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CUENTOS TALLER DE REDACCIÓN POLITÉCNICO GRANCOLOMBIANO SEGUNDO SEMESTRE DE 2011

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ÍNDICE Loco Error por Cristian Camilo Risueño Caballero…………………………………...1 Cadáver exquisito de Luna por Santiago Rodríguez Schmitt……………………….4 Mucho gusto nadie por Sindy Rodríguez…………………………………………….14 El engaño por Nicolás Camilo Guzmán Bustos……………………………………..23

Donde el corazón te lleve por María Camila Conde…………………………………27 Triángulo por Mario Gómez Prieto.……………………………………………………33 Yasminiq por Marisol Pérez Dávila…………………………………………………….37

Un minuto de suerte por Elkin David Quiñones Suárez………….………………...41 Olor a sangre, peste a humano por Jhoan Borda Penagos……………….………..50

Escrito por Charlie, el escritor psicópata suelto por Hugo Alejandro Bejarano Villarraga………………………………….……………52 Un triste sueño o una cruel realidad por Marcela Muñoz Navarro………….………56 Noche inolvidable por David Valbuena………………………………………….……..59

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PRESENTACIÓN

La presente publicación recoge cuentos escritos por estudiantes de la materia Taller de Redacción del Politécnico Grancolombiano, y pretende ser un espacio de encuentro y visibilización de experiencias entorno a la escritura. Los textos pasaron por un arduo proceso de elaboración con encuentros, desencuentros, borradores y múltiples correcciones: la confrontación y el saberse desnudo en la escritura. He aquí el trabajo de nuestros estudiantes que durante el semestre se arriesgaron y lograron un excelente trabajo. Júzguenlo ustedes.

Vanessa Plata Peñafort Docente y Coordinadora Área de Redacción Politécnico Grancolombiano

Docentes del área de Redacción: Vanessa Galeano Jorge Sánchez Maria Consuelo Caycedo Clara Mercedes Arango

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Loco Error Por Cristian Camilo Risueño Caballero Habían pasado muchos años,

mi cuerpo ya había tomado una apariencia

totalmente distinta, tenía unas alas nuevas, mis brazos ahora eran elásticos, mi torso podía girar ciento ochenta grados y tenía a mi lado a mi gran amigo de orejas largas; era todo lo que siempre había querido y anhelado, aunque muchos sujetos de los que estaban junto a mí no estaban de acuerdo con mis pensamientos e ideales y querían hacerme infeliz. Cerré mis ojos y puse mis manos sobre aquel gran monstruo, el cual quería arrebatar mi pequeña criatura, intenté quitársela con todas mis fuerzas, pero fue imposible; inyectó todo su veneno en mis brazos y caí rendido de nuevo al piso al cual me tenía atado… Abrí mis ojos y allí estaba yo de nuevo encerrado en cuatro paredes, con las manos atadas, una bata

blanca,

enredado,

mi

cabello

una jeringa en el

piso y más allá estaba tirado mi único amigo con sus ojos rojos,

sus orejas largas y parte de su felpa

destrozada. No era la primera vez que lo veía, desde el día en que lo trajeron captó toda mi atención,

llevaba su cabellera larga algo alborotada y enredada por el largo

tiempo que tenía sin ser arreglada; una bata blanca cubría su cuerpo delgado desde sus hombros hasta los tobillos y su tez blanca podía divisarse en los pies descalzos. Una pequeña solapa que amarraba sus manos era la que hacía evidente el peligro de aquel ser, que ahora estaba encerrado en cuatro paredes blancas, donde lo único que hacía era gritar con un sentimiento de tristeza, desesperación y locura. Sus gestos apenas expresaban lo que su desenfrenada mente podía decir y su boca apenas podía moverse por la poca presión que

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llevaban sus venas por todo el cuerpo. Tomé la decisión de acercarme a él sin dejar de lado la precaución que para este caso era inevitable, mi curiosidad por hablarle era demasiada, no tuve más palabras apenas que un “hola”; ya llevaba muchos años trabajando acá y nunca me había atrevido a dirigirle la palabra a nadie quizá por miedo, pero al parecer esta vez fue la excepción. Me miró fijamente a los ojos con la pupila algo dilatada, su mirada era profunda y transmitía una mezcla de sentimientos que nunca había percibido, un poco de ternura, miedo y peligro; llegué a asustarme pero no me retracté, esperé a que respondiera pero no lo hizo, así que decidí seguir con mi trabajo diario, inyectando medicinas y calmantes en los brazos de todos los sujetos que permanecían aquí. Desde

aquel

día

mis

pensamientos reposaban en aquel sujeto frecuentemente, ya que cuando lo trajeron hace más o menos diez años fui testigo de aquel singular y cruel

caso,

sintiéndome

impotente de no poder hacer nada al respecto para que no me llegara a pasar lo mismo que a él. Habían pasado muchos años, y ya eran evidentes todos los cambios drásticos que había tenido aquel hombre, su cuerpo ya había tomado una apariencia totalmente distinta,

sus emociones diarias ya no tenían la misma

fuerza, ya no podía sonreír como antes, su voz había tomado una sensación temblorosa, su caminar ya era torpe y sus pensamientos algo insensatos, quizá ya estaba rendido y había aceptado de una u otra forma el error que hace mucho tiempo lo había traído hasta acá. “Siempre he dicho que todos ustedes están locos, ¡yo no estoy loco! Él una vez me trajo aquí porque quería apoderarse de todo mi capital, yo le había dado todo, y nunca creí merecer esto, pero no me importa, ahora tengo súper poderes, soy

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capaz de alargar mis brazos hasta ese edificio que está frente a mí, tengo a mi amigo de orejas largas y ojos rojos a mi lado, él nunca podrá morir y yo tampoco, ¡yo no estoy loco ja,ja!” Esas palabras siempre me hacían sentir mal y culpable y esas mismas me hacían recordar las que su propio hijo narró cuando lo trajo: “Me hace estorbo, no quiero más a éste en mi casa, le ofrezco dinero para que lo tenga acá y prometa callar todo, algún día terminará volviéndose loco enserio y aceptando su cruel realidad”. Es así como día a día, noche a noche, el cargo de conciencia que llevo pone más peso en sí, y no me ha dejado descansar en paz, pienso que el loco error que cometí terminará por hacerme también protagonista a mí.

Ilustraciones por: David León y Stiven Velandia

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Cadáver exquisito de Luna Por Santiago Rodríguez Schmitt Bajo las faldas de una escarpada montaña verde yacían lobotomizados los seres del humo. Cada uno de ellos en un mundo único, singular. Entre las latas azules y el tronco en espiral rodeado de calendarios mayas, fungi gigante; entre las piernas un calor hacia la mirada, los ojos de luna. La montaña. Desierto. Diablos. Los murmullos del alcohol llegaron a los oídos del Bohemio, llegaron diciéndole que se perdiera en la luna, y la Luna lo miró, y se quedó a su lado por un buen rato. Los ojos del Bohemio se llevaban las lunas hacia un lugar oscuro en la profundidad abismal y cacofónica. Flautas, trompetas, y un clarinete disonante en el interior del barullo de tentáculos y glándulas biliares. La Luna no lo pudo evitar, su naturaleza inestable y gravitatoria

la

traicionó,

mientras que el Bohemio la llevaba a la trampa de la auto confesión. Bajaron las escaleras de lado del río que carga las rocas, las rocas de la cabeza que se perdió arriba y baja rodando como una piedra. La Luna y el Bohemio bajaron perdidos en el éxtasis de la gravitación, el éxtasis de la cercanía de los cuerpos en el espacio. La ciudad, un bus lleno de gente que va pensando maricadas. -¿Dónde estarán mis nietecitos? -No sé que estará haciendo mi esposa, pero estoy ebrio, retaqué el bus y voy a llegar a darle una muenda. -¡Que polvo me he echado! La Luna y el Bohemio. El Bohemio ama a la luna, pero la luna, en la tierra mundana de los humanos, rota y rota…

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*** Ella se acercó tímida pero decidida, yo no sabía la maldición que caería sobre mí ser después de esas palabras, esas palabras tan descabelladamente salvajes pero confusas. Sus labios intentaban morderse, mientras que sus ojos se debatían entre los míos y el resplandor de las luces nocturnas por la veinticuatro. Nunca me imagine que nadie me dijera algo así, se apartó como para darse importancia, para darse un espacio teatral para lo que tenía en mente, para esa revelación; y sin titubear dijo: -¿Sabes? Me encanta tu mirada, me gustan mucho tus ojos…Me gustas. -Tu también, y mucho – respondí, mientras me perdía en esos ojos de brillo extraño, que no sabían si dejarse absorber de mi mirada o clavarse en mis labios. -¿Y qué vamos a hacer con tu prometido? Y ella simplemente respondió: -¿Por qué? -Porque me encantaría besarte en este mismo momento – dije, teniendo en mi mente súbitas visiones de algo malo por venir, y antes de siquiera poder aclarar esa bruma de colores visionaria ella tan solo dijo: -No sé, nada.

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*** El Bohemio sin saberlo se enfrentó de nuevo al ciclo interminable de su existencia absenta. De nuevo habría de recorrer una a una la trinidad de naturalezas recónditas de su maldición. Y se sumió en un profundo sueño, un sueño de aromas a Luna, aromas a sudor, a sexo, a dolor insoportable e inestabilidad, dolor debido al miedo, al miedo de perderse el uno al otro, de perder la Luna, que quería tener para sí todas las noches, miedo de volver al bosque; mas sus actos con ella siempre fueron equívocos, todo lo contrario a lo que debieron ser. Siempre temiendo, inseguro y desconfiado, perdiéndose en la duda, la incesable duda que atormentaba sus noches y días sin ella, sin el calor de su cuerpo calcáreo, a la vez frío, exquisitamente sedoso, terso. Y un día al pensar que moriría sin ella, un día en que pensó que ella haría lo que fuera por él, que dejaría de vagar por la tierra, ese día en que ya él había llegado a la cima de la montaña, que creyó que tendría su amor, pasó lo peor… *** Bosque

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…el cántico de las aves, los grillos, y todo lo demás que habita en este bosque de nuevo me despierta cual insoportable barullo en el multitudinario centro de una sobrepoblada ciudad. Después de una prolongada ausencia estoy aquí otra vez, o, al menos eso creo, porque aunque no sé nada, siento que ya conocía este lugar, y que esto ya había pasado. Un viento gélido mece las ramas de los árboles con insensata e irreverente violencia; oigo uno a uno los aleteos de las polillas que vuelven a su refugio tras la noche del cataclismo ¡cómo danzaban anoche aquellas malditas! Aquellas que, junto a murciélagos y cuervos de ojos volcánicos se regocijaban de mi desgracia cuando caía; recuerdo esto cuadro por cuadro mientras que las gotas del rocío caen una por una hasta que todo se calla para dar paso al saludo del bosque a la madrugada. El musgo húmedo con rocío, al igual que cada hoja de cada rama, se muestra tan inocente, inmaculado ¡mentiras! No me engaña su falso encanto primaveral, cuando algo me dice que todo este bosque cava sus hondas raíces en la más negra mierda ¡hipócritas, estafadores! ¡Muéstrense ante mí! Nubes negras, o más bien gris oscuro, gris denso, gris de tiniebla, no eres ni bueno ni malo, tan solo eres gris, no sé qué pensar, desconfío. Respondiendo a mi súplica, o más bien, a mi afrenta, de nuevo ellos, o más bien ellas -si mal no recuerdo- se acercan flotando entre la niebla que mana del musgo, de las ramas, de las hojas, del pasadizo entre un árbol y un tronco hueco cubierto de moho, y ante mí, seguidas por una horda de mil cucarachas, crean un círculo y se postran sellándome, dejándome inmóvil tan solo para tener que verlas ¡cómo temía el regreso de este recuerdo, mis sombras de La Orden de las túnicas grises! De nuevo solo, de nuevo allí, en la mitad del círculo, rodeado por aquellos maléficos espantos; su hedor, que otrora fuese perfume, ahora es tan nocivo como el de la carroña roída por gusanos, tibio.

