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VANGUARDIA | LUNES 19 DE DICIEMBRE DE 2011 | NO. 303 | WWW.SEMANARIOCOAHUILA.COM

PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN

EL

ERMITAÑO

¿Por qué decide un hombre vivir por más de 30 años en una cueva que se improvisó en el desierto?


EN UN DOS POR TRES

Por Alfredo García

LA FAUNA

Adiós a la LVIII Legislatura

Ilustración: Diego Hernández

| Diccionario de autores Democracia: Es una señora gorda, mal vestida y con

acento

extranjero (Alberto Ezcurra Uriburu).

SI YO FUERA PRESIDENTE ¿Se imagina sentado en la silla que ahora ocupa Felipe Calderón? Apolinar Rodríguez, abogado..

1.

Quitaría la silla, me pasearía por toda la república, un baño de pueblo, pero constante, no debes estar metido en tu oficina. Establecer una agenda de las horas que voy a estar en mi oficina y las giras, algo así como un reglamento de servicio del Ejecutivo. Hay muchas cosas que necesitan gobierno, no cabrones que vengan y se aplasten.

2.

Defendería más el territorio nacional, estamos más encaprichados en controlar la moneda, que en nuestra verdadera riqueza, que es nuestro territorio.

3. 4.

Evitaría la contaminación del aire, agua, suelo.

Controlaría más la cuestión de salud, que equivale a una productividad nacional. La verdadera riqueza del país está

en la salud de nuestra población, la productividad de nuestro país depende de eso.

5.

Velaría por los niños, no puedes dejar fuera ni un pedazo de territorio ni un ciudadano, gobernaría para los ciudadanos. La vulnerabilidad debe ser protegida por alguien, que alguien venga a darle alimento a los niños que no tienen, a los ancianos, que proteja a las mujeres golpeadas y a los hombres maltratados.

LA LICUADORA Nadie es homogéneo, análogo, todos son una mezcla de… Una pizquita genética de fulanito, otra de menganito y una cucharadita de perenganito. Si no lo crees, ve cómo metes en una licuadora un tantito de éste, más del otro y un puñito de aquél, y luego verás quién sale:

Cristina Kirchner

Ana Guevara

Mayrin Villanueva

Carolina Viggiano

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SEMANARIO

evo

En fin, como la reelección de diputados está lejos, y mucho más a nivel local, sólo resta decirle a los presentes, antes de que se ausenten, que recuerden el presente trienio como una de las etapas más felices de sus vidas. Tuvieron curul, sistema electrónico para ejercitar el artrítico dedo, ordenador de mano para ejercer como ninis aficionados, carne seca los jueves, huevos y quebrantos. Los más grises, decíamos al principio, o simplemente los que no alcanzaron a saltar a un nuevo puesto público, podrán regresar tranquilamente al anonimato de sus ciudades de origen. Y, a propósito, será mejor que olviden ese verso del Dante, si es que lo han leído, entre las páginas de la Biblia y las del Libro Vaquero, según el cual no hay mayor desdicha que recordar los tiempos felices…

Nu

fueron pasto fácil del Gatuperio, la sección epigramática de nuestro periódico. No sabemos que irá a suceder con estos 31 diputados una vez que se les toque las golondrinas (si es que queda presupuesto y tiempo para ello, a partir del día de los Inocentes). Ignoramos si aprendieron algo en estos tres años, que les pueda servir más adelante en la ardua y cotidiana lucha por la vida. Quién sabe si sepan leer los números romanos de su ya nostálgica Legislatura, para hacer honor al viejo chiste. Aunque quizá más que por el ordinal latino, sean conocidos por las generaciones futuras como la Legislatura de la Deuda, si es que las redes sociales no secan antes de tiempo el cerebro de los muchachos de hogaño, como antaño los muchos libros deshidrataran el de don Quijote.

