acolchadas envueltos en sus batas blancas e impolutas. Mientras mi padre consentía ese agravio. Él desapareció también. No se hizo cargo de mí. En realidad, nunca me quiso. No pudo soportar la sospecha de que mi madre se había ido quizás con otro. Pero no se había ido… Había caído por la grieta. Estaba en algún lugar, al otro lado de las cosas de este mundo. Ellos estaban ciegos. Querían estar ciegos. Por eso silenciaban a la testigo. Mataban a la niña. Yo caía dentro de mí, como caí dentro de aquella maldita fisura. Y fui rechazada por la voz, el ser monstruoso, brutal. Quizás sólo se apiadó de mí. Fue toda la piedad que obtuve, porque en este lado, en este plano, no me dieron más que cuerdas para mi mente. Guadañas de mi cordura hasta el borde de la misma muerte. Ya no veía más que brechas alrededor. Quería saltar. Sabía que ésa era la única forma de escapar de aquella macabra institución dónde me tenían recluida. Yo podía ver el tejido de la realidad, ver los huecos. Empecé a jugar con ellos, con mis captores. Durante años me hice la dulce, la domada. Escondía la medicación. Poco a poco me gané su confianza y mientras tanto aprendí a usar mi habilidad. El primer intento fue en el baño, único sitio dónde encontré cierto grado de intimidad para investigar. Ya la había visto un par de veces. Una minúscula y delgada fisura del tejido de lo real, justo en la puerta del último wáter. Me acerqué a ella y apreté mi dedo contra la palpitante superficie que empezó a agrandarse. Sentí una descarga eléctrica en mi cuerpo. Un subidón alucinante. Entonces alguien entró en el lavabo y tuve que parar. La grieta se había cerrado de nuevo. Pero tuve paciencia. Volví a intentarlo. Unos días después, en mitad de la noche, me escabullí y volví a buscar mi grieta. Allí estaba, esperándome. En la penumbra brillaba más. Era fascinante. Me acerqué sin vacilar. La fisura me acogió como el abrazo de una madre. Esta vez caí de otra manera. Controlé el vuelo. Caí de pie en un fango rosa pálido sobre un camino que se alejaba en la oscuridad. Mi primer impulso fue gritar mamá con todas mis fuerzas. Pero habían pasado tantos años… El grito murió en mi pecho cuando frente a mí vi algo acercándose a una velocidad descomunal. No quise quedarme a verlo. Miré hacia arriba y decidí escapar hacia la cruda realidad.