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Me invade de nuevo ese malestar, ese miedo, me siento mareado, ajeno, débil. Caigo rendido a sus pies vomitando a causa de sus terribles aromas, cada uno tan singular pero todos y cada uno de ellos inevitablemente mortífero, nauseabundo, ¡no quiero mirarles! no quiero mirarles los ojos, pero una fuerza me incita; levanto mi rostro pálido, para revelar ante mis ojos irritados las más bizarras imágenes de miedo, locura, dolor ¡tortura! Y veo en sus rostros algo familiar, se parecen a mí, -o eso creo- todos ellos espantajos inmundos, siendo tan distintos el uno del otro, y el que está en frente de mí tan distinto al que está detrás ¿son mujeres u hombres? Creo ver en cada uno de ellos una parte de mi fragmentada memoria, y a pesar de que entre la túnica a duras penas hay niebla, las veo a ellas, a todas y cada una de ellas, recuerdo –eso creo- los ojos marrones, los negros, los grises, matarme quisieran, pero prefieren atarme y dejarme mirando sus pútridos rostros reflejo de tristes pasados mimetizados entre sonrisas ¿les odio o les amo? Me engañan con profanos susurros, sus labios resecos y cuarteados se agitan, balbuceando entran en trance y se agitan, se agitan, ¡se agitan! Se agitan regurgitando y chorreando babaza, espesa babaza verdosa, moradas las mejillas, delirando entre incontenibles cánticos, estoy en medio de un ritual -o eso me parece que entiendo de los destellos de recuerdos que frenéticamente organizo, para intentar comprender qué me pasa y por qué estoy allí- y al parecer yo soy la víctima, yo soy la ofrenda, su sacrificio para no sé qué clase de sádico dios pagano. Silencio, todo se ha detenido, el frenesí ha sido deliberadamente –aunque lo dudopausado, y sus ojos, o lo que queda de ellos, esfuman cualquier semejanza a una pupila, blanqueándose. Ni ranas, ni aves, ni siquiera el caer de una hoja, silencio, silencio en el frío bosque hace unos momentos tan cálido, ¡hipócritas! Ya sabía yo que sus ramas cubiertas de musgo verde esmeralda no eran más que una

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máscara bajo la luz, por la luz del sol que se filtraba en las ramas creando ese plácido ambiente que nada duró, y que poco a poco con el aparecer de la nube, se fue mostrando como es en verdad, como lo veo ahora bajo el gris de ese cielo baldío, tan falso fue todo, tan irreal y fútil. Por pocos instantes olvidé todo y me sentí bien, ahora tengo en mi cabeza un mar agitado en el que flotan y se hunden trozos de cristales rotos, cristales con reflejos de recuerdos que no entiendo, que no veo por qué recordar ¿para qué? Pero ellos –o ellas, no lo sé- se mantienen inmóviles, sus túnicas no ondean, no hay viento, parece como si se hubiera congelado el tiempo y el espacio. Poco a poco, pero rápidamente empiezan de nuevo a gritar estos seres de sombra, mantienen un coro en crescendo cada uno con notas distintas, nada armoniosas,

por

disonantes,

desesperantes,

gritan,

pero

el

se

contrario, y

conservan

inmóviles, parecen pinturas con música de fondo; me siento observando un cuadro en una galería mientras que detrás se escucha

una

cacofonía

de

alaridos dementes, al parecer invocando mi muerte; y mientras que gritan más fuerte, y más fuerte, una corriente de aire caliente se adentra en el bosque y me empieza a sofocar en el medio del circulo de La Orden de las túnicas grises con sus hedores horribles, y que, gritando ya a un nivel insoportable se apartan para formar un arco, conmigo en el fondo esperando a no sé qué monstruo o alimaña maldita, para ser desmembrado mientras que me devoran y mi sangre se derrama sobre el suelo filtrada por el musgo a la tierra, o más bien, la mierda negruzca de la que se nutre cada árbol y planta del bosque. Mis oídos no podrían estar más cansados, no podría estar más perturbado y enfermo de lo que me encuentro en este momento, mi angustia se torna impaciencia, ya no me importa nada, igual sé que voy a morir o que algo malo va a

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pasarme, se que nada puede salir bien; no va a aparecer entre el bosque una hermosa doncella desnuda dispuesta a curarme o reconfortarme mientras que me practica sexo oral, solo quiero que todo termine ¡de una vez por todas! Lo anhelo con todas mis fuerzas, o más bien las pocas que me quedan, que termine todo esto quisiera, lo deseo mucho, no me alcanzan las ansias. Y de nuevo, como si mi súplica fuera escuchada, todo se vuelve a congelar en el tiempo y me siento en paz, pero no dura mucho, el malestar vuelve, y vuelve más fuerte, llega a la cumbre, mi cuerpo arde sofocándome, ahogándome, lloro lagrimas de dolor, de tristeza, de angustia, de desespero y rabia, lloro sangre, lloro por el culo mi mierda, me cago, vomito, me sangran las orejas, las fosas nasales, mi piel se llena de ulceraciones, pústulas amarillentas que crecen y estallan, abriendo camino a otra nueva que brota desde lo profundo de mis huesos efervescentes, burbujas de carne. Todos de nuevo cantando, algunos chillando, escucho rugidos entre mi cocción, el calor insoportable destroza mi estructura molecular llevándome casi hasta ser una plasta de plasma o de mierda viviente, y en parte consciente del insoportable dolor.

Un agujero negro se abre súbitamente frente a mí y absorbe algo, algo que no sé que es, y el dolor termina. Agobiado, pero imbatible no sé por qué, se aclara mi vista y me contemplo ante mí, no sé si hay un espejo, solo me veo a mí mismo mirándome, me veo contento, sereno, y no sé si sonrío o sonrió; pero ahora, solo una ligera sensación de que mi vientre se abre y mis vísceras brotan como tentáculos, es lo poco que puedo sentir en mi cuerpo insensible, mientras que impotente –y no sé si engañado por visiones, delirios- observo con terror cómo

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una anciana decrépita desnuda me mete –o mete a mi reflejo- en su purulenta cuca y se aleja derritiéndose encima de mí –o de él- creando una masa amorfa y grisácea que extiende un par de alas negras y se envuelve creando una túnica, dando origen así, a otro –u otra- más de La Orden de las túnicas grises, cerrando el arco, convirtiéndolo en un circulo de nuevo, encerrándome. La sombra me mira, y al ir conformándose del todo como un nuevo ser, como uno –o una- más, entre su rostro o lo que parece serlo, veo esos ojos que ahora se muestran sobre un cristal roto del mar de mis recuerdos, esos ojos que si mal no recuerdo, amé ¿antes de caer?- pero ahora, rodeado por las sombras de La Orden de las túnicas grises, veo los ojos como perlas de luna, y aunque nada recuerdo, siento dentro de mi corazón una ponzoña clavada que bombea lentamente el odio a mi torrente sanguíneo. Lleno de ira, rodeado por espectros, el odio va invadiendo lentamente todo, mi sangre se espesa y me río queriendo perder la razón, mas ni en la locura encuentro descanso; una lágrima se escurre por mi mejilla ¿Cuándo terminara todo? Espero que pronto, pues muero, por salir de este maldito bosque, muero por ser liberado del círculo. ***

Al salir del bosque, todo a su alrededor era una larga pradera, vasta ante él, eterna a momentos, caminó noche tras noche y día tras día, derretido como el experimento que habían hecho de él, el experimento gravitacional al que lo expuso la luna, ahora unida al sistema solar de sus espectros pasados, aquellas que lo hirieron tan vil e injustamente ¡gusanos! -¡Ey! Las cadenas del mas allá con sus pesas de acero negro como la brea de un espeso pantano, fueron momento a momento sus inquisidores zapatos…

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-¿Por qué tanta palabrería y heroísmo? ¿Acaso no es suficiente decir las cosas sin pelos en la lengua? Al grano, sin ser tan barroco o rococó, tan solo creo que el señor narrador con su poética dantesca, lo único que está logrando es confundir el hecho de que la historia aquí es del despecho de un tipejo, que ahora le dice al lector que lo único que tiene que hacer es escuchar atentamente cada detalle, cada contraste, cada momento de cualquier diálogo, conmigo, con usted, entre los dos leyendo esto, entre el narrador poético y yo, o entre los que sean. Recordemos, iba yo bajando el río con ella, y después por la veinticuatro y nunca me imagine que nadie me dijera algo así, ella se apartó como para darse importancia, para darse un espacio teatral para lo que tenía en mente, para esa revelación; y sin titubear dijo: -¿Sabes? Me encanta tu mirada, me gustan mucho tus ojos…Me gustas. -Tú también, y mucho – respondí, mientras me perdía en esos ojos de brillo extraño, que no sabían si dejarse absorber de mi mirada o clavarse en mis labios. -¿Y qué vamos a hacer con tu prometido? Y ella simplemente respondió: -¿Por qué? -Porque me encantaría besarte en este mismo momento – dije, teniendo en mi mente súbitas visiones de algo malo por venir, una decepción, un juego perdido, ella nunca dejaría a nadie por mí, nunca dejaría de girar en torno a la tierra. Antes de siquiera poder aclarar la bruma de colores visionaria en mi mente, ella tan solo dijo: -No sé, nada. Y nunca hizo nada por mí, que ahora de nuevo me sumo en la Bohemia de noches y días nublados con aromas nostálgicos, y en soledad recorro los mismos pasos, por las mismas calles hacia un mismo parque, un mismo lugar, lejos siempre de la

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veintitanto, del río de piedras y de la madrugada con las ratas, nunca más mi amada, nunca más…

Ilustraciones por: David León y Stiven Velandia

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Mucho gusto: Nadie Por Sindy Rodríguez Si supiera cómo ocurrió lo contaría con precisión, pero como los detalles me huyen recurro a los vagos recuerdos que me bailan en la cabeza, que van y vienen porque sí. No sé si era de mañana, si llovía o hacía uno de esos climas neutros que no dejan plasmar facciones en el rostro, o si había arena en las caras de la gente.

Recuerdo que me escondí tras la reja caminando despacito para que no me detectara entre sus fugaces miradas, a ver si me buscaba con ansias o era solo mi ilusión. Con pasitos tímidos salí y vi que subió su ceja lentamente, con cuidado de que no se notara su meticuloso movimiento, pero falló, porque con esta vista mía detectora de delicias puedo verle hasta el más mínimo detalle sin que se dé cuenta. Podía hacer muchas cosas, podía mentirle si quería, podía darle un beso y rasgarle el alma con dulzura, podía guiñar el ojo, dar la espalda y regresar cuando me diera la gana o no volver jamás. Pero a mí no me gusta dejar las presas a medias, una vez lo tenga cerquita no lo dejo ir, lo único indefinido entre nosotros es el tiempo que voy a tardarme en quererlo.

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Mientras todo esto daba vueltas en mi cabeza, me acerqué con la esperanza de que me lanzara una de esas…esas sonrisas, así como la que me acaba de arrojar sin compasión. Le di la mano y se levantó con el impulso de mis ganas de abrazarlo, olía diferente pero no peor que en otras ocasiones, aun así me sacaba suspiros ese aroma a nada. Quisiera decir que me enamora de a poquitos, pero es un riesgo que todavía no necesito correr, meterle afán al sentimiento es como querer regenerar a una prostituta solo con llevarla a la parroquia. Se me bajaron las humedades, corrieron apenas vieron esa boca confundida con el rocío matutino, temblando de frío y de alegría a la vez, dejando mis manos llenas de puerquísimo sudor. Yo no sé qué tendrá ese sujeto en la cabeza ni por qué hace lo que hace, pero sus porquerías me reviven los trozos de alma muerta. Esperamos un rato y partimos. Caminando a su lado iba guardando fotografías en secuencia sin que se diera cuenta para no esforzarme luego si quería recordarlo, y me decía “La carne de ese caballo me la comeré en un sándwich la otra semana”; que puerco, pensé.

De vez en cuando me agarraba fuerte de los hombros como si quisiera meterme entre sus costillas y llevarme a todo lado, imposible pero bien interesante. Eructaba hasta pensamientos, me agarraba la mano de manera peculiar y se quejaba constantemente de que tenía mocos, mocos por doquier, y a mí que me gustan tanto esos detalles de fina coquetería, por dentro el estómago me daba vueltas sin que se diera cuenta. Daba pasos largos, alzaba la cola y caminaba haciendo caras. Vaya manera de disimular.