Leó Za n c a tec as Co a hu ila Ch i h NO u PAG ah Du Ó ua r Ta ango m Son auli pa ora s

E

stá por terminar la presente Legislatura y prácticamente jamás les vimos las caras ni les escuchamos la voz en los medios impresos y audiovisuales a los siguientes diputados: Jéssica Luz Agüero Martínez (PRI), Juan Francisco González González (PRI), José Isabel Sepúlveda Elías (PRI), Cristina Amezcua González (PRI), José Antonio Campos Ontiveros (PRI). Otros más pasaron sin pena ni gloria por el edificio de Coss: Jaime Russek Fernández (PRI), Verónica Martínez García(PRI), Shamir Fernández Hernández (PRI), Rogelio Ramos Sánchez (PRI), Osvelia Urueta Hernández (PRI). Fueron los clásicos levantadedos, las ovejas grises que se limitan a buscar el calor del rebaño en los raros días en que se les solicitaba su presencia obligatoria. Todos los demás

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| Claro que ud. lo sabe

| Los menesteres del ocio

|| Por Miguel Agustín Perales

|| Por Alfredo García

1.- San … es el único de los cuatro Evangelistas que narra que Maria “recostó (a Jesús) en un pesebre, porque no había para ellos lugar en la posada”.

El imperio jesuita. En el momento de la expulsión de los jesuitas del Imperio español en 1767, las reducciones jesuíticas de Paraguay eran enormemente ricas y comprendían más de 21.000 familias (cerca de 100 mil indígenas concentrados en treinta reducciones). En estos territorios se practicaba el cultivo de lino, algodón, tabaco y sobre todo mate, una infusión parecida al té negro que los ingleses descubrieron en la India, pero más amargo, y que tiene gran consumo todavía hoy en Paraguay, Uruguay, Argentina y el sur de Brasil. Sus inmensas manadas semovientes incluían aproximadamente 725.000 cabezas de ganado, 47.000 bueyes, 99.000 caballos, 230.000 ovejas, 14.000 mulas y 8.000 asnos. Las reducciones jesuíticas fueron una fórmula intermedia entre las encomiendas de indios instauradas en la Nueva España y las reservaciones que crearía Estados Unidos en el siglo XIX, para salvar a los apaches de la rapacidad de los pioneros o colonos norteamericanos atraídos por la conquista del Lejano Oeste. El experimento demográfico, que organizó a los guaraníes prácticamente bajo las normas de una república comunista, fue una de las utopías más importantes emprendidas en el mundo antes de la Revolución Francesa. La influencia de dicho modelo llegaría hasta al siglo XX, incidiendo sobre personajes como Samuel Ruiz y el subcomandante Marcos, fallidos redentores de los indios de la Lacandonia chiapaneca. A pesar de esta derrota histórica, los jesuitas continúan ejerciendo su liderazgo en otros campos de la vida social en toda Hispanoamérica, como por ejemplo en el de la educación superior: de sus planteles han egresado políticos de

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2.- Königsberg, nombre de la ciudad natal del filósofo Immanuel Kant, es “sinónimo” de …

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■ ■ ■ ■

4

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A) Mateo; B) Marcos, C) Lucas; D) Juan.

A) Montemorelos; B) Montenegro; C) Montoto; D) Monterrey.

3.- “No es desdeñable gloria / ser un puente del Loira”. Es este un poético aforismo de … ■ ■ ■ ■

A) Jean de La Fontaine, B) Vicente Huidobro; C) Mariano Brull; D) Arthur Rimbaud.

6.- Según el …, todo lo real es del inteligible. ■ ■ ■ ■

A) hedonismo; B) panlogismo; C) panteísmo; D) atomismo lógico.

7.- El … de diciembre se conmemora el aniversario de la muerte de José María Morelos y Pavón. ■ ■ ■ ■

A) 22; B) 21; C) 20; D) 19.

8.- Por el valle de rosas es un villancico compuesto por ...

4.- … es llamado “padre de la química moderna”. ■ ■ ■ ■

A) Bonifacio Batilongo; B) Yeyo Carreras; C) Petronilo Talanquera; D) Guampampiro Canistel.

A) Louis Pasteur; B) Antoine-Laurent Lavoisier; C) Gregor Johann Mendel; D) Michael Faraday.

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A) Tiburcio Salcedo ; B) Manuel Bernal Jiménez; C) Miguel Bernal Jiménez; D) Manuel M. Ponce.

Respuestas:1) c; 2) d: 3) a; 4) b; 5) d; 6) b; 7) a; 8) c.

SEMANARIO

5.- El guajiro … es un personaje que aparece algunas veces en el programa radiofónico La tremenda Corte.