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Aparecí en el suelo de la cocina, empapada en sudor, temblando de pies a cabeza. Estaba amaneciendo. Definitivamente el tiempo en el otro lado transcurría a otra velocidad. Y yo empezaba a dominarlo. Pero cuanto más perfeccionaba mis incursiones, más difícil se me hacía respirar la normalidad opaca y rutinaria de mi encierro. Los siguientes viajes fueron más cortos y calculados. Pero de los que apenas obtuve nuevos datos sobre el otro lado. El último viaje que hice fue para escaparme definitivamente de mi cautiverio. Esta vez encontré una fisura dentro del armario de mi cuarto. Me deslice rápidamente y caí. Pero no lo hice donde las otras veces. Era un nuevo lugar. Apareció frente a mí una estructura rocosa, azarosa y complicada, escavada en una montaña gigantesca. Miles de orificios la horadaban como llagas abiertas. Y vi por fin, a los moradores del otro lado. Reptando por la superficie de la monumental construcción miles de seres se retorcían confiriendo un aspecto de algo vivo a la mole. Alargadas criaturas, de diferentes tonalidades que iban del morado al rosa pálido. Palpitantes, agitadas y rugientes. Vi algo más. Del cielo, caían… hombres y mujeres. Entonces entendí qué era aquello. Por qué las grietas. Por qué mi madre y no yo. Comida. Las criaturas del otro lado querían raciones grandes y jugosas. Los niños no éramos suficiente alimento… Nos cultivaban. Nos recolectaban. Grité, entonces grité con todas mis fuerzas. La voz, la de la primera vez, rugió mi nombre. Ahora sí era el momento. Sí que era alimento. La voz me había reconocido y no quería testigos del festín. Intenté usar mi mente para salir de allí, pero estaba bloqueada. Tanto horror. Por debajo de los rugidos, aquella algarabía de piara recibiendo su pitanza. Repulsivos. Lo peor fue que pude ver que las personas estaban vivas cuando caían sobre aquellas cosas palpitantes. Gorgoteos, gorjeos de puro éxtasis emanaban de los orificios de aquella monstruosidad. Demasiado para mi cerebro. Sentí mi cabeza estallar. Desperté en el callejón detrás del manicomio. Por unos metros había conseguido la libertad. Me incorporé lentamente, como en un sueño, dolorida y con el recuerdo aún fresco en mi mente. La voz no iba a dejar que volviera a escapar. Ahora ya no podría usar nunca más las grietas para viajar. Debía evitarlas. Huir. Pero a dónde huyes cuando el infierno está dentro de ti y a la vez fuera. Somos carnaza. Gemidos y retorcer de cuerpos. Alimento para insectos ancestrales que nos esperan en las entrañas de mundos imposibles al otro lado de la realidad. Pero voy a seguir perfeccionando mi talento. Si puedo verlas, si las presiento y las domino, quizás todo esto tenga sentido. Quizás pueda alguien creerme, serle útil este nuevo conocimiento sobre lo que hay al otro lado. O puede que no, que este mundo siga prefiriendo la mentira de lo real. Yo sé que eso que me rechazó dentro de la grieta, me atrapará un día. Lo noto en la nuca, detrás de los párpados, en la boca del estómago. Espero poder transmitir lo que he visto y vivido antes de que eso ocurra. Cuando llegue el momento estaré preparada. Porque hay lugares inhóspitos que están hambrientos de vida y yo quiero darle un sentido a esta pesadilla.


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RUBÉN DARÍO

Cuanta tristeza hay en el mundo me la como, con todo su dolor de las cuatro de la madrugada. Ya no me doy cuenta, hasta que alguien me dice: “Oye, ¿estás bien?” Entonces yo apoyo mi cerveza en la barra, levanto la cabeza, le miro a los ojos: “No digiero más, pero estoy bien”. No entiendo el sufrimiento. Y es normal, porque la razón nada sabe de sentimientos. Mi corazón y mi cabeza. Mis entrañas y mis pensamientos. Vivir. Vivir es la palabra más dura a mis oídos. Pero es una palabra, nada más, flotando como todas en la niebla de la abstracción. Quisiera escribir sin hacerme preguntas, las de siempre: “Cómo, por qué, para qué” Hay mucho silencio a mi alrededor. La calle parece muerta. Sólo, cada poco tiempo, se escucha el tiqui tiqui, de las teclas del ordenador. Me resulta muy incómodo. Una hoja de papel ha caído de la puerta. Me ha dado un susto de muerte, porque primero he escuchado el ruido, me he sobresaltado y he dirigido mi mirada hacia el lugar donde creí oírlo. Vi la hoja en suelo, debajo de la ranura que deja la puerta de la calle, y lo primero que pensé fue que alguien la metió por debajo. Y es de noche, y hay sólo silencio aquí conmigo. Pasaron por mi mente muchísimas imágenes, muchísimas preguntas: “Cómo, por qué, para qué, quién” Pero entonces recuerdo que era una nota que había pegado en la puerta: “No estás loco, amigo, sonríe antes de abrir esta puerta” Entonces me levanto y tomo un libro entre mis manos que tiene al dorso, una araña más que muerta y disecada casi polvo, y la soplo, y se va por el aire y aterrizan sus cenizas en el suelo. Abro el libro: vida y obra de Picasso,


