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extendía su imperio y de qué tipo era su divinidad. No puedo repetir más que el sentido de la respuesta de Jesús, pero sus palabras fueron solemnes y severas. Le repitió que su reino no era de este mundo, después le reveló todos los crímenes secretos que Pilatos había cometido, le avisó de la suerte miserable que le esperaba, el destierro y un fin abominable, y predijo que Él, Jesús, vendría un día a pronunciar contra él un juicio justo. Pilatos, medio aterrorizado y medio enfadado por las palabras de Jesús, salió otra vez a la terraza y declaró que quería libertar a Jesús. Entonces gritaron: «Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se nombra a sí mismo rey es enemigo del César.» Otros le decían que lo denunciarían al Emperador, porque les impedía celebrar la fiesta; que acabase pronto porque a las diez tenían que estar en el Templo. Otra vez se oían por todas partes gritos: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale!», desde las azoteas y la plaza, desde las calles cercanas al foro, donde muchas personas se habían juntado. Pilatos vio que sus esfuerzos eran inútiles, que el tumulto se hacía cada vez más ensordecedor, y la agitación era tanta que él empezaba a temer una sublevación. Entonces, Pilatos mandó que le trajesen agua, un criado se la echó sobre las manos delante del pueblo y él gritó desde lo alto de la terraza: «Soy inocente de la sangre de este justo, vosotros responderéis de ella.» Entonces se levantó un grito horrible y unánime de toda la gente reunida allí desde todos los pueblos de Palestina, quienes exclamaron: «Que su sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos.» Muchas veces, durante mis meditaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor, recuerdo y veo el momento mismo de esta solemne declaración. Veo un cielo negro, cubierto de nubes ensangrentadas, de las cuales salen varas y espadas de fuego atravesando como maldiciones a la muchedumbre entera. Todos ellos me parecen sumidos en tinieblas, su grito sale de su boca como una llama que recae sobre ellos, penetra en algunos y sólo vuela sobre otros. Éstos son los que se han convertido después de la muerte de Jesús. El número de éstos es considerable; pues Jesús y María no cesaron de rezar por sus enemigos.

JESÚS CONDENADO A MORIR EN LA CRUZ Pilatos dudaba más que nunca, su conciencia le decía «Jesús es inocente»; su mujer decía: «Jesús es sagrado»; su superstición decía que era enemigo de sus dioses; su cobardía decía que era un Dios y se vengaría de él. Irritado y asustado por las últimas palabras que le había dicho Jesús, hizo el último esfuerzo para salvarlo; pero los judíos metieron en él un nuevo temor amenazándolo con quejarse al Emperador. El miedo al Emperador le determinó a cumplir la voluntad de ellos en contra de la justicia de su propia convicción y de la palabra que había dado a su mujer. 82

La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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