SUPERMÉNDEZ

El único superhéroe de Saltillo y la región (incluyendo Ramos)

izquierda y militantes feministas y lésbicohomosexuales que da gusto. Grandes nihilistas. “Lou Andreas- Salomé era de una modestia y una discreción poco comunes. Nunca hablaba de sus propias producciones poéticas y literarias. Era evidente que sabía dónde es preciso buscar los reales valores de la vida. Quien se le acercaba recibía la más intensa impresión de la autenticidad y la armonía de su ser, y también podía comprobar, para su asombro, que todas las debilidades femeninas y quizá la mayoría de las debilidades humanas le eran ajenas, o las había vencido en el curso de su vida”: Sigmund Freud, Lou Andreas-Salomé (1937). Monterrosiana. Cuando la Virgen despertó, el Cazador todavía no llegaba. Famosas últimas palabras. “Si dejara que mis pensamientos vagaran, no encontraría ninguno. Lo mejor, después de todo, es la muerte”: Lou Andreas-Salome (1861-1937), en su lecho de muerte. Diccionario portátil. Los BANDEIRANTES eran contrabandistas que se dedicaban a la trata de esclavos en territorios de Brasil y Paraguay, durante los siglos XVII y XVIII; descendían de una mezcla de portugueses pobres y aventureros holandeses. Empleaban para su trabajo pequeños ejércitos de MAMELUCOS (mestizos de negros e indios), pobres infelices que lanzaban a las aventuras más riesgosas, para la captura de indígenas guaraníes que luego vendían como esclavos a los colonos españoles y portugueses de Brasil, Bolivia, Uruguay, Paraguay y Argentina.

Por J. Latapí


VIDEÓDROMO

30 MINUTOS O MENOS ES UNA PELÍCULA QUE TIENE BUENAS PUNTADAS PERO NUNCA DESPEGA Ruben Fleischer 2011

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SEMANARIO

Por Esteban Cárdenas

Aunque la premisa promete, y el talento está bastante bien seleccionado, la verdad es que 30 Minutos o Menos no logra convencer y probablemente se le olvidará en ese lapso de tiempo. Yo iba a ver emocionado cualquier cosa en papel que leyera “Del Director de Zombieland” porque Ruben Fleischer debutó en la pantalla grande con aquella refrescante película sobre un apocalipsis de zombies, una agradable sorpresa que mezclaba gore, acción y buen humor con resultados de aplauso. Su segundo filme, lamentablemente, se queda corto de aquella obra maestra del cine B. Protagonizada también por Jesse Eisenberg, 30 Minutos o Menos trata sobre criminales improbables, sobre amigos huevones y sobre pizza. Nick (Eisenberg) es un repartidor de pizzas, harto de su trabajo

monótono en el que constantemente se pelea con su jefe. Un día, su mejor amigo Chet (Aziz Ansari) descubre que se acostó con su hermana gemela, y su amistad se ve comprometida. Por otro lado, Dwayne (Danny McBride) y Travis (Nick Swardson) son dos criminales bastante imbéciles, quienes buscan deshacerse del papá de Dwayne para heredar su fortuna. Su plan involucra un asesino a sueldo, un robo a un banco, una bomba casera amarrada a un chaleco y un desafortunado repartidor de pizza que resulta ser Nick. Es así como ambas parejas de amigos están involucradas en un crimen idiota que también pondrá a prueba su amistad. El eje central para que funcionara la cinta era la amistad, pero la cinta nunca la desarrolla de manera creíble, y sin esta base, el resto de la trama, que es decididamente absurda como en Zombieland, se desmorona completamente. La película tiene buenas puntadas, sobre todo entre McBride y Swardson, quienes ya habían

trabajado un par de veces juntos y saben cómo improvisar situaciones bastante divertidas. De hecho, individualmente todos los actores involucrados son bastante graciosos, pero la verdad es que se sienten sin mucho que hacer, como deambulando por la película, esperando a que termine. Leo bien las intenciones de Fleicher, quien aspira a lograr un tono absurdista y relajado similar a lo que hizo en Zombieland, en donde le perdonas que mate a Bill Murray

RADAR

Suena a…

Por Esteban Cárdenas

Mos Def y Talib Kweli

escardenas@vanguardia.com.mx

The Roots Undun 2011

porque sí, y es que a pesar de ser completamente absurda logró una película con corazón, en donde la empatía por los personajes se lograba desde que los conocíamos. Este no es el caso de 30 Minutos o Menos, una película con un elenco cómico bastante decente que simplemente no despega y se queda en una especie de limbo de chistes cocidos a medias y vulgaridad extrema que hasta cae un poco gorda. Esperemos a ver qué hace con su tercera cinta.