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por la página en que aparece el cuadro “Mujer con hijo enfermo” Y me vuelo a estremecer. Sé que todo pasa, que todo cambia, que nada sobrevivirá cuando el centro de mi universo explote en uno, y vuela el inicio o la nada. Pero esto no me asusta. Porque cuando yo me muera, todos moriréis conmigo, todo dejará de existir tan sólo, porque yo ya no estaré. Pero vuelven las preguntas. La prostituta rubia y rumana aprieta los dientes mientras la monto: “Lejos de mi intención hacerte daño” Pero se lo hago, y empujo cada vez más fuerte, tan fuerte como para acabar con toda la incertidumbre que me corroe como un gusano amarillo desde mi corazón a mi cabeza. Y suena el teléfono, y eres tú. Te digo que estoy escribiendo, que ya sabes y tú no me dices gran cosa pero me gusta que me hayas llamado y oírte aunque sea así, de esta manera, en que no estamos juntos porque hace tiempo que te has ido y de allí donde tú estás, no se vuelve nunca. Cuelgo el teléfono. Cojo la hoja del suelo. La arrugo y pienso en mi cara. Me cogería la cara y me la arrugaría. Me cogería el corazón y me lo arrugaría. Pero no es tan fácil. Y por mucho que la arrugue, lo escrito sigue ahí, testimonio escrito, por mi mano, de mí.


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RAQUEL DELGADO

Desearía perder el juicio inseguro que me ata de pies y manos Desearía dejarme arrastrar por la brillante locura que bendijo a Don Alonso Quijano, correr desnuda entre la multitud pasiva Desearía poder morir en pleno orgasmo gritando y riendo a la vez, volar más allá de cualquier precepto agasajar mi propia mierda acunar a cada uno de mis amantes malditos parir flores de azahar y amamantar a mis ancestros He colgado mis pieles flácidas en el armario. Quiero vestirme solo con los cuerpos ya inertes de los absurdos que nacieron y murieron en mí Quiero que la luz difumine mi rostro pálido desaparecer en medio de la nada, y ser borrada de la historia con el olvido.


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ANA PATRICIA MOYA

LOCURA No me interesa la gente bien vestida, bienpensante y siempre inmaculadamente limpios y perfectos. Perfumados de triunfo y de mentira. Prefiero sin duda a los solitarios infelices a los vendedores de esperanza a los fracasados sonrientes. A los suicidas en potencia. (Rakel Rodríguez)

N O ME H AB L E S D E L O C UR A , P O ET A . Sólo los desamparados que desgarran su carne y estrujan su corazón con manos iracundas y hambrientas de verdad son dueños de la poesía más pura, la que brota del dolor. No te apropies de un don al que no tiene derecho el farsante. ¡D I O S S A L V E A L A R EI N A D E C O R AZ O N E S !

Se pavonea, extravagante con su pelo de estropajo y su lengua de víbora por antros de carne muerta. ¡Dios Salve a la Reina de Corazones! El amor es cosquillitas en el clítoris, promete puras emociones y asola sonrisas.


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¡Dios Salve a la Reina del coño insatisfecho! Desdichadas Alicias que se topan en su camino de baldosas azules, la muy puta escupe delirios y las pobres acaban con el alma partida en dos. ¡Dios Salve a ese asqueroso t rozo con patas! En mi travesía surrealista, tuve la desgracia de soportar su sentencia: me cortó la cabeza. Pero la recuperé - no preguntéis cómo -, y aquí estoy, entre las paredes de este jodido manicomio que llaman vida, con una corona del Burguer Kin g y un cetro de plástico barato. Yo soy reina de mi destino.

V I EJ A S

G LO R I AS : C A R N AZ A P AR A B UI T R E S

D I SN EY MUJERES)

N O H EM O S D E N U N C I AD O A UN A G E N E R AC I Ó N D E

(O

PO R Q UE CO Ñ O T O D A VÍ A

PO R H AB E R E N G A Ñ AD O A T O D A

Ojos brillantes y sonrisa de satisfacción en Alici a cuando, eufórica, escapa al bosque: corretea por los senderos, acogida por la sombra de los árboles, saluda, coqueta, a las ardillas y a los pájaros de sus ramas, explora las madrigueras, anhelando un encuentro con el simpático conejo blanco y su reloj dorado de bolsillo, se tumba al sol, cerca del riachuelo pero pronto aparecen los guardianes, y Alicia se ve acorralada por dos enfermeros y un frívolo doctor que someten su alma risueña a una camisa de fuerza…