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A pesar de su falta de estatura su ego bailaba en las nubes, con solo pasar por su lado se respiraba un aire de culpa, muy sucio, pero muy confortable y que dejaba ganas de volver a pasar y pasar otra vez y otra vez más. La última vez que lo vi llevaba un pantalón negro y degenerado como sus palabras, una camiseta blanca que dejaba malpensar su pecho, y unos zapatos peculiares… horribles más bien, pero su rostro me hacía olvidar la vergüenza ajena que me daba caminar junto a estos. Mientras conversábamos entre antigüedades y vagabundos malolientes, logré notar que subió su ceja izquierda unas cinco veces por lo menos, siempre lo hacía pero en realidad me es difícil descifrar por qué, diría en mi vago conocimiento que lo hacía para seducirme. Sí, muy ilusa pero muy concentrada en sus labios pronunciando vulgaridades y exigiendo a cada rato con ansiedad, “Míreme, hábleme, ¡no! cállese”, o de vez en cuando sacaba del bolsillo un poco de dinero y se compraba un par de galguerías para eructar los desechos después de comerlas mientras repetía una y otra vez: “Los animales son para comer, nacieron para morir, no coma cuento, coma carne”. Y esas pendejadas me mantenían con los ojos puestos en su sucio cabello, su caleidoscópica mirada y sus malas intenciones. *** “Oiga abra bien los ojos que son las tres de la tarde, qué piensa, en quién piensa más bien. Apure que llegan los tombos y nos sacan a patadas, y yo sé que no quiere que la dejen morada como la otra vez ¿o sí? ¿Le gustó? Ja, no me crea tan… tan…se me olvidan las palabras, este vicio me tiene jodido. Ay no, perdóname bonita, si te hablo así es porque se me olvida que te quiero.” Yo tenía los ojos abiertos y escuché perfectamente lo que me dijo, pero para qué, para qué me iba a levantar si no me acordaba de nada, sabía que me hablaba Narinas pero y qué ¿de qué me servía eso? Me levanté con la esperanza débil

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como mis piernas y le pregunté a mi Narinas si sabía qué le había pasado a ese hombre que me hizo la vida pedacitos. “Ay Agustina corazón de alambre, ¿qué le pasó a tu cabecita? Mira, ese día estaba en casa cuando me llamaste, era domingo, me dijiste que tenías ganas de ir a comprar basura en el centro, así que me puse un pantalón, tomé la billetera y salí a tu encuentro. Cuando te vi venir hacia mí parecías un ángel, o tal vez yo estaba muy drogado, pero sí que tenía ganas de abrazarte. Me miraste de arriba hasta abajo con desdén y de un empujón me metiste al mercado de las pulgas, no el de Las Aguas, el de la séptima. ¿No te acuerdas? ¿Más o menos? Bueno, te sigo contando. Vimos un solitario que te dejó loca, lo mirabas y lo mirabas como cuando te perdías en las manos cochinas de ese desgraciado, ese que te dejó tirada no sé cuánto tiempo. Llevabas tu cabello suelto como esperando una mano que lo trenzara, dabas tres pasos hacia adelante y dos hacia atrás porque con lo despistada que eres siempre se te olvidaba mirar alguna cosa, y bueno, ese domingo fuiste tú y ya. Cuando te cansaste, me cantaste una canción y me dijiste que nos fuéramos a la Plaza de Bolívar a pisar palomas, y como mandaste obedecí: Salimos. Una vez afuera caminábamos silbando “Que nadie sepa mi sufrir” de Julio Jaramillo y como si hubieses visto al diablo, te quedaste petrificada, con los ojotes bien abiertos y mordiéndote el labio inferior…como… no lo sé Agustina mía, no lo sé. Seguí tu mirada y ahí estaba él. El desgraciado. Parado en frente de ti sonriendo como si

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tuviera el derecho de hacerlo, se quitó el sombrero y te habló –no pude escuchar lo que decía pero sé que de sus labios brotaban palabras mentirosas- y tú solo te quedaste ahí, apretando tu labio con los dientes, y al soltarlo, le dijiste: NO. Bien vocalizado, NO. Se puso el sombrero y frunció el ceño, en seguida se dio la vuelta y noté en su rostro una ira bastante anormal, como si quisiera asesinar a cualquiera que le volviese a decir NO.” Cerré los ojos mientras encendía otro cigarrillo y recordé verlo caminar en dirección opuesta, casi corriendo, como huyendo de mis labios. Vi a mi Narinas allí parado, y supe que él era mi salvación, que nadie más estaría dispuesto a dar cielo y tierra por ver mi horrible sonrisa expuesta. Caminamos hasta la plaza, pisamos algunas palomas y el shock se me pasó, sentí que había dado a luz a un monstruo que ahora era problema de la sociedad, como si hubiese vomitado todas y cada una de las partículas de saliva de ese sujeto. Y me morí. Ahí morí. Y Nari…Narinas ya estaba muerto hace rato, desde su primera línea de heroína. *** Esta mañana me desperté más confundida de lo normal. A duras penas recordaba cómo era mi rostro, ni siquiera reconocía la textura de mis propios labios, y como siempre llegó Nari a salvarme la muerte, porque vida ya no había. “Yo no sé si quieras que te cuente, después de todo por eso es que tú eres mi Agustina y yo tu Narinas…y no me digas que eso es bueno porque no lo es, aunque yo te quiero como un zorrero quiere a sus perros; debes estar muy mal, con esos ojos todos borrachos, si te cuento ni te enteras, entonces te arrullo con la historia hasta que te duermas. Resulta angelito mío que un domingo once de septiembre estábamos viendo “Tesis” en mi habitación, cuando llegó la parte más morbosa te llamó alguien, como siempre yo no pude escuchar nada, pero apenas colgaste, sacaste de tu mochila un cigarrillo, me pediste candela y mientras te intoxicabas se te escapó un río de dolor por los ojos. No me quisiste decir nada ese día, me diste un beso en la frente y te fuiste.

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Pasaron tres días y no sabía nada de tus bracitos langarutos, ni de tu risa sarcástica, ni de tu mirada fatídica, nada de nada, en tu casa nunca estabas y el celular al parecer lo tiraste a un caño porque no lo contestaste ninguna de las cien veces que llamé; a los tres días te encontré borracha sentada en el andén en frente de mi casa, llorando como magdalena pero muy calladita, te agarré la cara fuerte y dejando salir un montón de humo me dijiste: -Ahora también está muerto. -Ese bicho ya estaba hasta podrido Agustina, eso ya lo sé. –No, no. Me dijiste. –El entierro es mañana.”

Esta vida no tiene orden, esta vida no es vida si uno no sabe lo que es vivir. Yo lo supe y con tres tragos se me olvidó. Entonces abrí los ojos y ahí estaba mi Nari, mi Narinas de labios delgados, flaquito él, como me gustan. Mientras lo miraba recordaba escenas difusas, como de mentiras, como de verdad: me puse un pantalón, una camisa y un par de tenis, todo de color negro, y esperé a que todo se terminara, no fui a su velorio, mucho menos a su entierro, solo esperé, y cuando ya no había nadie, me acosté en el pasto helado a decirle que se me había cagado la existencia. Lloré unas horas, destapé un paquete de Flips y me fui comiendo camino a casa. Al llegar vi a Narinas en la sala, mamá lo había dejado pasar. Me preguntó si estaba bien, y con una sonrisa le ofrecí de mi paquete, subimos a mi habitación y terminamos de ver “Tesis”, esta vez con un poco de humo para disfrutarla más.

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*** Regresé al caño, dejé de recordar de nuevo, otra vez no tenía pasado, solo a mi Nari porque ni siquiera tenía vicio. Lo abracé con fuerza y comenzó a hablarme: “¿Tampoco te acuerdas de ese día? Yo no sabía si reírme o manosearte ¡Que alegría! Esperé toda mi vida para que algo como eso sucediera, y con una mujer como tú Agustina, dime ¿qué más querría yo? ¿Qué más puedo pedirle a la vida? -¡PUES CLARO! Te dije con la poca luz que brillaba en mis ojos -¡Pero qué es lo que tanto esperas! Coge un par de trapitos, el chingue y un par de tenis y nos largamos de una vez y por todas, nos vamos Agustina mía, juntos por el camino sempiterno.” Ah claro, cómo es que no me acordaba de eso, se me escurren las lágrimas, que dolor tan cochino. Hasta le dejé una carta a mi mamá, le dije a Nari que hiciera lo mismo pero a él le importaba más una cisterna que su madre, y bueno, quién le dice algo a él. ¡Y nos fuimos! Y seguimos idos, por el camino sempiterno mi Nari, por el camino en el que se entrelazan la verdad y la mentira, el cielo y el infierno, la conciencia y el alter ego, pero no me sueltes la mano para no perderme. Entre el humo, el opio, la heroína, las agujas usadas y las necesidades sexuales insatisfechas se nos pasó el tiempo, juntos, como perros callejeros, como ratas de alcantarilla, como zombies recién salidos del cementerio. Que frío, deben ser las tres de la mañana si no es que más, a esta hora siempre se alborotan los gatos pero yo no siento nada, ya no siento las piernas, ya no siento las manos, ya no siento la cabeza, ya no siento los pulmones, ya no siento el corazón Nari, Nari, ayúdame, no siento nada. ***

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“Voy el sábado Agustina bonita, ponte pinta.” ¿Ah? ¿Nari? Y desde cuándo yo contesto llamadas de una cabina telefónica…es más, desde cuándo me dejan entrar a un local sin llamar a la policía. Carajo, me estoy volviendo loca. Y qué, esto qué es ¿en dónde puse mis tenis cochinos? ¿De dónde saqué esta ropa? Ve, hasta me estoy volviendo ladrona, vida cabrona, en qué me iré a convertir ahora ¿necrófila? ¿Si cierro los ojos se me pasa? Cinco, cuatro, tres, dos, llegando al uno abro los ojos y busco a Nari para que me preste su aguja…uno… ¿Narinas? … Overoles anaranjados, enfermeras…y yo en dónde me metí ahora. Si cierro los ojos fuerte y los vuelvo a abrir todo pasará, volveré a ser nadie, y a la cuenta de infinito los abro, no, más bien los abro cuando escuche la voz de Narinas. ¡Háblame Nari! ¡Quiero despertar! Pero me da miedo, me tiembla la esperanza. Sé que estás ahí y a la cuenta de tres te veré, a la una… ¡dos, tres por Narinas que está en mi corazón! ¿Ah? “Agustina bonita ¿de qué hablas? ¿Qué crees que haces? Sácate los dedos de la nariz no seas puerca…imagino que pasó lo de siempre y quieres que te cuente, pues bien, te cuento: Como me dijiste que no sentías tu corazón y cerraste los ojos mientras sonreías supe que debía hacer algo, te agarré fuerte y te llevé a cuestas por la décima hacia el norte pidiendo ayuda como loco que soy, caminé mucho Agustina, unas treinta cuadras si no es que fueron más, hasta que una mujer me dijo que debía llevarte a un centro de rehabilitación. Como yo no sé nada de eso le dije: -Por favor no deje que se muera. Te llevó a un hospital enorme, no me acuerdo del nombre, pero yo iba todo el tiempo detrás de ella mientras le contaba lo que había pasado. Estuviste unos meses allí, vestida de blanco y con los ojitos cerrados unos días, y cuando despertaste Agustina, tú no te imaginas cómo daba vuelcos mi vida entera, abriste los ojos y me devolviste la armonía que las drogas nunca pudieron brindarme, con tus manitas pálidas y débiles me agarraste la barbilla y sonreíste. Te amé Agustina, por dos segundos te amé.

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Luego te trajeron aquí, al Centro de Salud Mental Sagrado Corazón, han pasado ocho meses ya Agustina, y yo te he contado esta historia con los mismos detalles más de veinte veces. Pero no me canso, porque yo soy bueno para…” Su voz se fue esfumando, como tiza esparcida en el pizarrón después de la última clase del día, como mierda limpiada de un zapato. “–Narinas, préstame tu hebilla. –Le dije. -¿Para qué bonita? –Tú solo préstamela. –Es que se me alborota el mechero. –Que me la prestes te digo.” Y sin pensarlo me rajo una vena a ver qué, si pasa algo no lo recordaré de todos modos, y aquí estará Narinas para recordarme que soy un sin sentido andante.

Ilustraciones por: David León y Stiven Velandia

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El engaño

Por Nicolás Camilo Guzmán Bustos

Nicolás Guzmán narra en este breve relato una de las trampas que la mente nos puede poner cuando hay amor de por medio y cuando una “ciudad contemporánea”, como lo es Bogotá, contamina hasta nuestros más profundos deseos. Drama – Tragedia. Muerte, amor, mente.