Cuando The Roots se convirtió en la banda en vivo del programa nocturno de Jimmy Fallon, muchos medios criticaron a la icónica banda de hip-hop por haberse “vendido”. Sin embargo, Questlove, el baterista de este grupo originario de Filadelphia, afirmó que las tres horas de ensayo diario para el programa nocturno los habían vuelto más unidos como músicos, y aún más profesionales. Esta renovación de The Roots se percibe en cada nota del disco. Undun es un álbum de hiphop en vivo enfocado y conciso que podría ser el mejor que han lanzado en su carrera, y que los muestra en su mejor forma mu-

sical y líricamente. Questlove, como siempre, es el encargado de la sección rítmica, que es una columna vertebral sónica perfectamente bien ejecutada, para que las rimas metódicas de Black Thought y Dice Raw, que ahora prácticamente pertenece al grupo, fluyan con precisión. Los invitados están de lujo, y por ahí hasta aparece Sufjan Stevens en una pieza que podría describirse como una canción de cuna rapeada, y que no interrumpe el flujo del disco en lo más mínimo Quienes critican al hip-hop como música superficial y “floja” deberían de familiarizarse con el trabajo de esta banda, y podrían empezar por este disco.

Mos Def and Talib Kweli are Black Star 1998

De La Soul 3 Feet High and Rising 1989

Cody Chesnutt The Headphone Masterpiece 2002


ELERMITA Para ser feliz sólo se basta a sí mismo, así es don Marcos, quien desde el año de 1979 vive solitario en una cueva del desierto coahuilense. Aquí su historia… P O R C É SA R GA Y TÁ N / FOTOS: M A RCO M E DI NA / V I D EO: O M A R SA U C E D O

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H

ace 32 años que don Marcos dejó su vida en la ciudad, se fue a despoblado, cavó una cueva, le puso una puerta y se quedó a vivir en un viaje interior. Esta historia bien podría ser la de un ermitaño, de esos que se escuchan en algunas leyendas y nos evocan la imagen del hombre místico, que pasa las horas en una búsqueda interminable de sí mismo. Pero éste es más bien el caso de un hombre más real, que huyó de sus fantasmas, y encontró la paz en un pedacito de la nada. ¿Qué se siente vivir décadas en solitario? Aquí la historia de alguien que se atrevió a intentarlo, y hoy se niega a dejar el lugar que llama hogar.

AÑO

Los fantasmas de don Marcos Las muertes de su madre y su hermano lo condujeron a buscar refugio en algún lugar que le permitiera sanar el alma. Desde entonces, allá por 1979, las paredes de un arroyo en el ejido San Felipe, en Ramos Arizpe, y que hoy ha convertido en una cueva, le han servido de hogar. Cuando Marcos Molina Espinoza llegó a este desierto, donde no parece haber sino arena, lechuguilla seca y el abrasar del sol que golpea el terreno, su fuerza física y la voluntad le permitieron sobrevivir lejos de todo; cerca de sí mismo. Como un ermitaño. Y es que aquí los fantasmas de los que intentó esca-

par no asechan los empolvados caminos, ni se presentan de noche con ropajes blancos, sino que aguardan en la memoria, inmortales, recordándole el motivo de su soledad. Un olor a leña quemada se percibe en el aire, antes de poder ver algún vestigio de que en verdad aquí vive un hombre. Más de mil 800 pasos desde el último cerco de alambre de púas y maderos, y entonces una ligera pendiente que guía hacia su escondrijo. ¡Marcos! –grita Rufino Rodríguez, el historiador que nos ha guiado hasta este punto. Y se escucha lejano un quejido tenue. –¡Marcos! ¿Me escuchas, dónde estás? –resuena la voz, que se lleva el viento cálido. Lunes 19 de diciembre de 2011 VANGUARDIA 9