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Pobre Alicia. El diagnóstico: alucinacione s paranoides, desequilibrio mental. Porque los enormes conejos que tocan la trompeta y los gatos traviesos e invisibles no existen. Porque ella no fue testigo de la muerte del último dodó. Porque su imaginación concibe gusanos fumadores de opio. Porque el ritual del té y las pastas comienza a las cinco de la tarde. Porque una monarquía desalmada de aficionados a rebanar pescuezos es una visión surrealista. Pobre loca. Y Alicia se rinde, sumisa: se deja arrastrar por sus captores, asume la medicación psiquiátrica recomendada, ¿pero quién podría asegurar que Alicia estaba tan mal / de la cabeza? Simplemente le afligía habitar entre la contaminación atmosférica, comida basura, primas de riesgo, príncipes y princesas desleales, hipotecas, miserias y poetas nihilistas. Y por eso, el corazón se refugió en su realidad . Dios te bendiga, Alicia. Dios bendiga a los locos. P ET ER P AN

I

P ET ER P AN ,

UN [ C AB R Ó N ] C O N SE N T I D O


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En la madrugada, rozaba las cortinas y percibía su presencia con nitidez, como en todos los recuerdos de la infancia. El maleducado Peter Pan aullaba - el eco traspasaba los rincones de mi cráneo -, exigiendo a una tímida Campanilla el retorno al país de los sueños, morada eterna de los inocentes; yo, una extraña mezcla de princesa (sin pijo vestido de gasa en tonos pastel) y pirata (sin ridículo parche de pega) lo atraía con sonrisas para castigarlo a latigazos de madurez, y él gemía (le excitaba presumir de marcas rojas en espalda y nalgas), le susurraba al oído “te amo, te odio”. Una noche, en un acto de generosidad impropia, Peter Pan me regaló su sombra, me juró que jamás de los jamases sería un adulto responsable. Yo la escondí debajo de la cama, junto a mis botas sucias, mis apuntes, libros viejos y cajitas llenas de retales de memoria .

II

N UN C A

H AY F I N AL

[ F E LI Z ]

El caprichoso de Peter Pan se hartó de sus desventuras en aquella isla de fantasía. Cuando le devolví la sombra, se convirtió en lo que más detestaba, en un madurito agrio y poco interesante, de traje de chaqueta y corbata por el día, por la noche, solterón en calzoncillos despintados, adicto a la bazofia que exhibe la pantalla de televisión y a la cerveza de lata en oferta, amante pusilánime, partidario del sexo esporádico con chicas jóvenes sospechosamente idénticas a la cursi de Wendy.


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Campanilla se hizo prostituta de lujo y escogía, selectamente, a sus clientes (los que más se parecían físicamente a su amor platónico), sobrevivió a sobredosis de estupefacientes, pero falleció a causa de un atracón de pasteles (en la autopsia, descubrieron que era diabética). Su séquito de huérfanos disfrazados, incapaces de continuar sin su líder, crecieron; algunos abrazaron la religión, los escépticos hicieron “vida normal” atiborrándose de ansiolíticos, y los que no toleraron la r ealidad del asfalto, los contratos temporales y las hipotecas, se encerraron en su imaginación, rememorando su pasado glorioso de correrías contra indios, animales salvajes, sirenas y bucaneros en las plantas de salud mental de los hospitales. Y Garfio, que ya no podía consumar su venganza contra el clan de niños, se reconcilió con el Cocodrilo, se asociaron para un turbio negocio de drogas, se codearon con famosos del tres al cuarto, pero al final el capitán acabó devorado por su socio en un programa tele visivo, en directo, a cambio de un suculento cheque con muchos ceros. Sí, yo le he arruinado la vida a Peter Pan y a sus secuaces, pero él me traicionó me traicionó

porque no existe el refugio de la felicidad eterna

porque no puedo ser niña para siem pre.