La navaja reposaba en el suelo mientras el pasto intentaba camuflarla, su cuchilla plateada y brillante se había teñido de un rojo espeso. Cristian miraba desde arriba con desdén y algo aturdido el cuerpo que yacía sin vida en el suelo. No podía creerlo, no podía creer que se había vuelto un asesino. La sangre salía por los 6 agujeros que habían dejado las puñaladas, se filtraba por la chaqueta de cuero y la camisa blanca y se deslizaba poco a poco hasta llegar al suelo. Estaba temblando por los nervios. Necesitaba calmarse, tenía que despejar su mente. Necesitaba pensar bien qué iba a hacer con el cuerpo, tenía que ocultarlo. Habían pasado 10 minutos y mientras encendía un cigarro, con la esperanza de que este lo relajara, seguía contemplando el cadáver que estaba postrado a sus pies. Como si fuera a encontrar la respuesta a su dilema en el humo que brotaba del tabaco. Podía quedarse pensando toda la noche, estaba seguro de que nadie lo iba a ver. Eran contadas las veces que alguien pasaba a esa hora por ese potrero del occidente de Bogotá. Pero igual tenía que apresurarse, no podía darse el lujo de correr el mínimo riesgo.

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Mientras fumaba seguía mirando el cuerpo. Temblaba más de lo normal, sus labios empezaban a tornarse morados y su piel estaba más blanca que de costumbre, parecía que estuviera sufriendo de hipotermia; el cigarrillo que dormía en sus labios se había caído a medio fumar y detrás de él se desplomo también Cristian, era casi un desmayo. Había caído sentado, lloraba de rabia y le decía al muerto – Todo esto es su culpa, por “huevón” es que le pasó esto. ¿Quién putas lo manda a meterse con mi novia ah? – irónico, culpaba al muerto de su propia muerte, como si fuera un suicida. Ya no miraba al difunto, no se atrevía a hacerlo, ahora miraba sus manos, esas grandes pero hermosas manos con las que había pecado. Estaba perdido en sus manos, en esos pliegues que al estirarlos se volvían unas líneas, en los cartílagos de sus dedos que ahora eran los de un homicida. Parecía estar analizándolas milímetro por milímetro, intentando encontrar en ellas la solución. Sus manos no parecían las de un hombre, siempre había procurado llevarlas bien arregladas, pensaba que las manos eran una de las primeras cosas en las que la gente se fijaba, por algo, siempre que alguien se presenta a otra persona, lo hace estrechando su mano y por eso cada 15 días pagaba una manicura y procuraba mantenerlas bien limpias. Pero ahora, por más de que intentara limpiarlas, no podría hacerlo. No tenían ni una mancha de sangre, pero estaban manchadas por la muerte, ahora cargaban el peso de una vida que se había perdido bajo su peso. Nunca se imaginó que sería capaz de algo así, era un joven muy sano, una persona calmada y pasiva, pero su amor era tan grande que lo había llevado a matar. Igual nadie se convierte en asesino hasta que mata al alguien. ¿Qué pensaría Laura si viera esa escena? ¿Qué reacción tendría si supiera que era un asesino? ¿Lo perdonaría si supiera que lo había matado por su amor?

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Ese impulso que lo llevo a salir de la fiesta y perseguirlo era el culpable, por unos segundos no había sido él, por unos segundos se había transformado en otra persona, se había vuelto un criminal. Al mirar su reloj se dio cuenta de que las manecillas marcaban la 1:30 a.m., se había quedado mirando sus manos más de 2 horas. Pero ya no tenía miedo, estaba convencido de que había hecho lo correcto. Se levantó del suelo, se sacudió el pasto y encendió otro cigarro, aunque ya no lo utilizaba para calmarse, ahora era más por una tonta costumbre. Se acercó al cuerpo y lo miro con un odio profundo, pero vio que había algo raro en él, no era el mismo cuerpo que había apuñalado hacia unas horas, es más, ni si quiera era el cuerpo de un hombre. Saltó por encima del interfecto y cuando pudo ver la cara del cadáver se dio cuenta de que era ella, de que era Laura. Quedo petrificado, de repente volvía a él la palidez, sus manos volvían a temblar y de nuevo sus ojos derramaron lágrimas, pero esta vez eran de tristeza. ¿Qué había hecho? Se derrumbó por segunda vez ante el cuerpo, pero esta vez se concentró en sus ojos, esos ojos que lo enamoraron desde el primer momento en que los vio, pero ya no eran los mismos de antes, les faltaba algo, les faltaba brillo, les faltaba alegría… les faltaba vida. Grito desesperado, su mente lo había traicionado y no podía creerlo. ¿Cómo había podido confundirla? Tal vez su subconsciente sabía que la solución no era matarlo, ni mucho menos matarse, la solución era matarla… pero ¿cómo podía matarla si era la mujer que amaba? Su subconsciente lo entendía, pero su conciencia lo mortificaba, no había forma de hacerle entender que eso era lo mejor. Le dio la vuelta al cuerpo, y la vio tan frágil como siempre. Pudo ver un pequeño arroyo de sangre que nacía de la boca de su amada, y que poco a poco recorría

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pequeños tramos de su rostro hasta llegar al cuello, y que al descender un poco más, se perdía entre sus senos. La tristeza lo llenó a tal punto que sus lágrimas se desbordaron como un río descontrolado. Pego la cabeza de ella contra su pecho y siguió llorando. Se balanceaba de adelante hacia atrás, estaba traumatizado. El único momento de su vida en el que no se había controlado fue aquel que lo llevo a cometer el peor error de toda su existencia. Cerro los ojos por un momento y cuando los abrió algo lo encandelilló, era la navaja, que a lo lejos lo seducía, reflejando la luz de la luna en su hoja manchada. Tuvo que estirarse nada más un poco para alcanzarla, pero procuro hacerlo lo más despacio posible para no mover ni un centímetro el cuerpo que ahora estaba en sus piernas. Tomo con firmeza la cuchilla y con la precisión de un cirujano, se hizo una incisión bastante profunda en su mano izquierda en sentido horizontal, tan profundo que alcanzo a cortar los tendones, su mano se había vuelto torpe, pero aún tenía la suficiente motricidad como para coger la navaja y hacer otra sajadura en su brazo derecho de la misma forma. Mientras se desangraba, contemplaba fijamente el rostro de su amada y en su cara se dibujó una sonrisa, por primera vez en toda la noche la paz y la tranquilidad lo invadían, sabía que en la otra vida a su lado estaría.

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Donde el corazón te lleve

Por María Camila Conde

Caminó con la mirada perdida, con su espalda erguida y sin mostrar un gesto de amabilidad hacia aquel escenario cubierto por gritos ensordecedores aclamando su voz. Ella escuchaba en la lejanía la vociferación de la gente; se dispuso frente al micrófono con una postura rígida, iluminada por unas candentes luces de cuatro reflectores ubicados en el techo del auditorio que rastrearon su cuerpo de contextura gruesa, resaltando las bonitas curvaturas de su cintura hasta llegar a su rostro de facciones muy finas. Un rostro bastante armónico. Su piel era suave y de tez blanca; sus cejas eran pobladas de color negro intenso y profundo que hacían algo enigmática su mirada; sus ojos eran de color café; su cabello era largo con una textura muy fina que podía enredarse con facilidad; su boca era pequeña, de labios pálidos pero con un poder extraordinario. Era increíble saber que desde esa pequeña cavidad saldría una voz tan clara, tan potente, tan angelical, tan reconfortante e inspiradora para aquel que la escuchara. Su talento era tan sincero y estremecedor que parecía ser una deidad musical.

Se llamaba Lucia, una joven amante del rock, el jazz, el blues, acostumbrada a salir y disfrutar los días soleados con una buena compañía; habitante y amante del centro de Bogotá. Solía caminar

por las calles

contoneando las caderas y

tarareando una buena melodía, no dudaba en mostrar un agradable gesto y una delicada sonrisa en su trayecto sin ninguna preocupación. Un trayecto donde la gente andaba con afán por cada andén de aquellas calles empedradas, construidas en medio de una hermosa arquitectura colonial, y donde la única melodía agradable en el ambiente, era el ruido de los pitos de los carros.

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Desde pequeña, cada domingo de fin de mes Lucia acostumbraba ir a la Plaza de Bolívar acompañada de su familia; al crecer un poco más continuó con la tradición. Siempre usaba ropa cómoda, de colores vivos y de una forma muy des complicada, sin importar lo extravagante que fuera; cargaba una pequeña mochila con una libreta para poder plasmar sus pensamientos y convertirlos en canciones. Le gustaba sentarse a un costado del monumento que se encontraba en frente de la Catedral Primada a ver el revoloteo de las palomas grisáceas por entre los niños que las alimentaban y las correteaban en la mitad de la plaza; mientras tanto, alrededor se oían los vendedores ambulantes vociferando sus productos, sus voces se mezclaban con el sonido de las campanas de los carritos de helados que llamaban la atención de los niños que se encontraban en aquel lugar. Se veían algunos ancianos paseando con dificultad, disfrutando de las fuertes y refrescantes brisas que regalaban las mañanas bogotanas. La plaza era la zona de paso de muchos ejecutivos que la atravesaban sin percatarse de lo hermoso que era el paisaje, lo azul y claro que se encontraba el cielo; no veían el maravilloso contraste que hacían las grandes montañas sobre las pequeñas y antiguas casas de colores pálidos y los grandes edificios empresariales que se veían alrededor. Estas personas se perdían de las simplicidades de la vida avanzando como entes esclavizados por la tecnología, por el afán del consumo y la falta de tiempo. Lucia disfrutaba estar rodeada de gente, de sonidos, de alegrías, de diversión, de risas y de amor, amaba su libertad y temía a la soledad. Desde pequeña, Lucia mostró un increíble talento musical. Empezó a cantar a sus seis años soñando con grandes escenarios, le encantaba que sus padres fueran su público más importante simulando espectáculos en la sala de su casa. Al crecer un poco más decidió seguir desarrollando su talento como intérprete, lo que la

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llevó a pisar grandes tarimas, tanto así que llegó a ser uno de los talentos más admirados del país colombiano. Lucia continuaba sentada observando todas las acciones que acontecían en aquella plaza, estaba tan concentrada e inmóvil que había adquirido una postura rígida, casi inerte, como aquel gran monumento que se veía detrás de ella; simplemente admiraba el hermoso paisaje que se había acostumbrado a ver domingo tras domingo, el mismo que dejaría de admirar por unos largos meses.

Esa misma noche empezaría una larga y maravillosa aventura para aquella joven. Recorrería todo un país, rincón a rincón con el fin de llevar su talento a un montón de corazones que anhelaban su llegada. Con un poco de nervios y sus manos un poco húmedas, abrió la puerta del carro que la esperaba para conducirla a su primer destino, se montó con un poco de inseguridad pero mostrando una sonrisa de oreja a oreja. Sintió tanta emoción, que de repente salió una pequeña gota de agua cristalina de uno de sus ojos. Se dispuso a salir de su ciudad natal rumbo al inmenso Llano colombiano: ese embrujo verde donde el azul del cielo se confunde con su suelo en la inmensa lejanía, donde las estrellas velan en silencio todas sus noches y donde el joropo es la música de moda. La carretera se veía un poco oscura, el tráfico estaba ligero, pero se desplazaban bastantes camiones grandes. Lucia temerosa, pidió al conductor que fuera más despacio ya que los carros que venían en la otra dirección se transportaban con las luces plenas causando la perdida de visibilidad de su carro. De repente, todo quedó oscuro y tranquilo, lo que ayudó a Lucia a conciliar un poco el sueño; un sueño que en unos momentos se tornó en pesadilla. Se soñó corriendo por entre la selva húmeda escuchando fuertes pasos que la seguían, las ramas de los árboles y las hojas que se encontraban en el suelo lleno de tierra, crujían con fuerza tras la persecución. Ella veía una pequeña sombra que le mostraba el camino acercándose a una luz muy fuerte y clara; en ese instante escuchó un fuerte estruendo que la hizo despertar y ver una camioneta que se atravesaba en

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su camino obstaculizándoles la vía, quien conducía pitaba con gran impaciencia y lo único que pudo lograr fue desviar el vehículo llevándolo a estrellarse contra un gran matorral. Lucia abrió sus ojos y se halló tendida en el suelo húmedo en una pequeña camilla hecha por ramas; oía los trinos de las aves mañaneras combinándose con el olor del eucalipto fresco y la tierra húmeda; las ramas de los árboles verde intenso goteaban cayéndole agua en su rostro; oyó varias voces murmurando a una gran distancia y desubicada trato de levantarse dándose cuenta de que estaba herida. En la lejanía escuchó una diminuta voz que le dijo – No te esfuerces, te hará más daño-. Lucia, al voltear su rostro en dirección a donde provenía la voz, vio a un pequeño

con la cara sucia y de un color trigueño, tenía una

mirada dulce e inocente, se encontraba mojado por la lluvia y su ropa de color verde oliva con unos cuantos parches de color café, estaba un poco desgastada. En su pequeña y maltratada mano derecha cargaba un fusil desgatado y ya bastante oxidado. Ramón, ese era su nombre, un niño serio, silencioso y audaz, tenía una agilidad para esquivar los peligros de la selva y andaba solo al no agradarle compartir con ningún otro niño guerrillero. Pasaron dos largos años en los que Lucia no volvió a tener la misma sonrisa, sus pasos

rodeados de cadenas hicieron

desaparecer su contoneo de cadera. En los buenos días de su cautiverio solía cantar lindas melodías, Ramón, quien ahora era su más importante público disfrutaba de su compañía, se le veía sonreír con más frecuencia. La voz de Lucia le daba otra esperanza más de vida. - ¿Sabes cuál es mi sueño más grande?, salir de esta fría selva marcada por la soledad, la misma que cada día al ocultarse los pocos rayos de sol que caen en estas húmedas tierras, oculta mis sueños mientras me dispongo a estar alerta ante cualquier peligro de muerte. Quisiera escapar de este lugar, de esas pesadillas que noche tras noche me atrapan. Quiero una educación, una vida feliz, no quiero acostumbrarme a vivir en medio de la matanza - dijo Ramón a Lucia.