Y de nuevo el quejido. Ese que se aferra a la vida y dice en medio de un polvoriento paisaje que aquí está. Acá detrás de un peñasquito. Lo encontramos sentado a la sombra, con un cayado a su vera, inmóvil. Sereno, como si ya fuera parte del mismo paisaje. Cercano a sus pies está el sombrero café, que combina con el polvo de la vereda que recién dejamos atrás. Lleva puesta una chaqueta verde fuerte, un pantalón del mismo color y unos huaraches desgastados, a punto de romperse. Saluda con una sonrisa que se dibuja espontánea, pero no puede levantarse, dice, porque está enfermo. Porque anda aventando agua verde por las dos bocas del cuerpo, y no sabe a qué se debe. A lo mejor fue algo que comió, se pregunta, pero cómo va a ser eso, si ya lleva tres días sin probar alimento. El mismo mal le ha robado algo de voz, que se le oye rasposa, como si el viejo de 86 años luchara por hallarla y hacerla salir; apenas un día antes, platica que se quedó mudo. Hirvió palos secos para ver si se le pasaba el dolor de estomago. Una infusión amarga como el hojasén, pero nada funciona. –Venimos a platicar con usted un rato, don Marcos –le dice el reportero. –Sí… ‘amos –suelta como si le hiciera falta una plática que no sea con el silencio. Ayudado por Rufino, quien le da la mano y lo pone en pie, toma después su cayado y avanza a pasos pequeñísimos. Con la derecha sostiene el improvisado bastón y con la siniestra se agarra bien los pantalones. “Hace tres días me caí, andaba caminando por ahí y me caí. Me lastimé aquí”, cuenta señalándose la muñeca, sobre la cual trae una herida pequeña; y después se toca las rodillas, que tampoco le responden como debieran. No sin ayuda sube una especie de peldaño de tierra: hemos llegado a la entrada de su dormitorio. Se sienta sobre una piedra de afuera, se quita el sombrero café y lo cambia por uno blanco, que usa, bromea con Rufino, sólo en ocasiones elegantes, especiales. Ya tiene el sombrero puesto y no cabe duda, le ha cambiado el semblante. Sonríe y entonces se

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rompen sus labios, cuarteados por el calor y la sed. En lo que va de la semana, este hombre cuyos ojos apenas se distinguen entre las arrugas, ha bebido unos cuantos tragos de agua: una porque no llueve, y si no llueve de dónde agarra el agua; y la otra, porque la poca que le queda, mejor la pone en un platito para que los pajaritos puedan beber. “Ahí viene uno; mira”, dice el ermitaño sin er-

mita. Le hemos traído una botella de litro. Está al tiempo, y eso es bueno, porque no puede tomar nada frío. Bebe del plástico como si su sed fuera de años. Como si el cansancio lo trajera desde siempre. La fatiga se muestra concretamente en sus pies empolvados, cenizos, que parecen de almanaque. Después de los tragos da un largo respiro, como si con en él recobrara algunos años, y aho-


La fatiga se muestra concretamente en sus pies empolvados, cenizos, que parecen de almanaque.

ra siente que le cala el sol, que le pega desde lo alto. Mejor nos cambiamos a un lugar más fresco, al cuarto cóncavo que usa como cocina. Don Marcos se sienta casi a la entrada, mientras que un hilo de luz se cuela por un agujero en la parte más alta de la pared que está a sus espaldas. El espacio es pequeño y acogedor. Hay un balde que pende del techo de leña; en él guarda vasijas y utensilios. Pero el problema aquí es que hace mucho no llueve. No puede calcular cuánto, la memoria no le alcanza, dice. – ¿Por qué no llueve por acá? –le pregunta enigmáticamente Rufino. – Por tanta cosa que está pasando, por una parte, y otra porque ya la gente no respeta a los padres. Eso influye, dice, porque se han perdido los valores. Por eso el mundo se está acabando, dice con un tono que mezcla el lamento y la impotencia. Y como está todo seco, se mueren las plantas, se mueren los animales, “y creo que yo también, ya voy para allá”. Antes, hace varios años, sacaba agua de un pozo que está a medio kilómetro. Iba a pie, cargado con botes y botellas que ahora tiene amarrados en las ramas de los árboles. En dos o tres