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(Poemas de “Píldoras de papel”, próximamente). DECADENCIA \ CRÓNICA DEL 16 DE AGOSTO DEL 2014 Sólo el eco de mi tos seca -antes, las arcadasen el pasillo, mientras cargo con la cubeta de la fregona, el cepillo, el recogedor, los trapos y las bot ellas para limpieza a fondo; los penetrantes olores de la lejía y el amoniaco me dañan las fosas nasales y se impregnan en mis manos… Te presiento. Cocinar para [casi siempre] una sola persona, aunque [casi siempre] da pereza ensuciar sartenes y hornilla ; enjuagar los platos apilados del fregadero para colocarlos en el lavavajillas -único electrodoméstico que le provoca alergia a mi hermana-; vaciar, con paciencia, las bolsas del supermercado, separando congelados, latas y embutidos para congelador, despensa / y frigorífico; poner lavadoras y acabar yo la jornada [casi siempre] tendiendo / la ropa… Sé que estás ahí. Los avisos de páginas de contactos que llevo lustros sin revisar -una pérdida de tiempo: las proposiciones, en calle o pantalla, son idénticas-; esquivar cualquier película romántica con el mando a distancia; soportar a engreídos y bipolares, que prometen más que un político en campaña, desesperados por construir un “algo” condenado al fracaso desde el exacto minuto cero; ni me motiva una lla mada de teléfono para escuchar tu [preciosa] voz; el porno ya no me inspira; acudir a los mejores momentos testificados en cartas, postales y mensajes archivados en mi disco duro… Sé que me has extrañado. Hija de puta.


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Cuando regreso del [largo] paseo, me encierro en mi santuario; postrarme delante de los ordenadores durante horas y horas; escribir, revisar, reescribir, leer, la música de Sinatra y Madonna, una taza de té verde, algunos puritos (regalados de bodas recientes), aguardar a que el agotamien to me tumbe en la cama tan vacía mirar fijamente el techo, con las gafas puestas, y pensar en el desolador panorama al que se enfrenta familia y amigos, en los espabilados que gobiernan este despropósito de país, en que esta vida es para los deshonestos , que los sueños se desmoronan con tanta facilidad… Sé que me acechas desde tu rincón sombrío. En la madrugada, deslizar mis dedos, desde mi vientre hasta el interior de mis bragas, rozar mi pubis frío, negro como el carbón ( 1 ) mi sexo seco, abúli co, y no sentir nada nada y desistir de la masturbación porque hay asco, asco, en mi cuerpo aletargado, imperfecto, incapacitado, y retirarme de mi intimidad para restregar mis lágrimas de pura desilusión por las mejillas y el desbordamiento, la ansiedad.


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Sé que los síntomas asoman. Y, de momento, de momento me defiendo, estoica: me levanto, sorbiéndome la puta tristeza, bloqueándome el cerebro con dosis [controladas] de rutinas domésticas, con lecciones para no enredar este alma tan pobre que purgo con soledad voluntaria, para que no se me revuelvan las tripas cuando tus cantos de sirena me quieren arrastrar a las pastillas, a los silencios; la esperanza se extingue pero yo aún erijo mi espalda aprieto los dientes y armada tan sólo con un a paciencia salvaje yo sobrevivo por orgullo por terquedad no lo sé… Pero sobrevivo. (1). Verso de un poema de Isla Correyero. (2). Verso de un poema de Adrienne Rich.

(Inédito).

(2)

e indómita


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Esther Eo & Garazi Gorostiaga


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José Manuel Vara

El último gran jefe indio para Vinalia Trippers Blackfoot, Pawnee, Cheyenne, Crow Apache, Arapaho Goklayeh, ho, goklayeh, ho The human beings, woah Adam and the Ants

Isla interior de cerebro travestida en corona de plumas de cuervo, el sonido lejano de tambores tapizando neuronas, ancestrales rituales de guerra contra hombre blanco, dedos untados en mixturas cromáticas aplicadas sobre frente envejecida y mejillas laceradas. El gran jefe pensaba que hoy era un buen día para morir, pero los rostros pálidos le atacaron si avisar arrancando las pieles de búfalo de su tienda, pudo sentir contra su piel furiosas presas de manos crispadas, y luego la tela de las correas de las contenciones mecánicas, una por extremidad y rematando la faja abdominal y la inyección de hechicera blanca en su estómago, que le condenaría a un sueño denso con sabor a química, mientras le ponían pañal de celulosa para recoger todos sus fluidos corporales; asesinaron delirios de piel roja que corría salvaje por las praderas junto a sus hermanos Blackfoots, Pawnees, Cheyennes, Crows, Apaches, Arapahoes, más allá del sordo sonido de los pies de los auxiliares de psiquiatría alejándose de la sombra humana del que fue el último gran jefe indio.