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- Una vez mi padre me enseño que siempre hay que ir donde el corazón te lleve, no me arrepiento de estar aquí, yo decidí mi destino y lo que más me alegra de este momento, es saber que vale la pena vivir por personas como tú, quiero prometerte que si algún día llegamos a salir de esta selva te voy a ayudar a tener una vida mejor -Dijo Lucia. La noche era oscura y fría, solo se oía el movimiento de las ramas de los árboles provocado por la fuerte brisa de aquella noche. Se escucharon los ladridos de los perros que aumentaban cada vez más; en ese momento, Ramón escuchó fuertes golpes que venían de afuera de la puerta de su casa; varios hombres entraron a la fuerza tirando todo al piso, escuchándose gritos y disparos, el pequeño Ramón saltó de su cama y se escondió debajo de ella. Dos hombres entraron a su cuarto pateando la puerta y lo sacaron con fuerza. Ramón abrió los ojos y despertó muy agitado,

su

corazón

latía

con

desesperación y su frente estaba llena de sudor; esperó a que amaneciera y salió de su carpa antes de que los comandantes despertaran. Ramón salió en busca de Lucia que se encontraba en un pequeño cuarto hecho de madera y fuertes latas que en días de lluvia no ayudaba a resguardarse. Ella se hallaba en un rincón del cuarto un poco mojada y sucia, tiritando de frio. -Lo he decidido, quiero irme de acá, mi corazón me lo dice, mi única esperanza eres tú. Dijo Ramón. Tomando una gran roca rompió las cadenas que abrazaban los pies de Lucia y la ayudó a ponerse en pie saliendo con mucha cautela del pequeño cuarto. Procurando no hacer mucho ruido por el chasquido de las hojas secas que se encontraban en el suelo, caminaron con mucho temor hacia un río que quedaba a unos pocos metros, después de cruzarlo podrían avanzar con más rapidez. Ramón cargaba su fusil y lo sostenía con sus dos manos un poco sudorosas por el temor de ser descubiertos. Lucia, caminaba segura detrás de Ramón con

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mucha esperanza. Por un momento sintieron que no estaban solos, Ramón escuchó unos fuertes pasos y decidieron aumentar el ritmo. Ramón muy ágil guiaba el camino de Lucia que en ese momento recordaba aquel sueño que había tenido hacía un tiempo atrás, aquella pequeña sombra que la conducía tras una persecución. Ramón decidió que Lucía fuera adelante, una voz fuerte y ronca les gritó que se detuvieran, pero ellos haciendo caso omiso siguieron su camino. Ramón animaba a Lucia a seguir, él estaba decidido a ver la libertad. Lucia corría sin la intención de volver la mirada atrás, solo escuchaba su rápida respiración y tropezaba con grandes piedras que se atravesaban en el camino; en un instante, escuchó un fuerte estruendo que la hizo tirarse al suelo, al voltear la mirada vio caer al pequeño Ramón cerrando sus ojos y apagándose su mirada. Lucia decidió pararse y correr unos metros más cayendo al piso agotada, cerrando sus ojos.

Ilustraciones por: David León y Stiven Velandia Caminó con la mirada perdida, con su espalda erguida y sin mostrar un gesto de amabilidad hacia aquel escenario cubierto por gritos ensordecedores aclamando su voz. Ella escuchaba en la lejanía la vociferación de la gente; se dispuso frente al micrófono con una postura rígida, iluminada por unas candentes luces de cuatro reflectores ubicados en el techo del auditorio que rastrearon su cuerpo de contextura gruesa, resaltando las bonitas curvaturas de su cintura hasta llegar a su rostro de facciones muy finas. Un rostro bastante armónico. Su piel era suave y de tez blanca; sus cejas eran pobladas de color negro intenso y profundo que hacían algo enigmática su mirada, una mirada triste y vacía que no había podido olvidar aquellos ojos que se apagaban en aquella oscura selva.

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Triángulo

Por Mario Gómez Prieto

Mariana es alta, delgada, tiene cuerpo atlético. Sus ojos azules contrastan perfecto con su pelo rubio, liso y muy largo que cae sobre sus finos hombros. Tiene nariz respingada y pequeña, que deja al descubierto sus labios carnosos de sabor a fresa fresca. Su movimiento coordinado de caderas muestra con firmeza sus grandes y duras nalgas, y deja volando en el aire ese carácter fuerte, que también demuestra cuando abre su dulce boca de dientes muy blancos y labios sabor fresa y me dice – hola-, pasa y yo me quedo con la nariz congelada por el olor a cielo de su perfume.

La veo pasar todos los días por esa puerta, luciendo igual de radiante y hermosa. El gimnasio “BigMuscles” se convierte en su aposento en el mismo instante en que empieza a trotar en la tercera máquina junto a la puerta del spa. Yo por mi parte me siento inmóvil ante tanta hermosura y hasta el olor a sudor mezclado con la música electrónica que antes de su llegada me parecían insoportables, se complementan perfectamente con el trote calmado que realiza. A veces me ilusiono pensando que su única intención de ir al gimnasio, aparte de embellecer más su cuerpo, es la de verme ahí parado, perplejo y enloquecido con su presencia, desnudándola con la mirada mientras la veo pasar frente a mí. “BigMuscles” que antes de la llegada de Mariana lucía tan grande y lleno de vida, con Ella adentro se había reducido a una máquina trotadora. Ni siquiera los golpes en las tablas del segundo piso debido a los aeróbicos, me distraían al verla ahí trotando ahora un poco más rápido.

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Todo este sueño de primavera que estoy viviendo, se desvanece de repente cuando Jorge hace su aparición en el gimnasio; podrá ser muy grande y fuerte, pero es un imbécil; lo primero que hace es sonreírle a Mariana, y luego me aprieta la mano tan fuerte que quisiera quitármela, pero yo soy muy paciente porque estoy seguro de que el pobre no tiene oportunidad con ella, está más que comprobado que mariana solo tiene ojos para mí. Cuando le declare mi amor, renuncio y me voy con mi amor muy lejos. ***

A veces pienso que ver a Jorge con sus grandes músculos, sus ojos negros profundos, sus labios tan rojos como una gota de sangre y su pelo rubio medio largo, se ha vuelto mi única motivación para venir a este gimnasio. Ya nada de lo que hago en la cotidianidad me alegra tanto como verlo entrar todos los días a las 8:30 am, siempre tan puntual, ya tengo calculada su rutina; entra con su seriedad característica y solo sonríe cuando me ve corriendo en la tercera máquina junto a la puerta del spa. Luego pasa frente Carlos, el encargado de las inscripciones, le da la mano muy serio, y alcanzo a ver como aprieta entre sus grandes dedos la mano de Carlos, que apenas suelta una sonrisita que se nota es de dolor. Habla muy poco, cuando nos cruzamos, lo único que puedo ver salir de su boca, es un -¿Cómo estás?- muy seco, muy insípido, que también me dice cuánto le gusto, lo sé, porque la experiencia me ha enseñado que cuando un hombre está interesado en una mujer se hace el indiferente. Pero todas tenemos un límite, ya han pasado tres meses desde que vengo al gimnasio solo por verlo, y nada, trato de pensar que es muy tímido y no se atreve a declararme su amor. Esa idea me mantiene con la esperanza, y me hace esperarlo un poco más. Lo único que sé que voy a hacer es declararme, si pasa más de un mes y él no lo ha hecho. Pero estoy segura de que lo va a hacer muy

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pronto. Ojala así sea, porque ya me estoy cansado de venir todos los días a “Big Muscles”; es insoportable el ruido, el olor a sudor y sobre todo Carlos, no hace sino mirarme detrás del mostrador, y se le nota demasiado que me desea, no sé porque, si la única palabra que le digo todos los días es –Hola- y sigo mi camino hacia la máquina trotadora, mientras él se queda parado tieso como una roca, como si le hubiera dado un ataque cardiaco. Lo único que me motivaría a coquetearle seria que me diera un descuento en la mensualidad del gimnasio, pero ni siquiera por eso lo haría. El día en que Jorge me declare su amor, me largo de aquí.

*** Ya estoy cansado de que se miren así, no se dan cuenta de que para mí es muy difícil verlos coquetear de esa forma, cómo es posible que a Mariana le guste Carlos, eso es inadmisible. Y es de todos los días, cada vez que llego y aprieto las manos frágiles de él, ella está allí en la máquina trotadora mirándolo mientras Carlos suelta esa sonrisita con sus manos entre las mías. Carlos con su apariencia de tipo buena gente estoy seguro que mira a Mariana por respeto y cortesía porque se nota que es gay, sus ojos verdes lo dicen todo el tiempo, me mira y sonríe mostrando sus dientes blancos detrás de esos labios rosados, no es muy alto, pero con su apariencia elegante y limpia podría conquistar a cualquier hombre si se lo propusiera, por eso me molesta tanto que ilusione así a Mariana, que no hace sino mirarlo y mirarlo, la pobre no sabe que muy pronto todo cambiara porque es obvio que tarde o temprano saldrá del closet, nadie es capaz de vivir con un sentimiento tan grande para guardárselo toda la vida. Y en ese momento es cuando entro yo, estoy seguro de que Carlos tiene una obsesión conmigo pero no se atreve a decirme nada, de pronto por miedo a que yo lo rechace, ¿pero acaso mis apretones de mano no le dicen nada?, estoy obsesionado con él, me encanta y me da rabia que Mariana lo quiera para ella, lo malo es que mi buen corazón no me deja ser malo y por eso tengo que ser

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hipócrita cuando le digo -¿Cómo estás? Lo único que me anima es la idea de saber que va a ser muy pronto el momento en que Carlos me confiese su amor, me imagino sus palabras: “Jorge no aguanto más, te amo y quiero estar contigo” y ahí yo lo abrazare y nos largaremos de aquí para siempre.