trayectos que se aventaba al día lograba juntar unos 60 litros de agua, según cuenta. Pero el pozo está seco, y ya no tiene la misma fuerza. – ¿De dónde obtiene agua entonces? –cuestiona el reportero. – Cada que llueve. Saco las botellas y las pongo a que se llenen. Si no ¿cómo? Esa es precisamente la pregunta que nos ha guiado hasta aquí. ¿Cómo sobrevive un hombre que lo ha dejado todo para vivir en medio del desierto, a mil 800 pasos de la Detroit de México? Responde como si esto hubiera sido fácil. Se mantenía de tallar lechuguilla y venderla. La gente de los alrededores venía a comprarle, o algún explorador que en su camino lo encontrara. La lechuguilla estaba toda allá arriba, no batallaba, dice señalando hacia un monte de vegetación seca y quemada. Pero ya van doce años que eso también se convirtió en recuerdos. La edad traicionera, la falta de lluvia, la disminución en la venta, esa maldita lesión en el hombro. Todo, pues, todo le pasó para que dejara de tallar. Si acaso, como vestigio de esos años, tiene alguna fotografía, y nada más. Le quedó cuidar las borregas del vecino (regresando los más de mil 800 pasos y unos 10

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minutos en auto por estrechos y maltrechos caminos de terracería), pero no lo hace siempre. –Disculpe, don Marcos, pero ¿entonces de qué vive? –asalta la pregunta de los periodistas al hombre que se encoge junto a la entrada de su cocina. Él guarda silencio, quizá no ha escuchado bien la pregunta, porque ya también eso, el oído, le falla y hay que hablar con voz fuerte y clara para hacernos entender. Tal vez no haya una respuesta en realidad. Unos cinco segundos transcurren sin prisa, y entonces platica que vende leña, que tiene mucha ya cortada y apilada. Para creerle basta ver la parte superior de aquella cueva: tercios de leña rebosan uno encima del otro. “Allá arriba tengo más”, dice refiriéndose al cerro conocido por los lugareños como Pico de Galindo, ese que al fondo adorna el paisaje por demás árido.

Quiere vivir 4 ó 5 mil años, aunque sea solo Marcos quisiera llegar hasta el último día, del mes último de este año. Pero con todo lo que está pasando, confiesa, está cabrón. Personalmente, le gustaría vivir 4 o 5 mil años. Quiere seguir en este mundo, aunque la soledad sea la única que lo acompañe. Y es que a visitarlo nadie viene. Menciona entonces su pueblo natal, al que

hace muchos años no vuelve. El ejido Santa Cruz, allá donde naciera el año de 1926, y donde conviviera con sus cinco hermanos; hoy sólo le sobrevive uno: Isidro. Pero éste vive en Monterrey, desde hace unos 30 años. La última vez que lo vio sería hace una década, precisamente en Santa Cruz. Y luego nada, como si ninguno existiera para el otro desde entonces. De los primos y primas, los tíos y tías, ya ni uno queda. Todos se han ido para siempre. Una vez él se fue también, pero más que nada por necesidad, con destino a Estados Unidos. Por aquel entonces, acaso tendría 17 años de edad cuando fue contratado en la albañilería para irse. Entre eso, que al menos platicado sonaba mucho más prometedor que cuidar chivas el resto de su vida, y quedarse, no había alternativa. No lo pensó dos veces. “Ganaba por lo que hiciera. Al principio 4 ó 5 dólares al día, pero fui avanzando”, suelta con una voz más clara y potente. Así conoció ciudades como Boston, San Antonio, Casa Blanca, Los Ángeles. Iba y venía de Estados Unidos a México con toda su papelería en orden.. La última vez que estuvo allá tenía ya 24 años. Y por alguna razón que hoy no sabe explicar más que como un arrebato de juventud, pensaba que la vida era igual de este lado. Y por eso se regresó, para descubrir que en su propia tierra la vida es más cruda y menos bondadosa.