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Portadas Dulce Escribano y Felipe Zapico


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Esther Eo & Garazi Gorostiaga


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Atrocity Exhibition, el fanzine: La Locura

Ernesto Guzmรกn & Joh Espinosa


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Denisse Sรกnchez Erosa


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epilogo. GARAZI GOROSTIAGA amén

AMÉN. Vosotros no sabéis, no sabéis, que nosotros sabemos. Vosotros no sabéis, no sabéis, nos quitaremos los cencerros. Siento dentro una larva, colgada, viscosa. Sal ya de una vez, extinta mariposa. Anorexia, suicidio, agonía al límite, muerte a plazos en un abismo triste. Surgen los ancestrales arquetipos el diagnóstico y la estructura, y para campos de girasoles ciegos la falsa destrucción que cura. Gracias Ewen Cameron por el aislamiento sensorial, tus cárceles, la monotonía extrema, las curas de sueño, los interrogatorios de la C.I.A y la desviación de la personalidad. Por el electrochoque y la reanimación suspendida. El sujeto está perdido, no fantasea ni desentona en tu reprogramación de la mente. Gracias Sternbach, por los cólicos, la ansiedad, la fatiga y el síncope, la psicosis y la irritabilidad. Por el fin de la lascivia y la memoria, por el trastorno de atención visual. Por los terrores nocturnos, alucinaciones e hipersensibilidad. Por las enfermedades pulmonares, las alteraciones en la sangre,


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la miastenia y la grave reducción del estado de alerta. . Gracias J.Delay y P.Deniker por la clozapina y el síndrome neuroléptico. Por vuestros estudios a doble ciego. Ratas al servicio del vicio y del placebo. Gracias E.Lilly por tu inhibidor selectivo de la recaptación de la serotonina, el infarto de miocardio, la midriasis y la dificultad motora. La bulimia no murió contigo. Ni tu felicidad artificial. Gracias B.Maryanoff y J.Gardocki por vuestros antiepilépticos y estabilizadores del ánimo. Por el embotamiento letárgico. También por vuestro champú, que no pica en los ojos. Gracias Twarog y Page por las pesadillas y los trastornos del sueño. Las manías, los espasmos, y el síndrome de Pierre. Llamáis al dominio y la tortura el lenguaje del enfermo. Dificultad en el habla, lo pone en el prospecto. Vosotros no sabéis, no sabéis, que nosotros sabemos. Vosotros no sabéis, no sabéis, nos quitaremos los cencerros. Alguno de estos días esos a los que llamáis locos quebrarán sus lápidas; la rebelión química reventará vuestros laboratorios, vuestros aparatos de tortura y manicomios. Y vosotros, sordos de espíritu, os abrasaréis en Bethlehem. Que así sea, yo suplico. Que así sea. Amén. ¡Santa Inquisición, es este nuestro océano!, el nocturnolingúístico, el visceral, el de los piratas alienados, el de los hijos de Satanás. Es este nuestro mar y nos desnudamos las entrañas, las invisibles, las invencibles, las de siete cabezas, indestructibles.


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Atrocity Exhibition, el fanzine: La Locura

Nuestro Pabellón de Postraumáticos, el de las dotes extrasensoriales, donde lo visible es ecléctico, mágico, y lo extraño no es trágico. La pérdida de la razón es la razón de nuestra lírica, en la tinta de los cañones nace nuestra insignia. La palabra alzada es nuestra ley y así fundiremos vuestras cadenas. Vuestras cabezas rodarán en las plazas. Nuestro Capitán golpea con el verbo sumergido en la fangosa madriguera. Los verdugos se hundirán en el averno. Yo ya sé de sobra que un bolígrafo es mejor que un arma, depende de quién la cargue. Hoy la mía la carga el Capitán, en el Pabellón de Postraumáticos. Y aquí, aquí manda la palabra.


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Mar Cant贸n

Todos los textos de sus autores. Todas las fotos de sus autores.

Agosto 2015 Neur贸tika Books


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La locura  

Un libro especial de Atrocity Exhibition, el fanzine. Dedicado íntegramente a la locura.

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