Ilustraciones por: David León y Stiven Velandia

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YASMINIQ Por Marisol Pérez Dávila El sonido tozudo e intranquilizante de una puerta que quería que la abrieran desesperaba a Yazmín, una joven de 18 años. Era una noche inquieta, amarga como la semilla del cedrón (1), no quería abrir la puerta de su habitación, sabía que Ariel, su novio, un hombre de ojos negros grandes como aquella noche, de estatura alta, delgado; descubriría lo que pasaba con ella. “Se estará volviendo loca, o ¿qué sucede que no sale?” era lo que él se preguntaba. Volvió a tocar y dijo: “Ábreme, ¿dime de una vez por todas qué tienes, qué escondes, qué te perturba?”… Ella, cada que escuchaba la puerta golpear comenzaba a recordar…era el ruido del balón de baloncesto cuando tocaba el pavimento; estaba en un extenso parque, había niños buscando encestar el balón y allí estaba Yasmín a sus 17 años, con su pelo largo de oro agitado por el viento, aquel viento del mes de agosto de 2009 que era habitual en Bogotá. Estaba ahí reposada en una de las bancas esperando a su mejor amiga, quien nunca llego. Disfrutaba del olor de los árboles y como sabía que era una mujer atractiva, con un cuerpo envidiable por ser alta, de senos estáticos y rígidos, caderas de hormiga, se paraba de vez en vez para ser admirada por todos los que por allí pasaban. De pronto transitó un joven majo, cuando ella impaciente al no ver llegar a su amiga, le preguntó la hora; él, quien iba un poco ido, se detuvo al escuchar aquella voz angelical, alzo su cara y antes de responderle, quedo gozoso con la beldad de Yasmín, quien sonrió al ver a aquel hombre memo por su ser. Soy Ariel, “¿qué hace una mujer tan hermosa sola?”. La joven solo mostraba las perlas de su boca, era lo que cada vez lo enamoraba y empezó a sentir una gran atracción sexual por Yasmín. Ya nada parecía igual, ya no existía mundo para ellos, solo existía el uno para el otro; ese plácido atardecer los sedujo para

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quedarse desde esos instantes juntos. Y así fue, después de esa tarde en el parque perpetuaron sus encuentros… Después de 3 meses, cambiaron el lugar de citas, ya la relación quería otros destinos, como el apartamento de Ariel que aunque vivía con su madre, una mujer de 70 años no se involucraba mucho en lo que hacía su hijo. Son las 6 p.m. y Yasmín ya tenía que marcharse para su casa. Estaban juntos en la sala, cuando él se le acerca, con ganas de hacer el...., pero al tiempo cohibido porque nunca han estado sexualmente, pero él sabía que sus testosteronas querían la desnudez de su cuerpo, y cuando terminó de besarla, saco un papiro, se le acercó y empezó a leerle de susurro: “Dame un minuto que dure mil años, Una noche que duerma jamás Dame un beso que moje mis pantalones. Una caricia que despierte mi malicia Una mirada con deseo morboso Una pelvis que anhele mi caricia

Deja que me sienta dentro tuyo Que mi cuerpo enamore tu alma Que estando encima erupciones Que después del clímax llegue la calma

Dame un minuto a solas para enamorarme Deja que nuestras sombras se abracen Dame un minuto para imaginarte Desnuda durmiendo en mi cama.

Ella temblaba, aquel momento alucinante de un instante la cegó; asombrada en segundos, sin apenas poder percibirlo todo el panorama había cambiado. Se

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sentía cautivada por aquello que escuchó y empezó a besarlo con desespero, fue un viento de locura, de ternura, de pasión. El cuerpo encendido de él, de ella, integrados, el cuerpo ardiente de las fuerzas naturales. Se volcaron en el piso y sus manos se entrelazaron para recorrerse por encima de la ropa. Las manos de Ariel húmedas comenzaron a subir la minifalda de Yasmín, quien le desabrochó la correa y le bajó los pantalones hasta los muslos. Se quitaron sus atuendos de a pocos y cuando estuvieron totalmente desnudos él la piloteó para que estuviera debajo; ella acató y con los ojos muy abiertos y brillantes como aquella luna llena, preocupada un poco porque era su primera vez, pero al tiempo con hambre de comer aquel manjar que ahora estaba en bandeja de oro, se dejó seducir. Ambos jadeaban, sudaban, se movían toscamente y sus almas finalmente penetraron lo más divido del amor. Continuaron los encuentros…Yasmín nunca se cuidó, al parecer desconocía la cantidad de métodos anticonceptivos que existen. Él a veces usaba el condón. El amor entre ellos cada vez era notable y llevaban un año de glorioso noviazgo. Una tarde Yasmín se sentía mal, un dolor bajo en el vientre la perturbaba, parecía sospechar de algo, no sabía que era exactamente, no quería salir, esperaba a su novio. De pronto sintió mojada su zona pélvica e inmediatamente estando en el baño vio el desprendimiento del fruto de su amor. Aquello le trajo cierto temor, cierta incertidumbre, “¿qué es esto?”, estaba tan desconcertada que el instinto hizo que sin escrúpulos sacara de la taza del sanitario aquello que parecía un higo (2)

ensangrentado, lo lavo, se dio cuenta con demasiado asombro que era un feto,

el hijo que estaba creciendo y que tanto anhelaba tenerlo; tenía 11 semanas de embarazo y al ver esa miniatura de aproximadamente 5 centímetros perdió el juicio, corrió a su habitación, cogió un pequeño frasco y lo guardo allí como si fuera una esmeralda, un gran tesoro. Era el hijo que quería y ahí estaba, pero a la vez no.

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Víctima de intenso dolor, presa de infinitas amarguras. Tristezas y lágrimas se entrecruzan. Demencia desenfrenada producto de la inmensa depresión. El sonido tozudo e intranquilizante de la puerta de su habitación, la estaban desesperando más, más, más y mássss. Afuera estaba Ariel, su novio con las coyunturas de sus manos adoloridas de tanto tocar.

Yasmín estaba en otro satélite, sus ojos desorbitados y perdidos en el pequeño frasco que disponía a guardar en su closet, la llevaron a la esquizofrenia.

La habitación, guardaba los recuerdos de algo que no se sabe cuándo volverá a pasar. Tan solo hoy sabemos que estamos aquí aun esperando que suceda. FIN

(1)

Simaba cedrón, es una especie fanerógama, natural de Nueva Granada, Brasil,

Paraguay, Colombia y Centroamérica. El fruto es como una manzana y tiene una sola semilla amarga. Propiedades: Utilizado para tratar fiebres intermitentes. Tiene principios amargos y es tóxico en dosis elevadas que provoca vómitos si se ingiere. (2)

El higo, es una fruta obtenida de la higuera (Ficus carica). Los higos miden 6 ó 7 cm de

largo y 4,5 a 5,5 cm de diámetro. Son muy estacionales y se pueden encontrar fácilmente en el hemisferio norte en los meses de agosto y septiembre.

YASMINIQ, píldora anticonceptiva oral combinada (“la píldora combinada”) que consta de 24 comprimidos con principios activos y 4 comprimidos inactivos (en la última fila del envase blíster). Cada uno de los comprimidos activos contiene una pequeña cantidad de dos hormonas femeninas diferentes. Estas son drospirenona (un progestágeno) y etinilestradiol (un estrógeno). Debido a las cantidades pequeñas de hormonas YASMINIQ® se considera un anticonceptivo oral de baja dosis. YASMINIQ® se emplea para impedir el embarazo.

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Un minuto de suerte

Por Elkin David Quiñones Suárez

Él es Nick, un joven de 20 años con muchas aspiraciones y sueños que día a día lucha por cumplir; es alto, con el cabello corto y de color castaño (el cual nunca peina); sus ojos son verdes como una aceituna pero a veces toman un color grisáceo, su nariz es pequeña al igual que sus orejas y su boca, su piel es blanca y muchas veces luce muy pálida. Normalmente usa ropa ligera debido a que le gusta mucho hacer ejercicio y le facilita el realizar deportes que requieren de agilidad y velocidad, gracias a que se ejercita constantemente tiene un buen estado físico y su cuerpo es musculoso. Le gusta mucho la música, en especial la música electrónica, por lo que se la pasa constantemente visitando bares y discotecas en los que se escuchan este tipo de ritmos; los amigos con los que frecuenta estos sitios son personas muy extrovertidas a las que les gusta consumir drogas y alcohol, y aunque tratan de inducirlo a que haga lo mismo, la fuerza de voluntad que él tiene le permite rechazar esas ofertas y tomar sus propias decisiones sin importar lo que sus amigos le digan. Nick vive solo en un apartamento cerca al centro de la ciudad, no es muy grande, pero es suficiente espacio para el solo y además tiene una habitación extra que se encuentra desocupada. Él se siente muy a gusto viviendo en ese lugar, pero a veces, debido a que las calles están aglomeradas de gente que va de afán, el movimiento de los carros y los ruidos que estos producen a su paso, se siente muy intranquilo, y lo lleva a evadirse en el gimnasio donde trabaja.

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Ancia: Relato por Esther Diana García Un día, al salir de su apartamento, cuando cruzó la calle se chocó de frente con una muchacha, que en su forma de pensar era demasiado linda; era blanca, tenía unos profundos ojos azules, su cabello era largo y rubio, y sus labios eran carnosos que seguro sabían muy bien, el al ver esa hermosa obra de arte y teniendo en cuenta que hace mucho tiempo no veía una mujer que cumpliera tanto como esta joven las expectativas que él esperaba. Tomó un poco de aire y recordó lo que sus amigos extrovertidos le decían acerca de lo que debía hacer en el primer acercamiento con una mujer, pero finalmente siguió sus instintos y dijo - ¿te encuentras bien? A lo que la muchacha contesto con un tono un poco agresivo – sí, pero ten más cuidado para la próxima-, lo cual indicaba que estaba disgustada, pero en realidad estaba feliz por haberse topado con él; en ese momento los dos mirándose a los ojos como si cada uno pudiera penetrar en lo más profundo del otro, olvidaron que estaban parados en la mitad de la calle y del riesgo que corrían al estar ahí, inesperadamente, interrumpiendo el juego de

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miradas que experimentaban estos dos sujetos, suena un claxon, ese claxon que les indica que todo está mal, y seguido a esto, el carro del que provenía ese claxon tan irritante se acercaba rápidamente hacia ellos y en un intento de frenar no evita lo predestinado y atropella a la muchacha, a esa obra de arte que Nick contemplaba con tanta emoción y que en cuestión de segundos le era arrebatada de su vista. Nick corrió rápidamente hacia el punto donde se encontraba tirada la joven, se arrodilló, tomó su mano y sin pensarlo dos veces le dijo –eres la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida, y no te imaginas cuanto te he buscado, no puedes dejarme solo ahora que te encontré, a lo que ella respondió –si sucedió esto es porque aquí debía morir, todos tenemos un destino y el mío era morir en este momento-; al terminar estas palabras la mujer cerró los ojos y cayó totalmente sobre el suelo, lo que acababa con las esperanzas de haber encontrado la mujer de su vida, sintió que se fueron las luces viendo todo oscuro, Nick despertó.

El poeta en la calle: Madrid por Margarita Irene Marín

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Cuando desperté estaba sudando, mi corazón latía a una velocidad increíble, pensé que explotaría, pero al saber que todo había sido un mal sueño sentí un alivio; al ver el reloj que tenía sobre la mesa de noche al lado de mi cama, me di cuenta de que era tarde, había dormido media hora más de lo normal, lo que había durado el sueño. Me levanté, me bañé, me arreglé y desayuné con tanta rapidez que dejé la cama sin tender y el apartamento desordenado. Al salir de mi apartamento corrí lo más que pude hacia el trabajo porque no quería que darle oportunidad a mi jefe para que me la montara, al llegar ahí estaban mis amigos, todos aterrados por mi llegada tarde, debido a que yo era muy puntual en todo lo que hacía, pero por fortuna aún no había llegado mi jefe; saludé a cada uno de ellos y les expliqué que me quedé dormido, pero no les di más detalles. Carlos mi mejor amigo se me acercó y me preguntó – ¿me imagino que estás preparado para esta noche?, a lo que yo le conteste – ¿Preparado para esta noche? ¿Para qué? Carlos sorprendido me dijo – ¿Nick qué pasa? hoy es viernes, es día de farra, hoy tenemos que disfrutar después de trabajar tan duro durante la semana, además te quiero presentar a una amiga que conocí-. En ese momento recordé que era viernes y los viernes acostumbramos salir a un bar y pasarla bien, era ya un hábito. Al terminar la sesión de ejercicios y mi horario de trabajo me despedí de mis amigos y me fui para el apartamento a arreglarme, pues estaba dispuesto a ir de levante como dicen vulgarmente. Llegué a mi apartamento organice todo ya que en la mañana no había alcanzado, me bañe de nuevo, comí algo y me senté a esperar la llamada de Carlos. En ese momento vino a mi mente ese sueño que había tenido y recordé la cara de esa muchacha, en realidad era hermosa, y me pregunte como se llamaría, en ese instante recibí la llamada de Carlos diciéndome que estaban en el bar Cinema y que ahí me esperaban. Cinema era un bar que nos gustaba mucho porque el ambiente era de música electrónica y además quedaba muy cerca de mi apartamento, tome mi billetera y salí para allá. Al llegar me encontré con

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una

gran

sorpresa,

Carlos

estaba con una muchacha muy linda, era blanca, de ojos azules, su pelo era largo y rubio, y sus labios

carnosos y rojos, no lo

podía creer era la muchacha de mi sueños y entonces entró un miedo

profundo

en mí,

me

acerque a ellos y saludé a Carlos y a los demás, Carlos me dijo – Mira te presento a Andrea la muchacha de la que te hablé, muy nervioso le tomé la mano y le dije – Mucho gusto Nick, es un placer conocerte-, a lo que ella me contestó – me llamo Andrea y el placer es mío.