La perdición de los hombres son las benditas mujeres Por ahí va la despedida, Chinita, por tus quereres. La perdición de los hombres son las benditas mujeres. Aquí se acaban cantando los versos de los laureles. Linda Ronstadt Don Marcos repite una frase como si fuera una verdad irrefutable: “la perdición de los hombres son las benditas mujeres…”. Para qué mentir, ese verso le recuerda a su esposa, aunque al preguntarle directamente sobre ella, simplemente se ríe. Rufino bromea con él, le pregunta cuántos amores tuvo. “Uno”, responde el viejo con voz amable y picara a la vez. “’¡No, cuál! Fueron varios… cuéntales a tus amigos”, insiste el historiador. “Nada más fue uno”, pone fin escuetamente al chascarrillo. Así es. Otro de sus capítulos en esta cueva lo vivió junto con Josefa López.. Aquí vivía con ella, en el mismo lugar donde estamos ahora. Le decía él: ‘Ándale, tengo hambre; hazme de comer’”. Pero ella le respondía: “¡Ándale qué!”. Y así se aguantaron (utiliza esa expresión) como 18 o 19 años, que no fueron en vano. Peleaban sí, pero en esa relación, sin que don

El otro día estaba ahí tumbado con varias cobijas al lado del fuego, cabeceando. Ya me iba a quedar dormido, pero dije ‘no, no me vaya a llevar un coyote’”.

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Marcos lo diga textualmente, se intuyen vestigios de amor. Y en algún momento de ese amor tuvieron un hijo. Es aquí donde le duele el recuerdo, pues un día cualquiera echó a esa mujer, su mujer hasta entonces, de la cueva. “Le di su patada”, dice, y ella se fue con el chamaco. Ese retoño que hoy ya creció y tiene esposa y tres hijos; dos mujeres y un niño. Ese vástago que ya no lo visita. Sus ojos se vuelven como suplicas que vienen desde lo más profundo, mientras un extraño aire de desesperanza lo rodea. Hace una mueca indescriptible de nostalgia, con los ojos cerrados y apretados, la boca torcida y los puños polvorientos, que le tiemblan. Parece que va a llorar, pero no llora. “Ni se acuerda de mi”, suelta después de un silencio mortal. Hace cuatro meses que no lo ve, y es poco tiempo. El año pasado se tardó eso mismo en venir, un año. Y pese a todo, asegura que no es porque no se quieran. – ¿No lo extraña? – es una pregunta para el viejo. – Si, cómo no lo voy a extrañar. – ¿Y por qué no se va con él? – Él me dijo que me fuera pa’ lla’, pero con qué.. Él trabaja en el Infonativ. Tiene que man-

tener a su familia… yo dónde quepo. Por esa convicción sigue aquí. En medio del desierto, viviendo en la cueva de un arroyo. Las ocasiones que lo visita, nada más es para darse una vuelta. Llega unas horas, platica y se va. Hay muy pocas veces que se ha quedado a pasar la noche con él. “Se queda allá afuera, pone unas cobijas y se duerme en el piso”. Hace un año le dio 100 pesos, pero qué le va a alcanzar con eso. Ojalá viniera más seguido.

La lámpara que alumbra como un sol Hemos dejado atrás la cocina y pasamos al cuarto donde duerme, que está a unos cuantos pasos. Es mucho más amplio, y sin embargo, se siente más encerrado, quizá porque hay poca luz. Apenas en la entrada hay una estampa de San Martín de Tours, mejor conocido como San Martín Caballero, protector de los mendigos. –¿Usted cree en Dios? – es la pregunta que viene a la mente. Responde que sí, que sin él nada se puede. Que es Él quien ama y protege. Sobre la estampa hay un sello del INEGI, correspondiente al Cen-

so de Población y Vivienda de 2010. – ¿A poco hasta acá vinieron los del INEGI, don Marcos? – Pos sí. Áhi llegaron y me hicieron preguntas y se fueron. Dice que les pareció raro que estuviera aquí, y que fueron los del rancho San Francisco los que avisaron que había un hombre viviendo en el arroyo. “Ahí pegaron eso al final”, platica sentado sobre la cama con sábanas y cobijas revueltas. Tiene una especie de ropero, formado por un palo del que cuelgan varias camisas y chamarras. Debajo, hay tres pares de zapatos empolvados también. En este lugar, nos confiesa uno de sus más grandes miedos: quedar sepultado bajo el techo que el mismo edificó. Que las ramas y el adobe que puso de techo sean su tumba. Pero con todo y eso no se sale de aquí, aunque al decirlo le tiemblan las manos, pero vaya a saber si es por miedo, o por la edad o por el malestar que padece por estos días . Los fríos tampoco son lo suficientemente convincentes, sino que le apuran más los animales. “El otro día estaba ahí tumbado con varias cobijas al lado del fuego, cabeceando. Ya me iba a quedar dormido, pero dije ‘no, no me vaya Lunes 19 de diciembre de 2011 VANGUARDIA 13