Entramos la bar y empezamos a disfrutar de la noche, Andrea y yo simpatizamos mucho, bailamos, reímos, cantamos y nos besamos, yo no lo podía creer, era la misma mujer de mi sueño lo cual me parecía muy extraño, pero al final no le di importancia, todo me encantaba de ella, al terminar la noche intercambiamos números y quedamos de vernos más tarde, luego de esto cada uno se dirigió a su casa.

Cuando llegué a mi apartamento, me acosté sobre mi cama y pensé en lo bien que me había ido esa noche, pero volvió ese miedo que sentí cuando la vi por primera vez, porque me imaginé que ese momento que viví en el sueño, podría volverse realidad, miré la hora en mi celular y eran las dos y media de la mañana, miré el reloj de la mesa de noche y pude darme

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cuenta de que estaba atrasado un minuto, así que lo cuadre con la hora correcta y me acosté a dormir.

Al despertarme fui a la cocina, comí algo y me acondicioné , luego de esto ordené el apartamento y llame a Andrea para vernos como habíamos acordado en la madrugada, ella me pregunto qué haríamos y yo decidí invitarla a mi apartamento a ver películas y charlar un rato, a lo que ella no se negó.

A eso de las cuatro de la tarde Andrea llego a mi casa, pasó y la hice sentarse, le ofrecí un vaso de gaseosa, y empezamos a hablar de nosotros; ella me contó que era una persona muy responsable, educada, respetuosa, honesta entre muchas otras cualidades más, debido a que desde pequeña su madre le inculco muchos valores; que le gustaba mucho la música, bailar y ejercitarse, pero que a veces solía ser muy trágica ante las circunstancias y me contó que una vez la mamá la agarro muy duro del brazo y ella empezó a decir que se lo había partido, nos reímos de la anécdota y luego yo le conté experiencias mías, entonces me di cuenta

de todo lo que

teníamos en común y entendí que ella era la mujer de mi vida. Después de hablar un buen rato vimos unas películas, nos besamos de nuevo y llegamos a la conclusión de que debíamos seguir saliendo para conocernos mejor y más adelante formalizar una relación.

A las diez de la noche ella se fue a su casa, y cuando ya estaba solo de nuevo empecé a sentir ese miedo, ese miedo de perderla y que se volviera realidad ese sueño; di vueltas sobre mi cama por horas hasta por fin quedarme dormido.

Al día siguiente me levanté, como era de costumbre me puse la sudadera y me adecué para ir al gimnasio a entrenar, debido a que solo trabajaba ahí de lunes a viernes y los domingos entrenaba. Salí de mi apartamento y al

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cruzar

la

calle

Andrea

estaba allí y se dirigía hacia mí, esto no podía estar pasando, mi sueño se hacía realidad, estaba tan

conmocionado

que

quedé casi que paralizado, ella

se

detuvo

a

saludarme, yo no pude pronunciar si quiera una palabra, volvía a mi mente esa imagen horrible y yo sin

poder

hacer

nada,

estábamos ahí los dos parados en la mitad de la calle al igual que en el sueño, de repente escuché ese mismo claxon, ese maldito claxon que prevenía lo que pasaría, y de un momento a otro tome fuerzas de donde no tenía, empuje fuertemente a Andrea hacia el otro lado de la calle ocupando su lugar, sentí como el carro del que provenía el claxon, que era como un mensajero de la muerte, choco mi cuerpo, lanzándome al piso abruptamente, alcancé a ver todo a mi alrededor por unos momentos busqué con mis ojos a Andrea y no la vi por ningún lado, después de esto quedé inconsciente.

Luego desperté, y me encontraba en un hospital, me sentía adolorido pero que importaba, Dios mío gracias, estaba vivo, evité que mi sueño se hiciera realidad, una enfermera se encontraba a mi lado y le pregunté qué había pasado, a lo que ella me contesto – Señor usted es muy suertudo, fue atropellado por un carro, pero el impacto no fue tan fuerte y solo le ocasiono

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contusiones en su cuerpo, además que afortunadamente una ambulancia pasaba por el lugar lo cual permitió que acudieran a su accidente rápidamente, no se preocupe usted estará bien-, a lo que yo contesté – No sabe cuánto me alegra oír eso señorita -¿Pero dónde está la muchacha que se encontraba conmigo?- ella me preguntó – ¿Cuál muchacha?¿Una señorita blanca, de pelo rubio y ojos azules? Y yo con una emoción inmensa dije –Sí, ella, dígale que la necesito ver señorita-, y la enfermera con un tono desconsolador me dijo- Ella falleció señor-, yo no podía creer lo que me decía la enfermera, cómo podía haber pasado eso si yo ocupe su lugar, el sueño no se había cumplido, eso no podía estar pasando, entonces le pregunté desesperadamente que era lo que había pasado y ella me conto que cuando la empujé para salvarla, había recibido un golpe muy fuerte

en

la

cabeza

generándole

un

derrame

y

matándola

instantáneamente. En ese instante no supe qué hacer, me sentí de lo peor, no entendía porque yo había sobrevivido y ella no, y de repente recordé que el reloj estaba atrasado un minuto, en realidad dormí treinta y un minutos, y pensé, eso quería decir que el sueño no acababa ahí ,que en ese minuto que no recordé había pasado algo más, pero entonces qué seguía después, además ella decía en el sueño que ese era su destino y moriría ahí, pero vino a mi mente lo que me había contado acerca de que ella era muy trágica desde pequeña encontrándole explicación a sus palabras en el sueño . Pero ¿Entonces en ese momento no moriría?, no puede ser, yo veía cómo al terminar de decirme eso caía desgonzada y cerraba los ojos en el sueño como si hubiese muerto, pero pensándolo bien eso me sucedió a mí, solo me desmayé, eso indicaba que ella no moriría, y me pregunté- ¿Entonces qué sucedió en ese minuto que no recuerdo?- y al hacer un esfuerzo recordé ese último minuto del sueño, y entendí lo que en realidad paso -Nick corrió rápidamente hacia el punto donde se encontraba tirada la joven, se arrodillo, tomo su mano y sin pensarlo dos veces le dijo – eres la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida, y no te imaginas cuanto te he buscado, no puedes dejarme solo ahora que te encontré, a lo

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que ella respondió –si sucedió esto es porque aquí debía morir, todos tenemos un destino y el mío era morir en este momento; al terminar estas palabras la mujer cerró los ojos y cayó totalmente sobre el suelo, lo que acababa con las esperanzas de haber encontrado la mujer de su vida, en ese instante una ambulancia que iba pasando por el lugar se acercó y revisaron a la muchacha, Nick desesperado pregunto

-¿Cómo se

encuentra?-, a lo que el enfermero contesto -Tiene signos vitales, aún está viva, no se preocupe, ella estará bien, Nick un poco más tranquilo, al intentarse subir a la ambulancia y acompañar a Andrea, resbalo cayendo de cabeza contra el pavimento y recibiendo un golpe tan fuerte que lo mato instantáneamente, Nick despertó. Eso quiere decir que ese era el destino, ella debía morir en ese momento y que a pesar de que había perdido al amor de mi vida, ese fue mi minuto de suerte.

Niebla: condenado a morir por Esther Diana García

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OLOR A SANGRE, PESTE A HUMANO

Por Jhoan Borda Penagos Es impresionante todos los olores que desprendían de esa calle, algo me llamaba, algún olor me incitaba a acercarme. No había comido casi nada en varios días, solo había podido comer una sopa que me había dado Don Manuel, el gerente del refugio al que había ido el Martes pasado. – Vuelve hasta la otra semana, hoy no tengo nada más que darte. – me dijo, sabiendo que durante toda la semana no iba a poder comer más que sobras de comida que dejaban en las basuras del barrio. – Por favor, algo más, cualquier cosa que tenga le recibo. – Mi cara de desespero y hambre se notaba, enserio quería algo de comer. – No tengo nada, mejor vete que ya voy a cerrar. – Dicho eso, no tuve más remedio que irme.

Así que ese olor placentero que era como agrio y dulce al mismo tiempo me acercaba más y más, sentí un poco la peste de sangre, hasta que por fin lo encontré. – ¿Quién podría botar todo esto? Que mierda, y yo con esta hambre tan malparida. – me dije a mi mismo con rabia, me parecía impresionante que alguna persona botara kilos de carnes tan perfectas, estaban frescas. Cogí los pedazos que me cabían en la chaqueta y los llevé para el cambuche, allá tendría donde cocinarlo. Cuando llegué efectivamente estaba Carlos, mi compañero, prendiendo la fogata para esa noche, estaba haciendo mucho frio, así que le puso mucho cartón y palos secos. – ¡Carlos, traje comida! – le dije. Él tampoco había comido en días, así que esto se había convertido en el paraíso. – Pase para acá, venga y lo echamos al fuego. – No demoré mucho en acomodarme cuando ya Carlos estaba echando la carne al fuego, la que le sobro la guardó en su mochila, esa que cargábamos cuando íbamos a buscar el reciclaje. Él no se aguantó, ni yo tampoco, así que empezamos a comernos toda esa carne, sabíamos que eso era lo único que nos mantendría vivos por días… fue tan delicioso. Tenía un sabor un

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poco raro pero como siempre decía “Comida es comida, si te llega al estómago y te hace vivir unas horas más, es buena comida”.

Era hoy mi turno de quedarme de guardia, últimamente algunos manes del otro barrio querían coger el espacio del parque donde estábamos, pero no iba a dejar que tumbaran ese cambuche que con Carlos habíamos construido durante días; el buscó las tablas para las paredes, y yo lo decoré, fue algo fácil. El parque estaba solo, más solo que de costumbre, no pasaban los acostumbrados “recicladores negros”, como le decíamos porque reciclaban en la noche, tampoco las “chicas malas”, esas que todo el mundo conoce y que muchos han tenido en su cama, o en la esquina más cercana. Estaba demasiado solo para mi gusto y eso no me dejaba estar tranquilo, tenía que estar seguro que todo en el parque estaba bien y eso solo lo sabría si daba una vuelta a chequear. – Parcero, voy a salir un momento, ¿no pasa nada? – le dije a Carlos quien estaba dando vueltas en la cama. – Si, no hay problema, pero páseme un pedacito de carne que me dio hambre. – Le di un pedazo bien quemado como a él le gustaba, y me fui.

Me encaminé hacia el otro extremo del parque donde quedaba la estación de policía, allá siempre había alguien con quien hablar, los policías eran bien chismosos y me tenían informado de lo que pasaba en el barrio, era un buen plan para esa noche tan solitaria. Durante el camino me pegué un gran susto cuando un búho paso volando a mi lado, eso me alertó un poco, tenía el presentimiento de que algo pasaba y la presencia de ese animal no me calmó para ser sincero. Decidí devolverme, siempre fui muy miedoso.

Mire para todos lados comprobando que no hubiera nadie extraño y me fui al cambuche, quería dormir, pero algo llamo mi atención cuando iba llegando y me detuvo, había muchos policías y mucha gente alrededor mirando que había

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pasado. Mi curiosidad me gano así que me acerque y le pregunte a Don Manuel que estaba por ahí: - ¿Qué paso, por qué tanto policía? – ¿No sabía hombre?, cogieron al que violo a Paola y la corto en pedazos. Estaba matando a otra niña, menos mal lo alcanzaron a coger. – me dijo Don Manuel. Mi cara de extrañeza demostró la sorpresa del asunto. – Le encontraron varios cuerpos, dicen que los demás los boto a la basura. – me siguió contando el señor con cara de pánico. Más fue mi asombro saber que esa comida tan deliciosa de esa noche fue una persona… un ser humano.

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Escrito por Charlie, el escritor psicópata suelto Por Hugo Alejandro Bejarano Villarraga Allí está él…tirado en el parque como cadáver, de repente paré a ver detenidamente quien era. Juan es su nombre, ¡mi amigo del alma! Pensativo y algo cabizbajo estaba, el dolor se notaba en sus ojos que miraban ese cielo gris – nunca lo había visto así- me senté a su lado, y algo asustado dirigió su mirada hacia mí, me saludó e inmediatamente se sentó le pregunté: - ¿Qué tienes?-, él me dijo: -Nada, solo quiero relajarme y pensar.- En el momento en que dijo eso, supe inmediatamente que era por aquella mujer que lo traía loco, ella tenía su encanto y belleza que se hicieron ganar el amor de Juan, y es que él siempre fue alegre, nada lo entristecía, era fuerte…hasta que conoció el amor o algo parecido, él se disparó esa misma tarde. Aquí estoy en su velorio, al parecer fui el último que habló con Juan, las lágrimas resbalan por mi piel, los recuerdos me inundan la cabeza, los momentos nutren mis lágrimas que se unen con las de todos los aquí presentes. Y la que fuera la culpable no está aquí, obvias razones justifican su ausencia. Una semana y no logro superar su pérdida, voy tarde, directo a abonar y a arreglar tierra para poner más flores. Sanatorio, 8:10 am, la misma rutina, vuelvo a mi mismo...el efecto pasó, este asqueroso saco me fastidia. Largactil 125 te odio maldita pastilla, dicen que soy el más joven en este lugar, jamás pensé en producir tanto asco, mis últimos recuerdos están allí en ese velorio, hipótesis he elaborado por años, historias también y no recuerdo muy bien al difunto, me dicen que hago demasiadas preguntas, solo manchas de sangre en la pared de mi habitación tratan de darme respuestas; pero estoy cansado de esta maldita confusión, me hace enojar y cuando lo hago, llegan esos imbéciles…si tan solo tuviera mis manos libres, soy libre en mi frío, pequeño y asqueroso cuarto, también es mi baño y mi comedor, todo en uno, ¿quién lo creyera? Con esas flores tan coloridas y hermosas por

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fuera, pienso lo irónico que es este lugar, es solo un infierno que a primera vista parece la solución más definitiva para personas como yo. Solo traté de aplicar esos valores que tanto me enseñaron en la tele, yo traté de satisfacer mis placeres, a costa de cualquier cosa, no había dinero así que tendría que hacerlo a mi manera, esas películas que tanto me gustaron cuando niño lograron forjar en mi ese placer por la carne y la sangre, nunca vi a una persona de una forma tan apetecible, eso me recuerda, quiero saborear otra vez…..umm mis dedos, saben tan bien, creo que será lo último que escri…

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La lluvia amarilla: La vieja muerta persigue a AndrĂŠs por Margarita Irene MarĂ­n

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UN TRISTE SUEÑO O UNA CRUEL REALIDAD Por Marcela Muñoz Navarro Marcela Muñoz Navarro, narra la historia de una angustiada joven que solo quiere aclarar que le ocurre y escapar de esas situaciones.

No entiendo lo que sucede, nada tiene lógica ni sentido... ¿Por qué la noche es roja y el sol nada que sale?, no tengo percepción del tiempo, no sé cuentos días han pasado ni cuántas horas llevo acá, ¿Dónde están las personas? ¿Qué sucede? Lo único que recuerdo aunque un poco borroso, es estar con mis amigos tomando, riendo, molestando;(jejeje)

cómo nos divertimos, siguió pasando el

tiempo, ya era muy tarde y no me podía mantener en pie, así que me fui a mi casa, pasé por un parque y la luna me iluminaba el camino. Vi una luz, y… no recuerdo más hasta que la luz del día me despertó ¿Me había quedado dormida?, ¿Me desmaye?, ¿O me golpearon?, el caso cuando me desperté no tenía ni un rasguño y no me faltaba nada en mi cartera. Me levanté y me fui a mi casa, en lo único que pensaba era en llegar a mi cama y dormir. Pero mientras pensaba, un dolor constante recorría mi cuerpo y se concentraba en mi cabeza, no le puse atención, y seguí caminando, por fin llegué a mi cama, y quedé en un profundo sueño, al abrir los ojos me vi en un cuarto blanco, donde los rayos del sol entraban iluminando la habitación de tal forma que se asemejaba al cielo. Tanta belleza fue interrumpida al intentar moverme, al ver que tubos, cables y aparatos, impedían que me levantara. Una angustia me fue invadiendo, porque intentaba respirar y no podía, no sabía que estaba pasando ni que me había sucedido. Cuando entraron preocupadísimos, mi padre, mi madre, un médico y una enfermera para saber qué era lo que me pasaba. Me calmaron, me explicaron lo que había ocurrido y desde cuando yo estaba ahí.

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En ese momento me despierto muy agitada, sudando frio, tocándome el cuerpo, los brazos, sintiendo que esos tubos no están ahí, nunca existieron, respiro profundamente, y me doy cuenta que sólo estoy yo y mi cuarto; poco a poco el sueño vuelve a invadirme y caigo de nuevo en un sueño profundo. He regresado a esa habitación, pero es de noche, y ya no se asemejaba al cielo, más bien parece una cárcel fría y un tanto sombría. A pesar de ese dolor que seguía constante, saqué fuerzas de donde no tenía y me levante, zafando todos esos tubos de mí, liberándome, caigo al suelo sintiendo el frío de las baldosas, me arrastro hasta la puerta, pongo mi mano en esa chapa de metal donde se reflejan mis ojos, pero no se divisa mi cara, abro lentamente, vigilando que nadie me escuche o vea, continúo mi lento caminar por los oscuros pasillos hasta ver por fin esa puerta con una luz brillante encima, que me indicaba que esa es la salida. Atravieso ese último corredor, tan rápido como si fuera un suspiro, indetectable a la vista como el aire. Cruzó esa puerta como si fuera una meta de llegada, como si mi libertad fuera mi premio. Al salir, la primera que me recibe es la luna “oh vieja amiga que siempre me iluminas mi camino en estas

noches oscuras”, pero esta noche es diferente,

porque hay algo en el ambiente que no me deja estar tranquila, es una mezcla de sensaciones y sentimientos, intriga, duda, miedo y también angustia. No sé a dónde me estén dirigiendo mis pies, solo sé que me muevo con ansias de llegar a un sitio cálido, cómodo, tranquilo, con mucha paz; siento y veo como sombras con rostros confusos, no sé si los conozca, sólo quiero llegar a ese lugar ¡veo una luz! La conozco, sé que me indica algo, pero la paso sin importancia, con un poco de arrogancia, de pronto escucho un chirriar de algo que va a mucha velocidad hacia mí, un sonido estruendoso me ensordece y al girar mi cabeza unas luces me enceguecen. Por un instante todo queda en silencio y veo como el mundo comienza a dar vueltas, siento un ardor por un costado de mi cuerpo, cierro los ojos con la esperanza que el mundo deje de girar; al abrir de nuevo los ojos me encuentro en

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el suelo, una luz resplandece en mi rostro y un charco tibio y espeso me va rodeando; creo que ese líquido brota de mi cuerpo igual no siento nada más que un tibio calor que me hace dormir y sedo ante ese dulce, dulce sueño. Me despierto angustiada quiero salir corriendo a buscar a mis padres y abrazarlos… pero no encuentro a nadie, todo está vacío, en penumbra, es de noche y no entiendo ¿por qué el cielo es rojo? “No sé si quiero volver a ese sueño” a pesar de todo no me hallaba sola; camino y camino, pero mi búsqueda es sin sentido, pues en mi interior tengo una esperanza de encontrar a alguien, pero muy en el fondo sé que no lo haré. Me encuentro sola intento dormir de nuevo es imposible, simplemente, no luchare y me dejare llevar. Diagnostico Según la información de la policía, el tumor cerebral es ocasionado por un golpe en medio de un intento de asalto. Al despertar un poco desorientada se le produjo un shock nervioso, tocó aplicar calmantes. En el transcurso de la noche, la interna logra escapar

sin ser vista por las enfermeras de turno, ni los guardias de

seguridad. Por el sitio donde fue encontrada se especula que la paciente camino aproximadamente diez cuadras desde el hospital y fue allí que sin preocupación cruza la calle, con un semáforo en verde y es arrollada por un camión de carga; se encontró en el suelo por poco desangrada y con los signos vitales muy bajos. Se encuentra internada en el hospital sanando sus heridas, pero después del accidente la joven no volvió a despertar; se encuentra en un estado vegetativo (muerte encefálica), no se puede decir cuándo volverá a despertar eso podría durar días, semanas, meses o años solo queda esperar.

Doctor R.J MATEUS

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Noche Inolvidable Por David Valbuena Sigo sin saber que ocurrió esa noche. La casa asesinada, así es llamada la construcción situada en frente de mi hogar, es un lugar desolado, oscuro he inhabitado, o eso es lo que creen los ignorantes. Esa noche fue como si mi vida se partiera en dos pedazos. Me encontraba en mi alcoba mirando hacia arriba, no pensaba, no sentía, no argumentaba, simplemente estaba allí admirando el techo de mi cuarto cuando de repente se va la luz en toda mi localidad. No le di gran importancia pues era algo usual que nos quedáramos sin luz, tal vez fue un daño o tal vez no, esa pregunta nunca me la había formulado simplemente pensé que pronto volvería. Pasados diez minutos no llegaba la luz, decidí ponerme la pijama para así ir a dormir, al otro día tenía que ir a la universidad a presentar un parcial y no había repasado mucho, pensé que podía levantarme más temprano de lo usual y repasar un poco, pero de un momento a otro escuché un grito de la acera de en frente. Corrí hacia la ventana y no vi nada, tengo que admitirlo, estaba muy asustada pues mis padres habían salido de casa por una semana y me encontraba sola. Decidí hacer caso omiso a ese grito, entré a mi cama y me dispuse a dormir, cerré los ojos y pasó algo muy curioso, soñé que me encontraba en mi cuarto mirándome votada en el piso, sin nada que hacer solo ahí admirando mi cuerpo. Me desperté muy agitada y desorientada, pasaron más o menos tres segundos desde que abrí mis ojos y lo volví a escuchar, era ese grito que rezumbaba en mis oídos, pero esta vez fue un poco más intenso, lo sentí más cerca. Abrí los ojos impactada, y en lo único que pensé fue en que si no iba a revisar que era, no podría dormir en toda la noche, entonces me levante rápido de la cama, me vestí y decidí salir a ver que sucedía. Vi mi celular y eran las 11.30 pm exactas, abrí la puerta y sentí un gran ventarrón cruzando por mi pórtico. Di unos pasos al frente y no vi a nadie, mi cuadra estaba muy desolada, muy sola, parecía un pueblo fantasma sin un alma en pena por sus calles, pero había algo en

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partículas que realmente llamaba mi atención, una de las luces de la casa de en frente estaba prendida. Estaba muy confundida no sabía cómo actuar pero hubo algo que me empujo a allí en frente, una fuerza extraña que me pedía entrar a esa casa e investigar, supongo era algo de instinto pues estudiaba periodismo y ser curiosa es una de mis cualidades. Pasé la calle, paso a paso sentía como el viento corría cada vez más rápido en dirección contraria a mí, sintiendo como la brisa intentaba comunicarse con migo pero yo, siendo tan inocente, simplemente seguí caminando hacia mi perdición. Me quedé mirándola bien, era algo tenebrosa pero muy interesante. Me paré en frente de la puerta, agarré fuertemente la perilla y no tuve que hacer fuerza pues la puerta cedió con mucha facilidad. En el momento en que la abrí sonó un chirrido espantoso seguido de ese grito que venía de la parte más oscura de la casa. Entré a la casa suavemente, me demoré un poco en encontrar la toma para encender la luz y cuando logré por fin encontrarla la activé y no funcionaba, era algo inquietante pues como podría pasar que en toda la localidad no había luz y en la parte de abajo de la casa tampoco, en la única parte que había luz era en ese misterioso cuarto. Logré encontrar un candelabro, lo prendí y pude admirar la antigüedad de esa casa, se veía muy vieja, era toda de madrea con esculturas y cuadros muy finos. Duré unos 29 minutos admirando la casa hasta que por fin decidí subir a ver que sucedía. La puerta del cuarto era una puerta moderna, con un diseño muy fácil de conocer pues era muy idéntica a la de mi cuarto, estaba un poco desconcertada pero sin embargo no le presté mucha atención a eso hasta el momento en que puse un pie sobre ese cuarto. Era mi alcoba, todo estaba exacto, todo era como se supone que tenía que ser, a un lado de la cama vi un cuerpo tirado tapado con una sábana, tenía miedo pues no sabía que esperar de eso, no tenía idea de que estaba pasando y tampoco que pasaría hasta que pude verlo, era yo, era mi cuerpo. Me encontraba realmente asustada pues mi cuerpo estaba muy deteriorado, muy maltratado y lleno de sangre por todos lados. Abandoné rápidamente la casa,

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gritando pues estaba muy aterrada no sabía en qué pensar. Salí a la calle y la luz ya había vuelto, saque el celular y vi la hora, eran las 11.30 pm. En ese momento cerré los ojos, grité y perdí la noción del tiempo. Ahora me encuentro aquí metida, en un reformatorio de mala muerte cumpliendo una pena por desorden mental y aun es el momento en que logro preguntarme qué pasó esa noche, al parecer la vida me quiso jugar una mala pasada o simplemente fue una ilusión mía. Sea lo que haya sido trascendió y daño mi vida de una forma inigualable.

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Cuentos Redacción