– ¿A poco hasta acá vinieron los del INEGI, don Marcos? – Pos sí. Áhi llegaron y me hicieron preguntas y se fueron. a llevar un coyote’”. ¿A qué le teme este hombre? Quizá a la oscuridad. Don Marcos platica que aquí conoció la verdadera penumbra, la sensación de no poder ver siquiera delante suyo, cuando la luna no sale o está nublado. – ¿Cómo le hace para ver en la noche? –vuelven las preguntas al viejo. –Pues con un cerillo. –¿Con un cerillo? –Sí… lo prendo y así me voy aluzando. Me voy de la cocina para acá, y ando ahí afuera. Entonces interviene Rufino, para decir que al saber la manera tan precaria con que su amigo se manejaba en las noches, le regalo una lámpara de pilas con un foco blanco. –Diles cómo alumbra la lámpara, Marcos… –suelta el historiador – Como un sol…, alumbra como un sol. Incluso hay veces en que se oyen voces… pero ya también se ha acostumbrado a eso. “Son ladrones nada más”, pronuncia para desmentir cualquier otra sospecha. “Ya se han metido al rancho que está a un lado, pero aquí no se han metido. Ni quiero que se metan… ¡qué me roban…! La pura vida”. La habitación sigue achicada y a media luz. Del techo cuelgan un par de vasijas, y en medio 14 VANGUARDIA Lunes 19 de diciembre de 2011

de aquella acogedora imagen, sale el tema de cómo pasa el tiempo. –No, pos qué voy a hacer –dice–. Aquí el otro día vi un lagartijo, pero lagartijo – pronuncia mientras con las manos indica que era muy grande–. Pero a ese sí le tuve miedo porque era azul, y entonces mejor me quité. Le saqué la vuelta…. De rato se fue. Le preguntamos qué más, pero hace un gesto como si le fuera imposible recordar… “Pos nada más”. La verdad es que aquí, a estas alturas de su edad, la mayor parte del tiempo lo gasta pensando. ¿En qué? En todo, según sus palabras… en nada según las siguientes. “Aquí no se puede hacer otra cosa”. La insistencia no tiene resultados en este hombre. No quiere o no puede decir algo diferente. Aleatoriamente, ahora le preguntamos sobre su edad. Y dice que el acta de nacimiento que tiene está mal. Que la fecha del 8 de agosto es falsa, aunque venga firmada y en el papel, y que el dato correcto es 26 de julio de 1926. Para comprobarlo saca de su bolsillo la cartera que lleva grabada la Virgen de Guadalupe en la parte frontal. A su tiempo, entre el temblor de las manos y los varios intentos por atinar a

abrirla, saca un papel amarillento y doblado, en el que lee la fecha errónea, y la corrige nuevamente. De nuevo parece que la memoria se le fuera por algunos instantes… quizá sea mejor dejarlo descansar, después de todo está enfermo. Salimos de aquel recoveco y volvemos a la entrada de la cocina, donde él se sienta sobre un tronco. Respira un poco agitado, se le ve cansado. Es hora de partir. El ermitaño se despide de los reporteros con un saludo fuerte, deseándoles que Dios los acompañe, y una sonrisa cada vez más grande. “Muchas gracias”, pronuncia. Don Marcos se queda en su cueva, solo de nuevo, verdaderamente solo. Emprendemos el camino de vuelta sobre esa arena pesada, a pie contra el viento cálido en el que se pierde el olor a leña. Se escucha entonces un ruido. Es una voz que algo murmura, algo canta. La vista entonces vuelve hacia la cueva de don Marcos. No se entiende muy bien qué dice, parecen más bien balbuceos. De pronto se escucha una carcajada, no tan insólita en aquel desierto y alguien vuelve a cantar. ¿Estará acompañado? ¡Qué va! Ahí no hay alguien más que ese viejo.


Semanario: El ermitaño  

¿Por qué decide un hombre vivir por más de 30 años en una cueva que se improvisó en el desierto?

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